martes, 6 de mayo de 2014
La columna de Carlos Federico Smith: camino a la dependencia
lunes, 8 de agosto de 2011
Tema polémico: redistribución de la riqueza, mal de muchos y consuelo de tontos

ETICO- CULTURAL:
Lo primero que debemos aclarar es que en ASOJOD partimos de que los seres humanos son dueños de sí mismos. No pertenecen ni a Dios, ni al Estado, ni a la Sociedad, ni al Gobierno, ni al partido político ni a nadie más que a ellos mismos. De lo que se deriva que aquello que produce el hombre con su propiedad (mente-cuerpo) también le pertenece y cualquier intento de arrebatarle por la fuerza los frutos de su esfuerzo no es más que un robo.
Así las cosas, cuando se permite el robo institucionalizado -impuestos- dejamos de ser sociedad y civilización, esto es, división del trabajo especialización e intercambio, para convertirnos en una organización mafiosa. Precisamente, el segundo punto de donde partimos, es que cada individuo es un fin en si mismo, es el máximo valor, es un absoluto que debe ser respetado totalmente, siendo que no puede ser instrumentalizado para satisfacer las necesidades, deseos o caprichos de otros. Este es el verdadero humanismo, no aquel que pregonan algunos mal llamados progres. Humanismo que consiste en que las personas deben tratarse unas a otras a través de la cooperación (intercambio) y no por medio de la violencia (lucha de clases). Rand lo resumió muy bien al decir: “Sangre, látigos, cañones o dólares. Elegir... No existe otra opción y el tiempo apremia” En este sentido, sólo existen dos modos de tratarnos unos a los otro: la ética (voluntad, persuación e intercambio) o la antiética (robo, fuerza, violencia y amenaza).
Por último, el aspecto cultural se refiere a lo que Ortega y Gasset analizara en su Rebelión de las Masas. Precisamente, con este tipo de políticas públicas, los ciudadanos empiezan a olvidar que la civilización no se crea del aire y que este tipo de políticas destruyen los cimientos mismos que permiten la generación de la riqueza y el progreso. Es más, cada día que pasa se forman nuevas generaciones parasitarias, que sólo demandan derechos y prebendas, que lo único que desean es poner la mano y que el Estado (o sea los otros) les resuelva sus vidas y pague por sus facturas. Evidentemente, este proceder acaba con el tejido social, alimenta la pereza, la dependencia y la envidia, mientras que socava el emprendimiento, el honor y la responsabilidad.
ECONÓMICOS:
Este punto es muy simple: el dinero que toman por la fuerza los políticos para, supuestamente dárselos a otros más necesitados, deja de ser ahorrado e invertido. Son estas dos actividades las únicas que verdaderamente pueden mejorar de forma sostenida las condiciones de vida de los más necesitados y no la mera demagogia y las soluciones simplistas de nuestros mandatarios. Se necesita ahorrar para que haya inversión, en el momento en que se invierte se demanda más mano de obra, al demandar más mano de obra los salarios aumentan. De igual forma, con la inversión se obtienen mejores formas de producción, lo que permite que los consumidores puedan acceder a mejores precios, con lo que cada vez su dinero les rinde más (siempre y cuando el Estado no haga que el mismo desaparezca a través de la inflación). Esta es la única receta para el desarrollo, el resto es cuento chino.
Además, debemos recordar lo que ya decía el fallecido Milton Friedman, en el sentido de que existen 4 tipos de gastos, donde el más efectivo es aquel en donde una persona gasta su dinero en sí misma, esto por dos razones sencillas: la primera es que al ser su dinero tiene mayores incentivos para cuidarlo y darle un buen uso, y que al gastarlo en sí mismo sabe precisamente cuales son sus necesidades y preferencias. Mientras que la peor forma de gasto, es que alguien gaste el dinero de otro en una persona distinta a sí mismo, esto por las mismas razones expuestas anteriormente sólo que a la inversa. ¿Adivinen dentro de cual tipo se encuentra la resditribución?
Por supuesto, que el argumento de la Presidente es todavía más fácil de desvirtuar cuando agregamos circunstancias “reales”, como lo son: la corrupción, los grupos de presión, la búsqueda de rentas, la inoperancia burocrática, la mala administración y ejecución de políticas públicas, etc. Así que, guanacastecos, eso de quitarle a unos para dárle a ustedes no es tan cierto: los intermediarios siempre se dejan buena parte de los recursos. Y conociendo al Estado costarricense, si acaso les dejará las migajas.
CONCEPTUAL:
Para no pecar de extensos, y además por ser este un mero blog, no nos adentraremos en este punto sino que sólo los dejaremos señalado para que los lectores interesados puedan profundizar en ellos de así desearlo.
