Mostrando las entradas con la etiqueta leonardo garnier. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta leonardo garnier. Mostrar todas las entradas

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Desde la tribuna: el "bien tonto" Ministro de Educación

En La Nación del 12 de noviembre aparecen unas expresiones del Ministro de Educación, relativas a la reducción de los exámenes en primaria, específicamente los de Estudios Sociales. El extracto de la información es el siguiente: 

“El Ministerio de Educación Pública (MEP) propone reducir a la mitad la cantidad de pruebas escritas de esa asignatura entre segundo y sexto grados. Ahora, los alumnos contestan dos diagnósticos por trimestre; es decir, seis al año. Con el plan, solo harán uno cada tres meses, para un total de tres anuales.

Además, la iniciativa contempla eliminar los cuestionarios en primer grado, reconoció Leonardo Garnier, ministro de Educación.

“Por una razón muy simple: hacerle una prueba escrita a alguien que no sabe escribir, es bien tonto. ¿Cómo alguien que no sabe escribir hace una prueba escrita?”, cuestionó Garnier.” (destacado agregado).

Dos errores no hacen una virtud. Este es el caso central.  Ante la incapacidad del sistema, ante el mal desempeño de la educación pública (los estudiantes no saben escribir ni para realizar una prueba), el Ministerio se conforma (y nos conforma a todos) con bajar el nivel de la evaluación (menos exámenes y menos contenidos). A confesión de parte, relevo de pruebas … el sistema educativo va mal.

Lo que explica un tanto el problema es el modo de explicarse el Ministro, el “muy tonto” del Ministro es una revelación total:  mal uso del adverbio que algunos filólogos consideran un galicismo. Ciertamente, de poner un adverbio al tonto, el Ministro debió haber usado el de cantidad (“muy”) y no el de modo (“bien”).  El resultado es una mala expresión y, eventualmente, una contradicción (“bien” y “tonto”, tan impropio como decir “bien malo”).  En conclusión, el Ministro no usa bien el idioma. No es de extrañar, ante tal evidencia, que los escolares no sepan escribir.
 
El asunto no pasaría de ser picaresco, burlesco y pintoresco si no estuviera implicando un serio problema nacional y una inaceptable desviación administrativa. Sí, se trata del mismo Ministro que ha incursionado en el campo de las sodas de las escuelas públicas, decretando qué deben comer los escolares. Sí, se trata del mismo Ministro que hizo una recomendación prohibida por las normas que regulan la ética en la función pública, alegando que la confunde con una carta de referencia y protestando que la firma Procesos no la debió haber presentado a Recope (aunque la misiva ministerial sí va dirigida a Recope). Sí, se trata del mismo Ministro que preside el Conesup, órgano que conculca constantemente la libertad de enseñanza. Sí, se trata del Ministro que ignora la Ley Fundamental de Educación en el tema de los programas sexuales.

Así que el “bien tonto” del Ministro no parece ser un gazapo, sino una evidencia del fallo sistémico. Hace algunos años, un grupo de ciudadanos preocupados por la enseñanza de la matemática gestionó la información acerca del contenido de algunos exámenes, bajo la hipótesis de que se estaban haciendo preguntas muy fáciles y por eso aumentaba la promoción. Sufrieron una verdadera ordalía.  

Por eso me preocupa tanto el “bien tonto” del Ministro de Educación, porque tras el aparente mal uso del idioma podría estar evidenciándose un síntoma de decadencia. Explican algunos conocedores un tema básico:  que estamos equivocados cuando, en relación con alguien que habla mal, decimos que quizás lo que sucede es que no sabe expresarse bien (en la idea de que piensa bien, pero no lo sabe expresar). 

La palabra, en la mayoría de los casos, expresa la estructura y forma del pensamiento.  Dicho de otro modo, en la mayor parte de los casos quienes hablan mal es que piensan mal. Tal vez por eso es tan importante tomar en cuenta que “logos” significa a la vez “palabra” y “razón”. También explican los entendidos que los problemas en la comprensión de las matemáticas derivan de problemas en las estructuras de lenguaje (que, de acuerdo con lo anterior, sería la mismísima forma de pensar).

Por ello, el “bien tonto” del Ministro de Educación debería ser un tema nacional y provocar una gran discusión. Se ha dispuesto constitucionalmente un gran gasto en educación pública. El sistema público de educación debería ser un éxito pero …no es así. 

Si hablamos de la organización administrativa, hay que admitir el desastre. Un sistema informático complicadísimo, que no da abasto para las acciones de personal. Una auditoría que colecciona casos y situaciones a más no poder, pues son muchas las cosas que no parecen hacerse bien. Una tendencia al facilismo, a la promoción del baile en lugar de la educación física, a la preocupación por la dieta y a quitar exámenes y rigor académico. ¡Una verdadera tragedia nacional! Todos escolarizados, pero no educados ni preparados ni examinados. Para colmo, el “bien tonto” del  Ministro de Educación.

