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martes, 1 de noviembre de 2016

La columna de Carlos Federico Smith: los consumidores siempre terminan pagando los gastos

Los datos que brinda La Nación en su edición del 29 de agosto, bajo un comentario titulado “Abonados de luz pagan $15 millones de más por equipos para la planta Toro III: ICE y JASEC cobran $41 millones por turbinas y generadores que le costaron $25.6 millones”, son preocupantes, pues muestran la imposibilidad de los consumidores de evitar ser cargados con gastos que, por el momento, llamaré dudosos, por quien, de hecho, son suplidores únicos del servicio eléctrico.
 
La historia narrada por el medio es complicada, por lo que haré un esfuerzo para señalar con claridad, en lo posible, cuál es la razón del cobro de más a los abonados del ICE y de JASEC, dado que el órgano regulador de las tarifas eléctricas, la ARESEP, aprobó los presuntos gastos de más, como parte de los costos que les son trasladados a los consumidores por medio de las tarifas eléctricas.
 
1.- “La obra fue desarrollada, en conjunto, por el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) y por la Junta Administrativa del Servicio Eléctrico de Cartago (JASEC), mediante un fideicomiso administrado por el Banco de Costa Rica.” Este fideicomiso es un arreglo administrativo o contrato por el cual el Banco de Costa Rica, “administraba la consecución y operación del proyecto, así como conseguir el financiamiento, el cual sería cubierto con el dinero de las tarifas eléctricas.” Este fideicomiso se formalizó en el 2010.
 
2.- Pues bien, así se acordó, pero, antes de que entrara en el panorama el Banco de Costa Rica (BCR), tanto “el ICE como JASEC empezaron a desarrollar ciertas obras.” Así, entre el 2008 y el 2009 se adquirieron en $23.9 millones las turbinas, generadores y transformadores del proyecto.  Además, en el 2011, se adquirió un equipo de control por $1.7 millones, cual llevó el costo total del equipo turbogenerador a $25.6 millones.
 
3.- Debido a que, cuando se adquirió aquel primer equipo, aún no existía aquel fideicomiso con el BCR, JASEC tuvo que conseguir un préstamo con el Scotia Bank para hacer aquella compra.
 
4.- La sorpresa fue que, menos de tres años después de acordado aquel fideicomiso -a principios del 2012- en el contrato de construcción de la obra del ICE y de JASEC con el BCR, se consigna un monto de $41 millones, en vez de los $25.6 arriba citados, como parte del contrato de construcción que el ICE firmó con el BCR por $188 millones, firmado en enero del 2012. Obviamente, había un monto de más por $15.4 millones (los $41 millones señalados, menos los gastos totales antes indicados por el equipo turbogenerador por $25.6 millones).
 
Este monto adicional de $15.4 millones fue luego cargado en la fijación de la tarifa eléctrica que hace ARESEP y que es cobrada a los consumidores: estos terminan pagando los platos rotos.
 
El ICE, ante el cuestionamiento, por medio de su funcionario Javier Orozco, director de planificación y desarrollo eléctrico de esa entidad, brindó el detalle de los $41 millones, que incluye, “$28,7 millones (que) corresponden al valor de los equipos, y los restantes $12.4 millones a ‘costos distribuibles del proyecto’, que no forman parte del equipo turbogenerador,” según informa La Nación. Estos ‘costos distribuibles del proyecto’ incluyen los siguientes gastos: “escombreras para el material excavado, gestión socio-ambiental, incluyendo la gestión comuna, caminos de acceso, levantamiento y atención de campamentos, contratación de personal de apoyo en el proyecto, trasporte de quipo y personal de trabajo, servicios de ingeniería y electricidad.”
 
O sea, estos $12.4 millones, más un diferencial de $3 millones en equipos adicionales a los de turbo-generación, son básicamente costos adicionales que no se habían indicado previamente, al firmarse el fideicomiso con el BCR  y por el cual ahora se les pasa la cuenta a los consumidores cautivos.
 
Es afortunada la gestión de la Comisión de Ingreso y Gasto de la Asamblea Legislativa, la cual le ha pedido a la ARESEP que “deje sin efecto una ‘contradicción insalvable’”, pues aumentó la tarifa de generación de JASEC en un 23.4%, sin haber tomado en cuenta los costos cuestionados descritos arriba. Asimismo, la ARESEP aprobó adicionalmente un alza de 2.96% en la tarifa que, supuestamente, pagarían 94.000 abonados de ese ente. Dichos aumentos regirían a partir del 1 de enero del 2017, razón por la que la Comisión le pide a ARESEP que justifique pronto dicho incremento. Todo ello aparece en el artículo de La Nación del 7 de octubre, bajo el título “Legisladores piden parar alza aprobada a JASEC: Tarifas eléctricas.”
 
