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martes, 5 de abril de 2016

La columna de Carlos Federico Smith: informalidad y cargas sociales

El estudio que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) recién realizó de Costa Rica, sacó a la luz un tema que considero es de los más relevantes de nuestra economía: la denominada informalidad o subterraneidad. De acuerdo con el estudio del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) de noviembre del 2105, titulado Encuesta Continua de Empleo: El Empleo Informal en Costa Rica, este “alcanzó al 45% de la población ocupada en el cuarto trimestre del 2014, sin embargo, este valor ha oscilado entre el 36% y 45% del tercer trimestre del 2010 al cuarto trimestre del 2014, con una tendencia de aumento paulatino a partir del primer trimestre del 2012.” (P. 14). Es decir, a partir de tales datos acerca del empleo, existe en nuestra economía un importante sector laboral que labora en condiciones de informalidad (a veces llamado economía subterránea, aunque esto último puede interpretarse como que algo se oculta, lo cual no es enteramente exacto), además de que en los últimos años la informalidad ha mostrado un crecimiento constante.

En nuestra economía se presenta en las más diversas actividades.  Por ejemplo, en el sector vivienda, hay importantes aglomeraciones de tugurios en tierras invadidas.  Asimismo, en el sector comercio es frecuente observar las denominadas ventas ambulantes en las principales calles de la ciudad, además de ventas en vehículos estacionados en calles de zonas suburbanas de viviendas. También hay una industria informal, no sólo usualmente en productos de artesanía, sino también de confección y ropa, entre otros.  En el sector transporte es harto conocido el caso de los piratas ilegales. Y en el sector de los servicios abunda la informalidad en talleres mecánicos, reparación de techos, arreglos de cañerías, limpieza de zacate y similares, así como de servicios de alimentación, no solo en las calles, sino incluso en sitios concretos. Toda la economía está llena de actividades en el marco de la informalidad.

En esencia la informalidad surge por la ineficiencia de las llamadas leyes -mejor dicho la legislación- que se traducen en costos de la legalidad: acatarlas tiene un costo.  Entre estos hay un costo debido a la cantidad de tiempo que se debe dedicar para que una actividad logre ser formalizada, así como también en obtener la información necesaria que permita cumplir con la legislación y claramente a causa de los diversos pagos que se tienen que hacer dentro de ese marco de formalidad. La lógica es que, si el costo de cumplir con la formalidad es mayor que el beneficio que la persona obtiene de estar en ella, optará por escoger la opción de la informalidad.

Veamos algunos de esos costos típicos de la formalidad que se tiene para ciertas actividades. Por ejemplo, en la construcción suelen existir costos de visados de planos, permisos para construir, la exigencia de que se construya bajo supervisión profesional (usualmente de colegios de ingenieros). Son muchos los trámites requeridos para poder abrir un negocio que sea “legal”, desde cumplir con requisitos legales de llevar libros de contabilidad, a tener un representante legal, hasta cumplir con una serie de requisitos físicos, desde la ubicación hasta el tipo de instalaciones, sin olvidar la obtención de patentes, que son autorizaciones estatales a veces muy onerosas. En el caso del transporte, está la imposibilidad de adquirir una placa de taxi (excepto si se la compra a un tenedor de ella que está dispuesto a venderla a un costo elevadísimo), todo lo cual estimula que el servicio de taxi sea pirata; esto es, fuera de la legalidad. Sin agotar la lista, también es importante el pago de impuestos que sobre las utilidades tienen que hacer las empresas formales, así como el pago de cargas sociales, que no son más que un impuesto al factor trabajo, una parte pagada por el patrono y otra por el trabajador, y termino citando los costos de servicios públicos que en diversas ocasiones son ilegalmente evadidos o bien no cubiertos del todo (por ejemplo, recolección de basura o de alumbrado público).  

La Nación expone la posición de la OECD respecto a la informalidad en su edición del 22 de febrero, en el artículo titulado “OCDE asocia alta informalidad con elevadas cargas sociales: Fuertes contribuciones son principal obstáculo para la formalización, dice estudio sobre Costa Rica.” En él se señala, proveniente la información del último Informe del Estado de la Nación, que “por cada empresa formal, hay 1.4 semi-formales (que pagan patente, pero no cuotas a la Caja Costarricense de Seguro Social” y agrega “estos trabajadores (informales) generalmente no tienen seguro pagado por el empleador o su empresa no está registrada.” Sin duda que son trabajadores que no dispondrán de pensión a la hora de su retiro (excepto que logren lo que se llama pensión contributiva -usualmente baja- que da la Caja, lo cual expresa el obvio riesgo moral existente), además de no tener garantías laborales establecidas en la legislación pertinente.

