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viernes, 4 de octubre de 2013

Viernes de Recomendación

En el siguiente video, el comentarista John Stossel analiza el tema de los servicios de salud de un país ¿Deberían estar en manos del Estado o se debería permitir que funcionen como cualquier otro bien o servicio en el libre mercado?


jueves, 1 de noviembre de 2012

Jumanji empresarial: ¿comer qué?

Hoy en día, en nuestra vida cotidiana, las fuentes generadoras de ansiedad son numerosas, tales como cumplir con las fechas que impone nuestra agenda de trabajo, las reuniones aburridas que debemos atender, ciertos compromisos sociales que se nos presentan como impostergables, y muchas más. Pero, de todas las causas del síndrome de ansiedad (reacción autonómica destructiva que incluye hiperventilación y vasoconstricción, a la par de una decadencia inmunológica general), la más preocupante es la causada por la continua preocupación que nos causan las alertas de tipo de alimentario.

Y es que no resulta extraño, en la actualidad, sentarse a una mesa servida de alimentos deliciosos, o abrir una bolsita de algún bocadillo empacado, sin que alguien nos advierta de los peligros del contenido de grasa, azúcar, sal, condimentos y otros ingredientes comunes que existen en dichos alimentos. Estas intervenciones, por lo general no solicitadas, más que educarnos sobre aspectos nutricionales, terminan - en la mayoría de los casos - elevando nuestros niveles de ansiedad alimentaria. De esta manera, afectamos negativamente nuestro sistema digestivo y limitamos nuestras ayudas mecánicas y biológicas como la masticación y salivación, todo lo cual provoca que saturemos el estómago de alimentos mal procesados, sin la previa activación, por la parte de los sentidos, de aquellos mecanismos de producción de ácidos biliares y enzimas necesarias para que la comida nos alimente y no nos enferme.

Es importante tomar en cuenta que, en el proceso de nutrición, el QUÉ iguala en importancia al CÓMO, CUÁNDO y el CUÁNTO de nuestra ingesta diaria. No vamos a elucubrar, aquí, sobre las virtudes o deficiencias de la actual pirámide alimentaria, recomendada por los llamados expertos en nutrición; pero, a mi juicio, ella hipermagnifica el tema de la ingesta diaria de macronutrientes, necesaria para una vida saludable, al no tener en cuenta las diferencias en capacidad y estabilidad metabólica de los individuos.

Más allá de tal pirámide, nos enfrentamos en nuestro tiempo a muchas otras luces rojas - muchas veces exageradas - con nombres complicados: grasas trans, índice glicémico, calorías (métricas, comunes), sodio, mercurio, toxinas, alérgenos y otros ¡demonios! nutricionales, resaltados en las tablas nutricionales de publicación obligatoria, pero de lectura macro. Este nuevo marco alimentario hace que los seres humanos perdamos nuestra disposición instintiva de seleccionar, por la vía de nuestros sentidos - olfato, vista, gusto y aun tacto - los alimentos que comemos y disfrutamos.

Es cierto que no todas las grasas son iguales, que las insaturadas para “algunas” personas son mejores que las saturadas, y que las hidrogenadas lidian mejor contra la oxidación, pero estas tienden a favorecer la formación de colesterol y a causar daños al endotelio en personas propensas genéticamente. También es cierto que excederse en azúcar no es adecuado, sobre todo para los diabéticos, aunque cabe aclarar que el azúcar no es la causa de la diabetes tipo II, sino mas bien tiene sus raíces en una disbiosis intestinal y el síndrome metabólico que esto conlleva, aunado a una posible propensión genética. Y así, podríamos seguir elaborando argumentos acerca de las ventajas y desventajas de cada nutriente, olvidándonos de lo realmente importante: se come con los sentidos y no con el estómago.

Hay que disfrutar de la totalidad de la experiencia gastronómica, dejando que el olfato perciba una por una las especies aromáticas y, de este modo, preparar a la vesícula para que logre concentrar la mayor cantidad de bilis y para que las glándulas salivares cumplan la función de proveer a la boca la cantidad necesaria de saliva saturada de enzimas digestivas. A la hora de introducir un alimento en la boca, es mejor hacerlo lentamente, generando expectativa y masticando sin prisa, con el objeto de que la lengua sea estimulada con los desprendimientos iónicos de la sal, glutamatos, ácidos y otros exaltantes de sabor, completando de tal forma la maravillosa experiencia del buen comer. Con gran convicción, puedo asegurar que esta renacida sensibilidad se hará cargo de llevarnos hacia un mejor estado de salud física y, paralelamente, hacia una mayor comprensión de los diferentes efectos que cada alimento puede generar en nuestro cuerpo.