Jorge Corrales Quesada

miércoles, 20 de junio de 2012

Desde la tribuna: un monopolio interminable


La revision técnica vehicular fue convertida en un negocio monopolico, protegido por el Estado. La verdad es que no hay ninguna posibilidad de monopolio sostenible, en el tiempo, sin la complicidad de los políticos. Esto aplica a cualquier monopolio. RITEVE, la empresa favorecida por la protección estatal es solo un caso. Sin embargo, no es cualquier caso.

Para empezar, el monopolio tiene ya diez años y va con destino a otros muchos. Por supuesto, la alegada intervencion benefactora de RITEVE, se justifica arguyendo que este procedimiento cuida de los costarricenses y de la seguridad vial.  Fue un inicio en esa vía. Luego, vinieron otras intentonas fallidas, como los semáforos inteligentes o las cámaras fotográficas multadoras y, sin duda, vendrán otras.

RITEVE es un hito, como un faro para los políticos. Produce decenas de miles de millones anuales en ingresos. Es un gran negocio. Hasta hoy, no ha sido capaz de cumplir con la Ley del Sistema Nacional de la Calidad. Esta empresa monopólica, despues de dos lustros, no cuenta con una sola de sus pruebas acreditadas, de conformidad con la ley.  Lo más que ha hecho, es certificarse como ente inspector pero, curiosamente, es un ente inspector cuyas pruebas no estan acreditadas.

Por ejemplo, las pruebas que nunca se hicieron en la llamada trocha fronteriza, debieron estar acreditadas, Las que se hicieron y fueron incumplidas en la concesión a Caldera debieron estar acreditadas. Para mejor nutrirse, RITEVE esta excepcionada de acreditar sus pruebas por la manipulación política, la misma que le ha otorgado y mantenidio el monopolio, pretende no solo continuar irrespetando la ley, sino exigiendo tarifaciones superiores o indemnizaciones. Hasta el dia de hoy, ningún funcionario público ha señalado el incumplimiento de RITEVE.

Con toda probabilidad, la defensa costarricense en un arbitraje ya en curso, no ha tomado en cuenta este flagrante incumplimiento del monopolio. La verdad es que se estara montando el caso para que termine favorecida la tesis del monopolio. Nunca lo sabremos con claridad, porque el arbitraje obliga a la confidencialidad.     

RITEVE es pues, un hito. No solo por la persistencia monopólica, ni la excusa de la seguridad vial ciudadana, ni por el incumplimiento legal a la calidad exigida para este tipo de pruebas, ni por el gigantismo de los ingresos en juego sino, tambien, por el mecanismo del secreto, garantizado por el procedimiento arbitral.

Sin duda, RITEVE persistira incólumne. Es una empresa muy bien protegida por la clase política dominante. En campaña electoral, la promesa de su remisión es una constante. En dramático contraste, en el ejercicio del poder, su permanencia es la constante. 

Este monopolio muestra la falsedad incardinada en las campañas políticas de una democracia carcomida por la corrupción y engañada constantemente. No hay Junta de Notables, ni Consejo de Gobierno, ni Asamblea Legislativa, ni elecciones nacionales, capaces de terminar con  la rapacidad de estos monopolios. 

Hoy es posible afirmar que RITEVE es un intenso e interminable monopolio y un ejemplo de los peores abismos de la democracia representativa costarricense. 

Mario Quirós Lara

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Crónica de una quiebra y una nacionalización anunciadas


Al igual que su hermana gemela Freddie Mac, Fannie Mae ha sido siempre un negocio fraudulento. El nefasto Franklin Delano Roosevelt la creó como empresa pública en 1938 para "facilitar" el acceso de los estadounidenses a la propiedad inmobiliaria. El negocio era simple: Fannie Mae compraba las hipotecas a los bancos, las empaquetaba y las vendía a otros inversores privados.

Dado que las hipotecas empaquetadas que vendía Fannie Mae contaban con la garantía del Estado (si el hipotecado no pagaba, lo hacía el Gobierno), la compañía podía venderlas ofreciendo una remuneración más baja que el resto de sus competidores. Dicho de otra manera: si Chiringuito SA quería que le prestasen dinero, tenía que pagar un tipo de interés más elevado que Fannie Mae por la mera razón de que, a diferencia de ésta, podía quebrar.

En principio, todas las partes salían ganando: los bancos comerciales recuperaban de inmediato el dinero recién prestado (de modo que podían conceder otra hipoteca), los inversores privados contaban con la garantía del Estado de que las hipotecas que compraban no resultarían impagas y los estadounidenses veían reducir los tipos de la deuda hipotecaria. Sólo había un pequeño perjudicado: el sufrido contribuyente, que era en última instancia quien subvencionaba la compra de las viviendas. Al fin y al cabo, Fannie Mae podía pagar tipos más bajos por su deuda porque el Gobierno le había concedido el privilegio de poder desplumar al contribuyente en caso de necesidad.

