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viernes, 7 de diciembre de 2007

Finalmente lo callaron: Se hunde el socialismo del siglo XXI


Primero el rey lo mandó callar. Ahora los venezolanos acaban de hacer lo mismo. Los dos fenómenos, además, están relacionados. La Corona española goza de una inmensa simpatía en América Latina. En todas las ceremonias de toma de posesión de los nuevos presidentes, invariablemente las figuras más aplaudidas son Felipe y Letizia, que suelen ser los representantes de España. Cuando Juan Carlos, desesperado por la locuacidad patológica de Chávez, indignado por su infinita falta de educación, le exigió que cerrara la boca, creó, sin proponérselo, el más formidable eslogan contra el aprendiz de dictador, y le dio a la oposición el impulso que necesitaban los estudiantes universitarios para vencer la apatía y llevar al pueblo a las urnas nuevamente. Contrariando el viejo cuento, esta vez fue el rey quien gritó que el campesino lerdo iba en cueros.

Las consecuencias de esta derrota de Chávez son enormes. Aparentemente, lo que estaba en juego era la aprobación de una constitución cercana a la que rige en Cuba (inspirada, por cierto, en la legislación stalinista de 1936), pero, en realidad, se jugaba algo mucho más importante: el destino del llamado Socialismo del siglo XXI y los delirantes planes de conquistar América Latina para la causa del colectivismo autoritario. Ahora se sabe que los venezolanos no quieren ser arrastrados hacia el comunismo dentro de su patio, y mucho menos costear la onerosa aventura de convertir a Venezuela en la URSS de nuestro tiempo.

Los mandamases cubanos, seguramente han tomado buena nota de este descalabro. Ya entienden que no pueden contar indefinidamente con el opulento subsidio venezolano, calculado hoy en cuatro mil millones de dólares anuales. Esos cien mil barriles de petróleo que todos los días llegan a Cuba, en algún momento dejarán de fluir, y la Isla sólo tiene reservas para 17 días, lo que los obligaría a un feroz racionamiento de la energía eléctrica, peor que el que sufrieron a principios de la década de los noventa. Los rusos y los angolanos, sí, están dispuestos a vender petróleo, pero siempre que les paguen la factura, y ese improductivo sistema es incapaz de generar las exportaciones que se requieren para hacerle frente a unos gastos muy elevados, porque incluyen el ochenta por ciento de los alimentos y medicinas que la sociedad necesita importar para poder sobrevivir.

Todo esto sucede con un Fidel Castro moribundo, que insiste en postularse al Parlamento para seguir siendo presidente mientras sea capaz de respirar, aunque ya sin otro objetivo que impedir cualquier cambio que se intente introducir en Cuba en la dirección del modelo Chino o vietnamita, como defienden, sotto voce, su hermano y casi toda la nomenklatura. Según la versión oficial, Castro está dando la batalla contra la muerte. La verdad es que embiste contra la inevitable reforma económica, pero si antes pretendía sostener su desastrosa estructura productiva enquistándose en el presupuesto venezolano, como hizo en su momento con la URSS, ese proyectado saqueo ya no es posible durante mucho más tiempo.

Para Evo Morales la noticia también es un mazazo. Su gobierno es el más débil del eje chavista. La derrota del venezolano lo sorprende en medio de una fraudulenta operación en la que, escondido en los cuarteles, intenta forzar una nueva constitución que le permita reelegirse. Tiene en contra medio país geográfico y étnico. Si Chávez no pudo imponer su voluntad, mucho menos podrá él frente a la aguerrida oposición que lo adversa. Hace unos meses, Chávez advirtió que si Morales era derrocado por el ejército o por levantamientos civiles, las tropas venezolanas acudirían en su defensa. Chávez, tras la derrota electoral y la oposición del general Raúl Baduel, ya no puede confiar en sus Fuerzas Armadas. Se sabe que la noche del referéndum le dijeron que no respaldarían ningún pucherazo.

En Ecuador, con otra intensidad, ocurre un fenómeno parecido. El presidente Rafael Correa, uno de los pocos amigos personales de Chávez en la región, basado en su tremenda popularidad, intenta refundar el país para manejarlo a su antojo con una vieja visión cepaliana de la economía, trufada con la anacrónica y nociva influencia de la Teología de la Liberación, pero probablemente la experiencia venezolana le sirva como un factor de moderación. De la misma manera que hasta hace unos días parecía que la izquierda chavista era el futuro del continente, la percepción que ahora se generaliza es la contraria: el socialismo del siglo XXI será un fenómeno efímero.

