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lunes, 3 de noviembre de 2014

Tema polémico: transformando el concepto de responsabilidad social empresarial

El concepto de responsabilidad social empresarial (RSE) está muy extendido en nuestros días. Aunque debería entenderse por esto una serie de programas o estrategias que las empresas desarrollan para mejorar el entorno donde operan, en la realidad, termina visualizándose como una forma de marketing social o como un remordimiento por generar riqueza. Ahí está el meollo del asunto.
En ASOJOD nunca hemos compartido el concepto de RSE. Generar riqueza no es nada malo, por el contrario, es la única responsabilidad que tiene el empresario y es uno de los actos más nobles que puede existir. Con ello, no sólo se beneficia el mismo empresario al tener más dinero para continuar invirtiendo sino que ayudará a millones de consumidores a encontrar satisfacción a sus necesidades y, de paso, generará empleos cuyos salarios le permitirán a sus trabajadores progresar y, también, satisfacer sus necesidades consumiendo bienes y servicios, lo que se traducirá en más empresarios obteniendo dinero, invirtiendo, innovando, empleando a un numero cada vez mayor de personas y satisfaciendo más necesidades, todo lo cual se convierte en un círculo virtuoso que dinamizará la actividad económica y aumentará las posibilidades de progreso humano.

Consideramos que la solidaridad es un acto voluntario y libre que cada quien puede llevar a cabo de la forma y en el momento que crea oportuno. Así pues, el empresario tiene derecho a utilizar parte de su riqueza para colaborar con otros en la consecución de determinadas metas: puede ser ayudar a algunas personas a estudiar a través de becas, limpiar el área donde se encuentra la empresa, desarrollar campañas en las escuelas y colegios para prevenir enfermedades, impulsar estrategias de capacitación para ciertos grupos poblacionales, entre una gran cantidad de opciones. Eso no está mal. El problema radica en creer que esto es una obligación "social" y no un acto noble que surge de la libertad.

Cuando las personas impulsan estos programas bajo las premisas equivocadas, creyendo que su actividad es nefasta y, por tanto, deben compensar a otros para expiar culpas, terminan haciendo más daño que el que pretendían reparar. Extenderán la errada creencia que nos ha impuesto nuestro sistema educativo y formativo respecto a que generar riqueza es malo, que el rico es un cáncer para la sociedad, que son individuos egoístas, avaros y que solo buscan explotar a los demás, razón por la cual debemos idealizar al pobre, rechazar el progreso y desear aquel bucólico y romántico paisaje de un campesino humilde, que apenas produce para comer y que no desea más que, parafraseando la canción típica "Caña dulce pa moler", su casita y una milpa y una milpa y buenos bueyes y ser como esos reyes que no envidian ya nadita. Lamentablemente, el propio empresario se ha tragado ese cuento y la gran mayoría produce con vergüenza, con temor y timidez, como si hiciera algo malo. Incluso, hay quienes piden más regulaciones y más intervención estatal. El resultado final es que, muy pronto, las sociedades se empobrecerán sistemáticamente, los burócratas y políticos concentrarán todo el poder, pasando de un sistema democrático a uno totalitario, con muerte, miseria, hambre y sangre por doquier.

Si algo nos ha enseñado Ayn Rand, una de nuestras escritoras favoritas, es que el empresario es el héroe de la historia, el titán que sostiene al mundo. Es el emprendedor que genera riqueza, innova, crea, mejora, aprende y enseña. Hasta que nuestros empresarios no entiendan ese rol que verdaderamente juegan, seguirán pensando de la forma que el sistema ha enseñado. Y hasta que nosotros mismos, la población en general, no comprendamos su importancia, seguiremos vilipendiándolos, sometiéndolos al escarnio y la ordalía, condenándolos como a Prometeo.

Empecemos dando el primer paso para lograr el cambio en la mentalidad: abandonemos la visión errada que impulsa la mayoría de gente sobre la RSE, cambiémosle el nombre y comprendamos que esos actos pueden ser formas de solidaridad libre y voluntaria, actos de cooperación entre individuos. Sigamos defendiendo al empresario, valorándolo, dándole el lugar que se merece como héroe de la sociedad, en lugar de atacarlo y mancillarlo.

Ese será un gran primer paso para el desarrollo y progreso de la humanidad.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Jumanji empresarial: expectativas racionales ante la amenaza de impuestos

Las malas expectativas provocan que las empresas se muestren reacias a invertir y que las familias moderen su consumo dando prioridad al ahorro de forma que puedan estar preparadas por si las cosas se ponen peor. Estos dos efectos son nefastos para la actividad económica de un sistema capitalista. Por un lado, si las empresas evitan invertir, no contratarán nuevos trabajadores ni comprarán a otras empresas tanta cantidad de lo que necesitan para su actividad. Esto tiene como resultado una merma en los beneficios empresariales y en la actividad económica, que se irá trasladando de empresa en empresa y de sector en sector. 

En el caso de las entidades de crédito (y especialmente en las crisis desencadenadas por shocks financieros) dejan de conceder tantos préstamos a familias y empresas, lo que incide negativamente en la actividad de estas empresas y en la capacidad de compra de las familias. Por otro lado, el miedo que tienen las familias a que el futuro pueda ser peor hace que la mayor parte de ellas sólo consuman lo necesario y que prefieran ahorrar más que en épocas de auge económico. Esto inevitablemente reduce el consumo total de las familias, disminuyendo a su vez las ventas que necesitan materializar las empresas para poder seguir realizando su actividad. Como resultado, las empresas obtienen menos ingresos y muchas de ellas entran en dificultades. La respuesta será invertir todavía menos, hasta llegar al punto de desinvertir (despidiendo a trabajadores y/o cerrando sectores de actividad), lo que inevitablemente
empeorará la economía en general. Y de esta forma se entra en un círculo vicioso que provoca enormes costes económicos en términos de cierres de empresas y de trabajadores despedidos.

Debido a ello, el sector público deja de recibir tantos ingresos como recibía durante la época del auge económico. Esto es así porque el sector público recauda dinero a través de impuestos que dependen de la actividad económica. A mayor actividad económica, mayores impuestos pagarán las empresas, los trabajadores, los consumidores y los propietarios del capital financiero. Y al contrario: a menor actividad económica, menores ingresos tendrá el sector público. Y esto último es precisamente lo que ocurre durante las crisis. Por otro lado, los gastos del sector público siguen aumentando aun durante las recesiones, y no la inversión en capital físico necesario para la economía. Esta relación, de mayor gasto improductivo sobre la inversión en el sector publico, tiene un efecto negativo en las expectativas de inversión del mismo sector privado.

El efecto conjunto de ambos fenómenos es una disminución de los ingresos públicos y un aumento del gasto público, y por lo tanto un aumento del déficit fiscal. Es por ello que durante las recesiones económicas las cuentas públicas sufren mucho y arrojan importantes déficits fiscales.

Pero lo que provoca el déficit fiscal en el sector público es precisamente la mala situación y evolución de la actividad económica. Que el Estado gaste mucho e ingrese poco es fundamentalmente el resultado de la mala coyuntura económica y de una relación inadecuada entre el gasto y la inversión en el sector publico. Por lo tanto, el problema no es tanto que el Estado gaste o ingrese poco (y por lo tanto ver qué impuesto aumentar); el problema reside en que la economía está enferma, debido a un entorno de expectativas negativas. Si la actividad económica se recuperase, también lo harían las cuentas públicas de las administraciones. La respuesta adecuada para disminuir el déficit consiste en variar la relación gasto/inversión hacia el lado de la inversión en el sector público y reactivar la economía reduciendo las expectativas negativas, tanto fiscales como regulatorias, y no en aumentos de impuestos, porque precisamente lo que ello consigue es deteriorar aún más la economía.

Andrés Pozuelo Arce

jueves, 25 de julio de 2013

Jumanji empresarial: acción social del empresario

Hoy en día, no podemos ignorar que las fronteras económicas y comunicacionales, más abiertas que nunca, están acentuando el espacio social del mercado y poniendo en duda la necesidad de un estado interventor, como consecuencia de dos factores:1) la modificación drástica de los patrones de intercambio, por medio de las redes formales e informales que operan en la sociedad; y 2) el agotamiento del clásico Estado de Bienestar y sobre todo del Estado Empresario.

Sin embargo, pareciera que, en países como Costa Rica, los gobernantes y actores políticos siguen tratando de estirar el modelo de planeamiento y ejecución centralizada de la gestión pública más allá de los límites que permite el nuevo contexto socioeconómico mundial. Esta nueva realidad, caracterizada por una alta movilidad de los agentes económicos y sociales y por una alta flotación del poder, no les permite a los gobernantes mucho margen de acción con respecto a impuestos, regulaciones o centralización del poder. Y sin embargo, el modelo sobrevive por causa de una inadecuada participación empresarial.

Aún más, en los últimos años se ha insistido, dentro del contexto de la administración pública, en la creciente necesidad de un involucramiento empresarial, bajo el espejismo de la responsabilidad social corporativa, a pesar de que esto no contribuye a modificar los roles intervencionistas del Estado hacia una mayor descentralización administrativa, la promoción de la gestión y la democracia local, la reducción de la carga burocrática y tramitológica, el abandono de las funciones benefactoras del Estado central y, sobre todo, la renuncia a sus funciones empresariales. La presión sobre el empresario, en la actualidad, no solo se concentra en que este debe suplir bienes y servicios a la sociedad de una manera eficiente, sino también en el hecho de buscar su complicidad en el marco de las intervenciones planificadas, lo cual supone una forma viscosa de manipulación política y social.

Las empresas por definicion no son altruistas; rol que ostentan solo los individuos, segun sus escalas de valores personales. El tratar de estandarizar una ilusoria responsabilidad altruista de una empresa, menosprecia el verdadero rol de la empresa, que es innovar y suplir las necesidades de consumo; respetando siempre, los derechos de propiedad establecidos.

Es imperativo que el empresario despierte ya de esta pesadilla freudiana y, desde su propia conciencia, le ponga un alto a su enfermiza dependencia de la intervención del Estado, y acepte que la libertad de emprender, es el medio principal de defensa de los pequeños contra los grandes y de los débiles contra los fuertes. E inversamente, el estado, que se presenta como un corrector de las injusticias, acaba la mayor parte de las veces haciendo servir toda su fuerza para proteger a los grandes, o sea, la clase política, la clase burocrática, las grandes empresas, y los poderosos sindicatos.

El empresario es el eslabón que sostiene la cadena que une al capital con el individuo como consumidor y como agente social. Sería nefasto que este rol se perdiera o desviara solo porque el poder estatal y los políticos de turno quieren convertirlo en un apéndice Orwelliano más de sus anacrónicas intenciones.

Andrés Pozuelo Arce

viernes, 19 de octubre de 2012

Viernes de recomendación

Para esta ocasión, queremos ofrecerles un interesante artículo de Leonard Peikoff, heredero intelectual de Ayn Rand, denominado "¿Por qué los empresarios necesitan la filosofía?". En él, el autor explica la naturaleza del empresario como un ser egoísta que busca su propio beneficio, creando, innovando y produciendo, generando riqueza y, secundariamente, mejorando la vida de sus congéneres.Y señala que él ocupa la filosofía para entender por qué en la actualidad, es quizá el ser más vilipendiado y atacado en una sociedad, a pesar de ser quien la mueve y le permite progresar. 

