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miércoles, 14 de enero de 2015

Desde la tribuna: Mauricio Rojas en Costa Rica

El próximo lunes 19 de enero a las 19 horas  (a las 19 del 19), en el Colegio de Abogados, tendremos la oportunidad de oír y conversar con Mauricio Rojas acerca del  “Estado de Bienestar en Suecia”.   Charla fundamental para entender qué está pasando en ese gran país y cómo es la transformación de que se está dando.  Asimismo, oportunidad de oro para borrar y enfrentar tantos mitos que circulan por allí.

El conferencista ha tenido una experiencia envidiable,  ha sido parlamentario en Suecia (o sea, es sueco y ha tenido éxito electoral en ese país nórdico) y nació en Chile.  Hablará en español acerca de un régimen muy admirado por mucha gente en nuestro país.

Exintegrante del MIR (el radical Movimiento Izquierda Revolucionario) chileno, este economista nacido en 1950 en Chile se exilió en 1974 en Suecia, huyendo del régimen militar.  Luego se convierte en liberal, sueco y parlamentario, autor de más de una veintena de obras de gran calidad y escritor laureado.  ¿Cómo no aprovechar la ocasión para apreciar una vida tan enjundiosa?

Ha estudiado el modelo sueco como pocos, ha ejercido la cátedra, ha participado en la política, ha sido perseguido político, escritor prolífico, experto en el tema de migraciones, integrante de la Comisión Constitucional del Parlamento sueco y no se ha olvidado de su querida Latinoamérica.

Ha realizado gran cantidad de trabajos académicos en relación con el pensamiento político (especialmente marxismo y liberalismo) y es un gran conocedor de los temas atinentes al desarrollo. 

Hay que aprovechar tan especial actividad para hablar con un conocedor, estudioso, protagonista, europeo y latinoamericano, perseguido y ganador político, voz autorizada en dos continentes y académico exitoso. 

He seguido con fruición su trayectoria y leído con avidez sus escritos, disfrutaré mucho la oportunidad de oírle y disertar acerca de tan esenciales temas, importantes para el desarrollo de las sociedades.    Me parece una vida ejemplar, huir de la persecución política y luego llegar a ser parlamentario en una reconocida democracia europea, defender con tanta consistencia la libertad  en un medio icono del socialismo y, luego, liberarse personalmente del marxismo. No hay que perdérselo.

Federico Malavassi Calvo

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Desde la tribuna: entre sueldos y jefaturas

La información de los últimos días puede llegar a ser una gran contribución a la educación general. Quizás –digo con optimismo-, se trate de aquello de que contra los hechos no valen argumentos.

Ha sido puesto en conocimiento general no solo la exagerada escala de sueldos que hay en la UCR, sino también el hecho de que –a pesar del inmenso aumento de transferencias del presupuesto nacional a las universidades públicas- dicha universidad está en riesgo de colapso por razón de estos festines salariales.

No resisto la tentación de cruzar la información con el hecho de que ha sido revelado en España el descubrimiento de que uno de los asesores estrella de la nueva izquierda (Podemos), vive de discutibles contratos y asesorías en una universidad pública a la que ni siquiera va.  ¡Clarito!  Los presupuestos públicos desviados, utilizados en campaña ideológica política y, como siempre, los aprovechados viviendo de gollerías y privilegios.

También acaba de ser puesto en el tapete público la conformación de la planilla del Ministerio de Agricultura, con un lujoso equipo de cómo 117 jefes … pero sin subalterno.  Como decía el chiste, muchos jefes y pocos indios.

Es claro que en el sector público han vuelto el rótulo para adentro.  Es indudable de que aquel chiste que se hacía de la educación pública, señalándose que los fines de la educación pública eran el fin de año, el fin de mes y el fin de semana, ahora se ha proyectado a la función pública.  Ello por cuanto queda claro que el fin del dinero público no es el servicio público sino otro.

También queda claro que las “ideologías” están defendiendo estos intereses, estas situaciones, estos desequilibrios y estas gollerías.

¡Claro!  Saldrán a la palestra a defender la soberanía alimentaria, la autarquía, la autonomía universitaria, la libertad de cátedra y mil eufemismos, pretextos o engaños más, que no son sino una excusa para ordeñar los presupuestos públicos, para obtener rentas de los demás y para comerse a todos.  ¡Eso sí!, disfrazando la maniobra de “servicio público esencial”, del apostolado de la agricultura y la enseñanza (en los casos reseñados) y otros engaños parecidos.

Federico Malavassi Calvo

jueves, 16 de febrero de 2012

Jumanji empresarial: ¿qué le ha hecho el Gobierno a nuestras familias?


En su pequeño libro Burocracia, Ludwig von Mises apunta que el socialismo moderno “lleva con mano firme al individuo de la cuna a la tumba”, al tiempo que “los niños y adolescentes se integran firmemente en el omnicomprensivo aparato de control del estado”. En otro contexto, contrasta “capitalismo” con “socialismo” y concluye: “No hay compromiso posible entres estos dos sistemas. Al contrario que la falacia popular, no hay una vía intermedia, ningún posible tercer sistema como patrón de un orden social permanente”. Mi comentario se centrará en la validez de la última afirmación, vista a través del destino de una familia e hijos en la quintaesencia del estado de “vía intermedia” que es la Suecia moderna.

Al mirar a Suecia, encontramos un caso clásico de manipulación burocrática para destruir al principal rival del estado como centro de lealtad: la familia. Al ver esta rivalidad entre estado y familia, es importante entender que en todas las sociedades es constante un nivel básico de “dependencia”. En toda comunidad humana hay niños, personas muy ancianas, individuos con minusvalías importantes y otros que están seriamente enfermos. Esta gente no puede cuidar de sí misma. Sin la ayuda de otros, morirían. Toda sociedad debe tener una forma de prestar atención a estos dependientes. Bajo el predominio de la libertad, la institución natural de la familia (complementada y apoyada por las comunidades locales y las organizaciones voluntarias) proporciona la protección y el cuidado que necesita esta gente “dependiente”. De hecho, es la familia autónoma (y solo en la familia) donde funciona realmente el principio socialista puro: de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades.

El auge del estado del bienestar puede describirse como la constante transferencia de la función de “dependencia” de la familia al estado, de las personas ligadas por lazos de sangre, matrimonio o adopción a las personas ligada a funcionarios públicos. El proceso empezó en Suecia a mediados del siglo XIX, a través de proyectos burocráticos que empezaron a desmantelar las relaciones entre padres e hijos. Como es habitual, la primera afirmación del control del estado sobre los niños se produjo en la década de 1840, con la aprobación de una ley de asistencia obligatoria a la escuela. Aunque justificada como una medida para mejorar el conocimiento y bienestar del pueblo, la dinámica profunda era la socialización del tiempo de los niños, a través de la suposición de que los funcionarios del estado (los burócratas del reino de Suecia) sabían mejor que los padres cómo debían emplear los niños su tiempo y de que no podía esperarse o confiarse en que los padres protegieran a los hijos ante la explotación.

