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martes, 18 de diciembre de 2018

La columna de Carlos Federico Smith: otra forma de proteccionismo

El estado no sólo protege a grupos con intereses especiales mediante la imposición de aranceles, que les protege de la competencia externa. Eso lo vivimos en el país en muchos productos, pero algunos son notorios, como el arroz, la carne de cerdo, res y pollo, la leche, el azúcar, que son sumamente importantes en el gasto de los ciudadanos, en especial los de menores recursos, en donde porcentualmente su consumo pesa más en el gasto total de las familias, comparado con el de los más ricos.

También se protege a esos intereses especiales cuando, con fondos públicos, se les otorga un subsidio para que así aumenten sus ganancias privadas, pero que es pagado por todos los contribuyentes de una u otra forma. Afortunadamente en Costa Rica no parecen existir muchos subsidios en efectivo, al menos a empresas, pero la intención de ponerlos sale a la luz surge cuando, por ejemplo, nos dicen que se debe subsidiar el uso de vehículos eléctricos en contraste con los usuales a base de derivados de petróleo, o cuando se hacen manifestaciones de que es necesario subsidiar el uso de paneles solares para producir electricidad, en vez de usarse otras fuentes de energía. 

Tal vez se pueden mencionar ejemplos de subsidios cuando RECOPE le vende a algunas empresas privadas el asfalto más barato que a otros consumidores o cuando se pretende cobrar (en otro monopolio estatal) un seguro por accidentes de tránsito, incorporado al llamado marchamo, un costo menor para un sector que es claramente más proclive a sufrirlos, caso de los motociclistas, cargándose, al mismo tiempo, un costo compensatorio mayor a otros grupos de menor siniestralidad (los carros corrientes).

Ahora estamos viendo una nueva versión de proteccionismo en nuestro país, cuando se pretende -otra vez con lo mismo- obligar a los consumidores, ya totalmente en manos de un monopolio, a que adquieran un cierto producto. Ese es el caso de la gasolina súper con un 10% de alcohol que, supuestamente a partir de mayo, los consumidores de ese producto tendrán que adquirirlo en una mezcla que tal vez no desean. Pero, lo que está, bajo el manto de dudosas aseveraciones de protección ambiental para justificar la medida, a quien en realidad se ayudará es al gremio especial de productores de caña azúcar, al convertirla en ese etanol de la mezcla.

No hace mucho se supo públicamente que la actividad cañera estaba “en problemas,” debido a la caída en los mercados internacionales del precio del azúcar. Uno ya casi que imaginaba el pronto aumento al consumidor nacional del precio que paga por ese bien, en beneficio de aquel gremio de un interés especial, protegida en su monopolio por un elevado arancel a las importaciones. Puede ser que, ahora, por circunstancias, los consumidores de azúcar no tengamos que pagar más, pero el subsidio lo logrará aquel grupo cobrándoselo a los consumidores cautivos de gasolina súper.
Ante eso pondrían a funcionar otro elefante estatal, la Fábrica Nacional de Licores, que se ha visto golpeada por la competencia en los últimos tiempos, pero la materia prima provendría de ese gremio privado de referencia.

Las circunstancias de los mercados internacionales encubrirán el verdadero objetivo proteccionista: los precios internacionales de los combustibles han caído fuertemente en días recientes, lo cual hasta ha permitido absorber el aumento en el tipo de cambio, que debería haberse reflejado en los precios en colones de los derivados del petróleo. Ante esto, ahora dirán que la mezcla de etanol con gasolina súper podría reducir su precio comparado con el actual, pero posiblemente eso no se deba al etanol de la mezcla con la gasolina, sino a un descenso en el precio de la gasolina, propiamente.

Dicho lo anterior, aparte de posibles costos en la producción de alimentos al dedicarse tierras a producir caña de azúcar, hay dudas acerca de si la mezcla con alcohol afecta los motores, lo sorprendente de este caso en concreto es el uso del poder monopólico del estado vía RECOPE, para imponer sobre los ciudadanos un producto que beneficia a un poderoso gremio de intereses particulares, sin siquiera valorar si conviene al país en cuanto a los costos y beneficios que implica. 

