El día de hoy aparece publicada una nota en La Nación que
debe preocuparnos a todos. En la misma, se detalla que el arroz que consumimos
los costarricenses es el sétimo más caro de todo el mundo.
Como todos sabemos, el arroz es un producto que consumen
masivamente los costarricenses, incluídos los más pobres. Así las cosas, estos
precios desmedidos tienen un impacto sumamente profundo sobre el bolsillo de
las personas que menos recursos tienen.
Ahora bien, no podemos dejar de señalar que el arroz es
todavía de los productos que mantiene un precio fijado, es decir, que no es
producto del proceso de mercado. Lo anterior, sin duda es un baño de realidad
directo para aquellos que piensan que la eficiencia se puede alcanzar
artificialmente a través de leyes, decretos y reglamentaciones. La realidad es
que cuando existe una regulación estatal los grupos de presión buscan ser los
beneficiados de la misma, precisamente, esto es lo que ha acontecido con el
caso del arroz, tal y como lo menciona la nota:
“El Gobierno y el Instituto de Investigaciones en Ciencias Económicas (IICE) de la Universidad de Costa Rica, concluyeron que la fijación por ley del precio perjudica al consumidor y al final beneficia solo a unos pocos productores.”
Bajo este panorama,
resulta impostergable la búsqueda de políticas públicas que solventen este
flagelo para la población costarricense. Evidentemente, para ASOJOD dichas
propuestas transitan por una mayor apertura comercial, una reducción de
aranceles y una disminución de las barreras de entrada al mercado. En este
sentido parecía caminar el Estado costarricense, mismo que se había
comprometido a que el precio del arroz se liberara a partir del primero de
marzo del 2015. Ahora, desafortunadamente al nuevo Ministro le resulta poco
dicho plazo de transición, situación que por supuesto nos deja a todos a la
expectativa de que irá a pasar con este medida.
Nuestro país no
puede seguir teniendo sueldos y condiciones del tercer mundo, y precios por
encima del primer mundo, esa ecuación es una receta para el desastre y
empobrecimiento económico. Debemos apostar por políticas públicas que alivien
la carga económica al consumidor, y no slogans vacíos. Las billeteras de las
personas no entiendes de ideas trasnochadas, la plata al final del mes alcanzo
o no, tan simple como eso.
