Mostrando las entradas con la etiqueta mercado. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta mercado. Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de marzo de 2016

Viernes de recomendación

Para esta ocasión queremos compartir el artículo "Riqueza, conocimiento y derechos individuales" del escritor Enrique Blasco Garma, en el cual nos habla sobre el funcionamiento del mercado a partir de actores que cuentan con información incompleta pero que, a partir de su interacción y de la convergencia entre oferta y demanda, logran tomar decisiones beneficiosas para sí mismos y, sin pensarlo, para los demás.

martes, 20 de enero de 2015

La columna de Carlos Federico Smith: un caso reciente de externalidades en Costa Rica

El tema de las externalidades es muy interesante en el pensamiento económico. Una definición sencilla de ellas puede ser la siguiente: Beneficio o costo de la producción o del consumo que se genera sin que haya compensación para quienes no compran ni venden el producto. Se dice que hay una externalidad positiva, cuando un individuo obtiene un beneficio sin pagar por la producción o consumo realizado por otros individuos. Por ejemplo, un poseedor de colmenas se beneficia cuando el agricultor vecino cultiva manzanas que alimentan a las abejas. Hay una externalidad negativa cuando se impone un costo sin compensación alguna a terceros, por la producción o consumo de otras partes. Por ejemplo, una industria arroja químicos que contaminan un río, matando los peces que aprecian y buscan los pescadores. A estas circunstancias se les suele llamar “fallas de mercado”, pues es una situación en que el mercado falla a la hora de lograr la eficiencia; es decir, se produce menos de lo que socialmente se espera de un bien (externalidad positiva), como es el caso de que más manzanas beneficiarían al dueño del apiario (externalidad positiva y noten que en este caso hay una externalidad recíproca, pues más abejas producen más manzanas) y más de lo socialmente necesario en el caso de la externalidad negativa (se desea menor contaminación del río).

No sé por qué llamarlas “fallas de mercado”, pues es muy posible que las partes se puedan poner de acuerdo libremente, como sucede en un mercado. Muy propio de nuestro ejemplo de las abejas y los manzanos, es el estudio clásico y práctico de Steven N. S. Cheung, “The Fable of the Bees: An Economic Investigation,” en Journal of Law and Economics, 16, abril de 1973, quien señala que “Contrario a lo que la mayoría de nosotros puede haber pensado, las florescencias del manzano producen poco o nada de miel. Pero es cierto que las abejas proveen valiosos servicios de polinización para los manzanos y otras plantas, y que muchas otras plantas rinden cosechas lucrativas de miel. En todo caso, se mostrará [en este artículo] que los acuerdos de precios y contratos que se observan en relación con el manejo del néctar y de los servicios de polinización, son consistentes con una asignación eficiente de recursos”. (P. 13). Y concluye su trabajo en que “es cierto que los costos involucrados en la aplicación de los derechos de propiedad y en la formación de contratos, harán que el mercado funcione diferentemente de como lo haría sin que existieran tales costos. Y pocos podrían negar que el gobierno ofrece algunas ventajas económicas. Pero es igualmente cierto que cualquier acción gubernamental puede ser justificada con base en argumentos de eficiencia por el simple expediente de hipotetizar costos de transacción lo suficientemente altos en el mercado y costos suficientemente bajos del control gubernamental.” (P. 33).  En dos palabras, la experiencia señalada por Cheung expresa la posibilidad de que haya contratos mediante los cuales los dueños de las colmenas son libremente compensados por la contribución que sus abejas hicieron a la producción de manzanas, con lo cual básicamente queda resuelto el problema de externalidades y de fracaso del mercado.

Hago este señalamiento porque la posibilidad de que surjan acuerdos en casos de externalidades debe ser tomada en cuenta, cuando se habla de la necesidad de la intervención del estado para resolver el problema, ignorándose muchas veces que esa intervención gubernamental no sólo otorga beneficios al corregir presuntos problemas con el mercado en el caso de externalidades, sino que normalmente esa intervención tiene costos que deben ser incluidos en el análisis de cada caso concreto.

El periódico La Nación del 27 de octubre narra un caso interesante de externalidades negativas en su análisis titulado “Familia sufre por desidia estatal para poner fin a ruidosa fábrica: ninguna entidad logró que empresario de Oreamuno cumpliera orden de cierre.”

¿Cómo se resuelve el problema de las externalidades? Apliquemos las ideas al respecto en este caso. Obviamente la mejor solución es que las partes se pongan de acuerdo, en este caso acerca de la magnitud o severidad de la externalidad negativa por el ruido causado. Se supone que acordarían una compensación, de manera que la familia acepte una satisfactoria por el ruido de que son objeto. Puede ser que la empresa productora del ruido acceda a poner un amortiguador de sonido, de manera que no moleste a la familia o que haya una solución intermedia satisfactoria: medidas para reducir el ruido y un pago monetario por la molestia. Las partes se supone que así quedan mutuamente satisfechas con el resultado acordado libremente.

Pero, ¿qué pasa cuando no se llega a un acuerdo entre las partes? En ese caso podría haber entidades privadas (por ejemplo, un religioso o un anciano respetable, o un grupo en una pequeña comunidad, etcétera) mediante cuya intervención las partes podrían llegar a un acuerdo feliz. A veces tampoco eso se logra y es cuando se acude al estado. Como hay diversas jerarquías políticas -gobierno local o municipal, luego una oficina ministerial dependiente del Poder Ejecutivo y, finalmente, un tribunal nacional e incluso hasta uno internacional, si fuere el caso- es de esperarse que inicialmente el arreglo sea propuesto, tanto por razones de economía procesal, como por la familiaridad física, en el marco de un gobierno local. Si aún con la intervención legal de éste, no se llega a tal acuerdo, hay la posibilidad de que administrativamente lo resuelva o conduzca a un acuerdo de las partes, el accionar del Poder Ejecutivo, por medio de un ministerio, por ejemplo. Si tampoco se llega a una solución y acuerdo entre las partes, quedan los tribunales. Tal parece ser la forma en que en el país, mediante diversos niveles decisorios, se pretende resolver conflictos de esta naturaleza.

En el caso de referencia, una familia de Oreamuno de Cartago, que vivía en su casa sin problemas de ruido, de pronto se vio afectada por el fuerte escándalo proveniente de una fábrica que se construyó al lado. Me imagino que inicialmente no hubo una solución o acuerdo privado entre las partes, de manera que el asunto se buscó resolver o conciliar en el ámbito municipal. En la redacción del fallo del magistrado Ernesto Jinesta Lobo, según lo que señala La Nación, se indica que “la fábrica no tuvo permiso sanitario de funcionamiento, pero operó con un permiso del Servicio Nacional de Salud Animal (SENASA; dependencia del Ministerio de Agricultura; esto es, del Poder Ejecutivo) que fue cancelado en setiembre del 2013.” Asimismo, el magistrado dijo que en la documentación oficial consta que, aunque Salud (otra institución del Poder Ejecutivo) dispuso “la clausura total y definitiva de la fábrica”, se pusieron los respectivos sellos en algunas puertas de la fábrica, pero en otras no.

En síntesis, no se pudo llegar a un acuerdo privado; el gobierno local no actuó con la celeridad que debía de haberlo hecho y el Poder Ejecutivo, una vez más, mostró su ineficiencia, cuando incluso hubo momentos en que dos entes integrantes de dicho poder tomaron acciones diferentes en torno al permiso para operar. Como dijo el abogado de la familia afectada, “La Sala (Constitucional) determinó que efectivamente había violaciones constitucionales por la inoperancia del Estado. Hay un montón de daños, no sólo a la salud, sino perjuicios económicos que hay que cobrárselos al Estado.” Simplemente, habrá una demanda justificada contra la Municipalidad y el Poder Ejecutivo por ineficientes. Por supuesto que, en caso de tener que pagar por su irresponsabilidad, el costo lo absorberemos todos los costarricenses. En palabras de economistas, el beneficio de la acción estatal para resolver el problema de la externalidad fue sobrepasado por los costos de su intervención.

Si el amigo lector cree que hasta aquí llegó la angustia para la familia, pues tristemente se equivoca.    De acuerdo con la dueña de la casa, a pesar del fallo de la Sala IV, el  1º de mayo tuvo que irse de ella: “Ese día la vida de la familia se suspendió. Tenemos una deuda con el banco, no podemos vender, ni dejar de pagar, ni tenemos dinero para comprar otro lote…”, señaló la afectada.

Este ejemplo muestra, entre otras cosas, la impreparación del estado para resolver eficientemente este tipo de casos, cuando no surge un acuerdo privado previo entre las partes y se tiene que acudir a los distintos estamentos del estado en busca de una resolución del conflicto. La tomada por el juez parece ser la correcta y afortunada, si bien la parte perdidosa no cesó de inmediato su daño a terceros, con lo cual se habría resuelto definitivamente el litigio y, por ende, el problema. El caso es muy interesante, pues es muy posible que a futuro surjan más y más problemas de esta índole, que ojalá pudieran ser resueltos mediante acuerdos privados, que incluso hasta resultarían ser menos onerosos para las partes. Pero, de no ser así, la función del estado es resolver el conflicto entre las partes de manera pronta y eficiente, pero, al menos en las instancias gubernamentales, tanto local como nacional, eso no parece haber sido así. Nunca debemos olvidar que la acción del gobierno tiene costos, que deben formar parte del acuerdo que permita resolver situaciones de externalidades. En sencillo, tal como se dice que hay “fracasos del mercado”, también hay “fracasos del estado”. Ello porque se cree que la intervención no tiene costo alguno.

Puede ser apropiado el consejo de un estudioso de estos asunto, Tyler Cowen, quien señala que “las imperfecciones de las soluciones de mercado a problemas de bienes públicos deben ser sopesadas contra las imperfecciones de la soluciones de un gobierno [se refiere a que las externalidades es uno de los argumentos usados para que el gobierno se involucre en la provisión de bienes llamados públicos en que es difícil excluir de su disfrute a individuos que no pagan por él, como sería el caso de, por ejemplo, un faro en la costa en donde se pague o no por los barcos, se disfruta del servicio, por lo cual algunos han argüido como necesaria la provisión pública de faros]. Los gobiernos descansan en burocracias y tienen pocos incentivos para servir a los consumidores. Por lo tanto, producen ineficientemente. Es más, los políticos pueden suplir los bienes “públicos” de forma tal que sirva a sus propios intereses, en vez de los intereses del público; hay legiones de ejemplos de desperdicio en el gasto gubernamental y de proyectos gubernamentales que tienen adicionados una serie de fondos para otros proyectos que no tienen nada que ver con el proyecto original [pork-barrel projects en inglés]. Los gobiernos a menudo crean un problema de consumidores forzados al obligar a la gente a brindar apoyo a proyectos que no desean. Las soluciones privadas para los problemas de los bienes públicos, cuando sean posibles, usualmente son más eficientes que las soluciones gubernamentales.” Tyler Cowen, “Public Goods and Externalities” en David R, Henderson, editor, The Concise Encyclopedia of Economics, Library of Economics and Liberty, Liberty Fund. 

