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jueves, 9 de mayo de 2013

Jumanji empresarial: el mito de la distribución del ingreso

Un lema muy socorrido por algunos políticos, candidatos, gobernantes y economistas es la injusta distribución del ingreso o la riqueza. Siempre dan datos de que un pequeño porcentaje de la población recibe una mayor tajada del ingreso total y que la mayor parte de la población una menor. Esa situación sucede en casi todas las economías en mayor o menor grado. Pero casi nunca he escuchado de esas personas una solución sustentable de cómo lograr que los pobres tengan un mejor ingreso sin quitarle a los de mayores ingresos.

Es falaz, por no decir demagógico, pensar que una mejor distribución del ingreso significa que todos tengan el mismo ingreso, es decir, un ingreso igualitario. Tener todos los mismos ingresos no significa vivir mejor. En los países donde la mayoría tiene el mismo ingreso es donde hay más pobres. En el África subsahariana, el 95% de la población tiene prácticamente el mismo ingreso, casi nada.

El objetivo de una economía progresista no es que todos tengan el mismo ingreso, sino que cada día un mayor número tenga un mayor ingreso. Lo importante es que crezca el pastel, no que de un pastel pequeño todos tengan el mismo pedacito. La riqueza aprovechable no existe en la naturaleza, hay que extraerla, transformarla, trasportarla y comercializarla, es decir, crearla.

El problema de los países pobres no es la distribución del ingreso, sino que la mayoría no tienen ingresos. La solución no es quitarle ingreso a los que tienen más ingresos, como se hizo en el siglo XX en un gran número de países que se empobrecieron, sino generar más riqueza.

El camino es crear un entorno legal que incentive la generación de empleos productivos para los que no tienen ingresos o eleven sus bajos ingresos. La solución no está en distribuir mejor el ingreso, sino en mejorar los ingresos, no en distribuir la riqueza sino en crearla.

Luis Pazos (facilitado por Andrés Pozuelo Arce)

lunes, 18 de marzo de 2013

TemaPolémico: Estado Asistencial e Iglesia


Muchas ocasiones los liberales somos acusados injustamente de estar en contra de la redistribución, solidaridad y caridad. Afirmación, que resulta por una incomprensión de la doctrina liberal. Ya que en realidad la oposición no se refiere a dichas acciones propiamente, sino el sujeto o institución social a través de quien se ejecutan y materializan. Veamos.

Nuestra oposición se refiere únicamente a que dichas actividades sean desarrolladas por medio del Estado. Este reproche se funda en razón de que el Estado es el instrumento de violencia institucionalizada, del monopolio de la coacción y que por ello sus potestades de imperio no pueden servir para instrumentalizar a los individuos y obligarlos a perseguir acciones (por más bondadosas que sean) que no deseen. Lo anterior, no obsta a que otros grupos e instituciones sociales  promuevan tan nobles virtudes, tales como: Iglesias, ONGS, Asociación de vecinos, familias, amistades, etc.

Precisamente, este es el sentido de las palabras del nuevo Papa: “una Iglesia pobre para los pobres”, definitivamente ese debe ser el objetivo de este tipo de instituciones. Por ello, nunca logramos entender por qué toda la institucionalidad de la Iglesia siempre anda pidiendo que sea el Estado que se encargue de estos asuntos, cuando son ellos así como otras instituciones de bien social las llamadas a cumplir con dicho rol dentro de la sociedad.

Lo anterior, no es una diferencia menor. Ya que los liberales estamos convencidos que la caridad privada siempre va ser más efectiva que la caridad pública, por dos razones básicas: 1) No puede ser corrompida para propósitos electorales, clientelistas o de aspiraciones personales de poder, 2) Sin duda, el trato humano directo es más cálido que recibir un cheque de una institución estatal, es decir, ese contacto frente a frente entre el voluntario y el necesitado produce a nivel de tejido social una vinculación y sentido de esperanza mucho más sólido que el que cualquier programa asistencial estatal pueda generar.

Así, no cabe duda de la importancia que recae sobre los individuos como actores sociales activos, involucrados en los más distintos ámbitos de la vida social, si descuidamos esos espacios siempre habrá un megalómano en el poder listo para ocuparlos para su beneficio personal.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Tema polémico: menor desigualdad no significa mayor desarrollo


Existe la hipótesis, muy popular y aceptada por diversos sectores, según la cual, si un país desea alcanzar elevados estándares de desarrollo debe cerrar, o al menos implementar políticas públicas en orden a reducir, la brecha que separa a quienes poseen mucho y quienes poseen pocos bienes materiales.

El instrumento por excelencia del que hacen uso los grupos “redistribucionistas”, es el coeficiente de Gini, que mide la desigualdad en los ingresos entre los miembros de una sociedad. El ideal para un “igualitarista”, sería que la medida del coeficiente de un país determinado sea 0, pues representaría una sociedad donde no existe desigualdad entre sus miembros; el peor de los escenarios sería aquel donde el coeficiente sea 1, esta sería, sin lugar a duda, la sociedad más desigual que se pueda imaginar. (Se suele medir igualmente de 0 a 100).

