
jueves, 18 de diciembre de 2008
Books Reviews

viernes, 18 de julio de 2008
Viernes de recomendación

viernes, 27 de junio de 2008
Viernes de recomendación

viernes, 25 de abril de 2008
Viernes de Recomendación

Este día nos alegra presentar el primer escrito por parte de un costarricense, nos referimos al Doctor Minor Salas, profesor de Derecho Penal y Filosofía del Derecho en la UCR.
Nos alegra saber que en nuestro país todavía se pueden encontrar personas comprometidas con el pensamiento crítico, la precsión conceptual y con la investigación sera. En este ensayo: La Falacia del Todo: Claves para la crítica del Holismo Metodológico en las Ciencias Sociales y Jurídicas, el profesor Salas demuestra exquisitamente el camino sin sentido que es caer en abstracciones metafísicas antropomorfizantes.
martes, 5 de febrero de 2008
Pretensión de conocimiento: la doxa de un filósofo convertido en economista

Nuevamente, Iván va a la carga. Ahora califica de calenturienta una defensa a la libertad que no sabe a quien atribuírsela: Popper, Mises, Hayek, Huerta de Soto, etc. Lo que el susodicho no se ha dado cuenta es que él mismo llevó la discusión a lo que decían autores como Hayek y Popper, aunque haciendo burdas interpretaciones. En ASOJOD decidimos poner todas esas citas, no como un ejercicio de pseudointelectualidad, sino como una forma de que el mismo Iván pudiera remitirse a las fuentes mismas y comprobar la veracidad de lo que citamos. Eso se llama honestidad intelectual, cosa que parece ausente en alguien que, de la noche a la mañana, dada su ignorancia en economía, se convierta en un vasto conocedor de la Escuela Austriaca, tanto como para atacarla con toda propiedad. Seguro para él tomar las ideas de otros y presentarlas como propias debe ser un acto válido de creación; pero en ASOJOD no pensamos así. Si ya alguien ha dicho algo inteligente ¿por qué no citarlo? ¿Por qué pretender que se descubrió el agua tibia? Este charlatán de quinta categoría, que se hace llamar profesor, cree que poner citas es un error y que en técnicas de investigación se enseña a no usarlas. Cualquier curso de investigación enseña que uno debe construir un marco teórico para el análisis y precisamente enseña cómo se cita para poder apoyar su análisis en un conjunto de ideas que, con anterioridad han sido abordadas por alguien. Se llama revisión del estado de la cuestión, el cual es un requisito fundamental de todo trabajo que pretenda ser serio. Por eso resulta hilarante que un tipejo como ese se haga llamar profesor: para ello, deberíamos presuponer que tiene algo que enseñar, que tiene dominio sobre los temas y que es capaz de ampliar su gama de ideas para contrastarlas con las de sus estudiantes. Con quien hemos discutido es con un vulgar adoctrinador que se cree el non plus ultra de la sabiduría, el ocupante del sitio más alto del pedestal del conocimiento desde donde mira y corrige con toda arrogancia al resto de los ignorantes mortales.
Ante el ataque de este embaucador intelectual, en ASOJOD nos hemos dado a la tarea de volver a leer esa tortuosa circularidad argumentativa que no dice nada diferente respecto a “la primera entrega”. Pero antes de ello, queremos hacer una sencilla confesión: en efecto, nos equivocamos comparando a Iván con los estudiantes de la Centeno Güell, pues esos muchachos tienen una incapacidad fisiológica para razonar como es debido; en cambio, Iván goza de todas las condiciones pero su dogmatismo se lo impide. Su arrogancia lo hace caer en la estupidez porque es incapaz de notar sus garrafales fallos conceptuales. Con los de la Centeno Güell uno podría presuponer inocencia y reconocer su esfuerzo por aprender a su manera. Pero con Iván lo único que cabe es el repudio pues voluntariamente se ha decidido someter a la irracionalidad, a la negación de realidad por puro capricho.
Manipulación de nociones:
Ivan sigue con su molesta estrategia de manipular nociones, conceptos e ideas para presumir de un conocimiento que no tiene. Primero, hace una referencia al título de nuestra anterior respuesta, la fatal arrogancia, pero comete un error (¡vaya novedad!): afirma que para Hayek “la arrogancia es cualquier intento de oponerse a esta inercialidad del decurso de las cosas que, en lo que al ser humano se refiere, se expresaría como una cuasi-naturaleza humana (…) Los que no se someten a ese mecanismo evolutivo, resultan para Hayek los “soberbios”, los “orgullosos”, los “no-humildes”, los que no reconocen dicho accionar como algo que les “trasciende”, como un producto superior de la evolución humana en suma”. Realmente, lo que Hayek califica como arrogancia es la pretensión de los planificadores centralizados de conocer todas las circunstancias relevantes que influyen en la toma de decisiones en el ámbito económico de los individuos, conocimiento que les haría posible un cálculo eficiente para determinar la producción y el consumo. Justamente es allí donde Hayek argumenta que el conocimiento está disperso, en poder de muchos individuos, los cuales son los únicos capaces de planificar sus actividades.
La segunda manipulación es una prueba de que el dogmatismo de Iván lo lleva a la estupidez, pues sigue insistiendo con el tema del modelo de competencia perfecta. Lamentamos que el atrofiado cerebro de Iván sea incapaz de comprender que este postulado neoclásico siempre fue atacado por los austriacos, lo que implica que JAMÁS se le haya superado en el sentido dialéctico del término; es decir, no se le integró pues de plano se rechazó por ser considerado un serio error conceptual. En tercer lugar, asocia al capitalismo de laissez faire con un movimiento opresor a favor de ciertos grupos al cual sólo se puede llegar a partir de la represión y continua intervención del Estado, el cual se encarga de castigar a los disidentes. Al respecto señala: “nos encontramos con un Estado interventor potenciado, no sólo en los aspectos represivos, lo cual es obvio, sino para favorecer determinadas políticas o sectores económicos. Es lo podríamos llamar la “paradoja del intervencionismo”. Probablemente lo único que tenga de cierto la verborrea escrita por el filósofo de Bremen es que el capitalismo laissez faire nunca se ha dado, pues todos los capítulos de la historia que se han denominado de esa manera tienen enormes matices interventores por todas partes. Ante todo en ASOJOD tenemos serias dudas de que Iván sepa siquiera que es capitalismo por ello antes de atacar o defender dicho sistema de producción debemos estar claro sobre lo que hablamos. El capitalismo es “el sistema de cooperación y de división social del trabajo que se basa en la propiedad privada de los medios de producción”. (Mises, Ludwig. Burocracia. España: Unión Editorial. P. 37). Queda claro que para Iván el capitalismo es un sistema en donde la riqueza es un pastel estático que se reparte en un juego de suma cero, de modo que los más poderosos buscan apropiarse del mismo, arrebatando su porción a los desvalidos. Quizá Iván el terrible le agregaría a este panorama que esos mismos poderosos crean todo un marco jurídico, una ideología y hasta una religión para someter a los débiles. Pero en realidad, el capitalismo es el único sistema en donde el ser humano es libre para pensar y actuar, para conservar los frutos de su trabajo, para disentir y para crear. En él, la riqueza no es estática, sino que existen innumerables formas de incrementarla, formas que sólo pueden ser descubiertas por el hombre luego de un proceso racional. Y la evidencia así lo demuestra: las más sorprendentes mejorías en la condición de vida del ser humano se han dado durante la época capitalista.
Por eso resulta sorprendente la visión de Iván de que el capitalismo requiere de la represión para ser impuesto. Todo lo contrario el capitalismo ha sido el sistema de producción más liberador para el hombre y basta observar los sistemas anteriores como los de la esclavitud y el feudalismo para darse cuenta de ello. García Hamilton nos dice al respecto:
“en la edad media, el hombre no tenía libertad, pero gozaba de seguridad. La estructura feudal era rígida y la falta de independencia se expresaba en varios sentidos. En el campo, el siervo de la gleba estaba unido a la tierra y tenía sujeción en varios sentidos. En las ciudades o burgos, los trabajadores pertenecían a una corporación y dentro de la misma, los ascensos estaban reglamentados. (…) Cunado el orden feudal comienza a resquebrajarse y es reemplazado por formas mercantilista y capitalistas, el hombre va cortando vínculos y recupera libertades. Se posibilita la movilidad social y la estructura económica se basa cada vez más en la formación de capital, la iniciativa individual y la competencia”.(García Hamilton, José Ignacio. El autoritarismo y la improductividad. Argentina: Editorial Sudamericana, 2004. P. 208-209).
Resulta que el capitalismo abrió un sin fin de posibilidades a cientos de miles de personas, acabando así con la estratificación social, pues permitió una movilidad social nunca antes vista en la historia. Precisamente el éxito del capitalismo reside en las masas, en el abaratamiento constante de costos en la producción, haciendo cada vez más accesibles a toda la población aquellos artículos que antes sólo las clases más opulentas podían obtener. Buenos ejemplos de esta situación podrían ser el automóvil y la televisión, que antes eran objetos de lujo y hoy grandes mayorías tienen acceso a ellos. Este fenómeno también fue percibido por Ortega y Gasset quien advirtió que:
“Nunca ha podido el hombre medio resolver con tanta holgura su problema económico (…) Desde 1900 comienza el obrero a ampliar y asegurar su vida (…) A esta facilidad y seguridad económica añádanse las físicas el confort y el orden público (…) la vida se presento al hombre nuevo exenta de impedimentos (…) El hombre medio desde la segunda mitad del siglo XIX, no halla ante si barreras sociales ningunas. Es decir tampoco en las formas de la vida pública se encuentra al nacer con trabas y limitaciones (…) No existen las “estados” ni las “castas”. No hay nadie civilmente privilegiado. (…) Se crea un nuevo escenario para la existencia del hombre, nuevo en lo físico y nuevo en lo social,. Tres principios han hecho posible este nuevo mundo: la democracia liberal, la experimentación científica y el industrialismo”. (Ortega y Gasset, José. La Rebelión de las Masas. España: Revista de Occidente, 1954. P. 59-61)
Con ello se muestra como el capitalismo ha sido un elemento fundamental en cuanto al mejoramiento de las condiciones de vida de todos los habitantes del planeta. Ahora queremos enfocarnos en la noción de grupos favorecidos por el capitalismo de la que habla Iván. Resulta verdaderamente inocente dicha afirmación para alguien que se jacta de su criticidad. No se requiere ser un genio para darse cuenta que una vez que el estado intervenga en la economía es donde verdaderamente se darán dichos privilegios de los que habla Iván y no bajo el capitalismo de laissez faire. Evidentemente son los grupos más poderos económicamente los que tendrán mayor palanca con el poder político para lograr crear legislación que favorezca sus intereses; es con el intervencionismo político con el que se abre la compuerta al clientelismo, a la compra de votos, al sacrificio de unos en beneficio de otros, y por supuesto no se requiere tener mucha malicia para darse cuenta quienes pueden poner a trabajar el Estado a favor suyo. Por ello en ASOJOD rechazamos el capitalismo cortesano intervencionista en donde el favor político se convierte en el determinante del éxito. La única forma de extirpar este cáncer social es a partir del capitalismo de laissez faire donde cada quien obtendrá lo que sus esfuerzos, su capacidad y su pericia le permitan obtener a partir de la adecuada satisfacción de las necesidades de los consumidores. Tanto que le gusta hablar de oprimidos a Iván y lo impresionante es que no se da cuenta que el intervencionismo económico estratifica en forma automática a la sociedad en dos grupos: los dirigentes y los dirigidos. Justamente los dirigentes son los que definen la suerte del resto de la población, la cual dependerá de las concesiones que logren obtener de dicha clase. En esos casos, los individuos dejarán de ser fines en sí mismos y pasarán hacer los medios para los fines que el sabio dirigente decida. Por ello, si existe un sistema económico verdaderamente clasista, opresivo, clientelista, corrupto, donde unos ganan a través de la pérdida de los otros es el de la planificación económica (en cualquier grado) y no el capitalismo de laissez faire.
