
En este día desde ASOJOD quisiéramos analizar un tema de suma importancia para el futuro de la ciencia, sobre todo en los Estados Unidos. Se trata del debate entre la evolución y el creacionismo, en cuánto a cuál de estos debería enseñarse en la educación norteamericana.
Como ya es conocido, la teoría de la evolución es una teoría biológica que pretende dar una explicación sobre el cambio de las especies a través del tiempo, es decir, cómo sobreviven ciertas variedades de organismos y bajo cuáles mecanismos se dan estos cambios. Esta teoría tuvo como creadores a Darwin y Wallace (sin bien es cierto Darwin fue quien lo desarrolló más) en el siglo XIX, aún cuando existían otras teorías evolutivas, por ejemplo la de Lamarck. Darwin se centró sobre todo en la noción de la selección natural, puesto que en esa época se desconocía los mecanismo de la herencia, es decir la genética, y hasta nuestros días constituye el pilar fundamental de la biología como parte del núcleo teórico de la síntesis evolutiva moderna.
El impacto de la teoría de la selección natural en el Weltanschauung (cosmovisión) del hombre occidental fue inmenso, ya que alteró el lugar de este en el mundo desde dos sentidos: en primer lugar, desde la tradición filosófica clásica se eliminó la concepción esencialista/platónica de concebir a las especies como entes inmutables que siempre han existido. También la noción aristotélica de la Scala Naturae (donde las especies están ordenadas teleológicamente de lo más simple a lo más complejo) desapareció, ya que la evolución considera la vida como un proceso dinámico que no cambia en aras de un fin último, sino de las circunstancias particulares que la rodean. Por otra parte, y en este caso la de nuestro interés, se destruye una cosmovisión cristiana donde dios crea toda la naturaleza y la vida es su máxima expresión del orden y diseño divino. Esta noción tuvo como uno de sus mayores exponentes a William Paley con Teología Natural, donde entre otros puntos expone el argumento del diseño, que en pocas palabras pretende mostrar la necesidad de un dios bondadoso a partir de la perfección de las distintas formas vivas. También en esta cosmovisión cristiana, el hombre ocupaba un lugar fundamental, ya que estaba hecho a imagen y semejanza de dios (recuérdese que incluso Dios se habría hecho hombre para el cristianismo) por lo que el ser humano no podía ser concebido como un producto de mutaciones aleatorias a lo largo de millones de años que fueron sobreviviendo hasta llegar a él, en parte porque también entraba en conflicto con lo que sería la edad de la Tierra según las tradiciones bíblicas, apenas unos miles de años, mientras que la selección natural exigiría por lo menos que el planeta tuviera cientos de millones de años para que pudiera operar su mecanismo.
Frente a todas estas implicaciones de la evolución, las religiones del mundo se han bifurcado en cuanto su aceptación o no. Algunas como el catolicismo, por ejemplo, han decido que es mejor reinterpretar el contenido bíblico para ajustarlo con la teoría de la evolución y así dios ocuparía un papel menos protagónico, aunque no hay que olvidar que de vez en cuando decidiría intervenir en los asuntos naturales como con la resurrección de Jesús.
La otra vertiente dentro de las religiones, que incluye a gran parte del luteranismo y al Islam, han decido que la evolución es falsa y que en realidad las Sagradas Escrituras constituyen la verdad sobre la mayoría de los temas científicos, entre estos la vida. Así en los Estados Unidos los creacionistas han querido generar una “teoría científica”, la del diseño inteligente, para poder equipararla con la evolución y que así se se enseñe junto con la evolución en los colegios, como una teoría alternativa y legítima. Ciertamente no es necesario detallar las refutaciones al diseño inteligente, para esto se puede leer a Richard Dawkins, Daniel Dennett, Stephen Jay Gould, etc . El problema que presenta el diseño inteligente es que quiere equiparse con una teoría científica, cuando no lo es. Si se le presentara al público estadounidense como un mito no sería tan problemática.
Si bien es cierto todavía existe un debate controversial, respecto a los requisitos que hacen a una teoría científica (el llamado criterio de demarcación de la ciencia) es fácil ver que, desde la mayoría de las corrientes de la filosofía de la ciencia, el diseño inteligente no cumple ninguno: para el positivismo lógico, constituiría probablemente una aberración lingüística que no se base en evidencia empírica, para el falsacionismo el diseño inteligente no está dispuesto a ofrecer test científicos para poder contrastar su teoría con la experiencia, para Lakatos, el diseño inteligente carecería de un núcleo teórico que le permita siquiera hacer alguna descripción más efectiva que la de la selección natural e incluso podría decirse que para Kuhn el diseño inteligente no constituiría una teoría científica puesto que su paradigma, si es que lo tiene, no ha entrado nunca en un proceso de “ciencia normal” y “ciencia revolucionaria” así como tampoco ayuda a resolver problemas efectivamente.
Así, quisiéramos terminar reflexionando sobre las nefastas consecuencias sobre la expansión del diseño inteligente por los Estados Unidos. En primer lugar, implicaría un debilitamiento del progreso científico para la nación más desarrollada económicamente del planeta, lo cual debilitaría globalmente el desarrollo científico y consecuentemente el tecnológico y económico. Posiblemente el diseño inteligente continuaría extendiéndose a otras ciencias, por ejemplo a la química y a la física si se le permite extenderse por lo que toda la estructura básica de las ciencias naturales está básicamente en peligro y además se terminaría promoviendo una actitud acrítica y acientífica que no solo se extendería a las ciencias naturales sino que también a las sociales.
