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martes, 8 de mayo de 2012

La columna de Carlos Federico Smith: el papel del empresario en el análisis económico: el análisis austriaco

 En este segundo comentario, mi objetivo es describir el análisis austriaco, mejor  conocido como proceso de mercado, el cual es una alternativa al neoclásico, expuesto en mi comentario previo, si bien en algunas secciones necesariamente me refiero, de forma comparativa, al enfoque neoclásico.

La lógica de la elección en el análisis económico austriaco

En forma relativamente sencilla, la explicación austriaca de la lógica de la elección que hace el individuo, en contraste con las matemáticas que emplea el método neoclásico, es expuesta por Callahan de la siguiente manera:

“Estas ecuaciones no pueden tomar en cuenta las decisiones creativas de los humanos, basadas en las categorías de causa, efecto, de antes y de después. Lo que describen es un mundo de correlaciones atemporales, del cual está ausente la causalidad. Las intenciones de los hombres no tienen lugar en aquel modelo (neoclásico), puesto que dicho modelo asume que todos los humanos conocen todos los hechos relevantes posibles acerca de su situación, y que tan sólo pueden aceptarla como un dato.

El hecho de que las curvas de oferta y demanda nos pueden brindar una visión burda del comportamiento del mercado, es un efecto de la acción humana y ciertamente no la causa de ella. Nadie actúa con el objetivo de lograr que haya un balance entre la oferta y la demanda. La gente actúa en el mercado para obtener un beneficio, en el sentido más amplio de la palabra: llevan a cabo un intercambio porque sienten que estarán mejor después de efectuar el intercambio, comparado con lo que hacían anteriormente. Que su búsqueda por lograr un beneficio permite que se logre un equilibrio entre la oferta y la demanda, es un producto resultante de sus verdaderos objetivos.” (Gene Callahan, Economics for Real People: An introduction to the Austrian School, Auburn, Alabama: The Ludwig von Mises Institute, 2002, p. 319. El paréntesis curvo en el texto es mío).

Un problema con la concepción neoclásica basada en la maximización de la utilidad, es que suelen ser muchos los factores que definen el comportamiento humano, que a menudo va más allá del comportamiento “racional” que se presume se da en la lógica de la elección económica neoclásica. Es factible que la conducta individual de la elección no esté tan sólo determinada por un comportamiento hedonista, sino que el altruismo es posible, como también lo puede ser por otros aspectos considerados como “irracionales”. Debemos pensar en la posibilidad de que muchos otros factores, como por ejemplo, la historia, la genética, la sicología, el estado anímico del actor quien se encuentra formando parte de una economía, estén presentes en el momento en que el individuo escoge o decide cómo actuar.

No parece lógico que se considere que el individuo que elige entre alternativas, actúa de la misma manera a como lo hace una computadora: de un simple algoritmo matemático por resolver (maximizar), de fines que le son dados para el individuo que actúa en el mercado. En el acto de elegir, el individuo decide qué es lo que él o ella consideran como lo mejor, lo cual es resaltado por el análisis austriaco, en contraste con el neoclásico.

El hommo economicus del análisis neoclásico es totalmente mecanicista, predeterminado y, diríamos hoy, deshumanizado. Esta característica la retrató Veblen, quien señaló que:

“La concepción hedonista del hombre es aquella de una calculadora relampagueante de placeres y dolor, que oscila como un glóbulo homogéneo del deseo de felicidad, bajo el impulso de un estímulo que lo hace girar en toda el área, pero que lo deja intacto.” (Thorstein Veblen, The Theory of the Leisure Class: An Economic Study of Institutions, New York: Macmillan, 1899, p. 73).

En contraste, la escuela austriaca de economía, sustentada en lo que se conoce como subjetivismo (esto es, el significado subjetivo que el individuo le adscribe a sus acciones), considera que las elecciones que realiza el individuo van más allá de la posición neoclásica, en donde el individuo busca maximizar la utilidad y escoge a partir de la comparación de todas las opciones disponibles. Según el planeamiento subjetivista austriaco, es necesario ir más allá del simple cálculo neoclásico. Se trata no sólo de adoptar un conjunto de objetivos, sino también definir una serie de planes de acción que el individuo se propone llevar a cabo, de forma tal que se logre la mejor satisfacción de aquellos objetivos.

Me parece que la distinción más clara entre la visión austriaca de la economía como un proceso, en contraste con la visión neoclásica, radica en la trascendencia del subjetivismo en el campo de la elección económica. La creencia austriaca en el subjetivismo se refiere a algo más que una metodología económica, sino al estudio de la acción humana, propiamente. En lo particular, en lo económico, el inicio del análisis austriaco recae en el sentido subjetivo que los individuos le otorgan a sus acciones.
Describe Horwitz que,

“Este es el punto de vista subjetivista fundamental: las explicaciones científicas sociales deben empezar con los estados mentales subjetivos de los actores que están siendo estudiados. Esto requiere que los científicos sociales tomen seriamente los papeles del contexto y de la interpretación y que reconozcan que son las percepciones subjetivas de los actores las que impulsan sus acciones, no la realidad objetiva que puede subyacer a la situación. El subjetivismo afirma que no estaremos en capacidad de dar algún sentido a la acción humana, si intentamos describirla en términos que no hagan referencia a las percepciones y planes humanos. Los austriacos afirman que, sin referencias al significado, nuestro entendimiento del mundo social es de un carácter insatisfactorio y escaso.” (Steven Horwitz, Subjectivism, en Peter J. Boettke, ed., The Elgar Companion to Austrian Economics, Northampton, Mass.: Edward Elgar Publishing Co., 1994, p. p. 17-18).