Para darnos cuenta de lo verdaderamente maravilloso que es el capitalismo veamos lo siguiente: en dicho sistema, las personas ni siquiera están obligadas a producir o a consumir, sino que lo hacen sólo en la medida que así lo desean. Además, en dicho sistema, cada uno es libre de decidir en que área quiere emplear sus energías, habilidades y conocimientos, así como de consumir aquello que considere satisfaga de mejor forma sus necesidades. Inclusive, es tan maravilloso este sistema que da toda la libertad del mundo para rechazarlo: consiente que quienes se oponen utilicen los mismos medios y herramientas creadas por el capitalismo, y un claro ejemplo de esto resulta el blog de Iván Villalobos: radicado en uno de los países económicamente más poderosos de Europa, con suficiente tiempo libre (porque otros producen lo que él necesita para satisfacer sus necesidades) puede dedicarse a atacar a todo aquello que vaya contra sus ideas y valores por medio de una herramienta típicamente capitalista: Internet. Y todo eso usando una computadora creada por una transnacional, cuyos dueños no tenían interés en que Iván pudiera exponer sus pensamientos, ni siquiera les importa el uso que le de Iván, sino que su único motivo era ganar dinero vendiendo el equipo. Y resulta que “nuestra cándida” visión del proceso económico no existe. Además, el mismo sistema de capitalismo, con la institución de la propiedad privada, genera libertad de asociación, la cual le permite a Iván aliarse con personas como Jerry dentro de su propiedad para aumentar la cantidad de argumentos en contra del sistema y, si quisieran, para reunirse y planear acciones concretas para destruirlo. Y en ningún caso tienen un policía detrás, ni un agente de espionaje listo para delatarlos y condenarlos a muerte. El mismo capitalismo, a través del libre comercio, les permite viajar fuera de Costa Rica (por aerolíneas comerciales) para adquirir títulos que luego podrán canjear por respeto en las universidades. Una vez "profesores", el respeto a la propiedad privada y la tolerancia del sistema capitalista hacia la oposición, impide la confiscación de los libros con los que Iván adoctrina a sus estudiantes y en los cuales se clama por la destrucción del sistema mismo. Aún más paradójico resulta que el mismo sistema permite a los autores de dichas “biblias” hacerse ricos a partir de los derechos de propiedad intelectual, tan vituperada por ellos mismos. La tremenda contradicción de Iván ya había sido mencionada brillantemente por Revel: “la democracia es ese régimen paradójico que ofrece a quienes quieren abolirla la posibilidad única a preparase a ello en la legalidad, en virtud de un derecho, e incluso de recibir a tal efecto el apoyo el apoyo casi patente del enemigo exterior, sin que ello se considere una violación grave del pacto social”. (Revel, Jean François Cómo terminan las democracias, España: Editorial Planeta S.A., 1983. P. 12). Precisamente lo antes mencionado por Revel aplica al capitalismo.
Individualismo metodológico:
Tal como lo mencionamos antes, el individualismo metodológico tiene su origen en la Grecia preclásica. Nuestro querido filósofo de pacotilla despotrica contra esta afirmación, tachándola de anacrónica, por considerar que “es simplemente imposible que en la Grecia antigua pudiese haber habido un debate entre “colectivistas” e “individualistas”, pues la noción de individuo –tal como es hoy entendida-, es una noción de cuño moderno, por lo que resulta inimaginable su categorización en la Grecia clásica o preclásica. En el mundo griego, el “individuo” se encontraba –o creía encontrarse- inmerso en un todo social harmónico (con ello no quiero decir evidentemente “sin conflictos”, sino sólo poner de relieve la visión de mundo y el imaginario prevalecientes), pues una distinción entre ámbito privado y público resultaba impensable, tal como es entendida a partir de los albores de la Modernidad”. Para contradecir al charlatán de Bremen, basta con revisar a Salvador Giner, quien apunta:
“En la Grecia preclásica se comienza a formar ya una conciencia acerca del valor intrínseco del individuo, que era enteramente nueva en el mundo. El sentido de valor de lo individual fue la condición primera para que tuviera lugar el ulterior desarrollo del pensamiento social en Grecia (…) Heráclito descuella entre los filósofos de su época por su clara aserción de los derechos del individuo frente al Estado (…) Fue Pericles y no Solón quien dio a la democracia una expresión teórica amplia, pues se salía del mero marco de lo legal. Según Tucídides nos lo presenta, Pericles concebía la democracia como un estilo de vida peculiar en el que la idea de la libertad individual se conjugaba armionosamente con la lealtad a la patria, que era la ciudad-estado (…) Aquello que Tucídides desea subrayar en el pensamiento de Pericles es que el gobierno democrático no es tan sólo un gobierno que está en manos de la mayoría de los ciudadanos en vez de estarlos en las de una minoría, sino que en su seno existe y florece la vida privada. Así pues, el derecho a la intimidad y la noción de lo privado –tan importantes para la cultura individualista moderna- tienen sus lejanas raíces en la Grecia preclásica y clásica”. (Giner, Salvador. Historia del pensamiento social. España: Editorial Ariel. 5º Edición, 1987. P. 36-37 y 40-41).
Lo sorprendente es que todo un filósofo afirme que el debate entre individuo y colectividad no se daba en esa época cuando La República de Platón no es otra cosa que un texto que expresa la forma en que se debe organizar una sociedad y como el individuo (especialmente el de la clase d elos gobernantes) ha de someterse a lo que el todo considere como beneficioso y renunciar a cualquier posibilidad de satisfacer su “yo”. Si bien se trata de rudimentarias nociones, es innegable que en esas épocas se gesta el caldo de cultivo de lo individual frente a lo colectivo. Lógicamente en la Grecia preclásica y clásica no se desarrolla todo el debate entre individualismo y colectivismo y si Iván supiera leer (o entendiera lo que lee) vería que ya eso lo mencionamos cuando dijimos que es a partir de los siglos XVII y XVIII donde se da el mayor desarrollo teórico del individualismo con Stuart Mill, Bentham, Spencer, Smith, Ricardo, para llegar luego a autores del siglo XX como Hayek, Mises, Rand, Rothbard, Walzer, Rawls, etc. Pero no acaba ahí, sino que el mismo debate continúa en la actualidad, por lo que se ha tratado de un continuo perfeccionamiento argumentativo que no ha culminado. No obstante, Iván sigue acusándonos de desvirtuar la historia y de hacer análisis “ideológicos”. Pero ¿qué entiende Iván por ideológico? Dentro de la Ciencia Política, especialmente en la rama de la filosofía y la teoría política, se han encontrado más de 11 definiciones de ideología, pero casi todas son agrupadas en dos clases: una hace referencia al sentido marxista del término, según el cual se entendería por ideología una falsa percepción de la realidad determinada por la pertenencia a una cierta clase social. De ese modo, el concepto de ideología presupone que las clases poderosas imponen una determinada visión de mundo para perpetuar el statu quo y legitimar sus intereses. La segunda acepción del término hace referencia al conjunto de ideas compartidas por grupos específicos para coordinar las prácticas sociales de sus miembros y la interacción social de ellos con los miembros de otros grupos. Todo parece indicar que Iván es parte del primer grupo, pues califica de acrítica toda defensa de una ideología y tacha de ideológico, cualquier discurso“cargado” de esas ideas. Si en todo caso, la ideología es un conjunto de ideas compartidas, ¿por qué presupone Iván que la aceptación de esas ideas no está precedida por un análisis crítico de las mismas? ¿No puede darse el caso de que, luego de analizarlas, alguien llegue a la conclusión de que hasta ese momento no han aparecido errores lógicos, epistemológicos, metodológicos y probatorios del argumento que se lo traigan abajo? Además ¿qué en este mundo no es ideológico en la segunda acepción del término? Toda idea, de una u otra forma, es compartida por un conjunto de personas e Iván no es la excepción. Su crítica al capitalismo es compartida por muchas otras personas y, usando su propio concepto, es hasta ideológica (¿o acaso pretenderá él decir que su crítica es ejercicio puramente racional y no responde a un sistema de ideas y valores específicos?). La realidad ha demostrado la certeza de las ideas del liberalismo (no en vano los 25 países más ricos del mundo son, al mismo tiempo, los más exitosos y más libres en el amplio sentido de la palabra), pero el continua con la terquedad de llamar a esto un discurso ideológico. Y también ha demostrado el gigantesco error que resultó de la aplicación de las ideas un “pensador” como Marx, acuerpado por dos figuras tan contradictorias y equivocadas como Hegel y Rousseau o de charlatanes como Habermas (brillantemente destrozado por Popper) y Rawls. De hecho, Iván nos acusa de sentirnos excusados de leerlos porque hemos leído a Mises, pero él comete aquello de lo que nos acusa: se siente excusado de leer a Mises y a Hayek porque ya ha leído a un mequetrefe como Hegel. Como lo dijimos antes, vaya intelectual le ha tocado sus alumnos. Un tipo que no es capaz de mirar lo que tiene más allá de la nariz, un tipo incapaz de reconocer su ignorancia en algún campo, un tipo incapaz de aceptar que se equivoca, escudándose en prejuicios, a pesar de que culpa a Mises de construir “monigotes a su medida”. En definitiva esperamos que algunos de los estudiantes de Iván hayan podido salvar su cerebro recurriendo a otro tipo de personas y que no se hayan convertido en idiotas del calibre de su profesor.
Siguiendo con la discusión del individuo en sociedad, Iván afirma que “el individualismo metodológico se fabrica un escenario ficcional en el cual el individuo entra en contacto con otros sobre la base de sus intereses o preferencias, pues como reza la letanía de la secta, él es el que verdaderamente sabe lo que quiere y le conviene. Afirmar esto de manera tajante, sin que implique tampoco afirmar su contrario, significa pasar por alto todo una serie de determinaciones y condicionamientos, no sólo previos a la inserción social, sino operantes a presente y futuro”. Aca Iván vuelve a cometer un error que inclusive le desenmascara, no ya como ignorante sino como un truhán: dice que es erróneo afirmar que es el individuo el que sabe lo que quiere y lo que le conviene si a la par de esta afirmación no le acompaña su opuesto. Esto comporta sólo dos opciones: 1) que si no es el individuo el que sabe lo que quiere y le conviene, entonces debe haber algo o alguien que lo sepa o 2) que del todo nadie sabe lo que desea ni le conviene. En la primera opción, cabría preguntarse entonces quién será ese alguien que sabe lo que le conviene a los demás ¿Iván, Dios, el Estado? Porque si hay alguien que lo sepa y dado que la actuación del individuo podría, a veces, ser egoista, ese algo o alguien debería corregir las desviaciones, toda vez que lo hace en beneficio del todo (en nuestro anterior escrito ya nos referimos a este tipo de misticismo que, a lo largo de la historia, ha sido llamado Pueblo, Providencia, Partido, Estado, Historia, etc). En el segundo caso, suponer que nadie sabe lo que quiere o le conviene sería un absurdo, pues implicaría que el individuo jamás entra en una disyuntiva, haciendo irrelevante el proceso de toma de decisiones, pues le daría lo mismo escoger A, B, C, D o no escoger. Basta con revisar nuestra propia vida para verificar que siempre estamos tomando decisiones, discriminando entre las distintas opciones que nos presentan las circunstancias para elegir una que consideramos como más conveniente. De seguro Iván diría que el individuo no sabe lo que quiere y que presuponer esa racionalidad es un mito. O quizá diría que el capitalismo lleva a niveles de miseria tales en donde el individuo no puede ser libre de escoger lo que mejor le parezca. También es posible que moralice diciendo que el individuo no escoge sólo pensando en su interés, sino que está limitado por su entorno y por circunstancias específicas. Pero siempre, en todo caso, el individuo buscará adecuar sus medios a sus fines, es decir, buscará escoger la mejor opción de acuerdo con sus posibilidades. Y este individuo es concreto, no abstracto como pretende hacer creer Iván. Es tan concreto que es cada uno de nosotros cuando incurrimos en un proceso de toma de decisiones, que es al fin y al cabo el objeto de la Economía. Mises aporta una verdad de Perogrullo cuando dice:
“el Ego es la unidad del ser actuante. Es un dato incuestionable, cuya realidad no cabe desvirtuar mediante argumentos ni sofismas. El Nosotros es siempre fruto de una agrupación que une a dos o más egos. Si alguien dice Yo, no se precisa mayor ilustración para percibir el significado de la expresión. Ahora bien, al decir Nosotros, es ineludible una mayor información para identificar qué Egos se hallan comprendidos en ese Nosotros (…) El Nosotros actúa, indefectiblemente, según actúan los Egos que lo integran. Pueden estos proceder mancomunadamente o bien uno de ellos en nombre de todos los demás. En este segundo supuesto la cooperación de los otros consiste en disponer de tal modo las cosas que la acción de uno pueda valer por todos”. (Mises, Ludwig. La Acción Humana: Tratado de Economía. España: Unión Editorial, 6ª Edición, 2001. P. 53)
Resulta estúpido creer que el individuo es una ficción y que no actúa a partir de sus intereses y valoraciones. Si no lo hace así ¿cómo lo hace? Aún cuando Iván argumente que el individuo actúa por inercia, por su ambiente social o por el afán de ayudar a otros, siempre se trata de una valoración que hace que el individuo prefiera A sobre B. El hecho de preferir A sobre B implica la satisfacción de un interés específico y una decisión al respecto. Como bien apunta Mises, en todo caso, el individuo actúa para acrecentar su satisfacción personal, sea lo que sea que se la provoque, y eso trae consigo el hecho de que actúa a partir de su interés y colabora con otros para alcanzar aquello que desea. Inclusive las actuaciones que buscan mejorar la condición ajena responden a un interés personal pues el individuo encuentra como lo más satisfactorio la supresión de las molestias que agobian a otro.