En la nutrición, muchas veces, lo que se deja de comer, es aun más importante que lo que se come. La disbiosis intestinal, es según recientes estudios, la causa más relevante de propensión a enfermedades crónicas como la diabetes, obesidad, síndrome de colon inflamado, cáncer y otras. El constante ataque a nuestro sistema digestivo, por exceso de uso de antibióticos, anti inflamatorios, alcohol y por la falta de consumo de fibras solubles e insolubles (prebióticas), nos hace vulnerables a la inestabilidad metabólica crónica y sus manifestaciones clínicas.

Tampoco es conveniente satanizar comidas específicas, como los bocadillos empacados,  dado que no existen comidas buenas o malas sino; sino más bien,  son los malos hábitos de consumo y actividad los que causan problemas.  Además, numerosos estudios han demostrado que la causa de condiciones crónicas, como la obesidad y la diabetes, no están relacionadas específicamente con el consumo de bocadillos variados.  Para muchos, los bocadillos y refrescos higiénicamente elaborados, o las comidas rápidas y de bajo costo, son la única fuente de energía de bajo costo a la que tienen acceso durante el día, lo que convierte a estos productos en verdaderas soluciones de consumo. Por esta razón, es inconveniente hacer sentir mal a los jóvenes que voluntariamente los consumen o a los trabajadores que con orgullo los producen.

Andrés Pozuelo Arce

martes, 26 de julio de 2011

La columna de Carlos Federico Smith: una huelga tan sólo suspendida


Este sábado 23 de julio se llegó a un acuerdo entre las autoridades de la Caja y los huelguistas para suspender el paro sindical. Esto era previsible, dada la debilidad gradual que fue mostrando la huelga, por lo que ahora resulta ser interesante comentar si, con su terminación, acabarán los problemas con la Caja.

Por un asunto personal durante las últimas semanas he tenido que ojear diversas periódicos desde 1973 en adelante, día a día en lo posible, dada la limitación de la información que los medios han mantenido, en algunos casos con total ausencia de recopilación, en otros por sólo para algunos años y muchas veces en mal estado por fallas en su presentación. El mejor de los casos –y eso es mucho decir- es el periódico La Nación, aunque lamentablemente no tiene un sitio electrónico que almacene adecuadamente sus publicaciones, pues, por ejemplo, omite el período 1991-1994 incluidos y, el que sí mantiene, que va de los años 1946-1991, está lleno de vacíos; como por ejemplo meses para los que no conserva registro, al igual que para muchos días específicos, y todo en una presentación fotográfica que impide hacer un buen y apropiado uso de los documentos así guardados. Bueno, por supuesto que ese periódico no tiene la obligación de conservar bien su historia.

En todo caso, al desfilar por esa rica información, pude darme cuenta cómo cada cierto tiempo se presenta un huelga en la Caja y siempre por las mismas razones, aunque se difiera en los detalles. Los huelguistas siempre alegan defender la Caja , que el Estado pague su parte correspondiente, que los médicos no son debidamente retribuidos y que por ello se debe acudir a arreglos especiales, como jornadas extraordinarias que tienen un elevado costo y, por supuesto, aparecen los sindicatos de ciertos grupos de empleados que se pueden definir como de soporte a los servicios médicos, tales como el de lavandería, el de auxiliares de cuanta cosa hay, el de quienes preparan la comida para los pacientes, el de guardas, que siempre alegan que no se tiene suficientes recursos, que en cristiano significa más plata para ellos.

Todas esas huelgas han concluido en arreglos, que siempre se han traducido en un gasto siempre creciente. Las pocas veces en que ha mejorado la situación financiera de la Caja es cuando el gobierno le ha trasladado plata de todos nosotros, bajo el cuento de que es parte de un “aporte” a que está obligado el gobierno o bien porque se ha terminado por aumentar las cuotas obrero-patronales.

