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martes, 3 de octubre de 2017

La columna de Carlos Federico Smith: de sepulcros blanqueados

Los hay, personas y grupos, que fingen ser una cosa, cuando en realidad son otra. Una frase proveniente del Evangelio de San Mateo, 23:27, nos ayuda a entender tantas cosas. Dice la frase: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia!
 
No me refiero a un ataque personal reciente que recibí en una columna de Facebook, de parte de un ser puro y perfecto de esta tierra, quien me atacó y condenó al sufrimiento eterno, por, según dicha persona, ser indiferente al dolor ajeno, al de los pobres y míseros, cuando lo que básicamente he hecho, según mi apreciación profesional, es brindar sugerencias, así como hacer señalamientos, para que la gente que sufre la pobreza pueda levantarse de ella.  Me complace, por ejemplo, saber que “En 1820, más del 90 por ciento de la población mundial vivía con menos de $2 al día y más del 80 por ciento vivía con menos de $1 al día (ajustados por la inflación y por las diferencias en el poder adquisitivo). Pero, para el 2015, menos del 10 por ciento de las personas vivían con menos de $1.90 al día, definición actual oficial del Banco Mundial de lo que se considera como una condición de pobreza extrema,” como lo demuestra Chelsea Follett en un artículo cuya traducción recientemente publiqué en Facebook, titulada, “Cinco Gráficos que Cambiarán su Impresión acerca de la Pobreza.”
 
Nadie está aseverando que se haya eliminado la pobreza, sino que se resalta que “Entre 1820 y el 2015, el número de gente bajo pobreza extrema se redujo de alrededor de mil millones a 700 millones, mientras que el número de personas que está mejor que aquella, se elevó de sólo 60 millones a 6.6 miles de millones.” Y que “la pobreza es de alrededor de una cuarta parte de lo que era en 1990.” Además, esperanzados ante este éxito del sistema productivo esencialmente basado en el mercado, especialistas predijeron que “en el escenario ideal... para el 2030, la pobreza llevará a un nivel verdaderamente insignificante, afectando sólo a un 1.4 por ciento de la población del planeta.”
 
No obstante, esos sepulcros blanqueados prefieren ignorar los datos, los hechos, y simplemente proceden con su verbo usual en contra del capitalismo. Yo no pido que sean castigados en los infiernos por el daño que causan, al promover políticas que impiden el progreso de los más pobres, hecho que considero es producto de una actitud de fe ideológica, más que de ignorancia, pues los datos se les han presentado.
 
La metáfora de los sepulcros blanqueados va más allá de ser reflejo de una conducta particular, sino que también se encuentra en grupos.  Por ejemplo, se está haciendo creer a las personas en el país, que todos los partidos políticos, o que todos los políticos, son corruptos y que están embarrados en el caso del cementazo, con una notable excepción, los de la izquierda del frente amplio. Eso es interesante, pues incluso, apropiadamente creo, incluyen a sus socios políticos cercanos del Partido Acción Ciudadana, pero, de alguna manera, tratan de mostrar que todo eso es propio de gobernantes de la derecha, no de la izquierda que, sin decirlo claramente, parece ser inmune a las tentaciones del dinero (no del poder).
 
Cuando hay acontecimientos que pueden representar actos de corrupción, es bueno tener presente que, al menos en el campo político, en donde es frecuente que, en vez de un sistema capitalista de mercado competitivo, sea uno de capitalismo de los amigotes, en donde el estado otorga privilegios -esto es, para unos, mas no para todos-los empresarios, ansiosos de tener ganancias, no producto de un esfuerzo competitivo satisfaciendo a los consumidores, sino buscando que el estado lance los dados a su favor, estarán dispuestos a dedicar recursos para lograr ese beneficio, en tanto este último sea mayor al costo del primero.
 
Para hacerlo, el vivazo buscará qué políticos y qué partidos en donde se insertan esos políticos, tienen el poder suficiente para lograr medidas que les favorezca.  Entrarán en contacto con quienes detentan el poder y, aunque sean de “oposición”, en el tanto en que puedan influir sobre quienes toman finalmente las decisiones.  Sabemos que esas decisiones serán remunerados, por cosillas como recursos para sus campañas, transporte de sus votantes el día de las elecciones, dinero en efectivo, y un largo etcétera.
 
Por eso -y bien lo han de entender políticos de la izquierda de nuestro país- buscarán para obtener eses preferencias a políticos con posibilidad de ejercer influencia en el poder decisorio. Por esa razón, al menos en los últimos años en el país los políticos de izquierda fuerte no han sido muy buscados para que, por cercanía con los gobernantes del momento, puedan favorecer los intereses privados de algunos.
 
No es que esos “algunos” no estén dispuestos a cubrirse en cuanto a resultados electorales, razón por lo cual se han visto casos de reuniones de empresarios poderosos, presuntamente de una ideología alejada de esa izquierda extrema, hacerlo con dirigentes de la izquierda, y no precisamente para hablar de misa.  Es por aquello de “por si acaso”.
 
Lo hacen porque los que buscan el servicio de los políticos saben que ser de izquierda extrema no los hace inmune a la corrupción; que no es cierto que ella sea propia exclusivamente de la derecha o, tal vez, del centro.  Lo que saben es que les conviene la cercanía con el poder, no importando si es de derecha o de izquierda o de centro o de lo que sea, con tal de que les proteja de la competencia en sus actividades y en su búsqueda de privilegios. Por eso buscan “cubrirse” recompensando sus favores.
 
La izquierda en Costa Rica no es tan atractiva simplemente porque no tienen poder, pero no hay nada que nos garantice que, de llegar al gobierno, como naturalmente puede aspirar a ello, no será objeto de corrupción, dada su presunta ideología.
 
Cuando la izquierda toma el poder, también se suelen presentar casos claros de corrupción. Piense el lector en la corrupción en Nicaragua o Venezuela o Cuba, etcétera, pero, para la ocasión tengo en mente referirme a un ejemplo notorio, como es el reciente de Brasil, en donde el poder gubernamental lo asumió la izquierda dura del Partido de los Trabajadores (el mismo de Lula) en coalición con el Partido Movimiento Democrático Brasileño, de izquierda más moderada. Los notorios aferes conocidos como la Operación Lavado de Carros, de Petrobras, Braskem, entre otros, que enviaron a prisión o encontraron culpables o están en juicio, a destacados miembros de la izquierda, como Joao Vaccari Nero, tesorero del Partido de los Trabajadores, o Renato Duque, también de ese partido, o José Dirceu, ex ministro de Relaciones Exteriores de Lula, o Antonio Palocci, ex ministro de Hacienda de Lula y de Dilma. Y, notablemente, al presidente Lula.
 
Pero no sólo del Partido de los Trabajadores.  Es claro el involucramiento de Aécio Neves, del diputado Rocha Loures y del propio presidente actual Temer, en cuanto al escándalo conocido como de J&F parte del grupo JBS, que es la empresa más grande del mundo en proteína de carne.
La corrupción entre políticos no suele ser privativa de la derecha y de la que se excluye, por su ideología, a la izquierda. Se da alrededor del grupo que tiene el poder o en donde se tiene la capacidad para influenciar a aquel grupo que ostenta el poder. La parábola de los sepulcros blanqueados se aplica no sólo para los corruptos de cierta ideología política, sino que es propia de la naturaleza del hombre.

Jorge Corrales Quesada

martes, 5 de agosto de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: relación entre libertad económica y libertad política

Al primer capítulo de su libro Capitalismo y Libertad, Milton Friedman lo titula “La Relación entre la Libertad Económica y la Libertad Política”. No es un tema inédito, pues algunos otros economistas liberales, como por ejemplo Friedrich Hayek, ya lo había tratado tanto en su obra de 1944, El Camino de la Servidumbre (The Road to Serfdom), así como en su libro más conocido, Los Fundamentos de la Libertad, publicado en 1960 en inglés, bajo el título The Constitution of Liberty. Asimismo, Ludwig von Mises analizó la relación entre aquellos en su artículo “Los Fundamentos Económicos de la Libertad” (The Economic Foundations of Freedom), en la revista The Freeman, de abril de 1960. Y no debe dejarse de lado a aquel clásico del pensamiento económico, “Capitalismo, Socialismo, Democracia” (Capitalism, Socialism, Democracy), quien, tal vez con un ideario menos liberal, publicó Joseph Schumpeter en 1942. Pero fue tiempo después de leer acerca de ese asunto en Capitalismo y Libertad, que tuve la oportunidad de cultivarme aún más, como lo hice al leer obras de esos otros autores que he citado.  En todo caso, para mí, quien me abrió la mente en esta materia fue, sin dudarlo, la lectura de Capitalismo y Libertad de Milton Friedman.

La principal idea de Friedman, en este primer capítulo de la obra que comento y que, al igual que el segundo, podríamos decir que trata de principios o de abstracciones, descansa en su afirmación de que 

“los acuerdos económicos juegan un papel dual en la promoción de una sociedad libre. Por una parte, la libertad en los acuerdos económicos es en sí misma un componente de la libertad ampliamente entendida, de manera que la libertad económica es un fin en sí misma. En segundo lugar, la libertad económica es también un medio indispensable para el logro de la libertad política”. (Capitalism and Freedom, Chicago: The University of Chicago Press, 1962, p. 8).

En la época en que Friedman escribió su libro, estaba en boga aquella célebre frase que pronunciara Kennedy en su discurso inaugural como presidente de los Estados Unidos: “No preguntes qué es lo que tu país puede hacer por ti; pregunta qué es lo que tú puedes hacer por tu país”. Por tal razón, surgió cierto alboroto en algunos círculos estatistas, cuando Friedman señaló en la introducción de su libro que 

“El hombre libre nunca preguntará lo que su país puede hacer por él, ni tampoco lo que él puede hacer por su país. Más bien preguntará ‘¿Qué es lo que yo y mis compatriotas podemos hacer por medio del gobierno’ para ayudarnos a descargar nuestras responsabilidades individuales, para alcanzar nuestros objetivos diversos y, ante todo, para proteger a nuestra libertad? Y acompañará esta pregunta con otra más: ‘¿Cómo podemos lograr que nuestro gobierno no se convierta en un Frankenstein, que destruya la misma libertad para cuya protección lo establecimos? La libertad es una planta rara y delicada. Nuestras mentes nos lo dicen, y la historia lo confirma, que la gran amenaza a la libertad es la concentración del poder.” (Ibídem, Introducción, p. p. 1-2). 

Con esta sencilla apreciación introductoria, contra la moda del momento y reinante en el mundo del espectáculo, Friedman nos mostró la baraja que contenía sus cartas a favor de la libertad.
 
