viernes, 13 de abril de 2012
Viernes de Recomendación
lunes, 22 de noviembre de 2010
Tema polémico: menor desigualdad no significa mayor desarrollo

El instrumento por excelencia del que hacen uso los grupos “redistribucionistas”, es el coeficiente de Gini, que mide la desigualdad en los ingresos entre los miembros de una sociedad. El ideal para un “igualitarista”, sería que la medida del coeficiente de un país determinado sea 0, pues representaría una sociedad donde no existe desigualdad entre sus miembros; el peor de los escenarios sería aquel donde el coeficiente sea 1, esta sería, sin lugar a duda, la sociedad más desigual que se pueda imaginar. (Se suele medir igualmente de 0 a 100).
De nuevo, la hipótesis señala que si Costa Rica desea avanzar en el desarrollo de sus habitantes, es decir, alcanzar el nivel de los países con desarrollo humano alto, es imperativo borrar los altos niveles de inequidad.
Sin embargo, esta hipótesis tan difundida es falsa. El propio Índice de Desarrollo Humano se encarga de falsar la proposición. Basta con leer en Informe Mundial sobre Desarrollo Humano 2010, La verdadera riqueza de las naciones: Caminos al desarrollo humano, para darse cuenta de ello.
Veamos unos ejemplos que ofrece dicho documento: Chile, el país de Latinoamérica con mejores estándares de desarrollo humano posee un coeficiente de Gini de 52,0; no obstante, Zimbabwe, el país con peor nivel de desarrollo humano del mundo, posee un coeficiente de Gini de 50,1 y,la República Democrática del Congo, el segundo peor país del mundo en materia de desarrollo humano, posee un coeficiente de 44,4 que resulta superior al del tercer país con mejor nivel de desarrollo humano (Nueva Zelanda con un coeficiente de 47).
Por otra parte, Azerbaiyán, disfruta un coeficiente de 16,8 catalogándolo como el país con más igualdad del mundo, pero se ubica en el lugar 67 en IDH, por debajo de Costa Rica (62), a pesar que posee mejores niveles de igualdad que el país con mejor nivel de desarrollo humano (Noruega posee un coeficiente de Gini de 25,8)
Aún más, Etiopia, en el lugar 157 entre 169 en el IDH, y por tanto, uno de los países que cae en la categoría de desarrollo humano bajo, posee un coeficiente de Gini más positivo en términos distributivos que Estados Unidos, que se ubica en el lugar 4 en la lista del índice de desarrollo, con un coeficiente de 40,8.
Estos ejemplos nos permiten concluir algo muy interesante: desechan la hipótesis de los aficionados a las medidas distributivas y explican que el nivel de desarrollo de un país no depende de la igualdad o desigualdad existente entre los miembros que la conforman, sino de otras variables, a las cuales nos hemos referido en ASOJOD, pero que en nada se asimilan a las propuestas por los defensores de quitarle a unos para darle a otros.
Esperamos que estos sencillos datos sirvan para abrirle los ojos a muchos individuos que, para bien o para mal, hoy día creen que es mediante la acción afirmativa del Estado, al mejor estilo de Robin Hood, que los países se vuelven desarrollados.
martes, 13 de enero de 2009
La globalización y el progreso humano

Algunos dicen que la actual crisis es muestra de que el capitalismo colapsó y ha demostrado su incapacidad de generar prosperidad. La evidencia apunta en la dirección contraria. Y es que, como dice Norberg, “Es probable que las décadas transcurridas desde 1960 hayan sido las de mayor avance en el nivel de vida de la humanidad de toda la historia” y aunque “La globalización no es la causa de todas estas mejoras…[si] contribuye a ellas mediante la promoción del desarrollo económico, y la propagación del conocimiento y la tecnología”.
