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jueves, 26 de julio de 2012

Jumanji empresarial: ¿por qué no soy conservador?

El conservadurismo político-cultural es un envase con contenidos de claras variantes. Qué se conserva en cada territorio o era, desde luego, es algo absolutamente distinto. Son conservadores un ayatollah iraní, un rabino ortodoxo judío, un stalinista (en la Rusia de los 1950’s), un Legionario de Cristo (en el México de los 1990’s), pero también lo son Thomas Sowell, Pat Buchanan y Sarah Palin. ¿Qué tienen en común estos personajes, al margen de las -ojalá- obvias diferencias? Probablemente todos queremos ciertas certezas en un mundo incierto pero eso no nos vuelve conservadores culturales y políticos.

¿Qué cosas sí tienen en común los conservadores? Estimados lectores, permítanme un intento de síntesis y crítica dentro de lo que este espacio permite.
 
1) La naturaleza humana
 
El conservador considera que el ser humano es básicamente defectuoso. No está a la altura del Paraíso o Era Dorada (que puede ser el Edén judeocristiano, el comunismo primitivo de Marx-Engels o cualquier otro tipo de mitología conveniente) por lo cual debe ser liderado con firmeza y vigilancia, por un pastor digno de su rebaño.
 
Pero no, el ser humano es el portentoso fruto de millones de años de evolución. Posee capacidades cognitivas y morales únicas por su grado de desarrollo. Nunca un gato pensó “qué paisaje tan hermoso” ni una ardilla“¿a dónde va mi vida?” ni un perro jamás pensó “¿qué significa ser leal a mi mejor amigo en este contexto particular?”. Pero al mismo tiempo hay rasgos parciales en otros animales avanzados de estos procesos de formación de una psiquis. ¿Qué significa esto? Que esas capacidades vienen de procesos paulatinos y completamente naturales.

Es más, el ser humano viene equipado con ciertos circuitos (hardwiring) al igual que otros primates, para la empatía. Es decir, venimos equipados para la cooperación. El gran descubrimiento del ser humano, y que ningún otro primate ni especie animal posee es el trueque. A diferencia del comercio entre los sexos que puede ser observado en los bonobos (comida o status a cambio de sexo), el ser humano descubre una división del trabajo usando bienes enajenables. Es decir: entregar algo que valoramos (y es escaso y mensurable) a cambio de algo que valoramos aún más.

A través del comercio -que cabe recordar, es diez veces más antiguo que la agricultura- es que los seres humanos entablan división del trabajo (¡cooperación!) con extraños. Esto es algo absolutamente único en la naturaleza. Las hormigas y abejas tienen sistemas de división del trabajo relativamente interesantes, pero dentro de su familia biológica. El comercio va reemplazando cada vez más a la agresión como forma de relacionarse con extraños, y nos recuerda Steven Pinker que este es el momento más pacífico en la historia de la humanidad.
 
Y es el comercio el mecanismo para liberar tiempo (invito al lector a estudiar el principio más esencial de la cooperación recurrente con extraños: la ley de ventajas comparativas) que permite ir construyendo civilizaciones mediante el encuentro de ideas, arte, lenguaje y otras instituciones mengerianas.
 
¿Qué tiene que ver este -aparente- desvío hacia la biología, la antropología y la economía con el conservadurismo?
 
Todo, en realidad. Si el ser humano es cooperativo por naturaleza y a la vez el fruto de al menos dos millones de años de evolución biológica y cultural, no podemos decir tan a la ligera que es “malo” o “degenerado” (fallido, defectuoso) ni tampoco, desde luego que es “bueno” en algún sentido soso. Si bien los contextos no necesariamente condicionan las decisiones individuales podemos poner como polos extremos el Stanford Prison Experiment -o Auschwitz/Treblinka- por un lado y por el otro los miles de gestos de generosidad, ternura y heroísmo anónimos que jamás llegan a aparecer en los noticieros. En el medio una inmensa franja marcada por la cooperación y la confianza en menor o mayor medida. Mientras más amplios los lazos de confianza -demuestran psicólogos sociales como Esteban Laso en una sociedad, mejor será su calidad de vida cultural y material. Los entornos asfixian, envician o potencian, pero ciertamente el individuo tiene la capacidad de tomar decisiones morales -esta palabra no tiene nada que ver con religión, por cierto- más que cualquier otra cosa basado en su autoimagen y sus prioridades vitales -conocidas también como valores, otra palabra que los conservadores han pretendido monopolizar).