Jorge Corrales Quesada

martes, 16 de septiembre de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: el capitalismo y la discriminación

Debemos tener presente que el libro de Milton Friedman, Capitalismo y Libertad, vio la luz en 1962, época en la cual en los Estados Unidos había un fuerte movimiento en contra de la discriminación, principalmente índole racial. Me imagino que, por tal razón, Friedman, siempre atento a brindarnos luces en temas complejos, acudió a escribir un capítulo titulado “El Capitalismo y la Discriminación”, posiblemente teniendo en mente algunas acusaciones que pretendían asociar la discriminación racial con el orden económico conocido como capitalismo. 

Friedman escribe: 

“Creo firmemente que el color de la piel de un hombre o la religión de sus padres no son, en sí mismos, razones para ser tratados diferentemente; que un hombre debería ser juzgado por lo que es y lo que hace y no por sus características externas. Deploro lo que me parece ser el prejuicio y la estrechez de miras de aquellos cuyos gustos en tal sentido difieren de los míos y por ello tengo poca consideración por ellos. Pero en una sociedad basada en la libre discusión, el remedio apropiado para mí es buscar cómo persuadirlos de que sus gustos son execrables y que deberían de cambiar sus puntos de vista y su comportamiento, y no utilizar el poder coercitivo para imponer a otros mis gustos y mis inclinaciones.” (Milton Friedman, Capitalism and Freedom, Chicago: The University of Chicago Press, 1967, p. 111).

Friedman empieza reiterando que el capitalismo ha estado acompañado por una baja importante de la discriminación debido a razones religiosas, raciales o por pertenecer a ciertos grupos sociales. Para él, esa disminución no es algo que se pueda separar de la esencia competitiva del capitalismo verdadero. Por tal razón, indica que uno de los factores que inicialmente contribuyó de manera significativa a esa reducción de la discriminación, se encuentra en la sustitución de acuerdos económicos que previamente se celebraban en función del estatus de los participantes, por nuevas formas de arreglos más bien basados en la conveniencia del contrato. Esto es, que las partes voluntariamente convenían en realizar transacciones, mediando principalmente el beneficio económico que con ellos logran las partes partícipes del acuerdo. No hay duda de que hay una mayor y virtuosa anonimidad en ese tipo de contratos, si se les compara con acuerdos logrados con base en otros elementos, tales como familia, religión, procedencia, posición social, color de la piel, coincidencia política, entre muchos otros etcéteras. La mutua posibilidad de obtener mayores beneficios mediante una libre transacción privada es el leitmotiv que induce a la cooperación voluntaria, en contraste con un acuerdo que es llevado a cabo por otras razones, las cuales en principio podrían ser indeseables, además de menos rentable, para alguna de las partes involucradas. 

Para Friedman, “los costos de discriminación en cualquier sociedad son las áreas que, en su idiosincrasia, están más sujetas al monopolio, en tanto que la discriminación en contra de grupos específicos raciales o religiosos, es menor en aquellos sectores en donde es mayor la libre competencia.” (Ibídem, p. 109). A pesar de ello, es frecuente encontrar, principalmente entre personas que forman parte de ciertos grupos objeto de discriminación, un desprecio hacia el capitalismo, al atribuirle, en algún grado, la causa de su circunstancia, sin ponerse a pensar que, más bien, en gran parte es el capitalismo el que les ha permitido grandes avances para eliminar tan indeseable situación.
La razón de eso es que el capitalismo separa lo que es la eficiencia económica de otros factores no significativos. Usualmente, en un orden de mercado competitivo, el consumidor no sabe si el producto que adquirió libremente es producido en todo o en una parte por un negro, o por un judío o por un cristiano o por quien sea. Aún menos lo logra saber en un mundo globalizado, como el actual, en donde resulta muy difícil conocer la proveniencia de las partes que integran el bien que se ha adquirido, así como tener conocimiento de características particulares, como las antes citadas, de quienes los han producido. Una vez más, el mercado despliega un anonimato virtuoso.

Decíamos que una característica del capitalismo competitivo es el incentivo para separar la eficiencia económica de otras características de las personas. Por ejemplo, si un empresario, en vez de actuar con base en un criterio imparcial como es la productividad del trabajo, decide considerar otros elementos para llevar a cabo una contratación que se alejara de aquél criterio de óptimo productivo, tendría como una consecuencia de ello que sus costos de producción resulten ser mayores y, en un mundo en competencia, habría fuerzas que tenderían a que ese empresario quede fuera de dicha actividad económica. Discriminar implica tener un costo mayor. Incluso si un consumidor desea no adquirir un bien, porque es producido por alguien que juzga debe ser discriminado, tendrá entonces que pagar un precio mayor comparado con un bien que es producido por otra persona que no es objeto de su discriminación y que presuntamente es menos productivo que el primero; o sea, quien no discrimina cuando consume un producto, lo puede conseguir más barato. Quien discrimina, reduce su ámbito de posibilidades y ello se traduce en costos relativamente mayores.

En lo que concierne a legislación para tratar de impedir la discriminación y lograr lo que se conoce como “un empleo justo”, Friedman hace la siguiente observación que merece ser tomada en consideración. Dice: 

“Hay un caso fuerte a favor de usar al gobierno para impedir que la persona imponga un daño positivo; es decir, para prevenir la coacción.” Daño positivo lo define Friedman como el que un individuo le ocasiona a otro mediante la fuerza física o forzándolo a aceptar un contrato que no es de su consentimiento. Agrega: “Del todo no hay un caso en favor de usar al gobierno para evitar el segundo tipo de ‘daño’”. El segundo tipo de perjuicio o lesión es para Friedman el daño negativo, que se presenta cuando dos individuos no son capaces de llegar a un acuerdo mutuo aceptable. Así, en este segundo caso, “por el contrario, la intervención gubernamental reduce la libertad y limita la cooperación voluntaria.” (Ibídem, p. 113).

Por tal razón, Friedman señala como inconveniente que se imponga legislación que obligue  a emplear a personas con base en el color de su piel, de su religión, de su nacionalidad u origen o de algo similar. Dice que 

“el recurso apropiado para nosotros creyentes en que un criterio particular, tal como que el color, es irrelevante, consiste en persuadir a nuestros conciudadanos para que piensen de manera similar, sin acudir al poder coercitivo del estado para forzarlos a que actúen de acuerdo con nuestros principios.” (Ibídem, p. 115).

Jorge Corrales Quesada

martes, 3 de junio de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: planificación y libre mercado.

Hace buen rato que no tenía noticias de don Carlos Manuel Echeverría, persona por la cual guardo aprecio, en especial por su acuciosidad intelectual y su don de gentes. Por ello me alegró mucho poder leer su interesante artículo “Contribuyendo a ‘El Gran Debate’”, publicado en La Nación del pasado 28 de mayo del 2014.

Como es un tema que me interesa, aunque en el pasado, al igual que hoy, planteo divergencias en cuanto al enfoque de don Carlos Manuel, acerca de la relación que hay entre un mercado libre y la planificación estatal.  

Pero debo empezar refiriéndome a una afirmación que él hace en su artículo en mención. Dice que “…en la práctica el mercado ha probado que sin regulación no es tan efectivo, ni para lograr que el individuo consiga su libertad, ni para generar bienes y servicios efectivamente, con efectividad. La tesis de Hayek vale en aquella economía donde la competencia perfecta es la norma; o sea, donde ningún vendedor y ningún comprador son tan fuertes en términos relativos a los otros y entre sí, como para manipular los precios y hasta ciertas características de los bienes y servicios si se les deja sin regulación”. 

Eso sí, inmediatamente antes del párrafo transcrito, don Carlos Manuel reconoce que “teóricamente concuerdo con Hayek”, lo cual me da la oportunidad para comentarle lo siguiente.

En primer lugar, para mí es muy satisfactorio que conceptualmente esté de acuerdo con Hayek. Por lo tanto, la discusión acerca de los méritos comparativos de un orden de mercado, como el postulado por Hayek, debe ser contrastado con un orden socialista, lo que nos lleva a la vieja discusión de la imposibilidad del cálculo en la economía socialista, que tuvieron, principalmente, Lange, Lerner, Taylor y otros socialistas, por un lado, y von Mises y Hayek, por el otro. Me parece que la importancia de la existencia de precios para lograr la eficiencia económica quedó plenamente establecida en el pensamiento económico moderno, en especial porque una simple simulación de mercados (algo así como un sistema simulado de ecuaciones), como proponían los socialistas, no daría el resultado deseado, pues no existirían sistemas genuinos de competencia y de empresariedad bajo un socialismo, tal que pudiera revelar los precios que definan la asignación de los recursos, como exitosamente arguyó Hayek en su momento.

En segundo lugar, al señalar don Carlos Manuel que “un mercado sin regulación no es tan efectivo” para una generación de bienes y servicios, lo que entonces se requeriría es que se compare esa capacidad del orden de mercado en la realidad, con el socialismo también en la realidad, al igual que antes se hizo teóricamente en el debate acerca de la imposibilidad del cálculo en la economía socialista. Creo que, en la práctica, con todo y sus imperfecciones, el capitalismo u orden competitivo de mercado -con el conjunto de defectos que don Carlos Manuel nos podría indicar- habría generado, en el período relevante previo a la caída del socialismo, una mayor producción y una mayor tasa de crecimiento de su producción, en comparación con lo que habría sucedido en las más importantes economías socialistas. Esta es una razón primordial por la cual, por ejemplo, terminó disuelto el antiguo orden socialista de la Unión Soviética formalmente el 26 de diciembre de 1991; sistema que fue creado a partir de la Revolución Rusa en 1917. De paso, fue Mises, -en su libro El Socialismo escrito en alemán en 1922 tan sólo tres años después de aquella revolución- quien predijo la desaparición de ese orden socialista, básicamente por el problema de su incapacidad de disponer de un sistema apropiado de señales (precios), que permitiera definir sus costos y los resultados de sus decisiones económicas.