De acuerdo con el autor, mientras el empresario no entienda la enorme importancia de su rol, seguirá siendo el chivo expiatorio de los mediocres, de los incapaces de producir y que se dedican profesionalmente al parasitismo, viviendo a costa de quienes sí generan riqueza. Gracias a la cobardía de algunos empresarios, que se avergüenzan de ser los Atlas que sostienen al mundo y se justifican diciendo que ellos no buscan el beneficio propio sino que son altruistas, la gente ha aceptado la idea de que es malo ser empresario. Por causa de esa creencia tan generalizada, Peikoff considera que los políticos han tenido terreno fértil para regular, constreñir y ahogar la actividad empresarial, enviando a la hoguera tributaria a todo aquel "desalmado" que quiera enriquecerse, que quiera producir. 

Este importante ensayo nos muestra cómo una premisa tan perversa como la creencia de que el empresario es, por naturaleza, malvado, ha derivado en una justificación para castrarlo y llevar a la sociedad a una corrupción moral, fomentando que los individuos piensen que pueden repartir lo no creado, que pueden beneficiarse del trabajo de otros sin merecerlo, justificando la existencia de un tipo de esclavitud que no es criticada por los periódicos ni por los sindicalistas o por los académicos: el empresario que produce para que otros disfruten su obra. 

martes, 26 de junio de 2012

La columna de Carlos Federico Smith: el papel del empresario en el análisis económico: el aporte de Schumpeter

Hemos visto cómo el empresario de Menger, Mises y Kirzner representa las fuerzas dinámicas de la economía y que, ante malos ajustes, ante desequilibrios, mediante su accionar conduce a que el equilibrio se restaure. Hayek tiene un concepto similar, sólo que, si bien hay fuerzas que impulsan al empresario hacia una condición de equilibrio, ante la posibilidades de que surja un cambio inesperado, ya había señalado acerca de  “un equilibrio a largo plazo que en un mundo siempre cambiante nunca puede ser alcanzado.” (Friedrich A. Hayek, The Use of Knowledge in Society, en Friedrich A. Hayek, Individualism and Economic Order, Chicago, The University of Chicago Press, 1958, p. 101).
 
Para Joseph Schumpeter, por el contrario, el empresario es claramente un factor de desequilibrio; de ruptura de la armonía personificada en el equilibrio del mercado. De acuerdo con J. Patrick Gunning,

“J. A. Schumpeter fue el primer economista austriaco en desarrollar explícitamente lo que puede ser llamado una teoría de la empresariedad. En su libro de 1911 [La Teoría del Desarrollo Económico] esclareció el concepto de empresario, mediante el contraste de su imagen en una economía real de mercado con la de un equilibrio general estático. Schumpeter expuso que esta última contenía el elemento de interacción económica, pero no el de invención ni de innovación (‘el llevar a cabo nuevas combinaciones’). Él utilizó el término empresariado para representar estas actividades.” (J. Patrick Gunning, “The theory of entrepreneurship,” en Willem Keizer, Bert Tieben y Rudy van Zijp, editores, Austrian Economics in Debate, New York: Routledge, 1997, 178. Los paréntesis cuadrados son míos.)

El concepto de destrucción creativa está asociado con el nombre de Schumpeter.  De acuerdo con esta teoría, el empresario se convierte en un elemento que altera el equilibrio existente en un cierto momento dado, en donde las acciones y planes individuales son compatibles. Como en dicha instancia de equilibrio general no existen utilidades, pues éstas, en términos de Mises, resultan sólo de la existencia de un desequilibrio, no se dan incentivos para que el empresario, en una situación de equilibrio, actúe ante un reconocimiento o descubrimiento de nuevas oportunidades. Pero tratará de crear nuevas oportunidades (ganancias) mediante la innovación en nuevos productos y métodos de producción. El empresario-que-actúa ante la existencia de utilidades de Mises, es sustituido por el empresario Schumpeteriano, creador de oportunidades de ganancias. A diferencia del empresario de Mises, quien descubre y actúa ante las nuevas oportunidades indicadas por la existencia de ganancias, el empresario Schumpeteriano crea las nuevas oportunidades, mediante la puesta en marcha de innovaciones; esto es, nuevas combinaciones de recursos, tanto en el caso de productos como de procesos productivos. Esas nuevas oportunidades creadas por el empresario, dan lugar a una disparidad entre los planes iniciales previos en equilibrio de los diferentes individuos, lo cual genera para el empresario innovador la oportunidad de obtener ganancias.

Otra diferencia que hay entre el empresario de Mises (así como del empresario de Kirzner) y el de Schumpeter radica en que, en tanto que el primero puede ser cualquier actor en la economía, pues posee como característica esencial y, a la vez, asequible en mayor o menor grado a cualquiera, el atributo de estar alerta ante posibilidades de lograr ganancias, el empresario Schumpeteriano es muy peculiar. Swedberg lo describe de la siguiente manera:
 
“La empresariedad, en breve, representa un tipo muy especial de cambio económico –más precisamente una forma de cambio que consiste de una nueva combinación que es trasladada a la realidad por un líder. Todos los otros cambios en la economía carecen de un elemento dinámico y son fundamentalmente pasivos,  Aquí, como en todo lado, el Hombre de Acción es separado de la Persona Estática, por un vacío cuyo puente es inexistente.” (Richard Swedberg, Rebuilding Schumpeter’s Theory of Entrepreneurship, conferencia acerca de Marshall, Schumpeter y la Ciencia Social en la Universidad  Hitotsubashi, Japón, 17 y 18 de marzo del 2007, p.  11).

Este contraste (al que se refiere y transcribe Swedberg, Ibídem, p. 26) entre el empresario al cual llama Hombre de Acción y lo que se denomina como la Persona Estática, lo presentó Schumpeter en el siguiente cuadro comparativo:
 
“El Hombre de Acción:                                                            La Persona Estática:
  Dinámico                                                                                        Estático
  Rompe de un equilibrio                                                             Busca un equilibrio
  Hace lo que es nuevo                                                      Repite lo que ya ha sido hecho   
  Activo, energético                                                               Pasivo, baja energía
  Líder                                                                                           Seguidor
  Reúne nuevas combinaciones                             Acepta las formas existentes de hacer las cosas
  No siente resistencia interna al cambio               Siente fuerte resistencia interna al cambio   
  Batalla contra la resistencia a sus acciones           Siente hostilidad por las nuevas acciones de otros
  Efectúa una elección intuitiva entre una                        Efectúa una elección entre alternativas
          multitud de nuevas alternativas                                             existentes
Es motivado por el poder y la alegría de                           Es motivado exclusivamente por las
         la creación                                                       necesidades y se detiene cuando éstasson satisfechas   
No dispone de recursos, pero pide prestado                      No dispone de recursos y no tiene usos
               en un banco                                                                 para nuevos recursos”

Si bien el empresario es tan actor como el de Kirzner, el empresario de Schumpeter tiene como característica esencial su posibilidad destructora de la situación vigente, pero que, a la vez, es creadora, entendida ésta, no por la disponibilidad de información acerca de invenciones y descubrimientos, que es algo relativamente fácil de obtener, sino por su voluntad y capacidad de convertir ideas novedosas en innovaciones concretas que lleva a cabo. El empresario de Schumpeter es el actor del proceso de Destrucción Creativa.

De acuerdo con Schumpeter,

“La apertura de nuevos mercados, extranjeros o domésticos, y el desarrollo de organizaciones, desde fábricas artesanales a consorcios como la U. S. Steel, ilustran el mismo proceso de mutación industrial –si se me permite usar un término biológico- que incesantemente revoluciona desde adentro a la estructura económica, incesantemente destruyendo la vieja e incesantemente creando una nueva. Este proceso de Destrucción Creativa es el hecho esencial del capitalismo.” (Joseph A. Schumpeter, Capitalism, Socialism and Democracy, New York: Harper, 1942, p. 83.)

En su objetivo de lograr explicar cómo es que se produce el desarrollo económico, Schumpeter enfatiza que surge del cambio que se da a partir de una situación de equilibrio, cambio que surge desde adentro de la economía, iniciado por el empresario que innova mediante nuevas combinaciones de recursos. La innovación se puede dar mediante la introducción de nuevos bienes o de una nueva calidad de los ya existentes o bien mediante la incorporación de nuevas tecnologías de producción, la apertura de nuevos mercados, la conquista de una nueva fuente de recursos o la creación de una nueva organización, con nuevos métodos administrativos o de distribución. Al así hacerlo, destruye la situación inicial de equilibrio, pero luego se llega a una nueva situación de equilibrio, que también estará sujeta a las mismas o similares fuentes de cambio antes citadas.

En el empresario Schumpeteriano se destaca la virtud del liderazgo, que permite que se salga de la rutina de la economía y que dé lugar a una nueva combinación de factores que sustituya la previa. Esto es, no sólo crea la disrupción en los mercados, sino que es también el que logra hacer las cosas nuevas. Se trata de unos individuos especiales, con la intuición necesaria para detectar las posibilidades de innovar, pero también que disponga de la capacidad de hacer que las nuevas combinaciones de recursos funcionen mejor, que las anteriores desplazadas.
 
Estas características son bien descritas por Ebner, quien resalta al empresario Schumpeteriano como el agente del cambio económico, que impulsa el progreso, el crecimiento y el desarrollo económico. Según Ebner,
 
“Schumpeter trata la innovación como la fuerza interna del cambio evolucionario discontinuo, llevado a cabo por medio del liderazgo empresarial. En efecto, el empresario Schumpeteriano deberá reflejar el impacto del liderazgo basado en la acción recíproca de la imaginación y la creación, identificada como la fuente endógena más relevante de todo cambio socio-cultural, en general, y del desarrollo económico, en particular (Joseph Schumpeter, Theorie der wirtschaftlichen Entwicklung, Berlin: Dunckerund Humblot, 1912, p. 124n). El papel del liderazgo empresarial se deriva de la disrupción innovadora de las rutinas del flujo circular, cuando la novedad es impuesta sobre la mayoría de los agentes económicos (Ibídem, p. 185n). Efecto del liderazgo empresarial surge una agrupación de innovaciones, pues las pioneras amplían las oportunidades para que haya nuevas empresas (Joseph Schumpeter, Business Cycles: A Theoretical, Historical and Statistical Analysis of the Capitalist Process, 2 vols., New York: McGraw-Hill, 1939, p. 100n).” (Alexander Ebner, Hayek on entrepreneurship: competition, market process and cultural evolution, en Jürgen G. Bachaus, editor, Entrepreneurship, Money and Coordination, Northampton, Mass.: Edward Elgar, 2005, p. 134). (Los paréntesis en el texto son del autor del artículo).

Ciertamente la nueva combinación es solo temporalmente exitosa, pues el proceso de destrucción creativa es un fenómeno constante. Una vez que el empresario creador logra una combinación exitosa, innovadora, muy posiblemente será imitado por otros, con lo cual los mercados convergerán a un nuevo equilibrio… hasta que surja, como es inminente, otra innovación destructora y, a la vez, creadora de una nueva y mejor combinación.

