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jueves, 7 de marzo de 2013

Jumanji empresarial: alharaca sobre los transgénicos

Toda la alharaca alrededor de los transgénicos nos debe llevar a una juiciosa reflexión sobre las verdaderas raíces de conflicto que genera un tema científico, que como otros, tendría que entusiasmarnos y estimular nuestra participación en la búsqueda y hallazgo de nuevas formas de dominar la naturaleza para beneficio de la humanidad.

Así como el descubrimiento del microchip no nos ha convertido en monstruos, pero sí nos ha hecho más prósperos, de idéntica manera el dominio de la genética vegetal y animal nos ayudará a aumentar el nivel de bienestar del género humano. Lo que necesitamos es más libertad para experimentar y más confianza en que el ingenio y la ética humana nos llevarán por el camino correcto, como hasta ahora lo han hecho.

Pero, ¿qué es lo que hace que las fricciones ideológicas contaminen el ambiente científico, tanto en este como en muchos y variados temas? La respuesta es más vieja que las mismas ideologías: miedo al monopolio del conocimiento y aversión al concepto de ganancia empresarial.

En lo que respecta al monopolio del conocimiento y de las ideas, la solución está en hacer un relevamiento completo de las leyes de propiedad intelectual que promueven la monopolización del conocimiento a favor de grupos económicos con capital, y que tienen acceso a las fuentes de investigación subsidiadas por los gobiernos (universidades e institutos). Es necesario desmitificar las razones para otorgar patentes sobre ideas e invenciones que, de todas formas, se dan en un ambiente de cooperación económica, donde el escenario heurístico es el propio mercado. Ningún descubrimiento o invención surgen de un vacío, sino que siempre son parte de la inercia misma de la destrucción creativa, tarea de la que se encargan muchos creadores independientes al actuar en resonancia espontánea dentro del mercado. De modo que argumentar que alguien tiene un derecho exclusivo para lucrar con la explotación comercial de una idea –por la simple razón de que posee un registro legal arbitrariamente asignado–, no tiene ninguna lógica económica.

La aversión al concepto de ganancia empresarial es un aspecto que requiere de análisis, tanto psicológico como sociológico. La ganancia, además de ser un incentivo para la inversión, constituye un precio por el capital invertido y arroja una señal de mercado importantísima. Pero, por razones de dialéctica ideológica histórica, el concepto de ganancia se ha convertido en un arma de doble filo para la argumentación a favor de la actividad empresarial, que es la base de la conquista y el aumento de la prosperidad de la civilización en general.

Sin un incentivo para transformar el capital, el empresario simplemente no se activa, y por consiguiente la sociedad se ve privada de los beneficios innovadores de estos agentes dinámicos de la economía. Pero estos incentivos deben ser espontáneos y no perversos (por intervención estatal), para que realmente el valor que se agregue en el mercado sea real y no ilusorio.

En la naturaleza todo es transgénico, dado que desde los inicios de la vida celular, la naturaleza no ha discriminado a la hora de experimentar con combinaciones genéticas, seleccionando aquellas que más se adaptan a las condiciones ambientales. La diferencia es que ahora los seres humanos tenemos el conocimiento para hacerlo mejor y más eficientemente.

Así qué no tiene sentido que incorporemos miedos infundados en esta ecuación heurística, por razones ideológicas obsoletas.

Andrés Pozuelo Arce

jueves, 8 de septiembre de 2011

Jumanji empresarial: el acertijo del capitalista


El capital empresarial es el ticket de entrada a las riquezas. Verdad. Después de todo, el capital empresarial conlleva cambio de valor inferior a superior para acabar satisfaciendo la demanda del consumidor. Cuanto más capital tengas, más demanda satisfarás y más dinero llegará a tu bolsillo. Sencillo.

