Es hora de que Costa Rica y toda Latinoamérica despierten del histórico sueño norteamericano, el sueño de tratar de igualarse con EE.UU. por la vía de la redistribución de riqueza de norte a sur y por la aplicación de políticas mercantilistas internas que, aunque en teoría funcionan en economías muy desarrolladas, en economías pequeñas y poco desarrolladas terminan condenando a los países a una dependencia cuasi colonial.
La maldición de las materias primas que conlleva un excesivo énfasis en la sub utilización de recursos financieros y humanos y que sirve para satisfacer la necesidad de los países desarrollados por tales materias –incluyendo ensambles de poco valor agregado (Zonas Francas)– aumenta sistemáticamente el riesgo de generar economías de escasez interna que ponen en peligro la seguridad y prosperidad de los habitantes de estos países. Semejante fenómeno, unido a una planificación centralizada de la producción y un proteccionismo elitista tradicionalmente ineficaz y redistributivo, mantienen a las economías de nuestros países dentro de un ingrato modelo de redistribución de la pobreza, donde cuaja la servidumbre de un capital humano de bajo conocimiento tácito y carente de capacidad heurística, factores que impiden la innovación continua y la capitalización individual.
Las soluciones, aunque evidentes, son altamente conflictivas, dado que el poder económico establecido y el poder político se hallan altamente interconectados y dependen el uno del otro. La desprotección de todos los grupos económicos, incluyendo a los empleados públicos e instituciones estatales, permitiría que surja una economía basada en los méritos, el descubrimiento empresarial y la diseminación del conocimiento tácito, situación que optimizaría –no cabe duda– la formación de nuestro capital social.
Para el empresario, solo existen costos de oportunidad y costos de transacción. Los costos de transacción son aquellos impuestos por el Estado que crean incertidumbre financiera, regulación engorrosa, impuestos depredadores al capital y trabas para acceder a los mercados. Si Latinoamérica, frente a la actual crisis económica de los países desarrollados, entra en un nuevo estancamiento económico, hay que identificar a sus causantes inequívocos: el fenómeno de la maldición de las materias primas de bajo valor agregado y los altos costos de transacción que impiden el descubrimiento en los mercados, además de aumentar la resistencia a la capitalización individual y a la inversión generadora de empleo.
Andrés I. Pozuelo Arce
La maldición de las materias primas que conlleva un excesivo énfasis en la sub utilización de recursos financieros y humanos y que sirve para satisfacer la necesidad de los países desarrollados por tales materias –incluyendo ensambles de poco valor agregado (Zonas Francas)– aumenta sistemáticamente el riesgo de generar economías de escasez interna que ponen en peligro la seguridad y prosperidad de los habitantes de estos países. Semejante fenómeno, unido a una planificación centralizada de la producción y un proteccionismo elitista tradicionalmente ineficaz y redistributivo, mantienen a las economías de nuestros países dentro de un ingrato modelo de redistribución de la pobreza, donde cuaja la servidumbre de un capital humano de bajo conocimiento tácito y carente de capacidad heurística, factores que impiden la innovación continua y la capitalización individual.
Las soluciones, aunque evidentes, son altamente conflictivas, dado que el poder económico establecido y el poder político se hallan altamente interconectados y dependen el uno del otro. La desprotección de todos los grupos económicos, incluyendo a los empleados públicos e instituciones estatales, permitiría que surja una economía basada en los méritos, el descubrimiento empresarial y la diseminación del conocimiento tácito, situación que optimizaría –no cabe duda– la formación de nuestro capital social.
Para el empresario, solo existen costos de oportunidad y costos de transacción. Los costos de transacción son aquellos impuestos por el Estado que crean incertidumbre financiera, regulación engorrosa, impuestos depredadores al capital y trabas para acceder a los mercados. Si Latinoamérica, frente a la actual crisis económica de los países desarrollados, entra en un nuevo estancamiento económico, hay que identificar a sus causantes inequívocos: el fenómeno de la maldición de las materias primas de bajo valor agregado y los altos costos de transacción que impiden el descubrimiento en los mercados, además de aumentar la resistencia a la capitalización individual y a la inversión generadora de empleo.
Andrés I. Pozuelo Arce