Pero en el proceso de destrucción creativa, debido a que, una vez que el empresario en busca de utilidades ha innovado, pronto será seguido en ello por imitadores,
 
“No podemos determinar, a priori, si es que la imitación empresarial inicialmente empuja los mercados aún más lejos del equilibrio o si la imitación brinda un proceso inmediato de regreso al estado de equilibrio general…Sugiere Schumpeter que, una vez que el equilibrio es conmocionado, puede bien representar un período de inestabilidad antes de que el nuevo equilibrio, en sí potencialmente inestable, regrese a un estado de equilibrio general… Schumpeter nunca se preocupó por mostrar cómo se revierte a sí mismo el proceso…” (David Prichytko, Was Schumpeter an Austrian?, puesto en el sitio Coordination Problem el 30 de marzo del 2009.)

Jorge Corrales Quesada

martes, 19 de junio de 2012

La columna de Carlos Federico Smith: el papel del empresario en el análisis económico: el aporte de Hayek

De acuerdo con el economista austriaco Peter Klein, Friedrich Hayek no formuló una teoría acerca del empresariado, sino que su contribución sobre el tema recae en su concepción de la competencia como un proceso de descubrimiento (Peter Klein, Hayek and Entrepreneurship, en Organizations and Markets).
 
Alexander Ebner expresa que
 
“A pesar de su carácter algo implícito en la formulación de teorías de Hayek, la empresariedad provee a la teoría de Hayek acerca de la evolución cultural con argumentos esenciales acerca de la acción recíproca de los individuos, grupos e instituciones en el proceso evolucionario del desarrollo económico. La línea de razonamiento subyacente se extiende desde el comportamiento empresarial en competencia hasta la dispersión del conocimiento en el proceso de mercado, conformando a la teoría de la evolución cultural como un enfoque comprensivo del cambio institucional en el desarrollo económico.” (Alexander Ebner, Hayek on entrepreneurship: competition, market process and cultural evolution, en Jürgen G. Bachaus, editor, Entrepreneurship, Money and Coordination, Northampton, Mass.: Edward Elgar, 2005, p. 131).

Con base en una idea similar a la división del trabajo de Adam Smith, Hayek destaca la importancia de la división del conocimiento en un orden económico, que por su naturaleza fragmentada da lugar al problema de la coordinación de los planes individuales. En órdenes altamente complejos, como es el caso de las economías, el conocimiento que pueden poseer los individuos es limitado y depende de innumerables circunstancias, pero en especial depende del conocimiento de otros individuos en la sociedad, con quienes se interactúa constantemente. En palabras de Hayek,
 
“…qué tanto conocimiento y qué tipo de conocimiento deben poseer los diferentes individuos para que podamos hablar de equilibrio. Es claro que, para que el concepto tenga algún significado, no se puede presuponer que todo mundo conozca la totalidad. Yo ya he tenido que utilizar un término no definido ‘conocimiento relevante’: esto es, el conocimiento que es relevante para una persona en particular. Pero, ¿qué es este conocimiento relevante? Difícilmente puede significar simplemente el conocimiento que realmente influenció en sus acciones, debido a que sus decisiones pueden haber sido diferentes tan sólo si, pro ejemplo, el conocimiento que él posee hubiera sido el correcto, en vez del incorrecto, pero también si él hubiera poseído el conocimiento de la totalidad de campos diferentes. 

Claramente, existe un problema de la división del conocimiento que es bastante análogo, o al menos tan importante, al problema de la división del trabajo. Pero, en tanto el último ha sido uno de los sujetos principales de investigación desde el principio de nuestra ciencia, el primero ha sido completamente ignorado, aunque me parece que es realmente el problema central de la economía, como ciencia social. El problema que pretendemos resolver es cómo la interacción espontánea de un número de personas, en donde cada una de ellas posee tan sólo porciones pequeñas de conocimiento, logra un estado de cosas en el cual los precios corresponden a los costos, etcétera, y que podría ser realizado tan sólo por alguien que poseyera el conocimiento combinado de todos esos individuos. La experiencia nos muestra que algo como esto sucede, pues la observación empírica de que los precios tienden a corresponder con los costos fue el inicio de nuestra ciencia. Pero en nuestro análisis, en vez de mostrar cuáles porciones pequeñas de información deben poseer diferentes personas para lograr ese resultado, en efecto caemos de nuevo en el supuesto de que todo mundo sabe todo y con ello evadimos cualquier solución real del problema. (Friedrich A. Hayek, Economics and Knowledge, en Economica, IV (nueva serie), 1937, p. 50).

Para Hayek es crucial entender el concepto de equilibrio en un sistema competitivo.  No hay grandes dificultades en explicar el equilibrio de una persona aislada, que actúa en un cierto tiempo y de acuerdo con un plan preconcebido, pero la situación es muy diferente cuando los planes individuales son determinados de forma simultánea, pero independiente, con los de otras personas. Como expone Hayek,

“…puesto que algo de los datos sobre los cuales cualquier persona basará sus planes, será la expectativa de que otra gente actuará de una manera en particular,  es esencial, para compatibilidad de los diferentes planes, que los de uno contengan exactamente aquellas acciones que forman parte de los datos para los planes de la otra.” (Friedrich A. Hayek, Economics and Knowledge, en Op. Cit., p. 38).

Es en la búsqueda, experimentación y descubrimiento del conocimiento para la formulación y reformulación de planes individuales, en donde el empresariado juega un papel importante en el análisis de Hayek –si bien no desarrollado explícitamente por él. El empresario de Hayek se convierte en un agente del cambio, brindando la retroalimentación necesaria en las interacciones del proceso de mercado, caracterizado por un constante y persistente cambio en la información que en él existe, pero también logra la adquisición de nuevo conocimiento; esto es, innovando, a fin de ajustar los planes individuales a las nuevas circunstancias. El empresario contribuye a resolver el problema de la coordinación descentralizada de los agentes económicos, requerida en el proceso de mercado.

Este proceso de descubrimiento del conocimiento difuso y fragmentado –la competencia- requiere el logro de un balance entre lo que Hayek denomina el conocimiento teórico o científico, que es aquel cuyas reglas generales pueden ser conocidas por un grupo especialmente preparado y lo que denomina como conocimiento no organizado, a menudo tácito y subconsciente,  que es el conocimiento de las circunstancias particulares de lugar y de tiempo. En este conocimiento subjetivo que más le interesa a Hayek en el desarrollo de sus conceptos acerca del conocimiento en sociedad,

“prácticamente cada individuo tiene alguna ventaja sobre todos los demás, porque él posee información única la cual puede ser empleada en usos beneficiosos, pero cuya utilización puede sólo serla si las decisiones que dependen de él son dejadas a que él las tome o que sean hechas con su cooperación activa.” (Friedrich A. Hayek, The Use of Knowledge in Society, en Friedrich A. Hayek, Individualism and Economic Order, Chicago, The University of Chicago Press, 1958, p. 80).

Para Hayek el sistema de precios es el mecanismo más eficiente en la transmisión de información en sistemas económicos complejos, caracterizado por la dispersión del conocimiento subjetivo idiosincrático de los actores económicos. Los precios constituyen señales que brindan a los participantes la información relevante para su toma de decisiones. Los precios no son sólo fragmentos de información objetiva, sino esencialmente subjetiva para el individuo. Además, en el mercado, el conjunto de precios incorpora la información que permite la coordinación de los planes individuales. De acuerdo con Sanford Ikeda,

“Hayek se enfocó más directamente sobre la extensa división del conocimiento que el sistema de precios hace posible, lo cual le condujo a enfatizar la capacidad del sistema de precios para guiar al conocimiento local disperso (es decir, el conocimiento contextual de tiempo y lugar) y de coordinar los diversos planes.” (Sanford Ikeda, Dynamics of the Mixed Economy: Toward a theory of interventionism, New York: Routledge, 1997, p. 93.)

La función empresarial en Hayek refleja esa relación que existe entre la competencia, entendida ésta como un proceso de descubrimiento, y el conocimiento, tanto el conocimiento científico de tipo universal, como el subjetivo que el individuo conoce en función del tiempo y del lugar. Debido a que el conocimiento es complejo y disperso, la competencia, que opera por medio de los planes individuales descentralizados, se convierte en un instrumento útil para lograr un orden económico, a través del descubrimiento de nuevo conocimiento, que es, a la vez, incorporado en los nuevos planes individuales. Esto es, todo conocimiento es adaptación del individuo a nuevas circunstancias y toda adaptación es conocimiento.

De aquí que para Hayek la persistencia del cambio, su naturaleza evolutiva, es crucial en el proceso de mercado:

“… los problemas económicos surgen siempre y sólo como consecuencia del cambio. En tanto que las cosas continúan como antes, o por lo menos como se esperó que fueran, no surgen nuevos problemas que requieran de una decisión; no hay necesidad de formar un nuevo plan.” (Friedrich A. Hayek, The Use of Knowledge in Society, en American Economic Review, XXXV, No. 4, setiembre de 1945 y reimpreso en Chiaki Nishiyama y Kurt R. Leube, editores, The Essence of Hayek, Stanford, Ca.: Hoover Institution Press, 1984, p. 215).

Los precios son el mecanismo que permite transmitir la información que requiere ese cambio y lo hacen de la forma más económica, porque es sorprendente lo poco que los participantes en el mercado necesitan saber, para poder tomar la acción apropiada necesaria. Los precios son un símbolo que permite que tan sólo la información más importante sea trasladada, tan sólo a quienes les interesa. Al sistema de precios, Hayek lo llama más que metafóricamente “un tipo de maquinaria para registrar el cambio.” (Ibídem, p. 219).

En función de los precios relativos, los empresarios son guiados hacia la búsqueda de ganancias, a estar continuamente buscando nuevas formas de satisfacer a los consumidores, además de que deben estar atentos para ir generando innovaciones que le permitan estar adelante de competidores, quienes buscan imitarlo. Sin proponérselo, con sus acciones el empresario así logra formar parte de un orden que va más allá de sus propios intereses específicos: el descubrimiento y la innovación se convierten en factores de desarrollo económico.

La adquisición de conocimiento subjetivo que ante un cambio efectúa el individuo, se traslada luego hacia la adquisición de conocimiento de tradiciones y rutinas; esto es, el conocimiento requerido va más allá del conocimiento subjetivo local, que refleja las particularidades de lugar y tiempo, así como del conocimiento no codificado (oral, por ejemplo), que hacen que, por la naturaleza subjetiva de ese conocimiento, las actividades empresariales sean impredecibles. Esto requiere una adquisición continua de conocimiento, a fin de permitir la adaptación del plan individual al resto de planes individuales. “En general no es la racionalidad la que se requiere para que funcione la competencia, sino la competencia, o las tradiciones que permiten la competencia, las que producirán un comportamiento racional”, nos señala Hayek (Friedrich A. Hayek, Law, Legislation and Liberty, Vol. 3: The Political Order of a Free People, Chicago: The University of Chicago Press, 1979, p. 76). En el orden de mercado el aprendizaje continuo es necesario y es la competencia la que impulsa la difusión de la racionalidad dentro de todo el orden económico.

