
A los liberales, además de tacharnos de inhumanos, las voces de la ignorancia –es decir, las voces de quienes creen más en la “aparente” acción colectiva que en la lógica de la acción individual– nos tachan a menudo de profesar un irrealismo economicista, alejado de la percepción simbólica de una realidad colectivista. Algunos intercambios casuales entre ambas formas de pensar, ponen en evidencia esta disyuntiva, como es el caso del gasto estatal deficitario.
Ante la insistente pregunta de ¿cómo eliminar el déficit fiscal y procurar a la vez un aumento en la evolución económica?, la respuesta liberal es: recortando el gasto corriente; pero, ¿dónde? repregunta el no liberal. Pues dónde sea, afirma el primero. ¿Aunque esto implique recortar empleados productivos del Estado?, replica el interlocutor, a lo que el liberal contesta: no existe empleo productivo en el Estado. ¿Cómo que no?, se indigna el otro. Absolutamente no, insiste el liberal. Fin de la conversación.
Lo dicho no significa que todos los empleados del gobierno sean vagabundos o improductivos, desde el punto de vista económico; esto es, desde el punto de vista de la producción/hora. Lo que significa es que el empleo gubernamental no provee ningún “servicio comerciable” que sea recíprocamente valorado por los consumidores o contribuyentes; en consecuencia, cualquier empleo gubernamental es improductivo desde la óptica de valor del mercado. ¿Por qué? Porque la evolución económica, en la esfera del mercado, depende de la capitalización y aceptación en términos de valor de una equivalencia a la hora de intercambiar: Y dado que, dentro de los servicios que presta el Estado, no existe tal equivalencia, entonces todo lo que el Estado hace es quitar a valor real y devolver sin que haya una verdadera aceptación de algún valor agregado real.
Dado que nuestro medio de intercambio y equivalencia es el dinero, por lógica, tratar de solucionar el déficit de un gobierno improductivo, quitándonos más dinero y, a la vez, procurar crecimiento económico –valorado también en términos de dinero– es totalmente contradictorio. Por esta razón, la única manera de solucionar un problema de déficit gubernamental creciente, en momentos de estancamiento económico, es recortando el gasto. ¿Dónde? ¡Dónde sea!.
Ante la insistente pregunta de ¿cómo eliminar el déficit fiscal y procurar a la vez un aumento en la evolución económica?, la respuesta liberal es: recortando el gasto corriente; pero, ¿dónde? repregunta el no liberal. Pues dónde sea, afirma el primero. ¿Aunque esto implique recortar empleados productivos del Estado?, replica el interlocutor, a lo que el liberal contesta: no existe empleo productivo en el Estado. ¿Cómo que no?, se indigna el otro. Absolutamente no, insiste el liberal. Fin de la conversación.
Lo dicho no significa que todos los empleados del gobierno sean vagabundos o improductivos, desde el punto de vista económico; esto es, desde el punto de vista de la producción/hora. Lo que significa es que el empleo gubernamental no provee ningún “servicio comerciable” que sea recíprocamente valorado por los consumidores o contribuyentes; en consecuencia, cualquier empleo gubernamental es improductivo desde la óptica de valor del mercado. ¿Por qué? Porque la evolución económica, en la esfera del mercado, depende de la capitalización y aceptación en términos de valor de una equivalencia a la hora de intercambiar: Y dado que, dentro de los servicios que presta el Estado, no existe tal equivalencia, entonces todo lo que el Estado hace es quitar a valor real y devolver sin que haya una verdadera aceptación de algún valor agregado real.
Dado que nuestro medio de intercambio y equivalencia es el dinero, por lógica, tratar de solucionar el déficit de un gobierno improductivo, quitándonos más dinero y, a la vez, procurar crecimiento económico –valorado también en términos de dinero– es totalmente contradictorio. Por esta razón, la única manera de solucionar un problema de déficit gubernamental creciente, en momentos de estancamiento económico, es recortando el gasto. ¿Dónde? ¡Dónde sea!.
Andrés Pozuelo Arce