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lunes, 25 de julio de 2016

Tema polémico: repensar las medidas para reducir las presas

Desde hace muchos años, las personas que habitamos en la Gran Área Metropolitana de nuestro país sufrimos un verdadero calvario con las presas. Recorridos de 10 o 15 km, que perfectamente podrían hacerse en 30 o 40 minutos, terminan consumiendo hasta 2 horas a la ida y otras 2 horas al regreso.

El deterioro de la salud física y mental de los trabajadores es incuestionable. Según algunas investigaciones, los costarricenses pasamos atrapados en las presas el equivalente a 15 días al año, lo que sin duda merma nuestra productividad y, por ende, la competitividad del sector productivo, pues el caos vial genera termina elevando los costos de producción.

También es usual que este fenómeno derive en grandes frustraciones para los conductores, que reaccionan con agresividad y violencia ante cualquier situación en carretera. Ni qué decir sobre la pérdida de espacios de descanso y recreación con nuestras familias, ya que después de un largo día de trabajo más las presas, terminamos llegando a casa con deseos únicamente de acostarnos para madrugar al día siguiente y salir un poquito antes para reducir la tortura.

La causa del problema es clara: contrario a lo que algunos creen, no es porque existen muchísimos vehículos -por el contrario, eso demuestra que estamos frente a una sociedad cuya riqueza ha crecido y se manifiesta a través de la compra de automotores- sino porque la infraestructura vial no ha crecido al ritmo necesario para dar fluidez al tránsito.

Tenemos más de dos décadas de rezago en la construcción, ampliación y/o mejoramiento de las carreteras y caminos. Un Ministerio de Obras Públicas absorbido por la ineficiencia, que consume gran parte del tiempo y recursos en trámites sin que esto genere obras; un sistema de contratación pública intrincado, complejo y que termina siendo vulnerado por el contubernio entre algunos funcionarios públicos y empresas constructoras, entre otros males.

Por si fuera poco, carecemos de un buen sistema de transporte público que motive a la gente a dejar sus carros en casa. Los autobuses, en su mayoría, se encuentran en malas condiciones -es usual que se queden varados-, son sumamente incómodos (especialmente en época lluviosa), inseguros frente a la ola de asaltos o, simplemente, tardan mucho más que el vehículo para llegar de un punto a otro.

El tren, que podría ser un excelente remedio, se ha convertido en el hazmerreir. Constantes fallas mecánicas, saturación del servicio (sus vagones repletos a veces evocan la triste realidad de los trenes en La India) y los cada vez más frecuentes retrasos en el servicio, además de tener un horario limitado, hacen que mucha gente tampoco lo considere como una opción.

Frente a este panorama tan desalentador, ¿cuál solución salta a la vista? Bueno, no hay solución fácil en este tema. Por supuesto que, a largo plazo, lo ideal es ejecutar con prontitud los recursos disponibles para la construcción de nueva infraestructura o la ampliación y mejoramiento de la existente, lo cual implica corregur las fallas del MOPT y de las municipalidades. Pero en el corto plazo, puede haber una que otra salida que vale la pena valorar como paliativo.

No nos referimos a la restricción vehícular, que carece de sentido, toda vez que además de representar una limitación arbitraria e injustificable a la libertad de tránsito, ni siquiera ha dado resultados en cuanto a la disminución de consumo de combustible o de presas. La gente simplemente evita la zona con restricción aunque esto implique manejar mayores distancias o, como se dice popularmente, "se la juega" esperando no encontrar un Oficial de Tránsito. 

Las medidas que, a nuestro criterio, podrían contribuir en el corto plazo a reducir las presas no son nuevas, ni mucho menos las inventamos nosotros: se trata de teletrabajo y flexibilidad laboral. Con la primera, sería posible lograr que muchas personas dejaran de ingresar a la GAM y pudieran trabajar desde sus casas, lo que a su vez representa grandes ventajas para el empleado: no tendrá que gastar dinero en transporte, alimentación, vestido y, sobre todo, tiempo de desplazamiento, lo que le permitiría realizar otras actividades que mejoren su calidad de vida.

