
Hitler, en Mi lucha (1924), señalaba con respecto a la misión educadora del Estado: “su objetivo consiste, en primer término, en formar hombres físicamente sanos; en segundo plano está el desarrollo de las facultades mentales y aquí, a su vez y en lugar preferente, la educación del carácter y sobre todo el fomento de la fuerza de voluntad y de decisión, con la finalidad de que los educandos asuman gustosos la responsabilidad de sus actos. Solo después de todo eso, viene la instrucción científica”.
Si se quita el nombre de Hitler y los otros clisés nazis al párrafo anterior, posiblemente una persona bien intencionada y con ganas de ser inspirada por alguien, diría que el párrafo tiene no solo lógica, sino que también posee un carácter humanista. Ahora bien, si retornamos al contexto histórico todos conocemos la verdadera tragedia que acarreó el discurso hitleriano, causada en gran parte porque la mayoría de la gente de aquella época estaba tan ocupada buscando guía y dirección a sus empobrecidas vidas, que no lograron distinguir el auténtico vector histórico en palabras como estas.
El problema con los movimientos nacionalistas es que todo el mundo sabe dónde terminan, pero nadie sabe dónde comienzan. La razón de tal distorsión histórica tiene que ver con un fenómeno que podríamos llamar la "falacia narrativa". Y es que la historia que leemos hoy, es la historia narrada por aquellos que sobrevivieron a los acontecimientos o tragedias y que tuvieron la iniciativa de escribir sus propias narrativas, aunque la narrativa de aquellos menos afortunados que no vivieron para contar sus experiencias siempre se pierda en la historia. Este es el caso precisamente de los inicios de los movimientos nacionalistas o perfeccionistas de comienzos del siglo XX. Muchas de las acciones inocentes y sutiles de aquel periodo solo nos permiten ahora una especulación tardía acerca de sus intenciones originales.
El asunto es digno de meditación; y si nos preguntamos por lo que estamos viviendo hoy, cuando se observan tendencias intervencionistas del Estado y de sus agentes con poder de coerción y coacción legalizada y cuando se siente una inquietante pasividad y sumisión por parte de la mayoría de los ciudadanos, advertimos más semejanzas que diferencias entre nuestra actualidad y el ambiente que reinaba durante los años que precedieron a los movimientos nacionalistas y posteriormente bélicos de la era nazi.
La escuela, con sus protocolos de iniciación y conformación, es siempre el foro ideal para el adoctrinamiento nacionalista y perfeccionista de una juventud hambrienta de sentimientos e ideales inspiradores, alejados de la verdadera misión de la escuela, que es el descubrimiento por parte del individuo de su naturaleza y de la naturaleza de todo lo que lo rodea.
En Costa Rica, las apariencias de buenas intenciones sobran en el discurso de los burócratas con poder, como el Ministro de Educación y demás, pero la pregunta es: ¿buenas intenciones de acuerdo a quién? Tener el apoyo de las masas no significa tener la razón; y sin embargo, esta es la excusa que utilizan los ingenieros sociales a la hora de justificar sus intervenciones y restricciones a la libertad individual. La historia nos dice, y es una lección que ya debiéramos haber aprendido, que la consecuencia inevitable de la intervención excesiva del Estado acaba desintegrando la familia y que este es el primer paso hacia el control total de las mentes de los jóvenes, víctimas propiciatorias de un Estado cada vez más autocrático e intolerante. O sea, el tipo de Estado por el que luchó Hitler.
Andrés Pozuelo Arce
Si se quita el nombre de Hitler y los otros clisés nazis al párrafo anterior, posiblemente una persona bien intencionada y con ganas de ser inspirada por alguien, diría que el párrafo tiene no solo lógica, sino que también posee un carácter humanista. Ahora bien, si retornamos al contexto histórico todos conocemos la verdadera tragedia que acarreó el discurso hitleriano, causada en gran parte porque la mayoría de la gente de aquella época estaba tan ocupada buscando guía y dirección a sus empobrecidas vidas, que no lograron distinguir el auténtico vector histórico en palabras como estas.
El problema con los movimientos nacionalistas es que todo el mundo sabe dónde terminan, pero nadie sabe dónde comienzan. La razón de tal distorsión histórica tiene que ver con un fenómeno que podríamos llamar la "falacia narrativa". Y es que la historia que leemos hoy, es la historia narrada por aquellos que sobrevivieron a los acontecimientos o tragedias y que tuvieron la iniciativa de escribir sus propias narrativas, aunque la narrativa de aquellos menos afortunados que no vivieron para contar sus experiencias siempre se pierda en la historia. Este es el caso precisamente de los inicios de los movimientos nacionalistas o perfeccionistas de comienzos del siglo XX. Muchas de las acciones inocentes y sutiles de aquel periodo solo nos permiten ahora una especulación tardía acerca de sus intenciones originales.
El asunto es digno de meditación; y si nos preguntamos por lo que estamos viviendo hoy, cuando se observan tendencias intervencionistas del Estado y de sus agentes con poder de coerción y coacción legalizada y cuando se siente una inquietante pasividad y sumisión por parte de la mayoría de los ciudadanos, advertimos más semejanzas que diferencias entre nuestra actualidad y el ambiente que reinaba durante los años que precedieron a los movimientos nacionalistas y posteriormente bélicos de la era nazi.
La escuela, con sus protocolos de iniciación y conformación, es siempre el foro ideal para el adoctrinamiento nacionalista y perfeccionista de una juventud hambrienta de sentimientos e ideales inspiradores, alejados de la verdadera misión de la escuela, que es el descubrimiento por parte del individuo de su naturaleza y de la naturaleza de todo lo que lo rodea.
En Costa Rica, las apariencias de buenas intenciones sobran en el discurso de los burócratas con poder, como el Ministro de Educación y demás, pero la pregunta es: ¿buenas intenciones de acuerdo a quién? Tener el apoyo de las masas no significa tener la razón; y sin embargo, esta es la excusa que utilizan los ingenieros sociales a la hora de justificar sus intervenciones y restricciones a la libertad individual. La historia nos dice, y es una lección que ya debiéramos haber aprendido, que la consecuencia inevitable de la intervención excesiva del Estado acaba desintegrando la familia y que este es el primer paso hacia el control total de las mentes de los jóvenes, víctimas propiciatorias de un Estado cada vez más autocrático e intolerante. O sea, el tipo de Estado por el que luchó Hitler.
Andrés Pozuelo Arce