La idea básica de Friedman, en cierta manera, es relativamente simple: el capitalismo competitivo se caracteriza por ser un sistema económico basado en la libertad para actuar de las personas y es, a la vez, una consideración necesaria para la libertad política. La forma en que los individuos organizan sus acuerdos económicos tiene un efecto muy importante en su vida en sociedad, cual es el de separar o de concentrar el poder. La libertad económica asociada con el capitalismo competitivo permite que el poder político, el cual usualmente lo vemos concentrado, sea objeto de compensación, de contrapeso, de un equilibrio, de parte de los ciudadanos. 

La organización de una economía con base en el capitalismo competitivo, estimula el surgimiento de la libertad política, al lograr separar al poder político del poder económico. Dicha separación faculta que esos poderes se compensen, se balanceen, entre ellos. Sin embargo, el capitalismo competitivo, con su libertad económica, es tan sólo una condición necesaria, pero no suficiente, para asegurar la libertad política. Friedman expresa que en esto la evidencia histórica es clara: “No conozco de algún ejemplo en el tiempo o lugar de una sociedad la cual haya sido marcada en grado amplio por la libertad política, que a su vez no haya tenido algo comparable a un mercado libre, como forma para organizar el peso de la actividad económica.” (Ibídem, p. 9).

Friedman expresa, y que después lo desarrollaría a plenitud Friedrich Hayek, que el principal problema de una organización social es cómo asegurar la coordinación de las actividades económicas de un número gigantesco de personas, en especial a sabiendas de la limitación e imperfección de los seres humanos. Una forma de organizarse es por medio de una dirección central coercitiva y la opción es la de asegurarse la cooperación de los individuos, con base en decisiones individuales descentralizadas. Reitera que el requisito básico para coordinar voluntariamente dicha actividad es el mantenimiento de la ley y el orden, que prevenga la coerción física a un individuo de parte de otro y el aseguramiento de que se cumplan los contratos voluntariamente acordados entre las partes. Esas son las funciones esenciales y la razón de la existencia del estado. Para Friedman, a fin de garantizar la libertad de los ciudadanos, el alcance del estado debe ser limitado y el poder del gobierno debe estar disperso y no concentrado. 

De acuerdo con Friedman, el estado constituye un foro en donde se determinan las llamadas “reglas del juego”, así como se convierte en el árbitro encargado de la interpretación y vigencia y cumplimiento de las reglas que se han decidido. El mercado reduce el rango de asuntos humanos que deben ser resueltos o decididos por medios políticos y lo hace a través del intercambio voluntario de las personas. Una virtud del mercado es que no requiere que las decisiones sean de índole de un “todo o nada”, sino que permite una enorme diversidad, que no es posible encontrarla en las decisiones gubernamentales. A la inversa de una decisión gubernamental, el mercado no exige que haya una mayoría que pueda exigir una decisión que deberá ser acogida por una minoría, sino que permite la expresión de las minorías, sin menoscabo de lo que otras puedan desear. Esto es, el mercado refleja las preferencias de los diferentes individuos de manera proporcional, sin que se exija una decisión única, obligante, que cobije todas las diversas preferencias de otras personas.

La preservación de la libertad, señala Friedman, demanda que se elimine al máximo la posible concentración del poder y, ante ese poder existente en manos del estado, se recurre a otro principio liberal básico, cual es la separación de los poderes y la existencia de frenos y contrapesos en las decisiones gubernamentales. 

Históricamente, nos recuerda Friedman, la libertad política es algo reciente en la historia humana. Dice que, “porque vivimos en una sociedad que es libre en alto grado, tendemos a olvidar que tan pequeños son el espacio de tiempo y la parte del globo en los cuales alguna vez ha existido algo como una libertad política: el estado típico de la humanidad es la tiranía, la servidumbre y la miseria.” (Ibídem, p. 9). Fue con el desarrollo de los mercados libres cuando en el mundo occidental se dieron tanto el desarrollo del capitalismo como la libertad política. Pero el capitalismo es sólo una condición necesaria para que haya libertad política, más no suficiente. Pone como ejemplos de ello a la Italia y España fascistas, a Alemania en algunas ocasiones, a Japón antes de las grandes guerras mundiales, la Rusia de los zares antes de la Primera Guerra Mundial, en donde la empresa privada fue la forma dominante de esas economías, pero en ellas no se tenía libertad política.

Friedman brinda en este capítulo de su libro un argumento que podría hacer pensar a ciertos revolucionarios, quienes propugnan en ocasiones por cambios radicales en sus países. Expone Friedman que “Una característica de una sociedad libre es, sin duda alguna, la libertad que tiene un individuo para, abiertamente, propugnar y hacer propaganda para un cambio radical en la estructura de la sociedad, en tanto que ese apoyo se restrinja  a la persuasión y a que no incluya la fuerza ni alguna otra forma de coerción. Es un signo de la libertad política de una sociedad capitalista que los hombres pueden abiertamente proponer y trabajar en favor del socialismo… Para poder abogar por algo, el individuo debe ser capaz, en primer lugar, de ganarse la vida… pero para que aquel apoyo tenga algún significado, los proponentes deben estar en capacidad de financiar su causa… Típicamente esos movimientos radicales en las sociedades capitalistas han sido patrocinados por unos pocos individuos ricos, a quienes se les persuadió –por un Frederick Vanderbilt Field o una Anita McCormick Blaine o una Corliss Lamont, para mencionar algunos nombres de personas recientes, o, más atrás, por un Federico Engels. Este es un papel que raramente se hace notar, el cual lo desempeña la desigualdad de la riqueza en la preservación de la libertad política –el papel del patrocinador o mecenas.” (Ibídem, p. 17).

En una sociedad socialista ese impulso de cambio radical es muy difícil de lograr, no sólo por la concentración del poder, con frecuencia omnipresente, ante el cual se debe de luchar, sino porque esos regímenes se suelen caracterizar por la eliminación de los ricos, quienes podrían servir como mecenas de los movimientos revolucionarios. Esa es la gran dificultad para que haya libertad política, sin que exista una libertad económica: que en la sociedad socialista no existe un mercado que refrene al poder político y que así permita preservar la libertad política.

Tal vez es igualmente importante señalar que, en un sistema económico centralizado, el patrón único suele ser el estado; entonces, al revolucionario se le dificultará enormemente encontrar alguien quien, diferente del patrono-estado, le brinde empleo con el cual eventualmente financiar su disposición de luchar por cambiar radicalmente a un gobierno. De la misma manera, debe resaltarse que “en tanto que se mantenga la libertad de intercambiar (mediante la especialización y la división del trabajo), la característica central de la organización de la actividad económica por medio de los mercados, es que previene que una persona interfiera con otra en lo referente a la mayoría de sus actividades. El consumidor, por la presencia de otros vendedores con quienes puede tratar, se protege de la coerción de parte del vendedor. El vendedor se protege de la coerción del consumidor, porque hay otros consumidores a quienes les puede vender. El empleado es protegido de la coerción del empleador, debido a que hay otros empleadores para quienes puede trabajar, etcétera.  Y el mercado hace esto impersonalmente y sin una autoridad centralizada.” (Ibídem, p. p. 14-15. El texto entre paréntesis es mío).

Para terminar mi comentario-resumen acerca de este primer capítulo del libro de Friedman, Capitalismo y Libertad, deseo transmitirles (traducirles) unos párrafos que Friedman tomó de una publicación de la revista Time del 26 de enero de 1959, en los cuales se destaca claramente una de las mayores virtudes de un mercado competitivo en relación con la conservación de la libertad de los ciudadanos. Leer esta historia realmente me impactó. Time la narra, Friedman la transcribe y yo la traduzco:

“El ritual de la entrega del Oscar es el mayor despliegue histórico en cuanto a la solemnidad, pero hace dos años esa ceremonia fue afectada. Fue cuando se anunció que un tal Robert Rich había escrito el mejor guion para la película El Valiente (The Brave One), pero él nunca avanzó hacia el podio. Robert Rich era un seudónimo, que enmascaraba a uno de cerca de 150 escritores… que habían estado sujetos a una lista negra por la industria cinematográfica desde 1947, como comunistas sospechosos o como compañeros de viaje. El caso fue particularmente embarazoso, porque la Academia Norteamericana del Cine había prohibido participar en la entrega de los Óscares, a algún comunista o a quien apelara a la Quinta Enmienda (de la Constitución de ese país, la cual garantiza el derecho al debido proceso). La semana pasada, tanto la regla acerca de los comunistas, así como el misterio de la identidad de Rich, fueron súbitamente reescritos.
Rich resultó ser Dalton Trumbo (autor del libro Johhny Cogió su Fusil -Johnny Got His Gun- novela antibélica escrita en 1939), uno de los originales “Diez de Hollywood”, los cuales se rehusaron a testificar en las audiencias de 1947 (en la Casa de Representantes del Congreso de los Estados Unidos) acerca del comunismo en la industria cinematográfica. El productor Frank King, quien había insistido firmemente en que Robert Rich era ‘un joven en España quien tenía una barba’, dijo: ‘Tenemos una obligación con nuestros accionistas, cual es comprar el mejor guion que podamos. Trumbo nos trajo el guion de El Valiente y eso fue lo que adquirimos.’

De hecho ese fue el final formal de la lista negra de Hollywood. Para aquellos escritores sujetos a la prohibición, ya desde hace tiempo se había dado el fin en la parte informal. Por lo menos un 15% de las películas producidas en ese momento en Hollywood, se reportó que habían sido escritas por miembros sujetos a aquella prohibición. Dijo el productor King: ‘Hay más fantasmas en Hollywood que en Forest Lawn (reconocido cementerio en las cercanías de Hollywood). Cada compañía cinematográfica en esta ciudad ha usado el trabajo de la gente que está en la lista negra. Simplemente somos la primera en confirmar lo que todo el mundo ya conoce.’” (Ibídem, p. p. 19-20. Los textos entre paréntesis son míos).

La anonimidad del mercado libre protegió incluso a quienes, posiblemente, no eran afectos al sistema capitalista. Los protegió de la discriminación, de la persecución, del hambre que suele provocar ésta, y, ante todo, de la actitud censurable de personas que difieren de sus creencias y quieren reprimirlas. El orden de mercado resguarda los derechos de las minorías del abuso pretendido de mayorías. Esa fue una gran lección que aprendí de la lectura de este primer capítulo del libro de Friedman, Capitalismo y Libertad.


Jorge Corrales Quesada

viernes, 4 de abril de 2014

Viernes de recomendación

Para esta ocasión, queremos compartir con ustedes el libro "La moralidad del capitalismo: lo que no le contarán sus profesores", editado por Tom Palmer. Se trata de un conjunto de escritos de diversos autores en los que se explica por qué el capitalismo es el mejor sistema económico del mundo, más allá de resultados, enfocándose en su naturaleza y superioridad moral. El día de ayer, este libro fue presentado en una actividad organizada por ANFE y la Universidad Autónoma de Centroamérica, la cual tuvo una gran acogida. Esperamos que lo disfruten.