Norberg se propone en su libro descubrir si la globalización ha sido positiva para el desarrollo humano y utiliza datos de las instituciones internacionales “más grandes y consolidadas” tales como la ONU, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el Banco Mundial, y la Organización Internacional de Trabajo (OIT), entre otras. Aquí les presento solo algunos de los datos sorprendentes que Norberg extrajo de estas fuentes:
- “De 1975 a 2005, el PBI per cápita global promedio aumentó de 4.867 a 8.477 dólares” (casi se duplicó). Cabe recalcar que el mayor aumento de PBI per cápita lo experimentaron los países de ingreso mediano (134%), seguidos de aquellos de ingreso bajo (105%) y luego los de ingreso alto (86%).
- “De 1975 a 2004, solo cuatro de los países para los cuales la PNUD tiene datos registraron un deterioro [en el índice de desarrollo humano]”. El resto mejoraron.
- “En 1981, 40,1% de la población de los países en desarrollo vivía en extrema pobreza. En 2004, esa proporción se había reducido a menos de la mitad, 18,1%”. Entre 1999 y 2004, 139 millones de personas salieron de la pobreza o, en otras palabras, “76.219 pobres menos por día”.
- “De 1960 a 2005, la expectativa de vida mundial al nacer creció 18 años…en los países en desarrollo, de 45 a 65 años: dos décadas completas”.
- “Según el Banco Mundial, la proporción de niños de 10 a 14 años que trabajan se redujo a más de la mitad de 1960 a 2003, de 24,9 a 10,5%”.
- Según una encuesta de Freedom House, “la proporción de la población mundial que vive bajo sistemas democráticos aumentó de 0% en 1900 a 31% en 1950 y a 58,2% en 2000”.
- “De 1980 a 2004, el promedio mundial [de libertad económica según el índice del Fraser Institute] aumentó de 5,1 a 6,5”. Es decir de un nivel de libertad económica similar al de Nigeria a uno similar al de México.
Solo quería recordarles en esta navidad que a pesar del retroceso que hemos experimentado en nuestro país—en cuanto a libertades civiles, políticas y económicas—y también a pesar de la crisis mundial, a largo plazo y a nivel mundial no es deseable que la globalización se detenga porque hay muchos que se han beneficiado y podrían beneficiarse de ella, sobre todo los pobres del mundo.
Gabriela Calderón
sábado, 8 de marzo de 2008
¡Que tomaran en el agua!

En ASOJOD nos preguntamos por qué algunos todavía no se han dado cuenta que el camino al desarrollo es el de la inversión, el que la mejor política social es una buena política económica la cual le permita a todos los sectores de la población tener oportunidades de empleo que les posibilite mejorar sus condiciones de vida.
domingo, 2 de marzo de 2008
La eficiencia y el desarrollo

Anteriormente he indicado las interrelaciones tan estrechas que existen entre el desarrollo social y el desarrollo económico, tan cercanas que a cierto nivel de generalidad se confunden. En el largo plazo, la política social se convierte en la política económica, ya que la única base sostenible del desarrollo económico es la inversión en capital humano, que es el contenido de la política social. Por otro lado, la política económica se convierte en la base de la política social, ya que la economía es la que tiene que generar los recursos para invertir en capital humano. En el largo plazo, que es el plazo en el que se mide el desarrollo, uno puede apostar con gran seguridad que los países que han convertido sus economías en economías del conocimiento, son los que más se han desarrollado social y económicamente.
Hay dos cosas que es importante notar en esta relación, sin embargo: La primera es que puede haber desviaciones en el corto plazo, de tal forma que un país con mayor desarrollo social y humano resulta ser menos rico que uno con menor desarrollo social. Estas desviaciones se presentan por dos razones: una es la que sucede cuando un país que, como Venezuela, depende del petróleo y experimenta un aumento en el precio de este producto.
Estas desviaciones no son sostenibles en el tiempo. La segunda razón por la cual un país puede ser menos rico que lo que su capital humano le permitiría es la adopción de un modelo de desarrollo económico, que reduce la eficiencia con la que usa dicho capital humano. Es algo muy tonto de hacer pero es un error muy común, en realidad es la base de la pobreza de los países.