De nuevo, la hipótesis señala que si Costa Rica desea avanzar en el desarrollo de sus habitantes, es decir, alcanzar el nivel de los países con desarrollo humano alto, es imperativo borrar los altos niveles de inequidad.

Sin embargo, esta hipótesis tan difundida es falsa. El propio Índice de Desarrollo Humano se encarga de falsar la proposición. Basta con leer en Informe Mundial sobre Desarrollo Humano 2010, La verdadera riqueza de las naciones: Caminos al desarrollo humano, para darse cuenta de ello.

Veamos unos ejemplos que ofrece dicho documento: Chile, el país de Latinoamérica con mejores estándares de desarrollo humano posee un coeficiente de Gini de 52,0; no obstante, Zimbabwe, el país con peor nivel de desarrollo humano del mundo, posee un coeficiente de Gini de 50,1 y,la República Democrática del Congo, el segundo peor país del mundo en materia de desarrollo humano, posee un coeficiente de 44,4 que resulta superior al del tercer país con mejor nivel de desarrollo humano (Nueva Zelanda con un coeficiente de 47).

Por otra parte, Azerbaiyán, disfruta un coeficiente de 16,8 catalogándolo como el país con más igualdad del mundo, pero se ubica en el lugar 67 en IDH, por debajo de Costa Rica (62), a pesar que posee mejores niveles de igualdad que el país con mejor nivel de desarrollo humano (Noruega posee un coeficiente de Gini de 25,8)

Aún más, Etiopia, en el lugar 157 entre 169 en el IDH, y por tanto, uno de los países que cae en la categoría de desarrollo humano bajo, posee un coeficiente de Gini más positivo en términos distributivos que Estados Unidos, que se ubica en el lugar 4 en la lista del índice de desarrollo, con un coeficiente de 40,8.

Estos ejemplos nos permiten concluir algo muy interesante: desechan la hipótesis de los aficionados a las medidas distributivas y explican que el nivel de desarrollo de un país no depende de la igualdad o desigualdad existente entre los miembros que la conforman, sino de otras variables, a las cuales nos hemos referido en ASOJOD, pero que en nada se asimilan a las propuestas por los defensores de quitarle a unos para darle a otros.

Esperamos que estos sencillos datos sirvan para abrirle los ojos a muchos individuos que, para bien o para mal, hoy día creen que es mediante la acción afirmativa del Estado, al mejor estilo de Robin Hood, que los países se vuelven desarrollados.

viernes, 14 de mayo de 2010

Viernes de recomendación

En el siguiente documento titulado La fundamentación de la redistribución. Gordon Tullock, economista, abogado y fundador del Center for Studies in Public Choice, realiza una crítica a la literatura centrada en el tópico de la redistribución.

sábado, 23 de enero de 2010

Olafo, Robin Hood y el Estado


Hace unos días la tira cómica de Olafo presentó un simpático diálogo como el que sigue (no lo reproduzco textualmente porque al momento de escribir este artículo ya ese periódico se había enviado al reciclaje): ¿Cuál es tu nombre extranjero?, preguntó Olafo. Me llamo Robin Hood. ¿A qué te dedicas? Robo a ricos para dar a los pobres. Pero si todo lo das, ¿de qué vives? De la comisión del 20% que me dejo.

Una (no la única, pero sí la que más recursos presupuestarios consume) de las funciones del Estado es la redistribución de riqueza entre los miembros de la sociedad.

En estricta teoría de las finanzas públicas, esta labor debería satisfacer los siguientes criterios:

(a) Las transferencias han de ser de rico a pobre, no entre iguales y menos de pobre a rico.

(b) El esquema debe ser de sencilla administración, para que sea soportable por los contribuyentes y no una carlanca de ineficiencia económica.

(c) La pobreza que se atiende debe obedecer a mala suerte, no a malas prácticas de los receptores de la ayuda, pues esto aparejaría riesgo moral. Recuérdese el dictado del influyente apóstol Pablo: “Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma” (2 Ts 3:10)

Lo anterior implica que las ayudas redistributivas deben ser por montos relativamente bajos, pues de otra forma nadie tendría incentivo para trabajar: ni el pobre, porque mejor vive pegado a la teta del Estado; ni el emprendedor rico, porque el fruto de su esfuerzo le es “robado” (para usar la expresión de Robin Hood).

Por último, (d) los programas de transferencias deben contribuir a subsanar las causas de la pobreza (e. g.: mala salud, deficiente educación) y a igualar oportunidades; es decir, ser pro-crecimiento económico. Mejor enseñar a pescar que dar un pescado, dice el refrán.

Si el esquema se ajusta a los criterios expuestos, la distribución del ingreso nacional después de la labor del Estado (medida por el coeficiente de desigualdad Gini) será “mejor” que antes de ella. Sin embargo, en América Latina, y en Costa Rica en particular, eso no ocurre así, porque no todas las transferencias son de rico a pobre.

Hay algunas, importantes, con poderosos grupos de interés que luchan por mantenerlas, como las pensiones con cargo al presupuesto nacional y las transferencias a las universidades públicas, que son de pobre a rico.