 

jueves, 24 de octubre de 2013

Jumanji empresarial

En 1776, el escocés Adam Smith publica su obra clásica “La riqueza de las Naciones” donde expone una idea que fue un desafío al pensamiento económico de su época y que lo sigue siendo en el siglo XXI. La idea central del libro es que la libertad económica, y no la planificación, es la causa del desarrollo económico.

Los fundamentos de la libertad económica son: libre elección, intercambio voluntario y mercados libres. El argumento de Smith contradice la creencia popular que en el intercambio alguien gana y otra pierde. Según el escocés, todo intercambio voluntario –libre- genera beneficios para ambas partes, caso contrario la transacción no se realizaría. Este es el fundamento generador de la riqueza de las naciones. Por eso es que es absurdo creer que con el libre comercio un país gana y otro pierde porque cuando hay libertad, nadie transa para perder. Las regulaciones en materia económica, el proteccionismo, los impuestos, el gasto público, los obstáculos a la inversión extranjera, los monopolios públicos creados por ley, etc. no hacen más que reducir las ventajas del intercambio voluntario según Smith.

Pero, ¿qué dice la evidencia empírica al respecto? En 1996 se publicó el primer reporte anual del “Economic Freedom of the World” que elabora el Fraser Institute de Canadá en cooperación con el Instituto CATO de los EE.UU. Este primer informe tomó años de investigación con un equipo interdisciplinario que incluyó a varios premios nobel. El informe anual del 2013 clasifica a 152 países utilizando 42 variables en cinco áreas: Tamaño del gobierno, protección a la propiedad privada, libre comercio, una sana política monetaria y regulaciones en los mercados de crédito, negocios y mano de obra. Quien quiera revisar con detenimiento las conclusiones de la publicación le recomiendo visitar la página del CATO y descargar una versión gratuita en formato PDF.

La conclusión del “Economic Freedom of the World” es contundente: Existe una relación directa entre libertad económica y desarrollo económico. Donde los impuestos son más bajos, mayor es la tasa de crecimiento. A menor gasto público, mayor es la tasa de crecimiento de los salarios. Donde hay menos regulaciones en los mercados, existen menores tasas de desempleo. En fin, a mayor libertad económica, más es la riqueza y el bienestar de los pueblos.

José Joaquín Fernández

viernes, 20 de septiembre de 2013

Viernes de Recomendación

El día de hoy queremos compartir con ustedes la ceremonia de Doctorado del Profesor George Reisman, realizada en la Universidad Francisco Marroquin. Reisman ha sido un destacado defensor del capitalismo, la propiedad y el sistema de libertad económica

martes, 31 de mayo de 2011

La columna de Carlos Federico Smith: España, un camino sin rumbo


Escribo teniendo en mente a mi amigo Mario Quirós Lara, quien en un artículo en La Nación titulado “Política en bancarrota”, expresa algunas consideraciones en torno a lo sucedido recientemente en España, en donde miles de personas ocuparon plazas públicas para protestar contra los políticos y también en contra del desempleo. En mi opinión, dada la desarticulación de las protestas, muchos factores podrían estar jugando para explicar tal comportamiento, pero no comparto la apreciación de don Mario de que esos movimientos tienen gran similitud con lo que ha venido sucediendo en naciones del Medio Oriente.

Sabias fueron las palabras escritas por Hume en su ensayo de mediados del siglo XVIII “Sobre la Independencia del Parlamento”, contenido en su libro Ensayos Políticos (San José, Costa Rica: Universidad Autónoma de Centro América, 1987, p. p. 103-104). A lo expuesto por don Mario son hoy muy relevantes. Escribió Hume que

“Los escritores políticos han establecido como máxima que, al concebir cualquier sistema de gobierno y fijar los diversos frenos y regulaciones de la constitución, debería considerarse a cada hombre como un pícaro (bellaco o bribón se usa indistintamente) que, en todas sus acciones no persiguiese otro fin que el interés particular. Mediante este interés debemos gobernarlo, y haciendo uso del mismo, obligarlo a cooperar para el bien público…. Por lo tanto es una máxima política justa la de que debemos suponer que todo hombre es un pícaro, aunque, al mismo tiempo, resulte un tanto extraño que una máxima falsa de hecho, haya de ser verdadera en la política. Pero, para convencernos a este respecto, podemos pensar en que los hombres, generalmente, son más honestos en su calidad de particulares que en su condición de personas públicas, y que se esforzarán más por servir a un partido que cuando no se trate más que de su propio interés privado.” (El paréntesis es mío).

La impresión de don Mario acerca del engaño que suelen llevar a cabo los políticos, que ofrecen Nirvanas y terminan dándoles Hades, bien puede ser cierta, como claramente lo expuso Hume y si fuera que en la realidad no son unos bellacos, pues tratémoslos como tales a la hora de crear instituciones destinadas a proteger nuestras libertades. Nos ofrecen Nirvanas; nos ofrecen estados sociales de derecho, pero a la hora de las cosas lo que nos dan es Hades; destruyen “el Estado, la sociedad y el derecho”, como dice don Mario.

Esa reacción esperada y deseable contra la bellaquería, como la llevada a cabo por españoles de todas las edades, no es el único motivo que impulsa esa conducta. Ambicionan que se corrijan muchas cosas que juzgan como malas y no hay dada impropio en eso. El problema es que no sólo algunos de esos señalamientos ad hominem son difusos y poco claros, sino que las soluciones que suelen proponer, si bien veladamente, más bien exacerbarían muchos de los males que señalan. Por ejemplo, ante un paro en la sociedad española que llega casi al 20%, es esperable que protesten contra la falta de oportunidades, pero, en vez de formular propuestas que restauren el empleo en su nación, culpan de él al capitalismo, al neoliberalismo, al egoísmo, a la falta de garantía de conquistas que llaman “sociales”; en síntesis, a la plena vigencia, como el amor, aún en tiempos de crisis, del estado de bienestar que les debería continuar proveyendo, con relativamente poco esfuerzo, con poco trabajo, vacaciones abundantes y garantizadas, salarios muy encima de la productividad media del español, días feriados por casi cualquier razón imaginable, una vivienda “digna”, barata, financiada, educación y salud gratis, etcétera, y muchos otros goces “desde la cuna hasta la tumba”. Cómo si las cosas no tuvieran un costo; cómo que si alguien más no tendrá que pagar por esos goces de Europa.

No sé por qué, pero en algo me recuerda los años sesentas, cuando en medio de una vida sexualmente muy placentera, en medio de humos precisamente no de madera, fueron muchos quienes llegaron a creer que con tan sólo algunas pocas mantras, como “all you need is love” o “power to the people”, el mundo sería totalmente diferente al que despreciaban, pero que ciertamente les brindaba recursos para poder vivir el infortunio de la vida hippie. Querían más derechos, pero menor esfuerzo, dedicación y trabajo. Abogaban por eliminar el capitalismo, pero les encantaban las cosas que en última instancia les proveía satisfacciones y placeres bien sabrosones.

Este es parte del problema que hoy encara España. Es cierto que en mucho se debe a “los políticos”, pero también porque se han acostumbrado a la vida regalona de sólo exigir y tener derechos y no referirse a que para ello se requiere cumplir con ciertas obligaciones tal vez indispensables. ¡Si lo que España requiere para salir de su crisis es más capitalismo! ¿Acaso no pueden echar una miradita al lado y ver como la Alemania capitalista progresa y sale de la crisis, en tanto que España cada vez se hunde más? Si el villano de la película es el capitalismo, ¿por qué Alemania prospera y España se asoma al abismo? Me parece que hay una falta de aprecio ancestral por instituciones capitalistas, como la empresa, la creatividad, la frugalidad, el ahorro, el esfuerzo, la productividad. Se busca una ilusa igualdad de hecho, mal entendida pero emotivamente apreciada y anhelada, en vez de una igualdad ante la ley. Esto último lo proclaman muchos de los manifestantes. Como solución ante tanta “injusticia”, quienes protestan en Madrid piden que haya mayores gastos y presupuestos gubernamentales, conserven regalías que se otorgan por cualquier motivo, que se mantengan jornadas laborales de privilegio, que haya salarios cada vez más altos, certeza en que al final de los años percibirán pensiones que nunca pagaron en su totalidad, mayores déficits estatales, que se aumenten los impuestos a quienes generan riqueza, para que tal vez así logran que estos se aburran de trabajar por otros y se vayan del país, creando a su vez mayor desempleo…en fin, después de nosotros, el diluvio.

No es apropiada la asimilación que don Mario hace de lo sucedido en España con lo que ha pasado recientemente en Egipto. España, con todos su defectos, con el peso de una tradición conservadora enemiga del progreso, de la creatividad, de la empresariedad, nunca podrá comprarse con el régimen hasta hace poco vigente en Egipto, corrupto hasta la médula, en donde los gobernantes precisamente no respetaban las voluntades democráticas de sus ciudadanos, lo cual impedía un cambio político pacífico de los gobiernos. España, por el contario, nos ha dado en los últimos tiempos, con posterioridad al fascismo franquista, lecciones de cómo sustituir los malos gobernantes por otros en quienes -correcta o incorrectamente, eso no viene al caso- confiaban lo harían mejor, pero sin derramar gota alguna de sangre para lograrlo, sino por medio del voto, bondad que es propia del sistema democrático. Ojalá Egipto llegue a ser algún día tan democrático como España. Y que los ciudadanos de ambas naciones puedan progresar en el marco de instituciones democrático- liberales que lo promuevan, evitando que surja todo tipo de castas de rémoras que, a través de la mano visible del estado, quieran vivir y vivir muy bien, a costas del esfuerzo de los demás y no necesariamente del propio.

No sé cuanto avanzarán esos movimientos de España; tal vez se extiendan por tantos otros lugares en donde algunos quieren seguir pasándola bien rico sin tener que trabajar duro para salir de la mala situación en que se hayan sus economías. Es muy sabroso realizar hoy ágapes y reuniones públicas masivas para pedir más de todo lo bueno, que nos recuerdan los años floridos de los sesentas en el siglo pasado. Pero propongo que reconozcan que el esfuerzo y el trabajo son indispensables para progresar, para disponer de más bienes y servicios de toda índole, para que haya empleos dignos, libres, productivos, creadores, algo que tanto falta en España. Que lo logren sin desechar las virtudes de los sistemas democrático-liberales que han probado ser los que mayor progreso han permitido lograr a los ciudadanos, a través de muchos años de Historia.