2) Su actitud vital: puritanismo, oposición al cambio y sumisión.
 
De lo que he podido observar, el rasgo personal más importante del modo de ser conservador es un grado elevado de puritanismo. Como lo definía el magnífico periodista y libertario H.L. Mencken:
Puritanismo: el atormentante miedo de que alguien, en algún lugar, pudiese ser feliz.
 
Esa frase va al corazón del altruismo la doctrina de Comte, ampliamente confundida con generosidad, solidaridad o caridad y que a su vez son distintas entre sí- en el plano del disfrute de la vida. El mensaje parece ser “que nadie disfrute hasta que todos puedan disfrutar”. Es como esa falacia usada por alguien de la familia en la niñez, “tómate la sopa, hay niños en África que no tienen qué comer”. Sí, es cierto, pero tanto la sopa como el disfrute son intransferibles a cientos o miles de kilómetros. Y a veces a pocos metros. Y de hecho la sopa o los recursos para hacerla/comprarla pueden al menos ser donados. Pero la alegría no. Que suframos no eleva el estado de ánimo de otros. Que nos neguemos placer en la vida tampoco hace ipso facto del mundo un lugar mejor. El placer de abrazar a un hijo para supuestamente enseñarle templanza. El placer de hacer el amor con alguien que apreciamos profundamente. El placer de bailar sin medir cada gesto por el que dirán (las voces en nuestra mente, incluso estando a solas). El de compartir carcajadas sin cálculo ni estrategia.
 
Esto no implica ser mezquinos y poco compasivos. Al contrario. Se puede hacer voluntariado con alegría, se puede luchar por causas impostergables con gusto y se puede ser generosos sin creer que eso nos resta permiso para darnos gustos necesarios.
 
El conservador no concibe nada de esto: quiere impedir por medio de mandatos morales o legislación el consumo de sustancias y el ejercicio de actividades recreacionales entre adultos. Por eso considera virtuosos los sacrificios y valores propios de la guerra: tanto en la formación como en el combate se “tiempla” el carácter de una forma que la sociedad comercial no puede ofrecernos a su modo de ver. Para el conservador no sólo debemos ser parcos, abnegados y castos sino que deben serlo los demás también. De hecho muchos conservadores suelen promover estándares de -supuesta- perfección humana para la cual claramente nadie pueda “estar a la altura.” De esa forma pueden sembrar culpa y manipular a los demás para obtener su atención, su tiempo y su dinero.
 
Los conservadores en esencia son platónicos y no artistotélicos. Platón decía que este es el mundo -ilusorio, pasajero- de lo fenomenal mientras que lo eterno y real es noumenal. Las eras platónicas de Occidente han sido las más oscurantistas pues bajo esa idea el conocimiento, la justicia y la alegría eran asunto de ultratumba. Siguiendo a Aristóteles, rechazo esa noción enteramente. Yo creo que ésta es la vida que debe ser vivida. Si existen otras o no es quizá irrelevante. En esta vida podemos y debemos buscar la eudaimonia. Es decir, la plena expresión en todos los campos. Personalmente tengo gustos modestos en muchos temas -que no en todos- pero ciertamente defiendo el derecho al lujo, el exceso y a aprender de los propios errores para todos.
 
Tampoco quiere el conservador que las familias puedan tener arreglos afectivos ni legales distintos que el que consideran tradicional. En realidad esa tradición tiene bastante poco tiempo en la historia. No que ser antiguo o nuevo vuelva a algo bueno per se, pero apelar a “lo natural” cuando hay cientos de especies animales que tienen relaciones homosexuales o a lo “tradicional” cuando hay familias nucleares hace muy poco tiempo en la historia, es un argumento de lo más fantástico. Es fantasía pura.
 