Esto ha sido documentado por estudios de expertos de la UCR, entre otros. Además, el costo de los esquemas redistributivos (medido por lo que se gasta en administración y por la alteración de los incentivos a producir) es muy alto; más alto que el 20% que Robin Hood dice dejarse. ¿Me explico, Olafo?

Thelmo Vargas

sábado, 28 de noviembre de 2009

Más de lo mismo


Dos noticias de la semana pasada desnudan nuestra cruda realidad que seguirá manteniéndonos en el abismo del subdesarrollo.

Primero que todo da pena ver a un grupo de industriales berreando para que no se firmen más TLCs. La competencia es muy buena en este país, siempre y cuando sea para el sector del vecino.

La segunda noticia se refiere al visto bueno que dio la comisión de asuntos agropecuarios de la Asamblea Legislativa, para perdonar 244 millones de colones en deudas a 216 pescadores.

Esta es la trágica realidad de nuestro Estado, en donde las políticas públicas se construyen al son de los grupos de presión, no importa si estos son grandes industriales o pequeños pescadores. Lo cierto del caso, es que existen personas que quieren vivir a expensas de los demás, que quieren que sus negocios sean asegurados a través de la violencia institucionalizada del Estado y no por medio del esfuerzo individual. Así seguiremos siempre en lo mismo- ¡Que pena!

martes, 10 de noviembre de 2009

Estamos advertidos


Si alguien quiere votar por Ottón Solís es porque 1) ha perdido la razón o 2) es perverso. Resulta que este candidato propone la misma fórmula trasnochada e ineficaz: más impuestos para "resolver" los problemas que afectan al país.

A Solís parece que le molesta la riqueza. Utiliza sus dotes de Planificador (¿Central?) para definir lo que, según él, es suntuario. Este "economista" desconoce el aporte fundamental de Carl Menger a la disciplina-la teoría del valor subjetivo- y pretende erigirse como el ser omnisciente, capacitado para definir qué es suntuario y qué no lo es para gravarlo. ¿Será que, de ganar la Presidencia, Ottón Solís empezará a decirnos qué es valioso, qué es importante, qué es útil, qué es bueno y qué es deseable y, a punta de decretos y leyes, nos hará seguir sus disposiciones?

Hayek nos advirtió de la fatal arrogancia de personajes de esta calaña, pero pareciera que nuestros padres y abuelos no le hicieron caso, pues Ottón no es el único que ha llegado lejos usando ese discurso. La Costa Rica actual, forjada desde hace más de 60 años, se basa en esa "lógica" perversa: unos atribuyéndose la capacidad de decidir por los demás e imponer su criterio mediante el mecanismo de compulsión y coerción conocido como Estado, sea para definir lo que según ellos es válido o no o simplemente para redistribuir la riqueza.

Sin embargo, Ottón Solís parece estar llegando más lejos con su discurso, planteando impuestos de renta global y mundial, para tasar hasta el último centavo que un ciudadano reciba. Le molesta tanto la riqueza que quiere acabarla: desea arrebatársela a sus legítimos dueños y entregársela a personas que no han hecho nada para tenerla. Desea imponerle un castigo a quienes, con base en su esfuerzo, trabajo, buenas ideas comerciales y empeño, han ganado dinero, tratándolos como simples ladrones a los que se les decomisa el botín después de un golpe.

El lema de la campaña de Solís es "La Costa Rica que queremos". ¿Queremos eso? Estamos advertidos para el futuro: si queremos generar riqueza, una Costa Rica con Ottón Solís no sería el lugar adecuado para hacerlo. Ya podemos estar claros acerca de los que nos puede pasar si los costarricenses ponen en Casa Presidencial a un fatal arrogante planificador, con dotes de omnisciencia y muy poco respeto hacia el individuo y la propiedad privada: trabajaremos unos para que otros disfruten de los resultados.

jueves, 1 de octubre de 2009

Un robo más


El día de hoy empieza a regir el nuevo impuesto a las casas de lujo. Como toda iniciativa populista y demagógica, este nuevo impuesto lleva un nombre pomposo: “Ley de impuesto solidario para el fortalecimiento de programas de vivienda”. Quién podría decir que no a este proyecto con un fin tan noble como que sean ciertos ciudadanos los que financien las viviendas de otros.

El primer problema que tiene este proyecto es evidentemente la arbitrariedad, qué es una casa de lujo. El "lujo" no es una categoría objetiva, simplemente es una apreciación subjetiva y arbitraria que los padres de la patria establecieron. Segundo, el sistema costarricense se funda en la ilógica perversa de castigar la riqueza -nadie puede pensar que un impuesto es un premio- primero el impuesto PROGRESIVO a la renta y ahora un impuesto a determinadas viviendas, y aun así existen académicos trasnochados que dicen que en Costa Rica existe un sistema ¿neo? liberal, ¡que pena!

