
miércoles, 27 de agosto de 2008
El petróleo y la política

jueves, 24 de julio de 2008
La inquisición verde

Jim Hansen, asesor científico de Gore y perteneciente a la NASA, incluso superó a su asesorado. Sugiere que habrá aumentos del nivel del mar de 24 metros (80 pies), y que un aumento de seis metros ocurrirá en este siglo. Poco sorprende que su colega ambientalista Bill McKibben declare que "estamos en una carrera desbocada para ahogar a gran parte del planeta y gran parte del resto de la creación".
Considerando todas las advertencias, hay una verdad ligeramente inconveniente: a lo largo de los últimos dos años, el nivel global del mar no ha aumentado. De hecho, ha disminuido ligeramente. Desde 1992, los satélites que orbitan el planeta han medido el nivel global del mar cada 10 días con un increíble nivel de precisión: 3,4 milímetros (0.2 pulgadas). A lo largo de 2 años, los niveles del mar han bajado, y todos estos datos están disponibles en sealevel.colorado.edu.
Esto no significa que el calentamiento global no sea cierto. A medida que emitimos más CO2, con el tiempo la temperatura aumentará moderadamente, haciendo que el mar se caliente y expanda un poco. Eso es lo que nos dice el panel de las Naciones Unidas sobre el cambio climático; los mejores modelos indican un aumento del nivel del mar en este siglo de 18 a 59 centímetros (7 a 24 pulgadas), y la estimación más común es de 30 centímetros (un pie). No se trata de algo aterrorizante ni particularmente amenazante: 30 centímetros es lo que el mar aumentó en los últimos 150 años.
En pocas palabras, se nos está haciendo creer historias muy exageradas. Proclamar que el mar aumentará seis pies este siglo está en contradicción con miles de científicos de la ONU, y exige que el nivel del mar acelere su aumento en cerca de 40 veces de lo que es hoy en día. Imagínense cómo hablarían los alarmistas del cambio climático si realmente viéramos un aumento en el nivel del mar.
Cada vez más los alarmistas plantean que no se nos debería permitir escuchar esos hechos. En junio, Hansen proclamó que las personas que propagan "desinformación" acerca del calentamiento global -directores ejecutivos de corporaciones, políticos, de hecho cualquiera que no siga la estrecha definición de Hansen sobre lo que es la verdad- deberían literalmente ser juzgados por crímenes contra la humanidad.
Es deprimente ver a un científico -incluso a uno politizado- llamar a que se haga una inquisición moderna. Parece inexcusable un intento así de descarado por tratar de limitar la libertad científica y coartar la libre expresión.
Sin embargo, es tal vez el síntoma de un problema mayor. Es difícil mantener el pánico sobre el cambio climático si la realidad diverge de las predicciones alarmistas más que nunca antes: la temperatura global no ha aumentado en los últimos diez años, ha disminuido notablemente en el último año y medio, y los estudios indican que es posible que no vuelva a aumentar sino hasta a mediados de la próxima década. Con una recesión global en ciernes y los altos precios del petróleo y los alimentos socavando los estándares de vida de la clase media occidental, se está haciendo cada vez más difícil vender la solución de recortes de emisiones de carbono de alto coste que propone el ineficiente estilo del tratado de Kyoto.
Un enfoque mucho más sólido que el de Kyoto y su sucesor sería invertir más en investigación y en el desarrollo de tecnologías que no generen emisiones de carbono, lo cual es una manera más barata y eficaz de verdaderamente solucionar el problema climático.
Hansen no es único que intenta culpar a otros de las dificultades de vender su mensaje. El principal ambientalista de Canadá, David Suzuki, declaró este año que los "políticos que sean cómplices del cambio climático deberían ir a la cárcel". El activista Mark Lynas piensa en "tribunales penales internacionales" al estilo de Nuremberg contra quienes se atrevan a cuestionar el dogma climático. Claramente, este artículo me pone en riesgo de ser víctima de Hansen y compañía.
Sin embargo, el problema real del planeta no es una serie de hechos inconvenientes, sino el hecho de que hemos evitado emprender soluciones de sentido común y, en lugar de ello, hemos adoptado políticas erradas y alarmistas.
