
Es cierto que una revisión histórica refleja que la realidad política, cultural y económica de nuestro país, y del entorno mundial en general, se desarrolló bajo un contexto de sometimiento de la mujer. No podemos olvidar que unas décadas atrás, la mujer no tenía derecho al voto, al tiempo que su participación en la economía era nula o se limitaba a labores de poca relevancia. Desconocer estos errores es desconocer el desarrollo de nuestras sociedades.
Sin embargo, nuestras sociedades han cambiado, y hoy, las mujeres juegan un papel preponderante en amplios ámbitos del quehacer social general. Particularmente Costa Rica posee uno de los parlamentos con mayor participación de mujeres en el mundo, ocupando además altos puestos de mando en el ámbito público y privado. De hecho, en nuestro país el poder Ejecutivo es encabezado por una mujer.
No obstante, en medio de las luchas genuinas que muchos hombres y mujeres han dado en pos del justo reconocimiento de la igualdad de derechos y contra la discriminación por motivos de género, se ha fraguado un grupo de feministas radicales que ven la necesidad de inmiscuir la doctrina del género en los más recónditos e increíbles espacios del quehacer social. Para ciertos grupos que no reconocen el avance de nuestra sociedad en esta materia, las mujeres se encuentran en la misma condición que hace más de sesenta años.
Cabe señalar la odiosa deformación del español (como el ocurrente término "fiscala"), la absurda y risible propuesta de modificar nuestro himno nacional para incluirle la visión de género, así como la múltiple legislación que promueve la discriminación positiva, entre la que queremos destacar a la reciente Ley N° 8901, “Porcentaje mínimo de mujeres que deben integrar las Directivas de Asociaciones, Sindicatos y Asociaciones Solidaristas” publicada en La Gaceta el 27 de diciembre de 2010, en la que se obliga a las juntas directivas de este tipo de organizaciones a estar integradas de forma equitativa por hombres y mujeres. Este hecho ha sido denunciado por la Unión de Costarricense de Cámaras y Asociaciones del Sector Empresarial Privado (UCCAEP) como inconstitucional por limitar la libertad de asociación, consagrada en nuestra Constitución Política y, pronto, un sinnúmero de agrupaciones apoyarán esta tesis.
Los ideólogos del paradigma del género han promovido un cuerpo teórico feminista, que, sin duda, ha sido alimentado hasta convertirlo en credo indiscutible; cualquiera que ose a contradecirlo o cuestionarlo es un troglodita recién salido de las cavernas. Así, es casi imposible escuchar a una feminista hablar de los avances de los derechos de la mujer en nuestra sociedad y mucho menos a cuestionar sus propios postulados. Para estas personas, las mujeres aún viven bajo el yugo del hombre.
Karl Popper señalaba que la diferencia entre una actitud científica y una doctrinaria es que la científica se deriva de la capacidad que el científico tiene de especificar por adelantado bajo qué condiciones estaría dispuesto a abandonar su teoría y sus supuestos más básicos. Imre Lakatos agregaba en "La metodología de lo Programas de Investigación Científica", que la honestidad intelectual no consiste en intentar atrincherar o establecer la posición propia probándola (o haciéndola probable); más bien consiste en especificar con precisión las condiciones en que estaríamos dispuestos a abandonar nuestra posición. Los marxistas y freudianos comprometidos rehúsan especificar tales condiciones: tal es la señal de su deshonestidad intelectual.
Sería interesante preguntarle a una feminista comprometida –o a cualquier promotor del enfoque de género- ¿bajo cuáles condiciones estaría dispuesto a abandonar sus postulados? y ¿cuándo estaría conforme con el estado de cosas, y viviría en paz con el trato social recibido?, probablemente tal cuestionamiento termine en una mirada despectiva y una acusación de machista grosero.