Claro, si hubiera competencia, el estado no podría abusar de tal forma de nosotros, consumidores cautivos, ni beneficiar a gremios privilegiados. Así, que nada le importa al estado invertir ¢12.600 millones en el proyecto si el resultado político pinta grande: (1) son ambientalmente “conscientes,” (2) favorece a un gremio de interés particular y ya sabemos qué significa el apoyo a cambio de la protección, (3) ponen a andar una maquinaria casi obsoleta de la Fábrica Nacional de Licores (todo dentro del estado) y (4) salvado por el momento del bajo precio internacional del combustible, dirán -falsamente- que el cambio al gasohol se traducirá en un precio menor al consumidor cautivo de gasolina súper en manos de RECOPE.



Jorge Corrales Quesada

martes, 28 de abril de 2009

¡Estafa!


Hoy aparece publicado en la Nación, la noticia que el monopolio estatal RECOPE ha decidido mezclar la gasolina con etanol, y vendérsela (léase imponérsela, ya que en este campo no existe libertad de comercio) a los consumidores sin ningún tipo de aviso.

Este acto es simplemente bochornoso, es una simple, común y vulgar estafa. ¿Cuánto tiempo más tendremos que soportar este odioso monopolio?

martes, 13 de mayo de 2008

Biocombustibles: Un asalto a los más pobres del mundo


Disturbios por la crisis alimenticia en Indonesia, México, Egipto, las Filipinas y Vietnam. Controles de precios y racionamientos en Pakistán y China. ¿Estaremos regresando a la trampa maltusiana, donde los precios de los bienes agrícolas y comestibles como la harina y el maíz, e incluso de los productos lácteos y las carnes han incrementado en los últimos años hasta un nivel sin precedente histórico? ¿O será este otro mal producto de la reciente obsesión de Occidente con las emisiones de CO2 que supuestamente están destruyendo nuestro planeta con el calentamiento global?

Digamos que existe un caso maltusiano. La demanda por cereales ha incrementado en un 8% entre el 2000 y el 2006 debido a un incremento poblacional y de ingresos en el Tercer Mundo, con la normal inelasticidad en la oferta agrícola (la oferta se incrementa en un 1-2% mientras los precios suben en un 10%), empeorándose por la larga sequía en Australia que ya casi cumple una década. Ésta es achacada al calentamiento global producto de las emisiones de dióxido de carbono, que por su parte justifica la cruzada de los “guerreros del CO2”. Estos factores de oferta y demanda han llevado a que los precios de los cereales se dupliquen entre el año 2000 y 2008. Como los alimentos de primera necesidad forman una parte importante del consumo de los más pobres del planeta, los compradores netos en el Tercer Mundo han recibido un fuerte golpe. La tesis maltusiana que fue declarada difunta con la Revolución Verde ha resucitado.

¿Pero lo ha hecho realmente? Examinando los componentes del crecimiento en el consumo de los cereales en años recientes, el Insitito Internacional de Investigación de Políticas Alimentarias (IFPRI por sus siglas en ingles) encuentra que: “mientras el cereal utilizado como comida y para alimento de animales ha incrementado en un 4 y 7%, respectivamente, desde el año 2000, el uso de cereales con propósitos industriales (como la producción de biocombustibles), ha aumentado mas del 25%. Solamente tomando en cuenta a Estados Unidos, el uso de maíz para producir etanol ha incrementado 2.5 veces entre el año 2000 y 2006”. Así que el incremento poblacional y del salario promedio en el Tercer Mundo nada tiene que ver con este aumento en los precios alimenticios, sino que más bien es producto de la obsesión de los países ricos con reducir los gases CO2 utilizando menos combustibles fósiles.