El siguiente paso se produjo en 1912, con la legislación que prohibía el trabajo infantil en las fábricas y hasta cierto punto en las granjas. De nuevo, se suponía implícitamente que los funcionarios del estado del bienestar eran mejores jueces del uso del tiempo de los niños y más compasivos con ellos de lo que serían o podrían ser los padres.

El paso final se produjo casi al mismo tiempo, cuando el gobierno sueco implantó un programa de pensiones de ancianidad o jubilación que rápidamente se convirtió en universal. El hecho subyacente fue aquí la socialización de otra función de la dependencia, esta vez la dependencia de los “muy viejos” y los “débiles” respecto de los adultos maduros. Durante milenios, el cuidado de los ancianos había sido asunto de la familia. A partir de aquí, iba a ser cosa del estado. Juntando todas estas reformas, el efecto neto era socializar el valor económico de los niños. La economía natural de las familias y el valor que los niños habían producido a los padres (ya sea como trabajadores en la empresa familiar o como “póliza de seguro” para la vejez) se eliminaron. A los padres se les dejaba todavía los costes de criar a los niños, pero la “sociedad”, en el sentido del estado burocrático, se había apropiado de la ganancia económica que acababan representando

El resultado predecible de este cambio, como os diría un economista de la “Escuela de Gary Becker”, sería una menor demanda de niños y esto es exactamente lo que pasó en Suecia. Desde finales del siglo XIX, la fertilidad sueca estuvo en caída libre y en 1935 Suecia tenía la menor tasa de natalidad del mundo, por debajo del nivel de crecimiento cero en el que una generación se limita a reemplazarse a sí misma.

La teoría habitual de la transición demográfica ha sido desde hace mucho que esta caída en la tasa de natalidad era la consecuencia necesaria e inevitable de la industrialización moderna: que los incentivos de una economía capitalista destruyen las relaciones familiares tradicionales. Aunque es verdad que la estructura tradicional de la familia afronta nuevos tipos de problemas en la sociedad industrial, trabajos más recientes sugieren que, de hecho, el mayor desafío lo produce el crecimiento del estado.

Viendo la experiencia de muchas naciones, el demógrafo de la Universidad de Princeton, Norman Ryder, considera como la principal causa común de la baja en la fertilidad a la educación pública masiva. “La educación de las jóvenes generaciones es una influencia subversiva”, dice. “Las organizaciones políticas, como las económicas, reclaman lealtad y tratan de neutralizar el particularismo familiar. Hay una lucha entre la familia y el estado por la mentes de los jóvenes”, en la que la escuela estatal obligatoria sirve como “el instrumento principal para enseñar ciudadanía, apelando directamente a los niños por encima de los padres”. Confirmando la validez universal del ejemplo sueco, Ryder añade que mientras que la educación obligatoria aumenta los costes de los padres, las prohibiciones del trabajo infantil reducen aún más su valor económico. Además, un sistema público de seguridad social recorta los lazos naturales entre generaciones de una familia de otra manera, dejando al estado como centro de la lealtad primaria.

Aunque el sistema familiar de la nación puede reorganizarse, durante un tiempo, alrededor de la unidad nuclear de reproducción “marido-esposa”, incluso esa base de independencia acaba disolviéndose. El resultado final de la intervención del estado, dice Ryder, es una fertilidad que decrece progresivamente, con los individuos viviendo solos en una relación dependiente con el gobierno.

Las contradicciones propias de este método de organización social se aprecian en Suecia a principios de la década de 1930. Habiendo caído tasa de natalidad por debajo del nivel de crecimiento cero, los conservadores suecos se desesperaban por la “amenaza de despoblación” y la desaparición de los niños suecos. Estas voces argumentaban que el problema profundo era la dislocación espiritual o el declinar del cristianismo o el aumento del materialismo o el egoísmo personal. Nadie (ni un alma en la derecha política) reparaba en los problemas que se encontraban en la legislación educativa y social de los últimos 90 años. Así que cuando la “crisis de población” se hizo candente en Suecia, la situación estaba madura para la demagogia y la explotación.

En esta situación, dos jóvenes sociólogos suecos, Gunnar Myrdal y su esposa, Alva Myrdal, dieron un paso al frente. Antes de empezar con su uso y abuso del asunto de la población, dejadme que os diga unas pocas cosas acerca de sus antecedentes y las influencias que pusieron en práctica en su trabajo.

La paternalismo burocrático tenía una larga historia en Suecia, enraizado en el aparto estatal creado por los reyes Vasa a principios del siglo XVI y evolucionado a través de la aplastante autonomía regional a la estela de la fracasada revuelta de Nils Dacke en la década de 1540. Aún así, los Myrdal representaban algo nuevo, y “muy siglo XX”. Eran sociólogos (intelectuales académicos) dedicados a un nuevo tipo de activismo de estado. Como explicaba la propia Alva Myrdal: “La política [hoy] ha (…) caído bajo el control de la lógica y el conocimiento técnico y por tanto se ha visto obligada a convertirse en esencia en ingeniería social constructiva”.

Segundo, aunque a los estadounidenses se les haya acosado con repetidos comentarios sobre la sabiduría del “modelo sueco”, es importante apuntar cuánto del nuevo estado sueco de bienestar se basaba en la experimentación estadounidense. Ambos Myrdal dedicaron el año académico 1929-1930, los últimos meses de la “era progresista”, a viajar a Estados Unidos, con becas proporcionadas por la Fundación Laura Spelman Rockefeller. En este periodo, Alva Myrdal cayó bajo la influencia de la llamada “escuela de sociología de Chicago”. En particular, William Ogburn, imprimió en ella su opinión de que el estado y la escuela habían crecido inevitablemente a costa de la familia y que la familia afrontaba una progresiva “falta de funciones” al retirarse de la necesidad histórica a una preocupación exclusiva por la personalidad. Alva Myrdal también estuvo bastante tiempo en el Instituto de Desarrollo Infantil de la Universidad de Columbia y visitando guarderías experimentales y centros de atención de día operando bajo concesiones de la Fundación Rockefeller, ejemplos de cría social que la impresionaron profundamente.

Por su parte, el trabajo de Gunnar Myrdal en Columbia y la Universidad de Chicago le hicieron consciente del tremendo potencial político que podía encontrarse en el emergente debate de la “crisis de población” sueca.

