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martes, 11 de noviembre de 2008

Quo vadis Obama


Barack Obama accederá a la presidencia de los EE.UU. en medio de la peor crisis económico-financiera soportada por América y por el mundo desde la Gran Depresión. Para afrontar esta dramática situación, el nuevo presidente tiene dos opciones fundamentales: primera, seguir la estrategia “rooseveltiana” de aumentar el peso del Estado en la economía y elevar las barreras proteccionistas; segunda, adoptar la filosofía “reaganiana” y confiar al mercado y al libre comercio la tarea de sacar al país de la recesión. F.D. Roosevelt y Ronald Reagan respondieron a inmensos desafíos con planteamientos radicalmente diferentes. Ahora, la pregunta elemental es qué hará el nuevo presidente y la respuesta es problemática. De entrada, su amplia victoria en las presidenciales y el control del Congreso conceden a la administración demócrata un enorme poder para configurar su política, cualquiera que ésta sea.

Ante los triunfos republicanos de los años ochenta del siglo pasado, Clinton adoptó una filosofía similar a la de Blair en el Reino Unido. El partido del Elefante asumió que el Estado no era la solución a los problemas, sino que en gran medida era el problema. Cuando llegó a la Casa Blanca, Clinton no revisó ni modificó en lo sustancial las reformas liberales introducidas por los republicanos, aplicó una estrategia presupuestaria ortodoxa, abanderó la libertad de comercio y realizó profundos cambios en el Estado del Bienestar. Los Nuevos Demócratas clintonianos fueron hijos de Reagan como el Nuevo Laborismo blairita lo fue de Thatcher. El centro ideológico de sus países se había desplazado hacia el liberalismo en sentido clásico y se limitaron a gestionar con pragmatismo centrista ese consenso.

Obama es diferente. Su ideario y su trayectoria le sitúan en la tradición más izquierdista del Partido Demócrata, la representada por políticos como Adlai Stevenson, Hubert Humphrey o George MacGovern. En esta misma franja ideológica están los principales dirigentes de esa formación como su presidente, Howard Dean, y los líderes del Senado y de la Cámara de Representantes, Harry Reid y Nancy Pelosi. Todos son partidarios de extender las funciones del Estado y acercar el modelo socio-económico norteamericano al existente en la vieja Europa y en el ámbito internacional son proteccionistas y aislacionistas militantes. Es posible que las responsabilidades de gobierno moderen esos instintos pero también lo es que consideren la gran victoria cosechada como un giro ideológico de la sociedad americana a la izquierda, similar al que se produjo de signo contrario hace tres décadas.

El riesgo de hacer una lectura de esa naturaleza gana cuerpo si se tiene en cuenta que el desprestigio de la Administración Bush y la crisis económico-financiera se están interpretando como un fracaso del capitalismo competitivo. Durante ocho años, los republicanos han utilizado una retórica liberal, en el sentido europeo, pero en la práctica han impulsado un fuerte aumento del gasto público, no sólo el de defensa; han fabricado un déficit presupuestario descomunal; han aplicado un proteccionismo selectivo; han extendido los programas sociales; han recortado las libertades civiles etc. Bush ha sido un estatista conservador y su presidencia ha constituido una ruptura con la filosofía de gobierno limitado que dominó el Great Old Party durante tres décadas. En este contexto, se abre una clara oportunidad para recuperar los viejos principios demócratas y la tentación de hacerlo es muy alta. La política Hoover-Bush “debe ser” sustituida por la de Roosevelt-Obama.

Desde una óptica económica, la puesta en marcha de las propuestas de Obama agudizaría y prolongaría la recesión y, probablemente, la convertiría en una depresión. Sus proyectos de gasto sólo contribuirían a incrementar de modo espectacular el ya muy abultado déficit público. La subida de impuestos a los ciudadanos con ingresos superiores a los 250.000 dólares al año, el 5 por 100 de los contribuyentes, no es suficiente para financiar sus promesas de gasto y sí lo es para eliminar los incentivos de ese colectivo a ahorrar, invertir y crear riqueza. El aumento de la fiscalidad sobre las rentas del capital impulsaría su fuga. La creación de un sistema de salud a la europea es infinanciable en una economía en recesión. La erección de barreras proteccionistas acentuaría las fuerzas recesivas en América y en el mundo…Los ejemplos podrían multiplicarse.

