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lunes, 2 de junio de 2014

Tema Polémico: Ni de izquierda ni de derecha

A los liberales en muchas ocasiones suelen señalarnos como personas “de derecha” principalmente por el hecho de que defendemos libertades económicas como el libre comercio, el respeto a la propiedad privada y los contratos entre las partes dentro del mercado sin la injerencia del gobierno. Probablemente es cierto que en esto coincidimos con algunos grupos “de derecha” o conservadores sin embargo hay muchas ideas de los conservadores que lejos de ser similares a las nuestras más bien las consideramos retrógradas y muy lejanas a nuestra manera de pensar. En lo que respecta a libertades sociales como la libertad de credo, orientación sexual y consumo de drogas bien podrían decir que nos parecemos más a grupos “de izquierda”. Hay otras libertades inclusive, como la libertad de expresión, en las que somos consistentes y no andamos en conveniencias como suele suceder con estos grupos “de izquierda” o “de derecha”.

Lo que sucede es que nosotros simplemente defendemos la libertad en todas sus expresiones. Eso hace que en algunas ocasiones coincidamos con algún grupo o con otro y no somos “medias tintas”. De hecho, no nos deja de molestar un poco que grupos de derecha y de izquierda comúnmente incluyen la palabra libertad en sus discursos pero luego defienden políticas que lo contradicen. Los socialistas acusan de “cavernícolas” a aquellas personas que atacan a otros porque simplemente no siguen un estándar antiguo de buenas normas morales o conductas. En eso estamos de acuerdo y nos alegra que cada vez son más las personas que con mucho respeto y tolerancia aceptan a otras personas sin importar si orientación sexual, credo o forma de vida; pero también es muy evidente la contradicción en la que caen los socialistas cuando luego se ponen a atacar el libre comercio y los derechos de propiedad sin tomar en consideración el enorme beneficio que le han traído a la humanidad. Eso sería igual de “cavernícola”. Lo mismo se podría decir de los grupos de derecha pero al inverso. Al final los liberales podríamos decir que ambos grupos son “cavernícolas” por distintas razones.

Es por eso que los liberales no somos ni de derecha ni de izquierda. No andamos con dobles discursos ni dobles morales. Somos 100% consistentes en una cosa que es la defensa de la libertad. 

lunes, 17 de enero de 2011

Tema polémico: ser liberal no es ser de "derecha"


En cuanto a posiciones políticas, quizá los términos más comunes con los que la gente se identifica y que la academia, los medios de comunicación y la población en general reconocen, son izquierda-derecha. Esta dicotomía se ha usado, comúnmente, para denotar a quienes apoyan el comunismo (izquierda) frente a los que prefieren el capitalismo (derecha), pero cayendo en un burdo simplismo con importantes consecuencias, todo lo cual queremos abordar en este Tema Polémico.

En ASOJOD queremos centrarnos en explicar que el liberalismo y la derecha, aunque típicamente se han considerado "hermanos" o, incluso, equivalentes, son sumamente diferentes. Para ello, primero hay que explicar qué se entiende por "derecha". Sin entrar en mucho detalle, la dicotomía izquierda-derecha se popularizó luego de la II Guerra Mundial, con el inicio de lo que se conoció como Guerra Fría, una disputa geopolítica entre las potencias socialistas -lideradas por la antigua URSS- y las capitalistas -comandadas por USA-. Se suponía que era el enfrentamiento entre opresión y libertad, entre un Estado centralizado y un mercado descentralizado. Frente a ello, académicos, políticos y demás, comenzaron a desarrollar sus propias teorías para explicar la dicotomía, pero siempre entendiéndola como un continuum con dos extremos -izquierda y derecha- en los cuales, los actores se movían en una línea que marcaba diferencias de grado.