La UE ha ordenado que los biocombustibles representen el 10% del combustible de transporte para el año 2020 y los EEUU están buscando duplicar la producción de etanol a base de maíz para el 2008 y quintuplicarla para el 2022. Esta situación ha producido ahora una pugna mundial por el uso apropiado de la tierra entre los alimentos y los biocombustibles. Occidente superó la pobreza a base del crecimiento intensivo que generó la Revolución Industrial, al permitir que una fuente enorme de productos energéticos en la forma de combustibles fósiles reemplazara las fuentes anteriores de energía basadas en la tierra—siendo ésta indudablemente un recurso limitado. Así que habiendo aumentado las emisiones de dióxido de carbono en el mundo durante su propia industrialización, Occidente está ahora pidiéndole al Tercer Mundo “tiempo fuera” cuando pretende hacer lo mismo, todo en nombre de salvar el planeta.

Mientras tanto, los habitantes en los países ricos conservan sus carros SUV en las carreteras, y además quieren una mayor proporción de la limitada cantidad de tierra en el planeta para producir etanol en vez de producir comida para las masas hambrientas en el mundo.

Durante los años ochenta, un estudiante brasileño en minería realizó un detallado estudio de costo-beneficio del programa pionero de etanol en Brasil, y encontró que no era rentable socialmente, incluso tomando en cuenta los altos precios del petróleo de esa época. No es de sorprender que los intentos actuales de EEUU y la UE por introducir el etanol como combustible de transporte requieran de inmensos subsidios públicos. Se estima que los subsidios estadounidenses para los biocombustibles serán de entre 42 y 55% del costo total de producir etanol.

Estos subsidios masivos son justificados con argumentos ambientales y geopolíticos. Como la producción de etanol en sí misma requiere de más combustibles fósiles, existe un interminable debate sobre el efecto neto del uso de biocombustibles en las emisiones del efecto invernadero. Pero éstos constituyen un mecanismo muy oneroso de reducir las emisiones de carbono. La Agencia Internacional de Energía estima que costaría al menos $250 eliminar una tonelada de carbón en la atmosfera. Más aún, si la teoría alternativa del cambio climático basada en el sol llega a desmentir a la actual teoría del carbono, el compromiso de las economías occidentales a estos costos desaparecerá por completo. Ciertamente, India y China no tendrán nada que ver en este tren del etanol.

El argumento geopolítico—que dice que el etanol es necesario para que EEUU y la UE obtengan independencia energética regímenes políticos detestables, que son en la actualidad los mayores oferentes de energía), también es cuestionable. Primero, la única manera en que estos regímenes podrían afectar la seguridad energética de Occidente es aumentando el precio del petróleo restringiendo la oferta. Ya que el petróleo es ahora un bien globalmente comercializado como la harina, una amenaza de Hugo Chávez de parar la oferta del petróleo venezolano a los EEUU, no tiene sentido alguno. Así como en el caso de la harina, son los consumidores, no los vendedores del petróleo en el NYMEX, los que determinan su destino final. Segundo, como lo ha estimado el Departamento de Energía de EEUU, la cantidad máxima de etanol que los EEUU podría producir para el año 2030 solo alcanzaría para cubrir el 6% de la demanda para combustible de transportes, a lo mucho un efecto tan solo marginal en la demanda mundial y en el precio del petróleo. Tercero, el miedo de que el petróleo esté proveyendo dinero para los terroristas islámicos es cuestionable. Como correctamente lo enfatizan Jerry Taylor y Peter van Doren del Cato Institute, “El terrorismo es una inversión de bajo costo relativo, mientras que las ganancias por petróleo parecen innecesarias para pagar por el mismo”. Si mucho, es la mal concebida “guerra contra las drogas”, no contra el petróleo, la que ha proveído los medios para fundar la secta Talibán y los narcoterroristas en los Andes.

La IFPRI ha estimado que, ceteris paribus (manteniendo el status quo), la expansión planificada de biocombustibles en los países ricos va a conllevar a un largo incremento en los precios mundiales de los granos comestibles y a un consumo decreciente de calorías en el Tercer Mundo. África sub-Sahariana será golpeada con mayor fuerza, con una caída pronosticada en un 8% de consumo calórico para el 2020. Dado este asalto a los más pobres del mundo, India ha escogido el camino correcto: primero, al reducir los aranceles a las importaciones de los granos alimenticios y por lo tanto el precio neto para los consumidores en comida; segundo, expandiendo el área destinada a sembrar granos modificados genéticamente, lo cual incrementará la producción doméstica. Pero para las mentes iluminadas de Occidente, sus acólitos académicos, y las estrellas de pop tratando de salvar África y acabar con la pobreza, este último asalto de Occidente a los más pobres del mundo solo puede merecer desprecio.