Me pregunto. ¿Será esta vez más de lo mismo? ¿Se seguirá la práctica del “después se verá”, en cuanto a la necesidad de asegurar la supervivencia de la Caja a mediano plazo? ¿Se pondrá orden en ciertas cosas que es posible y necesario lograrlo pronto, en tanto que se definen políticas que requieren de amplio análisis acerca de su razonabilidad y viabilidad en un futuro no tan cercano, pero siempre relativamente pronto?

Es a esto a lo que quiero referirme. En primer lugar, la huelga nació débil y este langor fue creciendo conforme avanzaban los días. Por ello fue posible lograr que el no pago de los días no laborados fuera efectuado en dos partes. Creo que si el gobierno no hubiera sido firme en su posición de “no trabajo, no pago”, hubiera mandado una señal de mayor debilidad en su posición, alentando futuros movimientos que ya se gestan y que vendrán, tengan o no mayor justificación que este recién pasado.

En segundo lugar, hay algo de “después se verá” en lo acordado para que concluyera la huelga. Por ejemplo, debido a la limitación de la Caja para seguir pagando ese privilegio a sus trabajadores ante el pronunciamiento de la Procuraduría, por el cual ya no se puede considerar el pago de incapacidades como un salario, sino como un subsidio y, por tanto, no pueden formar parte ni del treceavo mes, la pensión, el salario escolar y las prestaciones, las partes acordaron buscar alternativas para las contribuciones al régimen de pensiones de los empleados de la Caja. Pero, como advirtió la presidenta ejecutiva de la institución, Dra. Balmaceda, sin que implicara costos extra para la Caja. Ni tampoco para el resto de los costarricenses, obreros y empresarios, agrego yo.

También en ese diletantismo se acordó crear una comisión que evaluara las obligaciones del estado y de los patronos. Por supuesto que quienes están obligados a pagar, como patronos y trabajadores, deben de pagar lo que deben. Ya el Ministerio Público dijo que investigaría la morosidad con la Caja, que estoy seguro traerá resultados positivos para las finanzas de la Caja y la legalidad de las cosas. Pero un hecho distinto es el de la obligación que el Estado mantiene con la Caja. La regla ha sido que el Estado le dé “papeles”; esto es, bonos que devengan intereses, para ir cubriendo su deuda con la Caja. Pero la verdad es que, primero los intereses, son fondos que deberán ser cubiertos con los impuestos y contribuciones que toda la ciudadanía le entrega al Estado, por lo que, en última instancia, seremos los ciudadanos físicos y legales (empresas) quienes terminaremos pagando esos intereses.

Lo mismo con el principal del bono a su vencimiento: de nuevo la ciudadanía tendrá que entregar recursos al Estado para cubrir ese pago (a no ser que el Estado irresponsablemente, como siempre ha hecho, decida echar a la calle una nueva emisión de deuda para cubrir la a que va venciendo, pero que algún día, sin duda, tendrá que pagar, por supuesto que cargándosela a todos los ciudadanos). Casi que mejor olvidarse de esa deuda y que el Estado desaparezca de la Caja: que quede en manos de quienes la mantienen; esto es, los trabajadores y las empresas. (Nada más imagínense cuánto nos evitaríamos de políticos y de las políticas que suelen proponer).

Pero también hay muchas otras cosas que quedan en el aire y a las que nada más voy a referirme en términos de preguntas:

1.- ¿Qué va a hacer la Caja (y todos nosotros) ante el fenómeno del envejecimiento de la población asegurada, que percibirá servicios de salud y pensiones por muchos años más de los actuarialmente pagados en la situación actual?

2.- ¿Qué va a hacer la Caja (y todos nosotros) ante “el desperdicio de medicamentos, poli consultas innecesarias, y el uso abusivo de emergencias”, como claramente lo señala el pronunciamiento del respetable Colegio de Médicos en su pronunciamiento del 24 de julio?

3.- ¿Qué va a hacer la Caja (y todos nosotros) ante el abuso en la demanda de los servicios que brinda la Caja por parte de personas, nacionales y extranjeras, que no cotizan a la Caja?