Pero también resulta estúpido el recordatorio que Iván hace cuando señala que “el individuo nunca existe abstraído de su “inserción social”, es decir, al margen de determinados intereses de clase, grupales, etarios, de género, etc”. En este caso, Iván vuelve a fallar al cuando pretende hacer creer que los grupos etarios, de género, las clases sociales o los gremios se comportan como entes monolíticos. A pesar de que le explicamos que esa homogeneidad de intereses no existe en la realidad, ni a lo interno de "todo" ni tampoco a lo interno de los grupos, él continúa con su terquedad de darnos la razón y luego contradecirnos, para después volver a contradecirnos y terminar dándonos la razón. Sí, en efecto, el galimatías conceptual de Iván termina por cansar a cualquiera. Esos mismos grupos integran individuos con diferentes intereses que, incluso, son parte de otros grupos, por lo que no se puede hablar de intereses de clases compatibles con intereses etarios, raciales o de género por ejemplo. En algún caso habrá contradicción y entonces, el individuo deberá ser leal a alguno de sus grupos, pero no a todos a la vez.
La afirmación de que existen intereses de clase, de raza, de grupo etario, de género, etc y que, cada uno de ellos tiene su propia lógica, no es otra cosa que la tan difundida creencia de que no existe una lógica sino tantas como clases sociales o grupos hay, mejor conocido como polilogismo. De aquí es donde proviene el calificativo de “ideológicas” que endilga Iván a nuestras ideas, aunque él no es el único que ha decidido rebelarse contra la razón. Esta práctica es el resultado de la devastadora crítica que Böhn Bawerk realizó al marxismo, la cual lo dejó fuera de combate, por lo que Marx debió recurrir a la descalificación de la lógica y la razón, tachándola de burguesa y suplantando la razón por el misticismo, tarea que llevó a la práctica gracias al misticismo dialéctico de Hegel.
Detrás de la afirmación de Iván de la supuesta existencia de intereses de clase, etarios, de género u otros, además de una ficción, hay toda una serie de inconsistencias. Como ya mencionamos, dado que el individuo es a su vez parte de varios grupos entra en una encrucijada respecto a la lealtad cuando existan incompatibilidades entre los intereses que defienden los grupos de los que forma parte. La forma en que resuelven esta disyuntiva no es aportada por el el filósofo de pacotilla. Pero más curioso aún resulta la imposibilidad de los polilogistas para precisar qué pasa cuando el individuo de una clase, raza o grupo etario pasa a formar parte de otra. Por ejemplo, ¿qué pasa cuando el proletario se convierte en burgués, o el caucásico se reproduce con una africana, o el niño entra a la adolescencia? ¿Cuándo y cómo dejan de pensar como miembros de un grupo y comienzan a pensar como miembros del otro?. Una inconsistencia más es suponer que, en todo caso, los grupos a los que se refiere Iván son monolíticos y eso significa que Iván sigue pensando que son los agregados los que actuan, razonan y deciden, cuando en realidad esa es tarea de individuos.
Otro argumento del que Iván se jacta de haber derribado es el colectivismo. Dice que si las sociedades no son entidades monolíticas, con intereses igualmente monolíticos, incurriríamos en una contradicción cuando hablamos de colectivismo, pues según él hablar de colectivismos presupone afirmar que el “fantasma” al que atacamos implica la existencia de esa entidad monolítica. Lo que no comprende Iván es que el colectivismo que atacamos no necesita ser puesto como una entidad monolítica, pues la fuerza es la condición sine qua non para su existencia. No importa que alguien discrepe, lo único que importa es ser capaces de eliminarlos de alguna forma. Pinochet, Mao, Fidel, Pol Pot y otros tantos ya han dado muestras de que eso es posible. Pero a veces, ni siquiera se trata de la fuerza de las armas, sino de la apelación a mitos y valores socialmente difundidos. De hecho, Iván alega que es el capitalismo el sistema que busca ser implantado pero no se da cuenta que es el sistema contrario el que nos tratan de meter por todas partes. Al ser humano se le ha enseñado a rechazar el Yo y preferir el Nosotros, se nos ha enseñado que la máxima virtud es el altruismo y el peor defecto es el egoísmo. El altruismo es vivir para los otros mientras el egoísmo consiste en vivir para sí mismo. La religión, el socialismo, el comunismo, la socialdemocracia, la escuela, etc., todos abogan por poner los intereses de los demás por sobre los propios. La misma palabreja social consiste en eso: tiene conciencia social el que es capaz de dejar de pensar por un momento en sí mismo y preocuparse por los problemas de los otros. Pero el honor más alto se lo lleva aquel o aquella que no sólo se preocupe sino que actúe a favor de los otros antes que a favor suyo. La Madre Teresa de Calcuta, Al Gore o los superhéroes animados son tan desinteresados que viven para resolver los problemas de los otros. Por todo lado escuchamos a la gente decir que no se puede dejar al mercado a la libre porque los egoístas y desinteresados sólo buscarían enriquecerse. Algo o alguien debe impedirlo y debe distribuir con justicia la riqueza. Por eso, resulta adecuado exponer parte del brillante alegato de Howard Roark:
“(…) A los hombres se les ha enseñado que la virtud más alta no es crear, sino dar. Sin embargo, no se puede dar lo que no ha sido creado. La creación es anterior a la distribución, pues, de lo contrario, no habría nada que distribuir. La necesidad de un creador es previa a la de un beneficiario. No obstante, se nos ha enseñado a admirar al parásito que distribuye como regalos lo que no ha producido. Elogiamos un acto de caridad. Nos encogemos de hombros ante un acto de realización.
Se nos ha enseñado que la primera preocupación debe consistir en aliviar el sufrimiento de los demás. Pero el sufrimiento es una enfermedad. Si uno se la encuentra, intenta dar consuelo y asistencia. Hacer de eso el más alto testimonio de virtud es considerar al sufrimiento como lo más importante de la vida. Entonces el hombre debe desear ver sufrir a los demás para poder ser virtuoso. Tal es la naturaleza del altruismo. El creador no tiene interés en la enfermedad, sino en la vida. Sin embargo, la obra de los creadores ha eliminado una enfermedad tras otra, en el cuerpo y en el espíritu humanos, y ha producido más alivio para el sufrimiento que lo que cualquier altruista pueda jamás concebir.
Se nos ha enseñado que es una virtud estar de acuerdo con los otros. Mas el creador es alguien que disiente. Se nos ha enseñado que es una virtud nadar con la corriente. Pero el creador nada contra la corriente. Se nos ha enseñado que estar juntos constituye una virtud. Pero el creador está solo.
Se nos ha enseñado que el ego es sinónimo de mal y el altruismo el ideal de la virtud. Pero mientras el creador es egoísta e inteligente, el altruista es un imbécil que no piensa, no siente, no juzga, no actúa. Esas son funciones del ego (…)”. (Rand, Ayn. El manantial. España: Editorial Planeta, 1966. P. 721-722)
El credo que se busca imponer por todos lados es el credo del parásito, el credo de quien es incapaz de crear y producir, por lo que tiene que dedicarse a repartir. Por medio de envilecer la riqueza, el dinero, la eficiencia y el progreso, tachándolos de resultados del egoísmo en el que vivimos, se legitima como ser piadoso y a partir de su condición es el que puede disponer de los productos de otros. Desde los representantes de la intelligentsia contemporánea hasta las reinas de belleza pregonan la necesidad de abandonar el egoísmo y lanzarse al altruismo para alcanzar la felicidad. Por eso nos dicen que debemos ayudar a los otros para poder alcanzar la paz y la alegría. Por eso moralizan diciendo que no es posible sentirse bien cuando hay niños muriendo de hambre o personas prostituyéndose. Por eso aplauden y admiran a todo aquel que ayuda a los países africanos (el concierto Live8 fue una prueba de ello), a todo aquel que dona dinero a la caridad, a todo aquel que defiende la seguridad social, a todo aquel que ayuda a los desamparados, a todo aquel que pasa temporadas enteras en las zonas marginales.
Proceso económico:
Iván critica el ejemplo de Juan y Roberto por considerarlo una simplificación del proceso económico. Pero no se da cuenta que no es que nosotros lo simplificamos, sino que el proceso en sí no tiene nada de complejo como él cree. La Economía, o más bien dicho, la cataláctica, es la ciencia del intercambio y todo intercambio implica división del trabajo, valoración y la toma de una decisión. La división del trabajo se da porque el ser humano se ha dado cuenta, por medio de su principal instrumento, la razón, que no es posible producirlo todo, sea por sus propias limitaciones o por las limitaciones del entorno. Por ello coopera, entra en contacto con los otros sobre la base de sus intereses, para mejorar su situación por medio de la satisfacción de sus necesidades. Toda acción comporta una esperanza de mejorar la situación actual, pues de no ser así no habría necesidad de actuar. Nota que esa cooperación hace más eficientes los resultados y por tanto la prefiere. Sin embargo, esa división del trabajo implica el intercambio de los productos del esfuerzo humano, los productos de su especialización, y el intercambio se da sólo porque el individuo valora, desea o necesita más lo que produjo el otro que lo que él mismo tiene. Si no fuera así, simplemente no habría intercambio. Al valorar en mayor grado lo que el otro posee, toma la decisión de intercambiar y la decisión también resulta ser una acción. Esto es así entre todas las unidades económicas, independientemente del lugar en donde se encuentren.
