Mostrando las entradas con la etiqueta alimentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta alimentos. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de febrero de 2012

Tema polémico: la libertad se escapa por rendijas


Nuestro amigo y colaborador, Jorge Corrales Quesada (ex Presidente de ANFE), decía en la coyuntura del TLC que "la libertad entra por rendijas", para referirse a que es necesario aprovechar las aperturas logradas que, aunque no fueran las deseadas, al menos representaban un pequeño respiro del intervencionismo estatal que corta nuestra libertad de intercambio.

Si bien es un punto cierto y válido para muchos aspectos de las políticas públicas, lo cierto es que la realidad de nuestros tiempos parece ir dirigiéndose a un punto tal donde la frase se invierte: la libertad se escapa por rendijas. Para ejemplificar nuestro punto podríamos dar miles de ejemplos en que el Estado costarricense cada día más se va metiendo en nuestra esfera privada de actuación y decisión y, por tanto, nos hace perder cada vez más libertad. No obstante, un ejercicio de tal magnitud nos llevaría miles de párrafos y perderíamos la atención de nuestros lectores. Por eso vamos a centrarnos en dos recientes casos que ilustran nuestro punto: la reciente aprobación en Primer Debate de la Ley Anti tabaco y la decisión del MEP de regular la venta de comidas en sodas escolares.

Primero que todo hay que decir lo obvio: son dos completas estupideces orquestadas por los amantes del intervencionismo, del Estado niñera que tiene que cuidarnos de nosotros mismos, de los políticos que creen que somos lo suficientemente inteligentes para votar por ellos pero no para tomar decisiones sobre nuestras vidas y por eso deben tratarnos, cual misión salvadora, como nuestras nanas hasta alcanzar la "edad intelectual" suficiente para valernos por nosotros mismos, cosa que por supuesto nunca sucederá para estos entrometidos con poder.

A pesar que se ha dicho que estas medidas son válidas porque se cimentan en la protección de los derechos de terceros -y que por eso se justifica la intervención-, lo cierto es que ese argumento es fácilmente criticable. La maravilla del mercado, decía Frank H. Knight, es que los ciudadanos pueden votar con su dinero: cada dólar que tienen les permite decidir qué cosas premian y qué castigan. Así, por ejemplo, en un bar, quien debería decir si se puede fumar o no es el dueño, en función de sus intereses o deseos. Si la mayoría de su clientela es de no fumadores, el propietario tendrá un claro incentivo económico para impedir que se fume en su local, pues el humo ahuyentará a quienes le dejan dinero. Pero, por el contrario, si la mayoría de clientes son fumadores, la prohibición podría afectar su asistencia y le acarrearía una pérdida financiera que ni el Estado ni los idiotas políticos que impulsan esta norma asumirán.

En el mismo orden de ideas, el argumento del "derecho a aire limpio" no es más que una mala salida al problema. Si bien es cierto que los fumadores afectan el dercho de los no fumadores y generan un costo en atención de salud en el que estos últimos no habrían tenido que incurrir de no ser por la acción de aquellos, la solución tampoco la brinda esta ley. Las personas no están obligadas a compartir el mismo espacio con los fumadores: cuando se trata de espacios públicos -entendiéndose como tales la propiedad del lugar y no la estúpida interpretación en función de si están abiertos o no al público- ya existía la Ley N° 7501, que imposibilitaba fumar en edificios de instituciones públicas. Eso era suficiente. En espacios privados, como dijimos ya, la decisión debe ser del propietario y si una persona no está satisfecha, simplemente puede caminar y buscar otro lugar más placentero.

Si el problema es el costo de atención médica, la solución tampoco es la prohibición. La CCSS no dejará de gastar millones de colones atendiendo a personas con afecciones producidas por el tabaco tan solo porque se prohíba fumar en determinados sitios. Además, el cigarrillo no es la única causa de problemas respiratorios. Lo que pasa es que nadie quiere poner el dedo en la llaga y entrarle a la contaminación que generan los camiones y buses y, mucho menos, encontrar la inconsistencia en la política ambiental de los diferentes Gobiernos, pero más visible en este, cual es el establecimiento de altos impuestos -aumentados aún más por el proyecto de Ley de Solidaridad Tributaria (el famoso PACquetazo de impuestos)- que desincentivan la migración a vehículos con tecnologías más limpias, al tiempo que desperdician los recursos de los tax payers en foros internacionales sobre el cambio climático.

Para evitar que los ciudadanos paguen los costos de los fumadores y de las personas con malos hábitos alimenticios, hay que hacer algo que ningún politicucho o intelectual progresista desea, pero que representa la única solución responsable: que cada quien pague por su atención médica. Sea que se cierre la CCSS -como lo hemos propuesto reiteradamente en ASOJOD- y que cada quien costee su propio seguro médico, o que, al menos (como todo en este país se hace a poquitos) se le cobre una cuota mayor por riesgo a quien tenga condiciones que hagan más probable la necesidad de recurrir a los servicios.