4.- ¿Qué va a hacer la Caja (y todos nosotros) ante la actual práctica de turnos que no es uniforme para todos los profesionales, implicando en estos momentos mayores costos? Debe averiguarse si algunos grupos disfrutan de lo que se llama tiempo extraordinario a partir de las tres de la tarde…

5.- ¿Qué va a hacer la Caja (y todos nosotros) ante el exceso de gastos que le ha impuesto al Sala Constitucional con base en una concepción abusiva de los derechos de los ciudadanos? Pronto será que hay que dar casa a quien la solicite con base en un derecho a la vivienda, que la Caja tenga que brindar el más caro tratamiento médico del mundo, posiblemente sólo hallado en naciones muy ricas, que algún demandante considera se le “debe dar” o también, ¿por qué no?, que, en función de algún etéreo “derecho a la felicidad”, la Sala obligue a la Caja a dar pensión a todo mundo independientemente de sus aportes. Todo es posible en esta ingrata tarea judicial de repartir lo que no se tiene… ignorando el principio elemental de la escasez y limitaciones de recursos que existe en toda la humanidad.

6.- ¿Qué va a hacer la Caja (y todos nosotros) con las incapacidad exageradas y fuera de proporción que se dan a los empleados de la Caja y que han sido afortunadamente expuestas ante el público por diversos medios de prensa?

Quiero terminar aquí con esta materia tan incómoda, con una advertencia. Si se quiere mantener un régimen de seguridad social con algún viso de solidaridad social, es necesario entrarle a estos problemas y no posponer soluciones. De seguir este último camino, no tengo dudas de que los mercados funcionarán y se tendrá algún régimen de salud y pensiones muy diferente al actual, al menos respecto a los principios bajo los cuales la Caja fue establecida.

Jorge Corrales Quesada

jueves, 21 de julio de 2011

Jumanji empresarial: el efecto anti-salud


No podemos hablar de salud, sin tratar antes de definir el término. El problema con el concepto de salud, igual que con otros conceptos ambiguos, el de religión por ejemplo, es que se hallan ligados a todo un complejo sistema de dogmas y creencias acumuladas a través del tiempo, sistema que es fruto del esfuerzo de muchas generaciones de seres humanos que vieron más fácil la tarea de dictar reglas que la de educar sobre el tema. Por esta razón, resulta menos complicado reflexionar acerca de lo que no es salud que definir lo que significa el término.

Veamos. La salud no se reduce a no sentir dolor o a dejar de sentirlo por medio de analgésicos; después de todo, el dolor no se origina por la ausencia de estos. La salud no reside en estar inflamado o dejar de estarlo gracias a la ayuda de medicamentos anti inflamatorios, dado que la inflamación no se origina debido a la falta de tales remedios. Para resumir hasta aquí, salud no es sentirse bien bajo el efecto de medicamentos y, mucho menos, sentirse mal por culpa de ellos. Cabe mencionar que algunos tratamientos, de naturaleza inmune terapéutica, trabajan generando una reacción por parte del cuerpo, generalmente inmunológica, la que en algunos casos se da durante un tiempo, hasta que el cuerpo recupera su homeostasis natural.

Desde un punto de vista más psicológico, podemos descartar que el hecho de esperar largo rato sintiéndose mal para poder ver al doctor, pueda significar salud. Asimismo, esperar días o meses para hacerse un examen o recibir los resultados, aunque uno esté bajo el beneficio de una incapacidad, de ninguna manera puede aportar positivamente a la curación. Es más, la espera de un diagnóstico se puede volver más amarga, si el tiempo libre del paciente supera al tiempo que dedica a estar activo y ocupado. A la hora del diagnóstico, el efecto anti-salud se torna efectivo cuando a uno lo estigmatizan con un término que probablemente no entiende, no sabe qué significa y que, sin embargo, en la mayoría de los casos formará parte de nosotros hasta que algo más grave nos sea diagnosticado. A este efecto se le puede llamar sucesión médica, fenómeno por el cual nos vamos graduando de una enfermedad a otra, muriendo un día de un mal muy simple llamado anoxia o falta de oxígeno celular.

La utilización de fármacos ajenos a nuestra bioquímica natural siempre es riesgosa, ya por sus efectos secundarios inmediatos, ya por cambios en la homeostasis corporal a largo plazo. Pero más problemático aún es iniciar un tratamiento con un fármaco determinado y descontinuarlo por falta de abastecimiento de parte del sistema de salud. Este efecto anti-salud, desgraciadamente, se da a menudo en nuestro sistema sanitario, y las consecuencias resultan catastróficas, al punto de que estamos tentados a decir que tal vez sea mejor no recetar fármacos del todo que iniciar tratamientos que podrían interrumpirse de manera abrupta. En fechas recientes, se han producido faltantes de numerosos medicamentos en la CCSS, situación que ha producido ansiedad, confusión y definitivamente un efecto anti-salud en los pacientes.