¿Pero qué capital empresarial deberías tener? Es asombroso cómo se arrincona esta sencilla pregunta por parte de profesores universitarios y economista que hacen proselitismo sobre la necesidad de rebajar los tipos de interés para estimular la demanda empresarial. Como si invertir fuera algo insignificante, si no un sinsentido. Para el papanatas, cualquier inversión es una buena inversión.

Para el inverso real, la pregunta esencial es dónde y en qué invertir: el capital empresarial en manos erróneas es más un pasivo que un activo. Una reducción al absurdo mostrará lo que quiero decir: Pido prestados $400.000 para comprar una cosechadora John Deere 9870 STS. Desde fuera, parece que tuviera un activo de $400.000 en mi contabilidad, compensado con un aumento de $400.000 en deuda a largo plazo. Desde el interior, no hay compensación. Tengo una deuda de $400.000. No soy un granjero. No tengo ni idea de cómo emplear rentablemente la cosechadora.

Este “insignificante” asunto de la adecuación del capital que tanto molesta a los keynesianos es la misma base del éxito o fracaso en el mercado. Un granjero con suficiente terreno y suficiente densidad de trigo podría convertir la John Deere 9870 STS en una máquina de hacer dinero. En mis manos, una John Deere 9870 STS es en el mejor de los casos una violación del acuerdo de la HOA y mas probablemente un hito en el camino hacia la bancarrota.

El capital empresarial por sí solo es insuficiente para garantizar la prosperidad: el capital empresarial debe combinarse con la sagacidad emprendedora. ¿Pero qué es la sagacidad emprendedora? Puedo decir lo que no es.

Un habitante de la ciudad que compre una cosechadora y un banco que dé dinero para la compra es una tontería, hasta que se bajen las cortinas y se entiendan los motivos. ¿Qué pasaría si se generara una escasez mundial de alimentos por el grano desviado hacia el etanol subvencionado por el gobierno? ¿Qué pasaría si la Reserva Federal inundara la economía con dinero barato? ¿Qué pasaría si el lobby de la maquinaria agrícola hubiera persuadido al gobierno de que había poca inversión en maquinaria agrícola, por lo que se necesitaban rebajas de $50.000 y avales para préstamos en cosechadoras? ¿Qué pasaría si las cosechadoras se estuvieran revaluando un 14% anualmente?

Vemos el efecto dominó de malas decisiones empresarios convertidas en racionales pero bajo pretensiones falsas como las mencionadas antes: se produce demasiada inversión en cosechadoras; se contratan demasiados trabajadores para fabricar cosechadoras; demasiados especuladores principiantes compran cosechadoras; se producen demasiadas quiebras. (Sustituyamos ahora cosechadoras por casas).

Sin embargo, para los conectados políticamente, misión cumplida. Se ha producido más inversión: una cosechadora en manos de un urbanita, una clasificadora de papel en manos de un granjero, un lavadero de coches en manos de un dentista. No importa en realidad: todo es capital, capital que generó un brote de ingresos fiscales adicionales y aumentó permanentemente la marea de gasto público mientras creaba una horda de miseria para los engañados por falsas señales del mercado.

Los austriacos saben que la asignación importa y que la asignación con éxito difícilmente está asegurada, incluso cuando predomina la prudencia y la lógica.

Pensemos en el mercado bursátil: la versión original de value investing de Benjamin Graham y David Dodd, Security Analysis, escrita en 1934 revelaba que una estructura financiera conservadora junto con el aumento en dividendos y ganancias y una baja relación entre precios y ganancia es más probable que produzca resultados remunerativos. Graham y Dodd llegaban a esa conclusión después de examinar miles de informes empresariales y realizar laboriosamente la aritmética para ver dónde se encontraban las empresas.

Security Analysis ofrece una sólida base investigadora, pero es incapaz de construir la estructura real, que es más a menudo inclinada que vertical. Si Security Analysis pudiera ofrecer más que una base, la riqueza de muchos inversores se aproximaría a la del pupilo más prolífico de Ben Graham, Warren Buffett. Se han dedicado a Buffett millones de palabras (tanto hagiografías como exégesis) y nadie aún ha reproducido su éxito.