Para concluir este comentario, deseo transcribir una cita de un texto que leía recientemente. Se trata de parte de la nota introductoria que Ronald Hamowy escribió para el libro de Friedrich A. Hayek, The Constitution of Liberty: The Definitve Edition (Chicago, Illinois: The University of Chicago Press, 2011), que permite entender por qué esos manifestantes madrileños abogan por un punto esencial en sus protestas, tal como también lo han hecho muchos otros en el pasado, cual es una igualdad efectiva de los ciudadanos, por eliminar cualquier desigualdad que haya entre las personas:

“Los socialistas, hace notar Hayek, siempre han objetado el principio de igualdad en el trato de las leyes, tanto como tratar igualmente a la gente que es inherentemente desigual, lo que terminará inevitablemente en desigualdad. Lo que los socialistas han buscado siempre desde la Revolución Francesa no es la igualdad ante la ley, sino la igualdad en los resultados. Su queja, señala Hayek, queda resumidamente encapsulada en la referencia de Anatole France a ‘la majestuosa igualdad de la ley, que prohíbe tanto a pobres como a ricos dormir debajo de los puentes, pedir limosna en las calles y robar pan’. Esta actitud penetra toda la teoría moderna de lo social y lo político y es una extensión lógica del punto de vista de que prueba suficiente de la injusticia de cualquier sociedad, es que los resultados que le suceden a los individuos que la conforman son desiguales.” (Página 9, Op. Cit.).

Jorge Corrales Quesada

viernes, 29 de octubre de 2010

Viernes de recomendación


¿Por qué se oponen los intelectuales al capitalismo sí ellos mismos se desenvuelven bien en estas sociedades, disponiendo de amplia libertad para formular, desarrollar, propagar, enseñar y debatir las ideas nuevas? En el presente ensayo, el filósofo Robert Nozick (1938-2002) planteó varias explicaciones que originan, según su criterio, el rechazo o resentimiento a la sociedad capitalista.

domingo, 3 de octubre de 2010

Capitalismo y medio ambiente


El interés por preservar y cuidar los recursos naturales, el paisaje y el ambiente limpio aparece, crece y se desarrolla con rapidez a la par del mejoramiento del ingreso y el nivel de vida de la gente. Cuando ésta es pobre y se encuentra a niveles de subsistencia, con hambrunas y variadas insatisfacciones, no aprecia la calidad del medio ambiente. Éste es una especie de bien superior, que se desea mucho más en la medida en que mejora el nivel de ingreso. Los pobres están más preocupados de sobrevivir, recolectar y aun depredar para alimentar a los hijos, antes que pasar frío contemplando el bosque nativo.

Por lo tanto, si usted está verdaderamente interesado en el cuidado del medio ambiente, lo primero es velar por un rápido desarrollo productivo, que aumente el ingreso de los pobres y los haga incorporar en su demanda este bien superior medioambiental. Así que no les crea más a los medioambientalistas fanáticos y "progresistas" que aparecen a cada rato saboteando procesos productivos, la inversión y la incorporación de nuevos recursos naturales, bosques, islas y demás que aumentan el empleo e ingreso de los pobres. Es, precisamente, ese mejor nivel de vida el que llevará a las personas a valorar el medio ambiente, la limpieza y la mejor calidad de vida, algo que no se puede exigir a quienes viven en niveles de subsistencia, con hijos hambrientos.

Ahora bien, ¿bajo qué modalidad de organización económica, social y política los pueblos han logrado aumentar su ingreso y nivel de vida, de manera indefinida y, como resultado de ello, la calidad del medio ambiente? Obviamente, con el capitalismo liberal, abierto y competitivo, basado en el respeto de los derechos personales, comenzando por el de propiedad.

¿No se han dado cuenta de que los ambientes más limpios y de mayor belleza compatibles con amplias poblaciones se dan en Norteamérica, Europa Occidental, Oceanía y algo en América Latina y el Asia que comenzó a crecer?

¿No ha leído respecto de la mugre masiva de las ciudades, ríos, lagos, casas, hoteles, campo y calles en los países y ciudades que fueron o son comunistas? En esto del cuidado y limpieza del medio ambiente —así como antes con las tasas de inversión y el nivel de desarrollo—, los socialistas siempre critican con desparpajo las fallas del capitalismo, pero nunca han reconocido nada de su reiterado fracaso, que insisten en vendernos.

Las fórmulas de planificación central no sirven, así como tampoco las clásicas recetas de legislarlo todo y colocar reglamentos e inspectores caros e inútiles, que sólo dificultan el desarrollo, en especial entre los grupos medios y populares.

¿Cuánto más creceríamos si se hiciera una ley ambiental más liberal, con sistemas de seguros y arbitrajes expeditos? ¿Y cuánto mejoraría el medio ambiente con el aumento del ingreso de los más pobres, lo que automáticamente los sacaría de la depredación? ¿Y cuánto más si extendiéramos la propiedad privada? ¿Cuánto ingreso, empleos e inversión hemos perdido con una legislación ambiental inadecuada?

Álvaro Bardón

viernes, 20 de agosto de 2010

Viernes de recomendación


Para este Viernes de recomendación, queremos ofrecerles un interesante artículo titulado "El sentimiento de culpa en las sociedades capitalistas respecto de la pobreza en el Tercer Mundo" del economista P.T. Bauer.

Aunque un poco viejo, el artículo contiene un valioso análisis acerca de las ideas que, aún en la actualidad, persisten en la mentalidad de algunas personas, quienes sienten que son responsables por el colonialismo de hace 500 años o por las condiciones de vida en otras latitudes, sin darse cuenta que el modelo capitalista es el que más ha ayudado a las sociedades del Tercer Mundo a mejorar sus condiciones de vida y acumular mayores niveles de riqueza.

viernes, 25 de junio de 2010

Viernes de Recomendación


Para el día de hoy les ofrecemos la conferencia: ¿Importa la aconomía informal? del economista Hernando De Soto. En ella, De Soto argumenta que el costa de la ley en los países latinoamericanos resulta excesivamente oneroso para las clases más pobres de nuestros países, condenándolos así a una vida de miseria.

lunes, 5 de abril de 2010

Tema polémico: el capitalismo y la conciencia social


Muchas personas erróneamente tienden a asociar el socialismo con la conciencia social y, contrario sensu, afirman que las personas que son más afines al Capitalismo carecen de este conocimiento o virtud. Pues bien, nada más erróneno que esto. El capitalismo es un sistema económico que alcanza un alto grado de actividad productiva por medio de capital privado; en este sistema, las personas intercambian bienes y servicios, satisfaciendo de esta manera sus necesidades individuales, lo cual trae como resultado un beneficio generalizado de la sociedad.

El hecho de que cada individuo genere riqueza basado en un interés individual no quiere decir de ninguna manera que propicie una inexistencia de conciencia social. Podemos entender conciencia social como un conocimiento del bien y el mal que rodea al individuo. La conciencia social en las personas genera un deseo de que todos los seres su alrededor tengan sus necesidades básicas cubiertas y tengan la capacidad para lograr autorealizarse ¿Y por qué este conocimiento no puede existir en un sistema capitalista?

Es irónico pensar de esta manera pues los mismos hechos históricos contradicen esta aseveración; desde que inició el movimiento capitalista en el mundo, más personas han podido salir de la pobreza que en cualquier otro momento en la historia. Además, gracias al capitalismo y su incentivo a la generación de nuevas tecnologías, se originan constantemente formas de producción más eficientes de modo que se satisfagan las necesidades de cada vez más individuos. o que se utilizan para mejorar la salud y calidad de vida de los individuos. Desde un punto de vista de conciencia social se podría decir con toda certeza que el capitalismo ha dado mejores resultados que otros sistemas, en particular, por su diferencia con cualquier sistema donde exista distribución forzosa de los recursos: nadie le debe quitar a otros para mejorar su condición.

Los críticos del capitalimso dicen que el problema es que con este sistema se genera un afán de lucro y es antagónico con la conciencia social ¿Por qué? ¿Adónde está el fundamento de esta aseveración? Todas las personas tienen afán de lucro en algún grado y esto no quiere decir que sean incapaces de ayudar al prójimo. En un sistema basado en el mercado, las personas adquieren capital en libertad y con la misma libertad pueden usar su capital privado y su tiempo de la manera que mejor les parezca y puede ser en mejoramiento de la calidad de vida de otras personas y/o del medio ambiente. Inclusive, voluntariamente y sin violar las libertades de otros, grupos de personas constantemente se ponen de acuerdo y forman organizaciones privadas con objetivos claros de ayuda social, en mejoramiento del medio ambiente, etc. Todo esto sucede en sistemas capitalistas y con una gran ventaja: es el resultado de procesos decisionales individuales y voluntarios, donde cada quien utiliza sus recursos, tiempos e ideas y, de forma individual o mediante una asociación voluntaria con otros, se dedica a ayudar a quienes lo necesita.

La conciencia social nace del individuo y es este el que debe ponerla en práctica. Lo que no se vale es que un grupo de personas le arrebaten la propiedad a unos a para dársela a otros supuestamente con un carácter de ayuda social. Este tipo de acciones, características de sistemas Socialistas, lo único que generan es que no se genere riqueza y, por lo tanto, se propicia la pobreza en forma generalizada.

sábado, 30 de enero de 2010

Mercantilismo vrs capitalismo



En este programa el periodista John Stossel demuestra las grandes diferencias que existen entre el capitalismo y mercantilismo.

martes, 19 de enero de 2010

Ayn Rand más viva que nunca



Este es el programa que John Stossel dedicó a Ayn Rand, en el mismo se muestra la importancia de sus ideas para explicar el momento político-económico que atraviesa el mundo.

lunes, 4 de enero de 2010

Libre mercado vrs intervencionismo


Se preguntarán ustedes por qué he titulado esta clase “las restricciones a la producción”. Bien, en realidad estoy haciendo honor a la terminología de Mises, en su tratado de economía, cuando habla de gran parte de las medidas intervencionistas. Porque lo que ellas, logran, en conjunto, es eso: restringir la producción, bajar la tasa de ahorro, de inversiones, de demanda de trabajo, de salario real. Hay un “circuito”, análogamente hablando, que ya hemos aprendido. Hay una “cadena” proporcional entre más ahorro, más inversiones, más demanda de trabajo y mayor salario real y por ende mayores (no iguales) oportunidades para todo el mundo. Todas las políticas intervencionistas atentan de un modo u otro contra la primera parte de esta cadena. Y por eso no se puede ser un buen economista –como decía Hayek- siendo “sólo economista”. Hay condiciones jurídicas, políticas y culturales que favorecen al ahorro y otras que lo desfavorecen. La economía, por todo lo que expusimos en la clase 1, simplemente dice: dejen al mercado ser tal. Esto es, libre.

De las políticas intervensionistas que más restringen la producción, las más típicas son el impuesto progresivo a la renta y los aranceles.