Esta ha sido la conclusión de la larga búsqueda de los factores que explican las enormes diferencias en el nivel de producción y desarrollo por habitante que hay entre los distintos países del mundo. Las investigaciones han distinguido entre dos aspectos de los recursos que los países han aplicado en su desarrollo: la cantidad del recurso y la eficiencia con la que éste es usado. Los recursos que se han incluido en los análisis han sido el capital humano y el capital físico. De esta manera, los análisis han comparado el nivel de desarrollo de todas las economías del mundo, medido en términos de ingresos por habitante, con la cantidad de capital humano y físico que tiene cada uno de estos países y con la eficiencia con la que dichos capitales son usados.
El resultado de estos análisis es que las cantidades de los recursos explican un poco de las diferencias de ingresos, pero que la abrumadora mayoría de estas diferencias se explican sólo cuando se toman en cuenta las eficiencias en el uso de los recursos. Como lo explica el Premio Nóbel de Economía Edward C. Prescott, cuando todos los factores han sido analizados, uno encuentra que Estados Unidos es 27 veces más rico que Bangladesh, no porque tenga más capital (que sí lo tiene) o que tiene más capital humano (que también lo tiene), sino mayormente porque usa su capital humano y físico con mucha más eficiencia que Bangladesh. Si Bangladesh sólo igualara la eficiencia con la que Estados Unidos usa el capita físico y humano, sin incrementar dicho capital, el país seguiría siendo más pobre que Estados Unidos, pero su ingreso por habitante sería una tercera parte del de los Estados Unidos, no una veintesieteava parte como es ahora.
Dicho de otra manera, Bangladesh podría multiplicar su ingreso por habitante por nueve veces sin tener que invertir más en capital humano y físico. A esta eficiencia en el uso de los factores de producción se le llama la Productividad Total de los Factores.
Esta es la que hay que maximizar. Los factores que hay que mejorar para hacerlo incluyen la libertad económica (que es considerada una de las bases fundamentales de la productividad total de los factores), la facilitación de los negocios y las inversiones, y todos los indicadores que incluyen en la medición de la competitividad, incluyendo el desarrollo institucional de la justicia. Los países desarrollados comprendieron ya hace mucho tiempo que esta eficiencia es la que hay que maximizar, de tal manera que actualmente todos los países desarrollados se parecen en sus políticas económicas y sociales en términos de que todas están basadas en la libertad económica y otras políticas que aumentan la productividad total de los factores, independientemente de la ideología de los gobiernos de turno.
Por otro lado, así como la libertad económica está asociada con el desarrollo económico y social, la falta de dicha libertad está asociada con el atraso económico y social. Como resultado, el grado de intervención del gobierno en la economía se ha convertido en un factor que no explica si un gobierno es socialista o no, sino solamente si dicho gobierno es atrasado o no. No queremos quedarnos entre los atrasados.
Manuel Hinds
lunes, 11 de febrero de 2008
Xenofobia anti-económica

La creciente posibilidad de una recesión en la economía estadounidense, combinado con los duros ajustes observados en los mercados de crédito, ha exacerbado el sentimiento contra la inmigración. Además, es un año de elecciones presidenciales, cuando culpar al otro por los males internos se convierte en deporte nacional.
Es una lástima que un tema de capital importancia, digno de un diálogo civilizado y de una conversación informada, sea objeto de tanta emoción visceral y tanta falacia. El caso se da en otros países también. Esto, como apunta la revista The Economist, es preocupante porque que la migración beneficia tanto al país que aporta capital humano como al país que lo recibe. Los inmigrantes suelen ser gente motivada, dinámica, con sentido de urgencia y aspiraciones.
Los inmigrantes mexicanos, tanto legales como ilegales, tienden a repatriar remesas y otros valiosos activos, como conocimientos, nuevos usos, nuevas costumbres, ideas y hasta transferencias de tecnología. Las remesas en sí representan un gran beneficio, no sólo por su valor financiero, sino porque es el mejor ejemplo del asistencialismo inteligente y completamente individualizado.
