Los últimos gobiernos han gastado y
gastado excesivamente nuestra plata, de manera que han llevado a que el
país tenga déficits preocupantes. El pueblo, acertadamente, no ha
querido aprobarles mayores impuestos, pues bien sabe que simplemente
servirá para que prosigan en el dispendio de los fondos públicos. Me
imagino que, en parte, porque se tuvo banqueros centrales relativamente
sensatos, quienes no siguieron el camino de la emisión monetaria para
financiar al estado costarricense, dando lugar a una dolorosa inflación,
los gobernantes, también frenados por la no aprobación de mayores
tributos, acudieron al único camino que les quedaba, para no verse
obligados a frenar la expansión del gasto público: Acudieron al
endeudamiento; esto es, a pedir prestado.
Podían
haberlo hecho en el país; esto es, aumentando lo que se conoce como
deuda interna, pero principalmente el estado lo hizo endeudándose con el
exterior; es decir, aumentando la deuda externa. Lamentablemente, el
artículo del periódico La Nación del pasado 24 de marzo y que lleva por
título “Peso de la deuda pública alcanza récord en 10 años:
Endeudamiento del Gobierno Central llegó a 39% del PIB en el 2014”, no
hizo el interesante desglose del endeudamiento del gobierno central (ni
siquiera fue del gobierno total) en sus dimensiones interna o externa a
través de esos años. Pero, al fin y al cabo, ya sabemos que es el
gobierno central el que más suele endeudarse entre los distintos
integrantes del estado. Además de que es conocido que en los últimos
años el gobierno central ha acudido a un mayor endeudamiento con el
exterior, en comparación con el del propio país, por la obvia razón de
la caída relativamente más significativa de las tasas internacionales,
experimentadas al menos en los años más recientes: se ha tenido un costo
relativamente menor del endeudamiento externo que del interno.
Debo
hacer justicia e indicar que el periódico señala que “la deuda pública
total, que incluye también al Banco Central y al resto del sector
público, representó un 58.6%” del PIB. Lamentablemente, si bien es muy
interesante, este dato es puntual y no hay una serie que nos muestre el
endeudamiento total a través de los últimos 30 años, como sí lo hace en
el caso del endeudamiento del gobierno central. Pero, un 58.6% del PIB
como endeudamiento público, es una cifra que debe obligarnos a pensar en
torno a lo que procede ir haciendo, para evitar una crisis en cuanto a
tener acceso a fuentes de financiamiento que podrían ser una buena
opción (como cuando se usa en proyectos de inversión y no en gastos
corrientes, en donde los primeros se espera que tengan un rendimiento
superior a su costo de financiamiento).
Lo
más importante de destacar es que 2014 fue el año en que la deuda
pública del Gobierno Central llegó al nivel más alto de los últimos
años, como proporción del Producto Interno Bruto (PIB). Lo lamentable es
que, en el 2004, habíamos llegado casi a un porcentaje máximo de un
endeudamiento similar, pero, a partir de ese año, se inicia una deseable
declinación del porcentaje de endeudamiento del gobierno central, hasta
llegar en el 2008 casi al nivel histórico más bajo del período
1984-2014: cerca del 25% del PIB.
Este
comportamiento exitoso de reducción del endeudamiento del gobierno
central, se revierte a partir del 2008 -año en que, a fines de él, se
inicia la denominada crisis global de los últimos tiempos- ascendiendo
de un 25% del PIB en el 2008 a un 39.3% en el 2014; esto es, un
crecimiento de algo más de un 14% durante los últimos seis años.