En un importante artículo de 1932, “El dilema de la política social”, para el progresista periódico sueco, Spektrum, Gunnar Myrdal movía la palanca política necesaria. Empezaba remontando el compromiso en Europa antes de 1914 de un “socialismo de influencia liberal” con un “liberalismo con influencia socialista”. Bajo este acuerdo, decía, el liberalismo del siglo XIX había abandonado su pesimismo maltusiano y dogmatismo librecambista y había abrazado en su lugar la necesidad de reformas para proteger a los trabajadores, mientras que los socialistas habían abandonado los objetivos de la revolución y la redistribución masiva de propiedades, contentándose con pasos progresivos en la ayuda a la clase trabajadora.

Sin embargo, la Guerra Mundial había hecho trizas este compromiso. Myrdal declaraba que el liberalismo clásico estaba muerto y sus partidarios dispersados. También argumentaba que el movimiento de los trabajadores tenía que volver a radicalizarse y buscar un nuevo tipo de política social. Bajo el viejo compromiso, decía Myrdal, la política social se había orientado a los síntomas, dando ayuda a los pobres o los enfermos. La nueva política social, declaraba, debía ser de naturaleza preventiva. Los sociólogos, utilizando técnicas modernas de investigación, la tenían ahora en su poder de usar el estado para impedir que aparecieran patologías sociales. Cuando se basaban en premisas de valores orientados humanamente y una ciencia racional, decía, estas políticas sociales preventivas llevaban a un “matrimonio natural” de la solución técnica correcta con la solución radical política. Myrdal apuntaba concretamente a la crisis sueca de la población, como una oportunidad para un análisis sociológico racional para producir ideas eficaces y radicales para un cambio forzado por el estado.

Los Myrdal dieron cuerpo a este programa en su libro superventas de 1934, Crisis n la cuestión de la población, un volumen brillantemente argumentado que transformó sustancialmente a los suecos. Mientras que los conservadores suecos continuaron preocupándose por la inmoralidad sexual, los Myrdal apuntaban directamente a las contradicciones creadas por un incompleto estado del bienestar. Anteriores acciones del gobierno, como la asistencia obligatoria a clase, la prohibición del trabajo infantil y las pensiones públicas de vejez, admitían, habían eliminado el valor de los niños para los padres. Pero los costes de los niños seguían en casa. En consecuencia, los niños se habían convertido ahora en la principal causa de pobreza. Dados los incentivos establecidos por el estado, las mismas personas que más contribuyeron a la supervivencia de la nación al tener hijos se habían visto arrastradas a la pobreza, las malas viviendas, la malnutrición y las pocas oportunidades de ocio. Lo que ahora afrontaban los jóvenes era una elección voluntaria entre pobreza con hijos o un nivel superior de vida sin ellos. A los jóvenes adultos se les obligaba a apoyar a los jubilados y los necesitados a través del sistema del bienestar y también a los hijos que tuvieran. Bajo esta múltiple carga, habían elegido reducir el número de hijos como único factor que podían controlar. El resultado, para Suecia, era la despoblación y el fantasma de la extinción nacional.

Según los Myrdal, solo había dos alternativas. La primera (desmantelar la escolarización estatal, las leyes de trabajo infantil y las pensiones públicas para restaurar la autonomía familiar) “no merecía la pena siquiera explicarse”. La otra, la única alternativa práctica, era completar el estado de bienestar y eliminar los desincentivos existentes de los niños socializando prácticamente todos los costes indirectos que implicaban su nacimiento y cría. El argumento real era algo así: para resolver los problemas causados, en gran parte, por anteriores intervenciones del estado, el gobierno tiene ahora que intervenir completamente.

Esto significaba un nuevo tipo de bienestar: “Se refiere a una política social preventiva, guiada íntimamente por el objetivo de aumentar la calidad del material humano y al mismo tiempo poner el práctica políticas radicales de redistribución que hagan a que una parte significativa de la carga de sostener a los niños concierna a toda la sociedad”. La burocracia del Estado nunca había disfrutado antes de una capacidad como ésa. Por la misma naturaleza de la palabra, una política “preventiva” abría a todas las familias suecas a subvenciones, escrutinio y control. Uno nunca podía saber dónde podía producirse un problema: por tanto, debían implantarse medidas universales de intervención burocrática para hacer de la prevención una realidad.

Destacando este imperativo, los Myrdal concluían: “la cuestión de la población se transforma así en el argumento más eficaz para una remodelación socialista integral y radical de la sociedad”. La alternativa, decían simplemente, era la extinción nacional.

Su programa abarcaba asignaciones universales para ropa para niños, un plan universal de seguro sanitario, un derecho universal a guardería, campamentos públicos de verano para niños, desayuno y comida gratuitos en las escuelas, alojamiento familiares financiados por el estado, primas de maternidad para cubrir los costes indirectos de tener niños, préstamos por matrimonio, el expansión de los servicios públicos de maternidad y parto, planificación económica centralizada, etcétera. Su objetivo era en la práctica la socialización del consumo, proporcionando a todas las familias una serie de servicios estatales determinada racionalmente y bastante uniforme, gestionada por funcionarios públicos y financiada por impuestos a los ricos y los que no tenían hijos.

Las críticas de que su programa, en realidad, amenazaba a la familia, producían la respuesta característicamente tajante: “la pequeña familia moderna es casi (…) patológica”, decían los Myrdal. “Los viejos ideales deben morir con las generaciones que los apoyaban”.

Las apelaciones a la libertad y la autonomía familiar traían respuestas igualmente mordaces. Los Myrdal acusaban al “falso deseo individualista” de los padres de “libertad” para criar a sus propios hijos de tener un origen enfermizo: “mucho del cansino patetismo que defiende la ‘libertad individual’ y la ‘responsabilidad por su propia familia’, se basa en una disposición sádica a extender esta ‘libertad’ a un derecho ilimitado y descontrolado a dominar a otros”.

Para educar a los niños apropiadamente para un mundo socialmente cooperativo, “debemos liberar más a los niños de nosotros”, entregándolos a expertos certificados por el estado para su cuidado y formación. La guardería colectiva gestionada por expertos controlados por el estado, en lugar de la patológica familia pequeña, estaba más en línea con los objetivos apropiados de eliminar las clases sociales y construir una sociedad basada en la democracia económica.

Entre 1935 y 1975, el programa doméstico de los Myrdal guió, a trancas y barrancas, la evolución del estado sueco del bienestar. Periodos de activismo políticos y burocrático (de 1935 a 1938, de 1944 a 1948 y de 1965 a 1973) se vieron salpicados por una evidente terca resistencia entre el pueblo sueco o por restricciones presupuestarias que retrabaron su completa implantación. Aún así, al final del proceso se habían implantado la mayoría de los elementos del programa familiar de los Myrdal.