Deepak Lal

domingo, 4 de mayo de 2008

La ONU y el hambre


De manera urgente, la ONU realizó un llamamiento a los países donantes para que financien $2.500 millones a las principales agencias relacionadas con la alimentación –el PAM y el FAO (que tiene más de 3,450 burócratas con altos salarios)–, a fin de evitar una "crisis sin precedentes" por los altos precios de los alimentos.

Recuerdo el relato de un amigo, que concurrió como delegado argentino a una reunión de la FAO en Roma. Entre opíparas cenas y cócteles, solventadas con los impuestos, los burócratas internacionales discutían cómo combatir el hambre (¡y bien que combatían sus propias ansias de comer!). Pero no menos interesante era verlos llegar al lugar. Los dictadores africanos eran los que venían en automóviles más lujosos, para quejarse por la pobreza de sus ciudadanos.

Ahora ¿de dónde sale ese dinero? De impuestos que, para pagarlos, los empresarios, por caso, suben precios o bajan salarios o dejan de invertir, con lo cual se demandan menos mano de obra.

Así se perjudican los pobres que son los que si tienen que pagar los tributos. Luego tienen hambre, y entonces el gobierno cobra más impuestos para proveer "el asistencialismo". Dinero quitado a los pobres que termina en corrupción o sueldos de burócratas y del cual solo una parte les vuelve.

William Easterly demostró el fracaso de la política de socorros oficiales. Estados Unidos y sus aliados destinaron más de un trillón de dólares para auxilio externo desde 1945, pero los países que más recibieron hoy tienen más problemas, porque esa "ayuda" estatal no solo fracasó, sino que sirvió para financiar gobiernos contrarios al mercado.

Caso de Chile. Chile es el único país en América Latina que redujo la pobreza a la mitad. No hubo ayuda estatal. Lo hizo creando riqueza a partir de la actividad privada de las personas. En Venezuela, en cambio, la pobreza creció del 43% al 56% entre 1999 y 2007. A pesar de que el crudo aumentó, desde US$ 8,00 por barril cuando Chávez llegó al poder, a más de cien.

La actual "crisis sin precedentes" se nota en que, desde 2003, el valor del futuro de maíz creció 115%, mientras que el de soja subió 160% y el del trigo 220%. Solo por nombrar un ejemplo, en España la leche aumentó un 25% durante el 2007 y el pan, un 15%.

Al contrario de lo que se cree, el hambre no es natural, sino el resultado de los errores humanos, de los errores de los Gobiernos. Un tercio de la población global vive bajo controles de precios de los alimentos o prohibiciones de exportar.

Además de los impuestos y los aranceles aduaneros –y los ya clásicos subsidios a los agricultores que tanto distorsionan al mercado–, los Estados intervienen con todo tipo de interferencias coactivas que impiden el natural desarrollo del mercado.

Por ejemplo, el subsidio estatal a la producción de biocarburantes. La diferencia entre la producción y el consumo mundial de cereales fue de 13,5 millones de toneladas en 2006 (0,8% de la producción mundial), cifra insignificante frente a los 109 millones de toneladas (el 6,5% de la producción) que Estados Unidos sacó del mercado alimentario para producir bioetanol, lo que obviamente provocó un exceso de demanda.

Otra interferencia indirecta, no menor, es la provocada por los Bancos Centrales. La Fed bajó las tasas al punto que inversores especulativos encontraron en las commodities agrícolas mejores rentabilidades, haciendo subir los precios astronómicamente.