Uno
de los inconvenientes de una política de endeudamiento gubernamental es
que tiende per se a aumentar las tasas internas de interés que se
cobran por el financiamiento de inversiones de las empresas, lo cual
ocasiona que la producción crezca menos en comparación con una situación
de menores tasas. Pero, como bien lo señala el anterior presidente
ejecutivo del Banco Central, don Rodrigo Bolaños, “en los últimos años…
las tasas no han subido mucho por las ventas de bonos en el exterior,
que el Gobierno hizo hasta este año”, según lo indica el informe
periodístico. Ciertamente el período recesivo global de los últimos
tiempos y la política agresiva del Banco de Reserva Federal de los
Estados Unidos (FED), han ocasionado que hayan caído las tasas de
interés denominadas en dólares en los mercados internacionales. De
cierta manera, esa fue una salvada para el gobierno gastón de los
últimos años, el cual no tuvo que pagar un costo alto por dicho
endeudamiento y, por lo tanto, tuvo un menor efecto interno sobre las
tasas de interés. Pero, como ya lo han advertido muchos economistas, el
fin de esas políticas monetarias laxas, principalmente de los Estados
Unidos, parecen estar próximas a su fin, lo cual causará, sin duda, un
efecto negativo mayor en nuestra economía que al experimentado hasta la
fecha, si es que proseguimos con nuestra disparada política de
endeudamiento externo.
Creo
que es un error circunscribirse únicamente al efecto negativo que sobre
las tasas de interés internas ocasiona un endeudamiento externo en las
circunstancias expuestas. Y es que cualquier endeudamiento, que en su
momento incurra el gobierno, deberá ser enfrentado en algún instante
-pagado- y para ello se deberá acudir a aumentar los impuestos o a
emitir dinero por el Banco Central, pero eso crearía problemas aún
mayores. Asimismo, podría encararlo renovando el endeudamiento, algo de
lo cual hemos hecho, pero esa “rotación de la deuda” en su momento llega
a un límite, como puede hoy atestiguarlo el gobierno griego o nosotros
después del 82. El inevitable incremento de los tributos es descontado
en la economía nacional, de manera que tendrá presente que, en el largo
plazo, las utilidades netas o ingresos netos serán posiblemente menores,
a causa de los mayores tributos para pagar aquellas obligaciones. Ello
puede incentivar un retraimiento de los planes de inversión del momento.
Este
punto es analizado por un estudioso del tema, el profesor James M.
Buchanan, quien indica en su obra The Public Finances, que “Si el gasto
financiado con endeudamiento resulta ser productivo, el contribuyente de
períodos posteriores por supuesto que puede estar mejor, aún en la
necesidad de tener que pagar intereses por la deuda, que lo que estaría
si no se hubiera emitido la deuda. Pero, esto es irrelevante para el
problema de ubicar el verdadero costo de las erogaciones, lo que se
conoce como la carga de la deuda. El problema es precisamente ese de
ubicar al individuo o al grupo que “paga por” los beneficios obtenidos a
partir del gasto público, con total independencia de si el gasto en sí
es productivo o improductivo. La emisión de deuda tiende a trasladar
esta carga del pago sobre el contribuyente en períodos subsecuentes a la
emisión de la deuda –la operación del gasto. Los impuestos, por
contraste, tienden a poner la carga sobre los individuos en el período
en que el gasto es llevado a cabo. Esta es la diferencia básica entre
los dos métodos de financiar el gasto público, y el fracaso de así
reconocer este punto puede tan sólo conducir a la confusión.” (Op. Cit.,
p.p. 304-305)
Desde
el punto de vista de la política económica del gobierno, vale la pena
tomar en cuenta la observación que formula el exministro de Hacienda,
don Edgar Ayales, quien indica que “en la medida que su deuda suba, el
Gobierno requiere pagar más intereses y le va quitando al país la
posibilidad de invertir en obras estatales.” En sencillo, podría llegar
el momento en que el endeudamiento del gobierno como porcentaje del PIB
es tan alto, como para que los prestamistas exijan tasas mayores (pues
el país se convierte en un riesgo mayor).
Por
su parte, el actual ministro de Hacienda, don Elio Fallas, señala que
“para detener dicho crecimiento [la deuda del gobierno central como
proporción del PIB], el Gobierno labora en dos áreas: la reducción del
déficit, especialmente el primario (ingresos, menos gastos, excluidos
los intereses), y el crecimiento económico.” Y es a esto último a lo
cual quiero referirme, en especial cuando el señor Fallas señala que
“realizan esfuerzos para que la producción crezca este año un poco más
del 3.4% que prevé el Banco Central.”