¿Cuáles fueron los resultados concretos? Con la familia privada, por cortesía del estado, de toda función productiva, de toda función de seguro y bienestar y de la mayoría de las funciones de consumo, debería sorprender poco que cada vez menos suecos decidan vivir en familia. La tasa de matrimonios cayó a un récord mínimo entre las naciones modernas, mientras que aumentó la proporción de adultos viviendo solos. Por ejemplo, en el centro de Estocolmo dos tercios de la población vivían en familias unipersonales a mediados de la década de 1980. Con los costes y beneficios de los niños completamente socializados y eliminadas por ley las ganancias económicas naturales del matrimonio, también se separó el cuidado de los niños del matrimonio: en 1990, muchos más de la mitad de los nacimientos suecos fueron extramatrimoniales.

También los niños disfrutaban como “derechos” de una gran parte de los beneficios ofrecidos por el estado: atención médica y odontológica gratuita, transporte público abundante y barato, comidas gratis, educación gratuita e incluso “abogados de niños” preparados para intervenir cuando los padres superaran sus límites. Tampoco los niños necesitaban ya una “familia”: el estado servía ahora como su padre real.

De hecho, el sociólogo de la Universidad de Rutgers, David Poponoe, sugiere que el término “estado de bienestar” ya no hace justicia a esta forma de dependencia personal total del gobierno. En su lugar utiliza la etiqueta “sociedad clientelar”, para describir una nación “en la que los ciudadanos son en su mayor parte clientes de un gran grupo de funcionarios públicos que se ocupan de ellos a lo largo de sus vidas”.

En Suecia, los viejos están “libres” de dependencia potencial respecto de sus hijos adultos; niños y adolescentes están “libres” de depender de sus padres para su protección y apoyo básico; los adultos están “libres” de obligaciones positivas respecto de sus padres o hijos biológicos y los hombres y mujeres están “libres” de cualquiera de las promesas mutuas que en un tiempo encarnaba el matrimonio. Esta “libertad” ha llegado a cambio de una dependencia universal común del estado y la casi completa burocratización de lo que en un tiempo fue la vida familiar. Von Mises tenía razón: aquí se prueba que no hay una “vía intermedia”; por ele contrario, Suecia representa una versión más completa y por tanto más opresiva del orden doméstico socialista, uno que supera en su integridad incluso al de la Unión Soviética. Pero el moderno estado de bienestar sueco contiene sus propias contradicciones, problemas que ahora van apareciendo.

Para empezar, la “contradicción demográfica” del estado de bienestar no se elimina tan fácilmente. En un orden democrático de búsqueda de rentas, los que controlen la mayor cantidad de votos disfrutarán de mayores ganancias. En incluso en Suecia sigue siendo cierto que los viejos votan, mientras que los niños no. Aunque la “política familiar” de Suecia haya sido suficientemente eficaz como para destruir a la familia como entidad independiente, no ha tenido éxito a la hora de acabar con el flujo de programas públicos y rentas de los relativamente jóvenes a los relativamente viejos.

Segundo, el estado clientelar nunca podrá proporcionar toda la atención que necesite una sociedad, sencillamente porque hacerlo sería demasiado caro. Al mismo tiempo a las familias en el estado del bienestar se las penaliza cuando se prestan atención a sí mismas, porque así renuncian a los beneficios de la atención pública y solo se les recompensa con atención pública cuando dejan de dar atención de carácter familiar. El funcionario danés del bienestar, Bent Andersen, ha explicado así el problema:

El estado del bienestar justificado racionalmente tiene una contradicción interna: si ha de cumplir sus funciones atribuidas, sus ciudadanos deben evitar explotar al máximo sus servicios y provisiones; es decir, deben comportarse irracionalmente, motivados por controles sociales informales, que, sin embargo, tienden a desaparecer a medida que crece el estado del bienestar.
Esta contradicción ha sido lo que ha impulsado la reciente rebelión contra el estado clientelar moderno, una rebelión que empezó (en los países escandinavos) en Dinamarca y Noruega mediante el éxito de los Partidos del Progreso antiestatistas y que ahora se ha extendido a Suecia. El mes pasado, los socialdemócratas suecos sufrieron una gran derrota electoral, perdiendo el poder en las elecciones nacionales ante una coalición de centro-derecha, unida bajo la promesa común de recortar el estado del bienestar. Muy sorprendente fue la aparición de dos nuevos partidos, que ahora tienen escaños en el Riksdag (o Parlamento) sueco por primera vez.

El primero de ellos (los cristianodemócratas) hizo del lamentable estado de la vida familiar sueca el tema principal de su programa. Reclamaban una reducción de la interferencia burocrática en las relaciones familiares y acabar con los incentivos del estado que animan a los nacimientos extramatrimoniales y desaniman el cuidado de los niños por los padres. El otro nuevo partido, llamado Nueva Democracia, combina temas libertarios de grandes reducciones de impuestos, grandes reducciones de prestaciones y acabaran con la ayuda exterior con medidas para acabar con la inmigración. Juntos, estos nuevos grupos resultan la bisagra del poder parlamentario. La eliminación de las prestaciones del bienestar raramente ha tenido éxito, pero por primera vez desde la década de 1930, los suecos tienen una oportunidad de recobrar algo de autonomía familiar y libertad personal.

Así que todo señala que parecería que el modelo sueco, la “vía intermedia”, la tercera opción, ha sido desacreditada, igual que se ha derrumbado el comunismo, la segunda vía. Sin embargo, por desgracia, el modelo sueco pervive (y puede prosperar pronto) aquí en Estados Unidos, donde la misma lógica y argumentos utilizados por los Myrdal en la década de 1930 están cerca del éxito político.

En un libro de 1991 titulado When the Bough Breaks, publicado por Basic Books (la principal editorial neo-conservadora), la economista Sylvia Ann Hewlett escribe: “En el mundo [moderno] no solo los niños resultan ‘improductivos’ para sus padres, sino que conllevan grandes gastos de dinero. Las estimaciones del coste de criar un niño van de los 171.000$ a 265.000$. A cambio de esos gastos, ‘se espera que un niño proporcione amor, sonrisas y satisfacción emocional’, pero no dinero ni trabajo”.

Continúa: “Lo que nos lleva a un dilema estadounidense crítico. Esperamos que los padres gasten cantidades extraordinarias de dinero y energía en criar a sus hijos, cuando es la sociedad en su conjunto la que recoge las recompensas materiales. Los costes son privados, los beneficios son cada vez más públicos. (…) En la era moderna, confiar en un cariño paternal irracional para aceptar la empresa de criar niños es un negocio arriesgado, insensato y cruel. Es hora de que aprendamos a compartir los costes y cargas de criar a nuestros hijos. Es hora de tomar alguna responsabilidad colectiva para la siguiente generación”.

Hewlett continúa exponiendo un nuevo programa político para Estados Unidos, incluyendo bajas de paternidad obligatorias, acceso gratuito garantizado a atención sanitaria maternal e infantil, provisión pública de atención infantil de calidad, más “inversión educativa”, grandes subvenciones familiares a familias con hijos, etcétera.