Piénsese en uno de los pasos más importantes que se ha emprendido para responder al cambio climático. Adoptados por pánico, los biocombustibles se suponía que iban a reducir las emisiones de CO2. Hansen los describió como parte de "un futuro más brillante para el planeta". Sin embargo, usar los biocombustibles para combatir el cambio climático debe haber sido una de las peores "soluciones" a un reto global de los últimos tiempos.
En esencia, los biocombustibles sacan alimentos de las bocas de las personas y los ponen en los automóviles. Los cereales que se necesitan para llenar de etanol una SUV son suficientes para alimentar a un africano un año entero. El 30 por ciento de la producción de maíz de ese año de E.U. se destinará a los vehículos estadounidenses, lo cual sólo es posible gracias a subsidios que llegarán en el mundo a 15 mil millones de dólares sólo este año.
Puesto que la mayor demanda de biocombustibles hace que disminuyan los bosques ricos en carbono, un estudio realizado en 20008 por Science demostró que el efecto neto de usarlos no es reducir las emisiones de CO2, sino 'duplicarlas'. El apuro por usar biocombustibles también ha contribuido a aumentar los precios de los alimentos, lo que ha hecho que cerca de 30 millones de personas adicionales hayan caído en la hambruna.
Debido al pánico ante el cambio climático, nuestros intentos por mitigarlo han causado un desastre sin paliativos. Derrocharemos cientos de miles de millones de dólares, agravaremos el cambio climático y aumentaremos dramáticamente el hambre en el mundo.
Tenemos que poner punto final a que se nos aterrorice tan fácilmente, debemos dejar de aplicar políticas estúpidas y es hora de que comencemos a invertir en investigación y desarrollo (I y D) inteligentes. Deben terminar las acusaciones de "crímenes contra la humanidad". De hecho, el mayor crimen es el del alarmista que cierra las mentes a las mejores maneras de responder al cambio climático.
Bjorn Lomborg
martes, 15 de julio de 2008
¿Especuladores ambiciosos?

Muchos miembros del congreso establecen soluciones a cosas que ni ellos entienden y causan problemas donde no hay o empeoran algún problema real, lo cual explica la actual subida de los precios de la gasolina. Hay mercados “de futuro” en productos agrícolas, metalúrgicos y energéticos. En un mercado de futuro, es posible comprar o vender cosas para entregar en una fecha posterior. La razón por la que los mercados de futuro se han desarrollado formalmente hace un par de años y por la que son tan importantes en la economía mundial, es porque han hecho posible que productores y consumidores puedan compensar el riesgo de los cambios de precio con quienes están dispuestos a tomarlos.
Asuma que usted es un agricultor y estima que este año puede producir maíz por $5 por saco, y que al momento el maíz se está vendiendo por $7 el saco. Con una utilidad de $2 por saco, el maíz es el producto más rentable que usted puede producir, así que usted podría planear una ampliación en sus plantaciones de maíz. Usted teme, como es normal, que otros productores como usted también siembren más maíz. Pero este maíz adicional podría causar que el precio baje, especialmente si el Congreso sabiamente reduce el tonto mandato que este pasó sobre el etanol basado en el maíz. Si el precio cae a $3 por saco, usted quebrará.
Afortunadamente existen los mercados de futuro, los cuales hacen posible que los agricultores vendan parte sus terrenos de cultivo para entregar luego (por ejemplo, en septiembre cuando se está cosechando hoy) con los precios actuales, los cuales son altos. Esto los protegerá de una gran caída de precios conocida como “reducción”. Por otro lado, están las compañías de cereal de desayuno quienes temerán que el precio del maíz continúe subiendo, pues de esta manera no serán capaces de comprarlo a ese precio para sus consumidores, así que querrán protegerse a sí mismos estableciendo como precio fijo el precio actual del maíz conocido como un “alargamiento”. Ambos, el agricultor y las compañías de cereales están “asegurando sus apuestas” sobre el futuro precio del maíz. Existen muchos especuladores del mercado, los cuales proveen liquidez al mercado y llenan el vacío si los números de las apuestas “alargadas” o cortas no coinciden.