Sin embargo, esa caracterización hoy día, está superada o, al menos, debería estarlo. ¿Por qué? Básicamente por dos razones: 1) es anacrónica y 2) es simplista. En cuanto a la primera, es obvio que superada la Guerra Fría, no hay bloques de poder tan claramente definidos como en su momento, sino que el poder se ha distribuido en una multiplicidad de actores que deben ser considerados en el análisis. La segunda tiene que ver no sólo con la ideología, sino con los intereses. No sólo hay más actores, sino que el desarrollo teórico-filosófico demuestra que los bloques "izquierda" y "derecha" no son monolíticos e, incluso, contienen elementos que no calzan en su caracterización. Primero, es imposible pensar que hay un grupo de corrientes socialistas uniformes: las diferencias entre marxistas, stalinistas, luxemburguistas, comunistas, troskistas, maoístas y demás, así lo demuestran, al igual que las divergencias entre los que se consideran "capitalistas". Es muy irresponsable, desatinado y hasta irrisorio, ver que se considere como pares a liberales, socialdemócratas, fascistas y otros grupos que, comúnmente, se ha dicho no son socialistas. Ante ello, ningún analista serio -este término definitivamente excluye al ejército de charlatanes que, con título o sin título que los califique, pretenden entender y explicar la política- usaría actualmente esa categoría de izquierda-derecha, sea para explicar la economía, la política, el derecho, la sociología o cualquier otra disciplina, pues la teoría ha avanzado lo suficiente como para dejar claro que existe una multiplicidad en el pensamiento y que las marcadas diferencias impiden que se les clasifique en un plano unidimensional.

Pues bien, la realidad demuestra que esos charlatanes e irresponsables son los que dominan los medios de comunicación, las aulas de los diferentes niveles educativos y el discurso público, toda vez que aún hoy es fácil escuchar a alguien relacionar a corrientes de pensamiento claras con esas categorías superadas. Justamente ese es el caso que queremos abordar, cuando se considera al liberalismo como parte de la derecha, hermanándolo con el fascismo o la socialdemocracia.

Empecemos por explicar, grosso modo, los principios fundamentales del liberalismo o, por lo menos, los que fungen como común denominador entre las diferentes ramificaciones de esta corriente. Fundamentalmente, quienes se ubican en esta corriente comparten su aprecio por la libertad, el individualismo, el mercado como mecanismo de generación y distribución de riqueza, la descentralización de la información, la propiedad privada, la reducción del Estado y la iniciativa y decisión privadas. Por su parte, las características principales de la socialdemocracia son la intervención del Estado en las decisiones de los ciudadanos, la distribución de la riqueza, los derechos colectivos o sociales, la supeditación de lo individual a lo colectivo, entre otras. Queda claro que no son lo mismo.

Con el fascismo también existen diferencias que hacen que el liberalismo sea diametralmente opuesto. Hoy día, esos charlatanes e irresponsables de los que hablábamos en párrafos anteriores, dicen que las dictaduras militares en Chile y Argentina o que el "imperialismo" estadounidense son sinónimo de liberalismo. Nada más errado. Si bien es cierto que en Chile se tomaron algunas medidas liberales -reducción de aranceles, privatización de empresas estatales, transformación del sistema de pensiones, pasando de un esquema de reparto a uno de capitalización individual, potencialización de la libre competencia, desrregulación, etc.- lo cierto es que se llevaron a cabo en un contexto muy particular, caracterizado por la falta de libertad en otros ámbitos de la vida y por la existencia de una dictadura atroz y violatoria de los derechos individuales. Inclusive, en la actualidad, es posible observar cómo en ese país todavía persiste una defensa y un enfoque de libertad económica, pero no de libertad civil, política, decisional, etc. Temas como el aborto, la unión civil de personas del mismo sexo, entre otros, se mantienen con un bajo perfil, posiblemente por la influencia de la religión, que en esa nación es un factor muy importante para el conservadurismo.

En cuanto a Argentina, lo único en que coincidió con el liberalismo fue en un incipiente proceso de apertura económica que, hasta la fecha, no se ha consolidado por causa del imperante mercantilismo existente en esa sociedad. Si bien es cierto que algunos intentos por sacar al Estado de varios ámbitos de la economía tuvieron lugar -como en el caso de las privatizaciones- todo esto no se dio en un ambiente de libertad. Las empresas estatales no se vendieron como en una economía de mercado -donde no existen barreras de entrada para los competidores- sino que le fueron traspasadas a personas cercanas al Gobierno. El proteccionismo comercial, la corrupción, el despilfarro de los fondos públicos y las medidas anticompetitivas -impuestos altos, regulaciones absurdas, burocracia y tramitología- son elementos evidentes en el funcionamiento de ese país.