La amplitud del enfoque subjetivista no está restringida a la introducción de esos factores subjetivos desde el lado de la demanda, tal como también lo hacen los neoclásicos, sino que la idea del costo de oportunidad permite que su aplicación se haga desde el lado de la producción. Esto faculta ir más allá de la visión de considerar los costos de producción únicamente como costos objetivos. El enfoque subjetivista al análisis económico moderno cubre no sólo las preferencias, sino también a los costos, así como como a expectativas, al tema del tiempo en la economía y a la percepción del conocimiento. Por ello, debe reiterarse la imposibilidad de que las matemáticas puedan capturar el comportamiento humano, dada la subjetividad generalizada que practican los agentes económicos en su toma de decisiones.

De acuerdo con los austriacos, el subjetivismo define su visión de la economía, al incorporarlo tanto en la percepción que los actores tienen de los bienes que adquieren; esto es, en la subjetividad del valor, sino también en la utilización que hacen del conocimiento. Este es el lado de la demanda. Pero también desde el lado de la oferta, pues los costos no son sino costos de oportunidad subjetivos. Se dice que son subjetivos porque el actor económico que encara un costo de oportunidad nunca puede saberlo objetivamente, porque, de hecho, al escoger una alternativa, dejó de lado otra que nunca escogió y que, por lo tanto, no puede haberla conocido.

En contraste con el neoclasicismo, en el análisis austriaco hay claramente un papel definido para el empresario. En este enfoque, los mercados son vistos como un proceso para la creación, la innovación, el descubrimiento y el uso que se hace del conocimiento, de acuerdo con los estados subjetivos de los individuos, tanto en el campo de la demanda como en el de la oferta.

Ese lugar claro para la función empresarial se deriva del hecho de que una característica innata del proceso de mercado son las pérdidas y las ganancias. Los intercambios, que son consustanciales a la actividad económica en un mercado, pueden no tener lugar por dos razones fundamentales. La primera, que se podría denominar de altos costos de información, porque quienes actúan en él disponen de toda la información acerca de las restricciones, alternativas y valores, y, por tanto, no hay razón para alterar la posición inicial de equilibrio. La segunda, porque puede ser que el intercambio no se lleve a cabo porque desconocen que hay una coincidencia mutua de intereses en el intercambio, en cuyo caso, sin saberlo, dejan de lado oportunidades de actuar, que habrían significado una posición mejor que la que tenían en la situación inicial de equilibrio. Sin que se tenga un conocimiento previo de este tipo de error (desconocimiento de posibilidad de mejorar de posición), para conocerlo será necesario que surja un acto que lo descubra.  Ante dicho descubrimiento, los actores alterarán sus planes. A esto se le conoce como descubrimiento creativo. Descubrir inconsistencias de los planes con los datos subyacentes o bien conflictos entre los planes de algunos individuos con los de otros.

El empresario obtendrá ganancias al descubrir errores que puede capturar en su beneficio, en tanto que tendrá pérdidas cuando hay oportunidades de tener ganancias que no explota. Es decir, actúa en función de las pérdidas o de las ganancias.

Es importante exponer la definición del economista austriaco Sanford Ikeda, acerca de lo que constituye el proceso de mercado:

“… es un orden espontáneo sostenido por un marco institucional, en el cual predominan la propiedad privada y el libre intercambio, y que emana de los propósitos fundamentalmente independientes de actores individuales, que formulan planes a la luz de la ignorancia parcial y del cambio no anticipado.” (Sanford Ikeda, Market Process, en Peter J. Boettke, editor, The Elgar Companion to Austrian Economics, Northampton, Mass.: Edward Elgar Publishing Co., 1994, p. 24).

Como dentro de un orden de mercado es necesario promover que surjan comportamientos aceptables (o que aquel inaceptable sea desautorizado), surgen instituciones destinadas a lograrlo, tales como las leyes sobre la propiedad privada, la solución pacífica a los conflictos derivados del intercambio y una serie de costumbres y normas que estimulan el desarrollo de dicho orden, pero también suelen surgir instituciones que facilitan el comercio y que estimulan la coordinación de los planes individuales, tales como el dinero, las empresas de seguros y de banca, entidades crediticias, calificadoras de crédito y riesgo, entre otras. Como dice Ikeda, “De hecho, todas estas instituciones, vistas colectivamente, constituyen lo que comúnmente entendemos por el mercado’” (Sanford Ikeda, Market Process, en Peter J. Boettke, editor, Op. Cit., p. 24).

Al referirse a que se trata de un “proceso espontáneo”, es porque no ha sido objeto del diseño deliberado de alguien, que, en la mejor tradición liberal clásica, se expresa como que no surge de la intención de las acciones de aquellos involucrados o participantes, sino que resulta de consecuencias no previstas de actividades que planearon los individuos; esto es, se trata de un resultado no anticipado por los seres humanos, quienes actúan en función de sus planes individuales.

Ahora bien, al referirnos a que los actores actúan formulando planes a la luz de la ignorancia parcial, dado que no son omnisapientes, y del cambio no anticipado que puede presentarse en cualquier momento y en cualquier lugar, y que no formaba parte de alguna expectativa previa, nos permite recalar el papel crucial del empresario en el enfoque austriaco. Son  las elecciones activas de los empresarios, resultantes tanto de decisiones tomadas en el pasado, como de las expectativas que tienen acerca de las decisiones futuras de los consumidores y de otros empresarios, las que guían el proceso de descubrimiento creativo que se da en un mercado competitivo.