Comencemos por el tema de los impuestos progresivos.No vamos a comenzar (aunque sea un tema importante) con el tema del estado y su justificación, que es un tema que habitualmente rodea al tema de los impuestos. No tenemos tiempo de introducirnos en las profundidades de la filosofía política, simplemente diré que la existencia de “estados-naciones” como los concebimos hoy en día es algo que damos por sentado y deberíamos preguntarnos más seguido su por qué.

Pero no sigamos o de lo contrario nos vamos de tema. Todos los impuestos tienen sus dificultades. Ninguno es totalmente “neutro”, esto es, ninguno deja de afectar de algún modo al proceso de mercado. Sin embargo, entre los economistas austríacos ha habido un consenso en oponerse al impuesto progresivo a la renta, quedando nuevamente como los “malos de la película”. ¿Por qué esta oposición a lo que parece más justo, esto es, que más paguen los que más ganan, y progresivamente?

Nuevamente, es el tema de la escasez. Para minimizar los efectos de la escasez hay que aumentar el ahorro, y para ello hay que “liberar recursos”. Eso tiene que ver con la noción de ahorro potencial.

El razonamiento es el siguiente. Con lo que cada uno “tiene”, hay dos posibilidades: gastarlo o no. Eso implica consumo, en el primer caso, o ahorro, en el segundo. Bueno, no ahorro necesariamente en el segundo caso: usted puede donar sus bienes, o quemar sus billetes (¿nadie lo haría, no?) o ponerlos en su casa, lo cual en la Argentina aún se sigue haciendo, y es una forma especial de ahorro.... Pero se presupone que en una economía moderna y con circuito bancario organizado, gran parte de lo que no se consume se destina al ahorro en el mercado de capitales.

Por lo tanto, si nosotros gravamos impositivamente a alguien en el momento de consumir (impuesto al consumo) no digo que sea eso excelente, pero al menos podemos estar seguros de que no son recursos que se podrían haber destinado al ahorro. Pero si gravamos directamente las ganancias y todo tipo de “activos” que tiene una persona, ya empleador, ya empleado, estamos gravando recursos que “potencialmente” podrían haberse destinado al ahorro. Si usted tiene 10 en su bolsillo, y yo lo saco impositivamente antes de que usted lo consuma, estoy sacando tal vez 5, tal vez 8, tal vez 2 que podrían haber sido destinados al circuito bancario de ahorro. Por lo tanto, los impuestos a las ganancias implican una menor cantidad de ahorro potencial. Y ya vimos lo que eso significa: menor tasa de capital, y, ya sabemos, menor salario real para todos. Más escasez de la que ya hay.

Si el impuesto es progresivo, peor. Si cuando más uno gana más le sacan, tal vez ciertas inversiones que se podrían haber realizado no se hacen.

Por lo tanto los impuestos a la renta, ya progresivos o no, implican sencillamente un menor nivel de vida para toda la población. Se saca a “los ricos” para solucionar la pobreza, y lo que se logra es incrementarla. Otra vez, el paradójico resultado de toda política intervensionista.

Dado que los austríacos razonan habitualmente con lo que “no se ve” (Hazlitt) esto es... ¡Difícil de ver! Es fácil ver las obras públicas, es fácil ver a un gobernante dando un gran discurso, con una aureola de santidad sobre su cabeza, como si fuera Gandhi, anunciando todo lo que va a repartir, fruto de sus impuestos.... Lo difícil es ver “lo que no hay”, como consecuencia de esas políticas: todo el ahorro y las inversiones que no se realizaron porque el estado sacó y gastó (a pesar de que su propaganda dice “invertir”) en otras cosas; es difícil ver todos los recursos en salud, alimentación, vivienda, etc., que quedaron desatendidos porque el gobierno sacó y gastó.... Con la infundada creencia socialista de que los particulares no pueden ocuparse de todo ello, o con la infundada creencia marxista, en el sentido estricto del término, aún hoy en día, de que con esos impuestos “mitigamos” los efectos de la explotación capitalista....

Por eso viene bien resaltar aquí que la economía de mercado es un sistema que funciona con personas normales, personas, como decía Sto Tomás, “la mayor parte de las cuales no son perfectas en la virtud”. Para que aumente el ahorro y los salarios reales de todos no es necesario contar con héroes, con grandes gobernantes ni con sacrificados e incorruptos contribuyentes. ¿De dónde salen, en una economía de mercado, los recursos que alimentan al mercado de capitales que implican un aumento de ahorro y por ende una mayor tasa de capitalización? Pues de millones y millones de actos cotidianos de ahorro de pequeños ahorristas, como todos ustedes, que tienen (tenemos) sus dineritos en el banco y sostienen con ello las pocas inversiones genuinas que nuestra economía intervenida tiene. Pero les aseguro que lo que podemos ahorrar está limitado por muchas cosas, entre ellas, lo que el estado ya nos ha sacado con todo tipo de impuestos, y entre ellos el de ganancias.

P.: Si dos empresas ganan lo mismo, ¿es justo que paguen lo mismo?

R.: En estas cosas creo que hay que guiarse por un sano criterio de utilidad social. Lo que es justo o no en las políticas impositivas es, creo yo, sencillamente lo que aumente o no el ahorro existente, pues de eso depende el nivel de vida de nuestros semejantes. Así que yo no me preocuparía de cuánto tiene que pagar cada empresa. Sencillamente creo que debe eliminarse todo tipo de impuesto a las ganancias. Sencillamente todos. No estoy exagerando. Ya hablé muchas veces de los dramáticos efectos de la escasez. La miseria y la pobreza. No tenemos que escatimar esfuerzos en la lucha contra todo lo que la cause.

P.: ¿Pero hay algún país que sobreviva que haya eliminado el impuesto a las ganancias?

R.: Bueno, yo diría que sobrevivieron a su no eliminación.... Sobre todo aquellos cuyas condiciones jurídicas y políticas fueron tan estables que promovieron una tendencia al ahorro mucho mayor que la presión impositiva, que jugaba en contra.... Por eso pueden ustedes imaginarse los efectos terribles de estos impuestos en las naciones subdesarrolladas.... Y si a eso agregamos la inflación.... Las revoluciones..... Las guerras....

Bien, cambiemos de tema....

Vamos al tema de los aranceles. Les aseguro que si el punto anterior los asombró, este les va a asombrar mucho más. En esta carrera contra el tiempo que estoy librando, he decidido organizar el tema de este modo.

Primero, vamos a razonar un poquito “in abstracto”. ¿Cuáles son los efectos de colocar o sacar un arancel? Un arancel es una especie de impuesto a los productos importados. Esto está muy bien explicado en “La economía en una lección” de Hazlitt. Vamos a suponer que este reloj importado sale $ 10. Es un ejemplo, nada más, para razonar sobre el tema. Tenemos un reloj cuyo precio en el mercado internacional es de $ 10. Ahora vamos a suponer que se lo grava en $ 5, con lo cual sale, en el país, $15. Todo esto con los argumentos habituales: para proteger o estimular la industria nacional de relojes, para que haya más ocupación, más producción local, etc.

Tenemos entonces que cada vez que alguien compra un reloj en el país, está dando al gobierno $ 5. Ahora multipliquen eso por millones y millones de veces que se compra un reloj. Van a obtener una cifra muy abultada. Son recursos que han sido sacados del circuito de ahorro e inversión, y del consumo de otros bienes, para ser enviados al estado.

Ya vimos los perjuicios de sacar recursos del circuito de ahorro e inversión. No los quiero cansar con eso. Porque tenemos ahora algo nuevo. Dije que a esos recursos se los sacaba también “del consumo de otros bienes”. ¿Y qué hay con eso? Pues que, como vimos en la clase uno, en un mercado libre, sin privilegios ni protecciones legales, sólo se mantienen en el mercado quienes menos errores cometan. Se producirá entonces una tendencia a concentrar la producción en áreas donde naturalmente la productividad es mayor. Si alguno de ustedes es empresario y trabaja sin protecciones es obvio que sería un grueso error poner una heladería en la Antártida. Pero, claro, los errores no son siempre tan gruesos, y para eso está el sistema de precios, para avisarnos de algo que anda mal, cuando nuestros costos van subiendo e incurrimos en pérdidas. Por ende, un mercado libre, donde también haya mercado libre internacional, concentrará la producción en aquellas áreas naturalmente más productivas y aquellos productos que sean naturalmente más costosos tenderán a ser importados. Otra vez, la escasez. Los costos altos tienden a ser mitigados del mercado importando más barato aquello que sería caro en cierta región, y exportado aquello que naturalmente salga más barato. Pero si el arancel desvía la producción a sectores protegidos, los costos aumentan y la productividad global disminuye. La división del trabajo es una de las grandes armas contra la escasez. Los aranceles atentan directamente contra ella. Los costos internos aumentan y por eso la capacidad de ahorro interno disminuye.

Pero, me podrán decir, ¿acaso los otros economistas ignoran todo esto? No. Los más inteligentes partidarios del proteccionismo (no me refiero a empresarios y sindicalistas que piden aranceles simplemente por intereses sectoriales) tienen detrás de los aranceles una teoría más amplia, que estuvo muy de moda en los años 70 aunque no ha perdido su vigencia (ahora se la presenta con un vocabulario distinto). Muchos piensan que los países subdesarrollados nunca van a salir adelante porque tienen una estructura de producción dependiente de los países desarrollados. Son agroexportadores o monoexportadores de materias primas, que venden al exterior a bajo precio, mientras importan, muy caro, productos manufacturados. Para salir de esa situación deben tener una política arancelaria fuerte y desarrollar así su industria nacional para entonces sí, estar en condiciones de competir con el extranjero. Esto sigue estando detrás de las guerras tarifarias entre los bloques, tema que retomaremos hacia el final.

Vamos a relacionar esto con la clase dos. Esta teoría de la dependencia estructural tiene un error que se ve claramente a la luz de la teoría austríaca de la formación de capital, que en última instancia es la teoría austríaca del desarrollo. ¿Cómo se constituye el ahorro y todo lo que le sigue (inversiones, etc.) en determinada región, llámese país, nación, o lo que fuere? Ya lo hemos visto: hay que abstenerse de consumir ciertos recursos en el presente para destinarlos al ahorro, esto es, al consumo futuro, lo cual implica que esos recursos ahorrados sirven para la producción de bienes de capital. Si una región está tan subdesarrollada que el ahorro interno sería casi nulo o muy lento, se recurre al capital prestado. Esto es, si las fronteras son libres las inversiones extranjeras podrán entrar libremente. Debe haber estabilidad política y jurídica, incluyendo esto último que las condiciones sean iguales para todos (esto es, el estado no debe proteger a ninguna industria, ni nacional ni extranjera). Con esta apertura de las fronteras al capital extranjero, más la libertad migratoria, la lucha contra la pobreza comienza a vencerse.