El eje central de la plataforma socio-económica de Obama es un gigantesco esquema de redistribución de la renta asentado en el aumento del gasto, de los impuestos y de las regulaciones. Es una copia y/o una traslación del modelo estato-corporativista vigente en Europa a los EE.UU. Su instauración supondría una alteración fundamental de los principios que han hecho de esa economía la más rica, dinámica y competitiva del planeta. En el corto plazo, ya se ha señalado, es una receta letal para superar la crisis; en el medio y en el largo sería el comienzo de la decadencia de América. Quizá por eso la izquierda mundial ha apoyado con tanto entusiasmo al ex senador de Illinois. Han vuelto los viejos demócratas con sus rancias ideas. Esta es una pésima noticia para los EE.UU. y para el resto del mundo. En las actuales circunstancias, la patria de Washington, de Jefferson, de Madison y de Lincoln, de todos aquellos líderes que forjaron su grandeza necesitaba un Reagan no un Obama, mala suerte para todos…

Lorenzo Bernaldo de Quirós

martes, 4 de noviembre de 2008

Habemus Papam


Ya Estados Unidos tiene nuevo presidente: el demócrata Barack Obama. El país tiene retos importantes, combatir su déficit fiscal, solventar el conflicto en Irak, salir de la crisis económica, combatir las nuevas olas proteccionistas que surgen dentro del país, la crisis energética, etc. En ASOJOD esperamos que el nuevo presidente pueda afrontar de la mejor forma dichos retos.

No esta de más recalcar lo importante que es dicha elección para el avance de los derechos civiles en el país del norte (postura que en ASOJOD siempre hemos defendido), deseamos que este sea el primer paso para construir sociedades más abiertas, donde se llegue a respetar la máxima liberal: todos los individuos tenemos los mismos derechos y obligaciones, sin distinción alguna.

martes, 16 de septiembre de 2008

Obama y McCain, mejores que sus vices


En los últimos meses, hemos señalado varias veces en este columna que la postura del candidato demócrata Barack Obama sobre el libre comercio y la de su rival republicano John McCain sobre la inmigración no son buenas para Latinoamérica. Desafortunadamente, sus respectivos compañeros de fórmula podrían ser aún peores para la región.

Empecemos por el candidato a vicepresidente demócrata, el senador Joe Biden (D-De), quien --a diferencia de su rival republicana, la gobernadora de Alaska Sarah Palin-- tiene una carrera de 35 años en el Senado, y una larga historia de votaciones sobre política exterior.

En lo que hace al libre comercio, Biden es mas duro --algunos dirían proteccionista-- que Obama. Aunque Obama se opuso a los recientes acuerdos de libre comercio de Estados Unidos con América Central y al acuerdo pendiente con Colombia, dio su apoyo al acuerdo de libre comercio con Perú, y en una entrevista me negó repetidamente que es antilibre comercio, Biden se ha opuesto a todos los recientes acuerdos de libre comercio con Latinoamérica.

El candidato a vicepresidente por el Partido Demócrata votó en contra de los acuerdos estadounidenses de libre comercio con Chile, América Central y Perú, así como de los acuerdos similares con Omán y Singapur.

El sitio web de Biden para la campaña presidencial 2007 afirmaba que Joe Biden cree que las negociaciones comerciales de Estados Unidos deben proteger a los trabajadores estadounidenses asegurando estándares básicos en materia laboral y ambiental. Pero sus críticos dicen que la postura de Biden se debe a sus nexos con los sindicatos estadounidenses, que quieren proteger los empleos de sus afiliados de la competencia extranjera.

Además, Biden no se ha caracterizado por ser muy amigo de México. La agencia Associated Press lo citó diciendo en noviembre del 2006, cuando estaba a punto de asumir como presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, que Mexico es una ex democracia.

¿Ex democracia? La democracia autoritaria de siete décadas del Partido Revolucionario Institucional de México terminó en el 2000. Cualquiera sea nuestra opinión sobre el actual gobierno de México, el país es más democrático de lo que era hasta el 2000.