3. Formas de matrimonio en el Antiguo Testamento de la biblia cristiana.
 
Otra actitud vital conservadora es la oposición al cambio drástico. En ese plano sólo diré que fueron conservadores quienes querían una respuesta sobre “¿quién cosechará los campos?” antes de liberar a los esclavos. Muchas instituciones han demostrado éxito y complejidad asombrosa por su evolución a lo largo de cientos o miles de años. En esto el conservador muestra cierta prudencia sabia que buena falta le hace a un revolucionario. Sin embargo esa prudencia sin una vara para evaluar las instituciones y costumbres termina asfixiando toda riqueza y volviendo a los países (y familias) meros museos de glorias pasadas. La razón, en el sentido humeano -limitado- y no cartesiano -ilimitado- nos puede ayudar a evaluar si una institución -legal o cultural- es a) justa o b) productiva. Es muy difícil reformar racionalmente, pero sí se debe abolir lo que sea que traiga injusticia o sufrimiento innecesario.
 
La esclavitud puede ser todo lo tradicional que se quiera -de hecho aún existe entre ciertos grupos negros en África- pero eso no la hace justa. Las tradiciones deben ser tratadas con prudencia pero evaluadas sin misericordia.
 
Finalmente, su fijación con la autoridad y sumisión. Para la mentalidad conservadora, la autoridad debe ser respetada a como dé lugar. El conservador no reflexionó sobre la frase de Proudhon que dice “La libertad es la madre y no la hija, del orden”. Es en realidad a través de tratos libres (merecer y dar confianza) que las instituciones se plasman. No es el más fuerte el que impone las reglas en los grupos humanos exitosos. El uso de la fuerza tiene usos adecuados en sociedad, pero suplantar líderes con jefes no es uno de ellos. Si el “líder” obtiene su autoridad con engaños (¿la amenaza de un fuego eterno?) o amenazas (paredones, cárcel, expulsión del núcleo humano) entonces no es líder, es un jefe cualquiera.
 
Tampoco la sumisión a un texto sagrado, al padre, al marido, al hermano, al partido, al Estado, a la ley o a la mayoría es una virtud. Existen múltiples libros sagrados. Invito a los católicos a leer el Bhagavad Gita, a los musulmanes a leer el Zend Avesta y -ya que estamos en esas- a los ateos a leer “Lo que el Buda enseñó” de Walpola Rahula. El padre tiene cierto liderazgo evolutivo en los primates, pero la madre tiene otro en muchos planos así como superioridades en muchos planos. El marido es un compañero antes que nada (luego ya ambos verán sus roles dinámicos). El Estado tiene orígenes ilegítimos y funcionamientos truculentos inherentes, como nos enseñó el sociólogo Franz Oppenheimer. Y sobre la ley diré lo mismo que sobre la esclavitud: cada regla debe evaluarse contra una noción universalizable de derechos individuales. Si la ley viola los derechos innatos, la que debe violarse es la ley. La sumisión no es una virtud: sí el respetar los tratos y respetar a los demás. Cuando un trato (personal, social) nos exija someternos a lo que Ayn Rand llamó los Atilas del Cuerpo o los Atilas de la Mente, es hora de cambiar nuestro entorno.
 
Conclusiones
 
El conservadurismo es una actitud vital que mira hacia el pasado o a fuentes de autoridad supuestamente inapelables para hallar respuestas. No se trata de combatirlo con irreverencia ciega ni con escepticismo paralizante. Pero sí de entender sus aportes y limitaciones. Algo de conservadurismo es no sólo sano sino inevitable en cualquier grupo humano y frente a cualquier corriente nueva. Sin embargo no es es una filosofía para ser feliz ni dejar ser felices a los demás aquí y ahora. Parece propia de quien no cree en los demás y por eso pretende gobernar su mente y acciones. Yo creo que el ser humano tal y como es, es capaz de hacer un mundo mejor, por eso no soy conservador.

Juan Fernando Carpio

jueves, 15 de julio de 2010

Felicitaciones a los argentinos


En ASOJOD aplaudimos la decisión que tomó el Senado argentino de legalizar el matrimonio de personas del mismo sexo, siendo la primera nación latinoamericana que lo consigue. Gracias a ello, ahora las parejas homosexuales tendrán los mismos derechos que las heterosexuales, especialmente en cuanto a la adopción, herencia y otros.

Nos parece que esta noticia muestra un avance en el reconocimiento de las libertades individuales, especialmente en tierras donde esos conceptos no han sido respetados durante los últimos años. Celebramos que se haya derrotado al discurso conservador-medieval que sigue valiéndose del dogma religioso para impedirle a las personas decidir y actuar sobre sus vidas.