Los mismos principios se sostienen para el petróleo. Si usted es un pequeño productor de petróleo y sabe que perfora un pozo caro pero que posiblemente producirá poco, el petróleo tendrá que ser vendido a un precio mayor que $60 en los mercados de futuro de petróleo para que este sea rentable. Así, si usted puede vender parte de lo que esperaba producir a un precio mayor de $60 en los mercados de futuro, será más probable que sea rentable, y por ende, usted querrá tomar el riesgo de la costosa inversión que significa extender su producción.
Por otro lado, asuma que usted es el gerente del sistema municipal de los buses de una ciudad. Usted debe proveer al consejo de la ciudad el estimado de los costos de diesel para el próximo año para que este pueda asignar adecuadamente el presupuesto de la ciudad. Si hay un aumento inesperado en el precio del diesel, no tendrá suficiente para todos los buses y tendrá que acortar el servicio de buses. Esto molestará a los ciudadanos, a los miembros del consejo y hasta pondría en riesgo su empleo. Afortunadamente usted puede hacer una apuesta “alargada” en los mercados de futuro del diesel, protegiendo la ciudad en caso de que el precio del diesel suba, protegiendo su empleo y a los ciudadanos usuarios del sistema de buses.
Así como el ejemplo del maíz, los especuladores de petróleo, algunos de los cuales tienen que “alargar” y otros que “acortar”, proveen la liquidez y el desajuste necesario entre varios apostadores.
La consigna política actual es: “los especuladores hacen subir el precio del petróleo”. Pero piense en ello durante un momento. Si el precio del petróleo está siendo manejado por encima del mercado definiendo el precio donde la oferta iguala a la demanda, la demanda caerá y los especuladores se quedarían estancados con abundantes e inesperadas reservas de petróleo. Mantener le petróleo en tanques y en barcos es costoso, y los especuladores no podrán cubrir estos costos por mucho tiempo, así que los precios caerán. Algunos en el Congreso quieren reducir las actividades de los especuladores aumentando las regulaciones. Esto sólo llevará al mercado de energía hacia otros países, afectando negativamente a los EE.UU. y no hará nada para reducir el precio del petróleo.
El precio del petróleo está más alto de lo estuviera en un mercado totalmente libre, privado y global, porque las compañías estatales de petróleo de otros países poseen el 88% de las reservas que se conocen y muchas de ellas son parte del cartel de la OPEP. La producción de petróleo que podría darse en EE.UU. y en otros lugares por empresas privadas ha sido prohibida por el gobierno. Los especuladores no son el problema; ellos son parte de la solución al reducir el riesgo para los productores, las refinerías, y otros participantes en el mercado petrolero. Esta reducción de riesgos resulta en mucho más producción de petróleo u otro combustible, alimentos, y metales donde existen los mercados de futuro.
Richard W. Rahn
lunes, 7 de julio de 2008
Tema Polémico: Restricción de tránsito en San José
Para esta ocasión, en nuestro Tema Polémico, queremos abordar un asunto que está causando posiciones encontradas y gran complicación entre los ciudadanos costarricenses. Se trata de la restricción ordenada por las autoridades gubernamentales sobre el ingreso de ciertas placas según el día al casco metropolitano de San José, misma que a juicio de ASOJOD, es una de las peores "soluciones" que se pudieron implementar para la actual escalada en el precio del petróleo.La primera razón por la cual afirmamos lo anterior es jurídica: toda restricción a la libertad corresponde hacerla a la Asamblea Legislativa, no al Poder Ejecutivo. Nos preocupa pensar que el Ejecutivo esté pretendiendo gobernar vía decreto, siguiendo los pasos -aunque en el nivel micro- de regímenes irrespetuosos del Estado de Derecho.
Otra situación preocupante es incomprensible contradicción que produce esta medida con el impuesto a la circulación. Las personas pagan un impuesto precisamente para poder circular por las carreteras, pero esta medida abiertamente se los impide. ¿Y el dinero? En los bolsillos del Estado sirviendo para pagar cualquier otra cosa que a los políticos de turno se les haya ocurrido (como por ejemplo los préstamos solicitados al BCIE y que fueron usados para pagar consultorías). Una vez más el Estado costarricense limita nuestras libertades con toda la tranquilidad del mundo.