Iván afirma que esto no se ha dado en ninguna parte del mundo, lo cual confirma que nuestro querido idiota se autoexilió de la realidad. Todos los días, en todos los lugares, la gente sigue esta lógica: cuando pagan un pasaje de bus es porque valoran más el hecho de ser transportados a un lugar que conservar las monedas; cuando compran un periódico es porque prefiere el mismo que el dinero que tienen en la billetera. Asimismo, el dueño del autobús prefiere el dinero a conservar el combustible y los neumáticos utilizados por el bus y el sujeto del puesto de periódicos considera más valioso el dinero que el periódico. Justamente a esos individuos no les importa las razones por las cuales el otro no hizo lo que siempre hacía: al pasajero no le importa por qué el bus no pasó o al chofer no le interesa la razón por la cual el pasajero no estuvo a tiempo ese día en la parada. Tampoco al pregonero le importa porque hoy el cliente no le compró su periódico ni al cliente le interesa por qué el pregonero no se ubicó en el lugar de costumbre. En todos los casos, los sujetos de lo que se preocuparán es de encontrar una solución a su problema o necesidad: encontrar otro autobús, otro pasajero, otro cliente u otro periódico, en fin, de utilizar sus recursos para satisfacer sus necesidades. El ejemplo de los lápices que pusimos en nuestra anterior respuesta es justamente la forma en como funcionan las transacciones. Iván arremete diciendo que “a la ASOJOD no se le ocurre pensar que la escasez de madera puede ser producto de una sobreexplotación indebida de los recursos naturales, o que la eclosión de termitas hable quizá de un desequilibrio ecológico causado por la mano del hombre. Quizá la huelga de los trabajadores madereros responda también a la exigencia del mejoramiento de condiciones laborales, como podría ser un aumento de salario, o el pago de horas extra”.
El filósofo de la lectura crítica ni siquiera fue capaz de leer que el ejemplo que dimos sobre las termitas tenía como intención demostrar que el mercado funciona como un sistema de transmisión de información, lo cual sigue siendo así aún con todas las variables que él planteó. Variables que no sólo a ASOJOD no le interesan sino que tampoco al consumidor. Cuando vamos al supermercado no nos importa la razón por la cual subió el precio de un bien o porque ese día no había del producto que queríamos. Sea porque asaltaron el camión repartidor, porque subió el precio del petróleo, porque los empleados de la industria alimenticia iniciaron una huelga para ver mejoras en su situación laboral o porque el dueño del supermercado tuvo un altercado con la compañía de galletas y decidió dejar de vender sus productos, nada de eso le importa al consumidor como tal. Le interesará al politólogo, al sociólogo, al economista, al periodista, etc. pero en su faceta de académico no de consumidor. Eso demuestra que Iván no sale de su torre de babel y pretende hacer que todos piensen como él. Si el filósofo le preocupa por qué los empleados de la fábrica de galletas entraron en huelga lo puede hacer y hasta es digno de aplaudir, pero de ahí a pretender que todos y cada uno de los seres humanos se preocupen de la razón de la huelga no es otra cosa que presumir que su conducta debe ser un imperativo universal. Una prueba más de lo que este truhán desearía hacer si tuviera el poder. Por ello, vale la pena reseñar nuevamente a Mises:
“El mercado es una institución social; es la institución social por excelencia. Los fenómenos de mercado son fenómenos sociales. Son el resultado de la contribución activa de cada individuo, si bien son diferentes cada una de las contribuciones. Sin embargo, no siempre advierte el individuo que él mismo es parte, aunque sea pequeña, de complejo de elementos que determinan la situación momentánea del mercado. Debido a su ignorancia de este hecho, se siente capaz de criticar los fenómenos del mercado, de condenar en los demás un modo de conducta que estima totalmente incorrecto. Censura la rudeza e inhumanidad del mercado y reclama su regulación social en orden a ‘humanizarlo’. Exige, de un lado, medidas que protejan al consumidor contra el productor; pero, de otro, postula aún con mayor vehemencia que se proteja a los productores de los consumidores”. (Mises, Ludvig. La Acción Humana: Tratado de Economía. España: Unión Editorial, 6ª Edición, 2001. P. 381)
Iván no se da cuenta de una cosa tan sencilla: la mejora de las condiciones laborales, la conservación del ambiente, etc. de su tan cacareada conciencia social, sólo se da si los consumidores ven con buenos ojos pagar un precio más alto por productos que aseguren esa protección. Esas cosas sólo se dan si las personas valoran más el ambiente o la condición social de los trabajadores que cualquier otra cosa. El empresario, por más que quiera, no puede decidir de un día para otro, triplicar el sueldo de sus empleados si la gente no está dispuesta a cubrir con sus compras dicho costo de producción. Acá probablemente entraríamos en una de las bizantinas discusiones del destino final del dinero en la producción, donde algunas personas asegurarían que hay una forma de “beneficiar” al trabajador sin necesidad de aumentar el precio de los productos: reduciendo la ganancia del empresario, pues este malvado personaje hace más pobres a los trabajadores. Entonces, acá entra otro mito: que el capitalismo tiene dentro de sí las semillas de su propia destrucción porque hace más pobre a la gente, mito al cual Iván recurre cuando afirma que en ASOJOD olvidamos de mencionar el “más actual y recalcitrante de los totalitarismos: el del mercado capitalista". Según este mito, propio de la atrofia cerebral más sorprendente de la actualidad, el empresario capitalista exprime a los trabajadores, les roba el valor de su fuerza de trabajo y les paga un salario de subsistencia, apenas para garantizar la reproducción de la fuerza proletaria. Quienes creen en este mito ignoran varias cosas: primero, el concepto de empresario. Creen que empresario es un grupo exclusivo que, siempre y en todo lugar, está aliado al poder político (o incluso detenta poder económico y político a la vez) para explotar a los más débiles. Pero en realidad, el empresario es una categoría funcional que no remite a sujetos con nombre y apellido o con un particular bagaje social, toda vez que esa función no es propiedad exclusiva de una clase o grupo; antes bien, empresario es todo individuo que actúa de manera especulativa, a la luz de la incertidumbre (resultado de la dispersión de la información). Se trata de individuos que observan el comportamiento del mercado y, a partir de la información que logran reunir, busca opciones donde obtener dinero mediante la compra o la venta de bienes y servicios al precio más conveniente para él. Nuevamente acá está involucrado el elemento de la satisfacción del interés personal, pues el empresario siempre tenderá a vender caro y comprar barato. Justamente el proceso selectivo del mercado, que no es otra cosa que el resultado de muchas decisiones individuales, asigna las específicas tareas de cada persona. Enriquece a unos y empobrece a otros pero tales resultados no son nunca definitivos, sino que están sujetos a cambios en la medida que el empresario sea lo suficientemente capaz de satisfacer las necesidades de los consumidores con todas las condiciones que esto conlleva. Por eso es que estas “ubicaciones” no instauran estamentos o clases pues el empresario puede ser todo aquel que confíe en su propia capacidad y se arriesgue a preveer mejor las condiciones del mercado para agradar a los consumidores. No obstante, como bien sabemos, hoy día es frecuente que la gente ataque a todos los que ganen más y, por eso, piden que se proteja a los más ineficientes en desmedro de los eficientes, es decir, que se castigue a los que mejor satisfacen a los consumidores. El único escenario en que el empresario se alía con el poder político para sacar provecho es en el intervencionismo del mercado por parte del Estado, intervencionismo que piden a gritos los creyentes en el mito. Por eso, cuando alguien dice que es necesario intervenir al mercado, lo que está diciendo es que hay que cambiar un proceso libre y democrático por uno totalitario.
El segundo error de estos idiotas mitológicos es pretender que el empresario se “roba” el dinero de los trabajadores al explotarlos. Esta teoría de la plusvalía, además de incurrir en un tremendo error por considerar al trabajo como la única fuente de valor, ya ha sido ampliamente refutada y demostrada como falsa, toda vez que el valor es subjetivo y que no sólo el trabajo añade valor, sino que en este proceso influyen factores como la inversión, el riesgo, la habilidad, capacidad, cantidad, calidad, etc. Deacuerdo con los fanáticos del mito, al empobrecerse, los trabajadores no podrán comprar productos y el sistema capitalista entonces entrará en una sobreproducción y posteriormente en crisis. Lo que esta gente olvida es que el dinero que el empresario “explota” no desaparece de la faz de la tierra ni es guardado por el capitalista bajo su colchón, sino que es usado comprando otros bienes y servicios (fomentando otros sectores de producción, lo cual emplea más personas) o invertido en más y mejores factores de producción. Y el tercer error tiene las consecuencias más nefastas que se puedan pensar: si se reduce la ganancia del empresario, sea porque se le obliga o porque él mismo, de manera altruista, decide hacerlo, entonces se perderá el incentivo para crear, innovar, producir, etc. Si ese incentivo se pierde, los demás empresarios verán más seguro permanecer con su dinero que invertirlo en un negocio, lo cual provocaría no sólo escasez de bienes y servicios sino también de fuentes de trabajo. Y los mismos trabajadores que eran defendidos se quedarían sin empleo, incapaces de alimentar a sus familias y satisfacer sus necesidades.
El “misticismo” de la mano invisible:
Lamentamos muchísimo que Iván, el asiduo lector de Economy for dumbs, realice críticas tan absurdas e hilarantes sobre la obra de Adam Smith. Pero no está sólo: junto a él hay miles de bufones que atacan cosas sin ni siquiera conocer los postulados más básicos de su “enemigo intelectual”. La noción de mano invisible es, si se quiere, una noción rudimentaria pero efectiva que explica el proceso económico. Más tarde fue desarrollada por Hayek con el concepto de orden espontáneo, pero en todo caso, ambos conceptos son totalmente compatibles con la noción de cooperación social.
Smith explica en qué consiste la idea de la mano invisible cuando afirma que:
“en la medida en que todo individuo procura en lo posible invertir su capital en la actividad nacional y orientar esa actividad para que su producción alcance el máximo valor, todo individuo necesariamente trabaja para hacer que el ingreso anual de la sociedad sea el máximo posible. Es verdad que por regla general él ni intenta promover el interés general ni sabe en qué medida lo está promoviendo. Al preferir dedicarse a la actividad nacional más que a la extranjera el sólo persigue su propia seguridad, y al orientar esa actividad de manera de producir un valor máximo él busca sólo su propio beneficio, pero en este caso como en otros una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en sus propósitos. El que sea así no es necesariamente malo para la sociedad. Al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo.”( Smith, Adam. La Riqueza de las Naciones. En: Lazzari,Gustavo. Héroes de la Libertad. Argentina: Fundación Atlas, 2006).
Nótese que el mismo Smith comete fallos que luego serán corregidos como la apelación a a “actividad nacional o extranjera”, pues como el mismo Mises demostró, los individuos, al actuar y proceder como productores y consumidores, rara vez diferencian entre mercado interior o exterior excepto cuando toman en cuenta los costes de transporte en su contabilidad. Puede, en efecto, que el consumidor considere conveniente comprar un pagar más por un producto nacional, pero lo más frecuente es que la mayoría de consumidores busquen la opción más económica, desentendiéndose de la procedencia y circunstancias que influyeron en el producto. Pero a pesar de ello, lo que Adam Smith llamará mano invisible no es, de ningún modo, una alusión divina. Mises explica que
“suele hablarse, en sentido metafórico, de las fuerzas automáticas y anónimas que mueven el ‘mecanismo’ del mercado. Al emplear tales metáforas, la gente olvida con frecuencia que los únicos factores que orientan al mercado son las acciones deliberadas de los individuos. No hay automatismo alguno; sólo existen personas que, consciente y deliberadamente, se proponen alcanzar objetivos específicos y determinados. Ninguna fuerza misteriosa tiene cabida en la economía de mercado, donde tan sólo pesa el deseo humano de suprimir el malestar en el mayor grado posible”. (Mises, Ludvig. La Acción Humana: Tratado de Economía. España: Unión Editorial, 6ª Edición, 2001. P. 381).