Por último resulta obsceno la cantidad de imposiciones por las que debe pasar un propietario de estas casas de "lujo", veamos: primero el propietario ya paga un impuesto de bienes inmuebles ante la municipalidad -impuesto que ya lo obliga a contribuir más conforme aumente el valor de su propiedad-, así mismo el propietario también paga tributos por concepto de impuesto de ventas a la hora de comprar todos los materiales que requiere para construir su hogar, por último el propietario también paga un impuesto progresivo a la renta (no olvidemos que es desde su renta que el mismo paga la construcción de su hogar). Una verdadera espiral impositiva es lo que existe en este país, con propuestas de este tipo no vamos a ninguna parte.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Conferencia: Impuesto a Casas de Lujo


En ASOJOD queríamos invitarlos al seminario que estará realizando la Cámara de Propietarios de Bienes Inmuebles de Costa Rica, en el cual se discutirá el nuevo impuesto que se pretende de crear a las casa de "lujo. Evidentemente este es un tema que merece discusión y debate.

Lugar: Hotel CrownePlaza Corobicí, Salones Corcovado 1, 2 y 3.

Fecha: martes 6 de octubre del 2009.

Hora: de 11:00 a.m. a2:00 p.m.

Expositores:Dr. Adrian Torrealba Navas (Dr. en Derecho Financiero y Tributario) y Ing. Fernando Peñaranda Peralta (Ing. Civil especializado en Ingeniería Costos y Valoración de Bienes Inmuebles)

Costo: ¢55 000.00 Incluye: almuerzo y certificado de participación.

Inscripciones: 2253-9653 / 2283-7482

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Condonación


De conformidad con la teoría de las obligaciones, la condonación es una forma de extinguir la obligación. Simplemente significa que el acreedor perdona la deuda (por eso también se usan las expresiones “perdón” o “remisión”.

Algunas veces se acostumbra aprobar autorizaciones legislativas para condonación de intereses sobre deudas con las Municipalidades. Las propias Municipalidades lo piden con el fin de que los morosos tengan un incentivo para acercarse a pagar y para no tener que lidiar con adeudos viejos. Es considerado de conveniencia para el ente municipal. Generalmente, luego de una condonación de este tipo, se da un aumento de los ingresos municipales.

Sin embargo, hay costumbre de aprobar otro tipo de condonaciones. La pretensión es que algunas personas no tengan que pagar los dineros y ayudas que han recibido. Paralelamente, también se trata de que puedan volver a recibir ayuda similar o se conviertan en sujetos de crédito.

Por supuesto que siempre hay un grupo de diputados dispuestos a aprobar todas las condonaciones. Muchas veces sin mayor examen, sobre todo si estamos a las puertas de una campaña electoral.

No digo que no deba haber condonaciones. Me parece que muchas personas, a través de la historia, han disfrutado de este instituto. El Derecho, no obstante, pone en tela de duda (prácticamente prohibición), la condonación que hace un acreedor quien, a su vez, es deudor de otras personas. Ello por cuanto no está disponiendo graciosamente de su patrimonio sino que está disponiendo de los derechos de terceros. O sea, está haciendo caridad con dinero ajeno.

¿Será igual en el caso de las condonaciones legislativas? O sea ¿hacer caridad con dinero ajeno? No puedo creer que la paz social dependa de estar regale y regale el dinero que no sobra a otros costarricenses. No creo que los valores sociales se fomenten de esta manera. No puedo estar tranquilo mientras la Asamblea tramita, con tanta irresponsabilidad, proyectos de condonaciones en los cuales aparecen deudas de centenas de millones y se hacen los que no sabían nada. Tampoco creo que ello haya sido por “caridad” o gratuitamente. ¡No me chupo el dedo!

En los casos grandes y pequeños de este asunto no puedo creer. Llaman pequeño agricultor a aquel cuyos ingresos anuales sean menos de veinticinco mil dólares. Dicho de otro modo, que puedan ser mayores al millón de colones mensual y por ello califiquen para no pagar sus deudas. ¿Cuántos salarios costarricenses están por debajo de eso y la gente tiene que pagar sus deudas?

Si se tratara únicamente de no llevar al cobro judicial o dar un moratoria, pero no es así. En el fondo se trata de volver a darles dinero. ¿Cuántas veces?

Federico Malavassi


En Vela


Al calor del Fideicomiso Agrícola (Fidagro) y luego de Reconversión Productiva, 40 diputados condonaron deudas por unos 8.000 millones de colones a un grupo de pequeños, medianos y grandes agricultores, sabedores unos de la regalía e ignorantes otros. De nada valió la oposición del Ministro de Agricultura, del Sistema de Banca para el Desarrollo y del Colegio de Ingenieros Agrónomos. El criterio técnico no cuenta.

He aquí un surtidor de enseñanzas. Primero, definitivamente, el problema de nuestros entuertos morales, legales y técnicos no es la Constitución Política. La evasión de la realidad se llama esquizofrenia. Segundo, los emprendedores sin los contralores son tan nefastos como los contralores sin los productores. No se hace chocolate sin cacao y sin la mirada vigilante del cocinero contralor. Tercero, La Nación reaccionó de inmediato y puso el grito en el cielo en la sección editorial y, como en muchas otras ocasiones, a lo largo de su historia, le rindió un beneficio al país. ¿Verdad que la prensa profesional e independiente funciona en una democracia? Por algo la odian y la temen.