No quiero terminar este comentario sin dejar de recordar que en el equilibrio del análisis neoclásico, no hay papel alguno para la participación activa del empresario que desequilibre esa situación finalmente lograda. Esta es lograda por un “robótico” subastador que lleva a cabo el proceso de arbitraje que finalmente se traduce en un equilibrio general de los precios. Pero no hay una explicación de cómo los precios se convierten en un fenómeno de desequilibrio, que, precisamente mediante la información que brindan, impulsa el proceso de descubrimiento que caracteriza a la empresariedad. El análisis austriaco sí nos permite explicar cómo es que se forman los precios, que son las guías que sirven para transmitir la información necesaria para quienes la requieren. Esta explicación de su formulación está más allá de lo que puede describir un equilibrio estático propio del análisis neoclásico. En esa formación de los precios explicada por el enfoque austriaco, el papel desempeñado por los empresarios es esencial. En tanto que la búsqueda de información puede resultar ser sumamente onerosa, el estado de alerta acerca de oportunidades que caracteriza al empresario no requiere del uso de recursos; esto es, no tiene costos porque no demanda tierra, trabajo o capital.  Antes de que el empresario tome acción alguna, requiere que note la presencia de una oportunidad; es decir, el estado de alerta precede cualquier acción.

Concluyo este comentario con algo similar al expuesto en el anterior, transcribiendo el excelente resumen que hace el economista austriaco Sanford Ikeda, de las características del proceso de mercado:

“1. Los planes de por lo menos algunos de los actores están en conflicto y son inconsistentes con los datos subyacentes, aun cuando la coordinación parcial preserva un cierto grado de coherencia en el mercado.

2. La acción “tiene algún propósito”, en el sentido de que los actores buscan mejorar el estado que ellos perciben del mundo, aun cuando tienen conocimiento de menos que todos los medios disponibles para lograr tal cosa.

3. Siendo incompleto su conocimiento de los datos relevantes, los actores experimentan el error, el cambio impredecible, el arrepentimiento y la sorpresa.

4. Son esenciales la persistencia y la repetición de pérdidas y ganancias económicas.

5. Existen precios que no son de equilibrio, reflejando la descoordinación, pero señalan oportunidades para que haya ajustes beneficiosos a los planes.

6. La presencia del error causa una asignación de recursos ineficiente, que el proceso de mercado tiende a corregir.” (Sanford Ikeda, Subjectivism, en Peter J. Boettke, ed., The Elgar Companion to Austrian Economics, Northampton, Mass.: Edward Elgar Publishing Co., 1994, p. p. 28-29).

Jorge Corrales Quesada

jueves, 30 de junio de 2011

Jumanji empresarial: modelos agotados


En Costa Rica, no podemos seguir gobernando a partir de agotados modelos de desarrollo que no han diferido mucho de pasados modelos impulsados por gobiernos socialdemócratas, a partir de la constitución de la segunda república. O sea, que si lo que podemos esperar son ajustes menores a las políticas actuales, y cambios incrementales a las instituciones gubernamentales que actualmente están colapsando, más vale que estemos preparados para un aumento en los niveles de pobreza y desigualdad en el futuro cercano.

Los modelos actuales se basan en elementos plenamente perjudiciales para el individuo y la generación de riqueza. Esos elementos son: planificación centralizada de políticas económicas y locales, déficit fiscal expansivo con efectos negativos en los mercados, educación estatizada y estandarizada, política monetaria inflacionaria, proteccionismo selectivo, subsidios productivos obsoletos y clientelistas, subsidios sociales adictivos e inefectivos, sistemas de reparto de pensiones empobrecedores, impuestos altos y regresivos, política energética monopolística, política alimentaria en contra de los consumidores, espejismos chinos, aislamiento centroamericano, aumento en regulación inoperante, quimeras constitucionales y muchos otros modelos ya probados y fracasados al estilo socialdemócrata.

En la actual realidad económica, no se puede pensar en hacer el bien, a no ser que se esté dispuesto a asumir la debida responsabilidad, cometer errores y sobre todo asumir riesgos con ideas innovadoras. Pero estas ideas deben formarse alejadas de la presunción de conocimiento, arrogancia de la certeza y lanzamiento de un plan, característicos de los tradicionales discursos de los políticos contemporáneos. En las palabras de Hayek:

“Si una persona no desea hacer más mal que bien en sus esfuerzos por mejorar el orden social, tendrá que entender que, en este menester y en otros, en que la complejidad esencial y el orden espontáneo prevalecen, no se podrá nunca adquirir la totalidad del conocimiento necesario para dominar todos los eventos que surjan ni tampoco planificar resultados con certeza”.

Todo problema económico - es de hecho un problema de auto organización - y en todo problema de auto organización, se puede esperar falta de libertad, o falta de conocimiento o falta de derechos de propiedad. De acuerdo con este escenario, le conviene a los partidos políticos hoy en día, proponer agendas de liberalización que realmente le permitan a la sociedad, con conocimiento y propiedad, moldear su pensamiento y dar una respuesta ante los eventos inesperados e impensables que caracterizan el entorno socioeconómico contemporáneo. Si algo nos ha demostrado la actual crisis (y todos los eventos que han llevado a ella) es que los procesos económicos no se pueden evaluar y controlar con regulaciones y sistemas de medición estándar, ni podemos esperar que los gobiernos tengan la capacidad de actuar rápido y con total conocimiento de las variables como para buscar la reversibilidad de las cosas a un tiempo pasado que inevitablemente quedó atrás.