Ojalá este hecho sirva para evitar que en Costa Rica se continúe con la desafortunada intención de someter el reconocimiento de un derecho al capricho de las masas.

lunes, 19 de mayo de 2008

Tema polémico: matrimonio y adopción para homosexuales


En Costa Rica existen muchos problemas y uno de ellos es la hipocresía. Cuando se pregunta públicamente si los homosexuales tienen derecho a tener la orientación que tienen, los de mente abierta dicen que sí pues la escogencia de la pareja es un asunto meramente personal, mientras los de mente cerrada se escandalizan con la idea ya que consideran que los homosexuales van "contra la naturaleza o contra Dios". No obstante, de entre esas personas de mente abierta, muchos en el fondo no quieren ir más allá de las palabras de buena intención y se niegan a, que en efecto, se les reconozca el derecho a los homosexuales de casarse y formar una familia, con hijos inclusive.

En ASOJOD sí defendemos todos los derechos que tiene un ser humano, sin distingo de raza, orientación sexual, idioma, nacionalidad, etc. Así como mucha gente, en Derecho Internacional, aboga por el "principio de autodeterminación de los pueblos", como individualistas que somos defendemos el "principio de autodeterminación de los individuos". Por eso, en este caso, afirmamos el derecho de las personas homosexuales para casarse y tener las mismas prerrogativas que cualquier pareja heterosexual, incluyendo herencia, hijos, etc. La primera razón es que la libertad no sólo es no tener a un tipo con arma obligando a otro a actuar de determinada manera, sino que es un concepto más amplio, que tiene que ver con la capacidad del ser humano para tomar todas las decisiones que le competan. Quienes repudian la libertad, en todo el sentido de la palabra, al menos son coherentes cuando niengan el derecho de las personas a estar con quien deseen. Sin embargo, los pseudodefensores de la libertad caen en contradicción cuando, por un lado, afirman que el individuo tiene derecho a decidir con quién intercambia bienes y servicios, pero, por otro, le niegan la posibilidad jurídica y moral, de intercambiar amor con personas del mismo sexo, a pesar de que las premisas de ambas proposiciones son exactamente iguales.

El derecho de las personas del mismo sexo a casarse es un derecho tan valioso como el de decidir a quién le compramos y le vendemos, a quién le prestamos o regalamos, a quién le creemos o no, con quién trabajamos o no, con quién nos asociamos o no. ¿Por qué si se defiende la idea de que nadie nos puede ni debe obligar a unirnos a un grupo cualquiera, no se defiende la idea de unirnos a la persona con quien otra quiera? ¿Por qué se defienden, por ejemplo, los contratos entre privados (en materia laboral, de transporte, de negocios, etc.) pero no se defiende un contrato amoroso entre privados? Porque realmente, una relación sentimental es un contrato, pues hay varias partes libres que, por voluntad, deciden unirse e intercambiar sentimientos (en lugar de bienes y servicios) siempre y cuando dichas partes salgan beneficiadas. En el momento en que una parte incumple las condiciones del contrato, existe la posibilidad de darlo por terminado. Es una muestra más de la libertad de asociación, pero no es defendida con la misma vehemencia que otros ejemplos.

La segunda razón para defender el derecho al matrimonio homosexual y los derechos conexos, es que cada quién tiene el derecho a buscar su propia felicidad. La escogencia de la felicidad y los caminos que lleven a ella es una cuestión que sólo puede determinar el individuo porque sólo él conoce sus fines. Mientras en la búsqueda de esa felicidad no se le haga daño a otros individuos, no hay razón para interponerse en su camino. Si esa felicidad está, para el individuo, al lado de una persona del mismo sexo, y esa otra persona acepta libre y voluntariamente estar con la primera, entonces no hay ningún problema.