Por su parte, Estados Unidos -calificado por los partidarios de la teoría de la conspiración como "imperialista"- es un vivo ejemplo de todo lo que NO es liberalismo. Esa sociedad abandonó las ideas liberales desde la década de los 30, cuando se pusieron en marcha las políticas keynesianas diseñadas para la supuesta salvación de la economía y que, hasta estos días, no han sido eliminadas. Todavía persisten altos subsidios, enorme gasto estatal, regulaciones odiosas y una compra-venta de favores políticos que, aunque importante y destructiva, no alcanza los niveles de los países latinoamericanos.

Como podrán ver, y para confirmar los invitamos a investigar más acerca del pensamiento liberal, quienes creemos en la libertad verdaderamente, lo hacemos como un valor indivisible: no se puede hablar de libertad económica sin libertad civil o política y viceversa. Por ello, repudiamos todo uso de la fuerza y la coerción, todo impedimento a que los individuos piensen, se expresen, se asocien y busquen los fines que desean.

Los liberales creemos que el Estado debe salir completamente de la economía y de la vida de los ciudadanos, dedicándose únicamente a brindar protección a su vida, libertad y propiedad, y no a subsidiar pobreza, intervenir mercados, regular actividades productivas ni obstaculizar las decisiones individuales. Pensamos que el Estado no debe tener empresas, hospitales, escuelas, colegios o universidades, sino que todo eso debe ser privado, pero en un sistema donde libremente se pueda competir y escoger, no donde los políticos le aseguren un monopolio a los empresarios.

Defendemos la iniciativa privada para que las personas, haciendo uso de sus recursos, puedan escoger la actividad a la que desean dedicarse para obtener ingresos y que los otros individuos, libre y voluntariamente, decidan si premian o castigan su esfuerzo. Procuramos que las relaciones entre las personas se basen en el intercambio, definiendo cada parte lo que considera como valor y transándolo según los términos que ellos escojan, sin intervención de terceros.

Rechazamos los subsidios, los impuestos y el absurdo gasto público que tienen la mayoría de los Estados actuales, pues quitarle riqueza a quienes la han producido por su esfuerzo y talento para dársela a quienes no la han producido es inmoral. Además, es ineficiente, pues las personas no salen de la pobreza con base en bonos, becas y demás ayudas estatales, sino por la búsqueda de oportunidades de mercado, es decir, por la creatividad y capacidad para satisfacer necesidades de consumo.

Ser liberal no es ser de derecha. El fascismo pretende colocar valores colectivos por encima de los individuales; supeditar a las personas a entelequias como "patria", "bien común", etc. que no son otra cosa que el camuflaje para que unos utilicen a otros como medios para alcanzar sus fines. El fascismo se basa en el corporativismo, esto es, el Estado definiendo quiénes son los ganadores y perdedores de la actividad política y económica, dirigiendo la producción, asignando beneficios a sus amigos y perjuicios a sus enemigos, mientras el liberalismo busque que sean los consumidores los que premien o castiguen.

La socialdemocracia o el socialcristianismo coinciden con el fascismo en la supeditación del individuo. Para esas corrientes, siempre hay algo más importante que la persona como para obligar a esta a ser un simple medio, despojándola de su riqueza, su talento, su trabajo, su esfuerzo y su dignidad. Comparten como valor que el individuo no es, para esas corrientes, más que un instrumento a disposición del político de turno para la consecución de valores antojadizos y caprichosos, basados en las ocurrencias y perversiones.

El liberalismo, por el contrario, es la única corriente de pensamiento que respeta la diversidad, aunque sea en su contra. La única que no pretende obligar a las personas a contribuir en el alcance de fines que no le son propios, la única que respeta al individuo como un ser que requiere, como condiciones sine qua non, la libertad, la propiedad y la vida para poder desarrollarse.