Pero Iván cree que detrás de esto hay magia. ¿Qué más humano que el ser humano mismo actuando? ¿Qué más concreto que cada uno de los seres humanos tomando decisiones, valorando bienes y servicios, produciéndolos y consumiéndolos? ¿Qué más real que personas buscando satisfacer sus necesidades, lo cual implica, por obviedad, actuar en respuesta a intereses propios? El mismo Smith materializa esta humana realidad con su célebre frase de “No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés.” Si este ejemplo no le resulta claro Iván le recomendamos que le de una mirada a su vida y se dará cuenta de todo lo que depende de la “mano invisible”. Por ejemplo, la aerolínea que lo llevó a Alemania no lo hizo porque tenían fe en que Iván Villalobos fuera el Hegel del siglo XXI; sino por el interés de ganar dinero. El conductor del taxi, bus o metro que lo transportan en aquel país no lo hace porque el Espíritu Santo le encomendó la misión de transportar a Iván, sino porque desea ganar dinero vendiéndole sus servicios a la empresa de transporte. Sólo un verdadero inepto, un embustero intelectual, podría negar que la gente entre en transacciones por satisfacer su interés, su preferencia y sus necesidades, siempre en beneficio propio, pues aún cuando se actúe para ver felices a los niños pobres o para cumplir con los Mandamientos, se está haciendo esto porque el resultado le provocará algún beneficio: la satisfacción de ayudar a otros u obtener el boleto al paraíso. En la Rebelión de Atlas, el gran industrial Hank Rearden muestra cómo funciona la mano invisble, en el alegato de defensa de su juicio:
“Sólo trabajo para mi propio beneficio, que obtengo vendiendo un producto a quiénes están dispuesto a pagarlo. Ni lo produzco para su beneficio a expensas del mío, ni ellos lo compran en beneficio mío a expensas del suyo. No sacrifico mis intereses a ellos ni ellos sacrifican los suyos a mí; tratamos de igual a igual por consentimiento mutuo y en beneficio mutuo”. (Rand, Ayn. La Rebelión de Atlas. España: Editorial Luis de Caralt, 1961. P. 502)
Hayek: competencia y equilibrio
Explica Iván: “resumiendo: los austriacos y su hinchada dicen apartarse y superar el modelo neoclásico de la “competencia perfecta”, dada la imposibilidad de determinar mediante modelos estadísticos cuantitativamente dicho equilibrio, pero, afirman que, aunque cuantitativamente no sea determinable, “cualitativamente”, en el sentido de las condiciones propicias para que se dé (carácter hipotético), “existen buenas razones para creer en ello”. Resumiendo, del reconocimiento de la imposibilidad de determinar el equilibrio estadísticamente, Hayek no renuncia al modelo de la “mano invisible”, sino que, por un juego verbal y falacioso, lo afirma aún más radicalmente, puesto que “tenemos razones para creen en ello”. El gran problema de Iván es su estrechez conceptual de todo tipo, ya que equipara en forma indistinta los conceptos de competencia perfecta, equilibrio, mano invisible y cree que la escuela neoclásica y la austriaca tienen los mismos postulados o que difieren, si es que lo hacen, en grado y no en naturaleza. Vamos explicando por partes: en cuanto a la competencia perfecta, se dice que este es un modelo económico que describe en forma hipotética un mercado en donde ningún productor o consumidor tendrán poder suficiente para influir los precios. Pero resulta que la noción de competencia perfecta es, como lo hemos explicado en muchas ocasiones, un postulado neoclásico. Los austriacos, en ningún momento, asumen que el mercado camina en forma inevitable a este modelo, sino que hasta admiten la posibilidad de que, lamentablemente, se de un mercado en donde exista un solo productor o un mercado de carteles, siendo estas situaciones total y absolutamente incompatibles con el modelo de competencia perfecta que según Iván los austriacos “integran”.
Iván es incapaz de entender que el modelo de competencia perfecta asume información perfecta y completa, premisa que nunca fue ni integrada ni superada, sino rechazada por los austriacos (por eso recomendamos a Iván leer los textos que le citamos). En cuanto a la información en el mercado, Hayek comenta: “Respecto de esto cada individuo está en posición ventajosa con relación a todos los demás, porque él posee información de la que se puede hacer uso benéfico sólo si las decisiones que dependen de ella se le dejan a él o son hechas con su cooperación activa”. (Hayek, Friedrich. El Uso del Conocimiento en la Sociedad. Disponible en http://www.mises.org). En ese sentido, Hayek reconoce el hecho de que cada individuo maneja información distinta en el mercado y que intenta tomar las mejores decisiones en virtud de esta, lo cual hace inoperante el modelo de competencia perfecta. ¿Acaso comprenderá Iván que esto significa que no lo incorpora, integra ni supera en el sentido dialéctico?
En cuanto al equilibrio veamos que dicen los propios autores de la escuela (ojo, los mismos autores, no lo que nosotros creemos que dicen). Primero es Kirzner el que aclara:
“ Una característica relevante del enfoque austriaco a la teoría económica es su énfasis en el mercado como un proceso, en vez verlo como una configuración de precios, cualidades y cantidades que son consistentes las unas con las otras en producir una situación de equilibrio de mercado. Esta característica de la economía austriaca se encuentra fuertemente ligada a su disatisfacción con la noción generalmente usada de competencia perfecta. (…) Para desarrollar una teoría viable del proceso de mercado es necesario llamar la atención en el rol que juega el emprendedor, rol que suele ser dejado de lado. (…) Los verdaderos problemas económicos en cualquier sociedad surgen a partir del fenómeno de la oportunidades no percibidas. La manera en que una sociedad de mercado se enfrenta a este fenómeno no puede entenderse exclusivamente dentro de una teoría del equilibrio del mercado.” (Kirzner, Israel. Equilibrium versus Market Process. Disponible en http://www.mises.org)
Luego, es Huerta de Soto quien explica:
“Mises da un gran impulso a la teoría austriaca de los procesos dinámicos. En efecto, para Mises ningún sentido tiene la construcción matemática de una Ciencia Económica basada en el modelo de equilibrio y en el que toda la información relevante para construir las correspondientes funciones de oferta y demanda se considera «dada».
El problema económico fundamental para Mises es otro bien distinto: estudiar el proceso dinámico de coordinación social en el que los diferentes individuos empresarialmente generan de manera continua nueva información (que jamás está «dada») al buscar los fines y los medios que consideran relevantes, estableciendo con ello, sin darse cuenta, un proceso espontáneo de coordinación. (…) El objeto, de acuerdo con Hayek, de la economía consiste en estudiar este proceso dinámico de descubrimiento y transmisión de la información que es impulsado continuamente por la función empresarial y que tiende a ajustar y coordinar los planes individuales, haciendo con ello posible la vida en sociedad. Este y no otro es el problema económico esencial, de manera que Hayek es especialmente crítico del estudio del equilibrio que, en su opinión, carece de interés científico, pues en él se parte de suponer que toda la información está dada, y que por tanto el problema económico fundamental ya ha sido previamente resuelto”. (Huerta de Soto, Jesús. Estudios de Economía Política. España: Unión Editorial España, 2004. P 34-50)
Respecto a esto que se conoce como proceso de mercado dinámico es importante señalar lo siguiente:
“El proceso de mercado es la manifestación externa de un flujo incesante de conocimientos. Esta idea es fundamental para la economía austríaca. El patrón de conocimiento está continuamente cambiando en la sociedad, lo cual resulta en un proceso difícil de describir. El conocimiento desafía todos los intentos de tratarlo como un "dato" o un objeto identificable en el tiempo y el espacio.” (…)El flujo de conocimientos produce siempre nuevas situaciones de desequilibrio, y los emprendedores logran encontrar nuevas diferencias de precio-costo para explotar. Cuando una de ellas es eliminada por la competencia extenuante, el flujo de conocimientos lanza otra diferencia para explotar. El beneficio permanente de ingresos es una de las fuentes que provoca este cambio permanente de recursos.” Lachmann, Ludwig. On the Concept of austrian economics: Market Process. Disponible en http://www.mises.org)
Tanto que habla Iván de equilibrio que nos pareció buena idea introducirle a su virginal mente lo que creemos sería el primer gráfico de equilibrio que ha visto en su vida, para ver si acaso así deja de torcer lo que dicen los austriacos con su autodenominada “lectura crítica”.
Esta situación de equilibrio se produce cuando tanto la oferta como la demanda se encuentran balanceadas, pero como ya hemos visto, el mercado es un proceso dinámico, y cambiante debido a que, precisamente, quienes actúan en él son personas cuyos gustos y necesidades cambian constantemente, lo cual hace imposible la consecución del tan cacareado equilibrio de Iván. Cuando Hayek habla de que el mercado tiende al equilibrio lo que quiere decir es que el mercado busca alcanzar dicho equilibrio, toda vez que la oferta sigue a la demanda, pero el equilibrio no es definitivo, sino que se logra en transacciones específicas y es válido tan sólo para ellas. En ese sentido, es la tarea del empresario encontrar la manera de satisfacer la demanda, pero como nunca logra alcanzar un estado definitivo, deberá estar constantemente innovando, mejorando, creando, etc. Esas son las razones que arguye Hayek que existen razones para suponer el equilibrio, pero el mismo será en un momento dado, nunca un equilibrio definitivo. El intervencionismo es el que entorpece el equilibrio parcial al que pueden llegar compradores y vendedores cuando fijan precios y cantidades sobre las cuales tranzan y lamentablemente nunca hemos experimentado en la historia de la humanidad algún episodio de cero intervención, de lo cual se desprende que hasta el momento no hemos sido del todo libres para tranzar en el mercado. Y no se trata de sabidurías milenarias, como dice Iván, sino de un proceso de concertación de intereses que será diferente en todo momento y lugar, inclusive cuando se trate de los mismos individuos. Por eso no se debe presuponer el equilibrio, ni se debe afirmar como una petición de principio: basta con ver la realidad y notar que el mismo Iván, cuando consiente hacerse de una cantidad Q por un precio X y el vendedor acepta recibir el precio X por la cantidad Q que ofrece, se está en presencia de un equilibrio de mercado. Una vez más, ese equilibrio no es definitivo, sino que al día, mes o año siguiente, el mismo Iván consentiría adquirir una cantidad Q+1 por un precio X+5. Ahí no hay misticismo, fe ni cosas sobrenaturales, sino que se trata de algo tan humano y tan real como un acuerdo tomado entre individuos que actúan.
Iván cree haber descubierto la circularidad en Hayek, pero a lo que llegó fue a un descubrimiento que ya había sido realizado mucho tiempo antes: la función del empresario. Dicha función consiste en la búsqueda de la satisfacción de las necesidades de consumo. En este tanto, la oferta siempre persigue a la demanda y es por ello y sólo ello que el mercado tiende a equilibrios pero nunca llega a uno total. Mises explica que “ningún empresario puede invertir dinero en un proyecto que no ofrece perspectivas de lucro. Es precisamente este hecho el que hace soberanos a los consumidores y el que obliga al empresario a producir lo que los consumidores exigen perentoriamente” (Mises, Ludwig. Burocracia. España: Unión Editorial. P. 42-43)
Nazismo:
Iván dice que nos equivocamos al afirmar que el Nazismo surge como una reacción contra la democracia liberal. Pues bien, le recomendamos a nuestro querido filósofo que aproveche su estadía en Alemania para darse una vuelta a algún museo de la Segunda Guerra Mundial, experiencia que estamos seguros le permitirá aprender algo nuevo. Basta con examinar las acciones del nazismo en su estadía en el poder para darse cuenta verdaderamente quien era su enemigo más latente. El nazismo acabó con la separación de poderes, acabó con el estado de derecho, concentró el poder en la figura del Führer, acabó con la igualdad ante la ley creando dos tipos de ciudadanos: los que eran y los que no, acabó con la economía de mercado dando paso aun dirigismo estatal, sometió al individuo a la colectividad, destruyo la esfera de acción privada de los individuos, así que por todo ello no es posible imaginar dos sistemas políticos más chocantes y disonantes como lo son el nazismo y la democracia liberal. Pero mejor que sea el mismo Hitler quien lo diga.
