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domingo, 4 de mayo de 2008

La ONU y el hambre


De manera urgente, la ONU realizó un llamamiento a los países donantes para que financien $2.500 millones a las principales agencias relacionadas con la alimentación –el PAM y el FAO (que tiene más de 3,450 burócratas con altos salarios)–, a fin de evitar una "crisis sin precedentes" por los altos precios de los alimentos.

Recuerdo el relato de un amigo, que concurrió como delegado argentino a una reunión de la FAO en Roma. Entre opíparas cenas y cócteles, solventadas con los impuestos, los burócratas internacionales discutían cómo combatir el hambre (¡y bien que combatían sus propias ansias de comer!). Pero no menos interesante era verlos llegar al lugar. Los dictadores africanos eran los que venían en automóviles más lujosos, para quejarse por la pobreza de sus ciudadanos.

Ahora ¿de dónde sale ese dinero? De impuestos que, para pagarlos, los empresarios, por caso, suben precios o bajan salarios o dejan de invertir, con lo cual se demandan menos mano de obra.

Así se perjudican los pobres que son los que si tienen que pagar los tributos. Luego tienen hambre, y entonces el gobierno cobra más impuestos para proveer "el asistencialismo". Dinero quitado a los pobres que termina en corrupción o sueldos de burócratas y del cual solo una parte les vuelve.

William Easterly demostró el fracaso de la política de socorros oficiales. Estados Unidos y sus aliados destinaron más de un trillón de dólares para auxilio externo desde 1945, pero los países que más recibieron hoy tienen más problemas, porque esa "ayuda" estatal no solo fracasó, sino que sirvió para financiar gobiernos contrarios al mercado.

Caso de Chile. Chile es el único país en América Latina que redujo la pobreza a la mitad. No hubo ayuda estatal. Lo hizo creando riqueza a partir de la actividad privada de las personas. En Venezuela, en cambio, la pobreza creció del 43% al 56% entre 1999 y 2007. A pesar de que el crudo aumentó, desde US$ 8,00 por barril cuando Chávez llegó al poder, a más de cien.

La actual "crisis sin precedentes" se nota en que, desde 2003, el valor del futuro de maíz creció 115%, mientras que el de soja subió 160% y el del trigo 220%. Solo por nombrar un ejemplo, en España la leche aumentó un 25% durante el 2007 y el pan, un 15%.

Al contrario de lo que se cree, el hambre no es natural, sino el resultado de los errores humanos, de los errores de los Gobiernos. Un tercio de la población global vive bajo controles de precios de los alimentos o prohibiciones de exportar.

Además de los impuestos y los aranceles aduaneros –y los ya clásicos subsidios a los agricultores que tanto distorsionan al mercado–, los Estados intervienen con todo tipo de interferencias coactivas que impiden el natural desarrollo del mercado.

Por ejemplo, el subsidio estatal a la producción de biocarburantes. La diferencia entre la producción y el consumo mundial de cereales fue de 13,5 millones de toneladas en 2006 (0,8% de la producción mundial), cifra insignificante frente a los 109 millones de toneladas (el 6,5% de la producción) que Estados Unidos sacó del mercado alimentario para producir bioetanol, lo que obviamente provocó un exceso de demanda.

Otra interferencia indirecta, no menor, es la provocada por los Bancos Centrales. La Fed bajó las tasas al punto que inversores especulativos encontraron en las commodities agrícolas mejores rentabilidades, haciendo subir los precios astronómicamente.

Alejandro A. Tagliavini

jueves, 17 de abril de 2008

Disturbios alimentarios


Haití siempre ha sido un país caótico. Sin embargo, este mes experimentó un nuevo tipo de violencia: un disturbio alimentario provocado por la intención de los países ricos de combatir el calentamiento global. Los haitianos se tiraron a las calles demandando que su gobierno haga algo acerca del alto precio de los alimentos básicos. Disturbios similares ya se han registrado en el sudeste asiático y África. Es de esperarse que lo mismo ocurra pronto en América Latina, donde los altos precios de ciertos granos han llevado a las autoridades a elevar su grito de protesta ante organismos internacionales.