En los debates presidenciales se seguirá hablando sobre cómo neutralizar la inmigración. Sin duda, ninguno de los candidatos que se opone a la migración notará, como nos ha recordado The Economist, que más de una tercera parte de quienes tienen títulos y doctorados en ciencias o ingeniería en Estados Unidos son inmigrantes. También fueron inmigrantes muchos de los fundadores de las empresas tecnológicas que funcionan en Silicon Valley, California.
Pero, lamentablemente, la realidad es que los políticos prefieren explotar los temores por xenofobia que explicar los beneficios de la inmigración y la necesidad de un cambio inteligente, gradual y ordenado en el marco migratorio. Pero con o sin muro, la economía estadounidense seguirá dependiendo de la inmigración, tanto por presiones fiscales, como por demanda laboral. Mucho mejor sería idear mecanismos temporales, o de amnistía, que explotar un resentimiento antieconómico y tratar de cerrar unas puertas que acabarán cayéndose ante las realidades económicas.
El hecho es que una mayor integración migratoria conlleva beneficios superiores al beneficio combinado de asistencialismo financiero a otras naciones, condonación de deudas e incluso reformas comerciales. Bono, Jeffrey Sachs y demás integrantes del coro pro-tercermundista serían mucho más efectivos en sus causas si incorporan la integración migratoria a sus mensajes. Según Phillippe Legrain, anterior editor económico de The Economist: “tratar de detener la migración de personas es moralmente inaceptable y una franca estupidez económica”. Es que la inmigración es un mecanismo que reduce significativamente la miseria de los más pobres.
Entonces, la cuestión no es que las tasas actuales de inmigración son demasiado altas, sino que no son lo suficientemente altas para lograr los cometidos de vivir mejor y prosperar.
Roberto Salinas
jueves, 17 de enero de 2008
Esperanzas 2007
El 2007 fue un gran año. Los visionarios de la ruina se llevaron varias desilusiones. El petróleo no se acabó ni su producción llegó a su tope, no hubo guerra con Irán, bajó el precio del etanol y de los biocombustibles, en lugar del “calentamiento global” vino un “enfriamiento global”, subió el precio de los alimentos mejorando el ingreso de los agricultores, y, si bien en algunos casos ello resultó en una pesada carga para países pobres importadores netos de alimentos, es más fácil para estos ajustar el consumo que restringir la producción.
Los grupos de intereses contrarios al petróleo aseguran que su producción llegó a su pico y que a partir de ahora la oferta de combustibles fósiles se irá ajustando a través de la suba de precios, lo que significará un poderoso freno a las economías de los países pobres. Nada de esto, sin embargo, parece tener mucha lógica. Varios países están encontrando nuevos e inmensos yacimientos petrolíferos que comenzarán a explotar. Brasil es un ejemplo, China es otro, también India y México encontraron nuevas reservas.
En Brasil, solo los pozos de “Tupí” recientemente descubiertos duplicaron las reservas brasileñas conocidas. Estas reservas podrán convertir al Brasil en unos años más en el décimo productor mundial de petróleo y uno de los primeros en biocombustibles. También están surgiendo nuevas tecnologías que permiten seguir explotando rentablemente viejos pozos y extraer petróleo de fuentes anteriormente ya agotadas, inservibles o con pozos muy profundos. El petróleo está lejos de acabarse.
EE.UU., país que genera hasta un cuarto de todas las emisiones globales de calentamiento en el mundo, pese a la contrariedad de otros países desarrollados, se resiste a aprobar el acuerdo de Kyoto y a aceptar los estrictos límites que éste impone sobre la emisión de dióxido de Carbono (CO2), debido a los altos costos que tendría tratar de cumplir las exigencias, con riesgos de frenar el crecimiento de la economía. Las emisiones de EE.UU., desde 1990, no obstante, han venido mejorando bajo un esquema de cooperación voluntaria en el mercado de carbono. Les ha superado a Canadá, Nueva Zelanda, España, Portugal, Irlanda, Turquía.