Otra vez, les pido no que me den la razón inmediatamente, sino que hagan el esfuerzo de ver las cosas al revés de lo que habitualmente se supone. La causa del subdesarrollo es que no se han dado las condiciones de estabilidad política y jurídicas necesarias para un mercado libre. La causa del subdesarrollo es el intervensionismo o el directo socialismo, ya desde el inicio o por el medio de la historia de un país (como la Argentina). La causa del subdesarrollo es por ende también la protección arancelaria con la cual supuestamente se quiere desarrollar un país. El efecto del subdesarrollo puede ser, perfectamente, países exportadores de materias primas baratas. Eso es efecto de políticas intervensionistas que han frenado la acumulación de capital. Por lo tanto, aquello que se recomienda para solucionar esa situación (aranceles y otros controles) es precisamente lo que la provoca o lo que la aumenta y prolonga. Por otra parte, este tipo de intervensionismo es compatible ya con industrias privadas protegidas, ya con industrias nacionalizadas. En la Argentina se hicieron las dos cosas. El efecto fue la pobreza y la miseria, y aumentar la que ya estaba. Y el acusado fue un mercado libre que nunca se aplicó....

En mi opinión la teoría de la dependencia estructural es una fuerte y nueva versión de la clásica teoría marxista de la explotación. Marx decía que la acumulación de capital sólo se producía merced a la explotación (trabajo hecho y no remunerado) del sector obrero y que por ende en las naciones “capitalistas” iba a haber ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres. Pero en los países desarrollados del hemisferio norte los sectores medios se expandieron, lo cual parecía contradecir la teoría de Marx. Pero entonces se dio una perfecta contrarréplica. La teoría marxista seguía vigente, trasladada a nivel internacional. Hay “países ricos” porque explotan a los países pobres del sur. Lo que gana un obrero de un país rico del hemisferio norte, lo pierde un obrero del hemisferio sur.

Como vemos el aparato conceptual marxista nunca logró captar el proceso de acumulación de capital. Siempre concibieron una torta estable. Algunos socialistas siempre hablaban de repartir la torta. Marx era más sagaz. Vio que la torta crecía, pero también concibió ese crecimiento “a expensas” de otros: los explotados. Los neomarxistas latinoamericanos nunca pudieron ver, entonces, la causa del subdesarrollo de estas regiones. La riqueza de los países ricos aparecía como la causa de su pobreza. Siempre que alguien gana algo, hay otro que pierde. Pero no es así. Todo lo visto hasta ahora nos muestra que es al revés: en la medida que aumenta la tasa de capital, la demanda de trabajo aumenta, los precios bajan y el salario real de todos aumenta. Para entender esto hay que hacer un verdadero esfuerzo de cambiar la perspectiva mental y tomar conciencia del marxismo cultural en el que nos encontramos. El marxismo de ningún modo ha caído de nuestras mentes. Cuando nuestros dirigentes sindicales hablan de “planes de lucha” para defenderse de la explotación de un supuesto capitalismo, y cuando todo tipo de intelectuales justifican la violencia por ellos aplicada, ¿de qué estamos hablando? ¿De Martín Luther King?

Ahora bien, hemos visto el origen de gran parte de los sectores industriales protegidos. Me parece adecuado llamar a eso “el drama” de la protección. ¿Por qué? Porque estamos parados sobre este sistema canceroso. Habitualmente en Latinoamérica, pero también en muchos otros países, hay sectores productivos asentados sobre décadas y décadas de protección arancelaria. Familias enteras dependen y han dependido siempre, tanto económica como culturalmente, de esos sectores. Para ellos es sencillamente un drama la eliminación de la protección. Obvio que debe hacerse, tal vez gradualmente. Pero los problemas políticos, culturales, psicológicos y morales de esta “curación” son enormes. Son los problemas de una política de transición. Con esto no quiero decir que debe evitarse el problema, porque de lo contrario se agudiza. La no transición agudiza los problemas, no los soluciona (alguien puede seguirse endeudando y mientras sigue la fiesta nadie se da cuenta, hasta que llega el contador, el abogado, la policía....). Pero independientemente de las políticas concretas de transición que apliquemos, hay una pregunta clave: ¿quiénes produjeron el drama? No los economistas austríacos, precisamente, que siempre se opusieron a todo tipo de políticas intervensionistas. De todos modos, ahora que ciertos países están intentando aplicar economías de mercado, los economistas austríacos tienen una buena oportunidad para trabajar en temas de transición, tema que hasta ahora no ha sido su especialidad.

¿Hay hasta aquí alguna pregunta aclaratoria?

P.: Hablando de protección.... En este momento es vox populi que la industria argentina ha sido destruída porque se abrió la entrada a cualquier producto de cualquier lugar del mundo, de modo que se destruye la industria argentina, con la consecuente desocupación. ¿Cuál es la solución?

R.: Independientemente del caso argentino, quiero aclarar que, en cuando a la interpretación de lo que en general es un arancel, su reducción o eliminación no implica una “destrucción”, sino más bien una “transformación”, un reacomodamiento de los factores productivos. Si usted tiene $ 10 en su bolsillo, destinados a la industria X protegida, y sin el arancel usted dispone de $ 8 pesos más, porque el precio del producto no es entonces 10 sino 2, entonces sucede lo contrario a la imposición de un arancel. Esos 8 pueden ser destinados al consumo de otros bienes y servicios, o al ahorro. En ambos casos aumenta la demanda de bienes y servicios en el presente o se los destina para la fabricación de nuevos bienes de capital. En cualquier caso la eliminación del arancel dejó recursos liberados para otros sectores, y lo importante es que esos sectores no estén protegidos para que el proceso no se repita. Como vemos, no hay destrucción, sino una especie de creación de nuevos sectores productivos, con la “curación” consiguiente de la des-economización de recursos que se producía en la etapa anterior.

Su pregunta me lleva a hablar de la tan mentada globalización, pero eso lo dejamos mejor para el final.

P.: Pero en ese proceso de transformación nos podemos morir en el intento...

R.: Nos estamos muriendo ahora. Bueno, me explico.

Hay que cambiar la interpretación de lo que significa una política de transición. Yo no he negado sus dificultades, las he afirmado expresamente, pero por algo dije que mientras dura la fiesta nadie se da cuenta. Esto es, no es cuestión de decir “estamos bien ahora y en la transición vamos a estar mal”. No, estamos mal ahora. En la transición lo que va a estar bien es el bien común, pero no los intereses sectoriales. Pero hay que tomar conciencia de lo que significa el costo social de la no-transición. Usted habló de morir en el intento. Pues bien: ¿cuántos niños se mueren de hambre en la Argentina, diariamente, o padecen terribles desnutriciones a causa de las políticas que en este curso hemos venido denunciando? Le aseguro que no son pocos. Las condiciones infrahumanas de vida ya existen en nuestro país y, vuelvo a decir, el eje central del debate es qué las causa. Y yo respondo: no las políticas de transición a una economía de mercado. Por otra parte, ¿de qué economía de mercado me hablan en la Argentina? ¿De unas cuantas empresas privatizadas con privilegios y monopolios? Está bien que en la realidad todo es una cuestión de grado.... No quiero ser pesimista. Pero por favor no confundan a Menem o a De la Rúa con Mises.... Esa confusión, por favor, no....

P.: ¿Pero no hubo proteccionismo en EEUU, sobre todo en el noreste, y aún lo hay?

R.: Sí, sencillamente hubieran estado mejor sin todo eso. Yo no les estoy “tirando hechos por la cabeza”, sino que estoy tratando de cambiar la interpretación de ciertos fenómenos sociales. Así que el desarrollo industrial de EEUU no es un argumento ni a favor ni en contra de lo que yo digo. Todo depende de cómo se lo interprete.,

P.: ¿Qué opina de la economía informal, de la que habla Hernando de Soto?

R.: Bueno, es uno de los miles de temas de los que no pude hablar. Pero es muy interesante. Cuantas más reglamentaciones hay, cuanto más intervensionismo hay, hay un sinfín de cosas que usted tiene derecho natural a hacer pero que quedan sin embargo “fuera de la ley”. Pero fuera de una ley injusta, contraria al derecho natural. En Perú, donde Hernando de Soto hizo ese estudio, toda la industria del transporte era informal, porque era imposible asumir los costos que el estado imponía con sus reglamentaciones.... Y muchas personas lograron evitar el hambre ofreciendo servicios sin el control de estado.... El también estudió que si usted quería poner una pequeña o mediana empresa, el número de reglas exigidas por el estado cuando se imprimían en hojas de computación era de 600 metros....... Sí, aunque no lo puedan creer..... Y después los grandes intelectuales se preguntan por la causa de pobreza en Latinoamérica, y siguen acusando al capitalismo global..... Santo Dios.....

P. ¿Y qué me asegura que mi ahorro se convierta en inversión?

R.: Nada ni nadie se lo puede asegurar necesariamente, claro, por eso hemos hablado hasta el cansancio de condiciones políticas y jurídicas estables para un mercado libre.... Que creen las mejores condiciones que “favorezcan” ese proceso. Justamente, el proceso de ahorro y acumulación de capital es tan difícil... Las masas, como diría Ortega, dan por sentado que un día se levantan y ahí está un supermercado, y trabajo, y salarios para comprar todo eso... Creen que es fácil.... Por eso el otro día hablaba yo de la visión de conjunto. No debe suponerse que la economía es algo aislado de otros fenómenos sociales. Hayek, dado que era un excelente economista, habló, en su libro “Los fundamentos de la libertad” de las razones por las cuales la democracia es conveniente, y una de ellas era cierta tendencia al aprendizaje cívico que se produce con la estabilidad política. En cada elección los electores pueden aprender de sus errores pasados. Eso, mantenido durante décadas, ayuda notablemente a la paz y estabilidad que son la mejor garantía humana para el desarrollo. Por eso Mises y Hayek, en su filosofía política, eran tan poco proclives a las revoluciones violentas. Bueno, esta es una cuestión de filosofía política un tanto larga, pero la doy como ejemplo de tratamiento conjunto de los temas.

Pero hablando de temas, nos fuimos un poco de tema y nos queda el último punto.

Este último punto, sobre el libre comercio internacional y la libre inmigración y emigración, va a ser como una especie de “cierre”, que “abra” alguna humana esperanza a este mundo difícil.