Alejandro A. Tagliavini

jueves, 17 de abril de 2008

Disturbios alimentarios


Haití siempre ha sido un país caótico. Sin embargo, este mes experimentó un nuevo tipo de violencia: un disturbio alimentario provocado por la intención de los países ricos de combatir el calentamiento global. Los haitianos se tiraron a las calles demandando que su gobierno haga algo acerca del alto precio de los alimentos básicos. Disturbios similares ya se han registrado en el sudeste asiático y África. Es de esperarse que lo mismo ocurra pronto en América Latina, donde los altos precios de ciertos granos han llevado a las autoridades a elevar su grito de protesta ante organismos internacionales.

Los precios de los alimentos están subiendo. Durante gran parte de los 90 y hasta el 2005, el precio de la soya en la Junta Comercial de Chicago había permanecido relativamente estable, al ubicarse en 60 dólares, aproximadamente, la fanega. Desde entonces se ha disparado en un 150 por ciento hasta llegar a 156. El maíz se ha duplicado hasta llegar a 60 dólares. Los precios del trigo se han triplicado.

Todo comenzó en Estados Unidos con la Ley de Política Energética del 2005, la cual establece un aumento de la cantidad de etanol que debe mezclarse con la gasolina. Esta ley fue promovida como una manera de reducir la cantidad de dióxido de carbono que emitimos para disminuir así el temido calentamiento global. Hoy, el 15 por ciento de la cosecha de maíz está siendo destilado para la producción de etanol.

La ley requería la producción de 4.000 millones de galones de etanol para el 2006 y luego un aumento anual de aproximadamente 700 millones de galones. Peor aún, el presidente Bush, citando al calentamiento global en su informe a la nación del 2007, hizo un llamado a producir 35.000 millones de galones de etanol para el 2017 con el fin de reemplazar un 20 por ciento del consumo actual de gasolina con dicho elíxir. Esto es cinco veces la cantidad dictada por la Ley Energética.

¿Tendrá algún impacto la fiebre por el etanol en reducir el calentamiento global? Veamos los números.

Estipulemos que, de hecho, un 20 por ciento del consumo actual de gasolina en Estados Unidos es reemplazado de alguna manera. El transporte constituye aproximadamente un tercio de las emisiones estadounidenses de dióxido de carbono, por lo que la medida reduciría las emisiones totales en un 6,7 por ciento si el etanol no contribuyese con gases de invernadero adicionales a la atmósfera. Todo el mundo sabe que este no es el caso y muchos estudios indican que reemplazar la gasolina con el etanol de hecho libera más dióxido de carbono en la atmósfera que simplemente quemar la gasolina.

No obstante, asumamos que se dé un ahorro de 6,7 por ciento en las emisiones. Basándonos en información reciente, el número de carros en las calles aumentará en este mismo porcentaje en aproximadamente cuatro años. ¿Qué significa eso? Que se evitaría 0,01C° de calentamiento global durante el próximo siglo. Uno experimenta este cambio de temperatura en el ambiente durante cada segundo de su vida. Ahora extienda esta política a todas las naciones del mundo en los cuales hay un número considerable de carros (llamados países 'Anexo 1' por las Naciones Unidas), y la cantidad de calentamiento que no ocurriría sería de 0,03C°. Nadie nunca podrá lograr detectar estos cambios de temperatura en los registros mundiales, los cuales varían naturalmente por aproximadamente 0,08C° de año a año.

No obstante, sustituir dicho 20 por ciento es imposible. Estados Unidos produce cerca de la mitad del maíz del mundo y si convirtiéramos cada grano en etanol todavía nos faltaría un 40 por ciento para alcanzar el objetivo determinado por el presidente Bush. Para cumplirlo, necesitaríamos encontrar una manera económica de hacer etanol de materiales de plantas más crudas -el denominado etanol "celulósico"-. No importa cuánto dinero gasten los gobiernos, a pesar de décadas de investigación, nadie ha podido descifrar cómo hacerlo de manera económica.
Por supuesto que no quemaremos por completo nuestra cosecha de maíz. Sin embargo, la tendencia continuará hasta que la inflación de los precios de los alimentos sea insostenible. En los países en desarrollo habrá más protestas, algunas muy violentas, mientras que en el resto del mundo no se podrá detectar ni un ápice de cambio en el clima gracias al etanol.