Por eso desde ASOJOD creemos que la única forma de combatir esta y otras formas de acientificismo es promoviendo la racionalidad en todas las áreas del saber humano y siempre mantener una actitud crítica y no dogmática frente a los problemas que conciernen a la ciencia y al hombre en general.
Como ya es conocido, la teoría de la evolución es una teoría biológica que pretende dar una explicación sobre el cambio de las especies a través del tiempo, es decir, cómo sobreviven ciertas variedades de organismos y bajo cuáles mecanismos se dan estos cambios. Esta teoría tuvo como creadores a Darwin y Wallace (sin bien es cierto Darwin fue quien lo desarrolló más) en el siglo XIX, aún cuando existían otras teorías evolutivas, por ejemplo la de Lamarck. Darwin se centró sobre todo en la noción de la selección natural, puesto que en esa época se desconocía los mecanismo de la herencia, es decir la genética, y hasta nuestros días constituye el pilar fundamental de la biología como parte del núcleo teórico de la síntesis evolutiva moderna.
El impacto de la teoría de la selección natural en el Weltanschauung (cosmovisión) del hombre occidental fue inmenso, ya que alteró el lugar de este en el mundo desde dos sentidos: en primer lugar, desde la tradición filosófica clásica se eliminó la concepción esencialista/platónica de concebir a las especies como entes inmutables que siempre han existido. También la noción aristotélica de la Scala Naturae (donde las especies están ordenadas teleológicamente de lo más simple a lo más complejo) desapareció, ya que la evolución considera la vida como un proceso dinámico que no cambia en aras de un fin último, sino de las circunstancias particulares que la rodean. Por otra parte, y en este caso la de nuestro interés, se destruye una cosmovisión cristiana donde dios crea toda la naturaleza y la vida es su máxima expresión del orden y diseño divino. Esta noción tuvo como uno de sus mayores exponentes a William Paley con Teología Natural, donde entre otros puntos expone el argumento del diseño, que en pocas palabras pretende mostrar la necesidad de un dios bondadoso a partir de la perfección de las distintas formas vivas. También en esta cosmovisión cristiana, el hombre ocupaba un lugar fundamental, ya que estaba hecho a imagen y semejanza de dios (recuérdese que incluso Dios se habría hecho hombre para el cristianismo) por lo que el ser humano no podía ser concebido como un producto de mutaciones aleatorias a lo largo de millones de años que fueron sobreviviendo hasta llegar a él, en parte porque también entraba en conflicto con lo que sería la edad de la Tierra según las tradiciones bíblicas, apenas unos miles de años, mientras que la selección natural exigiría por lo menos que el planeta tuviera cientos de millones de años para que pudiera operar su mecanismo.
Frente a todas estas implicaciones de la evolución, las religiones del mundo se han bifurcado en cuanto su aceptación o no. Algunas como el catolicismo, por ejemplo, han decido que es mejor reinterpretar el contenido bíblico para ajustarlo con la teoría de la evolución y así dios ocuparía un papel menos protagónico, aunque no hay que olvidar que de vez en cuando decidiría intervenir en los asuntos naturales como con la resurrección de Jesús.
La otra vertiente dentro de las religiones, que incluye a gran parte del luteranismo y al Islam, han decido que la evolución es falsa y que en realidad las Sagradas Escrituras constituyen la verdad sobre la mayoría de los temas científicos, entre estos la vida. Así en los Estados Unidos los creacionistas han querido generar una “teoría científica”, la del diseño inteligente, para poder equipararla con la evolución y que así se se enseñe junto con la evolución en los colegios, como una teoría alternativa y legítima. Ciertamente no es necesario detallar las refutaciones al diseño inteligente, para esto se puede leer a Richard Dawkins, Daniel Dennett, Stephen Jay Gould, etc . El problema que presenta el diseño inteligente es que quiere equiparse con una teoría científica, cuando no lo es. Si se le presentara al público estadounidense como un mito no sería tan problemática.
Si bien es cierto todavía existe un debate controversial, respecto a los requisitos que hacen a una teoría científica (el llamado criterio de demarcación de la ciencia) es fácil ver que, desde la mayoría de las corrientes de la filosofía de la ciencia, el diseño inteligente no cumple ninguno: para el positivismo lógico, constituiría probablemente una aberración lingüística que no se base en evidencia empírica, para el falsacionismo el diseño inteligente no está dispuesto a ofrecer test científicos para poder contrastar su teoría con la experiencia, para Lakatos, el diseño inteligente carecería de un núcleo teórico que le permita siquiera hacer alguna descripción más efectiva que la de la selección natural e incluso podría decirse que para Kuhn el diseño inteligente no constituiría una teoría científica puesto que su paradigma, si es que lo tiene, no ha entrado nunca en un proceso de “ciencia normal” y “ciencia revolucionaria” así como tampoco ayuda a resolver problemas efectivamente.
Así, quisiéramos terminar reflexionando sobre las nefastas consecuencias sobre la expansión del diseño inteligente por los Estados Unidos. En primer lugar, implicaría un debilitamiento del progreso científico para la nación más desarrollada económicamente del planeta, lo cual debilitaría globalmente el desarrollo científico y consecuentemente el tecnológico y económico. Posiblemente el diseño inteligente continuaría extendiéndose a otras ciencias, por ejemplo a la química y a la física si se le permite extenderse por lo que toda la estructura básica de las ciencias naturales está básicamente en peligro y además se terminaría promoviendo una actitud acrítica y acientífica que no solo se extendería a las ciencias naturales sino que también a las sociales.
Por eso desde ASOJOD creemos que la única forma de combatir esta y otras formas de acientificismo es promoviendo la racionalidad en todas las áreas del saber humano y siempre mantener una actitud crítica y no dogmática frente a los problemas que conciernen a la ciencia y al hombre en general.