
"El progreso de la democracia consiste en acrecentar realmente la libertad, iniciativa y espontaneidad del individuo"... "La primera condición consiste en la eliminación del dominio oculto de aquellos que, aunque pocos en número, ejercen, sin responsabilidades de ninguna especie, un gran poder económico sobre los muchos, cuyo destino depende de las decisiones de aquellos" (Erich Fromm, El miedo a la libertad).
Resulta evidente que las democracias, en Latinoamérica, no solo han sido incapaces de acabar con este dominio ejercido por las elites estatales y mercantilistas, sino que más bien se han dejado llevar por "la economía de bienes simbólicos" que caracteriza a la socialdemocracia histórica. Desde el socialismo de golpe de tambor de la Venezuela de Chávez,, hasta el mercantilismo y socialismo disimulado de naciones como Brasil, Costa Rica y otras, podemos observar un común denominador: el deseo, por parte de una clase política corrupta, de omitir y censurar, sobre la base de simbolismos, el interés económico legítimo de los individuos.
En definitiva, las producciones simbólicas como métodos de dominación (ejemplos: el estado benefactor, las instituciones sociales, la iglesia, el líder benevolente y solidario, etc.) se erigen desde las clases dominantes, sirviéndose del factor ideológico para mantener y controlar su hegemonía, la cual se funda en intereses particulares enmascarados de bien común. La redistribución de la riqueza, desde las clases trabajadoras hacia los grupos organizados y políticamente conectados, tiene sus raíces en la evolución de Estados burocráticos que viven por y para sí mismos, en complicidad ingenua con quienes ignoran –por voluntad propia– que están sometidos a un poder simbólico casi hipnótico.
El Estado, como institución detentadora del monopolio de la violencia simbólica, se vale de herramientas y medios de manipulación con un alto nivel de sofisticación como los discursos públicos emotivos, las emergencias simbólicas y ficticias, el patriotismo irracional y las asistencias económicas adictivas a grupos estratégicos cuidadosamente seleccionados. A través del lenguaje, principio estructurador y manipulador, el complejo estatal echa mano a los medios de comunicación al alcance de su clientelismo para obtener un acuerdo implícito con las masas, una especie híbrida de "saber" que parece y pretende ser un "no saber".
He aquí la gran tragedia: el esclavo amante de su esclavitud.
Andrés Pozuelo
Resulta evidente que las democracias, en Latinoamérica, no solo han sido incapaces de acabar con este dominio ejercido por las elites estatales y mercantilistas, sino que más bien se han dejado llevar por "la economía de bienes simbólicos" que caracteriza a la socialdemocracia histórica. Desde el socialismo de golpe de tambor de la Venezuela de Chávez,, hasta el mercantilismo y socialismo disimulado de naciones como Brasil, Costa Rica y otras, podemos observar un común denominador: el deseo, por parte de una clase política corrupta, de omitir y censurar, sobre la base de simbolismos, el interés económico legítimo de los individuos.
En definitiva, las producciones simbólicas como métodos de dominación (ejemplos: el estado benefactor, las instituciones sociales, la iglesia, el líder benevolente y solidario, etc.) se erigen desde las clases dominantes, sirviéndose del factor ideológico para mantener y controlar su hegemonía, la cual se funda en intereses particulares enmascarados de bien común. La redistribución de la riqueza, desde las clases trabajadoras hacia los grupos organizados y políticamente conectados, tiene sus raíces en la evolución de Estados burocráticos que viven por y para sí mismos, en complicidad ingenua con quienes ignoran –por voluntad propia– que están sometidos a un poder simbólico casi hipnótico.
El Estado, como institución detentadora del monopolio de la violencia simbólica, se vale de herramientas y medios de manipulación con un alto nivel de sofisticación como los discursos públicos emotivos, las emergencias simbólicas y ficticias, el patriotismo irracional y las asistencias económicas adictivas a grupos estratégicos cuidadosamente seleccionados. A través del lenguaje, principio estructurador y manipulador, el complejo estatal echa mano a los medios de comunicación al alcance de su clientelismo para obtener un acuerdo implícito con las masas, una especie híbrida de "saber" que parece y pretende ser un "no saber".
He aquí la gran tragedia: el esclavo amante de su esclavitud.
Andrés Pozuelo