Esperar que un Estado pueda llegar a ser eficiente algún día, es decir que este puede llegar a ser evolutivo - como las necesidades de los individuos - y esto simplemente no es posible. Si pretendemos seguir tratando de satisfacer necesidades colectivas (planificadas) de manera arbitraria y a base de redistribución de riqueza, seguiremos aumentando los costos a los individuos que buscan satisfacer sus necesidades individuales evolutivas, y que buscan generar riqueza a la vez. ¡Y esto sí es una tragedia latina!.

Andrés Pozuelo

jueves, 13 de enero de 2011

Jumanji empresarial: La sociedad emergente


A pesar de la aparente tendencia al desorden que existe en la naturaleza, el universo o los sistemas socioeconómicos (como los pares de medias en una gaveta), reina un sorprendente orden en los sistemas complejos que observamos, siempre y cuando los observemos a distancia y sin intervenir en ellos. Las estrellas se agrupan en galaxias; las hormigas trabajan en conjunto en sus colonias; las especies interactúan formando ecosistemas; las neuronas coordinan, como luciérnagas en un arbusto, para producir el pensamiento; y los entes económicos intercambian bienes y servicios formando una infinita red de intercambio, o lo que conocemos con el nombre de economía. Vivimos en sociedades, donde –dadas las condiciones necesarias– emergen comportamientos sociales impredecibles pero increíblemente armoniosos. El orden emerge del desorden a nuestro alrededor, y solo nuestra intervención artificial como observadores y actores nos hace percibirlo bajo la forma de caos.

La sincronización es una característica persistente en el mundo de la materia y lo vivo. Hormigas individuales reaccionan a la manera de robots a las señales químicas de sus vecinos durante sus cortas vidas, mientras la colonia como un todo vive, madura y muere, semejante a un organismo autopoiético que trasciende cualquier individuo. Las células individuales y especializadas de nuestro cuerpo se comunican entre sí químicamente y se autodestruyen para que otras nazcan, pero la entidad – que es el “ser”– no deja de existir hasta que muere como un todo, dejando espacio para que otros seres vivan. Asimismo, en el sistema socioeconómico, diferentes entes económicos actúan en busca de su propio bienestar, interaccionando con los demás consumidores, de lo que emerge un proceso económico sincronizado. Inclusive la conciencia pareciera ser emergente de un aparente caos de neuronas que se comunican y retroalimentan a velocidades impresionantes, trabajando en coro a la hora de formar nuestra memoria y pensamiento.

A partir de este nuevo paradigma emergente, el reduccionismo clásico (entender al mundo, tratando de entender sus componentes) queda atrás, en el olvido. La auto organización pareciera ser inevitable en medio de las interacciones de los vecinos inmediatos (partículas, células, seres vivos) y no debido a la intervención artificial de actores a distancia y sin la información apropiada. Los sistemas complejos son, por naturaleza, libres de tomar más de un camino predeterminado hacia el futuro, de tal forma que se desvían de la acción mecánica y predecible. Todas las organizaciones, comunidades, sectores económicos, economías regionales y otros entes globales resultan, en esencia, complejos.

Si esto es cierto, entonces lo que los economistas estatistas y políticos contemporáneos hacen y deshacen, con el propósito de manipular los procesos económicos y sociales, solo estaría aumentado la entropía de los sistemas e impidiendo la autoorganización emergente y sincronizada, necesaria para el bienestar del ser humano. Gracias a esta hipótesis, podríamos concluir –en consecuencia– que la sociedad sincronizada emergente reclama un máximo de libertad y cercanía entre los individuos y, a la vez, una ausencia total de intervención de agentes políticos a distancia y ajenos a la comunidad.

Andrés Pozuelo Arce

martes, 5 de octubre de 2010

Carreteras sin reglas!!!!!!!



Definitivamente hemos sido criados bajo un ambiente de positivismo y constructivismo que hasta para liberales como nosotros nos termina afectando. Algo que sería increíble para muchos (inluídos nosotros) como lo es la existencia de carreteras sin señales ni reglas, hoy es una realidad en ciertas ciudades europeas. Un ejemplo más del fascinante alcance del orden espontáneo y de la riqueza y variedad de opciones con las que nos sorprende la libertad y el ingenio humano día con día.

viernes, 18 de junio de 2010

Viernes de recomendación


Para este Viernes de recomendación, en ASOJOD queremos ofrecerles un breve pero conciso ensayo de Friedrich Hayek titulado "Clases de orden en la sociedad", donde el autor explica la naturaleza del orden espontáneo como un sistema creado por la acción humana pero no por el diseño humano y expone cómo, a pesar de que esto es reconocido en el campo biológico, todavía existe reticencia a aceptarlo como una realidad en los campos social, económico y cultural.


jueves, 25 de febrero de 2010

Imitación, innovación y empresarialidad


El ser humano tiene dos importantes habilidades cognitivas complementarias, la capacidad de innovar y la capacidad de copiar: puede hacer algo nuevo, creativo; o puede imitar lo que ya existe, replicarlo. Las novedades exitosas pueden reproducirse, y a partir de múltiples copias pueden generarse más cambios que a su vez podrán copiarse de forma recursiva. La acción humana se desarrolla en una tensión permanente entre la permanencia y el cambio.

Imitar no es simplemente repetir lo que uno mismo ya ha hecho antes: se trata de copiar lo que ha hecho otro, observando, reflexionando, comprendiendo y añadiendo la nueva facultad o conducta al repertorio de habilidades propias. El aprendizaje suele requerir una fase inicial de atención consciente hasta que la tarea se automatiza y puede invocarse a voluntad o como un hábito que no requiere el esfuerzo de pensar.