Cuarto, la crisis actual es de pensamiento crítico, pues, al parecer, la razón es una facultad innecesaria. A ninguno de los 40 diputados se le ocurrió la pregunta elemental: ¿quiénes son los condonados o favorecidos? Algunos quizá creyeron que una condonación es una feria de condones, como esos que se reparten en Costa Rica a lo loco, sin ninguna explicación moral previa. Quinto, si el problema no fue mental, fue de corrupción (negligencia, irresponsabilidad, favoritismo, clientelismo, etc.).

Sexto, el problema no es de ahora. Es de muy vieja data. ¿Se acuerdan de los seguros de cosechas en aquellos tiempos en los que los críticos de ahora callaron? A la sombra de la ayuda a los agricultores, sin control, sin asesoramiento y sin sanción, se han botado océanos de dinero. No basta andar con sombrero, a lo Zelaya, para ser agricultor. Séptimo, nada más fácil, rentable políticamente y cómodo que repartir lo que no es de uno. En esto ha consistido en Costa Rica, en ciertos sectores, hacer política por décadas y décadas. Al calor de la banca nacionalizada, se amasaron fortunas.

Octavo, nada más productivo que explotar la envidia, el odio y los buenos sentimientos. El comunismo se montó sobre una galaxia política de igualdad social. Entre nosotros tenemos expertos en la materia envueltos en la bandera nacional. Noveno, ¿no ha sido el escándalo sindical de Japdeva mucho más costoso que las condonaciones de este cuento? Décimo, el cinismo es el coronamiento de la corrupción. SOS: comienza la campaña política.

Julio Rodríguez

miércoles, 6 de mayo de 2009

¿Dónde está mi subsidio?


El día de hoy La Nación informa que: "El Gobierno subsidiará este año el seguro para cubrir unas 60.000 hectáreas de cultivos vulnerables a las inclemencias del tiempo. El Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) transfirió a finales de abril ¢1.000 millones al Instituto Nacional de Seguros (INS) para cubrir parte de los costos del seguro de cosechas para este año."

Desgraciadamente siguen existiendo grupos privilegiados que se dedican a vivir a expensas de los demás. Es el viejo esquema de privatización de las ganancias y socialización de las pérdidas. Pseudo-empresarios que no quieren asumir riesgos. Llevaba mucha razón Bastiat cuando en el siglo XIX argumentó, que: "el estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo trata de vivir a cuestas de todos los demás".

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Redistribución de talentos, guapura e inteligencia


El argumento práctico en contra de la redistribución de rentas es simple y contundente: la redistribución implica que unas personas reciben un volumen de riqueza superior al que generan como productores a expensas de otras personas a quienes se confisca parte de lo que como productores les corresponde. De este modo deviene relativamente más gravoso obtener renta produciendo y relativamente menos gravoso obtenerla a través del Estado, por lo que se incentiva lo segundo en detrimento de lo primero.

Los igualitaristas a menudo arguyen que estas consideraciones prácticas son secundarias, pues la ética exige que sacrifiquemos algo de "eficiencia" en ayuda de los más necesitados. En concreto, el progresismo más ilustrado (Rawls, Dworkin) plantea argumentos como éste: la desigualdad que es fruto del esfuerzo y las decisiones personales es legítima, la desigualdad que es fruto del azar y los talentos innatos es ilegítima y debe intentar corregirse. Este planteamiento equipara justicia con mérito.

Más allá de la dificultad de separar las decisiones personales del azar o el talento innato (¿es Rafael Nadal rico porque se ha esforzado o porque nació con talento?) cabe cuestionar la premisa: ¿por qué es injusto aprovecharnos de los talentos, características, circunstancias, etc. que la naturaleza ha puesto a nuestro alcance? No es cierto que nuestras intuiciones morales apunten en esa dirección. La gente vincula el mérito con la justicia en muchos casos, pero no lo hace en muchos otros. También cree que el azar juega un papel importante y legítimo en la vida, y procura sacar partido a sus atributos, talentos y circunstancias sin sentir remordimientos por ello. De hecho es difícil reconciliar nuestra individualidad y sentido de la existencia con la idea de que nuestros talentos y características innatas son en cierto modo indignas y necesitan de represión y correctivos.

Con todo, no está claro que la equiparación de justicia con mérito lleve a conclusiones redistribucionistas, pues el beneficiario del aparato redistributivo aún ha hecho menos méritos para recibir subsidios. Si despojamos el argumento de florituras se reduce a lo siguiente: un individuo con menos talento o en circunstancias precarias puede amenazar con violencia a otro individuo inmerecidamente más rico (como consecuencia de su talento, suerte, etc.) para quitarle parte de su riqueza, aunque aquél haya hecho aún menospara merecerla.

La defensa meritocrática de la redistribución tiene otras implicaciones incómodas para sus proponentes. Imaginemos un mundo en el que podemos transferir nuestros componentes físicos a otras personas mediante procesos quirúrgicos. En este mundo, de acuerdo con el principio de que la desigualdad innata es injusta y debe corregirse, deberíamos redistribuir los atributos físicos de nuestro cuerpo: los guapos deberían transferir, bajo coacción, parte de su belleza a los feos; los atletas deberían transferir parte de su agilidad y fortaleza a los minusválidos. En definitiva, en ese mundo los progresistas deberían estar a favor del igualitarismo físico.