Un mercado libre internacional como el que proponen los austríacos es una situación posible, plausible, que implica un libre movimiento de capitales y de personas. Eso no significa tener plata para comprar pasajes. No, significa algo mucho más concreto. Significa que no hay trabas jurídicas para emigrar o inmigrar. Lo cual significa, a su vez, que los austríacos están en contra de cosas a las cuales nos hemos acostumbrado y que casi no cuestionamos. Un mercado libre es incompatible con aduanas, pasaportes, visas y todo tipo de regulaciones e impedimentos para entrar y salir de un país. Para entender esto hay que tener en cuenta una filosofía social de fondo, muy bien explicada por Mises en su libro “Liberalismo”. En esa filosofía social cada persona más no significa más escasez, más problemas, sino mayor riqueza. Estamos tan acostumbrados a filosofías intervensionistas, para las cuales la torta siempre debe ser repartida frente a una población en aumento, que no concebimos una situación donde cada persona, trabajando libremente y ofreciendo sus servicios en el mercado, implique un mayor aumento en la productividad global y, por ende, una torta que crece, y no para pocos, como habitualmente se cree, sino para cada vez más gente, por el referido aumento en el salario global como fruto de las mayores inversiones. Pero hoy en día no se piensa así, y por eso se recomiendan políticas de fronteras cerradas, políticas restrictivas frente a la inmigración, donde personas humanas, que no tienen más ni menos que la dignidad que Dios les dio, son sometidas a todo tipo de vejámenes por querer entrar simplemente a trabajar libremente. Y en eso los campeones son los actuales EEUU, donde sus dirigentes políticos y sus empresarios y sindicalistas creen que la inmigración significa una menor torta para repartir, cuando hemos visto que, si liberaran el mercado, cada persona se pondría a trabajar en aquello para lo cual tiene natural productividad, y si comete muchos errores, sea del país o no, no podrá quedar en el mercado por las pérdidas en las que incurre. Pero no sólo en EEUU: no hay lugar, prácticamente, donde no se esté convencido que “uno más” significa “menos para mí”. Si se piensa así, hay que ser realmente héroe para proclamar la solidaridad para con el pobre y al mismo tiempo “dejarlo entrar”. De lo contrario se vive en la habitual hipocresía: grandes discursos solidarios, al mismo tiempo que se mantienen las fronteras cada vez más cerradas: más visas, visas de trabajo, persecución de “inmigrantes indocumentados”, etc. Un mercado libre implica la posibilidad de hacer realmente algo por todos los pobres y refugiados del mundo al mismo tiempo que se aumenta la productividad global: abrir las fronteras, eliminar las aduanas, visados, pasaportes y todo tipo de controles para con la libre movilidad de las personas. Por eso, como bien explicó Mises, nacionalismo, estatismo y militarismo van de la mano... Claro, esto no cubre todos los aspectos del corazón humano, donde las razones para la intolerancia y los prejuicios negativos son más amplias y complejas.... Pero lo que estoy proponiendo es al menos posible a nivel de sistema político y económico.

De acuerdo con lo que estoy diciendo, quiero enfatizar que, a pesar de los declamados intentos de abrir el mercado a nivel internacional, estamos muy lejos de ellos tal como la describe Mises en su ya citada obra de 1927. Las llamada actualmente “globalización” es una política de bloques cerrados que luchan entre sí: Mercosur vs. Nafta, Nafta vs. Union Europea, etc. En el fondo también todos esos gobernantes, que conciben y firman esos acuerdos, también conciben al mundo como una torta fija cuya repartición hay que disputarse. En un mercado libre, el libre comercio no depende de acuerdos políticos, de nada que funcionarios estatales firmen o decidan. En un mercado libre los gobiernos no comercian entre sí, y no puede haber deuda pública porque los gobiernos sólo obtienen sus recursos de los impuestos indirectos al consumo. Si verdaderamente se abren las fronteras, yo hago una llamada telefónica a un amigo de EEUU, arreglamos nuestro negocio por teléfono, o por e-mail, y él me vende a mí lo que acordemos, sin regulaciones ni aranceles. En una política de mercado libre, si un ciudadano paraguayo quiere venir a vivir a la Argentina, simplemente viene y se instala, como si yo quisiera instalarme a vivir en Mendoza. Sin visas ni humillantes persecuciones por “indocumentado”. En un mercado libre no hay “indocumentados”. No hay necesidad de documentos por los cuales el gobierno nos controle. Sólo hay personas que no atentan contra el código penal y los que sí, y sólo estos últimos son acusados y sometidos a juicio justo. Y no hay necesidad de otros códigos.

No quiero ser pesimista, no quiero decir que estamos igual, a nivel internacional, que hace 60 años, pero hay que ser claro y no identificar actuales políticas de globalización con la sencillez de la política de mercado libre estudiada y propuesta por los austríacos. El gobierno no debe decirle a usted qué importar, qué no, a qué arancel, etc. Meir Zylberberg, que estuvo aquí la semana pasada, me hizo acordar de un artículo de él escrito en 1963, cuando yo tenía 3 años.... En el que describe la situación de la Argentina en ese momento. Voy a leer una parte: “Control de cambios, Dirección de impuesto a los réditos, Banco Central, Corporación del Transporte Metropolitano; ingerencia en el tránsito de carreteras interprovinciales, control de precios, Junta Reguladora de la Producción Agropecuaria, barreras migratorias, Marina y Aviación Comercial del Estado, nacionalización de los depósitos bancarios, ferrocarriles, teléfonos, puertos, usinas eléctricas, agremiación y previsión social compulsiva, tales son los hitos que van generando el camino hacia la actual frustración y decadencia”.

Bueno, dejo a cada uno de ustedes ver si hemos cambiado mucho o poco....

P.: Hablando de las negociaciones entre bloques.... Supongo que lo que se pretende es tratar de equilibrar de algún modo desigualdades, debilidades.... No es fácil para México comerciar con EEUU.... A un mejicano le va a resultar más fácil conseguir un buen salario en EEUU, que al revés.... Yo supongo que la negociación viene del compromiso que el gobierno tiene con sus respectivos pueblos de ofrecerles, de algún modo, mejores condiciones de negociación....

R.: Bueno, vamos a tratar de acercar posiciones. Por supuesto que los ciudadanos de EEUU y México van a estar mejor ahora con el Nafta que 40 años atrás. Pero para lograr esa integración hay una vía más rápida desde el punto de vista conceptual, pero más lenta en cuanto a su implementación sencillamente porque es más difícil de aceptar. La vía rápida, conceptualmente, es quitar controles y abrir las fronteras. Pero esto es a su vez lento por los intereses sectoriales. Es lo que dije antes sobre el drama de la protección. No va a ser fácil esa liberalización de la que hablo para personas que han basado su existencia en un sector protegido por el estado. Tal vez como política gradual lo que usted dice tiene su importancia. De todos modos insisto: no quiero ser pesimista, no quiero decir que la situación sea un total desastre; simplemente quiero insistir en que no hay crisis del capitalismo global, como dice Soros: hay crisis del intervensionismo global. No hay horror económico, como dice una pensadora francesa; el horror es el intervencionismo económico, a parte del horror del corazón humano, cuyo solución no está en nuestras manos humanas....

P.: Con respecto al tema de los monopolios, ¿cuál es la posición de la escuela Austríaca?

R.: Bueno, un poco ya lo dijimos en la primera clase, cuando hablamos de la libertad jurídica de entrada. Pero hay que agregar que en este tema los austríacos han tenido diversas fases. Por influencia de Mises se hablaba de un precio de monopolio, cuando, en un mercado libre, un productor era capaz de reducir su producción sin que caiga su demanda, elevando el precio. Mises insistía en que esa situación era muy rara y difícil de mantener. Su discípulo Rothbard afirmó que en un mercado libre todos los precios son de mercado, que el precio de monopolio sólo es posible con un mercado protegido. O sea que con libertad jurídica de entrada al mercado, sin ningún tipo de protecciones ni siquiera contra el mercado libre internacional, es imposible que una demanda sea “absolutamente inelástica” con respecto a un bien (o sea, que aumente el precio y la demanda no se derive a productos sustitutos). De este modo los austríacos se enfrentaron desde siempre contra otra teoría marxista clásica, la de la concentración monopolística. Marx afirmaba que en el capitalismo los factores de producción tienen una tendencia a la concentración en pocas manos. Claro, alguien puede decir que eso está sucediendo. Pero el caso es saber por qué. Los austríacos afirman que a medida que va creciendo el radio de acción de una empresa, va disminuyendo paulatinamente el radio de precios libres de otros bienes y servicios que antes competían. Pero entonces la empresa se enfrenta, a medida que crece, con el mismo problema del socialismo que explicó Mises en 1922: la imposibilidad de cálculo de costos y precios por la ausencia de precios libres. Cuanto más amplio es su margen de acción, a la empresa se la hace cada vez más difícil hacer ese cálculo y comienza a incurrir en pérdidas. A menos que.... Que esté protegida por el estado. Las grandes y enormes corporaciones, que después se las trata de fraccionar por ley, son fruto de prebendas y privilegios obtenidos por los “lobbys” en los congresos que generan todo tipo de intereses sectoriales. Y de vuelta lo mismo: esa es la antítesis del mercado libre, aunque las empresas sean nominalmente privadas.

P.: Yo me quería referir a los derechos de propiedad que existen sobre los descubrimientos científicos. Esas patentes, ¿son derechos de propiedad o son también fruto del intervencionismo?

R.: Bueno, no todos los austríacos han estado de acuerdo en eso. Creo que con el tema del patentamiento industrial hay dos riesgos que correr. Sus partidarios dicen que si no los ponemos, la creatividad industrial y los estímulos a las invenciones disminuyen. Sus no partidarios dicen que el riesgo de monopolio jurídico es inmediato. Yo me decidiría a correr el primer riesgo y no el segundo. Es tan necesaria la desregulación del mercado hoy en día, que las patentes deben ser eliminadas aún corriendo el riesgo de que algún estímulo a la invención disminuya. Cosa que no creo, porque el mercado, como “proceso de descubrimiento”, como dice Hayek, tiene siempre estímulos para la renovación tecnológica: el sólo mantenerse en el mercado así lo requiere.

P.: ¿Y si una sola empresa patentara algo así como el genoma humano, como ocurrió en los EEUU?

R.: Bueno, frente a ejemplos así, más necesario es no correr el riesgo de patentes industriales....

P.: Muchos monopolios se rompen por la creación de sustitutos. A pesar de las patentes nuevas ideas han destruido muchos monopolios, como el caso del plástico....

R.: Bueno, conforme a lo que venimos diciendo, los productos sustitutos aumentan la demanda potencial frente a un eventual monopolio momentáneo. Y esos productos sustitutos son fruto de ese mercado como proceso de descubrimiento. La clave del mercado no es tanto la tierra, el capital, el trabajo, sino la creatividad de la inteligencia humana. Ese es el “capital” básico de la economía. Actualmente casi todos los economistas están hablando de eso. Sin embargo fueron los austríacos (permítaseme el entusiasmo) aquellos para los cuales este tema fue el eje central de su posición económica. Esto lo vimos desde la primera clase. El motor del proceso económico es la “alertness”, como otros discípulo de Mises, I. Kirzner, la denominó: la capacidad de estar alerta a las oportunidades de ganancia en el mercado, que es la contrapartida de esa “ignorancia ignorada” que todos tenemos en el mercado. Sin eso, imposible sería la explicación del proceso económico.