Tampoco nadie reproducirá el éxito de Buffett, porque el éxito de Buffet no es más reproducible que el éxito de Graham, que Buffett ni siquiera intentó reproducir. Los detalles exactos de la vida de Bueffett son exclusivos, sus pensamientos exactos son exclusivos. No hay dos zeitgeist similares. Si Warren Buffett hubiera nacido en 1830 o en 2030 es poco probable que reprodujera él éxito del Warren Buffett nacido en 1930.

El pasado es imposible de repetir y aún así el gobierno y la hegemonía empresarial se centran principalmente en el pasado: nadie es capaz de descifrar el futuro o lo invisible, así que a ambos les preocupa afianzar más lo que se sabe que garantiza la sobreinversión en lo que se conoce: fabricación de automóviles, banca, agricultura, energías alternativas.

Por suerte, la supervivencia a través de la búsqueda de rentas y el corporativismo acaba fracasando. Por desgracia, prolonga la agonía y aleja al capital de la asignación empresarial dirigida por el mercado y anclada a la vida real (mucha de la cual también fracasará, pero de una forma mucho menos destructiva).

En resumen, el problema es confundir probabilidad de caso y probabilidad de clase. El emprendimiento es lo primero, pero la asignación de capital a menudo se promueve como lo segundo. Los profesores universitarios obligan habitualmente a los estudiantes a realizar análisis de escenarios, lo que implica crear falsas probabilidades de éxito. Los antiguos CEO de muchas grandes empresas han llevado a muchos mandos intermedios a creer que tienen una presciencia divina sencillamente porque tuvieron una racha de buena suerte. Sus autobiografías de encargo no son solo contenedores para su autoengrandecimiento, sino de ruinosas prácticas gestoras.

En Blink: The Power of Thinking Without Thinking (Madrid: Taurus, 2005)], Malcolm Gladwell cuenta una historia del hijo de George Soros que decía: “Mi padre se sentará y te dará teorías de por qué hace esto o aquello. Pero me acuerdo viéndolo de niño y pensando: al menos la mitad de esto es una chorrada. Quiero decir, sabes que cambia su postura en el mercado o en lo que sea porque le empieza a doler la espalda”.

La cita es perspicaz (el éxito empresarial no puede atribuirse al cálculo de probabilidad de clase) pero también equívoca. Gladwell no diferencia el análisis reglamentado de los neófitos de la intuición de los profesionales expertos. Muchas decisiones intuitivas de éxito están respaldadas por años de experiencia y conocimiento, que no están documentados.

La imposibilidad de documentar y reproducir el éxito se pierde demasiado a menudo en incipientes directores, burócratas y empresarios. De hecho, cuanto más intentes copiar las acciones de un empresario de éxito, más probable es que fracases. Tiempo, circunstancias, coincidencias, tecnología, épocas que permitieron a un emprendedor acumular una fortuna no existirán para el próximo emprendedor.

No hay nada seguro, pero el emprendimiento es menos incierto cuando los empresarios siguen al mercado, no a sus manipuladores en busca de retrasos.

Mises reconocía que poseer capital no es bastante: el capital deben dirigirlo los empresarios y a los empresarios deben dirigirlos las fuerzas del mercado. Igual de importante es que no debería engañarse a los empresarios para que crean (como hacen tantos economistas, analistas, académicos, burócratas y directivos) que el éxito en los negocios está asegurado a través del análisis de la probabilidad de clase. Cada aventura empresarial es única y cada posibilidad de éxito en incuantificable.

Esto me devuelve a la pregunta de qué es la sagacidad empresarial. El éxito empresarial, más a menudo que no, es sencillamente cosa de hacer lo que no están haciendo otros y hacerlo mejor de lo que lo hacen otros: repito que hacerlo mejor que el status quo es una tautología, porque hacerlo mejor es también hacer lo que otros no hacen.