¿Suena familiar? Debería: son los mismos argumentos y el programa básico propuesto a los suecos por Alva y Gunnar Myrdal, ya en 1934, aunque desprovisto de su retórica más radical y abiertamente socialista. Sin embargo es un libro que llevó al presidente (jubilado) de Proctor and Gamble, Owen Butler, a declarar: “La conclusión es inevitable. Si no invertimos más inteligentemente hoy en nuestros hijos, el futuro económico y social de la nación está en peligro”. Son también los argumentos que dominan la llamada nueva política infantil, en Washington.

Al mismo tiempo, la “política social preventiva” se ha convertido en el grito de guerra de otros defensores estadounidenses del cambio. Los argumentos suenan familiares: la ayuda por parte de funcionarios del estado al principio de la vida es más económico y eficaz que ayudar después; cuanto más esperemos antes de descubrir los síntomas de estrés, más costoso será; “las intervenciones tempranas presentan el problema de todas las inversiones en crecimiento: los dividendos llegan más tarde”, etc., etc. Todo suena razonable, en cierto modo, pero el producto final sería una pesadilla de gobierno burocrático y la virtual destrucción de la familia en Estados Unidos.

En el informe de septiembre del Consejo Asesor de EEUU sobre Maltrato y Abandono de Niños, vemos el aroma de este amenazante nuevo orden estadounidense. Este consejo, nombrado exclusivamente por las administraciones de Reagan y Bush, calificaba al maltrato de niños como una “emergencia nacional”, añadiendo: “Ningún otro problema puede igualar su poder de causar o exacerbar una serie de males sociales”. El descubrimiento clave del informe es que los gobiernos federal y estatales han gastado demasiado tiempo investigando casos sospechosos de maltrato; por el contrario, el gobierno federal debería centrarse en prevenir el maltrato y el abandono antes de que se produzcan. El Consejo recomienda que el gobierno federal desarrolle inmediatamente un programa nacional de “visitas a casa” a todos los nuevos padres y sus bebés por parte de trabajadores sanitarios e investigadores sociales públicos, que identificarían potenciales maltratadores y les ayudarían.

Además de esta postura de “un burócrata del bienestar en cada casa”, el Consejo pide una “política nacional de protección infantil”, en la que el gobierno federal garantizaría el derecho de todos los niños a vivir en un entorno seguro, con medios apropiados de aplicación.

Por supuesto, Hewlett tiene razón acerca de los defectos en el actual sistema estadounidense de bienestar: hemos socializado aquí el valor económico de los niños, pero hemos dejado los costes a los padres. Estados Unidos en 1991, como Suecia en 1934, tiene una versión incompleta del modelo puro del estado del bienestar. También tiene razón en que esto tiene un precio: el número de niños estadounidenses nacidos anualmente dentro del matrimonio se ha estancado a lo largo de la década de 1980, a un nivel un 30% por debajo de la tasa de crecimiento cero. Sencillamente los estadounidenses no están invirtiendo su tiempo y dinero en más de uno o dos hijos, en buena medida porque no merece la pena. (Es verdad que la tasa general de natalidad ha crecido algo, pero esto se debe completamente al gran aumento en los nacimientos extramatrimoniales de 665.000 en 1980 a más de 1.000.000 en 1990; parece que estos nacimientos los subvenciona bien nuestro sistema de bienestar).

Pero hay una alternativa a la “solución sueca”. Es una que declina mencionar la Dra. Hewlett y es la que los Myrdal rechazaban como “fuera de cualquier debate razonable” hace sesenta años. Esta opción se llama una “sociedad libre”, en la que en lugar de completar el estado clientelar/del bienestar extendiendo los tentáculos burocráticos completamente alrededor de los niños, desmantelamos lo que ya hemos hecho. El programa es sencillo, radical y pragmáticamente antiburocrático:

acabar con la educación obligada y controlada por el estado, dejando la formación y cuidado de los hijos a sus padres y tutores legales;
abolir las leyes de trabajo infantil, razonando de nuevo que los padres y tutores son los mejores jueces de los intereses y el bienestar de sus hijos, mucho mejores que cualquier combinación de burócratas del estado y
desmantelar el sistema de Seguridad Social, dejando que la protección o la seguridad en la vejez la proporcionen, de nuevo, los individuos y sus familias.
Estas acciones devolverían los beneficios económicos de los niños a los padres y así se acabaría con la contradicción anti-niños que está en el centro del estado incompleto del bienestar.

La mayoría de los comentaristas responderían que éstas serían acciones imposibles e inconcebibles en una sociedad industrial moderna. Dadas las realidades o complejidades del mundo moderno, dirían que el caos sería el seguro resultado si realizamos esas obras reaccionarias.

Mi respuesta sería apuntar a los grupos dispersos en Estados Unidos que, por algún capricho histórico o milagro político, siguen habitando en unas de nuestras pocas restantes “zonas de libertad” y que sobreviven bajo un régimen “imposible”.

Un ejemplo inesperado pero interesante serían los amish, que rechazan las presiones del gobierno sobre sus limitadas prácticas educativas (a saber, escolarización solo con profesores amish y solo hasta el octavo grado), que hacen un uso intenso del trabajo infantil y evitan la Seguridad Social (así como las ayudas públicas a la agricultura) por principio. Los amish no solo han conseguido sobrevivir en un entorno industrial y de mercado: han prosperado. Sus familias tienen tres veces el tamaño medio estadounidense. Cuando afrontan una competencia justa, sus granjas obtienen beneficios en “buenos y malos tiempos”.

Su nivel de ahorro es extraordinariamente alto. Sus prácticas agrarias, desde un punto de vista medioambiental, son ejemplares, marcadas por una administración comprometida de la tierra y por evitar los productos químicos y fertilizantes ratifícales. Durante un tiempo en que el número de granjeros estadounidenses ha caído abruptamente, las colonias agrícolas amish se han extendido ampliamente, desde el sudeste de Pennsylvania a Ohio, Indiana, Iowa, Tennessee, Wisconsin y Minnesota.

Probablemente sea cierto que relativamente pocos estadounidenses contemporáneos elegirían vivir como los amish con una verdadera libertad de elección. Pero repito que nadie puede estar muy seguro de cómo sería Estados Unidos si se liberara de verdad a los ciudadanos del gobierno burocrático sobre las familias que empezó a imponerse aquí, empezando con el aumento de la escuela pública obligatoria.

Sin embargo, no tengo ninguna duda de que bajo un verdadero régimen de libertad, las familias serían más fuertes, los niños más abundantes y los hombres y mujeres más felices y satisfechos. Para mí, basta.
Enlace
Allan Carlson

lunes, 22 de agosto de 2011

Tema polémico: el origen de la delincuencia


Dada la apremiante situación que tiene nuestro país con la delincuencia azotando cada esquina y amenazando a todos los individuos decentes que tratan de vivir en paz, en ASOJOD nos pareció importante hacer una breve reflexión sobre el origen de este problema.

