
Es un hecho. Vivimos en un mundo muy diferente al que conocieron nuestros padres y abuelos. Estamos inmersos en la Economía del Conocimiento. Hoy por hoy, los conceptos más populares citados por los economistas, educadores y empresarios de las principales economías del mundo son “wikieconomía” y “el mundo es plano”. Ya las barreras geopolíticas son cada vez más débiles gracias a nuevas tecnologías de la información como internet. Mucho ha cambiado y el mercado no es, de ninguna manera, la excepción. Lastimosamente, como analizaremos más adelante, los gobernantes latinoamericanos parece que no se han dado cuenta de este hecho tan evidente.
Contrario a la que sucedía hace muchas décadas, ahora el nivel de riqueza de un país no se mide por la cantidad y variedad de los recursos naturales que tengan dentro de su territorio. Ahora los países más ricos del mundo son aquellos en los cuales las personas invierten en productos y servicios con un alto nivel de tecnología y más allegado a las necesidades del cliente final en el mundo globalizado. Los ejemplos son clarísimos; países como Taiwan, Singapur y Hong Kong tienen de los PIB per cápita más altos del mundo y al mismo tiempo cuentan con pocos recursos naturales. Asimismo, otros países que tienen muchísimos recursos naturales como Nigeria y Venezuela tienen niveles altísimos de pobreza. Nunca falta alguien que todavía se pregunte por qué un país tan rico en recursos naturales como Argentina es cada vez más pobre. La respuesta es obvia: las necesidades y prioridades en el mercado han cambiado y parece que nuestras economías latinoamericanas todavía no se han dado cuenta.
¿Y por qué no se han podido dar cuenta? ¿Por qué Latinoamérica no ha sabido aprovechar las oportunidades que esta nueva era nos brinda? La respuesta es por culpa de las mismas personas que, con la excusa de la justicia social. han impuesto un sinfín de regulaciones y barreras en los mercados y no han permitido que los mismos se desarrollen como se debe. Otra característica que comparten todos los países que han podido insertarse exitosamente en la nueva economía y es el hecho de que permiten que las personas sean libres para tomar sus propias decisiones en un mercado sin regulaciones ni barreras. Han permitido que “el río siga su curso natural”. Por el contrario, los políticos latinoamericanos se empeñan en proponer que sea el Estado, mediante Ministerios, Institutos o Consejos, los que decidan todo aquello en lo que la creatividad burocrática pueda pensar. ¿Y qué hacen cuando ese estatismo fracasa? Culpar al mercado, culpar a la libertad y pedir aún más Estado.
En definitiva, algunos nunca aprenden.
Contrario a la que sucedía hace muchas décadas, ahora el nivel de riqueza de un país no se mide por la cantidad y variedad de los recursos naturales que tengan dentro de su territorio. Ahora los países más ricos del mundo son aquellos en los cuales las personas invierten en productos y servicios con un alto nivel de tecnología y más allegado a las necesidades del cliente final en el mundo globalizado. Los ejemplos son clarísimos; países como Taiwan, Singapur y Hong Kong tienen de los PIB per cápita más altos del mundo y al mismo tiempo cuentan con pocos recursos naturales. Asimismo, otros países que tienen muchísimos recursos naturales como Nigeria y Venezuela tienen niveles altísimos de pobreza. Nunca falta alguien que todavía se pregunte por qué un país tan rico en recursos naturales como Argentina es cada vez más pobre. La respuesta es obvia: las necesidades y prioridades en el mercado han cambiado y parece que nuestras economías latinoamericanas todavía no se han dado cuenta.
¿Y por qué no se han podido dar cuenta? ¿Por qué Latinoamérica no ha sabido aprovechar las oportunidades que esta nueva era nos brinda? La respuesta es por culpa de las mismas personas que, con la excusa de la justicia social. han impuesto un sinfín de regulaciones y barreras en los mercados y no han permitido que los mismos se desarrollen como se debe. Otra característica que comparten todos los países que han podido insertarse exitosamente en la nueva economía y es el hecho de que permiten que las personas sean libres para tomar sus propias decisiones en un mercado sin regulaciones ni barreras. Han permitido que “el río siga su curso natural”. Por el contrario, los políticos latinoamericanos se empeñan en proponer que sea el Estado, mediante Ministerios, Institutos o Consejos, los que decidan todo aquello en lo que la creatividad burocrática pueda pensar. ¿Y qué hacen cuando ese estatismo fracasa? Culpar al mercado, culpar a la libertad y pedir aún más Estado.
En definitiva, algunos nunca aprenden.