Stephen Mauzy
Mises Daily

lunes, 29 de agosto de 2011

Tema Polémico: El Malvado Empresario


Frecuentemente los empresarios son acusados de explotadores, inconscientes y codiciosos, de individuos que intentan ganar la mayor cantidad de dinero a expensas de la mayor cantidad posible de personas. Muchísima gente considera políticamente correcto rasgarce las vestiduras por el trabajador, defenderlo de esa codicia empresarial, del afán de lucro, garantizarle protecciones y ventajas por ser la "parte débil" de la relación. No faltan quienes aplauden las convenciones colectivas, los sindicatos, las garantías laborales e, incluso, apoyan las huelgas. En fin, pareciera que está bien decantarse del lado de los trabajadores y que está bien condenar al empresario a que pague, con desgracias, su atrevimiento de tratar de aprovecharse de los demás.

A los sindicatos y otros grupos revanchistas les encanta crear esa imagen de que existe una guerra constante entre los trabajadores y las empresas. Tal parece que a estos grupos les encantaría que dejaran de existir empresarios y que toda la riqueza se repartiera entre los trabajadores. Sin embargo, esas fantasías de opio no son más que ilusiones que algunos idiotas pretenden venderle a las personas. Como brillantemente dijera Ayn Rand "no puede repartirse lo que no ha sido creado". De ahí el increíblemente importante que juega el empresario en una sociedad: es el que crea, innova, arriesga su tiempo y capital, piensa nuevas formas de producir y ser más eficiente y, especialmente, es el que genera la riqueza.

Así pues, aclarando este panorama, debemos comprender algunas cosas. En primer lugar, en ASOJOD nos da la impresión que quienes asumen esa visión del empresario como un multimillonario, explotador y descorazonado ser, ni tienen idea de cómo se genera riqueza ni de cómo es la realidad. No se dan cuenta que si las empresas y el afán de lucro no existieran, simplemente no habría empleo, dinero, productos y oportunidades.

Hay que decirlo: un empresario crea y administra su negocio con el objetivo fundamental de hacer dinero. Esa es su única responsabilidad, su único deber y su más alto derecho. Y si a alguien le pareciera que eso es egoísta y va en contra del interés del trabajador, es claro que necesita utilizar con mayor frecuencia sus neuronas para detenerse a pensar un poco. Cuando el empresario desea ganar dinero, arriesga sus ahorros, pide prestado capital, desarrolla una idea y se tira al agua. Si le va bien y desea aumentar sus ganancias, empieza a contratar personas y a producir aquello que los consumidores desean. Ya con eso está generando un gran beneficio a sus desconocidos. Estas personas colaboran con el empresario a cambio de una remuneración. Una remuneración que se negocia anticipadamente a la contratación y dependerá del valor que agregue ese trabajo al cumplimiento de las metas de la empresa. Por su parte, quienes le compren, lo harán con base en un precio establecido por el mercado, es decir, el precio al que están dispuestos a adquirir un bien o servicio. Hasta acá es claro que en esta relación, las partes no actúan buscando otra cosa diferente a su propio bienestar. Por eso, es sencillo decir que la relación se da en condiciones ganar-ganar: el empresario gana con su producto y el trabajador y el consumidor también lo hacen.

Al trabajador no se le obliga a ocupar ese puesto de trabajo ni al empresario se le debería obligar a contratar a una persona si no existiese la necesidad real. Al consumidor no se le obliga a adquirir un producto y al empresario no se le obliga a venderlo. Es un proceso en el que se establece un contrato entre dos personas y nadie debería interferir en el mismo, pues cualquier obstáculo que se interponga cambia las condiciones, de forma que se tornan en un juego de suma cero: lo que gane uno será a expensas del otro. Y, contrario a lo que la gente cree, no es el empresario el que sale ganando en esos casos.