En tercer lugar, hay regulación y… regulación. Posiblemente la regulación, como la propuesta por muchos teóricos del capitalismo, dirigida a compensar problemas significativos de externalidades, siempre y cuando se considere el costo que tiene intervenciones estatales como aquellas, así como por la ausencia de propiedad (the commons), entre otros, por lo general ha llegado a ser aceptada. Pero hay otro tipo de intervención, que pretende asignar los recursos según sea la voluntad de un político de turno, que más bien distorsiona las señales del mercado lográndose con ella resultados inconvenientes y consecuencias no previstas. Me atrevo a pensar que, por ejemplo, en la reciente crisis de los Estados Unidos a partir del 2008, mucha de la regulación del sector financiero que se había venido aprobando, fue un factor que más bien contribuyó significativamente a que se presentara. Sé que, al leer esto, alguien pronto saltará y dirá que más bien el problema se originó por la “falta de regulación” y de la “adecuada”. Pero, como escribió Thomas Sowell (The Housing Boom and Bust, 2009), “el juego de ‘echar los muertos a otros’ inmediatamente empezó, diciéndonos los medios y los políticos que el problema fue que el mercado se dejó sin regulación y que ahora el gobierno tenía que entrar”. Continúa Sowell, “El desarrollo de laxitud en los estándares crediticios, tanto por los bancos como por Fannie Mae y Freddie Mac detrás de los bancos, surgió no de una carencia de regulación y supervisión gubernamental, sino precisamente como resultado de las regulaciones y la supervisión estatal, dirigidas hacia la meta políticamente popular de mayor ‘propiedad de viviendas’ a través de ‘una vivienda que se pudiera pagar’, especialmente por compradores de casas de ingresos más bajos”. (P. 57. Las letras en cursiva son del autor)

El punto crucial no es retóricamente decir que la “regulación” es necesaria. Lo importante es especificar qué tipo de regulación es la que conviene. Eso espero yo de quien diga que, “sin regulación” el mercado “no es tan efectivo”. Por lo cual, debería de indicársenos qué tipo de regulación específica se tiene en mente, así como sus detalles, a fin de poder saber si es de esperar que con ella se mejore una situación, que alternativamente se consideraría como indeseable en un orden competitivo.

Similarmente, en el artículo don Carlos Manuel da por un hecho que “el avance tecnológico, vertiginoso en los últimos años por el desarrollo cibernético y con la revolución de la robótica en ciernes, fomenta el monopolio, el oligopolio, el monopsonio y el oligopsonio.” Ofrece, además, como ejemplo de ello, un caso infortunado como fue el de la liberación de las aerolíneas en los Estados Unidos. Pero no nos dice que no sólo la industria de las aerolíneas en ese país era un sector altamente regulado por el estado y que si bien se dio una eliminación de algunos aspectos de dicho régimen regulatorio, no fue lo suficiente como para obtener resultados mejores. Aún continúa el impedimento para que aerolíneas internacionales puedan servir internamente en los Estados Unidos, por ejemplo, lo cual definitivamente aumentaría el grado de competencia en dicho mercado. Por ello es infortunada la conclusión que don Carlos Manuel deriva de esto, cual es que “la economía regulada funciona mejor”. De nuevo, todo depende de qué tipo de regulación y que se tome en cuenta el costo que implica dicha regulación o, que incorpore lo que alguien podría llamar como el posible “fracaso del estado”, como contraste con quienes nos suelen hablar sólo de los “fracasos del mercado”. 

Hay una afirmación gratuita en el artículo bajo comentario, que suele reflejar un pobre entendimiento del concepto de libertad en un orden de libre mercado, cual es que “una sociedad en la que prevalece la idea de que el más fuerte, capaz o trabajador, acapara todo lo que pueda, como si fueran animales de la selva, denigra al ser humano.” Me parece que hay una mezcla entre el individuo en un mundo Hobbesiano –y por ende antitético a la idea liberal como, por ejemplo, la expuso Locke- en donde la supervivencia del más fuerte define la apropiación del producto, y el de una persona en una sociedad, por ejemplo, Smithiana, en donde el individuo genera ingresos por su capacidad y trabajo en función de la demanda que de su producción, a través del intercambio, llevan a cabo los consumidores. Esto último está, obviamente, lejos de ser una acción que denigra al ser humano; todo lo contrario, convierte al productor en un servidor de los deseos de los consumidores, lo cual está muy lejos de las reglas de la jungla que menciona don Carlos Manuel.

Llego, al fin, al meollo de la sugerencia de don Carlos Manuel, quien dice proponer un camino “para Costa Rica: el de la economía planificada de mercado”. Y nos expone cómo sería estructurado el aparato encargado de diseñar la planificación estratégica, por supuesto con la usual expresión de que será en conjunto entre la sociedad civil organizada (que incluye a productores) con el aparato estatal.
Pero en ningún momento en dicho artículo nos expone qué tipo de planificación será esa que propone. Por lo general, en ese ámbito se suele hablar de dos tipos de planificación, una indicativa y la otra coercitiva, así como también se suele hablar de una planificación de las actividades propias del estado y de otra planificación, en lo que sería la determinación del estado en la actividad privada en una economía.

En lo personal, no creo que alguien pueda oponerse –tal vez con excepción de algún anarquista- a que el estado realice ciertas funciones que le son propias en una economía. Como liberal, considero que lo deseable es tener un estado mínimo, pero aún en esta posición, que alguien podría juzgar –nunca falta alguien así- como un posicionamiento extremo, no hay razón lógica para que el estado no planifique lo que debe hacer, que empate la lógica coordinación que debe existir entre los recursos de los que puede disponer para obtener el producto pretendido, lo cual es particularmente crucial en la gestión pública, en la cual los recursos involucrados no son sino fondos de los contribuyentes. Es decir, considero que el estado debe planificar sus acciones en aquello que le es pertinente, como parte de las funciones que lleva a cabo.

En lo que si no estoy de acuerdo es que el estado o un sistema corporativista como el propuesto por don Carlos Manuel, nos defina, determine, ordene o sugiera (porque usualmente va significar el uso de impuestos o subsidios), qué es lo que las personas deben consumir, producir, intercambiar, invertir, ahorrar, trabajar o destinar al ocio o lo que fuera, que es más propio de la decisión propia de los individuos en un orden de libertad. Esta es la planificación que suelen añorar los socialistas de vieja estirpe.

Por ello, la propuesta de don Carlos Manuel es ideológicamente un oxímoron; una paradoja, una contradicción. La libertad de los mercados excluye una planificación de las acciones de los individuos en dichos mercados, en los cuales, en un orden de libertad, se opera en función del libre accionar de sus agentes. Si se planifica, obligando directa o indirectamente, a que las personas actúen de cierta forma para satisfacer lo que estipula el plan (la planificación), ello va en contra de la libertad de los individuos para actuar, para asumir riesgos, para invertir, para trabajar, para consumir. En síntesis, no es posible obligarlos a hacer algo y pretender que sea, a la vez, una libre determinación del actuar humano. No hay compatibilidad lógica entre un orden de libre mercado y una planificación, excepto que eso último se refiera a la necesidad que tiene el estado de tratar de interpretar su accionar propio en un futuro incierto y evolutivo por naturaleza.

Jorge Corrales Quesada

viernes, 2 de mayo de 2014

Viernes de recomendación

Para esta ocasión, queremos compartir con ustedes un breve pero excelente artículo de Walter Williams, titulado "¿Qué o quién es el mercado?", en el cual se explica con meridiana claridad el concepto de mercado como conjunto de actores que intercambian libremente y se tumban los mitos que los colectivistas han pretendido desarrollar para hacer ver al mercado como una entidad sobrenatural.

jueves, 4 de abril de 2013

Jumanji empresarial: la manía de la medición y las estadísticas

Parecería que si no se pueden medir resultados éstos no existen o se los subestima sin percatarse de otra dimensión no cuantificable que es en definitiva la que marca el propósito de las acciones humanas. Es cierto que el cálculo económico en general y la evaluación de proyectos en particular son indispensables al efecto de conocer si se consume o si se incrementa el capital. De allí es que resulta indispensable la institución de la propiedad privada y los consiguientes precios de mercado, sin cuya existencia se opera a ciegas.

Pero no es menos cierto el abuso de las mediciones en teoría económica. Incluso en la pretendida ilustración de las transacciones comerciales, el signo igual es inapropiado puesto que los precios expresan pero no miden el valor. El precio es consecuencia de valorizaciones distintas y cruzadas entre compradores y vendedores de lo contrario no habría operación alguna. El vendedor valora en más el dinero que recibe que la mercancía o el servicio que entrega y al comprador le ocurre lo contrario.

Además “medir” valores a través de precios en rigor significaría que si una mesa se cotiza en mil media mesa se debiera cotizar en quinientos cuando en verdad pude muy bien traducirse en un valor nulo y así sucesivamente. La medición requiere unidad de medida y constantes (por ese motivo -en “The Place of Mathematical Reasoning in Economics”-  Paul Painlavé concluye que “medir el valor de algún objeto resulta imposible”). Asimismo, la expresión algebraica de “función” no es aplicable en el ámbito de la ciencia económica puesto que conociendo el valor de una variable no permite conocer el de otra. Tampoco es pertinente recurrir a las llamadas “curvas de indiferencia” al efecto de ilustrar elecciones puesto que toda acción implica preferencia ya que la indiferencia es la negación del actuar. Ni siguiera es aceptable recurrir a las “curvas” de oferta y demanda puesto que significa el tratamiento de variables continuas cuando la acción inexorablemente significa variables discretas.

En otros ensayos y artículos me he referido a los graves problemas referidos a la “renta nacional” y al “producto bruto”, al supuesto de considerar producción-distribución como fenómenos susceptibles de escindirse y a las falsedades inherentes al modelo de “competencia perfecta”, pero en esta oportunidad no tomaré espacio para ese análisis ya efectuado con insistencia, para en cambio aludir a aquella otra dimensión no cuantificable a que me referí al comienzo.

En realidad, todas las acciones (y no digo humanas puesto que sería una redundancia ya que lo no humano no es acción sino reacción) apuntan a satisfacciones no monetarias. Incluso para quien el fin es la acumulación de dinero, puesto que la respectiva satisfacción siempre subjetiva, no puede manifestarse en números cardinales, solo ordinales pero personales ya que son imposibles las comparaciones intersubjetivas.

En nuestro léxico convencional podríamos decir que esta dimensión no sujeta a medición alguna se refiere al rendimiento o la productividad psíquica. Por ejemplo, se compra un terreno para disfrutar de las puestas de sol debido a que esa satisfacción posee para el comprador un valor mayor que el dinero que entregó a cambio, pero no resulta posible articular la medida de ese delta y lo mismo ocurre con todo lo adquirido. En otros términos, lo más relevante no está sujeto a medición.