Hayek concluye en que es mejor referirse a una tendencia hacia el equilibrio, en vez del equilibrio, como resultado del proceso de mercado:

“El concepto de orden, que yo prefiero al de equilibrio … tiene la ventaja de permitirnos hablar significativamente acerca del hecho de que el orden puede ser logrado en mayor o menor grado, y de que el orden puede también ser preservado cuando varían las cosas. Si bien un equilibrio en realidad nunca existe, uno, no obstante, puede justificadamente alegar que el tipo de orden, que en la teoría del ‘equilibrio’ representa una especie de tipo ideal, es logrado en un alto grado.” (Friedrich A. Hayek, Competition as a Discovery Procedure, en The Quarterly Journal of Austrian Economics, Vol. 5, No. 3, otoño del 2002, p. 15).

Hayek así reitera la apreciación austriaca sostenida desde Menger y Mises, de que el orden de mercado es inherentemente estable y que, ante cualquier cambio que trastorne ese equilibrio, mediante la acción empresarial se logra un nuevo equilibrio. Siguiendo a su profesor Mises, Kirzner, a diferencia de Hayek, sostiene que ese equilibrio siempre se logra, al ser la información plenamente asimilada por los agentes en el mercado. Es el empresario quien es el que transforma una situación de ignorancia al darse el cambio inicial, a un conocimiento perfecto en que el equilibro se restaura. Hayek, por el contrario, en ese mundo de constante cambio, se refiere al procedimiento de descubrimiento del conocimiento, el cual, si bien es de convergencia, no necesariamente da lugar a una situación de equilibrio. La ocurrencia permanente del cambio impide la certeza de que se logrará el equilibrio en el largo plazo.

Eso último es enfatizado por Sandye-Gloria Palermo, al indicar que, en el caso de la convergencia hacia el equilibrio, la teoría austriaca del proceso de mercado no brinda una solución al problema que enfrentaron los neoclásicos, de poder describir como el mercado y su sistema de precios conducían al equilibrio general. Para Hayek es suficiente con que el agente económico tenga conocimiento de las circunstancias particulares de lugar y tiempo, para que se logre automáticamente el equilibrio generalizado del sistema, Ello porque el individuo toma en cuenta tan solo la información que tiene disponible y el sistema de precios le brinda la información necesaria acerca del comportamiento de los demás. Pero en caso de que los agentes tengan tan sólo conocimiento específico pero no sistémico, la convergencia no está garantizada. Para Hayek, dicha convergencia es un asunto eminentemente empírico, al señalar que

“(Un estado de equilibrio) difícilmente significa otra cosa que, bajo cierta circunstancias, el conocimiento y la intenciones de los diferentes miembros de la sociedad lleguen a estar cada vez más en acuerdo o, para poner la misma cosa en términos menos generales y menos exactos, pero más concretos, que las expectativas de la gente y particularmente de los empresarios serán cada vez más correctas.  De esta forma, la aseveración de la existencia de una tendencia hacia el equilibrio es claramente una proposición empírica; esto es, una aseveración acerca de lo que sucede en el mundo real que debería, al menos en principio, ser capaz de verificación.” (Friedrich A. Hayek, Economics and Knowledge, en Op. Cit., p. 45).

No deseo terminar esta sección sin destacar el papel que para Hayek tiene el empresario como factor de desarrollo, al actuar como descubridor del conocimiento en el proceso competitivo.

“Con todo, no puede caber duda alguna de que el descubrimiento de un mejor uso de las cosas o de la propia capacidad de uno es la más grande contribución que un individuo puede hacer, dentro de la sociedad, al bienestar de sus semejantes, y que facilitando el máximo de oportunidades para ello es como una sociedad libre llegará a prosperar más que otras. El uso afortunado de tal capacidad de empresa –y al descubrir el mejor uso de nuestra habilidad todos somos emprendedores- constituye la actividad más altamente recompensada en una sociedad libre.” (Friedrich A. Hayek, Los Fundamentos de la Libertad. 2a. edición, Madrid: Unión Editorial, 1975, p. 96.)

Jorge Corrales Quesada

martes, 12 de junio de 2012

La columna de Carlos Federico Smith: el papel del empresario en el análisis económico: el aporte de Lachman

Lachmann, al introducir el subjetivismo más allá de las preferencias, como hasta el momento sucedía en la escuela austriaca, y aplicarlo al caso de las expectativas, sacudió fuertemente no sólo la descripción dinámica del proceso de mercado, sino también, en lo que más nos interesa, en cuanto al papel que desempeña el empresario.
 
El punto esencial de Lachmann es que
 
“El proceso de mercado es la manifestación externa de un flujo interminable de conocimiento. Este discernimiento es fundamental para la economía Austriaca. El patrón de conocimiento en la sociedad está cambiando continuamente, un proceso que es difícil de describir. El conocimiento desafía todos los intentos de tratarlo como un ‘dato’ o como un objeto en tiempo y espacio. (Ludwig Lachmann, On the Central Concept of Austrian Economics: Market Process, en Edwin G. Dolan, The Foundations of Modern Austrian Economics, Kansas City: Sheed and Ward, 1976, p. 78).

Dado que el conocimiento es intratable, es imposible que el individuo pueda tener conocimiento del futuro en la actualidad, por lo cual se ve obligado a formular sus planes con base en expectativas acerca de comportamientos o datos. Dichas expectativas de los diferentes actores en una economía, quienes mantienen diversos marcos de referencia en cuanto al tiempo, son la base para considerar que serán expectativas múltiples y posiblemente divergentes. Es decir, la naturaleza subjetiva del diagnóstico que de la situación actual puede hacer un individuo, conduce a que se puedan tener diferentes rangos de expectativas. Éstas tenderán a ser divergentes, pues la observación que un individuo puede tener de un precio actual, da lugar a diferentes reacciones en otros agentes. Y si ante esta reacción de otros, el precio que observa nuestro individuo está fuera del rango esperado de precios, dándose cuenta del error, tenderá a redefinir sus expectativas. El mérito de Lachmann está en el desarrollo explícito que hace de la subjetividad en las expectativas

La posible diversidad de expectativas constituye una crítica a la posición austriaca de Mises y Kirzner (y de Hayek, como se verá luego) que hemos expuesto, de una tendencia indudable a la convergencia: esto es, al equilibrio del orden de mercado. El criterio de Lachmann expuesto no es contrario al marco analítico austriaco, sino que constituye una extensión natural del paradigma basado en la subjetividad, el cual es ahora ampliado a las expectativas.
 
De acuerdo con Kirzner y Hayek, los planes son formulados con base en las consideraciones subjetivas (el conocimiento) de los individuos, en tanto que para Lachmann no sólo forma parte lo antes descrito (el conocimiento), sino también las expectativas. El conocimiento surge de la interpretación subjetiva que el individuo hace de la experiencia pasada y las expectativas surgen de las interpretaciones subjetivas que hace el individuo de posible acciones futuras (claramente introduciendo el factor incertidumbre), lo cual involucra un acto de imaginación del futuro.
 
Precisamente porque Lachmann enfatiza la naturaleza subjetiva de las expectativas, la consecuencia de los nuevos planes formulados con base en ellas y el conocimiento del cual se dispone, es que los planes de los individuos tenderán a divergir.
 
Esta divergencia es para Lachmann la fuerza del cambio. Así, señala que
 
“El proceso de mercado consiste de una secuencia de interacciones individuales, denotando cada una de ellas el encuentro (y algunas veces la colisión) de un número de planes, los cuales, si bien son coherentes individualmente y reflejando el equilibrio individual, son incoherentes vistos en conjunto.  De otro modo, el proceso no funcionaría.” (Ludwig Lachmann, From Mises to Shackle: An Essay on Austrian Economics and the Kaleidic Society, en Journal of Economic Literature, 14, 1976, p. 131).

El proceso de mercado no conduce a una convergencia hacia el equilibrio, lo cual, de nuevo, hace necesaria una revisión de los planes individuales. Pero dado que el conocimiento es un flujo interminable, esa revisión es constante y, dada la subjetividad de las expectativas, hay una elevada posibilidad de que las expectativas individuales sean divergentes y no convergentes.

No hay duda de que esta visión tan austriaca en cuanto a la utilización del subjetivismo aplicado a la formulación de expectativas individuales, da lugar a una serie de inquietudes, pues, como señalan Boettke y Sullivan,
 
“En la prosecución de esta línea de investigación de un subjetivismo radical, él ofreció discernimientos profundos e importantes acerca de la naturaleza dinámica de los procesos de mercado, del papel de las instituciones como guías para las acciones, de las dificultades que hay al interpretar señales, del papel del tiempo en la percepción humana y del ligamen que hay en la vida económica  entre la dispersión del conocimiento, la dispersión de las expectativas y de la dispersión de las interpretaciones. Estos discernimientos sacudieron los fundamentos de cualquier interpretación determinista de los procesos de mercado, incluyendo la teoría austriaca del descubrimiento empresarial. Si los discernimientos de Lachmann son válidos, entonces el mundo es verdaderamente múltiple o cambiante (caleidoscópico –kaleidic- en palabras de Lachmann). (Peter J. Boettke y Steven T. Sullivan, Lachmann’s Policy Activism: An Austrian Critique of Keynesian Proclivities, en Roger Koppl y Gary Mongiovi, editores, Subjectivism and Economic Analysis: Essays in Memory of Ludwig M. Lachmann, New York: Routledge, 1998, p. 179. El paréntesis en el texto es mío).

Es cierto que los resultados del análisis de Lachmann pueden haber tenido inferencias embarazosas para quienes se han caracterizado por ser anti-intervencionistas del estado en la economía. Expresan Boettke y Sullivan que

“A la hora del análisis final, la visión de la economía de Lachmann como un sistema que no necesariamente posee una tendencia hacia el equilibrio y, en particular, su visión de la operación del sistema de mercado, le condujo a proponer una política activista en tiempos de miseria económica generalizada. Esto es algo curioso en el campo austriaco.” (Peter J. Boettke y Steven T. Sullivan, Lachmann’s Policy Activism: An Austrian Critique of Keynesian Proclivities, en Roger Koppl y Gary Mongiovi, editores, Op. Cit., New York: Routledge, 1998, p. 165).

A esto se puede agregar el hecho de la recepción positiva que se le dio a Lachmann en recintos social-demócratas, caracterizados por impulsar políticas activistas en casos de un presunto fracaso generalizado del mercado.  Por ejemplo, en el sitio Social Democracy for the 21st Century: A Post Keynesian Perspective, en el encabezado de la edición del 8 de febrero del 2012 se lee que: “Lachmann Endosó el Estímulo Keynesiano en una Depresión”.