Pero es dentro de Venezuela, naturalmente, donde la derrota de Chávez genera mayores turbulencias. El chavismo está mucho más cerca de ser una banda primitiva que un partido moderno. El poder descansaba sobre el mito de la invencibilidad del líder adorado, y ese mito se acabó en la madrugada del lunes cuando anunciaron la victoria del no. El chavismo no ha logrado convertirse en un movimiento político organizado, más allá de una turbamulta que aplaude a su caudillo, mientras unos cuantos cortesanos se asocian para delinquir a la sombra del poder. Si Chávez deberá abandonar la presidencia en el 2013, ¿quién lo sustituye y cómo se elige al nuevo candidato? Ahora comienza esa agónica lucha por la sucesión y la consecuente fragmentación del grupo.

En la oposición hay también una recomposición importante. El factor más novedoso es la aparición en la escena política de los estudiantes demócratas, verdaderos héroes en la derrota de Chávez, con tres de sus brillantes portavoces como primeras figuras, y quizás con Jon Goicoechea como la más vistosa de ellas. Quedan vivos Manuel Rosales, gobernador de Zulia, Julio Borges, el líder de Primero Justicia, y Enrique Mendoza, muy activo en la acción tras bambalinas en respaldo del rechazo a Chávez. Sin embargo, la figura clave, a partir de ahora, quizás sea el enigmático general Raúl Baduel, quien en el 2002, tras el golpe militar, hizo lo indecible por devolverle la autoridad a Hugo Chávez, y ahora se ha movido con el mismo éxito en la dirección contraria. Si el general decide aspirar, será un personaje al que hay que tomar en cuenta. En todo caso, la oposición democrática necesita contar con un candidato único para resistir al chavismo, más o menos como los chilenos de la Concertación tuvieron que ponerse de acuerdo para derrotar a Pinochet.

Lamentablemente, todavía es muy prematuro para hablar de la herencia que dejará el chavismo. Al teniente coronel le queda mucho por destruir mientras permanezca en Miraflores haciendo discursos cantinflescos, regalando dinero y cometiendo disparates, pero su paso por la historia venezolana ya ha sido como el de Atila por donde galopaba su caballería. En medio del río de petrodólares más impresionante que ha recibido Venezuela a lo largo de la historia, el país padece un terrible desabastecimiento de artículos de primera necesidad, miles de empresas se han visto obligadas a cerrar las puertas, centenares de miles de venezolanos educados han tenido que emigrar, y las calles de las principales ciudades se han transformado en el peor matadero latinoamericano.

Desde 1999 a la fecha, más de cien mil venezolanos han sido asesinados por delincuentes comunes, y apenas un cinco por ciento de esos crímenes ha podido llegar a los tribunales. Hoy el país está infinitamente peor gobernado, y la sociedad mucho más crispada, que en 1998, cuando Venezuela, de una manera insensata, se entregó en manos de un aventurero ignorante cuya mejor credencial es que en 1992 había intentado acabar a tiros con el sistema democrático. Tal vez, cuando termine este triste episodio, ésa sea la única herencia positiva que deje el chavismo: para que una nación prospere y triunfe, hay que saber elegir. Los venezolanos, parece, están aprendiendo.

Por Carlos Alberto Montaner

domingo, 2 de diciembre de 2007

El general en su laberinto


Un segundo “pinochetazo” se gesta en Venezuela, de acuerdo con algunos teóricos marxistas que pululan como asesores gubernamentales. Para unos, las declaraciones del general Raúl Isaías Baduel contra la reforma constitucional fueron el inicio formal de un plan contrarrevolucionario que estaría en plena ejecución. Para otros, la fractura del ejército que significa la salida de Baduel del proceso chavista pone en peligro la revolución venezolana y la integración bolivariana en el continente.

La reforma propuesta por Chávez con el objeto de profundizar la revolución, en lugar de unificar a distintos factores sociales, económicos y políticos, no chavistas en torno al “proceso”, lo que ha logrado es fraccionar a la sociedad venezolana en todo nivel, aún más de lo que ya estaba.