De acuerdo con la OECD, los aportes en Costa Rica al sistema de seguridad social (CCSS) se dividen en un 26% de los salarios, que es aportado por los empleadores, y un  16%, por los trabajadores. El primer aporte está por encima del promedio de aquel de empleadores de los países miembros de la OECD, que es de alrededor de un 17%, mientras que el segundo -el aporte de los trabajadores- es casi igual que el promedio de los países miembros de la OECD, aproximadamente de un 10%. O sea, en total el aporte de contribuciones del país al seguro social es de un 36%, en tanto que el promedio de los países de la OECD es de aproximadamente un 27%.  El impuesto sobre el trabajo destinado a la seguridad social es mayor en nuestro país, que el promedio de las naciones de la OECD.

Aparte de que lo expuesto da lugar a una distorsión cual es que en un país, en donde es relativamente escaso el capital, se tiende a gravar el trabajo, que es el factor relativamente abundante, estimulando con ello un uso más intensivo del capital, en vez de la mano de obra, sino que también ocasiona que muchos negocios se vean impulsados a sumirse en la informalidad a fin de evitar tales cargas sociales. Sé que este puede no ser el factor único que impulse tal sistema de producción, pero creo, al igual que lo hace la OECD, que es un elemento importante para incentivar la informalidad.

Refiriéndose a un estudio realizado por el Instituto Libertad y Democracia del Perú, el jurista Enrique Ghersi, en su ensayo El Costo de la Legalidad, publicado por el Centro de Estudios Públicos de Chile, N. 30, 1988, expresa que los costos de permanecer en la formalidad, para una muestra de 50 pequeñas empresas industriales, “representan el 347.7% de sus utilidades después de impuestos y el 11.3% de sus costos de producción.” El 21.7% de los costos de permanencia “son tributarios; el 72.7% son laborales y burocráticos y el 5.6% restante, costos por uso de servicios públicos.”  Los costos tributario son menos importantes para definir su informalidad y “más bien los costos de origen laboral y burocrático (son) los que tienen incidencia definitiva en la legalidad de las actividades económicas.”(P. 96). No hay duda de que la informalidad en cada nación difiere en lo específico de la de otros países, pero aquí hay una pista clara de que en nuestro país, tal como lo da a entender la OECD, las altas cargas sociales podrían constituir un estímulo importante para incentivar que las empresas se suman en la informalidad.

La OECD sugiere, “además de reducir los costos laborales no salariales,”… “simplificar las políticas del mercado laboral, mejorar la capacitación y la educación, fortalecer el cumplimiento y adaptar los trámites de registro a las necesidades de pequeños y medianos productores", pero creo que, si no se llega directamente a reducir los altos costos impuestos por cargas sociales que hoy se cobran sobre el factor trabajo, continuará el incentivo hacia la informalidad. Es verdad que éste puede no ser el único factor que inclina hacia la informalidad, pero no parece haber duda de su significancia.

Jorge Corrales Quesada

miércoles, 24 de abril de 2013

Desde la tribuna: genial charla de Enrique Ghersi acerca de la informalidad

Ayer en la noche (23de abril de  2013 en el Hotel Crowne Plaza Corobicí, San José, Costa Rica) y con el patrocinio de la Asociación Nacional de Fomento Económico y la Fundación Academia Stvdivm, el abogado, político y pensador liberal Enrique Ghersi, impartió una interesante charla, ante un nutrido grupo de asistentes.

Ghersi, abogado y académico, “entregado a la libertad y a la razón” (palabras del presentador, Oscar  Alvarez, presidente de ANFE) inició la charla con una palabras de agradecimiento y en homenaje a su amigo, Alberto Di Mare, a quien llamó “héroe de la libertad”.

De seguido, planteó el tema de la informalidad, como una pregunta:  ¿La informalidad es una causa o un efecto? En principio, manifestó, la informalidad (la actividad informal) es una reivindicación frente a  la ineficiencia estatal.  Es la consecuencia de una  distorsión.

Por una parte, los abogados creen que el derecho es gratuito y que se puede convertir en obligación cualquier ocurrencia legislativa.  Por el otro lado, tampoco el derecho es una constante, como creen muchos economistas. Las ocurrencias legales encarecen la vida de la gente. Ello porque la ley es costosa.