“(…) Como una mujer que prefiere someterse al hombre fuerte antes que dominar al débil, así las masas aman más al que manda que al que ruega, y en su fuero íntimo se sienten mucho más satisfechas por una doctrina que no tolere rivales que por la concepción de la libertad propia del régimen liberal.”(Hitler, Adolf. Mi Lucha. En: García Hamilton, José Ignacio. El autoritarismo y la improductividad. Argentina: Editorial Sudamericana, 2004. P. 217) “Espíritu y voluntad de sacrificio del individuo en pro de la colectividad.”(Hitler, Adolf. Mi lucha. Disponible en http://www.planetalibro.com.ar. P. 45) “El criterio fundamental del cual emana este modo de obrar lo denominan –por oposición al egoísmo- idealismo. Bajo este concepto entendemos únicamente el espíritu de sacrificio del individuo a favor de la colectividad, a favor de sus semejantes”. (Ibíd. P. 85)
Si esto no es un ejemplo de que el nazismo fue declarado enemigo de la democracia liberal, entonces el mundo está de cabeza.
Para ir finalizando queremos destacar una paradoja más en Iván: nos “corrige” las citas de Popper y nos acusa de desconocer el significado que dicho autor otorga al historicismo. Pero lo curioso es que une una cita que hicimos de Popper que tenía que ver con ingeniería social con una frase burlesca refiriéndonos a la no finalidad del mercado frente a la sí existente en el historicismo marxista. Lo mejor de todo es que entre una y otra referencia hay cerca de 2.500 palabras. Vale destacar que ambas referencias ni siquiera versan sobre el mismo tema. Y eso es lo que Iván llama lectura crítica. Antes de leer inter textos es necesario leer el texto. Si no, se comenten las grandes atrocidades intelectuales dignas de Iván.
Esto es todo en cuanto a nuestra participación frente a las embestidas del filósofo consagrado economista. No dedicaremos más tiempo ni a leer su blog ni a responder sus escritos, pues ya hemos sido lo bastante claros en cuanto a la defensa de lo que pensamos. Lo que de ahí prosiga no es otra cosa que terquedad, dogmatismo e incapacidad de Iván para aceptar sus errores.
Alejandro Barrantes y Manuel Echeverría
Fundadores de ASOJOD
viernes, 18 de enero de 2008
La fatal arrogancia

Esta es una respuesta a un escrito de Iván Villalobos del miércoles 16 de enero donde ataca a ASOJOD y a sus ideas. Como parte del compromiso con la racionalidad y la libertad, hemos elaborado esta respuesta.
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Vamos por orden. Dice Iván que “el llamado ‘individualismo metodológico’ es la posición de un grupo de economistas austríacos”. Esperamos que lo que haya querido decir es que los austriacos retoman el individualismo metodológico y no que ellos son sus creadores, porque hacer esto demostraría una enorme ignorancia para alguien que en su perfil se dice interesado en Teoría y filosofía políticas. Resulta que ASOJOD fue fundada por un abogado y un politólogo, ambos con conocimientos en Teoría y filosofía políticas. El individualismo metodológico tiene su verdadero origen en la tradición de la Grecia preclásica, especialmente a partir de los cínicos, los epicúreos y los estoicos. Pero es en los siglos XVII y XVIII donde se da el mayor desarrollo teórico del individualismo con Stuart Mill, Bentham, Spencer, Smith, Ricardo y otros, así como por las circunstancias previas y posteriores a las revoluciones liberales de la época (Inglaterra, Francia y Estados Unidos). La economía austriaca, que nace hasta 1871 con Los Principios de Carl Menger, retoma esa tradición no sólo dentro de la teoría del valor que desarrolla, sino también para toda la filosofía que posee. Mises, en Human Action (libro que respetuosamente le recomendamos leer a Iván), explica que “la acción humana es siempre acción de seres individuales. Lo social o el aspecto social es sólo una orientación determinada que adoptan las acciones individuales” (Mises, Ludwig. La acción humana: Tratado de economía. Madrid: Unión Editorial, 2001. P. 174). Así pues, para los austriacos, la acción es individual pero, al ser seres racionales, los seres humanos entienden que pueden desarrollar de mejor manera sus actividades y pueden alcanzar un mayor cumplimiento de sus fines por medio de la cooperación social, específicamente si están inmersos en el marco de la división del trabajo. Resulta evidente, aunque no parece que Iván lo comprenda, que la acción social no existe porque para ello habría que presuponer no sólo la existencia física de una entidad llamada sociedad, con características antropomórficas, sino que también la presencia de un interés monolítico. No vemos que la sociedad coma, camine, estudie, vote o viaje, pero en cambio sí lo hacen los individuos. Así pues, resulta que lo social es tan sólo una manifestación de acciones individuales coincidentes en un momento y lugar dado precisamente porque existe una concordancia en los intereses, sea a nivel de medios o de fines. Obviar esa verdad de Perogrullo es un tremendo error conceptual en que cae Iván así como muchos colectivistas. El término colectivista no se usa a la luz de la Guerra Fría. El debate entre colectivistas e individualistas trasciende esa coyuntura y se retrotrae a la época griega, especialmente luego de que con Sócrates los filósofos creyeran que podían hacer algo positivo en el terreno de la acción social.
“Según las tesis del universalismo, del holismo, del colectivismo y de algunos representantes de la Psicología de la Forma (Gestalppsychologie), la sociedad es una entidad que tiene existencia autónoma, independiente y separada de la vida de los diversos individuos que la integran, actuando por cuenta propia hacia la consecución de precisos fines distintos de los que persiguen los individuos que la componen. De ahí que pueda surgir un grave antagonismo entre los objetivos sociales y los individuales, lo que conduce a la necesidad de domeñar el egoísmo de los particulares para proteger la existencia y desenvolvimiento de la sociedad, obligando a aquellos a que, en beneficio de esta, renuncien a sus designios puramente personales. Una vez llegadas a tal conclusión, todas esas doctrinas se ven forzadas a dejar de utilizar el análisis científico y el razonamiento lógico, desviándose hacia puras profesiones de fe, de índole teológica o metafísica. Han de suponer que la Providencia, por medio de profetas, apóstoles y carismáticos jerarcas, constriñe a los hombres, de por sí perversos, a perseguir fines que estos no desean, haciéndoles caminar por las buenas sendas que Dios, el Weltgeist o la Historia desean que sigan”.
(…)El universalismo y el colectivismo son necesariamente sistemas de gobierno tecnocráctico. Nota común a todas sus diferentes variedades es la de predicar la existencia de una entidad sobrehumana la que los individuos deben someterse. Lo único que distingue entre sí a dichas doctrinas es la denominación dada a dicha entidad y el contenido de las leyes que proclaman su nombre. El gobierno dictatorial de la minoría no puede justificarse más que apelando al supuesto mandato recibido de una autoridad suprema y sobrehumana. Poco importa que el gobernante absoluto pretenda basar su poder en el derecho divino de los reyes o en la misión histórica de la vanguardia proletaria; igualmente carece de importancia que el supremo ser se denomine Geist (Hegel) o Humanité (Comte). Los términos sociedad y Estado, tal como de ellos se sirven los modernos defensores del socialismo, de la planificación y del control público de todas las actividades individuales, también tienen su significado sobrenatural. Los sacerdotes de estos nuevos cultos atribuyen a sus respectivos ídolos todas aquellas perfecciones que los teólogos reservan para la divinidad: omnipotencia, omnisciencia, bondad infinita, etc.
En cuanto se admite la existencia de una entidad que opera por encima y con independencia de la actuación individual, persiguiendo fines propios distintos de aquellos a los que los mortales aspiran, se ha formulado ya el concepto de una personalidad sobrenatural. Ahora bien, planteadas así las cosas, es preciso enfrentarse resueltamente con el problema de qué fines u objetivos, en caso de conflicto, deban prevalecer: si los del estado y la sociedad o los del individuo. (…) Admitida la existencia de una entidad que ex definitione es superior, más noble y mejor que el individuom no cabe duda alguna de que sus aspiraciones deben prevalecer sobre las de los míseros mortales”. (Mises, Ludwig. La Acción Humana: un tratado de economía. Madrid: Unión Editorial, 2001. P. 176-182)
“La moderna reaparición de la idea colectivista –causa principal de los desastres y dolores que nos afligen- ha triunfado de tal modo que ha logrado relegar al olvido de las ideas básicas en que se funda la filosofía social liberal. Hoy en día desconocen este pensamiento incluso muchos de los partidarios de las instituciones democráticas. Los argumentos que esgrimen para justificar la libertad y la democracia están plagados de errores colectivistas; sus doctrinas más bien constituyen una tergiversación que una defensa del liberalismo auténtico. Las mayorías, en su opinión, tienen siempre la razón simplemente porque gozan de poder bastante para aplastar al disidente; el gobierno mayoritario equivale a la dictadura del partido más numeroso , no teniendo la mayoría que refrenarse a sí misma en el ejercicio del poder”. (Mises, Ludwig. La Acción Humana: un tratado de economía. Madrid: Unión Editorial, 2001. P. 184
Puede llamársele a ese orden espontáneo como quiera (parece que Iván gusta llamarlo Dios) pero eso resulta irrelevante. Mas Iván cree que además de panfletarios somos acríticos, de modo que nuestro querido filósofo presupone que la coincidencia con las ideas de un autor implica siempre una subordinación total a sus tesis. Pero, en realidad, al ser seguidores del racionalismo crítico popperiano, siempre hemos sometido al riguroso análisis cada una de los argumentos de cualquier persona, lo que nos ha llevado a discrepar en varios puntos con varios autores. Por ejemplo en Hayek siempre hemos criticado la visión de safety net que propugna, ya que la misma promueve un intervencionismo en la actividad económica del individuo dando paso al Camino de la Servidumbre que el mismo temía. El punto es que si Hayek o Smith querían llamarle Dios al orden espontáneo, el problema era de ellos no nuestro. No comprendemos la manía de Iván de responsabilizar a unos de las acciones y palabras de otros.
Puede que Iván haya leído Pretensión de conocimiento de Hayek, pero es obvio que no sólo no entendió el texto, sino que lo manipuló. Cita a Hayek pero lo hace de forma descontextualizada. Por eso queremos completar la cita, pues uno no puede pretender extraer una parte de un texto sin relacionarlo con el hilo lógico que tenía. Pero Iván no aprendió eso y en Bremen parece que tampoco se lo están enseñando. Por tanto, queremos completar la frase descontextualizada que él emplea, misma que Hayek en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Economía, en donde ataca la “pretensión del conocimiento”, recordándonos las grandes limitaciones que tiene la ciencia económica para conocer las acciones humanas y los grandes problemas que se desarrollan al actuar sobre este tipo de supuestos que pretender ser conocimiento:
“Ilustraré este punto con un bosquejo breve de lo que considero la principal causa real del desempleo generalizado, una descripción que explicará también por qué tal desempleo no puede ser corregido en forma duradera por las políticas inflacionarias recomendadas por la teoría que ahora está de moda. Me parece que esta explicación correcta es la existencia de discrepancias entre la distribución de la demanda en los diversos bienes y servicios y la asignación de la mano de obra y otros recursos en la producción de tales bienes y servicios. Poseemos un conocimiento "cualitativo" bastante bueno de las fuerzas que producen una correspondencia entre la demanda y la oferta en los diversos sectores del sistema económico, de las condiciones en que se logra tal correspondencia y de los factores que tenderán a impedir tal ajuste. Los diversos pasos de la descripción de este proceso descansan en hechos de la experiencia diaria, y pocos de quienes se tomen el trabajo de seguir el argumento cuestionarán la validez de los supuestos empíricos o la correlación lógica de las conclusiones obtenidas de ellos. Tenemos en efecto buenas razones para creer que el desempleo indica que la estructura de los precios y salarios relativos ha sido distorsionada (de ordinario por la fijación monopólica o gubernamental de los precios), y que para restaurar la igualdad entre la demanda y la oferta de la mano de obra en todos los sectores se requerirán cambios de los precios relativos y algunas transferencias de la mano de obra.