El efecto Baduel ha estimulado el ir a votar contra la reforma y disminuido el abstencionismo. La conducta del general después del referéndum será crucial y decisiva. Los sectores oficialistas, con grupos paramilitares y los “batallones” del partido socialista tomarán la calle para cantar el triunfo antes que el poder electoral termine el escrutinio. La oposición denunciará un fraude electoral. Los voceros más radicales de ella llamarán al pueblo a la calle para defender una legítima victoria, y muy probablemente se sumaran amplios sectores de la oposición.

La crisis. Así comenzará la crisis y hete aquí que toda Venezuela estará esperando el reconocimiento oficial del resultado por parte de Baduel o la confirmación de sus palabras aseverando que se ha consumado un golpe en contra de la efectiva constitución de 1999. Este mensaje del trisoleado general será concluyente tanto para civiles como para los ciudadanos de uniforme. En ese momento Baduel puede invocar los artículos 333 y 350 de la Carta Magna y cumplir su deber de colaborar en el restablecimiento de la Ley Fundamental derogada, desconociendo cualquier legislación o autoridad que contraríe los valores, garantías y principios consagrados en la constitución cambiada.

El pronunciamiento de Baduel se oirá en las filas castrenses con mucha atención y, por lo que ha expresado hasta ahora, no aceptará la reforma de ninguna manera. Entonces, nos preguntaremos: ¿cuál será su estrategia? Si asume el liderazgo y llama a la protesta, a la lucha, inmensos factores dentro del movimiento estudiantil, sindicatos, partidos de oposición, iglesias y los ciudadanos en general le seguirán porque le perciben con poder para sacar a Chávez de Miraflores. El comandante en jefe Chávez tendrá que apelar a los planes militares contingentes y el choque de trenes será inevitable. Predecir quien vencerá es imposible pero el costo será alto.

La otra alternativa es que Baduel llame a la manifestación pacífica, a la resistencia sin violencia, a la denuncia del golpe constitucional y/o del fraude electoral ante las instancias nacionales e internacionales, y a continuar una lucha de mediano y largo plazo. En este caso, de todos modos no parará las protestas, pero las debilitará por desaparecer la representación de un posible apoyo militar. Baduel perderá el liderazgo que haya ganado en sectores opositores y tenderá a “ariascardenizarse” y minimizar su participación pública.

Chávez de ninguna manera tendrá éxito. Le será imposible instrumentar un sistema que rechaza, al menos, la mitad del país. Para implementarlo tendría que dejar la apariencia democrática. Si lo hace, será derrocado más temprano que tarde.

Vladimir Gessen

El colapso venezolano


Es cierto, pero no tanto, que la suerte de la democracia venezolana se juega en el referendo de hoy.

Cierto, porque un triunfo de la reforma constitucional impuesta por Hugo Chávez al Congreso, y despachada expeditamente para su ratificación en las urnas, implicará la legitimación definitiva de un esquema personalista y autoritario, mientras su eventual –y difícil— derrota sería un saludable freno a su arbitrariedad caudillista.

Pero no tanto, pues, más allá de lo que hoy ocurra, ya Venezuela se ha precipitado en una vorágine de conflicto y desarticulación política, social e institucional, de la que el referendo es un resultado, más que una causa. Es decir, la democracia y el tejido de prácticas e instituciones que la hace operante, están colapsados.

Daños irreparables. El proceso de implosión vivido por Venezuela en su organización estatal, estructuras de relaciones ciudadanas, organización política, claridad en las reglas del juego, ejes de solidaridad e identificación simbólica de la población, no es irreversible. Pero ha avanzado tanto, en extensión y profundidad, que sus daños se han vuelto irreparables en el corto plazo.

Por esta cruda realidad, lo mejor que podría pasar tras el referendo (si el ímpetu ciudadano logra derrotar a Chávez), es frenar la velocidad de un deterioro que ya ha avanzado a niveles alarmantes. Lo peor (si gana) es que camine a un mayor ritmo, hasta desembocar en la dictadura o el enfrentamiento.

Pero la verdadera corrección del rumbo venezolano será un proceso mucho más difícil y condicionado a la posibilidad de reconstruir el “contrato social” y la arquitectura institucional del Estado, hoy casi inexistentes.