Asimismo, es claro que esta medida no resolverá el problema, como tampoco lo ha hecho el etanol. El precio internacional del crudo no va a disminuir porque la gente no saque el carro hoy día. Es más, la gente ni siquiera lo guarda: como hemos visto en las noticias, usa su vehículo aún cuando exista el riesgo de que le apliquen una multa. Sólo es cuestión de evitar al oficial de tránsito, tomar rutas alternas o, en última instancia, esperar a que pase la hora de la restricción.
Resulta curioso observar las entrevistas que le hacen a los conductores: TODOS alegan que ocupan su carro y que por eso no lo van a dejar guardado. Es comprensible; con la inseguridad ciudadana y la pésima calidad del transporte público ¿cuál es el incentivo que tienen las personas para dejar de usar su vehículo? En este sentido, no hay nada de malo con que el individuo escoja una opción sobre otra. Se trata de una cuestión de jerarquía de preferencias: si la gente prefiere utilizar su vehículo (para ahorrar tiempo, por seguridad, por comodidad o por la razón que sea) a reducir el consumo de combustible, está haciendo ejercicio de su libertad de decisión y disponiendo de sus recursos para usarlos como mejor le parezca. De eso se trata el mercado: gente decidiendo libremente cómo invertir los recursos que posee. El problema de las multas, como toda intervención del Estado, es que distorsiona ese proceso de libre decisión de los individuos. Las multas que se imponen no consiguen desestimular el uso de vehículos, sino que lo único que provocan es sacar de la economía recursos que los individuos podrían estar usando en otras actividades de compra/venta, mismas que dinamizarían la economía y crearían más riqueza para más personas.
Aparentemente, la finalidad de esta medida es reducir la "factura petrolera". ¿Pero paga el Estado esa factura? Porque si bien es cierto que RECOPE es la que importa el petróleo, una vez que se refine y esté en los expendios y centros de servicio, es el usuario mismo el que paga esa factura. ¿Por qué quiere el Estado evitar que el individuo use sus recursos como mejor le parezca? Obviamente porque el Estado, una vez más, pretende hacernos virtuosos e inculcarnos a la fuerza la conciencia social. Sin embargo, la realidad ha demostrado que la intervención del Estado no mejora las situaciones, sino que las empeora. ¿Por qué en este caso habría de ser diferente? ¿por qué en este caso se permite esa intervención? Es un acto de necedad pretender aplicar los mismos procedimientos y esperar un resultados diferentes.
Si lo que se pretende es que la gente consuma menos combustible no se deben implementar este tipo de medidas. Lo que se debe hacer es eliminar todos los subsidios y trasladar el precio real del combustible al usuario. Así, este decidirá si incrementar, mantener o reducir la cantidad que consume. Es decir, con esa eliminación, el usuario es el que ejercitaría su propia libertad y aplicaría su escala de preferencias.
sábado, 5 de julio de 2008
Petróleo y geopolítica

¿Qué pasó después de la guerra de 1973 en el Medio Oriente y de la cruel confrontación entre Irán e Irak? Cabe resaltar dos hechos. En primer lugar, una enorme masa de dinero fluyó hacia los países productores de petróleo, todos los cuales, sin excepción, preservan sus rasgos de sociedades atrasadas y dependientes de un solo producto para sobrevivir y prosperar. En segundo lugar, las naciones capitalistas avanzadas del norte de América y Europa aprendieron a ser más eficientes en el consumo de energía derivada del petróleo, intensificaron su avance tecnológico y multiplicaron la riqueza generada por el trabajo y la innovación.
El oro negro sigue contaminando a los países que le poseen, países gobernados por monarquías reaccionarias (Arabia Saudita), satrapías orientales (Libia), o autocracias militarizadas y retrógradas (Rusia, Venezuela y Nigeria, entre otras). El dinero fácil continúa llenando sus tesorerías y los bolsillos de sus gobernantes, pero se trata de sociedades desiguales y estériles que carecen de las capacidades para superar con éxito los retos de la modernidad. En particular, los países de la OPEP no podrían solventar una caída de precios en el corto o mediano plazo sin experimentar severas turbulencias sociales.