Esta incesante necedad de nuestros políticos de meterse en lo que no les importa solo llevan a tonterías. Ahora habrá que pagar burocracia para fiscalizar las loncheras, ejércitos de nutricionistas para supervisar la preparación de la comida en las sodas escolares, inspectores para tratar de luchar contra el contrabando de cigarrillos, etc., etc., etc., y todo en una época de déficit fiscal que amenaza con garrotearnos con un incremento de impuestos.

Gracias a las sandeces de nuestros políticos, la libertad se escapa por rendijas, pero cada vez en proporciones más grandes.

domingo, 6 de abril de 2008

La enfermedad argentina


Buenos Aires, 25 de marzo de 2008, la clase media de la ciudad se manifiesta cacerola en mano. Los productores agrícolas han decidido cortar los suministros de carne y de grano ante la decisión del gobierno de elevar las retenciones fiscales a la exportación hasta el 44 por 100. ¡Sorpresa…! La gente no protesta contra el campo sino contra el gobierno. La Administración de la Sra. Kirchner se enfrenta a la rebelión de una sociedad civil harta de las arbitrariedades del poder, de los excesos de un Estado “clectocrático” que vampiriza a los sectores productivos de la población para beneficiar a su clientela política y a una nomenclatura que usa el poder en beneficio propio. En la Argentina de 2008 no existe nada parecido a un gobierno que respete las reglas del juego, sino un aparato depredador populista, muy parecido en el fondo al creado por Hugo Chávez en Venezuela, atemperado por el alma porteña.

La guerra de los peronistas contra el campo es histórica. El sector más productivo, competitivo y abierto de la economía argentina ha sido ordeñado de manera sistemática por el peronismo para financiar sus sueños autárquicos y sus objetivos políticos. En los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, el general Perón esquilmó la industria agropecuaria para poner en marcha un programa de sustitución de importaciones y de redistribución de la renta que sentó las bases de la decadencia económica del país. El justicialismo, una ideología reaccionaria, de raíz fascista ha convertido a uno de los estados más ricos del mundo en las primeras décadas del siglo XX en una república bananera. Ha contaminado y pervertido de tal modo la Argentina que nadie ha logrado romper la dinámica decadente que asola el país desde hace medio siglo.

En estos momentos la situación de la República fundada por Sarmiento, Mitre y Alberdi es dramática. Se ha transformado en un sistema monopartidista en el cual las únicas alternativas posibles se plantean dentro del justicialismo. No existe una oposición al régimen peronista que, como el Movimiento Nacional o el PRI de los años gloriosos, lo engloba todo. En la práctica, el pluralismo político es puramente formal, no existe, y el social se ve asfixiado por una maquinaria de poder que, como en los regímenes totalitarios, no duda en utilizar la violencia para acallar a sus críticos. Hace una semana, la marcha pacífica de las cacerolas contra la arbitrariedad fiscal del gobierno fue liquidada por los piqueteros, por los matones a sueldo del poder ante la pasividad olímpica de las fuerzas policiales. El Estado no protege a todos los ciudadanos, sino sólo a quienes le rinden pleitesía.

La Sra. Kirchner ha acusado a los huelguistas de representar los intereses de las clases favorecidas frente al hambre del pueblo con la finalidad de mantener unos beneficios extraordinarios. Esta tesis es falsa. De la totalidad del valor obtenido de la facturación agraria, el 58 por 100 se emplea en cubrir los gastos de producción, cosecha y transporte; el 39 por 100 se lo lleva el fisco y el 3 por 100 queda para los empresarios del sector. Cuando se vende una tonelada del oro verde, la soja, el Estado se lleva 235 dólares y el productor 20 dólares. Esto significa que el gobierno se apropia del grueso de la riqueza generada por la empresa privada que arriesga su dinero y emplea su esfuerzo para lograr un rendimiento mediocre. En consecuencia, si se mantiene el régimen actual, los productores carecerán de incentivos para desarrollar su actividad, el Estado ingresará menos y, por supuesto, los precios de los alimentos subirán al reducirse la oferta… elemental lógica económica.

La decisión gubernamental de exprimir a los agricultores no responde sólo a criterios ideológicos, sino también a una estrategia económica surrealista. El gobierno peronista está inmerso en un programa descomunal de gasto público improductivo, de subvenciones a una clientela que demanda dinero fresco y lo obtiene sangrando a quienes crean la riqueza; la energía ayer, hoy y mañana, el agro siempre…Como los malos cazadores, los peronistas disparan a todo lo que se mueve. Una economía que ha crecido a una media del 8 por 100 desde 2003 y ha obtenido unos ingresos fiscales extraordinarios debería tener un superávit fiscal, al menos, similar al chileno, del 8 por 100 del PIB. Por el contrario, el peronismo reinante se ha lanzado a orgía gastadora que es insostenible en un escenario económico normal, esto es, cuando se acabe y/o se desaceleren los precios mundiales de las materias primas. En el interim, el impulso fiscal del gabinete ha alimentado la inflación que según las cifras oficiales se sitúa en los contornos del 10 por 100 y, en términos reales, está alrededor del 20-25 por 100 según el grueso de los analistas independientes, públicos y privados.