Esto es lo que confunde y altera a los megalómanos planificadores que se manejan a puro golpe de cifras que aunque fueran fidedignas no cubren lo medular del ser humano. No deja de ser curioso que esta inundación de estadísticas se pretenden refutar con otras, lo cual no va al meollo del asunto. Es en este sentido que Tocqueville escribe que “El hombre que le pide a la libertad más que ella misma, ha nacido para ser esclavo”. Por eso es que las cifras globales (llamadas macroeconómicas) son, en última instancia, intrascendentes puesto que en liberad simplemente serán las que deban resultar. Este es el significado de la sentencia de James Buchanan en cuanto a que “mientras el intercambio sea abierto y mientras se excluya la fuerza y el fraude, el acuerdo logrado, por definición, será calificado como eficiente”. Por esto mismo es que Jacques Rueff repetía en que no deben compilarse estadísticas del sector externo “puesto que constituyen una tentación para los gobiernos de intervenir, en lugar de permitir las ventajas que proporciona la libertad”.

Desde luego, lo dicho no es para eliminar las estadísticas, sino, por un lado, para diferenciar las relevantes de las irrelevantes y, por otro, mostrar que aunque se recurra a veces a números como circunstancial apoyo logístico (todos los economistas lo hacemos pero lo dramático es cuando se revela que eso es lo único que hay en la alforja), lo transcendente no radica allí puesto que hay un asunto de orden previo o de prelación que apunta a lo no cuantificable en lo que se refiere a la esfera del aparato estatal y dejar que en el sector privado se compilen las series que se conjetura requiere la gente.

A título de anécdota, señalo que cuando Alfredo Canavese de la Universidad Di Tella, por entonces colega en la Academia Nacional de Ciencias Económicas en Buenos Aires, solicitó mi nombre para una declaración contra las manipuladas cifras oficiales del INDEC en la Argentina, le manifesté que las tergiversaciones oficiales producirían como resultado positivo la preparación de índices por parte del sector privado lo cual esperaba termine con los números estatales que exceden su misión específica con el correspondiente ahorro de recursos de los contribuyentes y que los gobiernos se circunscriban estrictamente a las cuentas de las finanzas públicas, liberando energía para controlar al siempre adiposo Leviatán.

Preciso un poco más la idea: en el supuesto de que el gobierno pudiera hacer multimillonarios a todos (irreal por cierto si tenemos en mente ejemplos de sociedades iguales pero con regímenes distintos como era Alemania Occidental y Alemania Oriental o como es hoy Corea del Sur y Corea del Norte), nada se ganaría si simultáneamente la gente no puede elegir que productos comprar del exterior, si los padres no puede elegir las estructuras curriculares que prefieren para la educación de sus hijos, si no se puede elegir el contenido de los periódicos, las radios y las televisiones, si no se puede afiliarse o desafiliarse a un sindicato sin descuentos coactivos de ninguna naturaleza, si no se puede profesar el culto que cada uno prefiera sin vinculación alguna con el poder, si no se cuenta con una Justicia independiente, si no se puede pactar cualquier cosa que se estima pertinente sin lesionar derechos de terceros, etc. etc. Como en el cuento de Andersen, de nada vale que ingresen al bolsillo de cada uno miles y miles de kilos de oro si se ha vendido la liberad, es decir, la condición humana.

Es clave comprender y compartir el esqueleto conceptual de la sociedad abierta, las estadísticas favorables se dan por añadidura. Por el contrario, si se tratara de demostrar las ventajas de la libertad a puro rigor de estadísticas ya hace mucho tiempo que se hubiera probado su superioridad, el asunto es que, en definitiva, con cifras no se prueba nada, las pruebas anteceden a las series estadísticas, el razonamiento adecuado es precisamente la base para interpretar correctamente las estadísticas. Es por eso que resulta tan esencial la educación en cuanto a los fundamentos éticos, jurídicos y económicos de la sociedad libre y no perder el tiempo y consumir glándulas salivares y tinta con números que desprovistos del esquema conceptual adecuado son meras cifras arrojadas al vacío.

En resumen, el oxígeno vital es la libertad, si los debates se centran exclusivamente en las cifras se está desviando la atención del verdadero eje y del aspecto medular de las relaciones sociales. Como bien ha escrito Wilhelm Röpke en Más allá de la oferta y la demanda: “La diferencia entre una sociedad abierta y una sociedad autoritaria no estriba en que en la primera haya más hamburguesas y heladeras. Se trata de sistemas ético-institucionales opuestos. Si se pierde la brújula en el campo de la ética, además, entre otras muchas cosas, nos quedaremos sin hamburguesas y sin heladeras”.

Alberto Benegas Lynch

jueves, 21 de marzo de 2013

Jumanji empresarial: enfrentar la realidad Ya (Parte II)

Una medicina para la recesión que se ha probado con frecuencia es un incremento en el gasto gubernamental financiado por déficit; medicina aplicada sin prudencia por el gobierno de Oscar Arias Sanchez, en la administración pasada. Pero sugerir el gasto financiado por déficit como una contramedida a un malestar económico se basa en el supuesto de que el problema es una demanda insuficiente, o sea que la actividad económica ha decaído como respuesta al poco consumo o a una demanda total insuficiente. Aceptar este supuesto es confundir el síntoma con la causa.

Es cierto que se cierran empresas y los trabajadores se quedan sin empleo porque no pudieron encontrar suficientes compradores para su producción. Pero este estado de cosas se debe a su vez al hecho de que su producto era inconsistente con las preferencias de los consumidores. Dicho en palabras simples, las firmas eventualmente encontraron demanda insuficiente porque fueron animadas por las distorsiones monetarias a producir bienes que los consumidores no querían lo suficiente como para pagar un precio rentable por ellos. Como corolario, los trabajadores empleados en la producción de esos bienes no queridos o no vendibles encontrarán que sus servicios tampoco son vendibles, lo que da como resultado su desempleo. El problema subyacente es esencialmente una distorsión en el patrón de precios relativos (Hayek 1979, p. 8). Queda claro entonces que impulsar el consumo mediante gasto deficitario no resuelve el verdadero problema – mala asignación de recursos– y de hecho puede empeorarlo. Después de todo, el gasto gubernamental no está sujeto a la disciplina del mercado. Es poco probable que un gobierno presionado a gastar para sacar a la economía de la recesión preste mucha atención a los análisis de costos y beneficios, dejando que los contribuyentes y los compradores de bonos paguen la factura por aburridos proyectos exagerados en cuanto a sus beneficios, por los políticos de turno. Además, el gasto deficitario desplaza la inversión y el ahorro privados y los reemplaza por consumo derrochador. Esto cambia la mezcla de ahorro y consumo hacia el consumo, lo opuesto del ajuste necesario, prolongando así la recesión e inhibiendo la recuperación (Rothbard 2000 [1982], p. 20).

Del mismo estilo que el gasto deficitario existe la política de bajar los impuestos. Lo interesante es que ésta puede ser una política efectiva, en un caso de hacer lo correcto por las razones equivocadas. De nuevo aquí el supuesto es que el problema es una demanda insuficiente, y “poner más dinero en los bolsillos de la gente” reduciendo las tasas tributarias o creando créditos tributarios especiales remediará ese problema al estimular el gasto de consumo. Es probable que se produzca ese estímulo, pero lo mismo que la anterior, no es una solución, pues se ha identificado mal el problema. El gasto adicional resultante de una reducción de los impuestos, al igual que el gasto deficitario, no hace nada para corregir el patrón de mala inversión que generó la recesión en primer lugar. Sin embargo, si la reducción de impuestos fuese estructurada para promover ahorro, inversión y producción, puede ayudar a acelerar el proceso de recuperación. Sin embargo, se debe tener en cuenta que una reducción en los impuestos tiene el potencial de incrementar el crecimiento, sin importar cuál etapa del ciclo de negocios celebra su llegada. Es también importante reconocer que si la reducción en los impuestos no viene acompañada de la reducción correspondiente en el gasto, los posibles efectos negativos de los déficits gubernamentales pueden borrar los efectos directos positivos de las reducciones. El plan más seguro y efectivo sería entonces bajar el gasto junto con los impuestos, liberando más recursos para ser usados por el sector privado, sin conjurar el espectro de los déficits.

Andrés Pozuelo Arce

martes, 19 de junio de 2012

La columna de Carlos Federico Smith: el papel del empresario en el análisis económico: el aporte de Hayek

De acuerdo con el economista austriaco Peter Klein, Friedrich Hayek no formuló una teoría acerca del empresariado, sino que su contribución sobre el tema recae en su concepción de la competencia como un proceso de descubrimiento (Peter Klein, Hayek and Entrepreneurship, en Organizations and Markets).
 
Alexander Ebner expresa que
 
“A pesar de su carácter algo implícito en la formulación de teorías de Hayek, la empresariedad provee a la teoría de Hayek acerca de la evolución cultural con argumentos esenciales acerca de la acción recíproca de los individuos, grupos e instituciones en el proceso evolucionario del desarrollo económico. La línea de razonamiento subyacente se extiende desde el comportamiento empresarial en competencia hasta la dispersión del conocimiento en el proceso de mercado, conformando a la teoría de la evolución cultural como un enfoque comprensivo del cambio institucional en el desarrollo económico.” (Alexander Ebner, Hayek on entrepreneurship: competition, market process and cultural evolution, en Jürgen G. Bachaus, editor, Entrepreneurship, Money and Coordination, Northampton, Mass.: Edward Elgar, 2005, p. 131).

Con base en una idea similar a la división del trabajo de Adam Smith, Hayek destaca la importancia de la división del conocimiento en un orden económico, que por su naturaleza fragmentada da lugar al problema de la coordinación de los planes individuales. En órdenes altamente complejos, como es el caso de las economías, el conocimiento que pueden poseer los individuos es limitado y depende de innumerables circunstancias, pero en especial depende del conocimiento de otros individuos en la sociedad, con quienes se interactúa constantemente. En palabras de Hayek,
 
“…qué tanto conocimiento y qué tipo de conocimiento deben poseer los diferentes individuos para que podamos hablar de equilibrio. Es claro que, para que el concepto tenga algún significado, no se puede presuponer que todo mundo conozca la totalidad. Yo ya he tenido que utilizar un término no definido ‘conocimiento relevante’: esto es, el conocimiento que es relevante para una persona en particular. Pero, ¿qué es este conocimiento relevante? Difícilmente puede significar simplemente el conocimiento que realmente influenció en sus acciones, debido a que sus decisiones pueden haber sido diferentes tan sólo si, pro ejemplo, el conocimiento que él posee hubiera sido el correcto, en vez del incorrecto, pero también si él hubiera poseído el conocimiento de la totalidad de campos diferentes. 