Federico Malavassi Calvo



martes, 2 de octubre de 2012

La columna de Carlos Federico Smith: acallando a Leonardo Garnier

Muchos habrán observado los diversos intentos por censurar la herejía de Leonardo Garnier, quien se atrevió a publicar algo titulado ”El Padre Nuestro”, en donde expresa sus opiniones acerca de la validez o lógica de tan reconocida oración cristiana.
 
Los intentos poco disfrazados de lincharle que he observado en distintos medios, van más allá de peticiones para que renuncie como Ministro de Educación, algo tal vez más que merecido por su afán de recomendar a amigotes para que accedieran a ciertos recursos públicos, lo cual se supone ningún funcionario público debería de hacer. Pero también exceden aquellas pretensiones de exigirle que se disculpe públicamente, principalmente ante la grey cristiana, conminación que más me huele a deseos de extremistas musulmanes de aplicar la pena de muerte, con base en la llamada Ley Sharia, a quien se atreva a blasfemar contra el profeta.

Me ha sorprendido que esas pretensiones de expiación y censura y no de una crítica sana en su contra, se hayan dado en un país que supuestamente endosa y garantiza la libertad de expresión.  Se puede considerar como indeseable, innecesario, agraviante y, para algún espíritu muy religioso, hasta odioso, lo que el señor Garnier escribió. Pero precisamente lo que la libertad de expresión garantiza es que el estado no pueda censurar, silenciar, tapar la boca, limitar la expresión, de los ciudadanos, excepto que directamente cause daño u ofenda (me imagino que definido por un juez) el honor de alguna otra persona. Incluso la libertad de expresión puede limitarse en casos en que notoriamente, mediante su ejercicio, se puede poner en peligro a terceros, como es el caso harto conocido en el Derecho, de gritar “fuego” en instalaciones cerradas, como es el de un cine lleno de gente.  

Pero de ello a exigirle a Leonardo que cierre su pico por ser ofensivo o pedir que lo quiten de su trabajo actual debido a lo que expresó, hay un mundo de distancia, en donde lo único que se muestra con notoriedad es una enorme intolerancia ante una opinión ajena acerca de la cual se puede diferir. ¡Que los sabios y los doctores de la ley, escribas y fariseos, los que ni saben de qué están escribiendo, todo el que quiera, que le muestren a Leonardo su error, le indiquen sus equivocaciones, le señalen un tal vez merecido desacuerdo, pero no pidan que se le impida pensar y decir lo que él piensa!  Esa es la libertad de expresión en la práctica: que cualquiera pueda escribir lo que quiera, sin ofender el buen nombre de otro. Refutar con lo que no se está de acuerdo o se disiente. Aunque me disguste lo que expresa un ser humano, me desagrade, esté en desacuerdo o discrepe en su totalidad, o ya sea que la considere como perversa o errónea, la persona debe estar en libertad de expresar lo que opina sobre cualquier cosa. Tolerar no significa aceptar lo que ese otro expresa, sino que se le permita hacerlo sin más consecuencia que lo que la ley determina si se practica un daño evidente contra un tercero. 

Por ello, comparto lo que una vez en 1859 escribió John Stuart Mill:   

“… debería existir completa libertad de profesar y discutir, como materia de convicción ética, cualquier doctrina, aunque sea considerada inmoral…” (John Stuart Mill, Sobre la Libertad, Madrid: Aguilar, 1971, p. 27), quien luego agrega: “La libertad completa de contradecir y desaprobar nuestra opinión es la única condición que nos permite suponer su verdad en relación a fines prácticos; y un ser humano no conseguirá de ningún otro modo la seguridad racional de estar en lo cierto.” (Id, p. 32).

Pero tanto como ha incomodado mi conciencia la pretensión de castigar a Leonardo (se ha escrito que hay una moción para que se presente a juicio ante nuestra sacrosanta, culta y tolerante Asamblea Legislativa), tal vez más lo ha sido la forma en que Leonardo intentó justificar lo que hizo.  Dijo que sólo se trataba de un cuento y que por ello fue que lo incluyó en la sección de “Cuentos” de su sitio personal en Internet. 

Creo que uno no debe justificar sus actos tratando de encubrirlo con propósitos ajenos a los que alguien considera como justificante para perseguirlo. Debería enhiestamente haberse plantado con base en su derecho esencial a la libre expresión y no en si se trata de un ensayo que refleja su ideario o en un cuento que sólo permite decir en terceros lo que tal vez piensa.  Esto último es irrelevante. Lo que en verdad está en juego es el derecho a la libertad y particularmente la de expresión.  

No creo que don Leonardo haya actuado así por cobardía, aunque debe ser muy doloroso luchar contra turbas intemperantes. Tal vez lo haya hecho más por oportunismo que por cualquier otra cosa. Lo que hoy tristemente he observado es una excusa flexible que le permita salir oportunamente del intríngulis, en vez de una columna construida con valores firmes y que está dispuesta a defender sus derechos esenciales. Yo defiendo a don Leonardo, porque así defiendo mi libertad.  Aunque después él se encoja de hombros y diga “no me defiendas, compadre”.

Jorge Corrales Quesada