Políticos y represetnantes de varios grupos organizados se han encargado de que estos procesos no sean tan libres e impulsados por supuestas intenciones de mejorar las condiciones de los trabajadores, han presionado para el marco jurídico esté intervenido y sea el Estado el que defina a los ganadores y perdedores. Gracias a esas leyes, a los empresarios los obligan a contratar al personal ajustándose a ciertos horarios laborales, con condiciones mínimas de salario y garantías para el trabajador en caso de despido. A primera vista suena noble y correcto pero las consecuencias reales son muy diferentes. Estas obligaciones que le imponen al empresario lo que hacen es aumentar sus costos de operación y restarle competitividad. Dado esto, las empresas se ven obligadas a contratar menos personal y en algunos casos hasta a cerrar el negocio. En realidad, para lo único que sirven estas medidas, supuestamente en beneficio de los trabajadores, es para aumentar el desempleo y disminuir las inversiones.

Siendo así, los que más sufren con estas medidas suelen ser los de menos ingresos pues, al verse obligados a cumplir con tantos requisitos, los empresarios tienen que disminuir las contrataciones y esa baja empieza por aquellos puestos de trabajo que le agregan menor valor al negocio. Puestos de trabajo con pocos requisitos que casi siempre ocupan las personas de menores recursos con menos educación. Muchos negocios, en vista de que les es imposible subsistir con estas condiciones, se ven obligados a trabajar al margen de la ley perjudicando de esta manera sus posibilidades de crecimiento.

En el caso de nuestro país es claro que el empresario no es el tipo multimillonario que disfruta de lujos que otros jamás podrían costearse. En realidad, la mayoría de empresas en Costa Rica son MIPYMES. En muchos casos, la empresa la conforma no más que la misma familia del dueño e, incluso, la propia naturaleza hace que allí no se cumplan esas leyes laborales. Los hijos no tienen horario ni salario mínimo, pues entienden que, de hacerlo, su padre quedaría en la ruina. Y entratándose de una relación ganar-ganar, comprenden que cuanto mejor hagan su trabajo, más competitivos serán y más ingresos podrán tener, mejorando la calidad de vida de esa familia.

Sin duda, los empresarios son personas emprendedoras que cada día les cuesta más sacar adelante el negocio a causa de este montón de trabas y regulaciones. Y solo hemos hablado de las dificultades para contratar y despedir personal. Esto es tan solo el comienzo de la inmensa cantidad de trabas que tienen los empresarios para salir adelante. A esto se le debe sumar los impuestos que son cada vez mayores, la tramitología, los gastos para abrir y mantener una empresa, los esfuerzos para poder cumplir con la enorme cantidad de requisitos de prácticamente todos los ministerios. Y la lista puede continuar.

En este país, en lugar de propiciarse mejores condiciones para que se genere inversión privada parece que se está haciendo todo lo contrario. Muchos no se dan cuenta que al propiciar la generación de más empresas se aumentaría la demanda de empleo. Y al aumentar la demanda de empleo se mejoran las condiciones de trabajo de todas las personas.

jueves, 25 de febrero de 2010

Imitación, innovación y empresarialidad


El ser humano tiene dos importantes habilidades cognitivas complementarias, la capacidad de innovar y la capacidad de copiar: puede hacer algo nuevo, creativo; o puede imitar lo que ya existe, replicarlo. Las novedades exitosas pueden reproducirse, y a partir de múltiples copias pueden generarse más cambios que a su vez podrán copiarse de forma recursiva. La acción humana se desarrolla en una tensión permanente entre la permanencia y el cambio.

Imitar no es simplemente repetir lo que uno mismo ya ha hecho antes: se trata de copiar lo que ha hecho otro, observando, reflexionando, comprendiendo y añadiendo la nueva facultad o conducta al repertorio de habilidades propias. El aprendizaje suele requerir una fase inicial de atención consciente hasta que la tarea se automatiza y puede invocarse a voluntad o como un hábito que no requiere el esfuerzo de pensar.

