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jueves, 28 de febrero de 2008

Mojigatería lúdica

En ASOJOD hemos visto con pesar la noticia de que el gobierno costarricense intentará poner todos los obstáculos necesarios para impedir la entrada de una compañía rusa de casinos que desea invertir en nuestro país, con la justificación de que aparentemente detrás de esta compañía se esconde toda una organización mafiosa dedicada al narcotráfico y al blanqueo de capitales. Pues bien, el asunto no acaba ahí, pues basta con escuchar las declaraciones de muchos de nuestros políticos para darse cuenta que la causa primigénea del impedimento remite a cuestiones "morales", específicamente al elemento de vicio que se esconde detrás del juego.

El Editorial de La Nación de hoy día da validez precisamente a ese argumento, pues es un derroche de mojigatería de tal modo que llega a crucificar a la actividad lúdica en general, poniéndola como una actividad hermanada con el narcotráfico y la mafia criminal. Ex ante, tanto el gobierno como el editorial de La Nación definen a todas las personas vinculadas con los casinos como los seres más despreciables de la Tierra, cerrándo las puertas a la posibilidad de que entre ellos exista algún individuo honesto.

En ambos casos se refleja el conjunto de ideas predominantes en nuestro país respecto a ciertas actividades empresariales. Una vez más, el gobierno busca legitimarse en una serie de valores compartidos por la mayoría de los costarricenses para prohibir actividades que, según ellos, resultan nocivas para el individuo. Ya lo hemos dicho en otras ocasiones, se trata de proteger y salvar al individuo de sí mismo y enrumbarlo en el camino del bien y la santidad para que disfrute del paraíso.

Así pues, la exhortativa que envía el Editorial de La Nación para "revivir la ley sobre casinos, que la Asamblea Legislativa no pudo votar (1998-2002) por la oposición vehemente de un prominente diputado, por cuanto, según él, esta legislación restringía la libertad individual" resulta hilarante justamente porque, en otras palabras, está pidiendo a las autoridades que produzcan una maravillosa ley que no sólo cortará de raíz el problema sino que también nos protegerá de nuestras propias desviaciones, ilusiones ambas típicas de una mentalidad pro ingeniería social que no creíamos tuviera la línea editorial de ese rotativo.

El asunto de fondo es que, per se, el juego y los casinos no son malos como tampoco lo son los bares, los motele o los sportbooks. Las personas que asisten a esos lugares o utilizan esos servicios tienen muy claro cuáles son los beneficios y perjuicios que podrían obtener y están dispuestos a arriesgar su patrimonio porque valoran más lo que pueden obtener. Y ese es un derecho que corresponde al ámbito privado, el cual no debería ser intervenido por el gobierno. A pesar de que a muchas personas no les gusta el juego, el licor o el tabaco por considerarlos vicios, eso no es justificación para que se intente anteponer un código de valores a otro. Si simplemente no les gustan esas actividades, que no las realicen, pero que dejen a aquellos que si las aprecian realizarlas. Soslayar ese principio fundamental es irrespetar el concepto de libertad y de convivencia pacífica, pues si para los unos se debería prohibir lo que no les gusta, los otros estarían legitimados para solicitar lo mismo y al final viviríamos en un completo caos, sometidos al imperio de la fuerza, donde el grupo más grande de bándalos es capaz de imponernos su visión del bien y del mal.

Por ello en ASOJOD les tenemos una solución muy sencilla para estos problemas: legalizemos la venta de droga. Son ininmaginables el dinero así como los problemas de violencia que nos ahorraríamos con tan sólo legalizarlas. El mejor ejemplo de eso fue la época de la prohibición en los Estados Unidos, pues con ella vino de la mano el contrabando, la mafia, el mercado negro, etc.

viernes, 19 de octubre de 2007

La virtud no se impone


El desmedido crecimiento del poder político aterra en países que se autodestruyen, como ocurre en Zimbabwe y Venezuela. Pero también es peligrosa la creciente y diseminada creencia que es función del gobierno imponer al ciudadano todo aquello que políticos y funcionarios consideran conveniente para la comunidad y la sociedad.
A lo largo de cuatro décadas he criticado el intervencionismo económico de políticos de izquierda, pero hoy también me asusta el intervencionismo piadoso de la derecha, en su guerra contra la inmigración, el cigarrillo, el licor, las drogas, la prostitución, alimentos que engordan y hasta mi adicción personal a automóviles que utilizan más gasolina de lo que se considera “políticamente correcto”. Hace poco el presidente Bush censuró nuestra “adicción” al petróleo, extraño planteamiento en boca de alguien que hizo gran parte de su fortuna en negocios petroleros en Texas.

Desde luego que los padres y familiares deben combatir tenazmente el mal comportamiento de niños y jóvenes que ignoran las consecuencias y peligros. Pero esa no es una función del gobierno ni de los políticos porque su injerencia siempre resulta contraproducente.

