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domingo, 15 de junio de 2008

Marx, Lenin y Gramsci


En el Manifiesto Comunista de 1848, se sostiene que “la burguesía es incapaz de gobernar” porque “la existencia de la burguesía es incompatible con la sociedad” ya que “se apropia de los productos del trabajo. La burguesía engendra, por sí misma, a sus propios enterradores. Su destrucción es tan inevitable como el triunfo del proletariado” (secciones 31 y 32 del segundo capítulo).

Y mas adelante Marx y Engels escriben que “pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada” (sección 36 del capítulo tercero), para concluir en la necesidad de que el proletariado se ubique en el vértice político : “los proletarios se servirán de su supremacía política para arrebatar poco a poco a la burguesía toda clase de capital para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, en las del proletariado organizado como clase gobernante” (sección 52 del mismo capítulo, el cual concluye con la necesidad de la revolución en la sección 54).

Lenin era mas sagaz que sus maestros ya que nunca creyó que el llamado proletariado podía dirigir y mucho menos gobernar una revolución (ni en ninguna circunstancia). Por eso escribió lo que aparece en las páginas 391-2 del quinto tomo de sus obras completas en el sentido que el vehículo de lo que denominaba “la ciencia socialista”, a su juicio, “no es el proletariado sino la intelligentsia burguesa: el socialismo contemporáneo ha nacido en las cabezas de miembros individuales de esta clase”. Por esto también es que Paul Johnson en su Historia del mundo moderno destaca que Lenin “nunca visitó una fábrica ni pisó una granja”.

Todas las revoluciones de todas las épocas han sido preparadas, programadas y ejecutadas por intelectuales. Los obreros han sido carne de cañón y un adorno para los distraídos. Por esto es que resulta tan importante la educación, los estudiantes y los intelectuales porque, para bien o para mal, de esa formación depende el futuro.

De todos los dirigentes comunistas el que mejor vislumbró este punto crucial fue Antonio Gramsci en sus escritos desde la cárcel fascista. Denominaba “guerra de posición” a la tarea de influir en la cultura y “guerra de momento” a la toma del poder. Creía en la trascendencia de la educación en todos los niveles, especialmente en las faenas realizadas en las familias de obreros para entrenarlos y formarlos como intelectuales defensores de los principios comunistas.

Es muy común al indagar en las experiencias de antiguos socialistas convertidos al liberalismo, que se advierta que el autor que mas atrajo atenciones en cuanto a sus posturas intelectuales anteriores era precisamente Gramsci. Pensadores de fuste no son atraídos por los métodos violentos sino por las tareas de la educación y la cultura. Por otra parte, en mis conversaciones con estas personas he comprobado que, en general, el campo de conocimiento que los ayudó a transitar el cambio de una posición a otra ha sido el de los mercados competitivos, al percibir que, además de la falta de respeto a la dignidad humana, la prepotencia estatal no puede contra los arreglos libres y voluntarios en el contexto de los marcos institucionales de una sociedad abierta.

El conocimiento está disperso y fraccionado, lo cual se pone de manifiesto a través de los precios de mercado que tramiten información a los operadores para asignar factores productivos a las áreas más requeridas. En la medida en que aciertan obtienen ganancias, en la medida en que se equivocan incurren en quebrantos. Los megalómanos de turno, con la intención de “dirigir la economía”, están, de hecho, concentrando ignorancia y apuntan a sustituir el conocimiento de millones de personas es sus respectivos “spots” por directivas ciegas emanadas desde el vértice del poder, puesto que resulta imposible contar con la información presente en los millones de arreglos contractuales simplemente porque no está disponible antes que las operaciones se concreten.

Por otra parte, al arremeter contra la propiedad privada se debilitan hasta desaparecer las antes mencionadas señales, es decir, los precios, con lo que nadie sabe como proceder con los siempre escasos factores productivos. En otros términos, además de la falta de respeto a las libertades de las personas, las distintas vertientes del régimen de planificación estatal constituyen un imposible técnico. Sin precios o con precios falseados se desvanece la posibilidad de la evaluación de proyectos y la misma contabilidad. Se puede mandar, ordenar y decretar por puro capricho con el apoyo de la fuerza bruta, pero no puede conocerse la marcha de la economía allí donde se bloquean las señales que permiten asignar económicamente los recursos disponibles.

Entre otros, estos han sido los errores fatales de Marx y sus seguidores de todos los colores y constituyen las razones del derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín y de los reiterados y estrepitosos fracasos de la planificación estatal de las haciendas ajenas. Por eso los almacenes están rebosantes de mercancías cuando se permite que funcionen los procesos de mercado y quedan anémicos y vacíos cuando se entromete la arrogancia y la soberbia inaudita del planificador gubernamental.