Los precios de los alimentos están subiendo. Durante gran parte de los 90 y hasta el 2005, el precio de la soya en la Junta Comercial de Chicago había permanecido relativamente estable, al ubicarse en 60 dólares, aproximadamente, la fanega. Desde entonces se ha disparado en un 150 por ciento hasta llegar a 156. El maíz se ha duplicado hasta llegar a 60 dólares. Los precios del trigo se han triplicado.

Todo comenzó en Estados Unidos con la Ley de Política Energética del 2005, la cual establece un aumento de la cantidad de etanol que debe mezclarse con la gasolina. Esta ley fue promovida como una manera de reducir la cantidad de dióxido de carbono que emitimos para disminuir así el temido calentamiento global. Hoy, el 15 por ciento de la cosecha de maíz está siendo destilado para la producción de etanol.

La ley requería la producción de 4.000 millones de galones de etanol para el 2006 y luego un aumento anual de aproximadamente 700 millones de galones. Peor aún, el presidente Bush, citando al calentamiento global en su informe a la nación del 2007, hizo un llamado a producir 35.000 millones de galones de etanol para el 2017 con el fin de reemplazar un 20 por ciento del consumo actual de gasolina con dicho elíxir. Esto es cinco veces la cantidad dictada por la Ley Energética.

¿Tendrá algún impacto la fiebre por el etanol en reducir el calentamiento global? Veamos los números.

Estipulemos que, de hecho, un 20 por ciento del consumo actual de gasolina en Estados Unidos es reemplazado de alguna manera. El transporte constituye aproximadamente un tercio de las emisiones estadounidenses de dióxido de carbono, por lo que la medida reduciría las emisiones totales en un 6,7 por ciento si el etanol no contribuyese con gases de invernadero adicionales a la atmósfera. Todo el mundo sabe que este no es el caso y muchos estudios indican que reemplazar la gasolina con el etanol de hecho libera más dióxido de carbono en la atmósfera que simplemente quemar la gasolina.

No obstante, asumamos que se dé un ahorro de 6,7 por ciento en las emisiones. Basándonos en información reciente, el número de carros en las calles aumentará en este mismo porcentaje en aproximadamente cuatro años. ¿Qué significa eso? Que se evitaría 0,01C° de calentamiento global durante el próximo siglo. Uno experimenta este cambio de temperatura en el ambiente durante cada segundo de su vida. Ahora extienda esta política a todas las naciones del mundo en los cuales hay un número considerable de carros (llamados países 'Anexo 1' por las Naciones Unidas), y la cantidad de calentamiento que no ocurriría sería de 0,03C°. Nadie nunca podrá lograr detectar estos cambios de temperatura en los registros mundiales, los cuales varían naturalmente por aproximadamente 0,08C° de año a año.

No obstante, sustituir dicho 20 por ciento es imposible. Estados Unidos produce cerca de la mitad del maíz del mundo y si convirtiéramos cada grano en etanol todavía nos faltaría un 40 por ciento para alcanzar el objetivo determinado por el presidente Bush. Para cumplirlo, necesitaríamos encontrar una manera económica de hacer etanol de materiales de plantas más crudas -el denominado etanol "celulósico"-. No importa cuánto dinero gasten los gobiernos, a pesar de décadas de investigación, nadie ha podido descifrar cómo hacerlo de manera económica.
Por supuesto que no quemaremos por completo nuestra cosecha de maíz. Sin embargo, la tendencia continuará hasta que la inflación de los precios de los alimentos sea insostenible. En los países en desarrollo habrá más protestas, algunas muy violentas, mientras que en el resto del mundo no se podrá detectar ni un ápice de cambio en el clima gracias al etanol.

Como Ashock Gulatoi, director del Food Policy Research Institute de Washington, le dijo al Financial Times hace poco: "En última instancia hay un costo de oportunidad entre llenar los estómagos y llenar los tanques de diésel (o etanol) en los carros y camiones".

El triste hecho es que el caos en Haití es solamente el comienzo de un terremoto civil masivo, que se desencadenará conforme se establezcan más y más políticas absurdas en nombre del calentamiento global. Esperen que la próxima explosión sea en América Latina.

Patrick J. Michaels