Lo primero que se debe apuntar es que, como bien señala Hayek, en “El Atavismo de la Justicia Social”, los procesos de orden espontáneo, como lo son la asignación de recursos dentro de un mercado, no pueden ser considerados justos o injustos, ya que los mismos no son diseñados o decididos por nadie. Pretender dotarlos de dichos calificativos es un mero antropoformismo ingenuo, que carece de tanto sentido como afirmar que un temblor fue bueno o malo.
Lo segundo que se debe recalcar, es que con la teoría del valor subjetivo las asimetrias de ingreso, respecto a las necesidades se vuelven inconmensurables. Para ponerlo en sencillo, conceptualmente hablando no se podría afirmar nunca con algún grado de certeza que por ejemplo Bill Gates “valora” menos un dólar extra que un indigente.
Todos estos puntos apenas son una pincelada acerca de la crítica que se le podría hacer a la majadería de la Presidente. Todavía quedan muchos cartuchos por quemar, no se desesperen amigos lectores.
sábado, 23 de enero de 2010
Olafo, Robin Hood y el Estado

Hace unos días la tira cómica de Olafo presentó un simpático diálogo como el que sigue (no lo reproduzco textualmente porque al momento de escribir este artículo ya ese periódico se había enviado al reciclaje): ¿Cuál es tu nombre extranjero?, preguntó Olafo. Me llamo Robin Hood. ¿A qué te dedicas? Robo a ricos para dar a los pobres. Pero si todo lo das, ¿de qué vives? De la comisión del 20% que me dejo.
Una (no la única, pero sí la que más recursos presupuestarios consume) de las funciones del Estado es la redistribución de riqueza entre los miembros de la sociedad.
En estricta teoría de las finanzas públicas, esta labor debería satisfacer los siguientes criterios:
(a) Las transferencias han de ser de rico a pobre, no entre iguales y menos de pobre a rico.
(b) El esquema debe ser de sencilla administración, para que sea soportable por los contribuyentes y no una carlanca de ineficiencia económica.
(c) La pobreza que se atiende debe obedecer a mala suerte, no a malas prácticas de los receptores de la ayuda, pues esto aparejaría riesgo moral. Recuérdese el dictado del influyente apóstol Pablo: “Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma” (2 Ts 3:10)
Lo anterior implica que las ayudas redistributivas deben ser por montos relativamente bajos, pues de otra forma nadie tendría incentivo para trabajar: ni el pobre, porque mejor vive pegado a la teta del Estado; ni el emprendedor rico, porque el fruto de su esfuerzo le es “robado” (para usar la expresión de Robin Hood).
Por último, (d) los programas de transferencias deben contribuir a subsanar las causas de la pobreza (e. g.: mala salud, deficiente educación) y a igualar oportunidades; es decir, ser pro-crecimiento económico. Mejor enseñar a pescar que dar un pescado, dice el refrán.
Si el esquema se ajusta a los criterios expuestos, la distribución del ingreso nacional después de la labor del Estado (medida por el coeficiente de desigualdad Gini) será “mejor” que antes de ella. Sin embargo, en América Latina, y en Costa Rica en particular, eso no ocurre así, porque no todas las transferencias son de rico a pobre.
Hay algunas, importantes, con poderosos grupos de interés que luchan por mantenerlas, como las pensiones con cargo al presupuesto nacional y las transferencias a las universidades públicas, que son de pobre a rico.
Esto ha sido documentado por estudios de expertos de la UCR, entre otros. Además, el costo de los esquemas redistributivos (medido por lo que se gasta en administración y por la alteración de los incentivos a producir) es muy alto; más alto que el 20% que Robin Hood dice dejarse. ¿Me explico, Olafo?
Thelmo Vargas
lunes, 6 de julio de 2009
Tema polémico: el Estado incentiva la delincuencia

En ASOJOD hemos sido enfáticos en que la única función legítima del Estado es la protección de los derechos individuales, por lo que deseamos dedicar este Tema polémico analizar qué tan bien realiza el ogro filantrópico esta importante tarea.
Para realizar este análisis, utilizaremos las herramientas de la praxeología, según la cual, el delincuente, cada vez que comete una ilegalidad, realiza una acción humana, esto es, elige volitiva y libremente robar sobre no robar; prefiere quebrantar el orden social que apegarse a las normas de convivencia. Esto implica que el delincuente, para lograr sus fechorías, debe tomar en cuenta una serie de variables, debe elegir medios para alcanzar sus fines, debe tomar riesgos, etc. La pregunta del millón de dólares que queremos lanzar en este Tema polémico, es: ¿qué papel desempeña el Estado en todo este juego de valoraciones que realiza el ladrón? O lo que es lo mismo, ¿incentiva el Estado estas conductas antisociales o mas bien las desincentiva?