Si bien Lachmann tan solo señala que se trata de una posibilidad que no haya tal convergencia al equilibrio, lo cierto es que, en diversos escritos, enfatizó un papel activo para el estado en el campo económico. Ante esto me parece que un cuestionamiento importante y que va más allá de declarar que su posición es nihilista, es el que formulan Boettke y Sullivan, de que Lachmann no lleva su enfoque subjetivista extremo hasta las profundidades necesarias, lo cual tiene implicaciones para el activismo estatal. De acuerdo con ellos,

“Si el mundo es verdaderamente caleidoscópico (múltiple y cambiante), entonces, quien formula la política debe enfrentar el mismo conjunto confuso de señales, al igual que como lo hace el participante en el mercado (con la misma diversidad de interpretación de las señales). Si los actores en el mercado privado no encaran los incentivos y carecen de la habilidad para adquirir la información, que coordine su comportamiento con el de otros en el mercado, debido a las condiciones constantemente cambiantes y a la diversidad de las interpretaciones de las señales que estos cambios producen, entonces ¿por qué deberíamos esperar que quienes formulan las políticas son capaces de coordinar los asuntos económicos de una manera exitosa? (Peter J. Boettke y Steven T. Sullivan, Lachmann’s Policy Activism: An Austrian Critique of Keynesian Proclivities, en Roger Koppl y Gary Mongiovi, editores, Op. Cit., p. 179. El primer paréntesis es mío).

En una línea similar, Roger Harrison expresa la opinión de que Lachmann

“…se abstuvo de apartar de su imaginación el problema de la coordinación inter-temporal y de aseverar la perversidad inherente del proceso de mercado. Simplemente dejó con nosotros la pregunta abierta, de si podemos contar o no con las fuerzas equilibradoras que coordinen inter-temporalmente… el capítulo de su Capital and Structure se lee como si fuera un programa para el activismo político. ¿Vamos a creer que el futuro es un poco menos no conocible para los formuladores de política Keynesianos que para otros participantes en el mercado? (Roger W. Garrison, Time and Money: The Macroeconomics of Capital Structure, New York: Routledge, 2001, p. 254.)

Es importante indicar que la naturaleza caleidoscópica del mercado mencionada por Lachmann, no implica que se está frente a una anarquía o un desorden generalizado, sino que, como señalan Boettke y Sullivan,
 
“El caleidoscopio, a pesar de su indeterminación, posee un cierto patrón o estructura interna para su propia operación. El mercado, desde la perspectiva Lachmanniana, se puede decir que posee el mismo tipo de patrón ordenado –que no es el de un reloj ni uno completamente al azar… Los intentos para salirse del sistema y controlarlo no es que dirijan tanto su operación como distorsionan el patrón ordenado que caracteriza a la economía de mercado, dentro de un sistema bien establecido de reglas de propiedad.” (Peter J. Boettke y Steven T. Sullivan, Lachmann’s Policy Activism: An Austrian Critique of Keynesian Proclivities, en Roger Koppl y Gary Mongiovi, editores, Op. Cit., p. 179).

La propuesta Lachmanniana difiere de la visión por la cual el sistema de mercado funciona tal como lo hace un reloj; esto es, como si fuera un conjunto de ecuaciones Walrasianas que se resuelve simultáneamente, ni tampoco concuerda con aquella de Keynes, quien consideró al mercado como inherentemente inestable; es decir, que funciona totalmente al azar. Más bien, se trata de la conformación de un orden o patrón característico de la operación del mercado. Una metáfora que explica este patrón es la expuesta por Garrison, quien describe cómo es el orden de un mercado, en el cual actúa el empresario, de acuerdo con la concepción de Lachmann. Este no es, no funciona, como un reloj, ni tampoco se puede describir como un desorden:

“El intrincado patrón de vidrio coloreado de un caleidoscopio, representa el patrón de precios determinado por los compradores y vendedores en los mercados de bienes y por quienes creen que el mercado de activos va en alza y quienes creen que va a la baja. El patrón tiene orden y belleza, pero no longevidad; ningún patrón obtenido puede durar por mucho tiempo. El paso del tiempo está necesariamente marcado por el descubrimiento de nueva información, a través de expectativas satisfechas o insatisfechas de los inversionistas. Esta es la naturaleza, según Lachmann, del proceso de mercado. Tales descubrimientos pueden hacer que, quienes creían que el mercado iba al alza, crean que ahora va a la baja y lo contrario. La baraja resultante de los activos de capital agita al caleidoscopio. Emerge un nuevo patrón de precios, pero sus características particulares no pueden haber sido predichas únicamente a partir del patrón previo o a partir de la suma total de conocimiento subyacente.

El descubrimiento inevitable de nueva información, al irse revelando el mercado, no tiene análogo en la mecánica Newtoniana. Las posiciones futuras de un péndulo pueden ser calculadas a partir de su posición actual, su masa y de las fuerzas que actúan sobre él. La posición a la cual finalmente el péndulo llega a descansar no es el resultado de un proceso –tal como Lachmann usa el término. Esto es, la posición final de equilibrio es independiente de la magnitud y de la dirección de los movimientos particulares que impulsaron al péndulo a esa posición.” (Roger W. Garrison, The Kaleidic World of Ludwig Lachmann. Review Article: The Market as an Economic Process by Ludwig Lachmann, en Critical Review, Vol. 1, No. 3, verano de 1987, p. 78. La letra cursiva es del autor).

El gran aporte de Lachmann consistió en la incorporación del subjetivismo a las expectativas.  Estas últimas, según Mises, así como Hayek, eran instrumentos para predecir. En cambio, para Lachmann, debido a la naturaleza caleidoscópica de la sociedad, caracterizada por cambios inesperados que alteran los patrones previos que servían de fundamento para la acción individual, las expectativas son resultantes de las interpretaciones subjetivas que los individuos hacen de posibles situaciones futuras. Es aquí donde Lachmann hace su muy conocida afirmación de que “El futuro no es conocible, pero no inimaginable” (Ludwig M. Lachmann, From Mises to Shackle, en Journal of Economic Literature, Vol. 14, No. 1, marzo de 1976, p. 59.)  El empresario Lachmanniano, a diferencia de aquel de Kirzner y de Hayek, desempeña el acto de imaginar cómo será ese futuro, el cual incorpora en sus expectativas que, por el proceso de difusión ampliada del conocimiento que surge, a su vez son incorporadas en las expectativas de otros agentes. Pero este proceso es continuo y caracterizado por el cambio inesperado, con lo cual, en la sociedad caleidoscópica, conduce a incompatibilidades en los planes individuales. Esta posibilidad de inconsistencia, como dice Sandye-Gloria Palermo, “desafía la visión tradicional de una tendencia hacia el equilibrio. El mercado es ahora un proceso indeterminado, gobernado por la interacción de las fuerzas del equilibrio y del desequilibrio.”[Op. Cit., p. 126]. La competencia se encarga de difundir, por una parte, el conocimiento relevante, que constituye una fuerza que impulsa hacia el equilibrio del sistema, pero, a la vez, dado que el futuro es imaginado por cada individuo, quien en diferentes momentos conjetura distintas situaciones, hace que revise sus planes en función de su capacidad para imaginar. Como esta capacidad no conoce límites, da lugar a posibles divergencias en las expectativas de los diferentes participantes. Esta es la fuerza desequilibrante que impide la garantía de un equilibrio generalizado.

Jorge Corrales Quesada
 

martes, 5 de junio de 2012

La columna de Carlos Federico Smith: el papel del empresario en el análisis económico: el aporte de Kirzner

Para Kirzner,

“…el elemento crucial de la función empresarial está en la habilidad de ver oportunidades no explotadas, cuya existencia previa significó que el equilibrio inicial del flujo circular era ilusorio –eso, lejos de ser un estado de equilibrio, representaba una situación de desequilibrio inevitablemente destinada a ser alterada… El empresario es la fuerza equilibradora cuya actividad responde a las tensiones existentes y efectúa aquellas correcciones por las que esas oportunidades no explotadas habían estado clamando.” (Israel M. Kirzner, Competition and Entrepreneurship, Chicago: The University of Chicago Press, 1973, p. 127.)

El aporte distintivo de Kirzner a la teoría de la empresariedad radica en la explicación de por qué ésta debe ser vista como un estado de alerta, en donde el empresario descubre oportunidades para apropiarse de ganancias. Su concepción fue influida por su condición de haber sido alumno de Mises, de quien ya hemos destacado la importancia de ese atributo o condición de estar alerta, como explicación de la acción del empresario en un proceso de mercado. En criterio de Boettke y Sautet,

“La brillantez de Kirzner radica en la forma en que él abrió el marco cerrado de la microeconomía tradicional al introducir el elemento empresarial. Desde el punto de vista de Walras, los precios son parámetros que ningún agente puede influenciar… los agentes son pasivos, en el sentido de que no originan cambios; simplemente responden como robots a la situación del mercado y a los incentivos ofrecidos por los precios paramétricos… eso no podía explicar cómo se determinan los precios. Tal como lo vislumbró Kirzner, el problema del empresariado como una categoría analítica, surge del discernimiento de que no podemos explicar la existencia de una simple novedad (y de la utilidad pura) en relación con los factores productivos que ya están en uso.” (Peter Boettke and Frederic Sautet, The Genius of Mises and the Brilliance of Kirzner, en Annual Proceedings of the Wealth and Well-Being of Nations, Vol. 3, 2001, p. 39).

En su análisis, Kirzner parte de una situación inicial de equilibrio, en la cual el individuo está alerta ante posibilidades de obtener una ganancia, si bien dicha posición inicial se caracteriza porque todas las oportunidades de ganancias han sido apropiadas. El papel del empresario es el de descubrir las preferencias de los consumidores, en un marco de ignorancia parcial. Este es su ámbito de acción: descubrir errores. Se puede hablar en términos de un empresario-descubridor. Este descubrimiento de la información es algo inesperado y no planeado. El agente central del proceso, el empresario, como parte de la acción humana de todos los individuos en un marco de incertidumbre, impulsa el proceso de mercado, dado su liderazgo, estado de alerta, iniciativa y empuje. A partir de una situación de desequilibrio, en que los precios no reflejan las preferencias verdaderas de los agentes, la posibilidad de obtener ganancias le incentiva a descubrir los gustos verdaderos y las preferencias de los consumidores, en un proceso por el cual se extiende toda esa información al mercado.