Claramente, existe un problema de la división del conocimiento que es bastante análogo, o al menos tan importante, al problema de la división del trabajo. Pero, en tanto el último ha sido uno de los sujetos principales de investigación desde el principio de nuestra ciencia, el primero ha sido completamente ignorado, aunque me parece que es realmente el problema central de la economía, como ciencia social. El problema que pretendemos resolver es cómo la interacción espontánea de un número de personas, en donde cada una de ellas posee tan sólo porciones pequeñas de conocimiento, logra un estado de cosas en el cual los precios corresponden a los costos, etcétera, y que podría ser realizado tan sólo por alguien que poseyera el conocimiento combinado de todos esos individuos. La experiencia nos muestra que algo como esto sucede, pues la observación empírica de que los precios tienden a corresponder con los costos fue el inicio de nuestra ciencia. Pero en nuestro análisis, en vez de mostrar cuáles porciones pequeñas de información deben poseer diferentes personas para lograr ese resultado, en efecto caemos de nuevo en el supuesto de que todo mundo sabe todo y con ello evadimos cualquier solución real del problema. (Friedrich A. Hayek, Economics and Knowledge, en Economica, IV (nueva serie), 1937, p. 50).

Para Hayek es crucial entender el concepto de equilibrio en un sistema competitivo.  No hay grandes dificultades en explicar el equilibrio de una persona aislada, que actúa en un cierto tiempo y de acuerdo con un plan preconcebido, pero la situación es muy diferente cuando los planes individuales son determinados de forma simultánea, pero independiente, con los de otras personas. Como expone Hayek,

“…puesto que algo de los datos sobre los cuales cualquier persona basará sus planes, será la expectativa de que otra gente actuará de una manera en particular,  es esencial, para compatibilidad de los diferentes planes, que los de uno contengan exactamente aquellas acciones que forman parte de los datos para los planes de la otra.” (Friedrich A. Hayek, Economics and Knowledge, en Op. Cit., p. 38).

Es en la búsqueda, experimentación y descubrimiento del conocimiento para la formulación y reformulación de planes individuales, en donde el empresariado juega un papel importante en el análisis de Hayek –si bien no desarrollado explícitamente por él. El empresario de Hayek se convierte en un agente del cambio, brindando la retroalimentación necesaria en las interacciones del proceso de mercado, caracterizado por un constante y persistente cambio en la información que en él existe, pero también logra la adquisición de nuevo conocimiento; esto es, innovando, a fin de ajustar los planes individuales a las nuevas circunstancias. El empresario contribuye a resolver el problema de la coordinación descentralizada de los agentes económicos, requerida en el proceso de mercado.

Este proceso de descubrimiento del conocimiento difuso y fragmentado –la competencia- requiere el logro de un balance entre lo que Hayek denomina el conocimiento teórico o científico, que es aquel cuyas reglas generales pueden ser conocidas por un grupo especialmente preparado y lo que denomina como conocimiento no organizado, a menudo tácito y subconsciente,  que es el conocimiento de las circunstancias particulares de lugar y de tiempo. En este conocimiento subjetivo que más le interesa a Hayek en el desarrollo de sus conceptos acerca del conocimiento en sociedad,

“prácticamente cada individuo tiene alguna ventaja sobre todos los demás, porque él posee información única la cual puede ser empleada en usos beneficiosos, pero cuya utilización puede sólo serla si las decisiones que dependen de él son dejadas a que él las tome o que sean hechas con su cooperación activa.” (Friedrich A. Hayek, The Use of Knowledge in Society, en Friedrich A. Hayek, Individualism and Economic Order, Chicago, The University of Chicago Press, 1958, p. 80).

Para Hayek el sistema de precios es el mecanismo más eficiente en la transmisión de información en sistemas económicos complejos, caracterizado por la dispersión del conocimiento subjetivo idiosincrático de los actores económicos. Los precios constituyen señales que brindan a los participantes la información relevante para su toma de decisiones. Los precios no son sólo fragmentos de información objetiva, sino esencialmente subjetiva para el individuo. Además, en el mercado, el conjunto de precios incorpora la información que permite la coordinación de los planes individuales. De acuerdo con Sanford Ikeda,

“Hayek se enfocó más directamente sobre la extensa división del conocimiento que el sistema de precios hace posible, lo cual le condujo a enfatizar la capacidad del sistema de precios para guiar al conocimiento local disperso (es decir, el conocimiento contextual de tiempo y lugar) y de coordinar los diversos planes.” (Sanford Ikeda, Dynamics of the Mixed Economy: Toward a theory of interventionism, New York: Routledge, 1997, p. 93.)

La función empresarial en Hayek refleja esa relación que existe entre la competencia, entendida ésta como un proceso de descubrimiento, y el conocimiento, tanto el conocimiento científico de tipo universal, como el subjetivo que el individuo conoce en función del tiempo y del lugar. Debido a que el conocimiento es complejo y disperso, la competencia, que opera por medio de los planes individuales descentralizados, se convierte en un instrumento útil para lograr un orden económico, a través del descubrimiento de nuevo conocimiento, que es, a la vez, incorporado en los nuevos planes individuales. Esto es, todo conocimiento es adaptación del individuo a nuevas circunstancias y toda adaptación es conocimiento.

De aquí que para Hayek la persistencia del cambio, su naturaleza evolutiva, es crucial en el proceso de mercado:

“… los problemas económicos surgen siempre y sólo como consecuencia del cambio. En tanto que las cosas continúan como antes, o por lo menos como se esperó que fueran, no surgen nuevos problemas que requieran de una decisión; no hay necesidad de formar un nuevo plan.” (Friedrich A. Hayek, The Use of Knowledge in Society, en American Economic Review, XXXV, No. 4, setiembre de 1945 y reimpreso en Chiaki Nishiyama y Kurt R. Leube, editores, The Essence of Hayek, Stanford, Ca.: Hoover Institution Press, 1984, p. 215).

Los precios son el mecanismo que permite transmitir la información que requiere ese cambio y lo hacen de la forma más económica, porque es sorprendente lo poco que los participantes en el mercado necesitan saber, para poder tomar la acción apropiada necesaria. Los precios son un símbolo que permite que tan sólo la información más importante sea trasladada, tan sólo a quienes les interesa. Al sistema de precios, Hayek lo llama más que metafóricamente “un tipo de maquinaria para registrar el cambio.” (Ibídem, p. 219).

En función de los precios relativos, los empresarios son guiados hacia la búsqueda de ganancias, a estar continuamente buscando nuevas formas de satisfacer a los consumidores, además de que deben estar atentos para ir generando innovaciones que le permitan estar adelante de competidores, quienes buscan imitarlo. Sin proponérselo, con sus acciones el empresario así logra formar parte de un orden que va más allá de sus propios intereses específicos: el descubrimiento y la innovación se convierten en factores de desarrollo económico.

La adquisición de conocimiento subjetivo que ante un cambio efectúa el individuo, se traslada luego hacia la adquisición de conocimiento de tradiciones y rutinas; esto es, el conocimiento requerido va más allá del conocimiento subjetivo local, que refleja las particularidades de lugar y tiempo, así como del conocimiento no codificado (oral, por ejemplo), que hacen que, por la naturaleza subjetiva de ese conocimiento, las actividades empresariales sean impredecibles. Esto requiere una adquisición continua de conocimiento, a fin de permitir la adaptación del plan individual al resto de planes individuales. “En general no es la racionalidad la que se requiere para que funcione la competencia, sino la competencia, o las tradiciones que permiten la competencia, las que producirán un comportamiento racional”, nos señala Hayek (Friedrich A. Hayek, Law, Legislation and Liberty, Vol. 3: The Political Order of a Free People, Chicago: The University of Chicago Press, 1979, p. 76). En el orden de mercado el aprendizaje continuo es necesario y es la competencia la que impulsa la difusión de la racionalidad dentro de todo el orden económico.

Hayek concluye en que es mejor referirse a una tendencia hacia el equilibrio, en vez del equilibrio, como resultado del proceso de mercado:

“El concepto de orden, que yo prefiero al de equilibrio … tiene la ventaja de permitirnos hablar significativamente acerca del hecho de que el orden puede ser logrado en mayor o menor grado, y de que el orden puede también ser preservado cuando varían las cosas. Si bien un equilibrio en realidad nunca existe, uno, no obstante, puede justificadamente alegar que el tipo de orden, que en la teoría del ‘equilibrio’ representa una especie de tipo ideal, es logrado en un alto grado.” (Friedrich A. Hayek, Competition as a Discovery Procedure, en The Quarterly Journal of Austrian Economics, Vol. 5, No. 3, otoño del 2002, p. 15).

Hayek así reitera la apreciación austriaca sostenida desde Menger y Mises, de que el orden de mercado es inherentemente estable y que, ante cualquier cambio que trastorne ese equilibrio, mediante la acción empresarial se logra un nuevo equilibrio. Siguiendo a su profesor Mises, Kirzner, a diferencia de Hayek, sostiene que ese equilibrio siempre se logra, al ser la información plenamente asimilada por los agentes en el mercado. Es el empresario quien es el que transforma una situación de ignorancia al darse el cambio inicial, a un conocimiento perfecto en que el equilibro se restaura. Hayek, por el contrario, en ese mundo de constante cambio, se refiere al procedimiento de descubrimiento del conocimiento, el cual, si bien es de convergencia, no necesariamente da lugar a una situación de equilibrio. La ocurrencia permanente del cambio impide la certeza de que se logrará el equilibrio en el largo plazo.