Hay quienes dicen que la causa de la delincuencia es la falta de oportunidades, la pobreza, la misería, todo lo cual hace que las personas tengan que robar para poder sobrevivir. Son quienes afirman que la delincuencia es un producto social y tienen el descaro de responsabilizarnos a todos los demás por lo que una persona hace. Ven al delincuente como una víctima de la sociedad, como el resultado de privaciones y exclusiones, por lo cual no hay que castigarlo, sino rehabilitarlo. Pretenden afirmar que existe una relación entre pobreza y delincuencia, pero esto no explicaría por qué hay personas de estratos socioeconómicos altos que delinquen (los delitos de “cuello blanco”, los fraudes registrales, la corrupción política, los desfalcos a fondos públicos, entre otros), ni tampoco se sostiene cuando se revisan los datos de pobreza y delincuencia. Como dice Pirie, “no existe una relación lineal mecánica entre pobreza y violencia. Las naciones y los individuos más pobres no siempre son los más propensos al crimen. En América Central, los países más seguros son el más rico, Costa Rica, y el más pobre, Nicaragua. La de Costa Rica fue la tasa más baja (6,2), y la de El Salvador, la más elevada (43,4)” .

Lo mismo sostiene el informe “Crime and Development in Central America” del Observatorio de Tendencias Delictivas y Operaciones de Sistemas de Justicia Penal de las Naciones Unidas, donde se expresa que “las naciones más pobres y la gente más pobre, no son necesariamente los más propensos al crimen. De acuerdo a las estadísticas, uno de los países más seguros en Centroamérica es el más pobre (Nicaragua). Entonces, el desempleo o la “situación económica”, aunque podrían estar arraigados en la mentalidad pública como causas del delito, tienen una relación muy circunstancial” .

No obstante, como esa creencia pareciera estar fuertemente arraigada en la mentalidad de los tomadores de decisiones, nuestro sistema penal ha sido llevado en esa dirección. De acuerdo con el I Informe Estado de la Región, “el Código Procesal Penal, de 1998, aumentó las garantías del debido proceso a favor de las personas indiciadas y, ese mismo año, una reforma al Código Penal generó las condiciones que llevaron a la desjudicialización de ciertos delitos. Esta situación ha motivado una creciente controversia y frecuentes demandas públicas, a las que las autoridades judiciales (Corte Suprema y Ministerio Público) han respondido con nuevos procedimientos” . Así las cosas, viendo al criminal como una víctima y siendo muy flexibles con él, los diferentes Gobiernos han alcahueteado las conductas negativas.

Este tipo de ideas soslayan una cuestión elemental: la acción delictiva es el resultado de una decisión individual, facilitada por un marco jurídico e institucional excesivamente tolerante, que prácticamente garantiza la impunidad. En un contexto como el costarricense, donde la tónica ha sido que unos obtengan ganancias a través de otros, el individuo ―sin importar su condición socioeconómica― ha comenzado a interiorizar la posibilidad de obtener aquello que necesita mediante la fuerza, sea robándolo, sea exigiéndoselo al Estado como si fuera un derecho o sea aliándose con políticos corruptos para obtener favores, acciones que tienen el común denominador de perjudicar a terceros.

Justamente allí es donde, para ASOJOD, se origina la actitud delictiva de las personas: de su propia voluntad. No hay nada de eso de que a alguien lo empujan a cometer delitos ni que roban para alimentar a una pobre familia a punto de morir de inanición. Lo que tenemos es una cultura que ha premiado la actitud parasitaria, donde se ha enseñado a las personas que siempre habrá alguien que pague sus cuentas, que necesidad es equivalente a derecho, que está bien ver a los otros como animales de sacrificio, como medios para cumplir sus fines.

Es esa perversión moral que las personas han individualizado gracias a un sistema que le incentiva conductas de tal naturaleza y cuyos horizontes culturales han sido fijados a ese nivel, la que motiva a los individuos a delinquir. Y, tras de eso, son premiados con la lástima, el "pobrecito", el discurso de la "segunda oportunidad", la tolerancia y alcahuetería extremas que terminan por impedir que se les castigue con rigurosidad y que nos tiene realmente mal.

Si queremos acabar con la inseguridad ciudadana es necesario cambiar los horizontes culturales y las premisas morales que llevan a las personas a creer que está bien vivir a costa de los demás y que solo basta pedirle a alguien y esperar que todo le sea entregado. De lo contrario, nos estaremos autoengañando al creer que más policías y más recursos van a evitar que nos roben.

martes, 31 de mayo de 2011

La columna de Carlos Federico Smith: España, un camino sin rumbo


Escribo teniendo en mente a mi amigo Mario Quirós Lara, quien en un artículo en La Nación titulado “Política en bancarrota”, expresa algunas consideraciones en torno a lo sucedido recientemente en España, en donde miles de personas ocuparon plazas públicas para protestar contra los políticos y también en contra del desempleo. En mi opinión, dada la desarticulación de las protestas, muchos factores podrían estar jugando para explicar tal comportamiento, pero no comparto la apreciación de don Mario de que esos movimientos tienen gran similitud con lo que ha venido sucediendo en naciones del Medio Oriente.

Sabias fueron las palabras escritas por Hume en su ensayo de mediados del siglo XVIII “Sobre la Independencia del Parlamento”, contenido en su libro Ensayos Políticos (San José, Costa Rica: Universidad Autónoma de Centro América, 1987, p. p. 103-104). A lo expuesto por don Mario son hoy muy relevantes. Escribió Hume que

“Los escritores políticos han establecido como máxima que, al concebir cualquier sistema de gobierno y fijar los diversos frenos y regulaciones de la constitución, debería considerarse a cada hombre como un pícaro (bellaco o bribón se usa indistintamente) que, en todas sus acciones no persiguiese otro fin que el interés particular. Mediante este interés debemos gobernarlo, y haciendo uso del mismo, obligarlo a cooperar para el bien público…. Por lo tanto es una máxima política justa la de que debemos suponer que todo hombre es un pícaro, aunque, al mismo tiempo, resulte un tanto extraño que una máxima falsa de hecho, haya de ser verdadera en la política. Pero, para convencernos a este respecto, podemos pensar en que los hombres, generalmente, son más honestos en su calidad de particulares que en su condición de personas públicas, y que se esforzarán más por servir a un partido que cuando no se trate más que de su propio interés privado.” (El paréntesis es mío).