El 2007 también ocasionó alguna vergüenza entre los defensores del calentamiento global. En distintos lugares del planeta, desde Seúl, Corea, hasta Johannesburgo, Sudáfrica, y, desde Nueva Zelanda, hasta Charlotte, N. C., se presentó una ola de frío polar que convirtió al año 2007 en un genuino año del “enfriamiento global”.
Pero la mayor desilusión recibieron los “profetas” que todavía no se habían percatado que el ser humano, año tras año, vive una mejor calidad de vida, una existencia más sana, larga y saludable, en áreas más limpias.
Nunca antes la mortandad infantil, el hambre y la desnutrición estuvieron tan bajos ni la expectativa de vida fue tan alta. Nunca antes los pueblos han estado tan cerca del desarrollo tecnológico y el avance medioambiental. El 2007 tiene el mejor récord en la historia de la humanidad.
El Cato Institute ha lanzado recientemente el extraordinario libro de Indur M. Goklany, El mejoramiento de la situación del mundo, una investigación exhaustiva con una visión optimista —aunque realista y hasta conservadora— de la globalización y sus consecuencias: el crecimiento económico, el libre comercio y el avance tecnológico, apoyado en abundantes gráficos, estadísticas y datos históricos. Ni la globalización ni el crecimiento económico emergente han ampliado las desigualdades en el interior de los países.
Los estudios de Goklany demuestran también que el mundo avanza inexorablemente hacia el fin de la pobreza y el atraso, gracias al aumento sostenido de la libertad económica y la sólida protección de los derechos de propiedad privada logrados en los últimos 30 años. Las necesidades básicas de la vida, desde alimentos hasta educación, pueden conseguirse hoy con mayor facilidad y son mucho más baratas. El mundo está recibiendo el soplo de libertad que esperaba para florecer.
viernes, 14 de diciembre de 2007
África debe luchar por la libertad antes que nada

La cumbre de la Unión Africana que acaba de terminar propuso una agenda para la federación de estados africanos, sin mencionar siquiera una sola libertad política o económica para los ciudadanos del continente. No obstante, los africanos no necesitamos ideales, sino libertades prácticas para nosotros mismos sacarnos de la pobreza.
La unión continental era el principio sobre el cual se basaba inicialmente la Organización por la Unidad Africana, pero siempre estuvo condenada al fracaso: Los líderes africanos se niegan a enfrentar sus propios fracasos o los de sus vecinos, mientras que no permiten que los africanos comunes y corrientes utilicen su propio ingenio.
Escuchamos mucho en la cumbre acerca de los grandiosos ideales de la integración, nada menos que del líder de Libia, Muammar Gaddafi, pero no se dijo nada que sirva valioso acerca de los verdaderos desastres de Zimbabwe, Darfur, Somalia, Etiopía y Eritrea.
Otros fracasos tales como la corrupción y la manipulación de elecciones ni siquiera fueron tratados en la agenda a pesar de que estos continúan siendo las verdaderas características comunes en África. Pero más importante aún, no hubo siquiera un susurro con respecto a los derechos de propiedad, el Estado de Derecho y las libertades de mercado que permitirían que los africanos imiten el crecimiento de los países asiáticos tales como Tailandia, Malasia y Corea del Sur, los cuales eran igual de pobres que nosotros cuando recién nos independizamos en la década de los sesenta.
Hasta el récord de crecimiento de Sudáfrica, islas Mauricio y Botswana son ignorados como que si fueran de alguna forma excepcionales, en lugar de ser reconocidos como el resultado directo de políticas económicas sólidas.
Las posiciones en la Unión Africana están divididas entre los supuestamente gradualistas, quienes creen que cada país debería primero construir sus economías e integrarlas a bloques regionales, y los radicales, quienes creen que una autoridad supranacional debería de alguna forma permitir que África compita internacionalmente.