Eso último es enfatizado por Sandye-Gloria Palermo, al indicar que, en el caso de la convergencia hacia el equilibrio, la teoría austriaca del proceso de mercado no brinda una solución al problema que enfrentaron los neoclásicos, de poder describir como el mercado y su sistema de precios conducían al equilibrio general. Para Hayek es suficiente con que el agente económico tenga conocimiento de las circunstancias particulares de lugar y tiempo, para que se logre automáticamente el equilibrio generalizado del sistema, Ello porque el individuo toma en cuenta tan solo la información que tiene disponible y el sistema de precios le brinda la información necesaria acerca del comportamiento de los demás. Pero en caso de que los agentes tengan tan sólo conocimiento específico pero no sistémico, la convergencia no está garantizada. Para Hayek, dicha convergencia es un asunto eminentemente empírico, al señalar que

“(Un estado de equilibrio) difícilmente significa otra cosa que, bajo cierta circunstancias, el conocimiento y la intenciones de los diferentes miembros de la sociedad lleguen a estar cada vez más en acuerdo o, para poner la misma cosa en términos menos generales y menos exactos, pero más concretos, que las expectativas de la gente y particularmente de los empresarios serán cada vez más correctas.  De esta forma, la aseveración de la existencia de una tendencia hacia el equilibrio es claramente una proposición empírica; esto es, una aseveración acerca de lo que sucede en el mundo real que debería, al menos en principio, ser capaz de verificación.” (Friedrich A. Hayek, Economics and Knowledge, en Op. Cit., p. 45).

No deseo terminar esta sección sin destacar el papel que para Hayek tiene el empresario como factor de desarrollo, al actuar como descubridor del conocimiento en el proceso competitivo.

“Con todo, no puede caber duda alguna de que el descubrimiento de un mejor uso de las cosas o de la propia capacidad de uno es la más grande contribución que un individuo puede hacer, dentro de la sociedad, al bienestar de sus semejantes, y que facilitando el máximo de oportunidades para ello es como una sociedad libre llegará a prosperar más que otras. El uso afortunado de tal capacidad de empresa –y al descubrir el mejor uso de nuestra habilidad todos somos emprendedores- constituye la actividad más altamente recompensada en una sociedad libre.” (Friedrich A. Hayek, Los Fundamentos de la Libertad. 2a. edición, Madrid: Unión Editorial, 1975, p. 96.)

Jorge Corrales Quesada

jueves, 13 de octubre de 2011

Jumanji empresarial: ¡lógica aplastante!


El análisis cognitivo es algo tan necesario para el ser humano como lo son la alimentación y la respiración. Sin esta facultad, el ser humano simplemente sucumbe ante el atropello de la naturaleza. El análisis lógico, así como el codificado y empírico (heurístico), juegan el papel de herramientas evolutivas disponibles para quien desée aplicarse un poco a su vida contemplativa. Ante esto, me permito generar una cierta disonancia cognitiva sobre la naturaleza del Estado, y lo hago a través de las siguientes cuestiones lógicas:

-Si la justificación para regular los mercados es que la mayoría de los ciudadanos somos unos ignorantes y carentes de ética, entonces, por lógica, los mismos reguladores también lo son, dado que estos no pueden dejar de ser un reflejo y extracto de la sociedad en general.

-Si la justificación para redistribuir riqueza por medio del Estado es que los individuos son egoístas y sociofóbicos por naturaleza, entonces, por lógica, los burócratas encargados de redistribuir la riqueza también padecerán del mismo mal y procurarán enriquecerse ellos mismos a costa de los individuos dispersos por el mundo.

-Si la justificación para un sistema educativo estatizado y estandarizado es que el mercado evolutivo resulta incapaz de proveer educación de calidad y de acreditar adecuadamente al capital humano necesario que requiere la evolución económica, entonces un Estado no evolutivo es, por lógica, aún mas incapaz de hacerlo.

-Si el ser humano ha probado ser tan productivo e innovador a lo largo de la historia, entonces ¿por qué dejamos que el miedo irracional, continuamente desatado por los irresponsables ambientalistas, detenga nuestro progreso y la búsqueda de bienestar a partir de la ciencia y la tecnología aplicada?

-Si el papel de la oferta del conocimiento científico y tecnológico, en el proceso de innovación, es potenciar la relación entre el mercado y la generación de innovaciones, siendo el mercado un espacio evolutivo, entonces ¿por qué es necesario un ministerio de ciencia y tecnología que nunca será "evolutivo" desde el punto de vista del desenvolvimiento de los mercados tecnológicos?

-Si la cultura que nos envuelve no es más que una serie de patrones abstractos, surgidos de la interacción e intercambio recíproco entre los individuos en una comunidad; entonces ¿para qué necesitamos un ministerio de cultura no emergente, sino más bien impuesto con el fin de que nos dosifique lo que sus elites adjuntas piensan que es cultura?

-Si la esencia del sistema económico es que los individuos produzcan lo que consumen y consuman lo que necesitan, intercambiando de la manera más eficiente y eficaz, lo cual es, por lógica, de la manera más libre, entonces ¿para qué necesitamos un ministerio de economía que, entre sus funciones, incluye la rectoría regulatoria de la industria y el comercio, y no la búsqueda de un verdadero mercado disputable?

-Si las necesidades de los individuos son evolutivas, entonces ¿por qué nos desgastamos protegiendo instituciones "no evolutivas" estatales que no satisfacen las verdaderas necesidades de los ciudadanos? Movilidad laboral, capacidad de prueba y error, y destrucción creativa, son algunas de las características evolutivas necesarias que las instituciones estatales nunca tendrán.

-Si ya sabemos de antemano que las cosas nunca mejoran con más leyes o más impuestos sino que solo a través del carácter moral y emprendedor de cada individuo, actuando con espíritu de reciprocidad entre sus semejantes, logra satisfacer las necesidades individuales y colectivas, entonces ¿para qué insistimos en proponer más leyes y más impuestos que lo único que logran es perpetuar la inoperancia institucional?.

-Si el empresario es el que descubre, el que coordina en los mercados y el que transforma el capital financiero en capital físico, innovando en todo el proceso, entonces ¿por qué cada día tenemos más burócratas y menos empresarios?

Por último: si tanto el Estado como la organización política democrática son una ficción mental, entonces ¿por qué una persona inteligente como yo trata de preguntar y de preguntarse tantas cosas sobre la lógica de cosas ilógicas?

Andrés Pozuelo Arce

jueves, 8 de septiembre de 2011

Jumanji empresarial: el acertijo del capitalista


El capital empresarial es el ticket de entrada a las riquezas. Verdad. Después de todo, el capital empresarial conlleva cambio de valor inferior a superior para acabar satisfaciendo la demanda del consumidor. Cuanto más capital tengas, más demanda satisfarás y más dinero llegará a tu bolsillo. Sencillo.

¿Pero qué capital empresarial deberías tener? Es asombroso cómo se arrincona esta sencilla pregunta por parte de profesores universitarios y economista que hacen proselitismo sobre la necesidad de rebajar los tipos de interés para estimular la demanda empresarial. Como si invertir fuera algo insignificante, si no un sinsentido. Para el papanatas, cualquier inversión es una buena inversión.

Para el inverso real, la pregunta esencial es dónde y en qué invertir: el capital empresarial en manos erróneas es más un pasivo que un activo. Una reducción al absurdo mostrará lo que quiero decir: Pido prestados $400.000 para comprar una cosechadora John Deere 9870 STS. Desde fuera, parece que tuviera un activo de $400.000 en mi contabilidad, compensado con un aumento de $400.000 en deuda a largo plazo. Desde el interior, no hay compensación. Tengo una deuda de $400.000. No soy un granjero. No tengo ni idea de cómo emplear rentablemente la cosechadora.

Este “insignificante” asunto de la adecuación del capital que tanto molesta a los keynesianos es la misma base del éxito o fracaso en el mercado. Un granjero con suficiente terreno y suficiente densidad de trigo podría convertir la John Deere 9870 STS en una máquina de hacer dinero. En mis manos, una John Deere 9870 STS es en el mejor de los casos una violación del acuerdo de la HOA y mas probablemente un hito en el camino hacia la bancarrota.

El capital empresarial por sí solo es insuficiente para garantizar la prosperidad: el capital empresarial debe combinarse con la sagacidad emprendedora. ¿Pero qué es la sagacidad emprendedora? Puedo decir lo que no es.

Un habitante de la ciudad que compre una cosechadora y un banco que dé dinero para la compra es una tontería, hasta que se bajen las cortinas y se entiendan los motivos. ¿Qué pasaría si se generara una escasez mundial de alimentos por el grano desviado hacia el etanol subvencionado por el gobierno? ¿Qué pasaría si la Reserva Federal inundara la economía con dinero barato? ¿Qué pasaría si el lobby de la maquinaria agrícola hubiera persuadido al gobierno de que había poca inversión en maquinaria agrícola, por lo que se necesitaban rebajas de $50.000 y avales para préstamos en cosechadoras? ¿Qué pasaría si las cosechadoras se estuvieran revaluando un 14% anualmente?

Vemos el efecto dominó de malas decisiones empresarios convertidas en racionales pero bajo pretensiones falsas como las mencionadas antes: se produce demasiada inversión en cosechadoras; se contratan demasiados trabajadores para fabricar cosechadoras; demasiados especuladores principiantes compran cosechadoras; se producen demasiadas quiebras. (Sustituyamos ahora cosechadoras por casas).

Sin embargo, para los conectados políticamente, misión cumplida. Se ha producido más inversión: una cosechadora en manos de un urbanita, una clasificadora de papel en manos de un granjero, un lavadero de coches en manos de un dentista. No importa en realidad: todo es capital, capital que generó un brote de ingresos fiscales adicionales y aumentó permanentemente la marea de gasto público mientras creaba una horda de miseria para los engañados por falsas señales del mercado.

Los austriacos saben que la asignación importa y que la asignación con éxito difícilmente está asegurada, incluso cuando predomina la prudencia y la lógica.

Pensemos en el mercado bursátil: la versión original de value investing de Benjamin Graham y David Dodd, Security Analysis, escrita en 1934 revelaba que una estructura financiera conservadora junto con el aumento en dividendos y ganancias y una baja relación entre precios y ganancia es más probable que produzca resultados remunerativos. Graham y Dodd llegaban a esa conclusión después de examinar miles de informes empresariales y realizar laboriosamente la aritmética para ver dónde se encontraban las empresas.

Security Analysis ofrece una sólida base investigadora, pero es incapaz de construir la estructura real, que es más a menudo inclinada que vertical. Si Security Analysis pudiera ofrecer más que una base, la riqueza de muchos inversores se aproximaría a la del pupilo más prolífico de Ben Graham, Warren Buffett. Se han dedicado a Buffett millones de palabras (tanto hagiografías como exégesis) y nadie aún ha reproducido su éxito.

Tampoco nadie reproducirá el éxito de Buffett, porque el éxito de Buffet no es más reproducible que el éxito de Graham, que Buffett ni siquiera intentó reproducir. Los detalles exactos de la vida de Bueffett son exclusivos, sus pensamientos exactos son exclusivos. No hay dos zeitgeist similares. Si Warren Buffett hubiera nacido en 1830 o en 2030 es poco probable que reprodujera él éxito del Warren Buffett nacido en 1930.

