
Hace unos diez mil años, tuvo lugar en nuestro planeta uno de los fenómenos más determinantes en la historia del hombre: el inicio de la economía agrícola. Con la domesticación de animales y granos, los pueblos pudieron entonces almacenar comida durante el invierno e intercambiar excedentes con otros pueblos, inaugurando así la era del comercio y el capital. Este fenómeno trasformó al ser humano: de nómada, lo convirtió en un ente más sedentario y comunitario, al tiempo que le permitió desarrollar habilidades técnicas como la metalurgia, la cerámica, los textiles y otros.
No fue sino hasta unos dos siglos atrás que esta economía comenzó su transformación hacia la economía de capital. Gracias a la invención de sistemas de energía innovadores - como los movidos por agua, seguidos por el vapor, gas y electricidad -, florecieron industrias de todo tipo, poniendo a disposición de los consumidores una gran variedad de nuevos productos a precios razonables. La base de esta nueva economía era el capital que, además de facilitar la producción masiva de productos de consumo, dio comienzo a la imparable era del bienestar material. En este momento histórico, el concepto empresarial evolutivo, impulsado por el incansable afán por tomar riesgos de parte de muchos seres humanos innovadores, se desarrolló notablemente, creando un ciclo de generación de capital e inversión que, hasta la fecha, mueven al mundo.
La era informática, que explota a partir de los años ochenta, trae consigo las semillas de una nueva economía basada en el conocimiento y la revalorización del capital humano. Podríamos llamar a esta nueva economía “economía del capital humano intelectual”. Al fin, nuestro cerebro exige su primado sobre el resto del cuerpo, transformando la hora/hombre en bibliotecas asociativas mentales, razonamiento y heurística. En este nuevo escenario, donde la base es el talento humano y no el capital financiero, nace un nuevo concepto de empresa, que inevitablemente, de acuerdo con el principio de proliferación, exige cambios en las estructuras sociales y macroeconómicas. Estos cambios son necesarios para acomodar a un nuevo ser humano, totalmente desligado de las estructuras organizacionales del pasado.
Este nuevo “factor humano” construye su vida con base en el conocimiento, y no en las ilusiones de poder, a la vez que descubre todo un mundo que gira alrededor de la libertad de elección, de movimiento y de expresión. El hombre pasa a ser ciudadano del mundo, pero no olvida sus raíces, llevando sus valores morales adonde quiera que vaya y adaptándolos a su entorno. Su lugar de trabajo lo escoge tomando en cuenta no solo factores monetarios, sino más bien poniendo gran énfasis en un ambiente de trabajo que le permita desarrollar sus habilidades al máximo y reafirmar sus valores morales.
Del gobierno al que tributa, espera una participación mínima y limitada, cuyos servicios aporten a la eficiencia de los mercados y no al interés racional de los agentes públicos, además de la protección de los derechos de propiedad. A nivel tributario, está ejecutando un balance continuo entre lo que paga y lo que recibe, con poca tolerancia a la ineficiencia burocrática y a los trámites innecesarios. La movilidad que le permite su conocimiento, se convierte en prioridad de atracción por parte de empresas situadas en países donde reina el mejor ambiente de prosperidad, seguridad jurídica y desarrollo humano, aunado a una carga tributaria basada en impuestos bajos, uniformes y sencillos.
Andrés Pozuelo