Corregir la desigualdad física, genética y psíquica, debería ser en realidad su política preferida en un mundo donde tal cosa fuera posible, pues la desigualdad física es el origen de la desigualdad de rentas que pretenden corregir. Si un individuo ha obtenido una gran fortuna como resultado de su innato talento e inteligencia, podemos redistribuir parte de su fortuna a quienes tienen menos, o podemos atacar la fuente y redistribuir parte de su talento e inteligencia a alguien sin talento y con un IQ bajo.

Los progresistas pueden consolarse pensando que el igualitarismo físico es hoy en día ciencia ficción (aunque con el desarrollo de la eugenesia quizás deje de serlo pronto). Pero el propósito de este experimento mental es averiguar si el igualitarismo físico, con independencia de su viabilidad, es moralmente deseable. O, más específicamente, si el argumento meritocrático a favor de la redistribución implica la deseabilidad del igualitarismo físico.

La próxima vez que un progresista defienda la redistribución de rentas deberíamos preguntarle si estaría dispuesto a renunciar a su talento, guapura o inteligencia en favor de quienes no tienen esos atributos. Se encontraría entonces en la tesitura de abrazar el igualitarismo físico o rechazar el igualitarismo material. Y con un poco de suerte vencería el sentido común.


Albert Esplugas

domingo, 22 de junio de 2008

El Estado benefactor corrompe


Los mayores receptores de ayuda gubernamental no son las madres solteras ni la gente muy pobre, sino grandes empresas con buenos contactos políticos que reciben subsidios, protección de la competencia extranjera y las rescatan si hacen malos negocios. Todo eso es ilegítimo e injusto.

En 1970 publiqué “Justicia y el Estado benefactor”, un ensayo demostrando que el Estado benefactor destruye la necesaria conexión entre causa y efecto, promoviendo la injusticia. La gente que se gana la vida no se queda con el dinero que gana con su esfuerzo, mientras que aquellos que no lo hacen tienen al gobierno saqueando a los demás para beneficiarlos.

Claro que se puede ayudar a los demás sin injusticias, cuando otros contribuyen voluntariamente para ayudar a quienes lo necesitan, a menudo por poco tiempo. Esa generosidad, caridad y filantropía es frecuente y apropiada entre los seres humanos. Lo que no es eficiente ni apropiado es la extorsión de dinero por parte de políticos y burócratas para financiar empresas fracasadas y a gente que se acostumbra a vivir de la caridad gubernamental.

Otro resultado del Estado benefactor es que promueve la corrupción de la responsabilidad individual. A millones se les dice que pueden actuar irresponsablemente, no practicar la virtud ni la moral ni la prudencia porque otros pagarán por sus errores. Es humano dar ayuda temporal a quien se equivoca, pero eso no es lo mismo que fomentar que cientos de miles vivan indefinidamente del esfuerzo de quienes trabajan y son responsables.

Parte de la tragedia es que a millones de niños se les está inculcando que ellos no son responsables de su propio futuro y que los funcionarios y políticos estarán siempre a su lado para que cuenten con lo necesario.

Claro que el Estado benefactor nada tiene que ver con generosidad, compasión ni caridad porque se fundamenta en redistribuir lo que pertenece a otros. El Estado benefactor tiene más bien que ver con utilizar la fuerza para transferir la propiedad perteneciente a ciertos ciudadanos para ser redistribuida por quienes buscan conseguir apoyo político de determinados grupos en las próximas elecciones.

¿Por qué tanta gente se endeuda más de lo que va a poder pagar? ¿Por qué se inician empresas con insuficiente capital? En parte, quizás, porque la educación pública enseña que no hay que preocuparse mucho por el futuro, ya que siempre tendremos a un gobierno benefactor que nos protegerá.

Así, además de corruptor, el Estado benefactor promueve creencias falsas sobre lo que se requiere para alcanzar el éxito en el ámbito personal y familiar, en los negocios y como país.

Tibor Machan

martes, 26 de febrero de 2008

La trampa de la prosperidad compartida


Cuando tenía 12 años, mi maestro en Hungría nos contó sobre el paraíso comunista pronosticado por Karl Marx: “De cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades". Aunque estaba acostumbrado a oír la propaganda marxista en mi colegio, ese día cometí el error de levantar la mano y preguntarle al maestro: “Si mi amigo y yo comenzamos la semana con la misma cantidad de dinero, pero él con eso compra madera y fabrica una mesa, mientras que yo me tomo todo mi dinero en cerveza, ¿deberá él compartir conmigo lo que gane al vender la mesa?” El maestro me regañó y fui transferido a otra escuela para quienes no tendrían la oportunidad de ir a la universidad.

Recientemente recordé esa experiencia al leer la columna de Hillary Clinton, “Mi plan para compartir la prosperidad”, en el Wall Street Journal. Ella no deja ninguna duda sobre su intención de realizar una masiva redistribución de la riqueza en este país, al decirnos: “en pocas palabras, éxito significa una economía que comparte su prosperidad con todos”.