Imitar conductas existentes más o menos generalizadas tiene sentido evolutivo: un comportamiento muy nocivo tiende a desaparecer al eliminar a sus agentes portadores, de modo que la simple existencia de algo muestra su capacidad de supervivencia; además, al ser la competencia un fenómeno relativo, hacer lo mismo que todos significa estar en terreno seguro y, al menos, no quedarse atrás. Para no malgastar recursos al resolver un problema, conviene averiguar si alguien lo ha resuelto ya antes; pero en ocasiones es mejor ignorar las respuestas de otros para así no restringir la imaginación y abrirse a la posibilidad de soluciones alternativas.

La innovación no surge de la nada: consiste en recombinar elementos previos para producir algo original, novedoso. La innovación es una tarea problemática: en algunos ámbitos, todas o casi todas las combinaciones posibles ya han sido generadas (al menos a cierto nivel de abstracción, como en el caso de los argumentos literarios, donde existe un número limitado de personajes y tramas ya explorados); en otros ámbitos, hay tantas combinaciones posibles que su generación y comprobación sistemática completa es prácticamente imposible y es necesario utilizar heurísticas (técnicas de búsqueda basadas en conocimiento experto) para reducir el espacio de búsqueda y los costes de la misma.

Innovar de verdad implica pisar terreno desconocido, arriesgarse a equivocarse, ensayar y errar a menudo hasta eventualmente acertar. Las innovaciones que funcionan suelen ser graduales, marginales, construyen sobre lo que ya existe e intentan mejorarlo, exploran ámbitos desconocidos pero cercanos a los ya dominados.

Las novedades pueden surgir accidentalmente, de forma inconsciente o no intencionada. Pero también pueden ser resultado de acciones intencionales: los emprendedores son personas proactivas, que se fijan objetivos y ponen en marcha proyectos para alcanzarlos, que imaginan formas mejores de hacer las cosas e intentan llevarlas a cabo. Un emprendedor puede actuar simplemente para satisfacer sus propios deseos de forma autónoma; pero, en general, los participantes en mercados con división de trabajo son productores especializados y consumidores generalistas. Los empresarios suelen intentar organizar nuevos proyectos productivos para servir a los demás: por un lado ellos mismos son causantes de cambios al crear y hacer crecer sus empresas, y por otro lado especulan intentando predecir las potencialmente diferentes condiciones del mercado en el futuro (preferencias y capacidades de los agentes económicos) para adaptarse a ellas.

El emprendedor es responsable del dinamismo y la coordinación del mercado: busca desajustes para aprovechar oportunidades de beneficio y su propia actividad origina situaciones diferentes con nuevas oportunidades. El emprendedor es el explorador que se arriesga, lanza su propuesta y se somete al juicio de los consumidores.

Los empresarios no suelen trabajar solos en sus proyectos. Son coordinadores de recursos humanos, necesitan contratar empleados, trabajadores que siguen indicaciones, obedecen órdenes. Todo ser humano puede ser empresario en principio, pero pocos lo son en la práctica: muchos no tienen el ánimo o la perspicacia necesarios, la capacidad de tomar decisiones bajo incertidumbre, o no quieren asumir riesgos.

La empresa es una aventura, algo heroico, pero lo épico es precisamente lo que se sale de lo ordinario. El empresario debe no solo enfrentarse a los competidores establecidos, a otros empresarios con diferentes innovaciones, y a los intereses creados que se sienten amenazados y preferirían que todo siguiera igual: también tiene que tirar con su entusiasmo y los incentivos adecuados de los trabajadores que carecen de su iniciativa y su ímpetu creador.