Un alto porcentaje de los pacientes que acuden a nuestro sistema de salud, lo hacen por padecimientos que varían desde un dolor de cabeza hasta una gastritis crónica, sometiéndose a menudo a continuas esperas y exámenes innecesarios, en ocasiones tardíos, para recibir eventualmente un diagnóstico lleno de nombres complicados, aunque todas las dolencias apuntan a un mismo origen: el síndrome de agobio. Este síndrome se caracteriza, más que todo, por la desoxigenación celular generalizada, producida casi siempre por una hiperventilación basada en la mecánica defectuosa de la respiración, fenómeno inducido por el exceso de ansiedad o dolor que, a la vez, se agrava al existir vasoconstricción por falta de CO2 en la sangre, lo cual obedece precisamente al hecho de hiperventilar, creándose de esta manera un círculo vicioso que puede llevar a problemas crónicos y agudos de gravedad.

Si aceptamos estas hipótesis como ciertas, la conclusión es una: hay que cambiar, en todo el sistema de salud pública y privada, la forma de diagnosticar y de tratar a la gran mayoría de pacientes que visitan las clínicas. Esto quiere decir que, antes de iniciar al paciente en la escalofriante odisea de la sucesión médica, debemos educarlo en métodos alternativos de autoayuda (técnicas de respiración, nutrición, estiramiento, meditación y otros), de tal forma que pueda asumir y enfrentar lo complejos retos de lo que llamamos “condición humana” de un modo natural, independiente y placentero.

Al mismo tiempo, es probable que si en este país hiciéramos el esfuerzo de monitorear y llevar a cabo un programa de mejora continua capaz de disminuir los efectos anti-salud, provocados por las interminables esperas, los exámenes innecesarios, los conflictos paciente-doctor, los problemas ambientales y salubres en las clínicas, la falta de posibilidades de elección y un largo etcétera, los esfuerzos de un considerable número de valientes profesionales médicos que luchan a favor de la salud se harían realmente visibles; y como un beneficio adicional, por añadidura, se reduciría la dependencia actual hacia los medicamentos y sistemas de reparto de medicina mediocre, como los de la CC.SS.

No queda más que agregar, que los privilegios que los sindicalistas de la CCSS quieren mantener, de ninguna manera se pueden considerar salud, excepto para ellos mismos, pero expensas de la salud corporal y económica del resto de la población.

Andrés Pozuelo Arce

jueves, 19 de mayo de 2011

Jumanji empresarial: ¿comer qué?


En nuestra vida cotidiana, las fuentes generadoras de ansiedad son numerosas, tales como cumplir con las fechas que impone nuestra agenda de trabajo, las reuniones aburridas que debemos atender, ciertos compromisos sociales que se nos presentan como impostergables, y muchas más. Pero, de todas las causas del síndrome de ansiedad (reacción autonómica destructiva que incluye hiperventilación y vasoconstricción, a la par de una decadencia inmunológica general), la más preocupante es la causada por la continua preocupación que nos causan las alertas de tipo de alimentario.

Y es que no resulta extraño, en la actualidad, sentarse a una mesa servida de alimentos deliciosos o abrir una bolsita de algún bocadillo empacado, sin que alguien nos advierta de los peligros del contenido de grasa, azúcar, sal, condimentos y otros ingredientes comunes que existen en dichos alimentos. Estas intervenciones, por lo general no solicitadas, más que educarnos sobre aspectos nutricionales, terminan -en la mayoría de los casos- elevando nuestros niveles de ansiedad alimentaria. De esta manera, afectamos negativamente nuestro sistema digestivo y limitamos nuestras ayudas mecánicas y biológicas como la masticación y salivación, todo lo cual provoca que saturemos el estómago de alimentos mal procesados, sin la previa activación, por la parte de los sentidos, de aquellos mecanismos de producción de ácidos biliares y enzimas necesarias para que la comida nos alimente y no nos enferme.

Es importante tomar en cuenta que, en el proceso de nutrición, el QUÉ iguala en importancia al CÓMO, CUÁNDO y el CUÁNTO de nuestra ingesta diaria. No vamos a elucubrar aquí sobre las virtudes o deficiencias de la actual pirámide alimentaria, recomendada por los llamados expertos en nutrición; pero, a mi juicio, ella hipermagnifica el tema de la ingesta diaria de macronutrientes, necesaria para una vida saludable, al no tener en cuenta las diferencias en capacidad y estabilidad metabólica de los individuos.

