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jueves, 4 de febrero de 2010

ECONOMÍA: Fukuyama, la pobreza y la distribución del ingreso


Francis Fukuyama, autor de El fin de la historia y El último hombre, dio recientemente una conferencia magistral en la que notó que la pobreza es alta en el país, que la distribución del ingreso es desigual y que el país no va a tener una democracia viable hasta que estos problemas se resuelvan. Como solución, el Dr. Fukuyama recomendó que el país hiciera un pacto que estableciera como objetivos la reversión de la desigualdad y la exclusión social.

Las ideas del Dr. Fukuyama han sido recibidas como enormemente originales por mucha gente, la muestra de un cambio en la ideología de la derecha. En realidad no son nada originales, ni en la derecha ni en la izquierda, lo cual por supuesto no quita su mérito. Hay dos problemas fundamentales en las ideas del Dr. Fukuyama, sin embargo, las dos ligadas al énfasis que él le dio a la desigualdad en vez de dársela a la reducción de la pobreza. Primero, él no dijo cómo se puede reducir la desigualdad en la distribución del ingreso. El sólo decir que debería de hacerse lo puede hacer cualquiera. Lo importante es saber cómo hacerlo.

Segundo, un momento de reflexión muestra que el objetivo principal debe ser reducir la pobreza, no reducir la desigualdad, ya que en una alta proporción de las decisiones puede haber un conflicto entre estos dos objetivos. Suponga, por ejemplo, que hay una economía en la que todos tienen el mismo ingreso —bajo pero igual para todos— obtenido, supongamos, recogiendo cocos y exportándolos. Supongamos que entre la población sale alguien que decide poner un negocio para extraer el agua de los cocos y hacer una mezcla para bebidas, que puede vender con el triple de utilidades de las proporcionadas por los cocos, aun si paga a la gente el doble de los salarios que ahora están ganando. Este proyecto aumentaría la producción en el país, disminuiría sustancialmente la pobreza (los trabajadores ganarían el doble de lo que ganan ahora) pero empeorarían la distribución del ingreso, ya que el empresario ganaría el triple mientras que los trabajadores ganarían sólo el doble. Esto sería así en cualquier inversión en la que el inversionista y los gerentes ganen más que los obreros. ¿Deben detenerse las inversiones para que no se empeore la distribución del ingreso?

Un ejemplo claro de la posible contraposición de los dos objetivos lo proporciona el desarrollo de China en los últimos treinta años. A principios de los ochenta, cuando China era todavía una economía comunista, el 54 por ciento de la población vivía en la pobreza. Conforme la economía se fue liberalizando hasta convertir a China en uno de los países más capitalistas del mundo, la pobreza cayó muy rápidamente, hasta el punto que para principios de los 2000 representaba menos del 10 por ciento de la población. Por supuesto, la misma inversión que dio tantos trabajos de gran valor agregado a los obreros chinos también dio grandes utilidades a los inversionistas y dio más ingresos a unos obreros que a los demás. El resultado es que el mismo proceso que redujo la pobreza hizo también la distribución del ingreso menos igualitaria en cuatro dimensiones: el ingreso de las provincias costeras (más abiertas al resto del mundo) es ahora mucho mayor que el de las provincias interiores (la provincia más rica tiene ahora un ingreso que es 10 veces el de la provincia más pobre, peor que en Brasil, en donde el número es 8,1 veces); con el desarrollo de la industria y los servicios, las áreas urbanas se han hecho mucho más ricas que las rurales; los que están en la economía formal se han hecho más ricos que los que se mantienen en la informal; y ha surgido una clase empresarial enormemente rica, que gana mucho más que sus obreros (datos de Jacques, Martin, When China Rules the World, The Penguin Press, New York, 2009).

Es obvio que sólo un envidioso preferiría seguir en la pobreza con tal de que nadie gane más que él o ella. Sólo un envidioso diría que China debería de haber parado las inversiones que han eliminado casi totalmente su pobreza porque como resultado de ellas algunos chinos se han hecho más ricos que otros.

Así, lo primero que tenemos que definir es que lo que queremos es disminuir la pobreza, no reducir la desigualdad. Inmediatamente después debemos encontrar una manera que reduzca la pobreza. Siendo la educación la fuente de toda riqueza, es claro que una de las acciones que debemos reforzar es la de dar a los pobres más acceso a mejor educación y a mejor salud. Este debería de ser el objeto de un pacto como el que Fukuyama, al igual que muchos otros, ha propuesto para el país. El problema es que mientras la población se deje ir por palabras populistas y evite pensar seriamente en las realidades del país, el análisis en serio del problema del crecimiento no será sexy para los políticos. Si esto sigue así, la visita de Fukuyama se añadirá a la larga lista de visitantes que han notado que el país no está desarrollado; que hay pobreza; que la distribución del ingreso no es igualitaria; y que los salvadoreños deberíamos hacer algo en este respecto.