La única novedad en el ámbito geopolítico, a decir verdad, es el programa nuclear iraní, cuyo futuro sigue en duda y que probablemente traerá más desgracias que beneficios al sufrido pueblo de esa nación. ¿Cuánta de esa tecnología es resultado del esfuerzo de las universidades y otros institutos científicos de Irán y qué parte ha sido comprada e importada? ¿Qué utilidad tendrá semejante proyecto en la mejora de la existencia cotidiana de la población? No demasiada, me atrevería a apostar.
El choque sicológico y económico de los elevados precios de hoy tendrá efectos saludables sobre el capitalismo y conducirá a cambios significativos tanto en materia tecnológica como de conducta social. Ya es hora que las naciones avanzadas del globo reduzcan su dependencia de Estados y gobiernos atrasados e irresponsables como los que conforman la OPEP, y minimicen el dañino flujo de petrodólares hacia naciones que despilfarran el dinero o lo utilizan para desestabilizar el sistema internacional, como lo hizo Libia en su momento y ahora lo hacen Irán y Venezuela. Lejos de ser un factor negativo, los altos precios del petróleo son una bendición a mediano y largo plazo para las grandes democracias occidentales, y de manera especial para Estados Unidos.
Los opulentos, desinformados e ingenuos electorados occidentales llevan a cabo su aprendizaje político a través de sus bolsillos, y el precio de la gasolina les obligará a dejar de lado los inmensos automóviles e insaciables motores que les hipnotizan y que se traducen en millones de dólares para los jeques árabes y tiranuelos como Putin y Chávez. La transición a una existencia con menos petróleo será difícil, pero no será mortal, y abrirá las puertas a una nueva etapa del capitalismo y la democracia, que vislumbro con optimismo. En cambio, a los petro-Estados les aguarda sin remedio el conocido abismo de una dependencia todavía más profunda y degradante.
Aníbal Romero
martes, 1 de julio de 2008
En Guardia

Primero, hay que entender la naturaleza del problema. El combustible es esencial. Es la sangre que alimenta y mueve al sistema productivo. Si se restringe arbitrariamen- te su utilización o se encarece artificialmente su costo con impuestos indirectos, se atenta contra el proceso de desarrollo. Sería como limitarle al corredor el aire que respira; jamás podría ganar la carrera, sobre todo contra el subdesarrollo.
Costa Rica no produce petróleo (los ecologistas ni siquiera la dejan explorar), y las fuentes alternativas son limitadas o muy caras. Pretender ignorar esa realidad es fatal. Subvencionar el consumo es insostenible. Para que el sistema productivo pueda seguir operando con la misma eficiencia, debe permitirse importar y consumir conforme a la demanda expresada libremente. Pero el precio debe reflejar la escasez relativa y trasladarse totalmente al consumidor. Es la única forma efectiva, racional y sostenible de disminuir el consumo.
En economía, ninguna restricción artificial ahorra combustibles a largo plazo. Ya lo han demostrado otros países que han tenido la ocurrencia de hacerlo. Tarde o temprano, han tenido que abortarlas. Los textos de Economía, incluyendo los más recientes de Bernanke y Mankiew, así lo confirman. Racionar el consumo tampoco es un mecanismo idóneo para disminuir la factura petrolera ni aliviar el déficit comercial. El tipo de cambio, si es verdaderamente libre, se encarga del ajuste. Habría una eventual sustitución de otros bienes menos necesarios que el petróleo, a menos, claro está, que se consientan mayor importación y devaluación por excesiva liquidez, bajas tasas de interés y expansión crediticia. Como para mandar a más de uno a un cursillo de refrescamiento.
lunes, 23 de junio de 2008
Tema polémico: crisis de los combustibles.