Ninguno de los dos bandos, sin embargo, está hablando del verdadero tema: la economía. Hoy, los africanos no compiten ni localmente ni regionalmente, menos a nivel internacional; necesitamos libertad económica para que los africanos puedan sacarse así mismos de la pobreza, desencadenada por la esclavitud con el Estado.
El poder que tiene el comercio para cambiar una vida ha sido demostrado históricamente no solamente en Occidente. En el clímax de su gloria, muchos estados e imperios africanos pre-coloniales consideraron al comercio una mejor manera de alcanzar la prosperidad que las conquistas.
El oro era enviado desde Wangara en el norte de Nigeria a través del Sahara hasta llegar a Taghaza, en el oeste del Sahara, donde se intercambiaba por sal, y luego en Egipto por cerámicas, sedas y otros productos asiáticos y europeos. El viejo imperio de Ghana controlaba gran parte del comercio de cobre y marfil a través del Sahara. En el Gran Zimbabwe el oro era intercambiado por vajilla y vidrios chinos. Desde Nigeria los productos de cuero y hierro llegaban a ser comerciados en toda África Occidental.
Hoy, África ha perdido ese comercio y muchas teorías de conspiración abundan para explicar su retraso. Pero el juego de echar la culpa ignora el diablo que yace dentro: las barreras internas y regionales que obstaculizan el comercio, haciendo que los aranceles dentro de África sean más altos que cualquier arancel fijado por bloques externos. Hasta hay políticos, burócratas y activistas de ayuda externa que argumentan que estos aranceles constituyen contribuciones esenciales a las recaudaciones estatales—lo que implica que las oficinas gubernamentales son más importantes que los ciudadanos o la economía.
Los que se oponen a los tratados de libre comercio con Estados Unidos o a los acuerdos de asociación con la Unión Europea dicen que estos permitirían que vengan importaciones baratas y conducirían a las ya tambaleantes economías africanas al colapso. Ignoran a los consumidores que se beneficiarían de las importaciones baratas y a los empresarios que podrían exportar regional e internacionalmente: solo piensan en mantener el poder estatal y a las industrias protegidas. Pero las verdaderas consecuencia de estas políticas públicas es mantener al agricultor africano en un nivel de subsistencia y lograr que las economías africanas sigan siendo agrarias.
Los aranceles en los países ricos se han reducido en un 84 por ciento en las últimas dos décadas hasta llegar a aproximadamente 3,9 por ciento, aún así las barreras arancelarias en África solo se han reducido en un 20 por ciento a un todavía masivo promedio de 17,7 por ciento. Además, otras barreras no arancelarias en los países más pobres de África son cuatro veces mayores que en los países ricos.
Por ende el tema aquí no son los remotos ideales de la integración regional o continental que podría, de acuerdo a una magia no definida y sin precedentes, sacar a los africanos de la pobreza: el tema es la falta de libertades económicas prácticas y de todos los días que permitirían a los africanos sacarse así mismos de la pobreza, con políticas públicas concretas y de éxito comprobado por la historia.
La belleza de las políticas públicas sólidas es que pueden implementarse dentro de un periodo corto de tiempo, como en Sudáfrica y Bostwana, a diferencia de las refinadas nociones políticas, tales como la siempre delegada unión con Egipto propuesta por Ghaddafi.
Pero los líderes que pueden hablar de unidad mientras que ignoran la masacre en Darfur y la tiranía en Zimbabwe pueden muy fácilmente ignorar las barreras económicas locales.
La ideología y los conceptos refinados han retrasado a África mientras que cientos de millones en Asia estaban construyéndose una mejor vida. Nuestro crecimiento y la prosperidad depende de un sentido común comprobado y de la ruptura de las cadenas económicas que todavía nos tienen en la esclavitud.
