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martes, 15 de enero de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: las predicciones del fin del mundo

Se le atribuye al cirquero estadounidense P. T. Barnum, la frase de que “cada minuto nace un incauto” (“There’s a sucker born every minute”). Hubo un montón de “majes” quienes creyeron que el mundo iría a terminar por ahí del 21 de diciembre, pues tales eran las predicciones (falsas) derivadas de la terminación e inicio de un nuevo ciclo del calendario de los mayas. Esto nos trajo a la memoria la alharaca y el tremendo negocio que hicieron algunos avispados del mundo de la computación, con el cuento de que el mundo se terminaría al concluir el siglo pasado. Fue la famosa historia del Y2K y el desastre tecnológico que implicaba la parálisis universal de la computación. Tampoco, en ese momento al igual que ahora, nada terminal pasó.

Este tipo de predicciones ha sucedido muchas veces en la historia de la humanidad. No quiero acordarme de las tristes matanzas que hubo en Guyana y en California décadas atrás, anticipándose a una presunta terminación de los tiempos. Igualmente ridículas fueron las del famoso predicador Sun Myung Moon, fundador de la Iglesia de la Unificación, quien en el 2000 profetizó que el reino de los cielos se establecería en la tierra. También en nuestro medio hubo una amplia difusión televisiva acerca de las predicciones de un tal José Luis de Jesús, otro rezador criollo de la región, quien había predicho que el 30 de junio del 2012 el mundo colgaría sus tenis. No hay duda que, como dice el latinajo, stultorum infinitus est numerus (el número de los estúpidos es infinito). Mayor que el de los embusteros profetas, lo es el de los incautos creyentes.

Ese negocio de predecir catástrofes no es patrimonio exclusivo de tipos ligados a movimientos religiosos, si bien muchos de ellos han tenido esa profesión.  También han existido notables científicos que se han aventurado a la riesgosa labor de hacer de profetas. Recuerdo algunos casos notables recientes de economistas y otros profesionales de ciencias afines, quienes se atrevieron a formular predicciones de similar talante.  Por ejemplo, el biólogo Paul Ehrlich escribió junto con su esposa un libro en 1968 titulado La Explosión Demográfica (The Population Bomb), en donde vaticinan hambrunas masivas a partir de la década de los setentas y ochentas, debido al excesivo crecimiento de la población humana, en comparación con el incremento proyectado de los recursos naturales. Fue una simple expansión de las ideas de Thomas Malthus, religioso y economista, quien se basó en el principio económico de los rendimientos decrecientes. Para él la población crecería geométricamente, doblándose cada 25 años, en tanto que los alimentos lo harían aritméticamente. Así aseveró que “Al final del primer siglo la población será de 176 millones y las subsistencias no llegarán para 55 millones; de modo que una población de 121 millones de habitantes tendría que morir de hambre”, Con el paso de los años esas desgracias malthusianas no se presentaron e igual sucedió con las predicciones de los Ehrlich, pues, por el contrario, con el paso de los años la población humana obtuvo una mayor alimentación per cápita. Ante esto, como excusa, dijeron los Ehrlich que sus metas habían sido logradas, pues provocaron un debate en torno al crecimiento de la población.  Creo que ni Babe Ruth pudo batear tanto como los esposos Ehrlich. 

Estos no son los únicos que vienen a mi memoria. En 1972 el prestigioso Club de Roma publicó su conocido informe Los Límites del Crecimiento, en el cual predijo que el crecimiento económico mundial se vería refrenado por la limitación de los recursos naturales, particularmente del petróleo. Incluso el también prestigioso Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) construyó un modelo con base en las predicciones del Club de Roma, según el cual alrededor del año 2000 sobrevendría el desastre económico mundial, debido a la limitación de recursos, tales como petróleo, agua y alimentos, que reduciría fuertemente el tamaño de la población del mundo.  Por supuesto que nada de esto ha sucedido. 

Las ideas de estos proponentes del “fin del mundo” de última camada las ha resumido recientemente el físico australiano Graham Turner, con base en los modelos del Club de Roma/MIT, quien señala que “el mundo va camino al desastre” y hace la sugerencia de que el crecimiento es aún posible si los gobiernos llevan a cabo políticas e inversiones en tecnologías verdes, que limiten la expansión de nuestra huella ecológica. Con esto se nos quiere empujar a la idea de un gobierno mundial que permita evitar, una vez más, un predicho final del mundo.