P. Bueno, pero para que todo eso deje de ser una utopía, para poder implementar eso en medio de otras naciones que protegen sus propios intereses... Bueno, si los demás protegen a sus productos y nosotros no, entonces nos comen los de afuera...

R.: Mire, yo sé que es muy difícil explicar cómo nos va a ir mejor con un mercado totalmente libre aunque los demás no lo tengan, así que para eso voy a poner un ejemplo muy usado, el de una calle. Vamos a suponer que usted en una calle tiene una panadería y todos los demás comercios de la misma calle se protegen contra sus ventas. O sea que la farmacia, la verdulería y la tintorería quieren desarrollar su propia industria de panadería y ponen un arancel a sus familias según el cual su pan vale el doble. Claro, usted queda en una mala situación. Su “reacción casi instintiva” sería no comprarles a ellos. Pero, si razona un poco, va a ver que queda en ese caso peor. Antes, no podía vender sus productos; ahora, tampoco puede comprar o comprar barato. Tiene que hacer usted sus propios vestidos, remedios, etc, con los mayores costos y menor productividad que eso implica. Su situación no podría ser peor. Al menos con una política de mercado libre unilateral de su parte usted estaba mejor. En el contexto internacional es lo mismo. Desde luego que la Argentina va a estar mal si la Unión Europea, por ejemplo, protege sus productos agropecuarios. Pero si nosotros hacemos lo mismo estaremos peor, porque todos nuestros costos internos, como vimos, aumentarán. Claro, si seguimos concibiendo al comercio como una guerra, nunca entenderemos esto. Otra vez, fue Mises, con claridad meridiana, quien dijo que el comercio es exactamente lo contrario a una guerra. Ahora bien, vuelvo a decir que el mercado libre no es la utopía de suponer que con ese sistema todo está solucionado y tenemos la paz perpetua. Hay otros factores políticos y jurídicos, como ya dijimos, necesarios para el mercado libre, y, digamos más: para una vida humana digna. Lo fundamental son los derechos individuales. Es moralmente obligatorio respetarlos. Lo demás es voluntario. Un mercado libre no implica necesariamente las comodidades de la civilización occidental. Los factores culturales son aquí claves. Puede haber una perfecta pobreza voluntaria, pero no se debe imponer. La pobreza coactiva, impuesta por los gobiernos y pagada fundamentalmente por los millones de niños que se mueren de hambre diariamente, es una inmoralidad, una inmoralidad mucho más terrible y profunda que el consumismo que es fruto de un corazón humano cuya única cura está en Dios y no en un sistema.

Bien, ya no tenemos más tiempo. Pero quiero decirles una última cosa. Karl Popper, uno de los más grandes filósofos de este siglo, afirmó claramente que el motivo del optimismo no consiste en saber que mañana vamos a estar bien. No, porque eso no lo podemos saber. El motivo del optimismo consiste en todo lo que podamos hacer “hoy”. Creo que falta mucho, efectivamente, para que estas ideas se implementen, pero lo que hoy podemos hacer, fundamentalmente, es estudiarlas, profundizarlas y difundirlas. Este curso es lo que “hoy” hemos podido hacer, y en ese sentido hay motivos para ser optimistas.

Gabriel Zanotti

viernes, 2 de octubre de 2009

Viernes de Recomendación


Para este viernes de recomendación quisiéramos recomendar el artículo de John Hagel III y Walter Grinder titulado Toward a Theory of State Capitalism: Ultimate Decision Making and Class Structure. En este artículo se analiza la evolución del capitalismo estatal en los Estados Unidos, entre ellas la perspectiva austríaca.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Viernes de Recomendación

Este viernes les recomendamos está presentación de Aaron Clarey sobre capitalismo. En esta presentación de 2 horas y 10 minutos dividida en 14 videos, Aaron Clarey explica los argumentos filosóficos y lógicos del capitalismo y sus grandes ventajas en comparación con el socialismo. Además, explica cómo funciona la mente de un socialista y presenta métodos para contrarrestar sus argumentos. Obligada para todos los que creemos en la libertad, el libre mercado y el capitalismo.

Parte 1, Parte 2, Parte 3, Parte 4, Parte 5, Parte 6, Parte 7, Parte 8, Parte 9, Parte 10, Parte 11, Parte 12, Parte 13, Parte 14



martes, 4 de agosto de 2009

Liberalismo Aplicado: La razón y el mercado


The Economist dedica su último número a la hipotética ruptura de paradigma provocado por la crisis en el pensamiento económico contemporáneo. En la práctica, todos los ataques al consenso dominante en la moderna teoría macro y microeconómica se limitan a poner en cuestión un elemento central: la racionalidad de los individuos y, como resultado de ella, la inevitable tendencia de los mercados a realizar una eficiente asignación de los recursos y, por tanto, la crónica propensión del capitalismo a la inestabilidad. Este enfoque no es nuevo. Es tan viejo como la economía y tiene una base poco sólida. En cualquier caso no constituye un aval para el activismo gubernamental, salvo que se otorgue a los burócratas y a los políticos una racionalidad media superior a la del resto de los mortales lo que sería cuanto menos un exceso de optimismo o una considerable arrogancia intelectual.

La idea de que la gente es racional e intenta utilizar sus conocimientos y la información disponible para alcanzar sus objetivos no es un fenómeno extraordinario sino una característica innata del homo sapiens. Esa tesis no es incompatible con el hecho de que a veces, las personas pueden y de hecho actúan de manera irracional y en contra de sus intereses pero eso es la excepción y no la regla en el comportamiento de los seres humanos. Si se acepta la irracionalidad como el factor dominante de las acciones individuales, se desploma no sólo todo el edificio de la ciencia económica, sino también las bases mismas, incluida la democracia, de eso que denominamos civilización occidental y de cualquier orden social viable. La visión según la cual el mundo se mueve por fuerzas telúricas y ocultas es un rasgo característico de las sociedades tribales, del animismo y de un sinfín más de tradiciones propias del pensamiento mágico.

Curiosamente son los límites del conocimiento y de la razón los que sirven para justificar el mercado y la competencia como dos procesos interconectados de descubrimiento que, a través del juego de los precios relativos, permiten acumular y procesar un volumen de información superior al de cualquier otra alternativa. Por eso es crítico que los poderes públicos permitan que las señales transmitidas por los precios se formen sin interferencias ya que, en este caso, se producirán malas asignaciones de recursos y se generará una tendencia al desequilibrio del sistema productivo. Esto es lo que pasa con malas políticas económicas y regulacions.

Eso no significa que los mercados y el capitalismo sean perfectos pero sí que son las instituciones que, a través de un largo proceso evolutivo, han mostrado mayor eficacia para asegurar la supervivencia y la elevación del nivel de vida de la gente. También es cierto que gran parte de las deficiencias achacadas a su funcionamiento no obedecen a la lógica propia de una economía de libre mercado, sino a las trabas introducidas por los poderes públicos y por políticas económicas que distorsionan su funcionamiento. El equilibrio no es un estado sino una tendencia. La reciente crisis es un claro ejemplo de ello. Una errónea estrategia monetaria, definida por una expansión exuberante del crédito, una mala regulación de los mercados financieros y la incompetencia de los organismos encargados de supervisarlos han sido los determinantes básicos del tsunami que sacude las finanzas y la economía global. Sin esa combinación de “fallos de Estado” hubiese sido posible el presente Armagedón económico-financiero.

Una economía de libre mercado exige instituciones. Desde Adam Smith hasta nuestros días, ningún economista ni científico social de inspiración liberal en el sentido clásico ha impugnado ese principio elemental. Si el marco institucional es adecuado, el capitalismo desplegará todas sus benéficas potencialidades; si no lo es, producirá efectos distintos a los buscados y esperados. Este último resultado se produce cuando los políticos intentan sustituir en vez facilitar el funcionamiento de los mercados, cargándolos de excesivas regulaciones, y cuando aspiran a dirigir desde arriba los procesos sociales y económicos. Esos dos errores, muestras de una falta descomunal de humildad intelectual constituyen el fundamento de quienes desde muy diversas tribunas y posiciones buscan en el Estado la solución al actual malestar que azota la economía mundial.

El deseo de utilizar la crisis para extender las funciones del Estado no logrará resolver los problemas y sí creará otros nuevos. Quienes piensan que el aumento del binomio gasto-déficit público, la brutal inyección monetaria practicada por los bancos centrales y el aumento de las regulaciones sacarán al mundo de la recesión yerran. Esos movimientos se han superpuesto y se confunden con la propia dinámica de ajuste del capitalismo que tiene una lógica propia e independiente de ellos. Lo que el activismo macro y micro está produciendo es un entorpecimiento en la depuración de los excesos cometidos durante la fase alcista del ciclo y la generación de unos desequilibrios cuya corrección pasará una elevada factura que en el mejor de los casos retrasará el retorno a un crecimiento sano y sostenido. Por eso, la identificación del activismo gubernamental con la superación de la crisis se convertirá en un doloroso espejismo.

De momento, los fundamentalistas del intervencionismo macro y microeconómico disfrutan de una efímera gloria. En poco tiempo veremos cómo las fuerzas desestabilizadoras desatadas por la aplicación de sus propuestas hacen imprescindible volver a la disciplina monetaria y fiscal así como a políticas de oferta consistentes para recuperar la senda de la prosperidad. Entre tanto hay que dejarles sacar pecho, certificar el fin del liberalismo económico, el crepúsculo del capitalismo salvaje y demás zarandajas y tópicos de su viejo y gastado repertorio. Da igual. La realidad es terca y antes o después termina por imponerse. La paradoja de esta crisis, ya lo verán, es que va a suponer el fracaso y el descrédito final del keynesianismo cañí, de esa singular y tóxica mezcla de intervencionismo macro y microeconómico, mala práctica derivada de una mala teoría.

La racionalidad de los agentes económicos no opera en abstracto sino en un entorno institucional dado y éste puede incentivar y/o producir resultados ineficientes si está mal diseñado. Si las reglas del juego están mal diseñadas, el juego de suma positiva y la armonización de intereses que tiende a producir la búsqueda del interés propio en un mercado competitivo se debilita o incluso puede tender a desaparecer. Eso no refleja irracionalidad sino todo lo contrario: el ajuste de la razón a las circunstancias.

Lorenzo Bernaldo de Quirós