Por Franklin Cudjoe
martes, 21 de agosto de 2007
Desarrollo humano y el TLC

El Informe sobre Desarrollo Humano 2005, PNUD, publicado por las Naciones Unidas, señala que Costa Rica está ubicada en el grupo de alto desarrollo humano, nivel 47, en orden descendente de una lista de 177 países (Noruega es el número 1 y Níger es el más bajo en el nivel 177). Este índice señala los avances promedio de un país, tomando en cuenta tres condiciones: esperanza de vida al nacer, acceso a la educación e ingreso económico de los habitantes (PIB per cápita). Costa Rica ha mantenido una posición sociopolítica y económica satisfactoria en relación con otros países latinoamericanos; solamente Argentina, Chile, Uruguay y Barbados, la superaron en el grupo de alto desarrollo humano.
Pese a que indicadores internacionales han ubicado a Costa Rica en esa alta posición, informes y encuestas nacionales señalan un deterioro preocupante: la inversión en programas de asistencia social, educación y seguridad humana ha disminuido seriamente, afectando en mayor proporción a los grupos de menor capacidad económica, incluida la clase media. Si los gobernantes del pasado tuvieron una gran visión al forjar un alto nivel en desarrollo humano para el país, hoy, de igual forma, debemos proyectar la Costa Rica del futuro con mejores expectativas en un mundo globalizado.
El progreso económico de Costa Rica ha estado relacionado con su participación en el comercio internacional. Por ello, a raíz de la crisis de 1980, que produjo elevada inflación y aumento de la pobreza, condiciones que debilitaron el Estado solidario y proteccionista de entonces, se decidió promover el desarrollo de las exportaciones, ampliando la base exportable. La relación comercial establecida en 1984 con los EE. UU. a través de la Iniciativa de la Cuenca del Caribe (ICC), el Régimen Preferencial Arancelario con Europa que se inicia en 1992, y posteriormente la ratificación de tratados de libre comercio con otros países, han sido instrumentos comerciales muy positivos para este desarrollo económico. Hoy, la oferta exportable de Costa Rica es de más de 3.600 artículos.
¿Por qué votar SÍ? El TLC es una oportunidad de consolidar un bloque comercial con EE. UU., los países centroamericanos y República Dominicana. Si en los últimos 20 años Costa Rica adoptó un modelo de desarrollo económico sustentado en la inserción de su economía en el mercado internacional y en la diversificación de sus actividades productivas con excelentes resultados, no habría que pensar que el TLC con EE. UU. sería de fatales consecuencias para el país, si con ello se abren nuevas oportunidades de inversión, de generación de empleo y mejores salarios.
La experiencia comercial que ha tenido Costa Rica con EE. UU. ha sido muy positiva durante 23 años a través de la ICC. Sin embargo, el sentido común señala claramente que, si cinco países ya ratificaron el TLC, los EE. UU. no tendrían por qué mantener preferencias unilaterales a Costa Rica. Sería mejor ratificar el Tratado y denunciarlo si llegara a afectar al país. Si quedamos fuera, Costa Rica pierde competitividad con una alta posibilidad de que el comercio y las inversiones se desvíen hacia los otros países del área. Igualmente, estaríamos en una posición de clara desventaja a la hora de querer firmar un TLC con la Unión Europea en el futuro.
Para mejorar. ¿Cómo se pueden ofrecer mejores oportunidades de bienestar al costarricense? Uno, mayor inserción de nuestros mercados en la economía internacional a través del TLC, lo cual nos estimula a producir más, exportar más, captar más inversión extranjera directa y a lograr un mayor crecimiento. Dos, modernización de una reforma tributaria que le permita al Estado ofrecer mejoras en infraestructura, más inversión social y mejor educación para avanzar en el uso de la tecnología en todos sus ambientes, igual que han hecho países europeos y asiáticos. Tres, fortalecer la institucionalidad social del país y así propiciar una mejor distribución de la riqueza.
Solamente realizando estos esfuerzos, los indicadores en desarrollo humano publicados por PNUD y el programa Estado de la nación serían sostenibles en un alto nivel, habría mejores oportunidades para nuestra juventud en el futuro y se podría dar impulso importante para reducir la pobreza y la des-igualdad social.
Álvaro de la Cruz M., tomado del periódico La Nación

