
El pasado 22 de abril se celebró el día de la tierra. Vivimos en una época de histeria ambiental, constantemente se nos advierte que el hombre destruirá la Tierra y con ello su existencia. Hace 35 años la revista Time especulaba respecto a la posibilidad de otra era de hielo, hoy en día mas bien se nos dice que estamos condenados por causa del calentamiento global. No podemos obviar que el movimiento verde, ha sido tomado por grupos de izquierda radical, que se aprovechan de los problemas ambientales para propagar sus ideas anti-capitalistas y anti-globalización. Por ello, en este día en ASOJOD queríamos abordar una temática sumamente compleja: la relación que puede o no existir entre la protección del ambiente y el crecimiento económico.
La pregunta que planteada por el título pretende ser el origen de una hipótesis sobre el efecto que poseen las normas ambientales sobre la inversión. Desde un primer momento es esencial aclarar que dicha interrogante requiere de lo que se conoce como un funtor, siendo por ello inevitable preguntarnos a cuál legislación ambiental se refiere, ya que, como todos sabemos, la legislación ambiental no es un cuerpo determinado de normas a priori, razón por la cual se debe comprender que existen tipos de legislación ambiental que se aproximan a la cuestión de la protección del ambiente de formas muy distintas. Por ello podemos establecer, de primera entrada, que efectivamente existen normas ambientales que, eventualmente, afectarían de manera negativa a la inversión, pero que también, siendo un poco creativos, es posible legislar de forma que la protección al ambiente y el desarrollo económico coexistan sin mayores problemas. Siendo así, el gran reto en este campo es determinar el modo en que ambos intereses lleguen a conciliarse y, demostrar así, que aquellos grupos que los han caracterizado como mutuamente excluyentes, están equivocados.
¿Dicotomías? Desgraciadamente, hoy en día muchos de los sectores del movimiento verde parecen estar más preocupados por combatir a las grandes empresas y a la globalización que por proteger el medio ambiente. En efecto, llevaba razón Hayek cuando, en su libro Los Fundamentos de la Libertad, al afirma que:
En estos tiempos, muchos pretenden tener como verdad revelada la dicotomía entre un ambiente sano y el crecimiento económico; otros más extremistas, hablan de una carrera al despeñadero ambiental, producido por la flexibilización en las normas ambientales para atraer más inversión. Sin embargo, si se echa un vistazo más de cerca, es posible notar que el crecimiento económico producido por las inversiones es un requisito fundamental para el desarrollo de un medio ambiente sano, toda vez que no puede esperarse que aquellos que apenas tienen lo mínimo para subsistir vayan a preocuparse por las emisiones de carbono o el largo tiempo que tarda el plástico para desintegrarse. Pero si, dentro de una sociedad se comienza a generar más riqueza a partir del sistema de especialización e intercambio, las personas podrán superar los apuros más básicos y dedicar sus recursos temporales, económicos y humanos a la satisfacción de “nuevas necesidades” de orden más “elevado”. En tal escenario, las personas comenzarían a pensar seriamente en utilizar métodos y procedimientos menos contaminantes, formas alternativas de energía y transporte, etc. Y todo ello es posible porque el crecimiento económico les ha permitido superar las necesidades más directas, apremiantes e inmediatas para dedicarse ahora a satisfacer otro tipo de necesidades.
Por eso, cuando los extremistas del movimiento verde hablan de paralizar el crecimiento económico, realmente están pidiendo que menos gente salga de la pobreza y permanezca en condiciones de depredación de recursos. No recuerdan que el que nada tiene, nada pierde al actuar. Por eso hay que apelar a la sensatez: hay que aceptar cierto grado de contaminación para la subsistencia y desarrollo de la humanidad. Un claro ejemplo resulta el de los automotores: si bien es cierto que contaminan, le permiten al ser humano ahorrar mucho tiempo, mismo que utiliza en la creación de más riqueza. Esta idea ya había sido tratada por Milton Friedman, en su libro Libertad para elegir, donde manifiesta que:
Por desgracia, al vivir con información imperfecta, nunca nos será posible encontrar ese grado exacto de contaminación, aunque podemos acércanos a él por medio de la ciencia.
Medio ambiente e interés privado:
Es cierto que ese nivel de contaminación genera lo que en economía se conoce como externalidades, es decir, aquellos impactos, positivos o negativos, que recaen en un tercero que no es parte de la transacción. Dichas externalidades, generalmente, han sido resueltas por un impuesto pigouviano, en donde la empresa o actividad económica que causare una externalidad negativa debía compensar dichos daños a través de impuestos. No obstante, el Premio Nobel de economía Ronald Coase, señaló brillantemente que dichas externalidades no se dan en forma unilateral, sino que se presentan en forma recíproca. Para ilustrar esto, Coase presentó el caso judicial de Sturgess vs. Bridgeman, en donde se explica:
La Corte falló en favor del médico, ordenando detener el funcionamiento de las maquinarias.