Manuel Hinds

domingo, 4 de noviembre de 2007

La buena historia latinoamericana


Desde que, en un ensayo escrito en 1989, el sociólogo estadounidense Francis Fukuyama postuló la extinción de los conflictos ideológicos y el triunfo de la democracia liberal como “el modelo final del gobierno humano”, generó tanta notoriedad como rechazo y polémica.

Su argumento base, caricaturizado por el título del libro que publicó en 1992 (El fin de la historia y el último hombre ), fue muy pronto desmentido por nuevos y graves desgarramientos internacionales, que culminaron con la masacre terrorista del 2001, en Nueva York.

Pero la base empírica que lo sustentaba cada vez se ha hecho más sólida. Es el avance creciente de la democracia y la economía de mercado en el mundo.

Esto explica que Fukuyama, normalmente interesado en las grandes tendencias globales, haya puesto atención a un lúcido libro sobre América Latina, que acaba de editar Yale University Press.

Avances reales. Con el título El continente olvidado: la batalla por el alma de América Latina, y escrita por Michael Reid, uno de los corresponsales de la revista The Economist en el hemisferio, la obra analiza la historia y los avances políticos, económicos y sociales latinoamericanos, sobre todo en los últimos diez años.

Al comentarlo, en la edición de noviembre-diciembre de este año de la revistaForeign Affairs , Fukuyana, coincide con Reid en que la mayoría de los países de América Latina “han profundizado exitosamente sus instituciones democráticas, se han integrado en la economía global, y han comenzado a afrontar desigualdades sociales endémicas”. Pero el mundo, más interesado en Hugo Chávez, el narcotráfico o la migración, no lo ha notado.

Tanto él como el autor del libro sostienen, correctamente, que esas desigualdades sociales, junto a las estructuras oligárquicas de muchos de nuestros países, impidieron que las reformas macroeconómicas emprendidas durante la pasada década no condujeran a un rápido impulso al crecimiento y el bienestar. (Pudieron haber sumado la corrupción).

La frustración que se acumuló en algunos países, sumada al mal gobierno, fue un disparador de avances populistas, no solo en Venezuela, sino, también, en Bolivia, Ecuador y, en menor medida, Nicaragua.

Pero el populismo, como modelo, resulta insostenible, incluso para un caudillo autoritario que, como Chávez, lo apuntala con un coyuntural flujo de petrodólares.

Rigor y reforma. Salvo Venezuela, sumida en la esquizofrenia política, prácticamente todos los gobiernos manejan sus finanzas públicas con responsabilidad, y aplican varios de los preceptos del injustamente vilipendiado, pero sin duda parcial, “consenso de Washington” para guiar sus políticas económicas. Hace poco, por ejemplo, Evo Morales se vanaglorió en Italia de que Bolivia tiene ahora una situación fiscal mucho mejor que la de gobiernos anteriores. Bien por él y su país.

En su libro, Reid menciona cómo América Latina, marcada por las disparidades, injusticias y rigideces del período colonial, ha sido, en las últimas décadas, una suerte de “laboratorio” de las más diversas concepciones políticas, ideológicas y gubernamentales: oligarquía, militarismo, “seguridad nacional”, caudillismo, populismo, marxismo, democracia. Todo lo hemos probado. Pero el autor destaca, sin el sentido determinista que alguna vez tuvo Fukuyama, que la opción democrática ha sido la más exitosa en lo político y social.

Cuando el buen manejo económico y el fortalecimiento de las instituciones se vinculan con adecuadas políticas sociales, y definen la educación y la salud como ejes básicos, es que se producen reales avances en las condiciones de vida de la población.

Brasil y México. Por esto, las más productivas y provechosas innovaciones en política social no han surgido en Venezuela, donde impera un sistema de reparto arbitrario desde la cúpula hacia las “bases” manipuladas por el régimen, o en la Cuba marxista, sumida en la miseria. Al contrario, Reid y Fukuyama destacan los programas iniciados por Fernando Enrique Cardoso, en Brasil, y Ernesto Zedillo, en México, que asentaron en el crecimiento económico y la estabilidad programas de ayudas directas a las familias pobres, para que envíen sus hijos a la escuela.

En una muestra de madurez y continuidad democráticas, esos planes han sido continuados por sus sucesores. Por algo los mexicanos redujeron la pobreza a la mitad entre 1995 y 2005, y los brasileños, con una de las sociedades más desiguales del mundo, lograron disminuir la inequidad. El programa nacional ‘Avancemos’, impulsado por nuestro Gobierno, se inspira en esos ejemplos.

La conclusión se ve clara: no es desde la retórica populista, la agitación social o las promesas caudillistas que se logra avanzar realmente en mejorar las condiciones de vida y la salud política de nuestros países. La respuesta está en poner el crecimiento y la estabilidad en función de reformas sociales responsables y eficaces.

Eduardo Ulibarri