Nunca me gustó fumar; el cigarrillo hizo mucho daño a mi padre. Cuando mi esposa fumaba, le hice la guerra hasta que dejó de fumar y, felizmente, nuestros hijos no fuman. Pero ese es un problema familiar y no del gobierno que utiliza tal vicio para aumentar los impuestos, hasta el punto que un creciente número de fumadores ahora compran sus cigarrillos en internet.

En Estados Unidos, el gobierno federal ha pretendido promocionar y respaldar los “valores familiares”, pero hay un aumento explosivo de nacimientos fuera del matrimonio y de jovencitas que tienen hijos que no conocerán a sus padres. La tragedia es que el gobierno, en lugar de concentrarse en lo que realmente son sus obligaciones, trata de hacerlo todo y termina haciendo más daño que bien.

Es evidente que a nivel personal y familiar, lo que no funciona pronto desaparece porque ningún ser pensante está dispuesto a gastar tiempo y dinero en lo que fracasa. Pero a nivel oficial, lo opuesto suele suceder. Si no funciona, se aumenta el presupuesto y el número de burócratas para intentar que sí marche. Y como el costo de ese fracaso está diseminado entre millones de contribuyentes, no hay víctimas aparentes, mientras que los burócratas encargados del plan son beneficiarios directos y harán lo imposible por disimular fracasos y aparentar logros.

La mayor tragedia gubernamental de nuestros días es la guerra contra las drogas. Así como durante la Ley Seca (1920-1933) los gángsters no vendían vinos ni cerveza, ya que por volumen le ganaban mucho más al whisky y al licor, el consumo de marihuana tiende a bajar, mientras se dispara el consumo de drogas más fuertes y dañinas que dejan grandes utilidades a las mafias. Esas grandes ganancias atraen a los más pobres y menos educados, quienes jamás ganarían tanto dinero en actividades lícitas.

La guerra contra las drogas va a cumplir 40 años, ha causado 37 millones de arrestos en este país por delitos sin víctimas, cuadruplicando la construcción de cárceles (actualmente hay más de 2,2 millones de estadounidenses presos por drogas), cuesta 69.000 millones de dólares al año, pero no ha disminuido el consumo. Ese fracaso se trata de esconder aumentando el número de policías y redadas, a la vez que incrementando el presupuesto. Hasta hoy, los verdaderos logros de la guerra contra las drogas se limitan a disparar las ganancias de los narcotraficantes, promover el chantaje y la corrupción, como también financiar a guerrilleros colombianos, favorecidos con los altos precios causados por la prohibición.

Por Carlos Ball
Tomado de AIPE

domingo, 19 de agosto de 2007

Bailando por Pesadillas


En las últimas semanas he estado observando el nuevo programa de Teletica, Bailando por un Sueño, algunos piensan que es sólo un programa más pero a mi me parece que es el reflejo fiel del abismo moral en que se encuentra nuestra sociedad. Para que entiendan a lo que me refiero primero es necesario explicar el formato del programa. El concurso está formado por diez parejas, cada una de ellas con un sueño. Cada semana estas parejas hacen dos coreografías las cuales son calificadas por los jueces, al final de la noche las dos parejas con menor puntaje son las que podrán ser eliminadas en la siguiente semana, su eliminación dependerá de los votos que haga el público para cada una de ellas, en otras palabras es el público quien salva o condena a alguna de estas dos parejas. Al final la pareja que gane el concurso es la que se le cumplirá el sueño.

La forma de votación es lo que nos ha mostrado tal cual somos, un pueblo gobernado por la irracionalidad y por una actitud anti-conceptual. El concurso es muy sencillo baile bien y gane. Desgraciadamente se ha convertido en un juego de lástima de ver cual es el sueño que más nos revuelve las entrañas. Así es como la pareja de Martha y Carlos han logrado avanzar, a punta de la lástima, de la tragedia y no del baile. Gracias a esta actitud de los votantes, han quedado por fuera parejas que si han hecho un trabajo lo suficientemente bueno que les permitiera seguir avanzando. La prueba de ello está en la realidad ya que todas las semanas Martha y Carlos obtienen los menores puntajes y siempre son salvados.

Les hablo en estos momentos a los ticos que sienten orgullo por esta situación, a todos esos irracionales que han tomado sus manos y han hecho el inmoral acto de votar por Carlos y Martha. Ustedes son los culpables de la sociedad en la que vivimos donde necesitar es una forma de merecer, una sociedad donde la justicia no es un concepto objetivo que se obtiene a través de relaciones de causa y efecto sino donde la justicia es un mero sentir desligado de la mente. Para que se den cuenta de la maldad de su código moral, basta con que lo apliquen a cada uno de los ámbitos de su vida, el resultado será este: una sociedad de vividores a costa del genio individual, en donde las cosas no se ganan, sino que son arrebatadas de quienes las merecen para dárselas a nuestros más grandes fracasados.

Por Manuel Echeverría