Coase se pregunta entonces, si la decisión de la Corte afectará el destino de ambos establecimientos y su respuesta es negativa en la medida que ambos puedan negociar. Concretamente, Coase señala que:
Este ejemplo se ilustra claramente un problema de medio ambiente (contaminación sónica), en donde la externalidad no es monopolio exclusivo de una de las partes, sino que ambos, tanto el médico como el empresario, se afectan mutuamente. Es aquí donde precisamente la legislación puede jugar un papel preponderante para la solución armoniosa de dichos conflictos, a través del establecimiento de derechos de propiedad claramente definidos que les permitan a las personas entrar en intercambios voluntarios donde ambas partes resulten beneficiadas.
Ahora, siendo el punto inicial de esta presentación la forma en que protección ambiental y desarrollo pueden ser compatibles, cabe enfatizar en varios aspectos para conseguir dicha tarea. En primer lugar, la legislación ambiental debe establecer claros y definidos derechos de propiedad, que conviertan al ambiente en un tema de interés privado para los individuos, haciendo que estos sean los primeros beneficiados o perjudicados por el tratamiento que ellos hagan del ecosistema. En la medida en que se eliminen los bienes públicos, se eliminarán también los free riders. A continuación se exponen ciertos ejemplos que ilustran dicho planteamiento.
a) Los impuestos a la importación: pocos imaginaran cómo temas de política tributaria-comercial pueden encontrarse sumamente vinculados al ámbito ambiental. La reducción de impuestos para la importación de mejores tecnologías puede ser una de las formas menos costosas pero más beneficiosas de colaborar con el ambiente. Dentro de esta condición se pueden encontrar claramente los automóviles, pues al reducir los impuestos a la importación de automóviles nuevos, las personas no sólo verán mejorada su esfera material sino que dicha medida incentivará a que las personas obtengan vehículos que son mucho más eficientes en cuanto al consumo de energía y menos contaminantes.
b) La propiedad sobre la tierra: en tanto exista propiedad privada sobre la tierra, esta se convierte en un factor de producción y de riqueza para su dueño. En este sentido, este será el primero y más interesado en dar un uso racional y eficiente a la tierra misma. También es interesante notar los nuevos nichos que el mismo mercado ha creado a partir de lo que Hayek denominara orden espontáneo, sobre productos cultivados orgánicamente. Siendo este un ejemplo más de como el cuido al medio ambiente es lucrativo.
c) Flora y fauna en conservación: definitivamente si se quiere poner en peligro de extinción a alguna especie animal o vegetal, lo primero que se debe hacer es prohibir su comercialización. Todos los lectores pueden estar seguros que los árboles que se encuentran en peligro no son los de las papelerías canadienses; también pueden estar seguros de que no existe un ejemplo en el mundo de algún animal cuya comercialización fuera legal y libre que haya desaparecido, esto debido a que de nuevo tanto flora y fauna se vuelven en factores de riqueza los cuales han de ser conservados para poder seguir creando riqueza.
Como se puede ver, el reto de las legislaciones ambientales es precisamente establecer responsabilidades directas e inmediatas sobre los individuos en cuanto al desarrollo del ambiente. Esto no sólo asegurará un cuido efectivo del mismo, sino que también incentivará la inversión privada y con ello el crecimiento económico, lo que consecuentemente mejorará las condiciones de vida de todos los habitantes. En cambio la prohibición y la estrechez mental son los caminos más rápidos a la pobreza y desastre ambiental. No hay que olvidar que el ambiente es un medio necesario para el desarrollo pleno e integral de todos los individuos, pero no un fin en si mismo, como algunos desean hacerlo parecer.
La pregunta que planteada por el título pretende ser el origen de una hipótesis sobre el efecto que poseen las normas ambientales sobre la inversión. Desde un primer momento es esencial aclarar que dicha interrogante requiere de lo que se conoce como un funtor, siendo por ello inevitable preguntarnos a cuál legislación ambiental se refiere, ya que, como todos sabemos, la legislación ambiental no es un cuerpo determinado de normas a priori, razón por la cual se debe comprender que existen tipos de legislación ambiental que se aproximan a la cuestión de la protección del ambiente de formas muy distintas. Por ello podemos establecer, de primera entrada, que efectivamente existen normas ambientales que, eventualmente, afectarían de manera negativa a la inversión, pero que también, siendo un poco creativos, es posible legislar de forma que la protección al ambiente y el desarrollo económico coexistan sin mayores problemas. Siendo así, el gran reto en este campo es determinar el modo en que ambos intereses lleguen a conciliarse y, demostrar así, que aquellos grupos que los han caracterizado como mutuamente excluyentes, están equivocados.