Desarticulación visible. Basta fijar la mirada en las principales fuerzas que se han confrontado alrededor del referendo, para aquilatar la desarticulación social e institucional de Venezuela.

Los partidos, las instituciones democráticas que, por excelencia, representan y amalgaman los intereses difusos de los ciudadanos para representarlos en la toma de decisiones políticas trascendentales, han sido, en el mejor de los casos, jugadores secundarios del debate. La bandera la han llevado otros.

Los estudiantes se han convertido en la gran vanguardia de la oposición. Se trata de un hecho esperanzador sobre el futuro del país, pero, a la vez, indicativo de la debilidad de otros sectores, entre ellos políticos.

Del lado oficialista, una heterogénea y manipulada mezcla de “misiones”, turbas, grupos clientelistas e incipientes milicias, obedientes a Chávez, se han impuesto sobre sus aliados partidistas. Por esto, en parte, las suspicacias de algunos aliados.

La clásica división entre poderes –Ejecutivo, Legislativo y Judicial--, indispensable para crear balances y contrapesos que eviten los excesos o distorsiones de cada uno, se ha borrado totalmente, bajo el peso de la arbitrariedad y la ruptura de fronteras institucionales.

Las instituciones públicas en general, uno de cuyos deberes en democracia es procesar los conflictos sociales mediante reglas claras, procedimientos transparentes y decisiones legítimas, han sucumbido ante el ímpetu personalista de Chávez. ¿Cuál mejor ejemplo que la subordinación al Ejecutivo del Consejo Nacional Electoral, el gran organizador y supuesto árbitro de las votaciones?

La necesidad de una coherencia básica entre el discurso y la práctica en los asuntos públicos, sin la cual el cinismo ciudadano se hace epidemia, se ha hundido por completo. ¿Cómo conciliar la prédica del “socialismo del siglo XXI” mientras, al amparo de los privilegios oficiales, se consolida una nueva oligarquía que viaja enHummers , importa yates y toma whisky de 18 años?

Y todos los grupos, instituciones con ímpetus y actividades independientes (como algunas universidades, empresarios y medios de comunicación, la Iglesia y los sindicatos), viven bajo un asedio permanente desde el poder, para reducir su incidencia sobre los asuntos públicos.

Luz de esperanza. Que, a pesar de esta desarticulación social y persecución oficial, el rechazo a la reforma constitucional haya logrado un dinámico ímpetu durante los últimos días, y se haya podido evitar una confrontación sanguinaria entre sectores, da motivos para la esperanza: por un lado, sobre el apego de la población a la base de la democracia, que es la libertad; por otro, sobre un profundo y extendido rechazo a la violencia.

Pero lo grave, además del riesgo inminente de dictadura, es que el tejido cívico y la estructura institucional de Venezuela ya están casi pulverizados. Y esta realidad debe generar tanta o mayor preocupación que el resultado del referendo.

Por Eduardo Ulibarri

sábado, 1 de diciembre de 2007

Venezuela al borde del precipicio


El ambiente venezolano se le está complicando a Hugo Chávez. A pesar de que el precio del barril de petróleo se acerca a los 100 dólares, los venezolanos confrontan creciente escasez de alimentos y demás productos esenciales. Debido a absurdos controles de cambio y de precios, a la ineptitud y desbordada corrupción burocrática, al acoso sufrido por los productores nacionales y la lentitud de los servicios portuarios, por primera vez en la historia venezolana se sufre tal escasez. El faltante más notorio es la leche para los niños y éste apenas es el prólogo del chavismo estalinista.

Como al gobierno se le viene encima una crisis fiscal de inmensas proporciones, acaba de implantar un impuesto a las transacciones financieras: 1,5% sobre cada cheque emitido por las empresas. En los sectores que operan bajo precios fijados por el gobierno, como los colegios privados, la distribución de gasolina, gas licuado, medicinas y alimentos esenciales, éste nuevo impuesto significa la desaparición de más empresas e industrias pequeñas y medianas.

Según estadísticas de la Confederación Venezolana de Industriales, de 11.000 industrias que existían en Venezuela en 1998, quedan menos de 7.000.

Y cada día más venezolanos se preguntan para qué sirven los controles de precios y de cambio cuando desde hace años sufren una de las peores inflaciones del mundo, como lo reporta la revista The Economist. En depreciación de la moneda, sólo su amigo Robert Mugabe, presidente de Zimbabwe, le gana a Chávez. La otra pregunta es ¿para qué les sirve el petróleo, que supuestamente desde enero de 1976 pertenece a todos los venezolanos?