Así que cuando escuchen a alguien hablar de derechas e izquierdas y, principalmente, confundir al liberalismo con la derecha, pueden estar seguros que están frente a un estafador intelectual, frente a un charlatán que, por ignorancia o maldad, está tratando de confundirlos.

lunes, 23 de marzo de 2009

Tema Polémico: el logos latinoamericano


Una elección más, una victoria más para la izquierda en Latinoamérica. El fin de semana anterior el FMLN alcanzó el poder en el Salvador después de 20 años de gobierno por parte de ARENA. Podemos identificar dos tipos de izquierda dentro de Latinoamérica, una moderada y sensata preocupada por la estabilidad macroeconómica del país –como lo es Lula en Brasil y Bachelet en Chile- y otra demagógica y populista, encabezada por el megalómano Hugo Chávez. A cuál de estas dos tendencias se adherirá el gobierno de Funes sólo el tiempo lo dirá, no es nuestra intención especular al respecto en cuanto a este punto.

Después de tantas victorias electorales de la izquierda es necesario preguntarse ¿por qué tanto éxito?. En ASOJOD pensamos que este romance del electorado latinoamericano con la izquierda se debe a una profunda confusión conceptual. Muchos asocian las reformas de los 90 y lo que sucede en nuestros países con reformas de mercado, lo cual no podría estar más alejado de la verdad. Esta corrupción conceptual la encontramos en nuestro propio país, y para darse cuenta basta con leer las expresiones de Luis Paulino Vargas respecto a la “dictadura de los Arias”:


“Es neoliberal, pues, porque recoge a su interior, con notable fidelidad, las peores lacras de la globalización neoliberal que la humanidad padece hoy día. Como ésta, es un proyecto que subordina al mercado, al negocio y la ganancia, toda otra consideración. La vida incluida. Por ello es, esencialmente, un proyecto orientado a la destrucción de la vida. O sea, un proyecto de muerte.”


Analizemos un momento estas divagaciones. Según el catedrático de la UNA, Costa Rica se encuentra subordinada al mercado, ¿es acaso esto cierto? Por supuesto que no. Basta con hacer un breve repaso de las instituciones del Estado costarricenses para desmentir esta falsedad. Lo cierto es que en Costa Rica tenemos un sistema de economía mixta que de lo poco de capitalismo que tiene es el reconocimiento de la propiedad privada, la cual incluso puede ser limitada en función del “bien común” (art. 45 de la Constitución Política) ¡menudo capitalismo salvaje! Lo que sobra en nuestro país es intervencionismo estatal en la economía. En ASOJOD los invitamos a hacer un breve recorrido que demuestra nuestra afirmación: tenemos un Estado que subsidia la educación (incluso la superior), subsidia la salud (incluso el "derecho fundamental" a tener erecciones), tiene medios de comunicación (SINART), interviene en la construcción de infraestructura, ofrece servicios bancarios, de telecomunicaciones, de seguros, subsidia la vivienda, impone impuestos progresivos a la renta, impide la libre importación de arroz a los particulares, subsidia los deportes (incluso le da un salario a Nery Brenes), tiene el monopolio de la emisión de moneda, opera puertos, tiene el monopolio de los combustibles, ofrece servicios de energía y agua y así la lista podría extenderse casi hasta el infinito. Después de todo esto, en ASOJOD no podemos entender cómo alguien puede tener el descaro para decir que Costa Rica está “subordinada al mercado”.
Esta misma incomprensión de la realidad ha podido ser apreciada a lo largo de la discusión respecto a la crisis. Por supuesto no han faltado voces que han culpado al mercado de lo sucedido y celebran la muerte del capitalismo, como un profesor de la UCR, quien ha dicho:


“Tal como predijo Marx, lo que nos muestra esta crisis es el fracaso absoluto de las políticas de libre mercado para enfrentar y resolver los problemas que el mismo mercado produce. Y, como en los años 30, el capitalismo intenta salvarse recurriendo a la intervención del Estado”


¿Es esto lo que sucedió con la crisis? ¿Acaso el gobierno no promovió el acceso de vivienda, acaso el gobierno no respaldaba a instituciones como Freddie y Fannie, acaso no fue la FED la que bajo los intereses hasta niveles históricos? Y para "resolver" la crisis en Costa Rica no es nuestro Estado el que está promoviendo subsidios para desempleados, protección para trabajadores, consumo de la producción alimentaria nacional aunque sea relativamente más cara en comparación con otros países? No está pidiendo nuestro Estado que los Bancos bajen tasas de interés y que reactiven el crédito?

