En La Nación del 12 de noviembre aparecen unas expresiones del Ministro de Educación, relativas a la reducción de los exámenes en primaria, específicamente los de Estudios Sociales. El extracto de la información es el siguiente:
“El Ministerio de Educación Pública (MEP) propone reducir a la mitad la cantidad de pruebas escritas de esa asignatura entre segundo y sexto grados. Ahora, los alumnos contestan dos diagnósticos por trimestre; es decir, seis al año. Con el plan, solo harán uno cada tres meses, para un total de tres anuales.
Además, la iniciativa contempla eliminar los cuestionarios en primer grado, reconoció Leonardo Garnier, ministro de Educación.
“Por una razón muy simple: hacerle una prueba escrita a alguien que no sabe escribir, es bien tonto. ¿Cómo alguien que no sabe escribir hace una prueba escrita?”, cuestionó Garnier.” (destacado agregado).
Dos errores no hacen una virtud. Este es el caso central. Ante la incapacidad del sistema, ante el mal desempeño de la educación pública (los estudiantes no saben escribir ni para realizar una prueba), el Ministerio se conforma (y nos conforma a todos) con bajar el nivel de la evaluación (menos exámenes y menos contenidos). A confesión de parte, relevo de pruebas … el sistema educativo va mal.
Lo que explica un tanto el problema es el modo de explicarse el Ministro, el “muy tonto” del Ministro es una revelación total: mal uso del adverbio que algunos filólogos consideran un galicismo. Ciertamente, de poner un adverbio al tonto, el Ministro debió haber usado el de cantidad (“muy”) y no el de modo (“bien”). El resultado es una mala expresión y, eventualmente, una contradicción (“bien” y “tonto”, tan impropio como decir “bien malo”). En conclusión, el Ministro no usa bien el idioma. No es de extrañar, ante tal evidencia, que los escolares no sepan escribir.
El asunto no pasaría de ser picaresco, burlesco y pintoresco si no estuviera implicando un serio problema nacional y una inaceptable desviación administrativa. Sí, se trata del mismo Ministro que ha incursionado en el campo de las sodas de las escuelas públicas, decretando qué deben comer los escolares. Sí, se trata del mismo Ministro que hizo una recomendación prohibida por las normas que regulan la ética en la función pública, alegando que la confunde con una carta de referencia y protestando que la firma Procesos no la debió haber presentado a Recope (aunque la misiva ministerial sí va dirigida a Recope). Sí, se trata del mismo Ministro que preside el Conesup, órgano que conculca constantemente la libertad de enseñanza. Sí, se trata del Ministro que ignora la Ley Fundamental de Educación en el tema de los programas sexuales.
Así que el “bien tonto” del Ministro no parece ser un gazapo, sino una evidencia del fallo sistémico. Hace algunos años, un grupo de ciudadanos preocupados por la enseñanza de la matemática gestionó la información acerca del contenido de algunos exámenes, bajo la hipótesis de que se estaban haciendo preguntas muy fáciles y por eso aumentaba la promoción. Sufrieron una verdadera ordalía.
Por eso me preocupa tanto el “bien tonto” del Ministro de Educación, porque tras el aparente mal uso del idioma podría estar evidenciándose un síntoma de decadencia. Explican algunos conocedores un tema básico: que estamos equivocados cuando, en relación con alguien que habla mal, decimos que quizás lo que sucede es que no sabe expresarse bien (en la idea de que piensa bien, pero no lo sabe expresar).
La palabra, en la mayoría de los casos, expresa la estructura y forma del pensamiento. Dicho de otro modo, en la mayor parte de los casos quienes hablan mal es que piensan mal. Tal vez por eso es tan importante tomar en cuenta que “logos” significa a la vez “palabra” y “razón”. También explican los entendidos que los problemas en la comprensión de las matemáticas derivan de problemas en las estructuras de lenguaje (que, de acuerdo con lo anterior, sería la mismísima forma de pensar).
Por ello, el “bien tonto” del Ministro de Educación debería ser un tema nacional y provocar una gran discusión. Se ha dispuesto constitucionalmente un gran gasto en educación pública. El sistema público de educación debería ser un éxito pero …no es así.
Si hablamos de la organización administrativa, hay que admitir el desastre. Un sistema informático complicadísimo, que no da abasto para las acciones de personal. Una auditoría que colecciona casos y situaciones a más no poder, pues son muchas las cosas que no parecen hacerse bien. Una tendencia al facilismo, a la promoción del baile en lugar de la educación física, a la preocupación por la dieta y a quitar exámenes y rigor académico. ¡Una verdadera tragedia nacional! Todos escolarizados, pero no educados ni preparados ni examinados. Para colmo, el “bien tonto” del Ministro de Educación.
Federico Malavassi Calvo