Imitar conductas existentes más o menos generalizadas tiene sentido evolutivo: un comportamiento muy nocivo tiende a desaparecer al eliminar a sus agentes portadores, de modo que la simple existencia de algo muestra su capacidad de supervivencia; además, al ser la competencia un fenómeno relativo, hacer lo mismo que todos significa estar en terreno seguro y, al menos, no quedarse atrás. Para no malgastar recursos al resolver un problema, conviene averiguar si alguien lo ha resuelto ya antes; pero en ocasiones es mejor ignorar las respuestas de otros para así no restringir la imaginación y abrirse a la posibilidad de soluciones alternativas.

La innovación no surge de la nada: consiste en recombinar elementos previos para producir algo original, novedoso. La innovación es una tarea problemática: en algunos ámbitos, todas o casi todas las combinaciones posibles ya han sido generadas (al menos a cierto nivel de abstracción, como en el caso de los argumentos literarios, donde existe un número limitado de personajes y tramas ya explorados); en otros ámbitos, hay tantas combinaciones posibles que su generación y comprobación sistemática completa es prácticamente imposible y es necesario utilizar heurísticas (técnicas de búsqueda basadas en conocimiento experto) para reducir el espacio de búsqueda y los costes de la misma.

Innovar de verdad implica pisar terreno desconocido, arriesgarse a equivocarse, ensayar y errar a menudo hasta eventualmente acertar. Las innovaciones que funcionan suelen ser graduales, marginales, construyen sobre lo que ya existe e intentan mejorarlo, exploran ámbitos desconocidos pero cercanos a los ya dominados.

Las novedades pueden surgir accidentalmente, de forma inconsciente o no intencionada. Pero también pueden ser resultado de acciones intencionales: los emprendedores son personas proactivas, que se fijan objetivos y ponen en marcha proyectos para alcanzarlos, que imaginan formas mejores de hacer las cosas e intentan llevarlas a cabo. Un emprendedor puede actuar simplemente para satisfacer sus propios deseos de forma autónoma; pero, en general, los participantes en mercados con división de trabajo son productores especializados y consumidores generalistas. Los empresarios suelen intentar organizar nuevos proyectos productivos para servir a los demás: por un lado ellos mismos son causantes de cambios al crear y hacer crecer sus empresas, y por otro lado especulan intentando predecir las potencialmente diferentes condiciones del mercado en el futuro (preferencias y capacidades de los agentes económicos) para adaptarse a ellas.

El emprendedor es responsable del dinamismo y la coordinación del mercado: busca desajustes para aprovechar oportunidades de beneficio y su propia actividad origina situaciones diferentes con nuevas oportunidades. El emprendedor es el explorador que se arriesga, lanza su propuesta y se somete al juicio de los consumidores.

Los empresarios no suelen trabajar solos en sus proyectos. Son coordinadores de recursos humanos, necesitan contratar empleados, trabajadores que siguen indicaciones, obedecen órdenes. Todo ser humano puede ser empresario en principio, pero pocos lo son en la práctica: muchos no tienen el ánimo o la perspicacia necesarios, la capacidad de tomar decisiones bajo incertidumbre, o no quieren asumir riesgos.

La empresa es una aventura, algo heroico, pero lo épico es precisamente lo que se sale de lo ordinario. El empresario debe no solo enfrentarse a los competidores establecidos, a otros empresarios con diferentes innovaciones, y a los intereses creados que se sienten amenazados y preferirían que todo siguiera igual: también tiene que tirar con su entusiasmo y los incentivos adecuados de los trabajadores que carecen de su iniciativa y su ímpetu creador.

Francisco Capella

viernes, 18 de diciembre de 2009

Viernes de recomendación


En este Viernes de recomendación, queremos ofrecerles un entretenido pero efectivo texto titulado "Yo, el lápiz", de Leonard Read, donde se explica claramente el proceso del mercado y la utilidad del sistema de información que este genera para que los individuos puedan tomar decisiones económicas, al tiempo que aclara la metáfora de la "mano invisible" y explicita el concepto de orden espontáneo que tantas veces hemos usado en ASOJOD. Esperamos lo disfruten

viernes, 23 de octubre de 2009

Viernes de Recomendación


Este día les presentamos el ensayo: "La tradición del orden social espontáneo - Adam Ferguson, David Hume y Adam Smith" del prfoesor Ezequiel Gallo." Dicho trabajo muestra como estos autores desarrollaron una explicación distinta a la formación de las instituciones sociales, las cuales no surguían a partir de una intención deliberada sino a la luz de un orden espontáneo.

lunes, 5 de octubre de 2009

Tema polémico: Costa Rica es alérgica al orden espontáneo


Desde nuestra fundación, en ASOJOD hemos venido denunciando que en Costa Rica hay una alergia o una repulsión al concepto de orden espontáneo que brillantemente expuso Hayek. Vivimos en una sociedad que tiene la patológica necesidad de planificar cada movimiento, acción e interacción.

En reiteradas ocasiones, vemos como la frase "por la libre" se utiliza para referir a un descontrol, a una desregulación o a un problema que amerita la intervención del Estado, operado por una serie de funcionarios que están por encima del bien y del mal, característica que les permite dirimir los conflictos y encontrar la solución angelical a cualquier situación. Lo hemos visto con la producción, cuando los consumidores, libremente, deciden no adquirir un bien, lo cual genera la quiebra de un grupo de productores y, consecuentemente, motiva la intervención del Estado mediante subsidios, pues no puede dejarse "a la libre" la cuestión.