Este es el problema más grave que sufre Latinoamérica hoy en día. No hemos identificado las causas verdaderas de nuestros problemas, sino que se ha privilegiado el facilismo intelectual: trasladar la culpa a fantasmas inexistentes. Si queremos tener soluciones efectivas para nuestros países, lo primero que debemos hacer es rescatar el logos que nuestra región se ha encargado sistemáticamente de pervertir.

sábado, 21 de marzo de 2009

El pensamiento de Galeano


En esta exposición el profesor Alberto Benegas Lynch comenta y crítica las principales ideas de uno de los escritores más influyentes en América Latina: Eduardo Galeano

viernes, 16 de enero de 2009

Viernes de recomendación


Para estos tiempos de crisis, donde las ideas progresistas resurgen con toda su fuerza como la solución mágica, en ASOJOD queremos ofrecerles un interesante artículo de Roger Scruton, titulado La hegemonía actual de la izquierda progresista, que revela claramente la forma en que la "academia", el clero y los medios de comunicación se han prestado para la charlatanería y el adoctrinamiento con las ideas "políticamente correctas".

Para quienes hemos tenido la oportunidad de estudiar en la Universidad de Costa Rica, este texto viene a confirmar lo que ya sabíamos: el sesgo progresista, irrespetuoso de la libertad y la individualidad con que muchos cursos se imparten. Ese mismo sesgo se refleja claramente en los distintos medios de comunicación (incluyendo a Repretel y a Teletica) y ni qué decir de los discursos de los "curitas con fusil", como bien les llama Carlos Alberto Montaner

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Agro y pobreza


Luego del fracaso de la reforma agraria como propuesta política en América Latina, la izquierda dirigió sus críticas más duras contra la agricultura empresarial, conocida también como el “agribussines”, olvidando el sorprendente éxito de este sistema. La agricultura empresarial tiene una productividad inmensamente mayor a la agricultura de subsistencia, tradicional en el continente. Pero si bien el sector agrícola disfruta de un éxito remarcable, la izquierda asegura que este éxito ha tenido un mínimo impacto sobre la pobreza. Esta es una vieja falacia del socialismo. La realidad es distinta.

La misma falsa propaganda anticapitalista surgió hace unos años, cuando se puso en evidencia que en las primeras dos décadas de la globalización (1980-2000) el libre comercio originó un crecimiento y un bienestar nunca antes visto en la historia de la humanidad. La izquierda inventó entonces una nueva propaganda: “si bien la globalización dio origen al crecimiento económico y la riqueza de los países, como contrapartida, la globalización (por arte de magia) dio origen al aumento de las desigualdades entre los pueblos”. Esta propaganda resultó ser totalmente falsa.

Un estudio del Banco Mundial de más de 90 países demostró que en todos los países que crecieron y progresaron, el mejoramiento del nivel de vida de sus pueblos se dio tanto para los ricos como para los sectores más pobres. Todos progresaron y lo hicieron en aproximadamente igual proporción. En realidad, tanto los más ricos como los más pobres se hicieron más ricos.

La desatinada propaganda del socialismo en el agro latinoamericano se sustenta en que, a pesar de que los empresarios agrícolas se vuelven cada día más prósperos, los campesinos en gran parte continúan sumidos en la pobreza. Por tanto, pese a su menor productividad, los gobiernos tienden a aplicar políticas agrarias en contra de la agricultura empresarial y a favor de la agricultura tradicional de subsistencia. Esto último, sostienen los neosocialistas del grupo de Hugo Chávez y Evo Morales, debe ser promovido mediante la obsoleta y fracasada reforma agraria.

La agricultura de subsistencia, que ya practicaban los mayas y los incas mucho antes del arribo de los españoles, sigue siendo tan pobre en tecnología, que si bien emplea a un 30 % o 40 % de la mano de obra de los países, contribuye con solo el 7 % del crecimiento del producto interno bruto (PIB). Esta agricultura se basa en la sobreexplotación de tierras que fueron expropiadas a sus propietarios y distribuidas a los campesinos. Las pequeñas fincas tienen suelos empobrecidos por siglos de cultivos, suelos hoy incapaces de producir casi nada.