¿Cuál es el costo de hacer algo?  Pues lo que yo dejo de hacer para hacer algo. Por ello cumplir la norma no es gratuito (dejo de hacer algo): ese es el costo de oportunidad. En otras palabras, la consabida frase de que no hay almuerzo gratis.

Por supuesto que depende de cada cual obedecer la ley: es una cuestión de tiempo e información. Por ejemplo, cumplir la legislación para abrir un negocio:  hay que enfrentar  diversos trámites  legales  (barreras de acceso). Eso no es gratis.

El tiempo no es gratis, hay una demanda de tiempo. Asimismo sucede con la información que se requiere para abrir un negocio: hay que conocer  el Derecho,  estudiar los impuestos correspondientes y su  complejidad (hay variedad de interpretaciones jurídicas). Si no tengo la información,  tengo que pagar a quien la tenga.  Ello es un costo.

“El otro sendero” (el libro-documento) es un estudio  de cuánto cuesta la ley (cumplir el Derecho):  Se hizo el esfuerzo de recopilación del proceso de recabar todas las licencias para abrir algunos negocios.  Incluso, apareció el tema del pago de sobornos.

La intuición decía que existía una barrera y así lo demostraron en el estudio. Ello lleva a tratar de ponerse en la situación del ciudadano, del individuo de carne y hueso que tiene que enfrentarse en la realidad a todas estas barreras, información y costo del Derecho para hacer su vida.

La cantidad del tiempo y  la información necesarias para hacer algo son el costo de  oportunidad. La conclusión es que el ciudadano cumple la ley cuando no le es más caro que incumplirla.  Es un tema de costes. Si usar el derecho es costoso, la gente no lo usará y se desplazará a la informalidad (o mercado informal).  Es un hecho.

Es menester señalar que no hay personas formales e informales, sino actividades formales e informales.  La misma personas puede  estar en los dos ámbitos.  La decisión depende del costo de la legalidad.  Tal costo puede hacer que la legalidad no se cumpla.

Otra conclusión que de ello deriva es que no solo es costosa la ley (el Derecho, sino que a la pregunta de a quién le cuesta más la ley, al pobre o  al rico, hay que contestar que al pobre le cuesta más la legalidad, porque el costo es inversamente proporcional al ingreso. Por ello las decisiones legislativas excesivas, el hecho de poner más leyes, complica la vida a quienes tienen menos.  Se les hace la existencia y el desempeño más conflictivo y costoso. Asimismo, los impuestos le van a costar más al más pobre. De la misma manera, establecer más controles y  regulaciones le cuestan más al pobre, pues el costo es asimétrico.

Uno de los vicios al respecto es la importación de  leyes, en la vana ilusión de que  el desarrollo se logra por tal vía.  Al final, se complica más el cumplimiento de la ley, el acceso a la información respectiva y se hace más difícil incorporarse a la formalidad. Por ejemplo, la ley que cumple un europeo le sale muy costosa de cumplir a  un latinoamericano. Los artesanos y gente sencilla pasan a la informalidad por no poder costear la ley, el Derecho se vuelve costoso.

¿Formalizar a los informales o informalizar a los formales?  Estima que es mejor informalizar los formales. La solución es hacer más sencillo el Derecho, bajar todo el tema de impuestos y quitar las barreras  de acceso.

Asimismo, tener  acceso rápido y barato a la justicia, establecer un mecanismo civil y fácil  para que se pague por los  daños y  responsabilidades en que se incurre.

Ghersi cita a un profesor suyo de Filosofía, un jesuita que decía que “hay ganarse el pan con el sudor de la frente y no con el sudor del de enfrente”. Concluye que el Derecho ha de ser barato, sencillo, eficiente, comprensivo. Insiste en que el Derecho tiene consecuencias económicas y que, un derecho costoso tiene consecuencias desastrosas.

Por otro lado, propone no discutir las causas de la pobreza.  Más bien hay que concentrarse en encontrar las causas de la riqueza. Nos recuerda que en la selva todos son pobres y no hay justicia. Señala que el trabajo, la propiedad, el respeto, la justicia, el cumplimiento contractual son cuestiones importantes que construyen una civilización.  También pueden ser las causas de la riqueza.

Llama a reflexionar acerca del hecho de que la informalidad oculta un mensaje: se trata de que hay personas jóvenes y humildes que trabajan para crear una sociedad, moviéndose en ella (la informalidad).

También cita a Jefferson, en su idea de que “el  precio de la libertad es su eterna vigilancia”.

Finalmente, evoca el hecho de que los pueblos libres nunca han sido derrotados.