El gran asunto a discutir es que mucha gente, si bien reconoce el derecho de las personas homosexuales a estar juntas, no tiene el valor para defender la estabilidad jurídica de esa relación. Es decir, no defienden la posibilidad de legalizar esa relación o, si lo defienden, buscan hacerlo con formas moralmente menos fuertes que el matrimonio. Un ejemplo: hace un tiempo se presentó ante la Asamblea Legislativa un proyecto para legalizar la unión civil entre personas del mismo sexo. En ASOJOD quisimos apoyar esa iniciativa y conversamos con uno de los tres diputados que lo apoyaban y le preguntamos por qué no iba más allá, en el sentido de legalizar el matrimonio y darle el mismo peso moral y cultural que dicha institución tiene en Costa Rica y nos contestó que no porque el matrimonio era un concepto religioso que no podía otorgársele a los homosexuales porque la Biblia decía expresamente que era entre un hombre y una mujer.

Precisamente, la supuesta superioridad cultural del matrimonio se ha trasladado a la esfera jurídica, de forma que a este, históricamente, se le han reconocido más derechos conexos. Esto nos lleva a hablar de una tercera razón para legalizar el matrimonio entre personas homosexuales: la seguridad jurídica. La posibilidad de contar con toda la protección legal que viene al caso, le asegura que, en caso de fallecimiento, se sigue el mismo procedimiento que con parejas heterosexuales en cuanto a herencia y pensiones por ejemplo. Es lamentable pensar que una pareja homosexual que haya trabajado duro a lo largo del tiempo y haya acumulado bienes materiales, tenga complicaciones en caso de que uno de los dos muera para disfrutar de esos bienes porque el ordenamiento jurídico no permite que le sean automáticamente adjudicados, como sucede cuando se trata de parejas heterosexuales.

Pero finalmente, aparejado al tema del matrimonio está el de la familia. Nos dicen por todas partes que la familia es la base de la sociedad cuando en realidad es el individuo el pilar de cualquier organización. No hay conjunto sin partes. Siendo el individuo la base de la familia y de la sociedad, entonces es necesario reconocerle el derecho a este para tomar las decisiones que mejor le parezcan y que mejor le permitan perseguir su felicidad, siempre y cuando las mismas no le impidan a otro perseguir la suya. En ese sentido, entonces hay que reconocerle y protegerle el derecho de asociarse con quien desee siempre y cuando dicha asociación sea voluntaria. Si de esa asociación se forma un matrimonio, hay que reconocerlo como tal y brindarle los mismos derechos, entre los que están la posibilidad de formar una familia.

Mucha gente puede aprobar el matrimonio homosexual creyendo que defiende la libertad, pero se contradice cuando niega el derecho de los homosexuales a adoptar un niño (a). Dicen que si lo hace, el niño (a) aprendería la conducta y se formaría como homosexual. Pero lo curioso es que, nuevamente, la doxa hace su entrada en escena: no hay ninguna relación de causalidad entre la preferencia sexual de los padres y la de los hijos. Ante esto habrá algunos que dirán que los niños repiten las conductas de sus padres y se forman igual que ellos: entonces si los padres son homosexuales, el hijo (a) tiene una enorme probabilidad de serlo también. Y lo dicen con el mismo tono como si ser homosexual fuera una enfermedad o una conducta moralmente reprobable. No obstante, el argumento se cae cuando invertimos el enunciado y vemos que esa "teoría" no explica por qué si ambos padres son heterosexuales el hjo (a) puede llegar a ser homosexual. ¡Vaya solidez de la prueba!

Tampoco hay una relación entre preferencia sexual y capacidad de educar hijos. Si fuera cierto que los homosexuales no están capacitados para educar niños, entonces todos los hijos de matrimonios heterosexuales deberían ser personas de bien. No podría haber ningún sujeto disfuncional. Evidentemente, esto no sucede así. Cualquier persona puede ser un buen padre o una buena madre sin distingo de su orientación sexual. Un caso paradigmático en Costa Rica fue la adopción de un niño por parte de un travesti conocido como Mairena, que recogió a un niño que había sido agredido y abandonado por su madre biológica. Mairena le salvó la vida y le dio un hogar, le enseñó a leer y a escribir, lo enviaba a la escuela, lo alimentaba y lo quería como si fuera su propio hijo. Pero el Estado costarricense no permite que lo adopte porque él es homosexual y los "expertos" del PANI estiman que es una "influencia nociva para el niño".