Por su parte, la flexibilidad laboral consiste en replantearse la idea antigua de que el trabajador tiene que pasar 8 horas sentado frente a un escritorio y dar paso a un trabajo por objetivos, de forma que la persona pueda cumplir con metas establecidas indistintamente del horario. Otra forma de ver esta medida es a través de la transformación de los horarios de trabajo propiamente dichos: en lugar de trabajar, digamos, 8 horas al día durante 5 días para un total de 40 horas semanales, se podría distribuir ese tiempo de forma distinta: por ejemplo, 10 horas por día durante 4 días, lo que permitiría tener ya no 2 días libres sino 3. En este caso, una medida como esta permitiría no solo que menos gente ingrese a las áreas congestionadas sino que también le daría al trabajador tiempo de descanso, que redundará en mayor productividad al regresar a labores, permitiría que las familias pasen más tiempo juntas (fortaleciendo los lazos y contribuyendo a reducir situaciones sociales problemáticas) así como  incentivar la economía, pues en los fines de semana largos, la gente tiende a pasear, lo cual se traduce en consumo de bienes y servicios que aumentarán la producción de otros sectores como turismo, servicios, etc.

En síntesis, queda mucho margen para pensar, para ser creativos en la búsqueda de soluciones que contribuyan a reducir el caos vial en el corto plazo sin perjudicar la libertad y los derechos de las personas.

martes, 19 de agosto de 2008

En Vela


Publicó ayerLa Nación una noticia aparentemente trivial: más empleados públicos y privados dejan la oficina, sin romper el vínculo laboral formal, para trabajar desde la casa (teletrabajo). El Gobierno emitió, el 1.° de agosto pasado, un decreto ejecutivo para estimular esta modalidad, implantada en 11 entidades públicas. Otra cara de la globalización, que se ensancha y reduce la verticalidad.

El teletrabajo no es la obligación del Estado de dar una “tele” a los trabajadores, como dijo alguien. Significa, como escribió ayer el Dr. Enrique Margery Bertoglia, en la sección Opinión de este periódico, “un profundo cambio cultural, el gran desafío”, al calor de la conectividad tecnológica, la capacidad organizativa y la vivencia de diversos valores éticos, como la responsabilidad y la autodisciplina. Refuerza, a la vez, en la familia la ética del trabajo.

Como otras noticias en la actualidad, esta aparece, de pronto, como información prosaica de un hecho en marcha. Quizá no ahondamos en ella porque, presas de la instantaneidad y de la frenética innovación, hemos perdido realmente el sentido del asombro, que hasta el final del siglo XIX, un siglo de gigantes, compartían, como se ha dicho, los místicos, los poetas y los científicos. Teletrabajo: apenas estamos comenzando, como en casi todo. Otra relación con el trabajo, el espacio, el tiempo y nuestra vida. “El tiempo de una vida –escribe Séneca a su amigo Lucilio– es la sola propiedad del ser humano. Es necesario utilizarlo plenamente, a fondo”. La ciencia y la tecnología nos tienden la mano.

Hace una semanas, interpelado alguien sobre sus propuestas para resolver los problemas nacionales, contestó: “Volver atrás”. No podemos retroceder o desandar el camino de la ciencia y la tecnología. Desarraigar lo peor, rectificar, arrancar la cizaña, luchar, mejorar y conquistar nuevas marcas. No nos queda más. Volver atrás es el “no” total. Decimos esto por cuanto ya aparecieron los primeros artículos en Internet contra el teletrabajo, por parte de los líderes de la “telecalle” y la democracia callejera, por violar, según sus autores, el Código de Trabajo, el derecho de asociación y el derecho de huelga…

No es una broma. Es una mentalidad pétrea, enemiga del “cambio cultural”. Pronto se presentarán los primeros recursos ante la Sala Constitucional contra el teletrabajo, como ya surgieron voces de oposición contra los cursos de inglés para los profesores de secundaria, por cuanto degradan la profesión, máxime si, según los quejosos, se realizan en el Centro Norteamericano-Costarricense. Nuestro enemigo está dentro…

Julio Rodríguez