
Vivimos en una época en donde las personas se jactan de su pragmatismo, de obtener resultados, de ocuparse de los fines y no de los medios. Esta escala valorativa se aprecia en su máximo esplendor en las relaciones internacionales a través de la Realpolitik. De lo que no se han percatado estos incautos es que no existe tal dilema entre valores y practicidad; todo lo contrario, esta es precisamente la función de los valores. El conflicto con Nicaragua es el fiel reflejo de cómo la Realpolitk al largo plazo no paga. Veamos:
Tenemos una política de relaciones internacionales absolutamente complaciente, timorata y cínica que, para algunos, es simplemente pragmática, esto es, que se ajusta a la necesidad y realidad de los tiempos. Así, hemos ingenuamente creído que nuestro silencio, cómplice e indiferente a las obscenas burlas a la institucionalidad de otros gobiernos en sus propios países, en nada han de preocuparnos o interesarnos. Este es el verdadero problema.
No se vale vanagloriarse de ser un país con una tradición demócrata, mientras se tienen relaciones con China o se permite el ingreso al seno de la OEA de la dictadura más añeja y podrida de la historia de Hispanoamérica, o mientras nuestros gobernantes durante las cumbres internacionales le hacen la corte a una serie de personajes políticos, cuyo único objetivo es acabar con el Estado de Derecho y perpetuarse en el poder. Esto no es una tradición democrática, es una tradición en el servilismo, la hipocresía y en el penoso oficio de tener dos caras.
Que no se nos olvide que la existencia de caricaturas como Ortega es gracias a toda esta impudicia que ha gobernado las relaciones internacionales de los últimos años, impudicia de la cual hemos sido partícipes y cómplices. Ojalá que este episodio nos sirva de lección.
Tenemos una política de relaciones internacionales absolutamente complaciente, timorata y cínica que, para algunos, es simplemente pragmática, esto es, que se ajusta a la necesidad y realidad de los tiempos. Así, hemos ingenuamente creído que nuestro silencio, cómplice e indiferente a las obscenas burlas a la institucionalidad de otros gobiernos en sus propios países, en nada han de preocuparnos o interesarnos. Este es el verdadero problema.
No se vale vanagloriarse de ser un país con una tradición demócrata, mientras se tienen relaciones con China o se permite el ingreso al seno de la OEA de la dictadura más añeja y podrida de la historia de Hispanoamérica, o mientras nuestros gobernantes durante las cumbres internacionales le hacen la corte a una serie de personajes políticos, cuyo único objetivo es acabar con el Estado de Derecho y perpetuarse en el poder. Esto no es una tradición democrática, es una tradición en el servilismo, la hipocresía y en el penoso oficio de tener dos caras.
Que no se nos olvide que la existencia de caricaturas como Ortega es gracias a toda esta impudicia que ha gobernado las relaciones internacionales de los últimos años, impudicia de la cual hemos sido partícipes y cómplices. Ojalá que este episodio nos sirva de lección.