Biden no tiene un historial muy distinguido en lo que relacionado con Latinoamérica, dice Peter Hakim, director de Diálogo InterAmericano, una organización bipartidista en Washington D.C. Y Palin es una hoja completamente en blanco.

De hecho, Palin --quien, según se ha reportado, recién obtuvo su pasaporte el año pasado-- ha mostrado poco interés por la política exterior. El viernes, una busqueda de Google por su nombre y América Latina sólo produjo una entrada: la de un blogger que señalaba que no había ninguna entrada sobre el tema.

En cuanto a la inmigración, muchos creen que Palin es más aislacionista que McCain. Mientras McCain hasta hace poco apoyaba una reforma inmigratoria integral --que incluía una vía hacia la legalización para millones de trabajadores indocumentados-- , y recientemente cambió su postura para proponer que antes que nada se refuercen los controles fronterizos, Palin es bienvenida por los grupos antiinmigración como una de los suyos.

La conductora de radio Laura Ingraham, una de las favoritas de los grupos antiinmigración, relató en su programa este año que: Estuve sentada a su lado en una cena --fue en julio-- y hablé con ella. Y me dijo que no está a favor de una reforma integral. Se los aseguro. Está completamente harta de toda esta insensatez de la inmigración que hay en Estados Unidos.

Cuando les pregunté sobre la cita de Ingraham, publicada en el sitio de internet http://www.ontheissues.org/, dos voceros de la campaña de McCain-Palin dijeron que me volverían a llamar para confirmar o desmentir la información, pero no lo hicieron.

Mi opinión: tanto Biden como Palin apelan a los sectores más extremistas, populistas y aislacionistas de sus respectivos partidos. Gane quien gane las elecciones, ya sea Obama o sea McCain, ojalá que gocen de buena salud y puedan completar su período de gobierno, para que nos salvemos de tener a sus segundos al frente del Ejecutivo.

Andrés Oppenheimer

miércoles, 25 de junio de 2008

Obama y el cambio


Ted Sorensen, uno de los ideólogos del gobierno de John F. Kennedy, dijo que tal vez la elección de un presidente católico en 1960 era más difícil que la de un afroamericano en 2008. Puede ser. Hasta esa fecha todos los ocupantes de la Casa Blanca habían sido protestantes. Pero la sociedad americana, por su propia dinámica interna, cambió en la dirección en la que se ha movido incesantemente desde su fundación a fines del XVIII: la apertura y asimilación progresiva de todos los grupos étnicos, de todas las tendencias culturales y de las diversas minorías. Como parece que sucede en el Universo, Estados Unidos es una sociedad en perpetua y acelerada expansión.


Lo explicó muy bien el premio Nobel Douglass North en un ensayo reciente: Estados Unidos, sin proponérselo, inventó para el mundo lo que llama la ''sociedad de acceso abierto'' basada en la competencia y la subordinación a la ley. La combinación de esos dos elementos ha generado, por una punta, la renovación permanente de la élite dirigente en el terreno político, y, por la otra, el mayor desarrollo tecnológico y científico que ha conocido la especie. Este fenómeno, a su vez, ha producido una cantidad increíble de riquezas. Tras el ejemplo norteamericano hoy existen, al menos, dos docenas de países de ''acceso abierto''. Exactamente los más prósperos y estables del planeta.


Si esta perspectiva es correcta, el senador Obama no viene a traer el cambio: él es el producto de los cambios. En apenas medio siglo, los afroamericanos han pasado de luchar gallardamente por un puesto en la parte delantera del autobús a luchar por la conquista del despacho presidencial en la Casa Blanca. Pero este modo de entender a Estados Unidos también define el verdadero sentido de la presidencia norteamericana: la principal función del jefe del Estado no es guiar a los americanos en una dirección elegida por él o por los líderes de su partido, sino perfeccionar las instituciones y facilitar los mecanismos que hacen posible que las personas compitan en un clima justo para que el conjunto de la sociedad evolucione como consecuencia del resultado de las decisiones que libremente toman todos los días millones de personas. Eso es lo que ha hecho grande a Estados Unidos.