El proceso empresarial Kizneriano consta de dos partes. En una primera instancia, el empresario alerta descubre errores y actúa para corregirlos, dándole a los consumidores soberanos un producto que cumpla con sus expectativas. Es decir, en un cierto momento, usa el conocimiento disperso que puede existir en una economía y, al notar el error, actúa para corregirlo, lo cual significa que, con sus acciones, restaura el equilibrio. Este es un caso simple de un solo período, de un momento dado.
Pero su conocimiento es parcial y no perfecto. En una segunda instancia, como el empresario vive en un mundo de ignorancia, se requiere que tome en cuenta el factor incertidumbre. El estado de alerta que debe observar el empresario debe tomar también en cuenta sus expectativas acerca de la realidad del mundo futuro. Es decir, extiende su modelo de un solo período a un caso de períodos múltiples, lo que le permite incorporar el concepto de incertidumbre. Para tener éxito, para tener ganancias, ahora deberá tener presente no sólo el arbitraje de precios del momento, sino también visón, audacia y creatividad al actuar, lo cual significa que, de alguna manera, tendrá que tomar en cuenta el arbitraje futuro.
Dada esta ignorancia, el empresario, obligado a escoger, actúa con la expectativa de que su impresión subjetiva se aproxime a la realidad que va mostrándose gradualmente ante sus ojos. Con el fin de tratar con el problema de la incertidumbre, el empresario debe estar alerta, que no es sino la propensión del hombre de formular una imagen del futuro. Así, él actúa creyendo que esa imagen que formula, es la realidad del futuro. La especulación del empresario acerca de qué tan correctas son sus apreciaciones sobre el futuro, forma parte de su estado de alerta.
El papel que desempeñan las ganancias en la conducta del empresario es generar la situación de alerta que le permite detectar oportunidades; esto es, hace posible que se dé el proceso de descubrimiento. El empresario se da cuenta de que tiene ante sí una posibilidad real de ganancias y frente a ello es que actúa; es decir, las ganancias que motivan la acción del empresario son ganancias ex ante. Podrá equivocarse, pero él mismo u otro empresario se dará cuenta (estará alerta) de otras ganancias posibles, que motivarán que actúe. Así la acción humana tiene un propósito, cual es estar alerta ante dicha posibilidades.
A largo plazo, este proceso de aprendizaje, de descubrimiento a que va siendo expuesto gradualmente en el proceso de mercado, significa que aquel empresario, quien usa el conocimiento disperso, produce un conocimiento que va más allá de su conocimiento individual y que es trasladado al mercado como un todo, expresado mediante los precios  Tal como señala Sandye Gloria-Palermo,
“La alerta de los empresarios Kiznerianos permite a todos los participantes en el mercado, descubrir los datos que realmente conforman la economía en general. La empresariedad conduce al equilibrio, pues permite el descubrimiento y la diseminación de la información necesaria para construir planes coordinados y, de esta manera, brinda un remedio para el estado de ignorancia en el cual los individuos toman sus decisiones.” (Sandye Gloria-Palermo, The Evolution of Austrian Economics: From Menger to Lachmann, New York: Routledge, 1999, p. 113.)

El empresario Kizneriano es un descubridor en un mundo de ignorancia en donde, en una primera instancia, es la información imperfecta la que impide el equilibrio instantáneo. Al darse cuenta de las posibilidades de ganancias, al descubrirlas y tratar de resolver los desequilibrios, requiere de nuevo conocimiento, lo cual exige que deba escoger. Por ello, la función empresarial en esencia tiene que ver con el cambio en el conocimiento, su descubrimiento, su diseminación y su reacción ante el cambio en la información de que se dispone. Kirzner hace uso aquí de la concepción desarrollada por Hayek acerca de la competencia como un proceso de descubrimiento (y no como un estado de cosas, como sucede en el análisis de equilibrio neoclásico), la cual vale la pena repetir aquí:

“El uso del conocimiento ampliamente disperso en una sociedad con una extensa división del trabajo, no puede descansar en individuos que conozcan todos los usos específicos, a los cuales pueden ponerse cosas bien conocidas de su ambiente individual. Los precios dirigen su atención hacia lo que vale la pena descubrir acerca de las ofertas en el mercado de diversas cosas y servicios… El conocimiento del cual yo hablo consiste más bien en una capacidad de descubrir circunstancias particulares, que llegan a ser efectivas tan sólo si quienes poseen ese conocimiento son informados por el mercado, acerca de qué cosas o servicios son requeridas y qué tan urgentemente lo son. Esto debe ser suficiente para indicar la índole del conocimiento al que me he venido refiriendo, cuando llamo a la competencia un proceso de descubrimiento.” (Friedrich A. Hayek, Competition as a Discovery Procedure, en Chiaki Nishiyama y Kurt R. Leube, editores, The Essence of Hayek, Stanford, Ca.: Hoover Institution Press, 1984, p. p. 256-257.)

Para Kirzner, el comportamiento de los empresarios conduce a un equilibrio, al permitir el descubrimiento y la diseminación de la información necesarios para la elaboración de planes coordinados de los individuos. Si bien es comprensible que el empresario pueda cometer errores, el proceso de descubrimiento del orden económico permite, a su vez, que otros empresarios más hábiles puedan detectar esas oportunidades de obtener ganancias y, en consonancia, de actuar para eliminar el error así originado. Por ello, para Kirzner el comportamiento del empresario es un factor que conduce a la coordinación de los planes individuales: esto es, al equilibrio.

El empresario de Mises constituye una fuerza equilibradora, pero para Kirzner la función va más allá: de la de ser un empresario atento a las oportunidades de ganancias, pero que, cuando actúa en tal sentido, descubre el orden implícito en el proceso de mercado, que puede ser usado por otros participantes.
Kirzner expuso que

“Para mi los cambios que inicia el empresario son siempre hacia el estado hipotético de equilibrio; esos son cambios que surgen en respuesta a patrones existentes de decisiones erradas, un patrón caracterizado por oportunidades echadas de menos. El empresario, desde mi punto de vista, da lugar a ajustes mutuos en aquellos elementos discordantes que resultaron de la previa ignorancia del mercado.” (Israel Kirzner, Competition and Entrepreneurship, Chicago: The University of Chicago Press, 1973, p. 73 y citado (aunque está en desacuerdo con lo que considera es tan sólo una opinión y no una prueba analítica) en Sandye Gloria-Palermo, Op. Cit., p. 105. La letra en cursiva es de Kirzner.)
Jorge Corrales Quesada

martes, 29 de mayo de 2012

La columna de Carlos Federico Smith: el papel del empresario en el análisis económico: el aporte de Mises

El aporte de Ludwig von Mises al papel del empresario en una economía
 
A fin de entender el papel del empresario en el proceso de mercado según Ludwig von Mises, debemos tener presente su concepto de acción humana. Según éste, el individuo actúa siempre con un propósito:

“La acción humana es conducta deliberada. Mejor dicho, es movilizada voluntad que se transforma en actuación; es aspirar a fines y objetivos; es consciente reacción del ego ante los estímulos y las circunstancias del ambiente; es reflexiva acomodación a aquella disposición del universo que está influyendo en la vida del sujeto.” (Ludwig von Mises, La Acción Humana: Tratado de Economía, Madrid: Editorial Sopec S. A., 1968, p. 37. La letra cursiva es del autor).

La pensadora austriaca Sandye Gloria-Palermo amplía sobre el concepto y nos permite interpretarlo mejor:

“El axioma de la acción humana comprende tres consecuencias directas: la introducción de la causalidad, el tiempo real y la incertidumbre. Para que un individuo actúe, se necesita una condición: la acción del momento debe pensarse que ocasiona una influencia positiva sobre el bienestar propio… La acción está orientada hacia la mejoría del bienestar del bienestar individual; es decir, hacia el cambio; la acción, por lo tanto, toma su lugar en el tiempo… La incertidumbre es incorporada usando el mismo método tautológico: la acción, definida como una elección real, tan sólo puede tomar lugar en un ambiente incierto en lo que se refiere al futuro; de otra forma, sería remplazada por una simple reacción.” (Sandye Gloria-Palermo, The Evolution of Austrian Economics: From Menger to Lachmann, New York: Routledge, 1999, p. 85).

Para Mises, el empresario incorpora las características de toda la acción humana distintiva que se presenta en una economía. En el marco de un proceso competitivo se convierte en el factor que introduce la eficiencia requerida, ante cambios imprevistos en la economía. Esto es, hay un papel dinámico del empresario, quien, enfrentado a la naturaleza impredecible del futuro, tiene incentivos para actuar. El empresario es el hombre que actúa ante cambios en los datos del mercado. Debe identificar los medios o factores de producción y su empleo en la satisfacción de deseos de los consumidores. Siguiendo a Menger, para Mises este proceso de valoración permite que se obtenga el conocimiento acerca de las relaciones causales entre los diferentes bienes. Asimismo, hace que deba decidir actuar para dirigir esos recursos escasos hacia los usos específicos en la producción de los bienes. Ante la posibilidad de que su acción resulte en pérdidas, asume el riesgo. Mises considera que la acción siempre implica un elemento de incertidumbre, pues es algo inherente en su predicción acerca de cómo actuarán otros individuos en el mercado competitivo.

Dado que la acción humana se caracteriza por la posibilidad de que el individuo cometa errores, bien puede resultar en malos ajustes (“maladjustments”), en donde, según criterio de Mises, dicho mal ajuste surge de la divergencia entre la asignación de recursos que hay en un cierto momento y la asignación que haría máxima la satisfacción del público. Estos malos ajustes dan lugar a la posibilidad de lograr ganancias, provocando el accionar de los empresarios, quienes terminarán por finalmente eliminar esos malos ajustes. Dada la posibilidad de lograr esas ganancias descubierta por los empresarios, toman decisiones que implican la necesaria asunción de riesgos y dirigen su actividad hacia la rectificación de esos malos ajustes.

En un cierto momento el empresario-que-actúa se da cuenta (esa es una de sus habilidades) de que hay la oportunidad de obtener ganancias a partir de un esquema de precios que no corresponde con una situación óptima. Por supuesto que los efectos de su accionar toman tiempo para cristalizar, pues el cambio, que es el que ha dado lugar a la presencia de ganancias posibles, tiene no sólo efectos en el mercado en una primera instancia, sino que, al ingresar diversos empresarios a la actividad, de nuevo con ello se alteran los precios que encara el resto de actores en la economía. Para Mises, “empresario es el individuo que actúa con la mira puesta en las mutaciones que las circunstancias del mercado registran” (Ludwig von Mises, Op. Cit., p. 329); esto es, el individuo que actúa en función de los cambios que ocurren en los datos que brinda el mercado.

Así, supóngase que se altera una situación inicial en que los precios de mercado estaban en equilibrio. El empresario supuestamente más capacitado es aquel que toma ventaja con respecto a otros de la situación que percibe. Se da cuenta de que es posible reasignar algunos recursos productivos de la manera más eficiente, hacia la producción de aquél bien, cuya producción ahora resulta ser insuficiente a los precios iniciales. El empresario, preparado para el descubrimiento de oportunidades y sorpresas, valora los medios o factores productivos de que dispone y los dirige hacia los usos específicos que se buscan lograr. Asume el riesgo de que los fondos provistos puedan generar pérdidas. Su éxito está evidentemente en función de su capacidad de satisfacer las necesidades de los consumidores en la nueva situación. Es decir, si cumple con el objetivo de aprovechar la oportunidad (de descubrir errores, malos ajustes), para la cual debió estar alerta, y de tener éxito en ella.

El conjunto de precios existente ayuda a quienes toman decisiones a llevarlas a cabo, al brindar información previa a dicha decisión. Pero también los precios brindan conocimiento con posterioridad a la decisión tomada, tanto a partir del conjunto de precios que emerge con posterioridad a la decisión previamente tomada, sino también en los resultados de pérdidas o ganancias de la empresa. La discrepancia que surge a partir de los precios iniciales, que dieron lugar a una expectativa acerca de lo que previamente se esperaba, y los resultados económicos de pérdidas o ganancias, envían una nueva señal para que el empresario actúe, corrigiendo su comportamiento anterior. Esto es, se da un proceso de descubrimiento, de aprendizaje, para mejorar las actividades productivas hasta el momento llevadas a cabo, descubrimiento que se da por los mismos actores participantes o por nuevos entrantes. Asimismo, permite que se logre la coordinación entre los participantes al corregirse errores previos.

