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miércoles, 13 de junio de 2007

Sí al TLC, sí a más empleos


Es un hecho que mucha gente, quizás la mayoría de los habitantes de este país, no ha leído el texto del tratado de libre comercio con Estados Unidos (el TLC) y que no lo va a leer antes de ir a dar su voto a favor del sí o del no (voto, por Costa Rica, ojalá sea mayoritariamente por el “sí”) en el referéndum. La “democracia directa” se enfrenta, inevitablemente, a situaciones como esta. Uno esperaría que en una “democracia representativa”, donde 57 diputados actúan por todos sus representados, una proporción mayor lo estudie. A esta altura del juego, el referéndum lo moverá más el sentimiento que la racionalidad y, quizás, la eficacia con que uno y otro bando atraiga gente a su causa y logre motivarla a votar.

La decisión sentimental sobre la conveniencia, o no, de aprobar el TLC puede sustentarse hasta en lo más inesperado, e ilógico, como ilustro a continuación: en Guatemala, por ejemplo, tuve la oportunidad de ver por televisión a un campesino que efusivamente se oponía al PVC. “¿Al PVC?”, le preguntó un periodista. “Sí, al PVC con los gringos”, fue su respuesta. En Costa Rica unos empleados de un importante hospital decían oponerse al TLC porque, según les “explicaron”, obligaba a eliminar el aguinaldo. Otros creen que el tratado implica cerrar al INS y que eso es inconstitucional. Por el lado de los del “sí”, hay quienes creen que con la entrada en vigencia TLC ganarán en dólares, que podrán comprar un Ford Mustang de colección, de 1965, y que vivirán como los californianos o bostonianos sin tener, siquiera, que hablar inglés. Ni lo uno ni lo otro. Todavía es verdad que el pan de cada día ha de ganarse con el sudor de la frente.

Un esquema. El tratado de libre comercio es solo eso: un esquema para poder comerciar, sin obstáculos de diseño legal, con Estados Unidos, por mucho el más importante mercado del mundo y ciertamente el más importante y grande para Costa Rica. Muchísimo más grande que el venezolano, cubano o boliviano. Mucho más grande que estos tres juntos. Hoy Costa Rica disfruta de un privilegio comercial concedido unilateralmente por EE. UU. denominado Iniciativa para la Cuenca del Caribe (ICC), que permite a una gran cantidad de productos ticos entrar a ese mercado sin pagar los impuestos a la importación (aranceles) que otros países pagan. Eso ha servido de enorme estímulo para la producción (y, por tanto, inversión y empleo) de nuestro país. Pero, conforme a una cláusula constitutiva, los beneficios de la ICC terminan cuando el presidente de Estados Unidos lo quiera, y dudo que los mantenga, cual si fuera premio, para un país que decide no aceptar un tratado sustitutivo que los demás países del área aceptaron.

El TLC convertiría a la ICC en un esquema multilateral, en el que las diferentes partes son igualmente fuertes, lo que nos da más seguridad económica. Además, fue concebido con una “asimetría” en el sentido de que EE. UU. bajaría sus aranceles de inmediato, pero da a Costa Rica un plazo prudencial para bajar las suyos, para permitir que algunas industrias y sectores, definidas por nosotros, se adapten al cambio. Cuando los aranceles de lo que viene de EE. UU. bajen, los consumidores ticos (más de 4 millones) tendremos acceso a productos a menor precio, y esto beneficia a ricos, a pobres y a todos los intermedios. Claro, habrá que aprender a competir en algunos sectores, para exportar más y mejores productos y servicios, pero la recompensa será grande para los que lo hagan.

El TLC contribuirá a atraer más inversión a futuro de lo que sería de esperar en su ausencia y a un aumento en el empleo. Gente joven, con buena preparación universitaria (como la que gradúa el Instituto Tecnológico de Costa Rica, cuyo rector se autodenominóDr. No ) encontrará en el país más empleos y mejor remunerados.

No hay más. El TLC es difícilmente renegociable, no solo porque EE. UU. ante una hipotética renegociación lo que tendrá en mente es el interés de su mano de obra, que tiene pavor a la competencia de países como Costa Rica, sino porque el entorno político en ese país implica que cualquier renegociación tomaría años para materializar. Hoy las opciones respecto al TLC son dos: lo toma (sí) o lo deja (no). La “renegociación” no es opción.

Creo que el TLC, con una agenda complementaria de apoyo a los sectores más débiles y sensibles, de eliminación de distorsiones en la economía interna (papeleo, deficiente infraestructura, etc.) y de preparación para el cambio (mejora en la educación, capacitación) es, por mucho, lo que más sirve al país. Un “sí” es reversible pues, como ha señalado el presidente Arias, si en 3 ó 4 años vemos que nos va mal, fácilmente nos salimos del TLC por nuestra voluntad. Pero, si optamos por el “no”, no hay forma de rectificar luego, aunque lo queramos.

Thelmo Vargas, tomado del periódico La Nación