
El caso del Movimiento Libertario es uno cuyo final se veía venir, no sólo por el evidente abandono de núcleo fuerte de sus ideas y valores que le dieron origen, sino principalmente, por el manejo de la estructura del partido, como una pulpería personal de su caudillo y por la negativa a tener una política de transparencia en la información así como por la inacción de la cúpula partidaria, que ha dejado pasar cada uno de los problemas sin tomar acciones para corregirlas.
No vamos a hacer leña del árbol caído, sobre todo cuando existen personas que hoy enfrentan el rigor de la exposición social y el peso de procesos judiciales, pero mal haríamos sino señalamos el impacto que el caso del Libertario tendrá, con toda seguridad, sobre la defensa y la promoción de las ideas liberales en Costa Rica.
Cierto es que en nuestro país no hay escándalo que dure tres días, pero resulta igualmente cierto que no podemos dimensionar aún las consecuencias inesperadas de los últimos acontecimientos en relación al descalabro del Movimiento Libertario.
Lo que podemos decir con toda seguridad es que hoy, por la ambición de unos cuantos que abandonaron las trincheras de la ideología liberal, –si es que alguna vez abrazaron tales ideales- para perseguir su opiáceo sueño de poder, la palabra liberal está manchada con el desprestigio y el escarnio público empapa hasta a quienes hemos actuado con total transparencia y consecuencia. El ojo del huracán se posa sobre la palabra “Libertad” en nuestro país. En los últimos días, y seguramente en las próximas semanas y meses, “libertad” será un concepto ligado en los medios y en el oído de la población al de “corrupción”.
Así será asumido por aquellos –con seguridad, la mayoría de costarricenses- que por ignorancia o pereza, no se tomen el tiempo para razonar y desligar una cosa y la otra. Y si los liberales ya eran vistos con recelo, ahora serán vistos con desprecio, porque a la vista de todos, son corruptos y ladrones. No importa ya lo que digan los tribunales: el juicio mediático, el juicio popular, ya ha emitido su veredicto, sentencia y ejecución.
Además del mote de "neoliberales" que nos han encaramado y de culparnos por los desastres que el mercantilismo y el estatismo han generado en otros países, ahora los liberales tenemos que soportar que nos encajonen en el mismo espacio que ocupan personas cuestionadas por sus acciones individuales y que en nada se relacionan con las ideas que defendemos.
Esa es la piedra de Sísifo que deberán cargar los defensores de la libertad, como un paradójico legado de quienes alguna vez dijeron compartir su causa.