Una economía verdaderamente libre permite que los de abajo trabajen duro para escalar posiciones y mejorar su nivel de vida, aunque no hay ninguna garantía de que lo lograrán. Eso es así porque el dinero que uno se gana depende de si los demás quieren pagar por nuestros productos y servicios. En un país libre, nadie obliga a otro a comprar lo que alguien quiere vender. Todo funciona voluntariamente y el resultado es una desigual distribución de la riqueza. También existe el problema de que algunos simplemente no quieren trabajar mucho.

Sin embargo, cuando comparamos la historia económica de sociedades libres con la de sociedades con economías planificadas por burócratas y políticos, constatamos que a mayor libertad mayor prosperidad y mejor calidad de vida. Además, la oportunidad de esforzarnos para mejorar nuestro nivel de vida no es destruida por el gobierno, razón por la que hay mucha más variedad y movilidad. La verdad es que tanto la libertad como el bienestar desaparecen cuando se nos obliga por la fuerza a compartir el producto de nuestro trabajo.

Está muy claro que la señora Clinton no comprende que no es la economía sino las personas las que prosperan o quienes son obligadas a compartir sus recursos con otros. Pero es que el concepto de una sociedad libre es difícil de vender, cuando tantos aspiran a vivir del trabajo de los demás. Quizás, Hillary Clinton debería leer la fábula de George Orwell, “Rebelión en la granja”, para que comprenda lo que sucede cuando un país antepone la igualdad a la libertad de los ciudadanos.

Tibor R. Machan

sábado, 10 de noviembre de 2007

La redistribución del GILA


La observación clave de Adam Smith era que ambos participantes en un intercambio pueden beneficiarse y que, siempre que la cooperación sea estrictamente voluntaria, ningún intercambio puede tener lugar a menos que ambos se beneficien.

No deja de asombrarme la falta de rigor, coherencia, profundidad y ética con que los gurúes latinoamericanos suelen abordar diversos temas económicos. Uno de ellos es el de la distribución del ingreso. Constantemente están promoviendo intervenciones del Estado para redistribuir la riqueza, como si esta estuviera almacenada por ahí esperando ser distribuida. No es así. La riqueza se crea por individuos con base en su propiedad, inteligencia y esfuerzo, por lo que su redistribución forzosa es un acto criminal. Basta caminar un poco despistado por San José (o cualquier capital latinoamericano) para ser atacado por numerosos redistribuidores. Además de su naturaleza delictiva, las intervenciones económicas del Estado son el problema, no la solución. Veamos.

Todo el trajín económico empezó con la siguiente sentencia: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra” (Génesis 3:19). Esta origina una necesidad de consumo. Pero, en su infinita compasión, el Creador no desampara al hombre; lo dota de cerebro, incontables destrezas y abundantes recursos naturales, para que, con todos ellos, satisfaga sus necesidades de consumo. Parte de su designio consistió en dar a cada uno condiciones y habilidades diferentes, para que los seres humanos tuviesen que cooperar en la empresa de satisfacer cada vez mejor esas necesidades. Al principio, el hombre las solventa en autosuficiencia -cada persona produce, aisladamente, todo lo que necesita- hasta que, usando su cerebro, descubre el maravilloso principio de especialización e intercambio, según el cual, dos o más individuos pueden satisfacer mejor sus necesidades de consumo si, en vez de producir todo lo que necesitan, cada uno dedica sus recursos a los bienes y servicios (b&s) que produce mejor y luego los intercambia por aquellos que otros ofrecen en condiciones ventajosas. El resultado de la aplicación generalizada de este principio es el sistema de especialización e intercambio (SE&I), una intrincada red de interrelaciones e interdependencias que permite a cada individuo poner su inteligencia, destrezas y conocimientos al servicio de todos los demás participantes. En esta red, conocida también como el sistema de mercado o sistema generador de riqueza, cada individuo produce un bien (o muy pocos) y obtiene todos los demás mediante el proceso de intercambio, es decir, el comercio.

Creación de riqueza

. Cuando los individuos son libres para intercambiar sus propiedades, cuando no se utiliza la fuerza (pública o privada) o el engaño, en el SE&I se manifiesta plenamente el principio básico del enriquecimiento: vender caro y comprar barato. Cada uno de los involucrados en un intercambio vende caro y compra barato. Ambas personas se enriquecen. Veámoslo con un ejemplo. Con equis cantidad de recursos, Juan tiene la oportunidad de producir 10 pantalones (P) o 1 kg de leche (L); y Miguel, 8 kg de leche (L) o 1 pantalón (P). Deciden especializarse e intercambiar al término de 1 P por 1 L. Así, Juan vende caro: cada P le cuesta 0,1 L (su costo de oportunidad), pero lo vende en uno; y compra barato: cada L le cuesta 10 P, pero paga solo uno. Igualmente, Miguel vende caro: cada L le cuesta ? P, pero lo vende en uno; y compra barato: cada P le cuesta 8 L, pero paga solo uno. Esta es la razón por la cual el SE&I genera la máxima riqueza y una distribución óptima (la más justa) cuando se cumple el requisito de libre intercambio, es decir, cuando se respeta absolutamente el derecho de propiedad (DDP) de todos los participantes.