Como Ashock Gulatoi, director del Food Policy Research Institute de Washington, le dijo al Financial Times hace poco: "En última instancia hay un costo de oportunidad entre llenar los estómagos y llenar los tanques de diésel (o etanol) en los carros y camiones".

El triste hecho es que el caos en Haití es solamente el comienzo de un terremoto civil masivo, que se desencadenará conforme se establezcan más y más políticas absurdas en nombre del calentamiento global. Esperen que la próxima explosión sea en América Latina.

Patrick J. Michaels

sábado, 22 de diciembre de 2007

Agro y desigualdad


La ansiedad que despiertan las crecientes desigualdades en el continente no se limita a los Altos empobrecidos de Bolivia, o a las tierras rotas de Catamarca, sino que se proyecta al debate de los candidatos republicanos en EE.UU. En el mundo, unos 3.000 millones de personas, entre las más pobres, sobreviven trabajando en el agro. La suba del precio de los alimentos pareciera haber beneficiado a todos reduciendo las desigualdades de ingresos. La realidad es muy diferente. En muchos casos, debido al intervencionismo, en lugar de una bendición, muchos países experimentaron una verdadera maldición.

El discurso predominante no se ha limitado a cuestiones prácticas que hacen a la oferta y demanda de alimentos en los mercados internacionales, hoy popularizada como “agflation” (inflación con aumento de la demanda y salarios), sino que se ha planteado en términos de la recuperación de la “cohesión social” iberoamericana para evitar que las desigualdades continúen “insultando la conciencia de la sociedad”. Olvidan que lo más ofensivo es el estancamiento, la corrupción y las malas políticas de los gobernantes.

La desigualdad de ingresos solo es un problema artificial inventado por intelectuales que lo elevaron a nivel de “crisis”. Ni en el socialismo bolivariano de Hugo Chávez, ni entre los cocaleros bolivianos existe riqueza alguna esperando a ser distribuida como si fuera una torta. La riqueza debe ser antes producida por el esfuerzo humano. Todo lo que se produce, desde petróleo hasta oleoductos, han creado personas que invierten y arriesgan su esfuerzo y ahorros. La riqueza le pertenece a los que la producen, en las condiciones pactadas, previas a la producción, y a nadie más. Apropiarse de lo producido por otro en estas condiciones es un robo, como ocurrió en Bolivia con el gas natural.

Que la producción no origine desigualdades, por otra parte, es casi imposible, dado que las personas por su naturaleza son desiguales, tienen desiguales talentos, ambición, energía, capacidad de trabajo, ahorro e innovación. Alex Epstein, del Ayn Rand Institute, explica que la desigualdad de ingresos es una parte natural y deseable de una sociedad libre y próspera. Toda la riqueza es creada por seres humanos productivos; en consecuencia, por derecho, lo producido les pertenece a los que lo han originado, o a sus beneficiarios. En cambio, es absurdo reclamar la producción realizada por otras personas con su esfuerzo y arriesgando sus patrimonios.

La suba de precio de los alimentos, por ejemplo, benefició a los países que liberalizaron sus mercados agrícolas, pero perjudicó a aquellos cuyos gobiernos restringieron el aumento de precios para proteger a sus consumidores, como Argentina y Rusia. La suba también benefició a países exportadores como EE.UU. Pero los grandes importadores como Japón, China, México y otros gastarán mucho más en comprar sus alimentos. A menudo se olvida que los pobres —trabajadores urbanos y sin tierras— son compradores de alimentos netos. El avance de Asia y los subsidios al etanol mantendrán un sostenido aumento de precio de los alimentos.

El precio de los alimentos dio un salto, como se había advertido ocurriría, debido al aumento en la demanda de etanol para su uso como biocombustibles, así como los exagerados subsidios y exigencias de mezclas en EE.UU. (30% del maíz se dedica al etanol). La época de los commodities y alimentos abundantes y baratos parece haber quedado definitivamente atrás. Los exportadores como Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay obtendrán sustanciales ganancias, y los importadores, pérdidas. No obstante, si negocios y salarios son liberados, el resultado podría ser diferente, no habría controles de precios y habrían surgido numerosas oportunidades de negocios.