A finales de los 60 el Gobierno quiso dejar de consolidar las actividades de Fannie Mae en los Presupuestos y privatizarla. Dos años después, y ante la posición de dominio que había logrado la firma –a golpe de privilegios–, decidió introducir competencia en el mercado y creó Freddie Mac.

Por supuesto, ya la terminología empleada resulta venenosa. Fannie Mae nunca fue privatizada, dado que, implícitamente, el Gobierno seguía respaldando su deuda. Era un secreto a voces que si quebraba, el Tesoro se haría cargo de sus obligaciones, que es lo que de hecho ha sucedido. Por otro lado, Freddie Mac no suponía una genuina competencia, pues se trataba de una empresa diseñada por los políticos y, al igual que su hermana, por ellos privilegiada.

Así las cosas, en las últimas décadas Freddie Mac y Fannie Mae acapararon más de 5 billones de dólares en hipotecas (el mercado estadounidense apenas llega a los 12). Se trata de 5 billones que nunca se habrían concertado de no ser por los tipos de interés subvencionados que ofrecían esas dos firmas.

A nadie debe extrañar que la reciente crisis financiera haya abocado a la quiebra de ambas. Al fin y al cabo, Fannie y Freddie siempre se han encontrado, gracias a sus privilegios políticos, en la vanguardia del negocio hipotecario. Estaban en el epicentro del terremoto. Su quiebra estaba cantada desde que la Reserva Federal comenzó a gestar la actual burbuja inmobiliaria con sus rebajas de los tipos de interés. Nadie le hizo caso, y ahora hay que lamentar las consecuencias. Ante la amenaza de quiebra, la mayoría de los economistas ha aplaudido sin disensión alguna la nacionalización, es decir, que finalmente el contribuyente estadounidense se haga cargo de las deudas de esas entidades teóricamente privadas.

Para defender semejante intervención se ha aducido, no sin razón, que su quiebra podría derribar el sistema financiero. Al fin y al cabo, los principales acreedores de Fannie y Freddie son los bancos comerciales y de inversión, que acaparan la mayor parte de los ahorros de los ciudadanos de EEUU.

La justificación de la intervención, sin embargo, dista de estar clara. Un primer problema que surge es que, con los antecedentes de Bear Stearns, Freddie y Fannie, se genera un enorme riesgo moral en el sistema financiero. En la práctica, los acreedores de los bancos (incluidos los depositantes) saben que tienen carta blanca porque el Gobierno (léase los contribuyentes) terminará respondiendo.

Al margen de estos malos incentivos a largo plazo, existe otro problema –a medio– no menos preocupante. La deuda de Freddie y Fannie supera los 5 billones de dólares, y el Gobierno apenas ha inyectado 200.000 millones (es decir, el 4% de la misma), lo que significa que apenas repunten los impagos deberá proceder a nuevas inyecciones de capital. Es más, después de Freddie y Fannie vendrán otras muchas instituciones financieras que ya se encuentran al borde del colapso: las agencias monoline (Ambac y MBIA) o los bancos Lehman Brothers, Merrill Lynch y Morgan Stanley.

¿Hasta dónde está dispuesto a llegar el Gobierno de EEUU con tal de que no quiebre banco alguno? ¿Tendrá capacidad de garantizar que los deudores de todas esas entidades van a cobrar? Mucho me temo que la respuesta es negativa: estamos ante una crisis de solvencia, y se han de producir fuertes ajustes en las valoraciones de los activos reales y financieros de los ciudadanos y las empresas. El Gobierno está intentando evitarlo a toda costa, pero su función no es refinanciar la deuda de las entidades privadas.

Esto último también incumbe a la Reserva Federal. Con los últimos acontecimientos se ha demostrado una vez más que su política monetaria inflacionista es un rotundo fracaso. Pese a envilecer con saña el dólar y empobrecer a los estadounidenses, no ha logrado evitar la quiebra de Bear Stearns, Freddie y Fannie. Quienes proponen recortar los tipos de manera salvaje y alocada se olvidan de que los orígenes de esta crisis no están en una falta de liquidez, sino en un aumento de la insolvencia que provoca una restricción de liquidez.

Eso sí, por favor, que nadie insista en que esta merienda de negros es un mercado libre. La crisis la provocó la Fed manipulando el crédito; la elevada exposición de Freddie Mac y Fannie Mae se debió a sus privilegios políticos; y la nacionalización de estas dos compañías ha sido orquestada por el Gobierno y van a pagarla todos los estadounidenses.

En un mercado libre no debería haber un banco central inflacionista (sino una moneda estable y de calidad respaldada por oro), prebendas intervencionistas ni rescates de empresas fracasadas. El sistema financiero actual es un atentado sistemático a los derechos de propiedad, perpetrado por los políticos y los gestores de ciertas empresas y bendecido por unos economistas –la mayoría– que perdieron hace mucho tiempo el norte (si es que alguna vez lo encontraron).

Juan Ramón Rallo