Para el destacado economista neoclásico Léon Walras los precios transmiten todo el conocimiento disponible, mientras que para Ludwig von Mises,

“Como los precios no reflejan todo el conocimiento disponible, existen discrepancias que crean bolsones de ganancias que los empresarios pueden descubrir. En otras palabras, el sistema de comunicación no es perfecto; los precios no transmiten todo el conocimiento que Walras desearía que ellos pudieran lograr transmitir. Sin embargo, es precisamente esta ‘imperfección’ la que constituye el motor del sistema económico. La imperfección de los precios es lo que crea la habilidad del sistema para comunicar la información relacionada con sus propiedades fallidas de comunicación.” (Peter Boettke and Frederic Sautet, The Genius of Mises and the Brilliance of Kirzner, en Annual Proceedings of the Wealth and Well-Being of Nations, Vol. 3, 2001, p. 37).

Ese esfuerzo empresarial por lograr ganancias a partir del descubrimiento de oportunidades, bien puede dar lugar a pérdidas. El empresario debe competir con otros en sus objetivos y acciones y tan sólo los más exitosos son quienes tendrán éxito. Para tener éxito está dispuesto a asumir el riesgo que implica su decisión. El mecanismo de pérdidas o ganancias se convierte en la fuerza que impulsa la acción del empresario, proceso que termina por alterar los precios, que, de ser menores que los deseados, concluyen finalmente por aumentar, eliminando cualquier ganancia y restaurando el balance entre oferta y demanda. Pero el empresario siempre estará vigilante acerca de la significación que pueda tener cualquier cambio ulterior en los precios para actuar en consonancia. Las ganancias son las que le mueven a actuar.

Es importante concluir este comentario señalando la función equilibradora que posee el empresario en el contexto del mercado competitivo. De acuerdo con Mises, los precios en general no son de equilibrio, pero son útiles tanto para brindar información a los participantes (viejos o entrantes) en el mercado, con lo cual motivan a que el empresario actúe y coordine su actividad económica en el curso del tiempo. Esto es, el proceso de mercado converge a un equilibrio generalizado… hasta que no surja un nuevo cambio.

“Conviene notar que es la competencia –que los empresarios afanosos de lucro entre sí desatan- la que impide la pervivencia de precios falsos para los factores de producción. La propia actuación de los empresarios, si ya no ocurrieran más cambios, plasmaría la, en la práctica, irrealizable economía de giro uniforme (o situación de equilibrio general).” (Ludwig von Mises, Op. Cit., p. 427. La letra cursiva es del autor. El texto entre paréntesis es mío).

Para Mises la situación analizada como de equilibrio general es irrealizable.  Lo importante de tener presente son las fuerzas equilibradoras que hay en el mercado y entre los mercados, que él considera conducen hacia lo que se ha denominado como un equilibrio general, si bien precario. El factor que tiende a que los precios de los bienes y servicios en el mercado concurran hacia valores de equilibrio, es la competencia que se da entre empresarios que buscan obtener utilidades. Por supuesto que tal situación de equilibrio permanecerá, en tanto no surjan cambios en los datos del mercado (información, conocimiento), lo que daría lugar a la acción correspondiente de los empresarios, en su búsqueda por aprovechar estas nuevas oportunidades de lograr ganancias.

Jorge Corrales Quesada

martes, 15 de mayo de 2012

La columna de Carlos Federico Smith: El papel del empresario en el análisis económico: el aporte de Menger

Carl Menger es considerado como el fundador de la escuela de economía austriaca, pues, con la publicación de su obra Principios de Economía en 1871, presentó un análisis diferente de la economía clásica, así como del Historicismo alemán, al igual que del neoclasicismo, que en ese entonces surgía dominante en el pensamiento académico. (Carl Menger, Grunsätze der Volkwirtschaftslehre, Viena: Wilhelm Braumüller, 1871. Una versión en español puede ser encontrada como Principios de Economía Política, Madrid: Unión Editorial, 1997).

Para entender las opiniones de Menger acerca del proceso de mercado, es necesario entender el carácter práctico de la definición de capital que él hace. Capital es una combinación de bienes de orden mayor o de segundo orden cuyos servicios generan un ingreso. Para él, la producción consiste de una secuencia mediante la cual lo que denomina bienes de orden mayor o de segundo orden (bienes de capital) son transformados en bienes de primer orden u orden menor (bienes de consumo).

La habilidad del empresario de Menger para obtener un beneficio al mezclar los insumos de orden mayor (capital), depende de su capacidad del momento de disponer de cantidades de bienes de orden mayor, durante el período de generación de los bienes de orden menor (bienes de consumo); esto es, la posesión de capital es un factor habilitante para el empresario. Como dice A. M. Endres,

“Aquí un derecho de propiedad o un derecho sobre los bienes de capital permite a su dueño reclamar rendimientos derivados de la útil acción de combinarlos en capital. El mismo Menger señaló que ‘disponer de recursos {en sí mismo}… es un medio para la mejor y más completa satisfacción de sus necesidades {de los individuos} y, por tanto, {es} un bien”. (A. M. Endres, Neoclassical Microeconomic Theory: The Founding Austrian Version, New York: Routledge, 1997, p. 168. Los corchetes son del autor.)

El empresario mengeriano tiene un concepto contable del capital, como un fondo de valores potenciales cuyo valor puede ser determinado en el momento actual; esto es, los empresarios son creadores de capital en el presente, con base en el concepto de un rendimiento que espera lograr de la producción en el futuro, en una fecha determinada. Es decir, la producción esperada es resultado de la combinación de bienes de orden superior, para la obtención de bienes de orden inferior, valorados estos a un cierto valor que esperan obtener. Menger, por supuesto, acepta que el valor de este fondo no es algo determinado, pues podría resultar que el valor presente de mercado de los bienes de orden inferior (bienes de consumo), no es buena guía acerca del valor, al momento, de los bienes de orden superior que se usarían en la producción de esos bienes de consumo.

Por eso vislumbró a la actividad empresarial en sí como un bien de orden superior –un bien de capital. El empresario recoge la información relevante, realiza los cálculos significativos, actúa decidiendo la forma en que combina esos factores productivos complementarios de alto orden y supervisa el plan de realización del proyecto, desde su concepción hasta su resolución en la disposición de los bienes de menor orden resultante. La mente del empresario es el filtro que permite que simples activos puedan ser combinados en un proceso específico para la producción de bienes que pueden ser objeto de un intercambio. Esto es, transformar activos en un capital productivo que genera ingresos futuros.

Menger explica la función empresarial como parte de su teoría de la producción, en la cual el elemento de coordinación inter-temporal es esencial. Por ello, el papel del empresario destaca en la coordinación que hace de los bienes de capital hacia la producción de bienes y servicios finales.

Debemos concluir en la enorme importancia que para Menger tiene la mente del empresario, en asignar los recursos insuficientes para lograr la satisfacción de deseos y necesidades humanas, que por definición son infinitos. Es el comportamiento económico del empresario, comportamiento creativo, el que escoge y filtra sus decisiones, guiadas por la demanda siempre incierta de los consumidores por los bienes de menor orden. Después de todo, por más que sea posible obtener un conocimiento acerca de las condiciones tecnológicas de producción, es sumamente difícil lograr un conocimiento veraz y permanente de las condiciones de una demanda que puede fluctuar. Es en este marco de incertidumbre natural en el cual el empresario cumple una función crucial en el esquema de Menger, cual es el concepto que tiene del capital como posesiones que generan ingresos privados en una economía monetaria. En cierta manera, cualquier bien, de acuerdo con Menger, puede ser considerado como capital, en tanto que ello va a depender de las decisiones e intenciones productivas del empresario. De hecho, la definición de capital se convierte en algo que lo define el propio empresario, en cuanto a su uso combinado con otros bienes de orden superior para la creación de bienes de orden inferior. El empresariado es así propiamente un bien de capital.
En resumen, y de acuerdo con Joseph Salerno,

“…desde el punto de vista de Menger, el conocimiento que un actor adquiere y las expectativas que forma no son autónomas, sino estrictamente gobernadas por la estructura de los bienes que constituyen su propiedad y los fines que eligió. Como ‘un hombre que economiza’, quien actúa y guía un proceso causal incierto, el empresario de Menger es un actor dinámico, quien obtiene ganancias al buscar activamente los usos más valiosos para su propiedad y no se trata meramente de un ‘tomador de riesgos pasivo’, cuyas ganancias representan un premio por invertir en actividades riesgosas.” (Joseph T. Salerno, Carl Menger: The Founding of the Austrian School, en Randall G. Holcombe, editor, Fifteen Great Austrian Economists,  Auburn, Alabama: Mises Institute, 1999, p. 93).

Jorge Corrales Quesada

martes, 8 de mayo de 2012

La columna de Carlos Federico Smith: el papel del empresario en el análisis económico: el análisis austriaco

 En este segundo comentario, mi objetivo es describir el análisis austriaco, mejor  conocido como proceso de mercado, el cual es una alternativa al neoclásico, expuesto en mi comentario previo, si bien en algunas secciones necesariamente me refiero, de forma comparativa, al enfoque neoclásico.

La lógica de la elección en el análisis económico austriaco

En forma relativamente sencilla, la explicación austriaca de la lógica de la elección que hace el individuo, en contraste con las matemáticas que emplea el método neoclásico, es expuesta por Callahan de la siguiente manera:

“Estas ecuaciones no pueden tomar en cuenta las decisiones creativas de los humanos, basadas en las categorías de causa, efecto, de antes y de después. Lo que describen es un mundo de correlaciones atemporales, del cual está ausente la causalidad. Las intenciones de los hombres no tienen lugar en aquel modelo (neoclásico), puesto que dicho modelo asume que todos los humanos conocen todos los hechos relevantes posibles acerca de su situación, y que tan sólo pueden aceptarla como un dato.

El hecho de que las curvas de oferta y demanda nos pueden brindar una visión burda del comportamiento del mercado, es un efecto de la acción humana y ciertamente no la causa de ella. Nadie actúa con el objetivo de lograr que haya un balance entre la oferta y la demanda. La gente actúa en el mercado para obtener un beneficio, en el sentido más amplio de la palabra: llevan a cabo un intercambio porque sienten que estarán mejor después de efectuar el intercambio, comparado con lo que hacían anteriormente. Que su búsqueda por lograr un beneficio permite que se logre un equilibrio entre la oferta y la demanda, es un producto resultante de sus verdaderos objetivos.” (Gene Callahan, Economics for Real People: An introduction to the Austrian School, Auburn, Alabama: The Ludwig von Mises Institute, 2002, p. 319. El paréntesis curvo en el texto es mío).

Un problema con la concepción neoclásica basada en la maximización de la utilidad, es que suelen ser muchos los factores que definen el comportamiento humano, que a menudo va más allá del comportamiento “racional” que se presume se da en la lógica de la elección económica neoclásica. Es factible que la conducta individual de la elección no esté tan sólo determinada por un comportamiento hedonista, sino que el altruismo es posible, como también lo puede ser por otros aspectos considerados como “irracionales”. Debemos pensar en la posibilidad de que muchos otros factores, como por ejemplo, la historia, la genética, la sicología, el estado anímico del actor quien se encuentra formando parte de una economía, estén presentes en el momento en que el individuo escoge o decide cómo actuar.