La impresión de don Mario acerca del engaño que suelen llevar a cabo los políticos, que ofrecen Nirvanas y terminan dándoles Hades, bien puede ser cierta, como claramente lo expuso Hume y si fuera que en la realidad no son unos bellacos, pues tratémoslos como tales a la hora de crear instituciones destinadas a proteger nuestras libertades. Nos ofrecen Nirvanas; nos ofrecen estados sociales de derecho, pero a la hora de las cosas lo que nos dan es Hades; destruyen “el Estado, la sociedad y el derecho”, como dice don Mario.

Esa reacción esperada y deseable contra la bellaquería, como la llevada a cabo por españoles de todas las edades, no es el único motivo que impulsa esa conducta. Ambicionan que se corrijan muchas cosas que juzgan como malas y no hay dada impropio en eso. El problema es que no sólo algunos de esos señalamientos ad hominem son difusos y poco claros, sino que las soluciones que suelen proponer, si bien veladamente, más bien exacerbarían muchos de los males que señalan. Por ejemplo, ante un paro en la sociedad española que llega casi al 20%, es esperable que protesten contra la falta de oportunidades, pero, en vez de formular propuestas que restauren el empleo en su nación, culpan de él al capitalismo, al neoliberalismo, al egoísmo, a la falta de garantía de conquistas que llaman “sociales”; en síntesis, a la plena vigencia, como el amor, aún en tiempos de crisis, del estado de bienestar que les debería continuar proveyendo, con relativamente poco esfuerzo, con poco trabajo, vacaciones abundantes y garantizadas, salarios muy encima de la productividad media del español, días feriados por casi cualquier razón imaginable, una vivienda “digna”, barata, financiada, educación y salud gratis, etcétera, y muchos otros goces “desde la cuna hasta la tumba”. Cómo si las cosas no tuvieran un costo; cómo que si alguien más no tendrá que pagar por esos goces de Europa.

No sé por qué, pero en algo me recuerda los años sesentas, cuando en medio de una vida sexualmente muy placentera, en medio de humos precisamente no de madera, fueron muchos quienes llegaron a creer que con tan sólo algunas pocas mantras, como “all you need is love” o “power to the people”, el mundo sería totalmente diferente al que despreciaban, pero que ciertamente les brindaba recursos para poder vivir el infortunio de la vida hippie. Querían más derechos, pero menor esfuerzo, dedicación y trabajo. Abogaban por eliminar el capitalismo, pero les encantaban las cosas que en última instancia les proveía satisfacciones y placeres bien sabrosones.

Este es parte del problema que hoy encara España. Es cierto que en mucho se debe a “los políticos”, pero también porque se han acostumbrado a la vida regalona de sólo exigir y tener derechos y no referirse a que para ello se requiere cumplir con ciertas obligaciones tal vez indispensables. ¡Si lo que España requiere para salir de su crisis es más capitalismo! ¿Acaso no pueden echar una miradita al lado y ver como la Alemania capitalista progresa y sale de la crisis, en tanto que España cada vez se hunde más? Si el villano de la película es el capitalismo, ¿por qué Alemania prospera y España se asoma al abismo? Me parece que hay una falta de aprecio ancestral por instituciones capitalistas, como la empresa, la creatividad, la frugalidad, el ahorro, el esfuerzo, la productividad. Se busca una ilusa igualdad de hecho, mal entendida pero emotivamente apreciada y anhelada, en vez de una igualdad ante la ley. Esto último lo proclaman muchos de los manifestantes. Como solución ante tanta “injusticia”, quienes protestan en Madrid piden que haya mayores gastos y presupuestos gubernamentales, conserven regalías que se otorgan por cualquier motivo, que se mantengan jornadas laborales de privilegio, que haya salarios cada vez más altos, certeza en que al final de los años percibirán pensiones que nunca pagaron en su totalidad, mayores déficits estatales, que se aumenten los impuestos a quienes generan riqueza, para que tal vez así logran que estos se aburran de trabajar por otros y se vayan del país, creando a su vez mayor desempleo…en fin, después de nosotros, el diluvio.

No es apropiada la asimilación que don Mario hace de lo sucedido en España con lo que ha pasado recientemente en Egipto. España, con todos su defectos, con el peso de una tradición conservadora enemiga del progreso, de la creatividad, de la empresariedad, nunca podrá comprarse con el régimen hasta hace poco vigente en Egipto, corrupto hasta la médula, en donde los gobernantes precisamente no respetaban las voluntades democráticas de sus ciudadanos, lo cual impedía un cambio político pacífico de los gobiernos. España, por el contario, nos ha dado en los últimos tiempos, con posterioridad al fascismo franquista, lecciones de cómo sustituir los malos gobernantes por otros en quienes -correcta o incorrectamente, eso no viene al caso- confiaban lo harían mejor, pero sin derramar gota alguna de sangre para lograrlo, sino por medio del voto, bondad que es propia del sistema democrático. Ojalá Egipto llegue a ser algún día tan democrático como España. Y que los ciudadanos de ambas naciones puedan progresar en el marco de instituciones democrático- liberales que lo promuevan, evitando que surja todo tipo de castas de rémoras que, a través de la mano visible del estado, quieran vivir y vivir muy bien, a costas del esfuerzo de los demás y no necesariamente del propio.

No sé cuanto avanzarán esos movimientos de España; tal vez se extiendan por tantos otros lugares en donde algunos quieren seguir pasándola bien rico sin tener que trabajar duro para salir de la mala situación en que se hayan sus economías. Es muy sabroso realizar hoy ágapes y reuniones públicas masivas para pedir más de todo lo bueno, que nos recuerdan los años floridos de los sesentas en el siglo pasado. Pero propongo que reconozcan que el esfuerzo y el trabajo son indispensables para progresar, para disponer de más bienes y servicios de toda índole, para que haya empleos dignos, libres, productivos, creadores, algo que tanto falta en España. Que lo logren sin desechar las virtudes de los sistemas democrático-liberales que han probado ser los que mayor progreso han permitido lograr a los ciudadanos, a través de muchos años de Historia.

Para concluir este comentario, deseo transcribir una cita de un texto que leía recientemente. Se trata de parte de la nota introductoria que Ronald Hamowy escribió para el libro de Friedrich A. Hayek, The Constitution of Liberty: The Definitve Edition (Chicago, Illinois: The University of Chicago Press, 2011), que permite entender por qué esos manifestantes madrileños abogan por un punto esencial en sus protestas, tal como también lo han hecho muchos otros en el pasado, cual es una igualdad efectiva de los ciudadanos, por eliminar cualquier desigualdad que haya entre las personas:

“Los socialistas, hace notar Hayek, siempre han objetado el principio de igualdad en el trato de las leyes, tanto como tratar igualmente a la gente que es inherentemente desigual, lo que terminará inevitablemente en desigualdad. Lo que los socialistas han buscado siempre desde la Revolución Francesa no es la igualdad ante la ley, sino la igualdad en los resultados. Su queja, señala Hayek, queda resumidamente encapsulada en la referencia de Anatole France a ‘la majestuosa igualdad de la ley, que prohíbe tanto a pobres como a ricos dormir debajo de los puentes, pedir limosna en las calles y robar pan’. Esta actitud penetra toda la teoría moderna de lo social y lo político y es una extensión lógica del punto de vista de que prueba suficiente de la injusticia de cualquier sociedad, es que los resultados que le suceden a los individuos que la conforman son desiguales.” (Página 9, Op. Cit.).