En la antigua tradición del liberalismo, Locke define un “estado…de igualdad”, en el que todo el poder es recíproco y nadie tiene más que otro…”. La igualdad es la oposición al privilegio, sea como aranceles, monopolios, o subsidios, y solo huyendo del intervencionismo los países pobres podrán salir del atraso.

Por Porfirio Cristaldo Ayala

viernes, 30 de noviembre de 2007

Aumento del precio de los alimentos


Malthus y muchos de sus modernos seguidores asumen que el crecimiento de la población causa aumentos en los precios de los alimentos. En 1968, el biólogo Paul Ehrlich, en su libro “La bomba poblacional”, predijo que cientos de millones de personas morirían de hambre para mediados de los años 70. Desde luego que eso no sucedió y en los últimos 40 años el precio de los cereales y demás alimentos básicos ha bajado en relación con los precios de productos no alimenticios. Pero esto ha cambiado en los últimos dos años y en 2007 la inflación en el precio de los alimentos ha sido mayor que en todo lo demás.

Pero el aumento de la población mundial no resultó ser el factor determinante, entre otras cosas porque su crecimiento se ha reducido en los últimos 30 años. Una razón mucho más importante ha sido el aumento del ingreso per cápita en los países en desarrollo, especialmente en China y la India. Otro importante factor han sido los subsidios gubernamentales al maíz para producir biocombustibles que sustituyan al petróleo. La producción de etanol utilizará casi 30% de la cosecha total de maíz en Estados Unidos el próximo año.

El aumento del precio de los alimentos ha causado pánico en muchos países que han impuesto controles de precios y restricciones a las exportaciones de alimentos básicos. Otros países consideran ofrecer subsidios e imponer más regulaciones para impedir que sigan subiendo los precios de los alimentos.

La mayoría de esas medidas resultan contraproducentes porque desalientan en lugar de fomentar la producción de alimentos. Los agricultores se dedicarán a otros cultivos si les fijan un precio máximo al trigo, mientras que los subsidios agrícolas provocan mayor producción, pero distorsionan la asignación de recursos entre alimentos y demás bienes que los consumidores desean. Por el contrario, eliminar aranceles a la importación de alimentos, acabar con los subsidios a la exportación de alimentos y dejar que los agricultores hagan el uso que más les conviene de sus tierras contribuyen a la mayor eficiencia mundial en la producción y consumo de alimentos.

Los precios de los alimentos bajaron a lo largo de casi todo el siglo XX por los avances tecnológicos logrados. Éstos incluyen el desarrollo de mejores fertilizantes, la rotación de siembras, el control de enfermedades de las plantas y animales, modificaciones genéticas de cosechas y otras innovaciones. Todo esto debe seguir mejorando, especialmente si los gobiernos reducen sus restricciones a las modificaciones genéticas de los cultivos y si lo agricultores tienen la libertad de reaccionar libremente a los precios del mercado y demás indicaciones de lo que la gente quiere.

El rápido aumento del precio de los alimentos hace mucho más daño a los países pobres porque su gente gasta una considerablemente mayor proporción de sus ingresos en comida. La gente en Estados Unidos y en otros países ricos gasta alrededor de 10% de sus ingresos en alimentos, mientras que la gente de países muy pobres gasta más de 60%. Esto significa que un aumento de 30% anual en el precio de los alimentos durante cinco años reduciría el nivel de vida en apenas 3% en los países ricos, pero en 21% en los países pobres, si todo lo demás se mantiene igual.

Dentro de cada nación, los más pobres siempre son los más afectados por los aumentos de precio de los alimentos y por ello es que los gobiernos tienden a intervenir.

Mi conclusión es que los temores maltusianos no sucederán. La producción de alimentos se adaptará a la mayor demanda de los países en desarrollo y los precios futuros de los alimentos tenderán a la baja como sucedió en los últimos 100 años. Una incertidumbre tiene que ver con el calentamiento global y los biocombustibles porque cada vez mayores extensiones de tierras cultivables se dedicarían a la producción de etanol y no de alimentos.