Siendo precisamente el auge de los "biocombustibles" una de las causas de esa crisis alimentaria. toda vez que para su elaboración se destina gran parte de la producción agrícola que podría estarse vendiendo en el mercado internacional, lo que se propone es sencillamente eliminar todos los subsidios destinados para ellos. Dichos subsidios lo que generan es una enorme distorsión en los mercados, ya que los productores obviamente prefieren vender a quien mejores precios ofrezca. Pero en este caso no existe una libre y voluntaria disposición de los recursos de los consumidores para destinárselos a productores específicos, sino que el Estado usa los fondos de los tax payers para incentivar una actividad económica. Y no hay que tener dos dedos de frente para saber qué pasa cuando un Estado trata de impulsar a la economía: la Centroamérica de los años 60 y 70 es una prueba fehaciente de ello: crisis, pobreza, corrupción, despilfarro, pérdida de competitividad, etc.
Esa eliminación de los subsidios a los "biocombustibles" debe dir acompañada de la desaparición (o al menos reducción) de los impuestos que se imponen a los combustibles. En Costa Rica, por ejemplo, los fondos recaudados por concepto de impuesto a los combustibles -que supuestamente estaban destinado al mantenimiento, reparación y construcción de infraestructura vial- en realidad forman parte de una caja chica que el Estado usa para todo tipo de gastos: pensiones, aumentos salariales, etc. pero nunca para su verdadero fin. De existir esa infraestructura, estamos seguros que las presas disminuirían, y con ello el desperdicio de combustible que en ellas se da. Sin embargo, el impuesto a los combustibles no es el único que debe ir al cesto de la basura: también los impuestos a la importación de vehículos nuevos, pues estos tienen sistemas más eficientes de consumo de combustible y, a la vez, son menos contaminantes. Este impuesto hace que dichos vehículos sean inaccesibles para más personas, las cuales, por su necesidad de medios de trasporte, terminan comprando carros usados y contaminantes.
Por otra parte, estamos concientes de la importancia del ahorro y la reducción de consumo de combustible, pero esa decisión es plenamente individual. Si una persona tiene recursos y puede pagar el gasto que su vehículo implica, no hay ninguna justificación para impedírselo. Por eso, repudiamos las declaraciones de algunas autoridades gubernamentales que dicen estar estudiando la posibilidad de restringir la circulación de ciertas placas durante algunos días de la semana. Lo que en realidad hay que reducir es el gasto de combustible de las flotillas vehiculares del Estado, puesto que para nadie es un secreto que muchos vehículos de instituciones públicas circulan a horas no laborales y para actividades fuera de las permitidas. Perfectamente el Estado podría implementar planes institucionales de eficiencia en las rutas y así reducir el gasto de combustible de esos vehículos públicos.
Lo que no se vale es pretender culpar al consumidor de la "factura petrolera" y usarla como justificación para prohibir la circulación. ¿Cómo pretenden las autoridades que la gente deje sus vehículos en casa y se movilice por medio del transporte público con las pésimas condiciones en que se encuentran los buses? ¿Cómo hacer para convencer a un ciudadano que no use su automovil con la ascendente ola de criminalidad que afecta al país? Si se quiere que la gente reduzca el consumo de combustible, deben darse opciones válidas. Una de ellas sería la concesión de transporte público eficiente como tranvías o trenes. En los últimos años, un consorcio checo se ha reunido en más de tres ocasiones con el Gobierno costarricense para ofrecerle toda una red de trenes eléctricos: ya tienen el financiamiento, el equipo y el personal operativo, sólo necesitan los derechos de paso y la reconstrucción de algunos tramos de vía férrea. Y a pesar de todo eso, el Gobierno se niega a aceptar la propuesta, por amenazas de grupos de presión como los camioneros. En ASOJOD hemos advertido hasta el cansancio que eso es lo que pasa cuando se alimentan a ciertos grupos de prebendas y privilegios: después, no hay forma de quitárselos de encima.
Otra posible solución, además de la eliminación de subsidios e impuestos y de la concesión de transporte público a empresas que implementen sistemas de transporte público eficiente, es permitir el desarrollo de nuevas tecnologías. Esto se consigue eliminando las trabas a los productores de energía privada, pues la gran mayoría de ellos la obtiene haciendo uso de tecnologías limpias: hidráulica, eólica, geotérmica, biomásica, etc. El Estado debe permitir que más y más investigadores y empresarios busquen fuentes alternativas de energía, pues tienen la capacidad para hacerlo.
Así, estamos seguros, la crisis de los combustibles será una situación que no golpeará tanto el bolsillo de los individuos.