¿Dicotomías? Desgraciadamente, hoy en día muchos de los sectores del movimiento verde parecen estar más preocupados por combatir a las grandes empresas y a la globalización que por proteger el medio ambiente. En efecto, llevaba razón Hayek cuando, en su libro Los Fundamentos de la Libertad, al afirma que:
“Pocos argumentos han sido utilizados con tanta amplitud y eficacia para persuadir a las gentes del ‘despilfarro consustancial al sistema de libre competencia’ y de la conveniencia de someter a una discreción centralizada algunas actividades económicas importantes, como en el caso, reiteradamente alegado, de la dilapidación de los recursos naturales por la empresa privada”.
En estos tiempos, muchos pretenden tener como verdad revelada la dicotomía entre un ambiente sano y el crecimiento económico; otros más extremistas, hablan de una carrera al despeñadero ambiental, producido por la flexibilización en las normas ambientales para atraer más inversión. Sin embargo, si se echa un vistazo más de cerca, es posible notar que el crecimiento económico producido por las inversiones es un requisito fundamental para el desarrollo de un medio ambiente sano, toda vez que no puede esperarse que aquellos que apenas tienen lo mínimo para subsistir vayan a preocuparse por las emisiones de carbono o el largo tiempo que tarda el plástico para desintegrarse. Pero si, dentro de una sociedad se comienza a generar más riqueza a partir del sistema de especialización e intercambio, las personas podrán superar los apuros más básicos y dedicar sus recursos temporales, económicos y humanos a la satisfacción de “nuevas necesidades” de orden más “elevado”. En tal escenario, las personas comenzarían a pensar seriamente en utilizar métodos y procedimientos menos contaminantes, formas alternativas de energía y transporte, etc. Y todo ello es posible porque el crecimiento económico les ha permitido superar las necesidades más directas, apremiantes e inmediatas para dedicarse ahora a satisfacer otro tipo de necesidades.
Por eso, cuando los extremistas del movimiento verde hablan de paralizar el crecimiento económico, realmente están pidiendo que menos gente salga de la pobreza y permanezca en condiciones de depredación de recursos. No recuerdan que el que nada tiene, nada pierde al actuar. Por eso hay que apelar a la sensatez: hay que aceptar cierto grado de contaminación para la subsistencia y desarrollo de la humanidad. Un claro ejemplo resulta el de los automotores: si bien es cierto que contaminan, le permiten al ser humano ahorrar mucho tiempo, mismo que utiliza en la creación de más riqueza. Esta idea ya había sido tratada por Milton Friedman, en su libro Libertad para elegir, donde manifiesta que:
“El verdadero problema no consiste en eliminar la contaminación, sino en tratar de sentar las bases de acuerdo, que definan el nivel de contaminación “adecuado”: un nivel en que el beneficio resultante de reducir un poco más la contaminación apenas supere el sacrificio de otras cosas nuevas (vivienda, calzado, prendas de vestir, etc.), que se deberían suprimir al objeto de reducir la contaminación. Más alla de dicho nivel , sacrificamos más de lo que ganamos.”
Por desgracia, al vivir con información imperfecta, nunca nos será posible encontrar ese grado exacto de contaminación, aunque podemos acércanos a él por medio de la ciencia.
Medio ambiente e interés privado:
Es cierto que ese nivel de contaminación genera lo que en economía se conoce como externalidades, es decir, aquellos impactos, positivos o negativos, que recaen en un tercero que no es parte de la transacción. Dichas externalidades, generalmente, han sido resueltas por un impuesto pigouviano, en donde la empresa o actividad económica que causare una externalidad negativa debía compensar dichos daños a través de impuestos. No obstante, el Premio Nobel de economía Ronald Coase, señaló brillantemente que dichas externalidades no se dan en forma unilateral, sino que se presentan en forma recíproca. Para ilustrar esto, Coase presentó el caso judicial de Sturgess vs. Bridgeman, en donde se explica:
“En éste, un pastelero usaba dos máquinas moledoras y trituradoras para el funcionamiento de su negocio (una de las cuales llevaba más de 60 años en el mismo lugar, mientras que la otra más de 26 años). Un médico ocupó en el intertanto un establecimiento vecino. La maquinaria no le había causado ningún daño hasta que éste, 8 años después de haberse instalado en el lugar, construyó una consulta al final de su jardín, inmediatamente contiguo a la cocina del pastelero. En ese momento encontró que el ruido que le causaba esta maquinaria no le permitía utilizar su consulta, específicamente le impedía auscultar a sus pacientes y realizar cualquiera actividad que requiriera de concentración. Frente a esta situación, el doctor interpuso acciones legales para forzar la detención de las maquinarias que producían el ruido.”
La Corte falló en favor del médico, ordenando detener el funcionamiento de las maquinarias.