Esto se entiende mal en el exterior. Leo que los españoles votarían abrumadoramente por Obama si pudieran participar en las elecciones norteamericanas. Y esa misma fue la impresión que me llevé tras recorrer recientemente varios países latinoamericanos: prefieren a Obama. ¿Por qué? Por las malas razones: porque la imagen de Estados Unidos que prevalece en el mundo es muy negativa. Sin matizar, sin detenerse a comparar, ven al país como una potencia imperial manejada por las grandes corporaciones económicas, que atropella militarmente a los más débiles, consume una parte sustancial de las riquezas del planeta, ensucia la atmósfera y los océanos sin la menor conciencia, margina a los pobres dentro de sus fronteras --al extremo de negarles cuidados médicos--, y provoca graves turbulencias financieras internacionales con su irresponsabilidad en el manejo de sus gastos internos. O sea: exactamente la imagen que proyectan Michael Moore en sus sesgados documentales y una buena parte del establishment académico norteamericano en sus clases y publicaciones universitarias.


Para el mundo, esto es lo que Obama va a cambiar. Hay una relación directamente proporcional entre el grado internacional de obamismo y la mala percepción de Estados Unidos. Mientras peor es la imagen que se tiene del país, más confianza se posee en que el joven senador afroamericano eliminará esas conductas reprobables que le atribuyen a Estados Unidos. Cuando Obama dice que va a cambiar el país (aunque no haya definido qué va a cambiar y cómo), fuera de las fronteras americanas se le percibe como un revolucionario que, finalmente, terminará con los abusos de la CIA y el Fondo Monetario, retirará a las tropas acantonadas en el extranjero, someterá al orden a las multinacionales, cuidará del medio ambiente al costo que sea y gobernará para los pobres.


Entonces, ¿qué ocurrirá, realmente, si Obama llega a la Casa Blanca? Prácticamente nada de lo que sueñan los simpatizantes de Obama en el exterior. Como tampoco el católico Kennedy introdujo un cambio fundamental en la vida americana en los 1,000 días que gobernó al país. La inercia de la sociedad de acceso abierto se irá imponiendo. La competencia y el funcionamiento de las instituciones guiarán a la sociedad en la dirección que aleatoriamente vaya desplegándose. Contrario a la premisa retórica de Kennedy, lo importante, lo revolucionario, no es lo que Obama pueda hacer por su país, sino lo que su país ha podido hacer por Obama en un periodo relativamente breve. Eso es lo admirable.


Carlos Alberto Montaner

jueves, 12 de junio de 2008

Obama y el desafío latino


Uno de los mayores desafíos que le esperan al candidato presidencial demócrata Barack Obama será conquistar el voto hispano, porque en las elecciones primarias no le fue muy bien con los latinos, y no podrá llegar a la Casa Blanca sin un apoyo masivo de este grupo étnico.

No le será fácil. Si bien los hispanos han votado históricamente por los demócratas y lo hicieron en aún mayores procentajes en las recientes elecciones primarias de ese partido- en parte por la creciente retorica antiinmigrante del Partido Republicano-, gran parte del voto latino fue para la entonces rival de Obama para la candidatura del partido, Hillary Clinton.

La senadora Clinton derrotó a Obama entre los votantes hispanos por un 73 al 27 por ciento en Nueva York, un 69 contra un 30 por ciento en California, un 68 contra un 32 por ciento en Texas, un 70 contra un 30 por ciento en Nueva Jersey, y un 61 contra un 35 por ciento en Florida. Obama derrotó a Clinton entre los hispanos en Illinois, su estado, y otros, pero muy pocos.

Obama es particularmente débil entre los hispanos nacidos en el extranjero, que representan casi la mitad de los 13 millones de latinos registrados para votar.

Todo esto implica un enorme desafío para Obama. Para ganar en noviembre, no sólo necesita conquistar el voto hispano en los estados indecisos, que serán clave en esta elección -como Florida, Nuevo México y Colorado- sino que deberá hacerlo con un margen de ventaja más amplio del habitual.