Más allá de tal pirámide, nos enfrentamos en nuestro tiempo a muchas otras luces rojas - muchas veces exageradas - con nombres complicados: grasas trans, índice glicémico, calorías (métricas, comunes), sodio, mercurio, toxinas, alérgenos y otros ¡demonios! nutricionales, resaltados en las tablas nutricionales de publicación obligatoria, pero de lectura macro. Este nuevo marco alimentario hace que los seres humanos perdamos nuestra disposición instintiva de seleccionar, por la vía de nuestros sentidos - olfato, vista, gusto y aun tacto - los alimentos que comemos y disfrutamos.

Es cierto que no todas las grasas son iguales, que las insaturadas para algunas personas son mejores que las saturadas, y que las hidrogenadas lidian mejor contra la oxidación, pero estas tienden a favorecer la formación de colesterol y a causar daños al endotelio en personas propensas genéticamente. También es cierto que excederse en azúcar no es adecuado, sobre todo para los diabéticos, aunque cabe aclarar que el azúcar no es la causa de la diabetes tipo II, sino mas bien tiene sus raíces en una disbiosis intestinal y el síndrome metabólico que esto conlleva, aunado a una posible propensión genética. Y así, podríamos seguir elaborando argumentos acerca de las ventajas y desventajas de cada nutriente, olvidándonos de lo realmente importante: se come con los sentidos y no con el estómago.

Hay que disfrutar de la totalidad de la experiencia gastronómica, dejando que el olfato perciba una por una las especies aromáticas y, de este modo, preparar a la vesícula para que logre concentrar la mayor cantidad de bilis y para que las glándulas salivares cumplan la función de proveer a la boca la cantidad necesaria de saliva saturada de enzimas digestivas. A la hora de introducir un alimento en la boca, es mejor hacerlo lentamente, generando expectativa y masticando sin prisa, con el objeto de que la lengua sea estimulada con los desprendimientos iónicos de la sal, glutamatos, ácidos y otros exaltantes de sabor, completando de tal forma la maravillosa experiencia del buen comer. Con gran convicción, puedo asegurar que esta renacida sensibilidad se hará cargo de llevarnos hacia un mejor estado de salud física y, paralelamente, hacia una mayor comprensión de los diferentes efectos que cada alimento puede generar en nuestro cuerpo.

Pero siendo la nutrición un aspecto tan importante en nuestras vidas, se da por añadidura histórica, una dialéctica entre los ingenieros sociales, que buscan justificar su relevancia profesional y política- queriendo regular los alimentos que consumimos - y los liberales individualistas que no aceptan la intromisión del estado, en temas que por naturaleza humana, son auto determinativos.

El argumento favorito de los burócratas intervencionistas, es que la mala nutrición es la causante de gran parte de enfermedades crónicas, y que este hecho, convierte el tema nutricional en un asunto de salud pública. Pero este argumento contrasta con uno más lógico, de que el ser humano es el único dueño de su cuerpo, y que la auto determinación alimentaria es un derecho natural "inviolable".

Andrés Pozuelo

martes, 28 de julio de 2009

Liberalismo Aplicado: El Rol del Gobierno en la Salud



En este video, Milton Friedman explica el involucramiento correcto del Gobierno en temas de Salud Pública.

sábado, 14 de junio de 2008

Mi criterio como Ministra de Salud


El día de hoy queremos presentarles un muy interesante artículo de la Ministra de Salud María Luisa Ávila, denominado "Mi criterio como ministra de Salud" sobre el tema de la legalización de unión civil entre homosexuales. A pesar de que discrepamos en cuanto al criterio religioso expresado por la Ministra, consideramos que el resto del artículo es muy valioso como criterio profesional sobre un tema que ya hemos tocado en ASOJOD.

Quizá el aspecto más importante que. acertadamente aborda la Ministra, es que el tema reviste un interés en el marco de la salud pública en tanto mayores niveles de tolerancia permiten alcanzar mejores niveles de estabilidad emocional y psicológica. Es claro que la sra. Ávila se adscribe a una definición más extensa y completa de salud, que supera la simple creencia de que es la ausencia de enfermedad para llegar a considerar el elemento físico, mental y emocional del ser humano.