No
hay duda de que, con lo que nos dice don Elio, se encuentra metido en
un zapato. Primero nos dice que, para lograr reducir el porcentaje del
PIB que representa el endeudamiento del gobierno central, es necesario
reducir el déficit primario y crípticamente no nos dice cómo lograrlo,
sino que tan sólo señala entre paréntesis “(ingresos, menos gastos,
excluidos los intereses)”. Pero no indica, con la claridad requerida, lo
que ha venido haciendo el gobierno, cual es que ha aumentado su
presupuesto de gastos ordinarios del gobierno central para el 2015 en un
19%, con respecto al equivalente del año anterior. Esto pone en seria
duda el logro objetivo que señala el ministro Fallas para reducir el
déficit, cual es el de “menos gastos”. Aún más, en su obscura frase
entre paréntesis, tan sólo nos dice “ingresos”, me imagino que se debe a
que no quiere señalar que la mayor claridad de propuestas políticas que
ha hecho esta administración para reducir el déficit gubernamental, lo
ha sido por la vía de aumentos en los impuestos; es a ello a lo que se
refiere cuando dice “ingresos”.
Esto último nos lleva al segundo factor que, en opinión de don Elio, contribuirá a reducir el porcentaje que del PIB representa el endeudamiento del gobierno central. Según él, lo será mediante el crecimiento de la economía. Por supuesto que, si crece la economía -el PIB, el denominador del cociente-, si se mantiene sin crecer el numerador, que es la deuda externa del gobierno, velis nolis, decrecerá el cociente. El ministro Fallas, en una especie de anhelado canto del cisne, nos asevera que se “realizan esfuerzos para que la producción crezca este año un poco más del 3.4% que prevé el Banco Central.”
Don
Helio no sólo no nos indica cuánto crecerá este año el endeudamiento
del gobierno central, para estimar lo que sucederá con el cociente deuda
pública/PIB, sino que su esquema analítico contiene una enorme
contradicción. Si se aumentan los impuestos, como lo propone, no va a
lograr que aumente la producción, sino todo lo contrario: la única
posibilidad de compatibilizar una reducción del déficit con un mayor
crecimiento de la economía parece radicar en una reducción del gasto
gubernamental y, a la fecha, vemos que eso quedó en promesa de campaña
política. Si aumenta los impuestos como medio de reducir el déficit
gubernamental, precisamente originado por un gasto excesivo por encima
de las recaudaciones del gobierno, no logrará ni siquiera el moderado
crecimiento de un 3.4% para este año estimado por el Banco Central.
A
lo anterior debemos agregar lo indicado a La Nación por don Rodrigo
Bolaños, con base en un libro de Reinhart y Rogoff, que se resume en lo
pertinente que “en el caso de Costa Rica, con base en cifras de 1950 al
2009, cuando la deuda del Gobierno Central estuvo por debajo del 30% de
la producción, nuestro país tuvo un crecimiento económico de un 6.9%...
Sin embargo, cuando la deuda osciló entre 30% y 60%, dicho crecimiento
bajó a 5% y conforme aumentó más del débito, menos creció el país.”
Debido
a que en estos momentos el gobierno está considerando la colocación de
mayor deuda en los mercados internacionales y a que no define claramente
una reducción sustancial de su gasto, y que, más bien, busca imponer
sobre la economía nuevos y mayores impuestos, en un marco caracterizado
ya por una amplia incertidumbre en la economía, todo en conjunto hace
que las posibilidades optimistas de lograr un mayor crecimiento más se
parezcan más a un sueño de opio que a otra cosa.
Lamentablemente
para todos nosotros, los ciudadanos, el desorden en el manejo fiscal
tiene que ser debidamente corregido para que se nos cause el menor daño
posible. Las cuentas por el desorden habido ya tienen que ser pagadas,
pero no es legítimo ni moral acudir a medidas que no contribuyan a
sanear efectivamente nuestra economía, sino, por el contrario, a
empeorarla aún más. Si no se frena el gasto estatal, es poca la mejoría
que se podrá lograr y, más bien, de no hacerlo ocasionará daños futuros
aún mayores.