En el caso de la seguridad, tenemos el mismo problema. Dado que nuestros políticos han tendido a dispersar su campo de acción, forma educada de decir que han metido las narices en todo lado, el Estado costarricense ha descuidado su única función legítima: la seguridad. De ahí que, desde hace años, los individuos han procurado el resguardo de su vida y propiedad contratando servicios privados, pero esa actividad, como no puede dejarse "a la libre" ha tenido que ser regulada de alguna manera. Lo mismo ocurre en educación, salud, empresarialismo y cualquier otra actividad humana en nuestro país.

Esto, sin duda alguna, representa un serio problema en todo el sentido de la palabra. A nivel cultural y político, el miedo a la libertad que albergan los costarricenses se convierte en un cheque en blanco para que unos decidan por otros, para que unos utilicen a otros para conseguir sus fines, para que unos impongan y pisoteen. Es la puerta de entrada para la esclavitud de la mente, el momento cúspide de cualquier totalitarismo.

A nivel económico, obstaculizar que los individuos alcancen acuerdos voluntarios y actuén en consecuencia, genera terribles consecuencias. Se crea el incentivo perverso de que estos, al no permitírseles hacer las cosas por sí mismos, esperarán que otros las hagan por ellos. Ello genera una sociedad de free riders, individuos oportunistas a la espera de ver una víctima a la cuál puedan pegársele, cual rémoras, para obtener sus objetivos.

Pero además, aplasta la iniciativa y la innovación. Ejemplos claros de eso lo vemos en Costa Rica día con día, cuando nuestro Estado obstaculiza el empresarialismo. Tiempo atrás, cuando el cantón de Tibás sufría por la ineficiencia municipal en la recolección de basura, un hombre desempleado tuvo una maravillosa idea: con su camión, contrató a un par de muchachos y se dedicó a recoger basura a cambio de lo que los vecinos tuvieran a bien pagarle. Ambas partes se beneficiaban: los vecinos solucionaban el problema de la acumulación de basura y pestes, mientras que los recolectores recibían un ingreso para aportar a sus familias. No obstante, la Municipalidad de Tibas, por el miedo a dejar esa actividad "a la libre", impidió a los recolectores continuar con su actividad sino contaban con una patente y pagaban impuestos.

Más recientemente, ocurrió un caso con el ferrocarril: un hotelero de Barrio Otoya, preocupado por la pitoreta del tren que molestaba a sus inquilinos, contrató a un par de personas para que alertaran sobre el paso del tren y este no tuviera que hacer ruido. Tanto el INCOFER como los pasajeros del tren y los conductores de vehículos se beneficiaban al evitar choques, el hotelero conseguía el confort de su clientela y los trabajadores recibían un ingreso extra por avisar. Empero, el Director de la Policía de Tránsito, dijo que esa medida es inadecuada porque "no hay norma que la asista", olvidando incluso que el principio de autonomía de la voluntad consagrado en la Constitución Política, claramente establece que los individuos son libres de hacer lo que no les prohiba la ley. Una vez más, rechazo a que las personas, libre y voluntariamente, desarrollen sus actividades.

Ejemplos como estos abundan y podríamos plasmarlos en este Tema polémico, pero con el problema de convertir esto en un texto infinito. Los que explicamos, prueban perfectamente nuestro punto y sirven para advertir el gran peligro que representa la patológica necesidad de planificación, control y regulación que albergan casi todos los costarricenses en sus cabezas. El paso para que pasemos de un sistema como el actual a uno donde las fugas de la libertad sean cada vez más grande, es muy pequeño, por lo cual, en ASOJOD queremos hacer una advertencia para que las personas reflexionen sobre esto.

martes, 21 de julio de 2009

Debe un liberal obedecer a la Real Academia?


Qué piensan los estimables lectores? Es constructivista la Real Academia Española (RAE)? Deberíamos abrazar la anarquía en materia de lenguaje? Hay que obedecer en todo a la RAE? Sólo en parte? En qué parte?

viernes, 3 de julio de 2009

Viernes de recomendación


El día de hoy hemos escogido no un artículo, sino una publicación: Se trata de la Revista Digital Orden Espontáneo del Centro Adam Smith de la Fundación Libertad de Argentina. En esta primera publicación se han incluido cuatro artículos, dos de los cuales tratan específicamente sobre la visión austríaca de la recesión económica.

viernes, 12 de junio de 2009

Viernes de Recomendación

En este artículo Jacco Seumeren analiza las principales características del orden espontáneo en el pensamiento de Friedrich Hayek. 

viernes, 12 de diciembre de 2008

Viernes de Recomendación


Este día les presentamos el ensayo: "Los errores del Constructivismo" por Friedrich Hayek. En este artículo el economista de Viena, critica la tradición del racionalismo carteseano, bajo la cual la sociedad se presenta como una máquina debidamente aceitada, donde los mecánicos debidamente calificados pueden modificarla, construirla y desarmarla como tengan a gusto a través de una "razón" infinita (ingeniería social utópica, Popper). Frente a esta forma de analizar los sistemas complejos, Hayek propone el orden espontáneo, como una manera más humilde y esclarecedora para comprendrer las complejas interacciones que se realizan entre los individuos.

martes, 7 de octubre de 2008

El poder del mercado


Los enemigos de la libertad económica están felices. Ven la actual crisis financiera estadounidense y europea como la demostración de la superioridad del socialismo planificador sobre el mercado. Celebran el entierro de algo muy confuso a lo que llaman ‘neoliberalismo’, y sueñan con implantar gobiernos fuertes que dirijan las actividades económicas y controlen el aparato productivo mediante un enjambre de funcionarios brillantes y bienintencionados de la estirpe ideológica de Hugo Chávez, Evo Morales y Daniel Ortega, dedicada a construir el bienestar de la sociedad por medio de sus impulsos altruistas.