No parece lógico que se considere que el individuo que elige entre alternativas, actúa de la misma manera a como lo hace una computadora: de un simple algoritmo matemático por resolver (maximizar), de fines que le son dados para el individuo que actúa en el mercado. En el acto de elegir, el individuo decide qué es lo que él o ella consideran como lo mejor, lo cual es resaltado por el análisis austriaco, en contraste con el neoclásico.

El hommo economicus del análisis neoclásico es totalmente mecanicista, predeterminado y, diríamos hoy, deshumanizado. Esta característica la retrató Veblen, quien señaló que:

“La concepción hedonista del hombre es aquella de una calculadora relampagueante de placeres y dolor, que oscila como un glóbulo homogéneo del deseo de felicidad, bajo el impulso de un estímulo que lo hace girar en toda el área, pero que lo deja intacto.” (Thorstein Veblen, The Theory of the Leisure Class: An Economic Study of Institutions, New York: Macmillan, 1899, p. 73).

En contraste, la escuela austriaca de economía, sustentada en lo que se conoce como subjetivismo (esto es, el significado subjetivo que el individuo le adscribe a sus acciones), considera que las elecciones que realiza el individuo van más allá de la posición neoclásica, en donde el individuo busca maximizar la utilidad y escoge a partir de la comparación de todas las opciones disponibles. Según el planeamiento subjetivista austriaco, es necesario ir más allá del simple cálculo neoclásico. Se trata no sólo de adoptar un conjunto de objetivos, sino también definir una serie de planes de acción que el individuo se propone llevar a cabo, de forma tal que se logre la mejor satisfacción de aquellos objetivos.

Me parece que la distinción más clara entre la visión austriaca de la economía como un proceso, en contraste con la visión neoclásica, radica en la trascendencia del subjetivismo en el campo de la elección económica. La creencia austriaca en el subjetivismo se refiere a algo más que una metodología económica, sino al estudio de la acción humana, propiamente. En lo particular, en lo económico, el inicio del análisis austriaco recae en el sentido subjetivo que los individuos le otorgan a sus acciones.
Describe Horwitz que,

“Este es el punto de vista subjetivista fundamental: las explicaciones científicas sociales deben empezar con los estados mentales subjetivos de los actores que están siendo estudiados. Esto requiere que los científicos sociales tomen seriamente los papeles del contexto y de la interpretación y que reconozcan que son las percepciones subjetivas de los actores las que impulsan sus acciones, no la realidad objetiva que puede subyacer a la situación. El subjetivismo afirma que no estaremos en capacidad de dar algún sentido a la acción humana, si intentamos describirla en términos que no hagan referencia a las percepciones y planes humanos. Los austriacos afirman que, sin referencias al significado, nuestro entendimiento del mundo social es de un carácter insatisfactorio y escaso.” (Steven Horwitz, Subjectivism, en Peter J. Boettke, ed., The Elgar Companion to Austrian Economics, Northampton, Mass.: Edward Elgar Publishing Co., 1994, p. p. 17-18).

La amplitud del enfoque subjetivista no está restringida a la introducción de esos factores subjetivos desde el lado de la demanda, tal como también lo hacen los neoclásicos, sino que la idea del costo de oportunidad permite que su aplicación se haga desde el lado de la producción. Esto faculta ir más allá de la visión de considerar los costos de producción únicamente como costos objetivos. El enfoque subjetivista al análisis económico moderno cubre no sólo las preferencias, sino también a los costos, así como como a expectativas, al tema del tiempo en la economía y a la percepción del conocimiento. Por ello, debe reiterarse la imposibilidad de que las matemáticas puedan capturar el comportamiento humano, dada la subjetividad generalizada que practican los agentes económicos en su toma de decisiones.

De acuerdo con los austriacos, el subjetivismo define su visión de la economía, al incorporarlo tanto en la percepción que los actores tienen de los bienes que adquieren; esto es, en la subjetividad del valor, sino también en la utilización que hacen del conocimiento. Este es el lado de la demanda. Pero también desde el lado de la oferta, pues los costos no son sino costos de oportunidad subjetivos. Se dice que son subjetivos porque el actor económico que encara un costo de oportunidad nunca puede saberlo objetivamente, porque, de hecho, al escoger una alternativa, dejó de lado otra que nunca escogió y que, por lo tanto, no puede haberla conocido.

En contraste con el neoclasicismo, en el análisis austriaco hay claramente un papel definido para el empresario. En este enfoque, los mercados son vistos como un proceso para la creación, la innovación, el descubrimiento y el uso que se hace del conocimiento, de acuerdo con los estados subjetivos de los individuos, tanto en el campo de la demanda como en el de la oferta.

Ese lugar claro para la función empresarial se deriva del hecho de que una característica innata del proceso de mercado son las pérdidas y las ganancias. Los intercambios, que son consustanciales a la actividad económica en un mercado, pueden no tener lugar por dos razones fundamentales. La primera, que se podría denominar de altos costos de información, porque quienes actúan en él disponen de toda la información acerca de las restricciones, alternativas y valores, y, por tanto, no hay razón para alterar la posición inicial de equilibrio. La segunda, porque puede ser que el intercambio no se lleve a cabo porque desconocen que hay una coincidencia mutua de intereses en el intercambio, en cuyo caso, sin saberlo, dejan de lado oportunidades de actuar, que habrían significado una posición mejor que la que tenían en la situación inicial de equilibrio. Sin que se tenga un conocimiento previo de este tipo de error (desconocimiento de posibilidad de mejorar de posición), para conocerlo será necesario que surja un acto que lo descubra.  Ante dicho descubrimiento, los actores alterarán sus planes. A esto se le conoce como descubrimiento creativo. Descubrir inconsistencias de los planes con los datos subyacentes o bien conflictos entre los planes de algunos individuos con los de otros.

El empresario obtendrá ganancias al descubrir errores que puede capturar en su beneficio, en tanto que tendrá pérdidas cuando hay oportunidades de tener ganancias que no explota. Es decir, actúa en función de las pérdidas o de las ganancias.

Es importante exponer la definición del economista austriaco Sanford Ikeda, acerca de lo que constituye el proceso de mercado:

“… es un orden espontáneo sostenido por un marco institucional, en el cual predominan la propiedad privada y el libre intercambio, y que emana de los propósitos fundamentalmente independientes de actores individuales, que formulan planes a la luz de la ignorancia parcial y del cambio no anticipado.” (Sanford Ikeda, Market Process, en Peter J. Boettke, editor, The Elgar Companion to Austrian Economics, Northampton, Mass.: Edward Elgar Publishing Co., 1994, p. 24).

Como dentro de un orden de mercado es necesario promover que surjan comportamientos aceptables (o que aquel inaceptable sea desautorizado), surgen instituciones destinadas a lograrlo, tales como las leyes sobre la propiedad privada, la solución pacífica a los conflictos derivados del intercambio y una serie de costumbres y normas que estimulan el desarrollo de dicho orden, pero también suelen surgir instituciones que facilitan el comercio y que estimulan la coordinación de los planes individuales, tales como el dinero, las empresas de seguros y de banca, entidades crediticias, calificadoras de crédito y riesgo, entre otras. Como dice Ikeda, “De hecho, todas estas instituciones, vistas colectivamente, constituyen lo que comúnmente entendemos por el mercado’” (Sanford Ikeda, Market Process, en Peter J. Boettke, editor, Op. Cit., p. 24).

Al referirse a que se trata de un “proceso espontáneo”, es porque no ha sido objeto del diseño deliberado de alguien, que, en la mejor tradición liberal clásica, se expresa como que no surge de la intención de las acciones de aquellos involucrados o participantes, sino que resulta de consecuencias no previstas de actividades que planearon los individuos; esto es, se trata de un resultado no anticipado por los seres humanos, quienes actúan en función de sus planes individuales.

Ahora bien, al referirnos a que los actores actúan formulando planes a la luz de la ignorancia parcial, dado que no son omnisapientes, y del cambio no anticipado que puede presentarse en cualquier momento y en cualquier lugar, y que no formaba parte de alguna expectativa previa, nos permite recalar el papel crucial del empresario en el enfoque austriaco. Son  las elecciones activas de los empresarios, resultantes tanto de decisiones tomadas en el pasado, como de las expectativas que tienen acerca de las decisiones futuras de los consumidores y de otros empresarios, las que guían el proceso de descubrimiento creativo que se da en un mercado competitivo.

No quiero terminar este comentario sin dejar de recordar que en el equilibrio del análisis neoclásico, no hay papel alguno para la participación activa del empresario que desequilibre esa situación finalmente lograda. Esta es lograda por un “robótico” subastador que lleva a cabo el proceso de arbitraje que finalmente se traduce en un equilibrio general de los precios. Pero no hay una explicación de cómo los precios se convierten en un fenómeno de desequilibrio, que, precisamente mediante la información que brindan, impulsa el proceso de descubrimiento que caracteriza a la empresariedad. El análisis austriaco sí nos permite explicar cómo es que se forman los precios, que son las guías que sirven para transmitir la información necesaria para quienes la requieren. Esta explicación de su formulación está más allá de lo que puede describir un equilibrio estático propio del análisis neoclásico. En esa formación de los precios explicada por el enfoque austriaco, el papel desempeñado por los empresarios es esencial. En tanto que la búsqueda de información puede resultar ser sumamente onerosa, el estado de alerta acerca de oportunidades que caracteriza al empresario no requiere del uso de recursos; esto es, no tiene costos porque no demanda tierra, trabajo o capital.  Antes de que el empresario tome acción alguna, requiere que note la presencia de una oportunidad; es decir, el estado de alerta precede cualquier acción.

Concluyo este comentario con algo similar al expuesto en el anterior, transcribiendo el excelente resumen que hace el economista austriaco Sanford Ikeda, de las características del proceso de mercado:

“1. Los planes de por lo menos algunos de los actores están en conflicto y son inconsistentes con los datos subyacentes, aun cuando la coordinación parcial preserva un cierto grado de coherencia en el mercado.

2. La acción “tiene algún propósito”, en el sentido de que los actores buscan mejorar el estado que ellos perciben del mundo, aun cuando tienen conocimiento de menos que todos los medios disponibles para lograr tal cosa.

3. Siendo incompleto su conocimiento de los datos relevantes, los actores experimentan el error, el cambio impredecible, el arrepentimiento y la sorpresa.

4. Son esenciales la persistencia y la repetición de pérdidas y ganancias económicas.

5. Existen precios que no son de equilibrio, reflejando la descoordinación, pero señalan oportunidades para que haya ajustes beneficiosos a los planes.

6. La presencia del error causa una asignación de recursos ineficiente, que el proceso de mercado tiende a corregir.” (Sanford Ikeda, Subjectivism, en Peter J. Boettke, ed., The Elgar Companion to Austrian Economics, Northampton, Mass.: Edward Elgar Publishing Co., 1994, p. p. 28-29).

Jorge Corrales Quesada