El pasado es imposible de repetir y aún así el gobierno y la hegemonía empresarial se centran principalmente en el pasado: nadie es capaz de descifrar el futuro o lo invisible, así que a ambos les preocupa afianzar más lo que se sabe que garantiza la sobreinversión en lo que se conoce: fabricación de automóviles, banca, agricultura, energías alternativas.

Por suerte, la supervivencia a través de la búsqueda de rentas y el corporativismo acaba fracasando. Por desgracia, prolonga la agonía y aleja al capital de la asignación empresarial dirigida por el mercado y anclada a la vida real (mucha de la cual también fracasará, pero de una forma mucho menos destructiva).

En resumen, el problema es confundir probabilidad de caso y probabilidad de clase. El emprendimiento es lo primero, pero la asignación de capital a menudo se promueve como lo segundo. Los profesores universitarios obligan habitualmente a los estudiantes a realizar análisis de escenarios, lo que implica crear falsas probabilidades de éxito. Los antiguos CEO de muchas grandes empresas han llevado a muchos mandos intermedios a creer que tienen una presciencia divina sencillamente porque tuvieron una racha de buena suerte. Sus autobiografías de encargo no son solo contenedores para su autoengrandecimiento, sino de ruinosas prácticas gestoras.

En Blink: The Power of Thinking Without Thinking (Madrid: Taurus, 2005)], Malcolm Gladwell cuenta una historia del hijo de George Soros que decía: “Mi padre se sentará y te dará teorías de por qué hace esto o aquello. Pero me acuerdo viéndolo de niño y pensando: al menos la mitad de esto es una chorrada. Quiero decir, sabes que cambia su postura en el mercado o en lo que sea porque le empieza a doler la espalda”.

La cita es perspicaz (el éxito empresarial no puede atribuirse al cálculo de probabilidad de clase) pero también equívoca. Gladwell no diferencia el análisis reglamentado de los neófitos de la intuición de los profesionales expertos. Muchas decisiones intuitivas de éxito están respaldadas por años de experiencia y conocimiento, que no están documentados.

La imposibilidad de documentar y reproducir el éxito se pierde demasiado a menudo en incipientes directores, burócratas y empresarios. De hecho, cuanto más intentes copiar las acciones de un empresario de éxito, más probable es que fracases. Tiempo, circunstancias, coincidencias, tecnología, épocas que permitieron a un emprendedor acumular una fortuna no existirán para el próximo emprendedor.

No hay nada seguro, pero el emprendimiento es menos incierto cuando los empresarios siguen al mercado, no a sus manipuladores en busca de retrasos.

Mises reconocía que poseer capital no es bastante: el capital deben dirigirlo los empresarios y a los empresarios deben dirigirlos las fuerzas del mercado. Igual de importante es que no debería engañarse a los empresarios para que crean (como hacen tantos economistas, analistas, académicos, burócratas y directivos) que el éxito en los negocios está asegurado a través del análisis de la probabilidad de clase. Cada aventura empresarial es única y cada posibilidad de éxito en incuantificable.

Esto me devuelve a la pregunta de qué es la sagacidad empresarial. El éxito empresarial, más a menudo que no, es sencillamente cosa de hacer lo que no están haciendo otros y hacerlo mejor de lo que lo hacen otros: repito que hacerlo mejor que el status quo es una tautología, porque hacerlo mejor es también hacer lo que otros no hacen.

Stephen Mauzy
Mises Daily

lunes, 7 de marzo de 2011

Tema polémico: la prohibición del fumado


Recientemente, varios diputados del PAC le solicitaron a la Presidente de la República la convocatoria del expediente N° 17.371, Control del Tabaco y sus Efectos o mejor conocida como "Ley Antitabaco". El día de hoy no vamos a discutir sobre los efectos dañinos del tabaco en el cuerpo humano, pues en este tema no hay espacio para debate: el consumo de tabaco, al igual que otras drogas, genera daños irreparables en la salud de las personas. El tema que queremos discutir es sobre la libertad que tenemos los individuos de decir la forma en que vamos a tratar nuestro cuerpo y cuál debería ser el papel del Estado en esto.

Esta discusión, al igual que muchas otras que hemos presentado los lunes, se basa en el principio fundamental de que todos somos responsables de nuestra propia vida y nadie debería obligarnos a hacer o dejar de hacer algo. La decisión de fumar cigarros le corresponde a cada individuo y este se debe hacer responsable por cualquier consecuencia que esto conlleva.

Sin embargo, pareciera ser que en este tema, hasta los liberales tienen diferencias. Para algunas personas -liberales o colectivistas- el fumado no es un problema individual sino colectivo, porque el humo afecta los derechos de otras personas. En términos de una externalidad negativa que afecta los derechos de otros individuos, esas personas consideran que el fumado debería prohibirse, pues en cualquier caso, los no fumadores se ven perjudicados por el humo y, en el caso de países con seguridad social colectiva como Costa Rica, el pago del tratamiento médico del fumador se le endilga a todos los ciudadanos por igual.

Si bien el primer punto -problema colectivo- podría ser cierto, no lo es la conclusión: el Estado NO debe intervenir. El argumento del pago del tratamiento es rebatible fácilmente y nos lleva a la propuesta que en ASOJOD siempre hemos defendido: es necesario que cada quién pague por su propia atención médica, independientemente de si fuma, es obeso, tiene predisposición a alguna enfermedad, etc. Para nosotros, nunca será justificable que unos paguen por otros. Si bien nos tildarán de ilusos y nos dirán que, ante la imposibilidad de cerrar la CCSS, nuestro punto se cae, la discusión, tarde o temprano, nos llevará allí. La situación del régimen de pensiones, insostenible por el cambio demográfico, y la caída del modelo de bienestar en países europeos, así como el rotundo fracaso al que se dirige la propuesta de crear una seguridad social universal en Estados Unidos, parecen darnos la razón. El único sistema financiera y moralmente sostenible es el de un seguro individual del que, quizá, no estemos tan lejos, a causa de los impuestos por el cigarrillo.

Si bien en ASOJOD estamos completamente en desacuerdo con los impuestos, nos parece que la existencia de tributos sobre los cigarros podría ser útil para avanzar hacia un seguro individual. El problema actual en Costa Rica es que los tributos existentes generan recursos que van a parar al IMAS, al IAFA y a un sin fin de instituciones que pocas veces tienen funciones relacionadas con la atención de las enfermedades provocadas por el tabaco.

Lamentablemente, el cigarro, el licor, el juego y otras actividades, se han convertido en el "pato de la fiesta" para los políticos de doble moral en nuestro país. Mientras lo condenan por los daños y le ponen cuanto impuesto pueden, ven como el Estado y la ciudadanía en general se benefician enormente de una industria que genera millones de colones al fisco y miles de empleos directos e indirectos. Por supuesto, ninguno de esos políticos tiene empacho en proponer que el dinero recaudado por los impuestos a esos productos sea usado para dar vivienda o para subsidiar a los pobres.

Sin embargo, si los impuestos sobre el cigarrillo fueran usados única y exclusivamente para la atención de las enfermedades producidas por el cigarro, podríamos tener un esquema donde el fumador esté, efectivamente, asumiendo la responsabilidad por su acto. De esta forma, cada vez que compra cigarrillos, estaría generando recursos para que, posteriormente, él o los no fumadores reciban atención. Sería, entonces, como una especie de prima de aseguramiento por riesgo, donde el que más riesgo tiene, paga más y el no fumador, simplemente no pagaría esos impuestos.

El otro aspecto -afectación de los derechos de los no fumadores- también tiene una solución que no requiere del Estado. Quienes argumentan que los derechos individuales de los no fumadores se ven afectados por los fumadores tienen razón, pero pocas veces aciertan en la forma en que se puede resolver el problema. Frente a una externalidad como esta, que en la teoría clásica sería considerada una "falla de mercado", el Public Choice y la Escuela Austriaca nos han enseñado que la intervención estatal siempre termina creando más problemas de los que pretendía resolver. En otras palabras, siempre que el mecanismo de compulsión y coerción se entromete, estamos ante una "falla del Estado".

¿Por qué decimos eso? Simplemente porque si el Estado prohibe el fumado, no sólo generaría un mercado negro, muy lucrativo, que fomentaría la corrupción, el contrabando y la actuación del ciudadano al margen de la ley, elementos todos muy nocivos para la institucionalidad y el Estado de Derecho. También estaría limitando la libertad y cuando eso sucede, aunque sea de forma solapada y poco perceptible, se abre la puerta para que el monstruo entre y se apodere de todo. Como hemos dicho en reiteradas ocasiones, la libertad entra por rendijas, pero también se escapa por ellas.

Las limitaciones a la libertad, por pequeñas que sean, si se toleran y legitiman, terminan influyendo en los valores y cultura de los individuos, de forma tal que, poco a poco, van aceptando que el Estado sea el que defina lo permitido y lo no permitido, lo aceptable y lo inaceptable y, cuando se percatan, el totalitarismo está al frente. Todas las sociedades que han caído en tiranías y colectivismos han sido endebles en la defensa de su libertad: permitieron algunas restricciones y el valor de la libertad fue perdiendo importancia, hasta el punto que se convirtió en accesorio, cediendo paso a elucubraciones colectivistas como la igualdad, la solidaridad, etc.

Siendo así, posiblemente los lectores se preguntarán entonces qué proponemos para resolver esa externalidad. Pues bien, nosotros consideramos que la solución está en más mercado. ¿Qué significa esto? El mercado es, simplemente, un conjunto de individuos decidiendo libre y voluntariamente sus interacciones materiales, intelectuales y sentimentales. Es la gente actuando sin coerción. Esto quiere decir, para el caso que nos atañe, que es la misma gente la que puede encontrar una solución al problema del perjuicio causado por los fumadores a los no fumadores.

Ejemplos simples de esta idea sobran. Cuando las personas van a un local comercial donde hay fumadores y, por las molestias causadas se retiran, le están dando una señal al propietario: o separa a las personas o no vuelven. De ahí que, desde hace años, muchos negocios han optado por tener zonas para fumadores y no fumadores. Pero esa no es la única opción: muchos propietarios pueden decidir si prohiben el fumado en su negocio. La diferencia es que esta es una decisión privada en un espacio privado, donde el Estado no tiene que intervenir. Así, podría darse el caso que el dueño decida que su local va a ser exclusivo para no fumadores o, por el contrario, únicamente para fumadores. Con base en la señales que le envía el mercado -las personas decidiendo y actuando en libertad-, el propietario puede tomar medidas que le permitan seguir ganando dinero y, a la vez, no afecten la libertad de los individuos.

