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domingo, 8 de febrero de 2009

El verdadero Ché Guevara


La historia, cuando es contada por Hollywood, a menudo carece de sentido, pero por lo general los creadores de películas tienen el sentido común de no mostrar bajo una luz amable a los asesinos y los sádicos. Sin embargo, la nueva película de Steven Soderbergh hace eso, y más.

El Che como romántico revolucionario, tal como lo representa Benicio del Toro en la película de Soderbergh, nunca existió. Ese héroe de la izquierda, con su aire hippie y su barba, imagen que hoy es icónica de las remeras y taza de café de todo el mundo, es un mito creado por los propagandistas de Fidel Castro, una especie de cruza entre Don Quijote y Robin Hood.

Al igual que esas historias, el mito del Che tiene una similitud superficial con los hechos históricos, pero la historia real es mucho más oscura. Algún Robin Hood probablemente cometió actos violentos contra los ricos y, para cubrir sus rastros, dio a los pobres parte del botín. En la España medieval, probablemente había caballeros parecidos al Quijote cabalgando por las sendas del reino, librándolo no de dragones, sino de los pocos musulmanes que quedaban. Lo mismo es válido para el legendario Che. Ningún adolescente en rebelión contra el mundo o sus padres parece capaz de resistirse al atractivo de la imagen del Che. Vestir una remera con su rostro es la manera más sencilla y barata de parecer estar del lado correcto de la Historia.

Pose de moda. Lo que funciona para los adolescentes también parece funcionar con los directores de películas que quieren sentirse eternos adolescentes. En los años 60, el estilo Che, con barba y boina, era al menos una atrevida declaración política. Hoy es poco más que una pose de moda que inspira una épica de Hollywood de gran presupuesto. ¿Qué viene después, un parque temático del Che? Sin embargo, una vez hubo un verdadero Che Guevara: es menos conocido que la marioneta de ficción que ha reemplazado a la realidad. El verdadero Che fue una figura más significativa que su clon de ficción, ya que fue la encarnación de lo que la revolución y el marxismo realmente significaron en el siglo veinte.

El Che no era un humanista. De hecho, ningún líder comunista sostuvo nunca valores humanistas. Fieles al profeta fundador de su movimiento, Stalin, Mao, Castro ni el Che tuvieron nunca respeto por la vida. Para bautizar un nuevo mundo, era necesario derramar sangre. Cuando uno de sus primeros compañeros de lucha lo criticó por la muerte de millones de personas durante la revolución china, Mao observó que millones de chinos mueren todos los días, así es que ¿qué importa? De manera similar, el Che podía matar y encogerse de hombros. Estudió medicina en Argentina, pero escogió no salvar vidas, sino eliminarlas. Tras llegar al poder, el Che condenó a muerte a quinientos “enemigos” de la revolución sin juicio previo, ni siquiera con demasiada discriminación.

Destruyó la agricultura. Castro, que no es ningún humanista, hizo lo que pudo por neutralizar a Guevara y lo nombró ministro de Industria. Como era de esperarse, el Che aplicó políticas soviéticas a los cubanos: la agricultura fue destruida y por todo el país quedaron regadas fábricas fantasmas. No le importaban la economía de Cuba ni su pueblo: su propósito era buscar la revolución por si misma, significara lo que significara, como el arte por el arte.

De hecho, sin su ideología el Che habría sido poco menos que otro asesino en serie. La propaganda ideológica le permitió matar en números mayores que lo que habría podido imaginar cualquier asesino en serie, y todo en el nombre de la justicia. Hace quinientos años, el Che probablemente habría sido uno de esos soldados que exterminaron a los nativos de América Latina en el nombre de Dios. En el nombre de la Historia, el Che consideraba que matar era una herramienta necesaria de una causa noble.

Pero supongamos que juzgamos a este héroe marxista según sus propios criterios: ¿realmente transformó al mundo? La respuesta es sí, pero para peor. La Cuba comunista que ayudó a crear es un fracaso indiscutible, mucho más empobrecida y menos libre que antes de su "liberación". A pesar de las reformas sociales de las que la izquierda gusta jactarse acerca de Cuba, el índice de alfabetismo era mayor antes de que Castro llegara al poder, y el racismo contra la población negra estaba menos extendido. De hecho, hoy es mucho más probable que los gobernantes de la isla sean blancos que durante los días de Batista.

Gestor de dictaduras militares. Más allá de Cuba, el mito del Che ha inspirado a miles de estudiantes y activistas en toda América Latina, haciéndolos perder la vida en absurdas guerras de guerrillas. La izquierda, inspirada por el canto de sirena del Che, prefirió la lucha armada a las urnas. Al hacerlo, abrió el camino a las dictaduras militares. América Latina aún no se ha curado de estos efectos secundarios del guevarismo.