''En las elecciones de este año el voto latino será más importante que nunca,'' afirma el encuestador demócrata Sergio Bendixen. ``Es posible que la elección nacional se defina en Florida, Nuevo México, Colorado y Nevada, donde el voto hispano será decisivo para determinar al ganador de esos estados.''

Según Bendixen, Obama necesita ganar el voto hispano con un margen de más del 55 por ciento en Florida y más del 65 por ciento en Nuevo México, Colorado y Nevada. Y si el candidato republicano, senador John McCain, les da pelea a los demócratas en Nueva Jersey, California y Pennsylvania, el margen de victoria de Obama en estos últimos estados tendría que ser aún mayor.

¿Lo logrará Obama? Una encuesta realizada la semana pasada por el grupo Carville-Greenberg muestra que Obama está ganándole a McCain entre los hispanos a nivel nacional por un 60 por ciento a un 34 por ciento. Otra encuesta difundida en estos días por Gallup revela que Obama tiene un 62 por ciento de intención de voto entre los hispanos a nivel nacional, contra un 29 por ciento para McCain.

Muchos estrategas demócratas citan estas encuestas como un buen augurio para Obama. Un nuevo estudio del New Democrat Network señala que el número de votantes hispanos en las elecciones primarias de este año se triplicó respecto de las primarias del 2004, y que el Partido Demócrata ha aumentado su intención de voto entre los hispanos en un 66 por ciento en los últimos cuatro años.

''Las últimas encuestas nacionales indican que la candidatura de Obama está muy fuerte entre los latinos, especialmente considerando la debilidad que mostró en ese grupo en las primarias,'' dice el presidente de la NDN, Simon Rosenberg. ``El electorado hispano tiene una nueva dinámica: estamos viendo un nivel muy alto de participación cívica, y un decidido vuelco hacia los candidatos demócratas.''

Los republicanos, a su vez, dicen que McCain sólo necesita acercarse al 38 o 40 por ciento del voto hispano que logró el presidente Bush en las dos elecciones anteriores, y que no está tan lejos de conseguirlo.

''Esta carrera recién ha comenzado, y todavía tenemos cinco meses para recordarle a los hispanos que John McCain siempre nos ha acompañado y se ha arriesgado políticamente por nuestra comunidad, mientras que los vínculos de Obama con la comunidad hispana son escasos o nulos,'' dice Ana Navarro, codirectora del Consejo de Asesores Hispanos de McCain. ``Las últimas encuestas son positivas para McCain, y un buen punto de partida sobre el que construir la victoria.''

Mi opinión: Obama tratará de conquistar el voto hispano centrando su discurso en las cuestiones que más los afectan, como la economía, el seguro universal de salud y la guerra con Irak. Es muy probable que McCain trate de no discutir esta agenda, sino que haga una campaña negativa contra Obama, recalcando su falta de experiencia y pintándolo como un hombre débil en seguridad nacional en un mundo cada vez más peligroso.

Obama no tiene más remedio que poner todo su empeño en ganar el voto hispano por un margen abrumador. En una reciente entrevista, el virtual candidato demócrata, que nunca ha visitado América Latina, me dijo que está planeando viajar a México antes de las elecciones de noviembre. Buenísimo. Pero tendrá que hacer mucho más que eso.

Andrés Oppenheimer

domingo, 1 de junio de 2008

Obama y el voto étnico


¿Por qué votan los electores? ¿Qué los motiva? La etnia a la que se pertenece, y a la que pertenecen los candidatos, sin duda, es un factor. El elector generalmente busca a uno de los suyos, o, por lo menos, del vecindario. Parece que el 95% de los electores afroamericanos votará por Obama. Es natural. Es la primera vez que un candidato negro tiene posibilidades de ser presidente de Estados Unidos. En los comicios locales de la Florida ocurre lo mismo. El votante cubanoamericano suele respaldar a los candidatos de esta procedencia, los anglos apoyan a quienes se les parecen a ellos y tienen nombres anglosajones (no siempre: hubo un gobernador anglo apellidado Martínez) y los afroamericanos prefieren a su gente.