Otra opción es la simple tolerancia. Cuando un no fumador desea reunirse con sus amigos en un bar, por ejemplo, sabe de antemano que podría encontrarse con fumadores, sea en su propia mesa o en la de al lado. Como la gente actúa con base en la información que tiene, el sujeto de nuestro ejemplo decide si va o no a ese sitio: está en completa libertad para decirle a sus amigos que se vean en ese bar o que busquen un lugar donde no estén expuestos al humo. Si decide ir y hay fumadores, nuestro amigo sabía lo que se iba a encontrar: hizo una elección y asume las consecuencias.

Otra posible respuesta, ante los daños provocados por el humo del cigarro, la dan los métodos alternativos de resolución de conflictos. Mediante el diálogo, la negociación y la conciliación o el arbitraje, entre otros, las personas pueden dar fin a un problema. Puede darse el caso que uno le pida al otro dejar de fumar en su presencia o, a la postre, busque una compensación económica por el daño causado. Si estos mecanismos no dieran frutos, siempre están los Tribunales, donde el no fumador puede demandar al fumador por los daños causados.

Como puede verse, las soluciones existen: requieren creatividad y, sobre todo, tener presente que se debe defender la libertad y evitar la intervención del Estado.

lunes, 18 de octubre de 2010

Tema polémico: la economía del conocimiento


Es un hecho. Vivimos en un mundo muy diferente al que conocieron nuestros padres y abuelos. Estamos inmersos en la Economía del Conocimiento. Hoy por hoy, los conceptos más populares citados por los economistas, educadores y empresarios de las principales economías del mundo son “wikieconomía” y “el mundo es plano”. Ya las barreras geopolíticas son cada vez más débiles gracias a nuevas tecnologías de la información como internet. Mucho ha cambiado y el mercado no es, de ninguna manera, la excepción. Lastimosamente, como analizaremos más adelante, los gobernantes latinoamericanos parece que no se han dado cuenta de este hecho tan evidente.

Contrario a la que sucedía hace muchas décadas, ahora el nivel de riqueza de un país no se mide por la cantidad y variedad de los recursos naturales que tengan dentro de su territorio. Ahora los países más ricos del mundo son aquellos en los cuales las personas invierten en productos y servicios con un alto nivel de tecnología y más allegado a las necesidades del cliente final en el mundo globalizado. Los ejemplos son clarísimos; países como Taiwan, Singapur y Hong Kong tienen de los PIB per cápita más altos del mundo y al mismo tiempo cuentan con pocos recursos naturales. Asimismo, otros países que tienen muchísimos recursos naturales como Nigeria y Venezuela tienen niveles altísimos de pobreza. Nunca falta alguien que todavía se pregunte por qué un país tan rico en recursos naturales como Argentina es cada vez más pobre. La respuesta es obvia: las necesidades y prioridades en el mercado han cambiado y parece que nuestras economías latinoamericanas todavía no se han dado cuenta.

¿Y por qué no se han podido dar cuenta? ¿Por qué Latinoamérica no ha sabido aprovechar las oportunidades que esta nueva era nos brinda? La respuesta es por culpa de las mismas personas que, con la excusa de la justicia social. han impuesto un sinfín de regulaciones y barreras en los mercados y no han permitido que los mismos se desarrollen como se debe. Otra característica que comparten todos los países que han podido insertarse exitosamente en la nueva economía y es el hecho de que permiten que las personas sean libres para tomar sus propias decisiones en un mercado sin regulaciones ni barreras. Han permitido que “el río siga su curso natural”. Por el contrario, los políticos latinoamericanos se empeñan en proponer que sea el Estado, mediante Ministerios, Institutos o Consejos, los que decidan todo aquello en lo que la creatividad burocrática pueda pensar. ¿Y qué hacen cuando ese estatismo fracasa? Culpar al mercado, culpar a la libertad y pedir aún más Estado.

En definitiva, algunos nunca aprenden.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Viernes de recomendación


En este Viernes de recomendación, queremos ofrecerles un entretenido pero efectivo texto titulado "Yo, el lápiz", de Leonard Read, donde se explica claramente el proceso del mercado y la utilidad del sistema de información que este genera para que los individuos puedan tomar decisiones económicas, al tiempo que aclara la metáfora de la "mano invisible" y explicita el concepto de orden espontáneo que tantas veces hemos usado en ASOJOD. Esperamos lo disfruten

martes, 4 de agosto de 2009

Liberalismo Aplicado: La razón y el mercado


The Economist dedica su último número a la hipotética ruptura de paradigma provocado por la crisis en el pensamiento económico contemporáneo. En la práctica, todos los ataques al consenso dominante en la moderna teoría macro y microeconómica se limitan a poner en cuestión un elemento central: la racionalidad de los individuos y, como resultado de ella, la inevitable tendencia de los mercados a realizar una eficiente asignación de los recursos y, por tanto, la crónica propensión del capitalismo a la inestabilidad. Este enfoque no es nuevo. Es tan viejo como la economía y tiene una base poco sólida. En cualquier caso no constituye un aval para el activismo gubernamental, salvo que se otorgue a los burócratas y a los políticos una racionalidad media superior a la del resto de los mortales lo que sería cuanto menos un exceso de optimismo o una considerable arrogancia intelectual.

La idea de que la gente es racional e intenta utilizar sus conocimientos y la información disponible para alcanzar sus objetivos no es un fenómeno extraordinario sino una característica innata del homo sapiens. Esa tesis no es incompatible con el hecho de que a veces, las personas pueden y de hecho actúan de manera irracional y en contra de sus intereses pero eso es la excepción y no la regla en el comportamiento de los seres humanos. Si se acepta la irracionalidad como el factor dominante de las acciones individuales, se desploma no sólo todo el edificio de la ciencia económica, sino también las bases mismas, incluida la democracia, de eso que denominamos civilización occidental y de cualquier orden social viable. La visión según la cual el mundo se mueve por fuerzas telúricas y ocultas es un rasgo característico de las sociedades tribales, del animismo y de un sinfín más de tradiciones propias del pensamiento mágico.

Curiosamente son los límites del conocimiento y de la razón los que sirven para justificar el mercado y la competencia como dos procesos interconectados de descubrimiento que, a través del juego de los precios relativos, permiten acumular y procesar un volumen de información superior al de cualquier otra alternativa. Por eso es crítico que los poderes públicos permitan que las señales transmitidas por los precios se formen sin interferencias ya que, en este caso, se producirán malas asignaciones de recursos y se generará una tendencia al desequilibrio del sistema productivo. Esto es lo que pasa con malas políticas económicas y regulacions.

Eso no significa que los mercados y el capitalismo sean perfectos pero sí que son las instituciones que, a través de un largo proceso evolutivo, han mostrado mayor eficacia para asegurar la supervivencia y la elevación del nivel de vida de la gente. También es cierto que gran parte de las deficiencias achacadas a su funcionamiento no obedecen a la lógica propia de una economía de libre mercado, sino a las trabas introducidas por los poderes públicos y por políticas económicas que distorsionan su funcionamiento. El equilibrio no es un estado sino una tendencia. La reciente crisis es un claro ejemplo de ello. Una errónea estrategia monetaria, definida por una expansión exuberante del crédito, una mala regulación de los mercados financieros y la incompetencia de los organismos encargados de supervisarlos han sido los determinantes básicos del tsunami que sacude las finanzas y la economía global. Sin esa combinación de “fallos de Estado” hubiese sido posible el presente Armagedón económico-financiero.

Una economía de libre mercado exige instituciones. Desde Adam Smith hasta nuestros días, ningún economista ni científico social de inspiración liberal en el sentido clásico ha impugnado ese principio elemental. Si el marco institucional es adecuado, el capitalismo desplegará todas sus benéficas potencialidades; si no lo es, producirá efectos distintos a los buscados y esperados. Este último resultado se produce cuando los políticos intentan sustituir en vez facilitar el funcionamiento de los mercados, cargándolos de excesivas regulaciones, y cuando aspiran a dirigir desde arriba los procesos sociales y económicos. Esos dos errores, muestras de una falta descomunal de humildad intelectual constituyen el fundamento de quienes desde muy diversas tribunas y posiciones buscan en el Estado la solución al actual malestar que azota la economía mundial.

El deseo de utilizar la crisis para extender las funciones del Estado no logrará resolver los problemas y sí creará otros nuevos. Quienes piensan que el aumento del binomio gasto-déficit público, la brutal inyección monetaria practicada por los bancos centrales y el aumento de las regulaciones sacarán al mundo de la recesión yerran. Esos movimientos se han superpuesto y se confunden con la propia dinámica de ajuste del capitalismo que tiene una lógica propia e independiente de ellos. Lo que el activismo macro y micro está produciendo es un entorpecimiento en la depuración de los excesos cometidos durante la fase alcista del ciclo y la generación de unos desequilibrios cuya corrección pasará una elevada factura que en el mejor de los casos retrasará el retorno a un crecimiento sano y sostenido. Por eso, la identificación del activismo gubernamental con la superación de la crisis se convertirá en un doloroso espejismo.

De momento, los fundamentalistas del intervencionismo macro y microeconómico disfrutan de una efímera gloria. En poco tiempo veremos cómo las fuerzas desestabilizadoras desatadas por la aplicación de sus propuestas hacen imprescindible volver a la disciplina monetaria y fiscal así como a políticas de oferta consistentes para recuperar la senda de la prosperidad. Entre tanto hay que dejarles sacar pecho, certificar el fin del liberalismo económico, el crepúsculo del capitalismo salvaje y demás zarandajas y tópicos de su viejo y gastado repertorio. Da igual. La realidad es terca y antes o después termina por imponerse. La paradoja de esta crisis, ya lo verán, es que va a suponer el fracaso y el descrédito final del keynesianismo cañí, de esa singular y tóxica mezcla de intervencionismo macro y microeconómico, mala práctica derivada de una mala teoría.

La racionalidad de los agentes económicos no opera en abstracto sino en un entorno institucional dado y éste puede incentivar y/o producir resultados ineficientes si está mal diseñado. Si las reglas del juego están mal diseñadas, el juego de suma positiva y la armonización de intereses que tiende a producir la búsqueda del interés propio en un mercado competitivo se debilita o incluso puede tender a desaparecer. Eso no refleja irracionalidad sino todo lo contrario: el ajuste de la razón a las circunstancias.

Lorenzo Bernaldo de Quirós