En días pasado fue
aprobado en primer debate el proyecto de ley contra el maltrato animal. No nos
interesa aquí abordar las particularidades de dicha normativa, sino utilizar la
coyuntura para reflexionar sobre un tema más abstracto y general: los derechos
de los animales.
Lo primero que debemos destacar es
el gran salto cualitativo de conciencia que ha alcanzado el ser humano. Si nos
ponemos a pensar que en la Biblia -el texto antiguo de enseñanzas morales por
excelencia- existen pasajes terribles contra los homosexuales o las mujeres, no
cabe duda alguna que debemos felicitarnos a nosotros mismos toda vez que hemos
superado los parámetros de un libro que supuestamente es fruto de la inspiración
divina.
Resultan innumerables los casos y
ejemplos de grupos que por distintas razones en el pasado fueron discriminados
y señalados, y hoy en día son aceptados e incluídos, lo que definitivamente
debe de ser motivo de regocijo. Con ello no queremos afirmar que ya no hay
cosas que se deben mejorar, porque claro que las hay, y tampoco queremos dar la
impresión de que este proceso resulta lineal e irreversible, todo lo contrario:
ha sido un proceso de brincos y saltos que ha costado mucho y de muy diversas
formas.
Hoy en día, la muestra incontestable de la
superación moral humana es el tema de los derechos de los animales, es decir,
ya no solo nos preocupa el otro de nuestra misma especie, sino que el grado de
conciencia ha logrado extenderse hacia otros seres vivos, que merecen respeto y
dignidad. Una vez más insistimos que no es un tema acabado ni sencillo, todavía
se trata de un debate abierto, pero que al menos parece ir por buen camino.
El crecimiento “espiritual” no es
algo que caiga desde el cielo, sino que es solo posible a partir de la
reflexión constante y práctica disciplinada, no renunciemos a esa aspiración
porque retroceder no puede ser una opción.