No obstante, según las encuestas, el candidato Obama tiene el respaldo de un sector muy importante de votantes blancos. ¿Quiénes son esas personas? En general, electores de grandes centros urbanos, varones, más educados y prósperos que la media, demócratas e independientes que se autodenominan ''liberales'' en el distorsionado sentido que esta palabra, de origen español, ha adquirido en inglés. Para ellos, las diferencias étnicas pesan menos que la imagen positiva que perciben de Obama: un hombre joven, culto, dotado de una personalidad magnética, notable orador, empeñado en cambiar al país, aunque todavía no ha aclarado cómo ni en qué dirección. Creo, además, que votar por una persona de otra etnia les proporciona a los liberales la gratificación emocional de demostrar que son personas libres de prejuicios. (Es un mecanismo conocido: a las personas muy religiosas les conforta votar por los candidatos justos y severos. El voto es también una fuente de placer psicológico.)

El caso de los hispanos es muy interesante. Como suele ocurrir, los afroamericanos y los hispanos son dos minorías no muy bien integradas. Viven en barrios separados, y no es estrictamente una cuestión racial: los afrocubanos o los afrodominicanos prefieren residir entre hispanos que entre afroamericanos. La etnia y la cultura importan más que la cantidad de melanina que tiñe la piel. Entre ambos grupos fluyen prejuicios y estereotipos. Las pandillas juveniles hispanas y afroamericanas se enfrentan en las calles de las grandes ciudades y luego continúan sus cruentas batallas en las cárceles.

Cuando los hispanos tuvieron que elegir entre Obama y Hillary, prefirieron a Hillary. Pero entonces la elección era dentro del Partido Demócrata, al que pertenecen dos de cada tres hispanos. Por ahora nadie sabe con precisión qué sucederá cuando la alternativa sea entre un republicano blanco y un demócrata negro. ¿Prevalecerán los resabios étnicos o la filiación partidista?

Los judíos se enfrentan a un dilema parecido. La mayoría responde al perfil sociológico obamista (blancos, educados, radicados en ciudades grandes, más prósperos que la media, liberales y demócratas), pero las relaciones entre los afroamericanos y los judíos no son las mejores. Los líderes radicales negros vinculados al islamismo, como Louis Farrakhan, se han dedicado a envenenarlas. Ya casi nadie recuerda a Sammy Davis, aquel talentoso cantante y showman negro que se hizo judío sin dejar de burlarse de unos y otros. ''Desde que me hice judío —decía Davis— cada vez que paso frente a una joyería no sé si asaltarla o comprarme un diamante''. Cuando Barry Goldwater era el candidato republicano en las elecciones de 1964, un conservador sureño de Arizona, Dean Martin, solía consolar a su amigo Davis (muy demócrata) con una frase malvada: ''No sé por qué Sammy está preocupado. Ya le he dicho que si gana Goldwater yo lo compro''. Eran otros tiempos, menos preocupados por la corrección política. ¿Qué emoción va a prevalecer entre los electores judíos? ¿La secreta hostilidad étnica o la afinidad ideológica liberal? Todavía es muy pronto para saberlo.

En todo caso, me parece que Obama, no obstante ser hoy el candidato favorito, puede acabar perdiendo frente a McCain, pese a la edad del senador republicano, la impopularidad de su presidente, los problemas económicos que experimenta el país y el rechazo a la guerra de Irak. Y si Obama pierde será víctima, precisamente, de estos incómodos pero reales factores étnicos. Es a esto a lo que se refería Hillary Clinton cuando advertía sobre la probable no elegibilidad del senador Obama. Como McCain es un republicano moderado, no irrita a casi ningún blanco demócrata, republicano o independiente que sienta algún reparo en votar por un afroamericano. Triste e inevitablemente, la elección estadounidense será (ya va siendo), en gran medida, una contienda racial. Y ahí McCain lleva las de ganar.

Carlos ALberto Montaner

martes, 26 de febrero de 2008

McCain, un cabezón con mal genio


Dado que las primarias de los demócratas siguen bien empatadas, pero las de los republicanos ya han dado un ganador claro, parece el mejor momento de hablar de quién es John McCain, qué defiende y si a los liberales debería gustarnos, o no. Como suele suceder, tiene cosas buenas y malas, y siendo un político, las malas son más numerosas. Pero no son quizá tantas como pudiera parecer a primera vista.