Derecho de propiedad.


Se entiende por derecho de propiedad (DDP) la facultad de cada individuo para disponer de su propiedad de la manera que prefiera; el tener absoluta libertad para decidir qué producir, con quién intercambiar sus bienes y en qué términos hacerlo. El respeto absoluto a este derecho es la clave. Primero, porque implica que la competencia es la única forma de dirimir el “conflicto” que se presenta cuando dos o más individuos desean satisfacer, humanamente, una necesidad de consumo de un tercero. Así, se convierte en acicate para el esfuerzo, la excelencia y la búsqueda incesante de mejores soluciones para las necesidades de consumo del prójimo. Segundo, porque confiere a todos los individuos la libertad para efectuar los intercambios que más les conviene, lo cual hace que se lleven a cabo solo los intercambios de altísimo valor, es decir, los que proveen la máxima riqueza a las personas involucradas.

El designio divino, entonces, fue dotar a los seres humanos de todo lo necesario para que, en libertad y con base en la cooperación, pudiesen generar magníficas condiciones de vida. El único requisito para lograrlo era y sigue siendo el respeto absoluto al DDP de todos los participantes; es decir, basta con un poco de humanismo. Nada más. No hace falta el concurso de doctores en economía, ni rectores de sector, ni bancos centrales, ni ministerios de economía, ni nada de eso para que el sistema funcione, para que genere riqueza a raudales y lo distribuya de la manera más justa entre los participantes. No podía ser de otra manera. Ahora, distribución justa significa que cuanto más aporta un individuo al SE&I, cuanto más enriquece a los demás participantes, más recibe. Por ejemplo, Bill Gates se queda con menos del 2% de la riqueza estimulada por sus inventos, pero aun así recibe mucho más que otros, porque su aporte es mucho mayor. Por casualidad, esta distribución justa tiende a ser menos desigual que otras distribuciones. ¿Casualidad o parte del designio divino?

Genialidades del GILA.

Ante este maravilloso plan, el grandísimo idiota latinoamericano (GILA) jura que Dios se equivocó y que a él, como gobernante y dios terrenal, le toca enmendar el error. Entonces, suprime el derecho de propiedad; restringe la competencia; veda la participación del ciudadano en algunas actividades productivas, aunque estas representen el mejor uso de sus destrezas, conocimientos y otros recursos; prohíbe o limita ciertos intercambios, en especial con extranjeros; y fija términos de intercambio (precios) distintos de los que se hubieran acordado libremente. Estas “genialidades” del infame personaje tienen dos consecuencias: el sistema genera poca riqueza (en Latinoamérica no más del 10% de su potencial), y la mayor parte de ella termina en pocas manos.

Se genera poca riqueza porque la mayoría de los intercambios que se llevan a cabo no son los que ocurrirían en libertad; no son los que producen la máxima riqueza para cada uno de los involucrados. En efecto, la generalidad de los actores son forzados a vender más barato o comprar más caro de lo que harían en un régimen de libertad (por ejemplo, entregar 5 piñas por kg de carne en lugar de solo una). Son forzados por el GILA a dedicar sus recursos a usos inferiores a su potencial para generar riqueza para todo el conjunto. Además, la falta de competencia reduce o elimina la motivación para buscar incesantemente mejores soluciones para las necesidades de consumo de los participantes.

Pero esto no es todo. También resulta una distribución de riqueza injusta (y mucho más desigual), porque las intervenciones del GILA hacen que una minoría (sus amigos, familiares y partidarios) pueda vender más caro o comprar más barato de lo que vendería o compraría si se respetara el DDP de todos. Los demás, como ya se señaló, deben vender más barato o comprar más caro. De esta forma, cuando se realizan los intercambios, la mayoría de los participantes pierden una gran parte de la riqueza que deberían recibir; la transfieren a una minoría. Por ejemplo, los trabajadores del banano, la piña y otros productos de exportación, logran vender caro su producto (se cumple la primera parte del enriquecimiento), pero cuando tratan de convertir la venta en los bienes que consumen (arroz, lácteos, azúcar, carne, etc.), descubren que las opciones baratas les han sido vedadas por el GILA; deben comprar caro. Esto anula lo primero. Así terminan siendo pobres, mientras que los grandes productores de estos bienes de consumo básico se enriquecen. Venden caro, muy caro, y compran barato.

Ante este panorama, ¿qué hace el GILA? En lugar de enmendar su error -lo cual requiere cierta dosis de inteligencia y moral-, incrementa su intervención para, según él, corregir el problema de la distribución ... de la pobreza. Mediante el uso de la fuerza, confisca más recursos a los pobres (no a los ricos), él y la burocracia se dejan la mayor parte del nuevo botín, y el resto lo traslada a los ricos vía subsidios a la exportación y al crédito, entre otros programas gubernamentales. Ergo, la distribución empeora aún más; lo cual motiva otra cantarada de artículos de “gurúes” pidiendo más acción del Estado para mejorar la distribución de la riqueza. Un cuento de nunca acabar.