El error intelectual surge de no entender lo que es el mercado. En las sociedades en las que existe propiedad privada y funciona el Estado de derecho, millones de personas toman constantemente billones de decisiones en busca de la satisfacción de sus necesidades, dando lugar a lo que el premio Nobel F. Hayek llamaba ‘el orden espontáneo’, una organización más apta para crear riquezas, asignar bienes y servicios y disminuir los niveles de miseria, que las colmenas dirigidas por los ingenieros sociales.

Por supuesto que ese orden espontáneo no es perfecto, ni produce un equilibrio económico, dado que no hay nada más revolucionario y, a veces, impredecible que el mercado, pero los errores, crisis y contramarchas forman parte del método habitual de trabajo y aprendizaje en las sociedades libres.

Los individuos y las empresas, en su afán de competir por las preferencias del consumidor, recurren al aleccionador método de tanteo y error, exploran diversas intuiciones e hipótesis, e intentan estrategias guiados por los aciertos y por los descalabros, hasta alcanzar el triunfo o hundirse en el fracaso, dos resultados que generalmente son provisionales.

De las 100 empresas principales que existían en EE.UU. a mediados del siglo XX, sólo veinte sobreviven hoy en posiciones dominantes. Las ochenta restantes se consumieron en la ‘destrucción creadora’ del mercado, como muy gráficamente señaló Joseph Schumpeter, pero no sabemos cuántas nuevas y valiosas iniciativas surgieron de las cenizas de los empeños que no llegaron a buen término.

Lo que sí podemos asegurar, a principios del siglo XXI, es que en las naciones del primer mundo, organizadas en torno al mercado son más ricas, saludables y educadas que la que existía a mediados del XX, pese a las guerras, las crisis cíclicas, las catástrofes naturales y las estupideces periódicamente cometidas por los gobernantes y por los individuos de la sociedad civil.

¿Cómo se produjo este avance en medio de tantos disparates y calamidades? Muy sencillo: el orden espontáneo tiene un efecto cicatrizador asombrosamente efectivo, algo que no debemos olvidar en medio de la llamada “crisis de las hipotecas”.

Carlos Alberto Montaner

viernes, 1 de agosto de 2008

Viernes de Recomendación


Este día les presentamos el ensayo de Friedrich Hayek: "El Atavismo de la Justicia Social." En el cual Hayek ataca la noción de "justicia social" calificándola de fórmula vacía, además rastrea sus orígenes a las formas de organización tribal de la vida humana.

viernes, 18 de abril de 2008

Viernes de recomendación


En ASOJOD queremos presentarles un extraordinario ensayo del Premio Nobel de Economía Friedrich Hayek, llamado El uso del conocimiento en la sociedad, en donde explica que el sistema de precios se ha desarrollado por orden espontáneo y no por la planificación de algún ente, puesto que la información está dispersa y sólo cada individuo puede tomar las decisiones transaccionarias.

martes, 15 de enero de 2008

¿Qué hacen los políticos?


El joven senador Barack Obama se ha convertido en la gran revelación de los comicios estadounidenses. No solo porque es el primer candidato afroamericano con serias posibilidades de convertirse en presidente, sino porque dice encarnar el cambio que supuestamente necesita la sociedad norteamericana. Entre los republicanos, Mitt Romney, un exitoso empresario mormón, exgobernador de Massachusetts, quintaesencia delestablishment económico y político del país, se propone como mandatario alegando exactamente el mismo argumento: asegura representar el cambio. Parece que la palabra tiene una gran acogida entre los electores.

Los dos, tal vez, se equivocan. La función de los políticos norteamericanos no es generar los cambios, sino regularlos. Los cambios económicos los produce la propia dinámica interna de la sociedad civil. Se llevan a cabo por medio de las decisiones libremente tomadas por millones de ciudadanos emprendedores y laboriosos que son los que espontáneamente determinan la dirección y la velocidad en que se mueve el país. Los hacen en los laboratorios, en las fábricas, en las empresas, en las universidades. Los verdaderos artífices de los cambios son los investigadores, los científicos, los grandes ingenieros, los gerentes creativos, los empresarios agudos, los pensadores que en cada centro educativo remodelan día a día el conocimiento. Los cambios sociales los impulsan (o los frenan) los medios de comunicación, las iglesias, las ONG, los sindicatos, las organizaciones de estudiantes y los diversos grupos de interés.