En enero habrá una nueva moneda (con tres ceros menos), que el gobierno llama “bolívar fuerte”. Chávez asegura que con la nueva moneda los venezolanos podrán comprar más, pero sucederá lo contrario. Una fuerte devaluación está en ciernes, aunque siga aumentando el precio del petróleo.

Mientras los venezolanos confrontan tantas calamidades, Chávez sueña con encabezar una confederación de naciones latinoamericanas, entromete funcionarios, militares y dólares venezolanos en entidades gubernamentales de Bolivia, Nicaragua, Argentina y Ecuador, ofrece refinerías petroleras por donde quiera que viaja y amenaza con medidas aún más radicales contra quienes pretenden producir, distribuir o prestar algún servicio a la población venezolana. En estos días, Chávez está celebrando el retiro de ExxonMobil y Shell de América del Sur, empresas que hace medio siglo tenían cuantiosas inversiones en Venezuela, por lo que entonces las exportaciones venezolanas representaban 60% del comercio petrolero internacional.

Hoy todo apunta a una crisis sin precedentes. Por eso su apuro en realizar el referendo el 2 de diciembre para aprobar su nueva Constitución, la número 27, a imagen y semejanza de la que oprime salvajemente a los cubanos.

Chávez está seguro de ganar el referendo porque –como sucede en todos los países comunistas– la oposición vive bajo serias amenazas, cada día él ejerce mayor control sobre la radio y televisión, manipula como quiere al Consejo Nacional Electoral, el registro de electores es un secreto de estado para que nadie pueda investigar ni comprobar irregularidades (muertos y fantasmas que votan, cubanos y otros extranjeros reciben cédulas venezolanas apenas llegan al país), el sistema electrónico de votación es inauditable y cuenta con cómplices de amplia experiencia en conteos fraudulentos.

Además, muchos opositores no votarán porque la reforma propuesta irrespeta descaradamente los fundamentos de la Constitución vigente, la cual señala que los derechos ciudadanos, como el voto, la libertad de pensamiento, de expresión y de asociación, el debido proceso, la libre iniciativa, la competencia, la propiedad del fruto del trabajo y la libertad de estudiar no son negociables, no se pueden limitar ni están sujetos a votaciones por mayorías incidentales.

Contrario a la propaganda oficial, Chávez es el gobernante venezolano que a lo largo de nuestra historia menos se ha parecido físicamente, culturalmente e ideológicamente a Simón Bolívar.

Por Carlos Ball

domingo, 11 de noviembre de 2007

Potestad sobre la libertad


De gobiernos con tendencias al totalitarismo se ha sabido mucho en todos los rincones del mundo. Sin embargo, el caso de Venezuela es único, principalmente por la impunidad con la cual se llevan a cabo los atropellos por parte del todopoderoso tirano hambriento de poder y de adulación que se erige a sí mismo y apoyado en un virtual 60% de la población, pretende llevar a cabo una serie de reformas, con el permiso correspondiente de un poder legislativo lleno de serviles, quienes harán lo posible y lo imposible para mantener una máscara de democracia, se atropella el espíritu mismo de un sistema democrático, que es la autonomía entre los poderes.

Las consecuencias de los anuncios presidenciales, así como el derecho a legislar exprimiendo la autoridad que le es conferida por medio de la Ley Habilitante, han sido, son y serán infinitas. Por lo visto, la intención es ser lo más ambiguo y contradictorio posible, lo cual constituye una buena estrategia para mantener el control absoluto del poder, asemejándose por cierto, a los sacerdotes de la Edad Media quienes poseían la verdad absoluta y (por lo tanto) el control en sus manos, solamente ellos tenían autoridad delegada directamente por Dios para culpar o absolver al resto de la población de todo pecado. Comparación que no dista mucho de la realidad si tomamos en cuenta que el comunismo es una religión, en la cual el máximo líder ha sido escogido por el pueblo y es la voz autorizada por el pueblo mismo para obrar a favor de éste aun cuando la gente no lo entienda, porque el amado líder es como un padre bondadoso, cuyo amor a sus hijos le lleva a cometer imprudencias. En realidad lo único que nos falta es un decreto-ley de ordenación de sacerdotes que guarden y proclamen los preceptos de la “Religión Revolucionaria”.