Lo peor de la Argentina no es su situación coyuntural sino estructural. Los gabinetes del Sr. y de la Sra. Kirchner no han introducido medida alguna que permita sostener el crecimiento económico cuando la coyuntura internacional se deteriore o se modere. Esto implica que, antes o después, el país volverá a introducirse en una crisis profunda y dolorosa. Sin embargo, eso no garantiza una reacción contra la política que provocó ese resultado. Los argentinos parecen hipnotizados y/o drogados por un partido, movimiento o lo que sea que tiene una capacidad infinita para inyectarles la dosis letárgica necesaria para que nada cambie. Es increíble que una sociedad culta, sofisticada y, en muchos casos, moderna vote una opción tosca, vieja y con tintes totalitarios. Este comportamiento tendría una explicación que supera los límites de este artículo; dilucidar ese enigma, quizá pertenezca a otra disciplina, amada por los argentinos, el psicoanálisis.

Lorenzo Bernaldo de Quirós

viernes, 30 de noviembre de 2007

Aumento del precio de los alimentos


Malthus y muchos de sus modernos seguidores asumen que el crecimiento de la población causa aumentos en los precios de los alimentos. En 1968, el biólogo Paul Ehrlich, en su libro “La bomba poblacional”, predijo que cientos de millones de personas morirían de hambre para mediados de los años 70. Desde luego que eso no sucedió y en los últimos 40 años el precio de los cereales y demás alimentos básicos ha bajado en relación con los precios de productos no alimenticios. Pero esto ha cambiado en los últimos dos años y en 2007 la inflación en el precio de los alimentos ha sido mayor que en todo lo demás.

Pero el aumento de la población mundial no resultó ser el factor determinante, entre otras cosas porque su crecimiento se ha reducido en los últimos 30 años. Una razón mucho más importante ha sido el aumento del ingreso per cápita en los países en desarrollo, especialmente en China y la India. Otro importante factor han sido los subsidios gubernamentales al maíz para producir biocombustibles que sustituyan al petróleo. La producción de etanol utilizará casi 30% de la cosecha total de maíz en Estados Unidos el próximo año.

El aumento del precio de los alimentos ha causado pánico en muchos países que han impuesto controles de precios y restricciones a las exportaciones de alimentos básicos. Otros países consideran ofrecer subsidios e imponer más regulaciones para impedir que sigan subiendo los precios de los alimentos.

La mayoría de esas medidas resultan contraproducentes porque desalientan en lugar de fomentar la producción de alimentos. Los agricultores se dedicarán a otros cultivos si les fijan un precio máximo al trigo, mientras que los subsidios agrícolas provocan mayor producción, pero distorsionan la asignación de recursos entre alimentos y demás bienes que los consumidores desean. Por el contrario, eliminar aranceles a la importación de alimentos, acabar con los subsidios a la exportación de alimentos y dejar que los agricultores hagan el uso que más les conviene de sus tierras contribuyen a la mayor eficiencia mundial en la producción y consumo de alimentos.

Los precios de los alimentos bajaron a lo largo de casi todo el siglo XX por los avances tecnológicos logrados. Éstos incluyen el desarrollo de mejores fertilizantes, la rotación de siembras, el control de enfermedades de las plantas y animales, modificaciones genéticas de cosechas y otras innovaciones. Todo esto debe seguir mejorando, especialmente si los gobiernos reducen sus restricciones a las modificaciones genéticas de los cultivos y si lo agricultores tienen la libertad de reaccionar libremente a los precios del mercado y demás indicaciones de lo que la gente quiere.

El rápido aumento del precio de los alimentos hace mucho más daño a los países pobres porque su gente gasta una considerablemente mayor proporción de sus ingresos en comida. La gente en Estados Unidos y en otros países ricos gasta alrededor de 10% de sus ingresos en alimentos, mientras que la gente de países muy pobres gasta más de 60%. Esto significa que un aumento de 30% anual en el precio de los alimentos durante cinco años reduciría el nivel de vida en apenas 3% en los países ricos, pero en 21% en los países pobres, si todo lo demás se mantiene igual.

Dentro de cada nación, los más pobres siempre son los más afectados por los aumentos de precio de los alimentos y por ello es que los gobiernos tienden a intervenir.

Mi conclusión es que los temores maltusianos no sucederán. La producción de alimentos se adaptará a la mayor demanda de los países en desarrollo y los precios futuros de los alimentos tenderán a la baja como sucedió en los últimos 100 años. Una incertidumbre tiene que ver con el calentamiento global y los biocombustibles porque cada vez mayores extensiones de tierras cultivables se dedicarían a la producción de etanol y no de alimentos.

Por Gary Becker