Por Gary Becker

lunes, 17 de septiembre de 2007

Etanol, la nueva religión


Los devotos de los biocombustibles aseguran que éstos cambiarán el mapa político mundial, liberarán a los países pobres de su dependencia de los países ricos, reducirán el calentamiento global y la contaminación ambiental, atraerán inversiones a los países en desarrollo, crearán empleos para los pobres, restringirán el terrorismo, ahorrarán divisas, traerán una mayor democracia global, en fin, solucionarán todos los problemas imaginables. La fe en los biocombustibles es la nueva religión mundial, una mezcla de estatismo de izquierda y derecha (de Lula a Bush), ecologismo, nacionalismo y la vieja teoría de la dependencia. Solo se precisa de buenas políticas públicas, dicen. No es cierto; sin subsidio estatal, todo se derrumba.

Los vehículos que funcionan con etanol o biodiesel consumen no solo etanol y biodiesel sino también el aporte obligatorio de los contribuyentes, incluso de los muy pobres y de los ciudadanos de a pié, quienes con gran esfuerzo pagan sus impuestos. La industria de los biocombustibles, para despegar, necesita del subsidio estatal. Una vez que crezca y se consolide, y que el precio del petróleo haya aumentado lo suficiente, entonces el etanol supuestamente no necesitará más subsidios ni la protección del gobierno. Pero en EE.UU. hay industrias, como la del acero, que después de 100 años siguen siendo subsidiadas.

Se habla tanto de los biocombustibles que mucha gente está convencida que representan una verdadera solución al creciente costo del petróleo, un combustible que los creyentes aseguran se está acabando rápidamente. Pero, ¿qué ocurrirá si las reservas de petróleo no disminuyen y los precios no se disparan? En ese caso, el gobierno se verá forzado a eliminar los subsidios al etanol, agricultores e industriales abandonarán su producción y se habrá perdido toda la inversión realizada en el sector. Y, lo que es peor, el subsidio realizado con los impuestos de la gente se habrá derrochado inútilmente.

La apuesta a los biocombustibles es un juego de alto riesgo que los burócratas, viendo a corto plazo y alentados por grupos interesados, realizan no con patrimonio propio, sino con el esfuerzo y ahorros de la gente. El fracasado programa Pro-Alcohol en Brasil dilapidó 9.000 millones de dólares en subsidios. El petróleo, pese a los ecologistas de izquierda, está lejos de acabarse. Las proyecciones de precios del petróleo para el 2030 indican que estará en el orden de 59 dólares por barril (EIA 2007). Y en la medida que suben los precios del petróleo también subirán los precios del etanol y biodiesel, dado el alto consumo energético requerido en la producción de biocombustibles.

La realidad es que las reservas globales de carbón, petróleo bituminoso y petróleo común son abundantes. El proceso que transforma carbón en petróleo se tornará rentable si el precio del petróleo se mantiene por encima de 50 dólares por barril. Existen reservas de carbón para 500 años de uso de petróleo. El futuro parece brillante.

Los biocombustibles, además, originan graves problemas ecológicos, al igual que otras fuentes renovables como el sol, viento e hidroeléctricas. Para generar 1.000 MW de electricidad, típico de una central nuclear, se requieren unas 600.000 hectáreas de cultivos de caña o maíz. Para generar la energía eléctrica que produce la central Itaipú mediante biocombustibles habría que cultivar más del doble de todo el territorio de Paraguay. Estudios recientes demuestran que los países pobres que en buena medida aún cocinan con leña, carbón o bosta de vaca, pueden ocasionar más daño que el CO2 proveniente de los vehículos de países desarrollados.

Un informe de las Naciones Unidas indica que el uso de maíz y caña de azúcar para producir biocombustibles puede ocasionar grandes hambrunas y miles de muertos. En Brasil, grandes superficies utilizadas para cultivos de subsistencia han sido reasignadas a biocombustibles y en muchos países el precio de los alimentos se ha incrementado.

Sí, esta nueva religión del etanol es altamente peligrosa para el bienestar mundial.

Por Porfirio Cristaldo Ayala
Tomado del Instituto CATO