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domingo, 18 de enero de 2009

En Vela

Se realizarán, el próximo domingo, las llamadas distritales del Partido Liberación Nacional (PLN), base o primeras piedras de la pirámide política que asciende, por los senderos de las elecciones cantonales y provinciales, a la conformación de la asamblea nacional y, agarrémonos duro, a la elección de los próximos diputados de este partido.

Siendo el PLN el partido mayoritario del país, era de esperar mayor información sobre este proceso para que el conocimiento de la cizaña no llegue a ahogar el trigo. Esta ha sido, con todo, la rutina de las distritales en el seno de todos los partidos, en cuenta, justo es decirlo, por el costo de la publicidad. Es una lástima pues, ante el clamor por una democracia más clara y vital, máxime en los tiempos que corren, no convienen los torneos políticos entre familia, entre amigos, entre grupos minoritarios o cacicazgos, todo lo cual da lugar a la extraña modalidad de caracterizar a los candidatos no por su nombre, como seres humanos, con memoria, entendimiento y voluntad, con ojos y oídos, pies y manos, sino por el número de la papeleta.

Esta es la forma más impersonal de presentar a los candidatos o de darse a conocer. Es como promover la venta de un automóvil no por su imagen y su marca, sino por el número del chasis. Es como enamorarse no de una mujer, de carne y hueso, con su gracia, talento y valores, sino de su cédula. Sobre esta base casi anónima se erige una pirámide política expuesta, a la hora de la verdad, a cualquier falla o tentación.

La democracia es publicidad. La dictadura es secreto. Y las elecciones sin un conocimiento cabal y expansivo de los candidatos puede dar lugar al triunfo de los cacicazgos, de los mediocres o del solo poder del dinero. En estas circunstancias, sin embargo, siempre hay ciudadanos erguidos que se atreven a desafiar el poder de los caciques de pueblo o de los manejadores desde las cúpulas, interesados en colocar sus fichas o, como dicen algunos, a sus hombres o mujeres. Bien lo saben los expertos “territoriales”, unos personajes especializados en el juego y en el mercado político, señores de horca y cuchillo en ciertos pueblos, poseedores de la pócima y el secreto para mover voluntades y conciencias.

Bueno, en estas andamos en todos los partidos, con nuestra libertad a cuestas, como responsabilidad o como subasta. Si es cierto que el ser humano es el arquitecto de la democracia, el acierto o el desacierto en la calidad de los escogidos determina, en buena parte, nuestro futuro, en una hora en que, como pocas, hay que saber discernir entre los rostros limpios y las máscaras que nos ofrecen. No nos quejemos después.

Julio Rodríguez