Coase se pregunta entonces, si la decisión de la Corte afectará el destino de ambos establecimientos y su respuesta es negativa en la medida que ambos puedan negociar. Concretamente, Coase señala que:
“El doctor habría estado dispuesto a renunciar a sus derechos (...) si el pastelero le hubiese pagado una suma de dinero mayor que la pérdida de ingresos que le hubiese significado mudarse a un lugar más caro o menos conveniente, finalizar con sus actividades en ese lugar (...) o tener que construir una pared que eliminara el ruido y la vibración. El pastelero habría estado dispuesto a incurrir en este costo si el monto que hubiese tenido que pagar al médico hubiese sido menor que la caída en ingreso que hubiese tenido que sufrir por modificar su modo de operación, abandonar su operación o trasladarse a otro lugar. La solución al problema —continúa Coase— depende esencialmente de si el uso de la maquinaria le significa mayores ingresos al pastelero de los que pierde el doctor”.Siendo que:
“En resumen, lo que nos dice Coase es que el uso que se les dé a estos establecimientos (recursos) no dependerá de lo que establezca la ley o falle el juez, sino de los beneficios y costos asociados a cada una de las alternativas en discusión. Esto no quiere decir que la ley o el fallo judicial carecen de importancia. La verdad es que son indispensables para establecer los derechos, de modo de posibilitar las negociaciones, las que no se podrían llevar a cabo en ausencia de estos derechos.”
Este ejemplo se ilustra claramente un problema de medio ambiente (contaminación sónica), en donde la externalidad no es monopolio exclusivo de una de las partes, sino que ambos, tanto el médico como el empresario, se afectan mutuamente. Es aquí donde precisamente la legislación puede jugar un papel preponderante para la solución armoniosa de dichos conflictos, a través del establecimiento de derechos de propiedad claramente definidos que les permitan a las personas entrar en intercambios voluntarios donde ambas partes resulten beneficiadas.
Ahora, siendo el punto inicial de esta presentación la forma en que protección ambiental y desarrollo pueden ser compatibles, cabe enfatizar en varios aspectos para conseguir dicha tarea. En primer lugar, la legislación ambiental debe establecer claros y definidos derechos de propiedad, que conviertan al ambiente en un tema de interés privado para los individuos, haciendo que estos sean los primeros beneficiados o perjudicados por el tratamiento que ellos hagan del ecosistema. En la medida en que se eliminen los bienes públicos, se eliminarán también los free riders. A continuación se exponen ciertos ejemplos que ilustran dicho planteamiento.
a) Los impuestos a la importación: pocos imaginaran cómo temas de política tributaria-comercial pueden encontrarse sumamente vinculados al ámbito ambiental. La reducción de impuestos para la importación de mejores tecnologías puede ser una de las formas menos costosas pero más beneficiosas de colaborar con el ambiente. Dentro de esta condición se pueden encontrar claramente los automóviles, pues al reducir los impuestos a la importación de automóviles nuevos, las personas no sólo verán mejorada su esfera material sino que dicha medida incentivará a que las personas obtengan vehículos que son mucho más eficientes en cuanto al consumo de energía y menos contaminantes.
b) La propiedad sobre la tierra: en tanto exista propiedad privada sobre la tierra, esta se convierte en un factor de producción y de riqueza para su dueño. En este sentido, este será el primero y más interesado en dar un uso racional y eficiente a la tierra misma. También es interesante notar los nuevos nichos que el mismo mercado ha creado a partir de lo que Hayek denominara orden espontáneo, sobre productos cultivados orgánicamente. Siendo este un ejemplo más de como el cuido al medio ambiente es lucrativo.
c) Flora y fauna en conservación: definitivamente si se quiere poner en peligro de extinción a alguna especie animal o vegetal, lo primero que se debe hacer es prohibir su comercialización. Todos los lectores pueden estar seguros que los árboles que se encuentran en peligro no son los de las papelerías canadienses; también pueden estar seguros de que no existe un ejemplo en el mundo de algún animal cuya comercialización fuera legal y libre que haya desaparecido, esto debido a que de nuevo tanto flora y fauna se vuelven en factores de riqueza los cuales han de ser conservados para poder seguir creando riqueza.
Como se puede ver, el reto de las legislaciones ambientales es precisamente establecer responsabilidades directas e inmediatas sobre los individuos en cuanto al desarrollo del ambiente. Esto no sólo asegurará un cuido efectivo del mismo, sino que también incentivará la inversión privada y con ello el crecimiento económico, lo que consecuentemente mejorará las condiciones de vida de todos los habitantes. En cambio la prohibición y la estrechez mental son los caminos más rápidos a la pobreza y desastre ambiental. No hay que olvidar que el ambiente es un medio necesario para el desarrollo pleno e integral de todos los individuos, pero no un fin en si mismo, como algunos desean hacerlo parecer.