Lo cierto del caso es que el poder que se confiere a un individuo es enorme, además de ser inevitable a estas alturas, no pasar por las consecuencias de una persona dispuesta a lo que sea con tal de mantenerse en el poder. Durante 18 meses un solo ser tendrá la potestad absoluta sobre todo lo que gravita en Venezuela y alrededor de la vida de los venezolanos, reduciendo cada vez más los límites de la singularidad de los individuos.

Sin embargo, el mayor conflicto al cual nos enfrentamos los venezolanos, es que se fortalezcan mitos políticos, como el culto al elemento armado, que heroizan al hombre en armas, al militar por encima del civil. Pareciera que todavía no hubiésemos superado 1813 con sus discursos de los héroes de la patria en los cuales se les otorgaba preeminencia a los militares “fundadores de la Patria” a quienes la República debía su soberanía y “son acreedores a ocupar siempre un alto rango en la República que les debe su existencia”.

Sé que he insistido en este tema de mitos políticos y así lo seguiré haciendo, porque hasta que no superemos etapas de nuestra historia política, nos será imposible esbozar soluciones exitosas, continuaremos dando vueltas sobre lo mismo, en una constante ruptura con el presente y procurando justificaciones en un pasado remoto (aspecto fundamental de las revoluciones).

Tenemos entonces, esa heroización del hombre en armas; además una oposición que le hace el juego al gobierno para ver quién es más anti-político cada vez que procuran soluciones en el componente armado mientras se muestran a sí mismos como los impolutos del cuento cuyo interés es liberar a Venezuela de un “Castro-comunismo”. En Venezuela lo que impera es un tirano cuyo asimiento está en el imaginario político nacional de una población que todavía no entiende que lo peor para cualquier nación es la concentración de poder en un individuo y lo aplauden, esperando que vuelva la Edad dorada de Juan Vicente Gómez, cuando había “seguridad, orden y progreso”, la única restricción era “meterse en política” (léase “pensar”).

Por otro lado tenemos al Leviatán (monstruo marino que aparece en la Biblia, aterrador y con mucho poder, pero en este caso hace referencia a una descripción que hace Thomas Hobbes del Estado como un monstruo creado por los hombres para defenderlos de sí mismos y a quien entregan su libertad a cambio de la seguridad, basando su poder en el terror), el honorable hombre de armas a quien Venezuela le debe el “fin de 40 años de bipartidismo y podredumbre política”, dispuesto a exprimir sus 18 meses (y el tiempo que le quede antes de que la sumatoria de fuerzas que actúan dentro de él le lleven a una implosión), para consolidar su proyecto totalitario, estatizando empresas cuyo mejor fin será aumentar el gasto público (porque lo más probable es que la calidad de los servicios empeore a partir de las estatizaciones), oportunidad que aprovechará para imponer un discurso de gobierno nacionalista. Ese es el caso, entre otros de RCTV, en el cual se evidencia el propósito de imponer a la gente una forma particular de pensar, anulando el derecho de cada quien de pensar y actuar como le indique su modo de ver el mundo; todos y cada uno de los individuos tiene singularidad, que puede desagradarnos, pero es un ser humano con derecho a pensar y expresarse, nada puede cambiar eso.

El trabajo aquí es, como todo lo que vale la pena, largo y arduo, si es que interesa un sistema demócrata liberal en Venezuela, porque consiste en deshacerse de los mitos que se han forjado a lo largo del tiempo. Ese mito que haya su máxima expresión en rendirle pleitesía al hombre fuerte y sabio, que nos guíe por el camino correcto, ese que no podemos ver, pero que el dirigente seguramente conoce, es el súper-hombre que está en conocimiento de qué quiere y qué le conviene al pueblo y sabrá llevar a la población al camino correcto (eso plantea Vallenilla Lanz en 1903, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia).

Pero los momentos difíciles tienen su ventaja, nos obligan a pensar y a ser creativos. Mientras siga vigente el artículo 60 de la constitución, los derechos humanos y aun cuando esto acabe, mientras no haya una catástrofe nuclear, nadie podrá legislar sobre mi libertad de pensamiento.

Estefanía Molina García