En ASOJOD consideramos que, efectivamente, las incentiva, por varias razones. En primer lugar, las corrientes dominantes de la psicología y la sociología parten de la premisa de que el individuo no es responsable de sus acciones, sino que la sociedad misma lo ha empujado a cometer fechorías, ya sea porque le ha negado las oportunidades de progresar, por la mala distribución de riqueza o por los "valores individualistas imperantes". En ese sentido, estas concepciones consideran, prejuiciosamente, que el pobre es potencialmente un delincuente y que comete ilícitos por su condición. O sea, excluye el hecho de que la persona, libre y voluntariamente, decide cometer actos contrarios a la ley y a los principios básicos de convivencia humana.
Pues bien, esta visión sobre la causalidad del hecho antijurídico es el resultado de las políticas públicas de los políticos de siempre. ¿Por qué? Muy fácil. Cuando los políticos redistribucionistas desarollan programas como el bono de vivienda, el seguro social, la educación gratuita, los subsidios y demás medidas inspiradas en la "solidaridad" de los ricos para con los pobres, envían una señal clara a los ciudadanos: no se preocupen por asumir la responsabilidad de su vida, pues yo Estado lo haré por ustedes. Así pues, y a manera de ejemplo, cuando una persona tiene 5 o 6 hijos, a pesar de no poder mantenerlos, no se preocupa porque sabe que tiene asegurada una pensión, becas escolares, atención médica gratuita y demás alcahueterías. Con esto, los individuos se van acostumbrando a que ellos no deben hacer nada por ganarse las cosas, sino que los demás tienen la obligación de dárselas, es decir, se incentiva la idea de una lista infinita de derechos y nada de responsabilidades.
Así las cosas, si el individuo se considera exento de responsabilidades, creerá que tiene derecho obtener las cosas sin trabajar por ello, viendo el robo como una forma fácil de adquirirlas. Y si, grandes masas de la población avalan no sólo los programas, sino también, la conducta de ese individuo, este se sentirá que no cometió un error; por el contrario, se sentirá legitimado para ejecutar sus actos y jamás creerá estar obligado a cumplir con sus responsabilidades y deberes, siendo uno de ellos el respeto a la propiedad privada.
Pero esto no es todo. Resulta que, como el individuo cometió un delito, los demás deben responder subsidiariamente. ¿Cómo? De dos formas: primero, financiando programas para "generar oportunidades", en el sentido antes descrito; segundo, y como si eso no fuera poco, debe pagar cientos de cosas si el delincuente es apresado, cosa que, de por sí, es complicada, dada la alcahuetería con que opera nuestro sistema penal: atención médica si la necesita, defensor público si no puede costeárselo, ropa, jabón, comida, luz y agua y demás elementos que necesite el malhechor en su estancia en prisión. De hecho, hace algún tiempo, en un reportaje en Canal 7, se calculó que el costo diario promedio de un individuo en prisión era mayor a ¢3.000. O sea, esta es la cifra que los tax payers pagamos para que un individuo tenga todos esos beneficios sin haber hecho algo para merecerlos o, planteado de otra forma, eso es lo que terminamos aportando para "premiar" la fechoría.
Sólo pónganse a pensar si a usted, individuo honesto y trabajador, le dan cama, agua, comida y TV por hacer nada dentro de una habitación. ¿Verdad que no? Usted tiene que salir a trabajar para ganar el dinero que le permitirá adquirir esos beneficios, pues de lo contrario, no los tendrá. Entonces, es claro que se está premiando al criminal a costillas del inocente.
En ASOJOD no podemos tolerar que unos vivan costa de otros, que los utilicen como medios para alcanzar sus fines. Somos defensores del credo de las ganancias merecidas, por lo cual, las personas deben recibir aquello que han generado. Por ello, nos oponemos tanto a los programas sociales antes descritos, como a la charlatanería de mantener, darle atención médica, educación y defensa pública y, en general,ofrecerle una temporada de relajación y disfrute al criminal durante su estancia en prisión.
Por tanto, consideramos que, si el individuo cometió un delito, debe asumir todas las consecuencias de sus actos. Y si es encarcelado, debe procurar por sí mismo o mediante la ayuda voluntaria de otros, la forma de mantenerse en prisión. Rechazamos que sea deber de los inocentes hacerse cargo de un individuo que, expresamente, ha violentado los principios básicos de convivencia y se ha erigido como su enemigo.