Pero cuando se nos piden pruebas cuantitativas de la estructura particular de los precios y salarios que se requeriría para asegurar una venta continua y regular los productos y servicios ofrecidos, debemos admitir que no tenemos tal información. En otras palabras, conocemos las condiciones generales en que se establecerá por sí solo lo que llamamos, en forma un tanto equívoca, un equilibrio; pero nunca sabemos cuáles son los precios o salarios particulares que existirían si el mercado produjera tal equilibrio. Sólo podemos señalar cuáles son las condiciones en que podemos esperar que el mercado establezca los precios y salarios en que la demanda se igualará a la oferta. Pero nunca podremos producir información estadística que indique la medida en que los precios y salarios prevalecientes se desvían de los que asegurarían una venta continua de la oferta de mano de obra actual. Aunque esta descripción de las causas del desempleo es una teoría empírica en el sentido de que podría demostrarse su falsedad si, por ejemplo con una oferta monetaria constante, un aumento general de los salarios no condujera al desempleo, esta no es ciertamente la clase de teoría que podríamos utilizar para obtener predicciones numéricas específicas acerca de las tasas de salarios, o la distribución de la mano de obra, que deban esperarse.” (…) Pero en virtud de que nosotros, los científicos observadores, no podemos conocer entonces todos los determinantes de tal orden, y en consecuencia tampoco podemos saber en cuál estructura particular de precios y salarios será igual en todas partes la demanda a la oferta, no podremos medir las desviaciones de ese orden; tampoco podremos verificar estadísticamente nuestra teoría de que las desviaciones de ese sistema de "equilibrio" de precios y salarios son las que vuelven imposible la venta de algunos de los productos y servicios a los precios a que se ofrecen.
Hayek es claro al decir que existe un punto en que se igualan oferta y demanda pero que es imposible predeterminar cuál es. Justamente es imposible porque, al ser el mercado un conjunto de individuos tomando decisiones no es posible que alguien prevea el resultado porque para ello debería saber qué piensan todos y cada uno de los involucrados (por eso no hay equilibrio ni competencia perfecta). Además, Hayek en ningún momento intenta vendernos la idea de que el mercado camina en forma inexorable hacia el equilibrio, como sucede con el historicismo que preconiza como destino final la dictadura del proletariado. Para Hayek, la palabra equilibrio se encuentra entrecomillada por obvias razones y en ningún momento el texto le atribuye al mercado una vida propia o carácteristicas super naturales que están más alla de las reglas de este mundo.
Decía Coase que: “he pensado que es el resultado de que los economistas utilicen un enfoque al que me he referido como ‘economía de pizarrón’. La política bajo consideración es aquella que sólo puede ser implementada en el pizarrón, donde se asume que toda la información requerida se encuentra a disposición y el ingeniero social actúa como todas las partes. Él arregla los precios, impone los impuestos y distribuye los subsidios (todo esto en el pizarrón) para promover así el bienestar general” (Coase, Ronald. The firm the market and the law. USA: The University of Chicago Press, 1990. P. 19). Hayek niega precisamente ese tipo de “economía de pizarrón” no sólo desde el punto de vista técnico, sino desde cualquiera pues resulta impensable que pueda existir, toda vez que nadie puede conocer todos los pensamientos de los individuos que transaccionan. No importa si Hayek cifra sus esperanzas en la mano invisible o en Dios, porque nosotros no lo hacemos. Sin embargo, Iván cree que es imposible que discrepemos respecto a Hayek: somos “ovejas” de un rebaño educado para no cuestionar dogmas. Las condiciones a que se refiere Hayek en que se puede esperar el “equilibrio” por supuesto que son las condiciones del mercado capitalista; más específicamente las del libre mercado. Y ello tiene su razón de ser: en ningún otro sistema puede llegarse a una igualdad entre oferta y demanda porque la intervención del Estado hace que, de una u otra manera, alguno de los dos elementos sea insuficiente. Un breve repaso por la historia económica (que dicho sea de paso no se encuentra en Wikipedia) le permitiría a Iván saber esto.
Alega Iván: “Hayek no prueba lo que tendría precisamente que probar, es decir, que el mercado tiende al equilibro, y como no puede probarlo, lo supone como principio”. Iván no fue más allá del laxo texto donde obtuvo las críticas a Hayek, pues si entendiera a dicho autor y a la escuela austriaca, sabría que no hay nada más antiestático, tan anti statu quo que el mercado. El mercado no tiende a un equilibrio absoluto y definitivo; tiende a pequeños “equilibrios” en la oferta y demanda de un bien, pero tanto oferta y demanda son dinámicas, por lo que constantemente están cambiando; ergo, el equilibrio cambia. Y eso no se trata de fe como afirma Iván, sino de sentido común, pues en caso de que sobre o falte demanda de un bien, los oferentes deberán buscar un punto donde lo que venden sea comprado por ejemplo.
Una vez aclarado esto debemos dar paso a otra de sus dos críticas: el orden espontáneo, noción desarrollada por Hayek así como la mano invisible, colocadas por Iván en el plano de la “metafísica” y la “fe”. En cuanto a la noción de orden espontáneo primero se hace necesario ilustrarlo para aquellos que no se encuentren familiarizadas con el término.
Dice Hayek:
“El problema peculiar del orden económico racional es determinado precisamente por el hecho de que el conocimiento de las circunstancias que debemos utilizar nunca se encuentran en forma integrada o concentrada sino como gotas dispersas de conocimiento que suele ser disperso y contradictorio, conocimiento que cada individuo posee (…) Existe sin ninguna duda un cuerpo de conocimiento muy importante que se encuentra desorganizado, el cual no puede ser considerado como científico en el sentido de conocimiento de leyes generales. Es en este sentido en que todo individuo posee una ventaja sobre otros a partir de una información única que le puede resultar beneficiosa, beneficio el cual solo podrá obtener si la decisión queda en sus manos o si la misma se toma con su cooperación activa. (…) Si estamos de acuerdo en que el problema económico de la sociedad es principalmente un problema de adaptarse rápidamente a los cambios en las circunstancias específicas de tiempo y lugar, de ahí se sigue que las decisiones últimas deben dejarse a las personas que conocen estas circunstancias; que conocen directamente los cambios significativos y los recursos que están directamente a la mano para hacerles frente. No podemos esperar que este problema sea resuelto comunicando primero todo este conocimiento a una oficina central que, después de integrarlo, envía órdenes. Debemos resolverlo por medio de alguna forma de descentralización. (..)Fundamentalmente, en un sistema en el cual el conocimiento de los hechos pertinentes está disperso entre muchas personas, los precios pueden coordinar las diversas acciones de diferentes personas de la misma manera que los valores subjetivos ayudan al individuo a coordinar las partes de su plan. (…)Debemos ver el sistema de precios como un mecanismo para comunicar información si deseamos comprender su verdadera función (…)sólo la información más esencial es comunicada, y es comunicada sólo a aquellos que les concierne. Es más que una metáfora la descripción del sistema de precios como un tipo de mecanismo para consignar cambios o como un sistema de telecomunicaciones que permite al productor individual sólo observar el movimiento de unos pocos indicadores: como un maquinista puede observar las agujas de unos cuantos relojes, para adaptar sus actividades a cambios de los cuales puede ser que nunca conozca más que su reflejo en el movimiento de precios. Desde luego, estas adaptaciones probablemente nunca son "perfectas", en el sentido en que el economista las concibe en sus análisis de equilibrio. Pero me temo que nuestros hábitos teoréticos de aproximarnos al problema dando por sentada la posesión de conocimiento más o menos perfecta de parte de casi todos, no ha cegado un poco respecto de la verdadera función del mecanismo de precios y nos ha hecho aplicar patrones engañosos al juzgar su eficacia. (Hayek, Friedrich. The use of knowledge in society. The libertarian reader. P. 216-222).
De nuevo acá se puede ver la crítica que Hayek realiza a los análisis de equilibrio por más que Iván quiera seguir creyendo en forma dogmática que Hayek los práctica; también se puede notar su crítica a esas visiones racionalistas de la economía, las cuales hasta la fecha Iván sigue pensando que son parte de la economía austriaca a pesar de la infinidad de veces que le hemos explicado que no es así. Parece que los panfletos de ANFE no son los únicos que carecen de información; los panfletos de economía de bolsillo que usa Iván para hacerse “experto por un día” tampoco son recomendables. No entiende nuestro querido profesor Villalobos que el orden espontáneo no es algo metafísico. Ya se lo explicamos antes, el orden espontáneo es el proceso de concertación a nivel de fines y medios a que llegan diversos individuos en virtud de la suficiente inteligencia que tienen como para comprender que el sistema de especialización e intercambio es el más eficiente para lograr lo que se proponen, precisamente en virtud de que son ellos quienes mejor saben qué es lo que desean. En sencillo: el orden espontáneo es el conjunto de acuerdos a que llegan los individuos que están tomando decisiones en el mercado. Esos individuos son interdependientes de tal modo que las decisiones que tomen en el presente crean una especie de marco informal que delimita las futuras decisiones. Ese orden espontáneo transmite información, información que los agentes económicos usarán para adaptar sus acciones. Vamos a poner un ejemplo sencillo para que Iván pueda entenderlo: Juan vende lápices y Roberto los compra; pero una peste de termitas acaba con grandes cantidades de madera, por lo que ahora la oferta de madera es menor que la demanda. Juan, entonces debe “equilibrar” esa demanda adquiriendo menos madera. Al hacerlo, deberá vender sus lápices más caros. A Roberto no le interesa si fueron termitas o si los aserraderos entraron en huelga. Lo que le importa es que ahora deberá pagar más dinero por los lápices y esa información le ayudará a decidir si valora tanto los lápices como para pagar el nuevo precio o si usa sus recursos para comprar otras cosas. Es decir, esa información delimita las acciones futuras de Roberto. Esa información es lo que mejor se conoce como “mano invisible”. Si Smith o Iván querían atribuirle el nombre de Dios a esa información, pueden hacerlo, pero nosotros no somos culpables de ello.
La gran pregunta que hay que hacerle a Iván es: ¿es posible planificar el “todo”? En teoría de relaciones internacionales (¡que macabro Iván, tenemos conocimientos en varias áreas!) existe lo que se denomina el realismo político, el cual no se debe confundir con el desarrollo de Maquiavelo que deriva en los orígenes de la Ciencia Política, sino que fue un conjunto de postulados muy en boga durante la guerra fría. Un postulado central del realismo político es que las naciones son cuerpos monolíticos que tienen un interés definido y preciso. Es decir, acá no hay grupos de presión ni disidentes a lo interno de la nación, sino que todos los habitantes tienen lo que se llama un “interés nacional” que, casi siempre, resulta contradictorio con los de otros países. Sólo dentro de la “lógica” del realismo político sería posible hablar de un “todo” que se mueve en una sola dirección. Para poder planificar el “todo” sería necesario que no existiesen divergencias en los intereses, pero sólo en dos escenarios eso resulta posible: en una ficción o en un totalitarismo. En el caso de la ficción, no procede acá analizarlo pues resulta inoperante; pero en el totalitarismo sí puede haber una especie de “interés nacional”: la dictadura del proletariado en la URSS o el dominio de la raza aria en el régimen nazi son buenos ejemplos. Sucede que un totalitarismo, lo que se hace con los disidentes es simplemente silenciarlos (muchas veces por métodos violentos). Eso es lo que Hayek y Popper querían dejar claro en Camino de Servidumbre y La sociedad abierta y sus enemigos: todo proceso de planificación centralizada termina en una dictadura. La pregunta que le hacemos a Iván entonces ya no sólo es si resulta posible planificar el “todo” sino también que si es recomendable planificarlo a sabiendas de lo que va a derivarse de ello. Porque rogándole a Iván que nos disculpe por la ignorancia, no conocemos un solo experimento de planificación centralizada como mandaban los manuales del partido único en que el ser humano haya vivido libre y feliz. Por eso, quisiéramos saber qué recomienda Iván hacer con los disidentes en un régimen tal. ¿Ser misericordiosos y permitirles libertad tanto así que transmitiendo su mensaje puedan desestabilizar el régimen? ¿O propone eliminarlos como alimañas traicioneras?