En otras palabras, el Estado prefiere que el niño en cuestión sea separado de una persona que lo ha criado con amor para entregárselo a un albergue, donde no se sabe si será nuevamente adoptado y si, en caso de serlo, se ignora realmente qué clase de personas serán sus padres. ¿Y a eso le llaman privilegiar el interés del niño?

martes, 22 de enero de 2008

Valores Familiares - Penn and Teller

En este video Penn and Teller atacan una de las concepciones que ASOJOD ha criticado desde sus inicios como lo son las mal llamadas familias "tradicionales". Desde sus inicios ASOJOD ha buscado derribar todo monumento al conservadurismo y con ello asumir los valores de una verdadera sociedad abierta y dinámica. Nos repugna la idea de que el Estado se pueda meter en la cama y vida privada de los individuos, por ello en ASOJOD siempre se defenderá a todas aquellas personas que sin importar sus preferencias sexuales deseen formar una familia y estén dispuestos a asumir todas las responsabilidades que ello conlleva. Bien lo decía Stuart Mill: "la única parte de la conducta de cada uno por la que el (individuo) es responsable ante la sociedad es la que se refiere a los demás. En la parte que le concierne meramente a él, su independencia es, de derecho, absoluta. Sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu, el individuo es soberano".


sábado, 20 de octubre de 2007

Matrimonios ¿morales?


Hoy en La Nación apareció un artículo de opinión de un(a) estudiante de secundaria titulado Matrimonio Verdadero atacando la posibilidad de permitir el matrimonio homosexual. En ASOJOD siempre nos hemos sorprendido por la capacidad que tienen las personas en este país para escribir tantas tonterías en tan poco espacio. Empecemos por desenmascarar a este(a) estudiante y sus "argumentos":

1. Dice que existe un proyecto de ley que pretende legalizar el matrimonio homosexual: falso. ASOJOD estuvo en la conferencia que dieron los diputados y el proyecto lo que busca es legalizar la unión civil entre personas del mismo sexo. De acuerdo con el Código de Familia, existe diferencia entre unión civil y matrimonio.

2. Considera a la familia como el núcleo de la sociedad: he ahí el más grande de los errores. El núcleo de la sociedad es el individuo. Su único deber moral es la búsqueda de su propia felicidad y si para ello es determinante que pueda casarse con su pareja (sin importar el sexo) ¿quién diablos es la sociedad para decidir si puede o no puede?

Este(a) estudiante parece que necesita unos cuantos acercamientos a la filosofía política para comprender el tema del individualismo metodológico y conocer la gran cantidad de estupideces que registra la historia del pensamiento en tanto ha considerado al pueblo, la sociedad o el conjunto como la base del todo. Platón, San Agustín, Hegel, Marx, Stalin, Mao, Pol Pot, entre otros, eran personas que siempre querían poner a un colectivo sobre los individuos. Y no hay que tener dos dedos de frente para saber que los resultados fueron desastrosos. Y si se hace el mismo experimento con las mismas condiciones, se obtendrán los mismos resultados.

Es sorprendente que este(a) muchachito(a) venga a rasgarse vestiduras por la moral: una moral conservadora que se escandaliza porque dos hombres o dos mujeres se casen entre sí. En pleno siglo XXI es sorprendente que pervivan las ideas de la Inquisición en esa materia. Determinar que el compromiso, la responsabilidad, la paternidad, la maternidad y el amor son productos propios del matrimonio heterosexual es la estupidez más grande que se ha escrito en estos últimos días. Igual hay matrimonios de hombrecitos y mujercitas que se matan, se engañan, se estafan y se lastiman. Sin necesidad de que sean homosexuales, hoy día los padres abandonan a sus hijos o los explotan. Entonces no es válido venir a hablar de valores propios de una sociedad heterosexual cuando la realidad prueba que no existe relación de causalidad entre la orientación sexual y la calidad moral de una persona.

Cuidar a la familia no significa cuidar a las futuras generaciones. Cuidar al individuo y procurarle la libertad para que siga sus propios fines legal y legítimamente constituidos sí. El ser humano sólo tiene un deber moral: perseguir sus propios propósitos de modo que cada uno sea su propio fin. No podemos pretender que el "otro" sea un medio para conservar un ideal de sociedad basada en la moral de nuestros abuelos.

Pueden ver el artículo que se menciona en esta dirección: http://www.nacion.com/ln_ee/2007/octubre/20/opinion1284729.html