Tranquilos. Podemos esperar que este año sea económicamente difícil aquí y posiblemente en casi todo el mundo restante. Pero no habrá un fin del mundo. Algo que me atrevo a señalar es que, en tanto las principales economías occidentales (Europa y Estados Unidos) no pongan en orden sus finanzas públicas, sus economías no van a recuperar una tasa de crecimiento deseable. Por el contrario, de no ponerse orden en el excesivo gasto gubernamental en todas en esas regiones del mundo, valdría la pena que se volvieran las miradas hacia la Grecia eterna.  Sólo que esta vez Grecia no es el ejemplo de florecimiento y progreso que siempre hemos admirado. Tristemente hoy lo es de cómo las naciones pueden terminar sumidas en un letargo en cuanto a su crecimiento económico, por la ambición de creer que, por medio de la acción del estado, es posible vivir más allá de sus medios por largo tiempo. Ahí si que se presenta un juicio final, más tarde o más temprano.

Jorge Corrales Quesada

lunes, 23 de mayo de 2011

Tema polémico: el fin del mundo... que no llegó


Vivimos en una época donde la información brota desde todos los rincones del mundo, siendo difundida sin control por múltiples medios accesibles para todos nosotros. Recientemente, con Revolución de los Jazmines y los hechos subsiguientes, pudimos apreciar el impacto de las nuevas tecnologías de la información, que no pudieron ser silenciadas por los gobernantes represores.

Vivimos, además, en una época donde la ciencia ha dado pasos de gigante, llevando la luz del entendimiento donde cundían las sombras de la ignorancia. La medicina, especialmente la regenerativa, es quizá el campo donde el avance ha sido más significativo y sorprendente.

El progreso del conocimiento y la técnica nos llena de esperanza para pensar que es posible develar los grandes misterios y retos que, como especie, enfrentamos; sin embargo, esta esperanza contrasta con el persistente misticismo y el augurio de profetas que advierten un futuro caótico, lleno de devastación, donde todo está irremediablemente escrito.

Lo anterior a propósito del anuncio realizado meses atrás por Harold Camping, un ingeniero y predicador evangélico de los Estados Unidos que vaticinó para el pasado 21 de mayo, precisamente 7.000 días después del diluvio universal, el fin del mundo. Pues bien, ya hoy es 23 de mayo y el mundo no se acabó, como sí podría acabarse la credibilidad de ese charlatán.

No obstante, detrás de él aparecerán otros cientos. ¿Cuántas veces hemos escuchado tonterías de este tipo? En realidad, no resulta sorprendente que existan charlatanes como este, dispuestos a anunciar el fin del mundo; después de todo, desde las sociedades primitivas el miedo al fin del mundo ha sido una constante, por lo que este tipo de tonterías no son nuevas.

Lo que si resulta sorprendente, y poco alentador, es que en pleno siglo XXI existan tantos ingenuos dispuestos a escuchar oráculos. Por ejemplo, el pasado 11 de mayo muchos ciudadanos abandonaron la ciudad de Roma y al menos 15% de los empleados públicos no asistieron a su trabajo ante una profecía que anunciaba un fuerte terremoto que destruiría Roma ese mismo día. Desde las profecías de Nostradamus, los mayas y Benjamín Solari, abundan los embaucadores, pero sobe todo, los que se dejan encantar por los cantos de sirena.

¿Qué está pasando? Desgraciadamente, el desarrollo del razonamiento lógico no ha ido a la par del progreso científico y técnico, por lo que aún cuando encontramos soluciones que hace décadas parecieran imposibles y cuando las fronteras del conocimiento son cada vez más superadas por la ciencia, pululan los estafadores místicos, los embaucadores del espíritu, los mercaderes del miedo que siguen convenciendo a otros tan idiotas como ellos para comprometerlos en descabelladas empresas.

Por desgracia, mientras las personas no renuncien a seguir creyendo los cuentos de hadas, seguiremos teniendo los mismos problemas políticos, económicos y sociales que nos afectan, pues muchos de ellos son el resultado de equivocadas convicciones que motivan las acciones de las personas.