A McCain se le ha criticado por estar más a la izquierda de lo que le gusta al partido y ser adorado por los medios progres estadounidenses. Pero quizá la principal razón para ello sea más su carácter que sus ideas. No es una persona diplomática ni sabe llevar el desacuerdo con elegancia, de modo que tiende a descalificar al adversario en lugar de argumentar. Y como sus posturas, en diversas y especialmente polémicas ocasiones, han sido distintas o incluso opuestas a las de su partido y su base, los destinatarios de sus invectivas han terminado siendo a menudo sus propios correligionarios. Normal, entonces, el cariño que recibe del New York Times, el Washington Post y demás templos de la progresía y la manía que se le tiene en su propio bando.

Una ventaja de ese carácter endemoniado suyo, seguramente heredado de su historial militar y familiar, pues su padre y su abuelo fueron almirantes y él estuvo preso del Vietcong cinco años, es que no es un candidato que cambie de ideas así como así. Él cree en lo que cree, y aunque pueda cambiar de opinión, no lo hace con frecuencia ni por ganar votos. No se le puede acusar de veleta como sí se hizo con Mitt Romney. Así, es fácil hacerse una idea de cómo sería una presidencia suya; basta mirar su historial.

En temas de libertades civiles, McCain no es un defensor a ultranza de los derechos individuales, sino un pragmático que igual puede defender que atacar una libertad concreta por lo que estima son sus resultados. De ahí una de las peores cosas que ha hecho en su carrera, juntarse con el muy izquierdista Feingold para aprobar una ley que coarta gravemente la libertad de expresión durante las campañas políticas, seas o no obispo. También es enemigo de la libertad de poseer armas de fuego.

Tampoco es precisamente el candidato ideal en asuntos medioambientales. Votó en contra de que se extrajera petróleo de Alaska y cree que el hombre está provocando el calentamiento global. Aquí, en cambio, su pragmatismo es una ventaja: no es tampoco un fiel seguidor de las paparruchas apocalípticas de Gore y cree que el camino hacia la independencia energética y la reducción del CO2 en la atmósfera es la energía nuclear, y que cualquier acuerdo sobre restricción de emisiones debe contar con China e India, lo que se acerca mucho a no apoyar acuerdo alguno en la práctica.

Sin embargo, en temas económicos su postura es bastante liberal. Votó en contra de los recortes de impuestos de Bush, pero argumentó que lo hizo por no ir acompañados de recortes equivalentes en gasto público. Es favorable al libre comercio y a la reducción del peso del Estado en la economía. Está en contra de la nacionalización de la sanidad y propone que puedan comprarse seguros médicos en estados distintos (reduciendo así la regulación excesiva mediante la competencia) y que quienes se pagan ellos mismos el seguro tengan exenciones fiscales que lo hagan asequible. También está a favor de los cheques escolares.

Entrando en asuntos más polémicos y con más divergencias entre liberales, es evidente que es un halcón en política exterior, un militar duro; eso es lo que todo el mundo sabe de él. En inmigración ha cambiado de postura, aunque tampoco mucho. Sigue siendo favorable a amnistiar a los ilegales ya establecidos en Estados Unidos, cosa que le granjeó un sinfín de críticas de su propio partido, pero ahora apoya que se blinden las fronteras antes de hacerlo para evitar un efecto llamada. Está a favor de la financiación federal de la investigación con células madre, pero en contra del aborto. No está a favor del matrimonio homosexual, pero sí de una unión civil.

¿Será el próximo presidente de Estados Unidos? Es difícil de decir, porque aunque pueda ganarse votos de independientes, también es probable que los pierda de su propia base, que no acaba de considerarle de los suyos. Si Hillary fuera la nominada en el lado demócrata, seguramente ésta le haría el favor de movilizar a los republicanos en contra suya, pero no parece que con Obama sucediera lo mismo. En cualquier caso, y visto que será sin duda el candidato republicano, la comparación con cualquiera de los dos posibles rivales demócratas lo hacen emerger como un mal muy menor.


Daniel Rodríguez H.