Las parcelas de la reforma agraria no sirven para mantener a una familia, lo que obliga a sus miembros a hacer “changas” parte del tiempo, o a quemar los bosques para extender áreas de cultivo en el milenario sistema del rozado. Los gobiernos populistas pretenden ahora promover en estas tierras la agroindustria y los biocombustibles. La agricultura empresarial, en cambio, asigna toneladas de fertilizantes para recuperar la fertilidad, introduce riego artificial y sofisticadas maquinarias y tecnología de cultivo que multiplican la productividad de la mano de obra y el ingreso de los campesinos.

Es absurdo pretender que indígenas que utilizan arados de madera y palos con puntas para sembrar, como lo hacían sus ancestros miles de años antes, tengan resultados similares a modernas explotaciones empresariales que utilizan tractores, regadío artificial, maquinarias y sistemas satelitales que multiplican por 60 o más la producción de cada trabajador indígena. Lo mismo se aplica a las distintas poblaciones.

Muy distinto es el caso de los trabajadores rurales que consiguen un empleo en las empresas agrícolas, aprenden la disciplina laboral y reciben sofisticada transferencia tecnológica. Estos trabajadores y sus familias no solo se integran a sus empresas al igual que los trabajadores en las distintas industrias, sino que amplían considerablemente su libertad de trabajar y disponer del fruto de sus esfuerzos, así como el respeto a sus derechos de propiedad.

Porfirio Cristaldo Ayala

miércoles, 31 de octubre de 2007

Claudicación ideológica


En días recientes leí declaraciones de uno de los dirigentes universitarios de oposición, según las cuales el problema de la venidera reforma constitucional venezolana que impulsa Hugo Chávez es que el presidente venezolano "pretende imponer en el país un socialismo autoritario, que dista de los verdaderos valores de la izquierda".

Semejante punto de vista llama la atención por tres razones. Primero, luce evidente que lo que el estudiante critica de Chávez no es su proyecto socialista sino sólo su vocación autoritaria. Es claro que el líder estudiantil desconoce por completo la historia del socialismo y el hecho clave que el socialismo siempre, sin excepción, ha estado acompañado del autoritarismo político. Tal resultado no es casual, pues el socialismo implica y exige la socialización de los medios de producción y la propiedad colectiva de los mismos, lo cual en la práctica concentra el poder económico en manos de quienes controlan el gobierno y, en consecuencia, les concede el dominio político sobre los ciudadanos.

En segundo lugar, sorprende que un dirigente universitario ignore que la izquierda ha estado históricamente asociada a las más brutales formas de represión política en Rusia, China, Cuba y en tantas otras partes. Por lo visto, el líder estudiantil cae en la trampa de que la izquierda es buena, por definición, y la derecha siempre mala, por lo que si Chávez es "malo" no puede ser calificado de izquierdista. Mas me temo que todo esto no pasa de ser un ardid, mediante el cual la izquierda internacional procura eximirse de su terrible historia, mostrándose ahora como adalid de la democracia y la libertad, a la par que prosigue su irresponsable y miope promoción del sistema socialista, socialismo que siempre será receta inexorable de ruina económica y opresión política.

En tercer lugar resulta lamentable que la oposición venezolana —incluidos aparentemente no pocos estudiantes— claudiquen de una manera tan fácil frente a Chávez en el terreno ideológico. La oposición venezolana pierde de vista que Chávez ya ocupa totalmente el terreno de la izquierda en Venezuela, que por más esfuerzos que se hagan jamás será posible distinguir el socialismo de Chávez del presunto socialismo "bueno" que pregonan nuestros ingenuos universitarios, y que a pesar de sus tropelías y disparates Chávez representa la más nutrida y eficiente izquierda contemporánea, una izquierda que no ha asimilado las lecciones de la debacle socialista, que sigue encerrada en el reino de la utopía, virulencia anti-yanqui y anti-capitalista, y que perdió la brújula en el pantano del fracaso.

Quizás el único resultado positivo de la tragicómica experiencia chavista es enterrar por mucho tiempo a la izquierda y la ilusión socialista en Venezuela. Esa coyuntura de un futuro previsible podría ser aprovechada por las nuevas generaciones para sacar al país de la ciénega paralizante de la cultura de izquierda; pero las posturas ideológicamente atrasadas que expresan algunos universitarios venezolanos sugieren que es posible que esa oportunidad —si es que efectivamente se presenta— se perderá de nuevo. Durante los años sesenta y setenta era en alguna medida comprensible que los jóvenes sucumbiésemos ante el espejismo socialista, por idealismo e ignorancia. Pero en nuestros días, después de lo que ahora sabemos, resulta imperdonable que nuestros universitarios continúen atrapados en esa cárcel del pensamiento.