De hecho, cincuenta años después de la revolución cubana, los latinoamericanos siguen divididos. Las naciones que rechazaron la mitología del Che y escogieron el camino de la democracia y la libertad de mercado, como Brasil, Perú y Chile, están mejor que nunca: la igualdad, la libertad y el progreso económico han avanzado a la par. Por el contrario, las que siguen nostálgicas de la causa del Che, como Venezuela, Ecuador y Bolivia, están en estos momentos al borde de la guerra civil.

El verdadero Che, que dedicó la mayor parte de su tiempo como presidente del Banco Central de Castro a supervisar ejecuciones, merece ser mejor conocido. Quizás si la película épica de dos partes de Soderbergh resulta un éxito de taquilla, sus financistas querrán filmar una secuela más ajustada a la verdad. Ciertamente no faltaría material para “La verdadera historia del Che”.

Guy Sorman

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Ché Guevara: máquina de matar


La persistencia de la vieja leyenda del guerrillero “heroico” Ernesto “Che” Guevara, 40 años después de su muerte, es prueba palpable y dolorosa de la decadencia ideológica, política y moral que envuelve a nuestros países. Una vez más, con celo religioso, la izquierda radical recordó el fallecimiento de su héroe máximo con interminables alabanzas al espíritu indómito que luchó por la libertad y dignidad de los pueblos latinoamericanos. La realidad es muy diferente. El Che fue un combatiente feroz, sanguinario, una verdadera máquina de matar. Y él mismo jamás pretendió ser otra cosa.

El Che libertador y justiciero al que hoy le rinde culto la izquierda existe solamente en la enfermiza imaginación de fanáticos que se avocaron a idealizarlo. La auténtica historia debe ser contada. El 1 de enero de 1959, el dictador Fulgencio Batista escapó de Cuba acosado por los revolucionarios. Dos años más tarde, la isla ya era una gran prisión, hasta el punto que uno de cada 18 cubanos se convirtió en prisionero político. Hoy Cuba sigue siendo una inmensa mazmorra. Los campos de concentración soviéticos palidecen en comparación. Freedom House estima que unas 500 mil personas pasaron por las cárceles cubanas.

Las ejecuciones no fueron todas clandestinas. En las Naciones Unidas el Che reconocía en sorna: “nosotros ejecutamos” y “seguiremos ejecutando”. Y no exageraba. Para 1964, 14 mil personas ya habían sido ejecutadas. Consideraba el derecho a la defensa y el juicio previo una pérdida de tiempo de la burguesía. “Ante la duda”, decía, “es mejor matar”. Así ejecutó a 216 personas en la Sierra Maestra, en Santa Clara y en la prisión de La Cabaña.

El oscurantismo que prevalece entre líderes de la izquierda latinoamericana se evidencia en que el Che aún sigue siendo uno de sus máximos ídolos. Sobre una burda caricatura de idealismo revolucionario continúan rindiendo homenaje al sanguinario guerrillero. Olvidan que el Che solía firmar “Stalin II”, a quién emulaba en su ferocidad, enseñando que los soldados deben vivir del odio porque un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal.

El Che no solo utilizó el odio y la intolerancia como símbolos, sino que los llevó a la práctica como armas de guerra. Promovía “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. ¿Qué idealismo puede existir en un hombre cuya máxima aspiración era convertirse en una “fría máquina de matar”? ¿Son éstos los ideales que ofrece a la juventud el “socialismo del siglo XXI” de Hugo Chávez?

El Che ha sido neciamente idolatrado, no solo por la torpeza y miopía de los dirigentes e intelectuales de izquierda, sino también por la prolongada barbarie que impuso la “revolución cubana”. Alvaro Vargas Llosa en “La máquina de matar: El Che Guevara, de agitador comunista a marca capitalista”, expone al Che de carne y hueso, sadista, arrogante, sectario y entusiasta de los pelotones de fusilamiento.

Pero los intelectuales socialistas nunca entendieron que su política de “odio intransigente al enemigo” y su visión apocalíptica de la “reforma agraria” llevadas a la práctica en Cuba resultaron en un rotundo fracaso Pero sí lo comprendieron los rudos campesinos bolivianos que lo rechazaron. El Che reconoció desde las selvas bolivianas: “las masas campesinas no nos ayudan en absoluto”, lo cual contribuyó a su captura y posterior ejecución.

La verdad sobre el Che comienza a surgir por encima de la ignorancia y el fanatismo. Tarde o temprano la historia lo recordará en su dimensión real, como un símbolo de la monstruosidad a que pueden llegar los hombres cuando se dejan llevar por utopías intransigentes que, utilizando el odio y el terror, prometen llevarnos al paraíso socialista. Esa será la única contribución del Che a la humanidad.

Porfirio Cristaldo Ayala