En un contexto más general respecto del aparato estatal, vale la pena tomar nota de las crudas observaciones de Hanna Arendt en Truth and Politics, en cuanto a que “nadie, que yo sepa, ha contado la veracidad entre las virtudes políticas” y, en esa misma línea por cierto alarmante, Talleyrand había escrito mucho antes en correspondencia dirigida a Madame de Staël que “no se puede confiar en un político a menos que sea corrupto puesto que, en ese caso, hay un pacto personal y directo en el que sostenerse”.


Alberto Benegas Lynch

lunes, 30 de julio de 2007

Las revoluciones no sirven


Con una excepción, las revoluciones no sirven porque parten de una falsedad congénita: los ideales que las sustentan casi nunca son realizables. Por eso, invariablemente, terminan haciendo mucho más daño que beneficio.

Los utópicos, tanto evolutivos como revolucionarios, creen, contra toda la evidencia, que la naturaleza humana puede ser moldeada hacia una apreciación generosa del bien común. Contemplan- do el “capitalismo salvaje” los reformadores concluyen que hay que mandar al diablo todo ese mal porque tiene que existir un sistema mejor.

Pero el hecho es que tales súplicas al bien común, tanto cuando son genuinas como cuando son producto de la demagogia, le atribuyen una importancia demasiado irreal a la bondad del hombre. Esta tesis del bien común hace eco ante muchos pueblos, pero siempre es traicionada por la realidad. Invariablemente se topa con el egoísmo del ser humano y la revolución, eventualmente, termina siendo impuesta. La represión, en nombre del ideal, se hace “necesaria”, como ha ocurrido en casi todas las revoluciones.

Verdad y cuento. Probablemente, todo lo que los comunistas han dicho sobre el capitalismo es cierto y todo lo que los capitalistas dicen sobre el comunismo es cierto también. La diferencia es que el sistema capitalista funciona porque esta basado en la verdad del egoísmo del ser humano, y el revolucionario no funciona porque está basado en un cuento de hadas sobre la hermandad de los pueblos.

Si el capitalismo es un sistema de competencia despiadada, ¿que es la vida sino una competencia despiadada, una lucha sin fin? Por eso es que el capitalismo es un sistema que está en consonancia con la vida. Y funciona porque refleja la realidad.

El presidente Lula, de Brasil, fue trabajador metalúrgico, un hombre de izquierda que se hizo famoso luchando contra la dictadura militar y el “capitalismo salvaje”. Habiendo sido víctima de la aspereza y codicia del capitalismo, Lula evidentemente concluyó que el capitalismo es mejor que otros sistemas que han sido intentados y, de igual manera, resolvió que EE. UU. es el mejor bastión de la libertad que existe hoy. Por eso Lula escogió a George W. Bush en lugar de Hugo Chávez. Tuvo claro las lecciones que depara la historia. Fue testigo de que los ideales de muchas revoluciones acabaron en la pobreza y la represión y, en el caso de Nicaragua, en la más abyecta corrupción.

Ortodoxias y opresiones. Tanto en Francia como en Rusia, movimientos reformistas fueron secuestrados por un pequeño grupo de creyentes decididos a precipitar un orden político radicalmente nuevo. Pero, al rebelarse contra la ortodoxia y la opresión, ambas revoluciones crearon nuevas ortodoxias y opresiones, mucho peores que las que se propusieron reformar. Ambas pretendieron construir la libertad sobre montones de cadáveres y establecer, la estabilidad con la intimidación y la fraternidad con el terror sistemático.

Napoleón, heredero de una revolución, fue el precursor del estado totalitario del siglo XX y el modelo que practicaron Hitler y Stalin. Esa revolución y su engendro fueron la guía y el profeta de todo lo que anduvo mal en Europa en el siglo XX. Dejaron tras de sí un legado de maldad. Lo que es peor, la francesa fue una revolución innecesaria puesto que ya los colonos de Nueva Inglaterra habían demostrado que existía un camino más eficiente y menos sangriento para lograr la libertad. Y, además, duradero.

El fracaso de las revoluciones europeas significó el suicidio colectivo de Europa. Le entregaron el mundo a los herederos de la única revolución que ha servido, la excepción de la regla. Cuando Lord North, el primer ministro de Jorge III de Gran Bretaña, se enteró de la rendición de Cornwallis en la batalla de Yorktown, Virginia, en el epílogo de la revolución norteamericana, exclamó: “Oh Dios, todo ha terminado”. Lafayette, lo puso en la perspectiva real: “La humanidad ha ganado su batalla; la libertad tiene ahora un país".


Jaime Gutiérrez Góngora, tomado del periódico La Nación