Francisco Capella

lunes, 7 de diciembre de 2009

Tema polémico: vendedores informales


A propósito de los recientes enfrentamientos entre los vendedores informales y la Municipalidad de San José, en este Tema polémico queremos aportar una reflexión desde la óptica liberal.

En ASOJOD pensamos que lo acaecido en los últimos tiempos entre ambos bandos es lamentable y consideramos que, en todo caso, se equivoca el Alcalde Johnny Araya en tratar de sacar de la calle a estos venderoes. ¿Por qué? Porque puede aplicar toda la coacción que desee, pero siempre seguirán apareciendo vendedores informales, toda vez que la actividad que realizan significa la única forma de obtener el sustento de sus familias. Esto es así porque, como lo hemos dicho en reiteradas ocasiones, los costos de formalización de los negocios son muy altos en Costa Rica, por cuanto existen innumerables trámites que implican fotocopias, traslados, días de espera, pago de permisos, etc. que no están al alcance de los que menos tienen. Además, aún cuando estas personas puedan reunir un capital para iniciar un pequeño emprendimiento, las instituciones estatales (CCSS, Municipalidad, INS, Dirección General de Tributación Directa y otras) se encargan de ahogar la iniciativa con cobros que, en definitiva, reducen los recursos para invertir en el negocio.

Ante este panorama, es claro que la gente que necesita trabajar y no encuentra donde, debe dedicarse a actividades informales y soportar la terca y absurda persecución de las autoridades, quienes los tratan como delincuentes, a pesar que sus emprendimientos sobreviven con base en los intercambios voluntarios que realizan con los ciudadanos que adquieren sus bienes o servicios. Si nos fijamos, en esa operación no hay víctimas: a nadie lo obligan a comprar el culantro o las medias que venden en la calle, entonces ¿por qué se les persigue? Por el simple hecho de que el Estado y sus instituciones quieren tener el control de toda actividad individual.

Ahora bien, si no hay víctimas podría decirse que no hay ningún problema asociado con los vendedores informales. Sin embargo, lo cierto es que todavía nos quedan dos inconvenientes que abordar: la "competencia desleal" y el ordenamiento territorial. Respecto al primero, algunos alegan que los vendedores informales compiten deslealmente porque no pagan patentes, cargas sociales, impuestos y demás cosas que sí pagan los formales, pero no se dan cuenta que la solución no está en limitar o impedir la actividad de vendedores informales, sino en reducir las barreras que representan los costos de la formalidad. Además, para ASOJOD, la competencia no es desleal cuando satisface las necesidades de consumo de los individuos ni cuando funciona a partir de la voluntad del comprador, quien libremente escoge adquirir los bienes que le ofrece el vendedor informal.

Por su parte, algunos afirman que las ventas asociadas afectan el ordenamiento territorial, por cuanto las personas impiden el paso y lesionan la visibilidad del paisaje. Pues bien, esto puede llegar a ser cierto pero no es justificación para eliminarlo, ya que el hecho de que a alguien no le guste, no le autoriza a impedir una actividad empresarial.

En ASOJOD creemos que las personas que se dedican a las ventas informales, muy posiblemente quisieran poder dedicarse a otras actividades que no impliquen estar bajo el sol o la lluvia sin protección, sin insultos, sin peligros para sus vidas y, tal vez, con un horario que les permita descansar. Pero lo cierto es que no tienen oportunidad para hacerlo. Por eso, la solución para acabar con estas actividades no es, como lo ha hecho la Municipalidad de San José, el uso de la fuerza, el desalojo, la violencia ni las acusaciones de organizaciones mafiosas detrás de los vendedores. Por el contrario, si se desea acabar con las ventas informales, lo que se requiere es la eliminación de los obstáculos que les impiden formalizar su actividad como una actividad empresarial "con todas las de la ley" o para facilitar que otros inicien su emprendimiento (grande, mediano, pequeño o micro) y así puedan generar empleos más ventajosos para estas personas.