¡Sí!, así como suena. Pareciera que algunos han tomado el lema de los fisiócratas, el viejo y denostado “laissez faire, laissez passer”. Pero no se hagan de ilusiones. Con tales frases no están reviviendo las pretensiones de la libertad económica, ni las ideas de un mercado libre. Tampoco están intentando rebajar los impuestos, la tramitomanía ni la intervención estatal.
¡Todo lo contrario! Algunos de los notables convocados por la presidencia de la República han salido con todo el galillo a pedir reformas al Reglamento de la Asamblea Legislativa y disminución del papel de la Sala Constitucional.
Es una inversión total de papeles. Ahora la Administración Pública y los estatistas quieren su “laissez faire, laissez passer” pro iniciativa gubernamental. Les estorba la oposición política, les complica la existencia la intervención de los diputados, les molesta la posibilidad de ser juzgados, le duele que la Sala Constitucional pueda revisar la conformidad de las actuaciones públicas con la Constitución. Desesperados claman por “laissez faire, laissez passer”.
Algunos estatólatras han llegado a cuestionar los plazos para el silencio positivo (instituto del Derecho público que, tratándose de permisos, autorizaciones y aprobaciones, suple la inercia y silencio del funcionario restaurando el derecho a hacer y seguir adelante), otros deploran la existencia del Recurso de Amparo, unos cuantos maquillan los datos e información públicas (régimen de IVM de la CCSS) y también están los que dicen que la actuación estatal no es cuestionable y está más allá del bien y del mal (Vg.: la trocha no necesita evaluaciones ambientales).
Todo ello me recuerda el genial opúsculo de Eduardo García de Enterría titulado “La lucha contra las inmunidades del poder”, en el cual denunciaba cómo la Administración y el Poder tiende a abusar de la potestad reglamentaria, de la discrecionalidad (incluso algunas veces confundiendo la existencia de conceptos jurídicos indeterminados con discrecionalidad) y de los actos de gobierno (género que no estaría sujeto a la revisión de los actos administrativos).
Algún ministro del siglo pasado expresó que “la Sala Cuarta no deja gobernar”, evidenciando cuán difícil es para algunos trabajar con reglas básicas. Algunos líderes de mayorías han despotricado contra el Reglamento de la Asamblea Legislativa, acusándolo de favorecer minorías, permitir a pocos diputados enfrentar a las mayorías, impidiendo que funcione la democracia (como si fuera únicamente cosa de contar votos) y dar muchos derechos a los diputados.
Y entonces nos encontramos con este nuevo panorama político, los estatólatras han robado el lema a los fisiócratas. Los fisiócratas, encabezados por Jean-Claude Marie Vicent de Gournay (1712-1759), consideraban que una ley natural promovería el buen funcionamiento del sistema económico sin la intervención del gobierno. Los estatólatras, encabezados por algunos de los notables, consideran que el gobierno funcionará bien sin la intervención de magistrados y diputados. Entre ambos, me quedo con los fisiócratas.
El liberalismo económico moduló la propuesta de “dejad hacer, dejad pasar” con el fin de promover la libertad de producir, comerciar y participar en las actividades económicas sin la intervención gubernamental. Los notables estatólatras no han modulado nada, pretenden impuestos, restricciones a la libertad de los ciudadanos, menos garantías judiciales y mayor ámbito de acción pública sin las molestas intervenciones de diputados de oposición, sin el estorbo de mociones que obliguen a discutir los proyectos de ley, sin la posibilidad de que la Sala Constitucional revise la conformidad de las leyes con la Constitución Política. El nuevo “laissez faire, laissez passer” es la propuesta del tigre suelto (gobierno y administración pública) contra el burro amarrado (pueblo).
Quieren “laissez faire, laissez passer” para que RECOPE venda la gasolina que sea y haga las refinerías que quiera: dejen libre al monopolio.
Aspiran al “laissez faire, laissez passer” para poner más impuestos.
Desean el “laissez faire, laissez passer” para vender eurobonos con las menores condiciones y reglas posibles.
Claman por el “laissez faire, laissez passer” para seguir empeñados en la “trocha mocha”, sin control de finanzas, sin controles ambientales, sin rendición de cuentas, sin las molestas indagaciones legislativas.
Insisten en el “laissez faire, laissez passer” para continuar con negociados como el de Riteve, aunque no aparezca el contrato y sea una vía anormal para imponer un monopolio.
Empujan el “laissez faire, laissez passer” para promover la disminución de los derechos de los diputados, a fin de que no se discuta, no se presenten mociones, los plazos sean irracionalmente cortos y no haya deliberación ni discusión.
Es el mundo bizarro, el gobierno quiere un pueblo reglado y sumiso y se ha reservado la libertad para él. Ha resucitado el “laissez faire, laissez passer” pero se lo ha dejado para sí.
Federico Malavassi Calvo 