Iván nos ilumina argumentando que “ni a Hayek ni a Popper les interesa someter a crítica sus argumentos, sino parapetarse ideológicamente consolidando una serie de estereotipos”. O sea, para Iván Popper traicionó su propia tesis del racionalismo crítico pues no somete a refutación sus propias ideas políticas sino que se esconde tras la macabra ideología (en la concepción marxista del término) y la utiliza para defender lo indefendible. ¿Puede haber algo más ridículo que esto?
En palabras de Popper:
(…) Sugiero que el objeto de la ciencia consiste en dar con explicaciones satisfactorias de todo aquello que nos parece precisar una explicación. Por explicación se entiende un conjunto de enunciados mediante los cuales se describe el estado de la cuestión a explicar (el explicandum) sirviéndose para ello de otros, los enunciados explicativos, que constituyen la “explicación” en sentido estricto (el explicans del explicandum).
(…) Para que el explicans sea satisfactorio (la satisfactoriedad es cuestión de grado) tiene que reunir ciertos requisito. En primer lugar, ha de implicar lógicamente al explicandum. En segundo lugar, el explicans ha de ser verdadero, aunque en general no lo sepamos; en cualquier caso, no hemos de saber que es falso hasta después del examen más crítico (…) En otras palabras, lo consideraremos más satisfactorio cuanto más rigurosas sean las contrastaciones independientes de las que haya salido indemne.
(…) De este modo, la conjetura según la cual el objeto de la ciencia es dar con explicaciones satisfactorias nos conduce a la idea de mejorar el grado de satisfactoriedad de las explicaciones mejorarndo su grado de contrastabilidad; es decir, yendo hacia teorías que tengan un contenido cada vez más rico, un grado de universalidad cada vez más elevado y un grado de precisión cada vez mayor”. (Popper, Karl. Conocimiento objetivo: un enfoque evolucionista. Cuarta Edición. Madrid: Tecnos, 2005. P. 180-182)
Como verán Popper proponía falsear las ideas, es decir, someterlas a rigurosos exámenes, evadiendo aquello que la probara y enfatizando en lo que la negara. Si no existía algo que la falseara, entonces se convertía en una verdad científica. Pero esa verdad científica no era absoluta, sino que al cambiar las condiciones y el conocimiento, podría ser refutada y quizá rechazada. Ergo, el conocimiento y la verdad científicas no son estáticas, no están dadas de una vez y para siempre sino que deben ser sometidos a exámenes de falsabilidad, aceptándolos si salen airosos y rechazándolos si no pasan la prueba. Por eso resulta irrisorio que Iván crea que Popper no quería someter a crítica sus ideas. Eso habría sido negar la obra a que dedicó su vida. De nuevo se observa como sale a relucir la ignorancia de Iván, que parece haber obtenido su conocimiento sobre Popper tomando café con algún profesor. En lo que sí acierta Iván es cuando dice que tanto Hayek como Popper son “de los principales representantes del antiutopismo contemporánero”. Popper siempre se declaró un antiutopista, fundamentalmente de aquellas utopías que involucraban cualquier clase de ingeniería social, concepto íntimamente ligado con el de planificación centralizada. Señalaba Popper que “toda ingeniería social, por mucho que se enorgullezca de su realismo y de su carácter científico, está condenada a quedarse en un sueño utópico” (Popper, Karl. La miseria del historicismo. Madrid: Alianza Editorial. P. 61).
Además de ignorar a Popper y la esencia de su obra, Iván carece de información sobre economía. Una y otra vez se lo hemos mencionado y él sigue apostando a su omnisciencia para refutarnos. ¿Cómo puede Iván ignorar algo? ¿Es posible? Jamás. Nuestro filósofo, ahora convertido en experto economista luego de leer Economics for dummies, sigue cacareando que “Hayek no puede renunciar a la referencia al modelo de competencia perfecta, y continúa remitiéndose a él como tendencia”. A pesar de que le hemos explicado varias veces que el concepto de competencia perfecta es neoclásico y no austriaco, Iván se cierra y no permite que nueva información le llegue a su inmaculado y virginal cerebro. Pero en ASOJOD no desistimos de la lucha por sacarlo de la ignorancia y le explicamos una vez más en qué consiste la diferencia a nivel de esa noción y de paso para que entienda que los austriacos rechazan la idea de equilibrio:
Moraliza Iván: “las reflexiones filosóficas que Hayek realiza al final de su vida, le acercan por lo demás directamente a las ideas nietzscheanas, y toda la rebelión que representan contra los valores humanistas de la modernidad. No es necesario tampoco referirse ni repetir aquí los de todos conocidos puntos de contacto entre el pensamiento nietzscheano y el nacional-socialismo.” Totalmente de acuerdo con Iván respecto a las coincidencias entre Nietzsche y los nazis, pero de ahí a relacionarlo con Hayek es un sinsentido. Nos encantaría que Iván cite rigurosamente esas últimas reflexiones pues nunca antes algún liberal ha sabido de ellas: serían un éxito de publicación. Resulta sumamente curioso que alguien que dice tener por intereses a la filosofía y a la teoría política trate de hacer una conexión implícita entre Hayek y el Nazismo. Para afirmar eso se requiere un total desconocimiento de la historia así como del pensamiento de Hayek. No podemos olvidar que el Nazismo nace como una reacción a la democracia liberal y al capitalismo del siglo XIX y que además tiene fuertes nexos con el socialismo, de ahí su nombre. Si bien es cierto el Nazismo nunca abolió la propiedad privada si creó una economía altamente dirigida y centralizada que por supuesto contrasta claramente con conceptos hayekianos como los de orden espontáneo que Iván dice conocer y entender. Pero lo mejor de todo es pretender alguna conexión entre el pensamiento de Nietzsche y el de Hayek, obviando que este último debió huir de Alemania por la persecución nazi. Lo que Iván hace con esto es utilizar vulgarmente la falacia ad hominen pues propone rechazar a Hayek no por sus ideas sino por unas supuestas “reflexiones” que lo acercan a Nietzsche y, por consecuente, de Nietzsche al nazismo.
“sobre dichas bases al comienzo del Siglo XIX se desarrolló sistemáticamente la concepción teórica del estado de derecho, el Rechtsstaat, que llegó a ser, justamente con el ideal del constitucionalismo, el principal objetivo del nuevo movimiento liberal (…) el estado de derecho significa que el gobierno no debe ejercer nunca coacción sobre el individuo excepto para hacer cumplir una ley conocida, ello constituye una limitación al poder de todos los gobiernos, incluyendo también los de las asambleas legislativas (…) tiene importancia porque, hoy en día, el concepto del estado de derecho se confunde a veces con el requisito de la mera legalidad en todos los actos de gobierno. El imperio de la ley presupone, desde luego, completa legalidad, pero sin que ello sea suficiente. (..) el estado de derecho, por tanto, es también más que el constitucionalismo y requiere que todas las leyes se conformen con ciertos principios”. (Hayek, Friedrich. Los Fundamentos de la Libertad. Unión Editorial. P. 224-233)
Basta con leer el Camino a la Servidumbre para darse cuenta que la vinculación que Iván pretende realizar entre el nazismo y Hayek es absolutamente ilusoria. Hayek escribió dicho libro con el fin de alertar a la opinión pública inglesa el peligro que puede presentar el intervencionismo económico y cómo este, si se le permite actuar, puede servir como el mejor medio de transporte para conducirnos al nazismo, pues gracias a la intervención estatal producida por las ideas keynesianas estaba aumentando el poder del Estado, de modo que este cada vez más podría ir penetrando las esferas privadas de los individuos hasta luego tenerlos a su disposición.
“Es producto de un comportamiento consciente y deliberado. Esto no quiere decir que los individuos celebraran un buen día un contrato en virtud del cual quedó fundada la sociedad humana. Las acciones que han realizado la cooperación social y que de nuevo la realizan a diario no tienden a otra cosa que a cooperar y colaborar con otros para alcanzar determinados fines. Ese complejo de relaciones mutuas creado por la acción recíproca de individuos es lo que se denomina sociedad (…)
El ser humano nace siempre en un ambiente que halla ya socialmente organizado. Sólo en tal sentido puede afirmarse que –lógica o históricamente- la sociedad es anterior al individuo. En cualquier otro sentido la afirmación es engañosa y falsa. Es cierto que el individuo vive y actúa en el marco social, pero la sociedad no es más que ese combinarse de actuaciones múltiples para producir un esfuerzo cooperativo. En ninguna parte existe fuera de las acciones de los individuos y es puro espejismo imaginarla fuera del ámbito en que los individuos actúan. Hablar de una existencia autónoma e independiente de la sociedad, de su vida propia, de su alma, de sus acciones, es una metáfora que fácilmente conduce a crasos errores”. (Mises, Ludwig. La Acción Humana: un tratado de economía. Madrid: Unión Editorial, 2001. P. 173).
Pero la crítica de Iván al individualismo rebasa cualquier límite de la racionalidad cuando nuestro nuevo experto en Hayek aduce que “en Hayek asistimos a un colectivismo igual o peor que el de la ideología del comunismo soviético. En ambas se trata de abandonar y regalar la autonomía a un proceso que funciona a ciegas, inexorablemente y a espalda de los sujetos”. ¿Puede algo ser más ridículo, hilarante, obtuso y falto de decencia que lo que Iván acaba de afirmar? ¿Cómo hacemos para que el gran omnisciente filósofo, economista, politólogo, abogado, poeta, escritor, futbolista, músico, artista, ingeniero, médico y lector del tarot Iván Villalobos entienda? ¿Será que la beca en Bremen no es para filosofía sino para enseñanza especial? Pedimos disculpas a don Iván pero mejor asiste a la Centeno Güell y ahorra a los tax payers costarricenses o alemanes lo que deben estar pagando por sus cursos en Bremen. A ver, lo ponemos en términos sencillos para que él pueda entender: es hilarante y estúpida cualquier afirmación como la de que en Hayek se asiste a un colectivismo pero con otro nombre. ¿En qué mundo Iván? Jamás pretende Hayek regalar la autonomía a un proceso que funciona a ciegas, inexorablemente y a espalda de los sujetos. No funciona a ciegas ni a espaldas de los sujetos porque el mercado es, en palabras simples para que Iván pueda entender, un conjunto de personas tomando decisiones. Si las personas toman decisiones están participando, por lo que se desestima su argumento de que se hace “a espaldas”. Para participar, han de tener información, misma que consiguen no por sus recursos materiales ni por benevolencia del gobierno, sino porque cada individuo sabe qué desea y que puede ofrecer así como cuáles son sus circunstancias. Esa información impide que jueguen “a ciegas”. Y tampoco es inexorable la marcha hacia ningún lado porque, a diferencia de las ideas colectivistas, universalistas y holistas de que hacía mención Mises, el individualismo no pretende que el mercado guíe a los individuos hacia una determinada meta, sino que cada individuo ejecuta sus acciones con arreglo a metas que él mismo se proponga. Señalaba Hayek que “más importante resulta la relación de orden espontáneo con el concepto de propósito. Como tal orden no ha sido creado por un agente externo el mismo no puede tener propósito, a pesar de que su existencia pueda ser de gran utilidad para los individuos que participen en dicho orden.” (Hayek, Friedrich. Law, legislation and liberty. En: Boaz, David. The libertarian Reader. USA: Free press, 1997. P. 236)
Alejandro Barrantes Requeno y Manuel Echeverría Echeverría
Fundadores de ASOJOD