Certeza de dictaduras. Los políticos, ante esa incontrolable dinámica, absolutamente impredecible, solamente pueden administrar y hacer reglas. Si las reglas son acertadas, benefician al conjunto de la sociedad, impiden los atropellos, evitan las injusticias flagrantes y consiguen facilitar la implantación de los cambios. Si se equivocan, las consecuencias pueden ser totalmente negativas y se convierten en una verdadera rémora. Pero no corresponde a los políticos la tarea de cambiar el destino de los pueblos, entre otras razones, porque en las sociedades libres nadie sabe hacia dónde debe desplazarse la población. Esa monstruosa certeza solo se tiene en las dictaduras socialistas, dotadas de una sola cabeza, donde los grandes artífices de la ingeniería social, utilizando como correa de transmisión a ciertos grupos de oscuros funcionarios, generalmente precedidos por unos fanáticos iluminados, creen saber hacia dónde debe marchar la sociedad, y arrean al pueblo en esa dirección a punta de látigo y calabozo, ahogando de paso el espíritu emprendedor, mientras arrancan de cuajo cualquier vestigio de genuina creatividad

Lucha tenaz. La mera existencia de un fenómeno como Obama prueba esa afirmación. Fue la lucha tenaz de los cuáqueros y de los abolicionistas en el siglo XIX, retomada luego por Martin Luther King a mediados del XX, donde se generó la posterior legislación integracionista de Lyndon Johnson que hoy, felizmente, permite que Obama sea una opción viable para los electores americanos. Lo que cambia a Estados Unidos es el tren, el teléfono, la aviación, la píldora anticonceptiva, las computadoras o la clonación –entre otros centenares de innovaciónes–, y todos esos hitos tecnológicos surgen en el seno de la sociedad civil y precipitan al país en una dirección hasta entonces insospechada, provocando consecuencias tremendas en todos los órdenes de la convivencia, ante las cuales tienen que reaccionar los políticos. Esa es la virtud de las llamadas sociedades abiertas, donde el Estado no dirige ni planifica, sino se limita a regular equitativamente. Es de este orden espontáneo de donde surge la inmensa fortaleza y la increíble capacidad para generar riqueza de una nación como Estados Unidos.

Pero hay otra paradoja: a veces los grandes cambios, aun siendo benéficos, crean graves problemas que sí deben enfrentar los políticos. Un caso típico es el desarrollo de la farmacología y de los carísimos equipos de diagnóstico. Gracias a ellos, hoy las personas tardan más en morir –el verdadero cambio es el aumento de la longevidad–, pero esos últimos años son terriblemente onerosos y nadie sabe cómo hacerles frente, porque casi todo enfermo desea prolongar su vida a cualquier costo. La función del político, pues, es encontrar la forma de regular este cambio de la manera más razonable y eficiente posible, dentro de las limitaciones que siempre impone el presupuesto. Y la labor del elector, claro, consiste en tratar de identificar qué político es capaz de hacer mejor esa y otras parecidas tareas. No es fácil.

Por Carlos Alberto Montaner

jueves, 13 de diciembre de 2007

Una cultura de largo plazo


Los políticos actuales son dados a soluciones fáciles, a visiones de inmediato-plazo, todo lo que significa bonos políticos ahora, aun a expensas del si estas medidas generen beneficios en el largo-plazo. Antes podría ser un programa de estabilización emergente, ahora se vocifera al azar sobre prevenir el calentamiento global.

En su versión política, tenemos el control de contenidos que pretendería ejercer el nuevo iluminati electoral. Esta arrogancia, esta actitud de supremacía intelectual, ya sea en materia política o en materia económica, o incluso cualquier otra materia, es la fuente principal del “síndrome del chupacabras”: todo lo malo es culpa de un factor externo, que está fuera de nuestro control. Todo lo bueno es gracias al político iluminado con su gama de voluntarismos, de varitas mágicas, de soluciones al instante.

Por ello, quizás, acabamos “rezándole a la Virgen de Guadalupe” que no haya una desaceleración económica, o que se acabe la llamada “agro-inflación” o que se estabilicen los petro-precios, o, incluso, que no caigamos en otra crisis. El dilema capital, tanto hoy como mañana, es cómo cultivar una cultura política que mire hacia el largo plazo, que sea consciente sobre de la ley de las consecuencias no intencionadas.

Mirar hacia el largo plazo significa, entre otras cosas, tomar en serio la posibilidad de desarticular el monopolio sindical sobre la educación, y abrir este sector a la inversión y la competencia. Significa, también, tomar en serio la posibilidad de realizar una reforma verdaderamente estructural en el sector energético. Las formas, y la ingeniería, de estos (y muchos otros) cambios, requieren imaginación, creatividad y un análisis centrado de los riesgos presentes y los retos futuros. En varias ocasiones, tanto en este foro como en otros espacios, hemos demostrado que sí existen estas fórmulas—y que no se vale ampararse con la comodidad de la falsa disyuntiva entre “posible” sobre lo deseable.”

Sin duda, esta visión de largo plazo también requiere humildad, o sea, requiere no caer en la trampa de las varitas mágicas o las soluciones instantáneas. Pero no por ello se debe renunciar a trabajar lo “deseable.” El principio más importante que hemos aprendido en materia de economía política es que nuestra ignorancia de las cosas supera, por mucho, nuestro conocimiento de las mismas.

En las palabras de Bill Emmott, antes editor-en-jefe del semanario The Economist, los llamados hacia una utopía son peligrosos, pero igual los presupuestos de conocimiento ante la realidad socioeconómica del momento. Es mejor un proceso de ensayo y error que una imposición por un político iluminado, hasta “católico voluntarista.”

Ello conlleva una paradoja, la paradoja de apreciar el largo-plazo: cuando creemos haber encontrado soluciones a nuestros problemas, lo primero que debe asustarnos, afirma el mismo Emmott, es nos creamos nuestras propias mentiras de que disponemos del poder político para llevar estas soluciones al campo de la vida real.

Vaya, igual de peligroso puede resultar un “católico voluntarista” que un mesías tropical, o que un legislador que genuinamente se cree la perfecta idiotez de poder regular el contenido de una contienda electoral.

Roberto Salinas León