Por Aníbal Romero

sábado, 29 de septiembre de 2007

El marketing de la solidaridad


A lo artificial suele oponerse lo natural con al intención de dar a lo fabricado por el hombre una carácter maléfico, una especie de impronta moral que señalaría el origen impuro del producto, del bien, en su concepción capitalista.

La divisoria no siempre es clara. Al fin y al cabo se trata de condenar a las grandes multinacionales; a los fabricantes masivos de bienes y servicios; a los gigantes de la distribución o a los intermediarios, no al pequeño, al buen artesano que trata de colocar su mercancía sorteando las dificultades de un mercado dominado por el interés y la globalización.

El "comercio justo", la "sostenibilidad" y otros adminículos intelectuales de la nueva izquierda comparten con "lo artesano" un universo de valores que oponer al egoísmo y la avaricia característicos del mercado capitalista. Se trata de potenciar un mercado paralelo en el que no hay cabida para el beneficio, finalidad en la que se resume la inmoralidad implícita en el comercio en una sociedad libre.

Las críticas al comercio ya las encontramos en el formidable enemigo de la sociedad abierta que fue Platón, un firme partidario de la "organización aristocrática de la sociedad, ya que el comercio ha sido siempre despreciado por la nobleza, que no por ello ha dejado de usar los servicios de los comerciantes, a lo que a veces ha sometido incluso a pillaje". "Lo sorprendente", continúa Harold B. Acton, "es que tal actitud aristocrática perviva en la sociedad actual".

La nueva izquierda aristocrática ha dado la espalda a Marx y de paso se ha hecho malthusiana. El comercio justo y la sostenibilidad son su mejor bandera. Si queremos hacer que le mundo sea mucho mejor, nos dicen, podemos intentar la transformación desde nuestro bolsillo, cambiando nuestro hábitos consumistas.

Adaptada a los nuevos tiempos la izquierda renueva sus paradigmas sin desprenderse de la vocación reformista y moralizante de antaño. La condena sin paliativos al comercio se ha suavizado, ha adaptado su mensaje envasando sus preferencias morales y concediendo un espacio a un comercio solidario contrario a la competencia y al lucro. Y es que, nos dicen, la solidaridad es la mayor realización de una sociedad cooperativa, una sociedad que crece con el sostenimiento de estructuras que fomenten la cooperación y no la competición.

Sin embargo, aunque la vieja izquierda evoluciona y se hace tímidamente darwiniana no termina de encajar que "no es posible representar al ser humano exclusivamente como un animal egoísta, capaz de construir, por acuerdo racional con otros individuos egoístas, sólo una colaboración social conscientemente diseñada" (Schwartz). La izquierda no puede dejar de ser constructivista y desde luego no entiende al mercado.

Las grandes multinacionales han encontrado fórmulas para dar a sus productos una especie de envoltura "sostenible" y artesanal. El marketing solidario/ético/humanista es prueba de ese esfuerzo y una demostración de la efectividad de las consignas izquierdistas... y de sus contradicciones. O sencillamente del desconocimiento al que antes aludía. Las empresas aportan fondos a ONGs de fines nobilísimos; incorporan a sus portfolios productos solidarios, conscientes de que existe un deseo de transformación social que busca satisfacerse con mínimos cambios conductuales. El mercado se abre camino, a veces devorando a sus enemigos. Junto a los que consumen solidaridad, como valor añadido a los productos que adquieren, otros primarán bienes por motivos mucho menos elevados. Entre tanto será la libertad y no una moral embotellada la que saque de la pobreza a otros tantos millones de personas que ya se benefician de la competencia global, que no es enemiga de la cooperación, como pretenden hacernos creer.

Parafraseando a Mises, si queremos evitar la destrucción de nuestra civilización debemos mostrar o demostrar lo mucho que le debemos a la vilipendiada libertad económica, al sistema de libre empresa y al capitalismo.

Antonio Gimeno, tomado del Instituto Juan de Mariana