Jorge Corrales Quesada

jueves, 30 de diciembre de 2010

Jumanji empresarial: socialismo democrático


"El progreso de la democracia consiste en acrecentar realmente la libertad, iniciativa y espontaneidad del individuo"... "La primera condición consiste en la eliminación del dominio oculto de aquellos que, aunque pocos en número, ejercen, sin responsabilidades de ninguna especie, un gran poder económico sobre los muchos, cuyo destino depende de las decisiones de aquellos" (Erich Fromm, El miedo a la libertad).

Resulta evidente que las democracias, en Latinoamérica, no solo han sido incapaces de acabar con este dominio ejercido por las elites estatales y mercantilistas, sino que más bien se han dejado llevar por "la economía de bienes simbólicos" que caracteriza a la socialdemocracia histórica. Desde el socialismo de golpe de tambor de la Venezuela de Chávez,, hasta el mercantilismo y socialismo disimulado de naciones como Brasil, Costa Rica y otras, podemos observar un común denominador: el deseo, por parte de una clase política corrupta, de omitir y censurar, sobre la base de simbolismos, el interés económico legítimo de los individuos.

En definitiva, las producciones simbólicas como métodos de dominación (ejemplos: el estado benefactor, las instituciones sociales, la iglesia, el líder benevolente y solidario, etc.) se erigen desde las clases dominantes, sirviéndose del factor ideológico para mantener y controlar su hegemonía, la cual se funda en intereses particulares enmascarados de bien común. La redistribución de la riqueza, desde las clases trabajadoras hacia los grupos organizados y políticamente conectados, tiene sus raíces en la evolución de Estados burocráticos que viven por y para sí mismos, en complicidad ingenua con quienes ignoran –por voluntad propia– que están sometidos a un poder simbólico casi hipnótico.

El Estado, como institución detentadora del monopolio de la violencia simbólica, se vale de herramientas y medios de manipulación con un alto nivel de sofisticación como los discursos públicos emotivos, las emergencias simbólicas y ficticias, el patriotismo irracional y las asistencias económicas adictivas a grupos estratégicos cuidadosamente seleccionados. A través del lenguaje, principio estructurador y manipulador, el complejo estatal echa mano a los medios de comunicación al alcance de su clientelismo para obtener un acuerdo implícito con las masas, una especie híbrida de "saber" que parece y pretende ser un "no saber".

He aquí la gran tragedia: el esclavo amante de su esclavitud.

Andrés Pozuelo



lunes, 26 de abril de 2010

Tema polémico: ¿Turismo como derecho humano?


Una vez más los Europeos aportan al mundo una curiosa idea: pasear como un derecho humano. Así es, aunque usted no lo crea. Resulta que Antonio Tajani, el Comisionado Europeo de Empresas e Industrias se encuentra promoviendo el "Derecho Humano al Turismo", bajo el cual se pretende que se subsidie hasta en un 30% las vacaciones de los trabajadores. El argumento para esta locura es simplemente de antología: “¿Por qué alguien del mediterráneo no puede viajar a Edimburgo durante el verano por una brisa de aire fresco, por qué alguien de Edimburgo no puede viajar a Grecia durante el invierno?

Por supuesto que esta idea (¿?) cuenta con dos problemas básicos: conceptual y económico. El conceptual se refiere al penoso circo en que se ha convertido esto de los derechos humanos. No nos mal entiendan, como liberales creemos en derechos inalienables del individuo, derechos que no pueden ser arrebatados ni pisoteados por nadie. El problema está en que ahora todo es un derecho humano: cualquier ocurrencia pretende ser justificada desde ahí, haciendo que los mismos sean banalizados y carezcan de sentido y razón de ser.

Por otro lado está el tema económico, el cual resulta más que obvio. ¿De dónde saldrán esos subsidios? Si provienen del Estado, esto significará más gastos, los cuales sólo podrán ser financiados vía nuevos impuestos o inflación. Cualquiera de las dos opciones restará impulsos al dinamismo del sector productivo y hará que los contribuyentes soporten nuevas cargas asfixiantes. Por otro lado, si se pretende que dichos recursos sean aportados por los propios patrones, esto llevará a una disminución de la inversión y del ahorro, lo que tendrá efectos sobre la creación de nuevos puestos de empleos y sobre los salarios.

Así las cosas, resulta claro que esta propuesta no tiene ni pies ni cabeza. Nada más esperamos que a ningún tico se le ocurra importar tal disparate, aunque cada día vamos perdiendo más la capacidad de sorprendernos.

miércoles, 19 de agosto de 2009

La inseguridad de la seguridad social


Durante décadas, en el continente latinoamericano el llamado Estado benefactor ha tenido notable éxito. En realidad se trata de una contradicción en términos, puesto que el gobierno no puede hacer beneficencia. Como es sabido, la caridad consiste en un acto libre y voluntario realizado con recursos propios y de ser posible, de forma anónima. Seguramente todos coincidirán que no estaré haciendo beneficencia si le arranco la cartera a una mujer en la vía pública y se la entrego a otra dama. Esto es más bien un asalto, por más que diga que es un acto de caridad, pensando que ayudé a la persona a quien entregué la cartera. Es irrelevante la situación patrimonial de ambas señoras. Asalté a una y le entregué a otra algo que no me pertenecía.

El gobierno es el aparato de coerción y compulsión . En una sociedad libre está para proteger los derechos de todos. Usar la fuerza para sacar recursos de unos y entregárselos a otros no es beneficencia sino despojo. Hay un correlato interesante entre la libertad y las obras filantrópicas y, simultáneamente, existe una relación inversa entre el llamado Estado Benefactor y la caridad. La caridad es mayor en un país libre que en aquellos esclavizados por el Estado Benefactor. Por el contrario, no sería conducente buscar ejemplos de caridad en Cuba. En los "paraísos" del Estado Benefactor, los impuestos restan capacidad a la genuina caridad, al tiempo que arrancan la responsabilidad e interés natural del individuo, respecto de la situación de su prójimo.

Ningún ministro hace "beneficencia" de su bolsillo en función de su actividad política. Siempre recurre a la fuerza para sacar recursos a otros o, directamente, despoja a los propios interesados, para su propio bien.

En esta ocasión quisiera detenerme en éste último caso. Se trata de las jubilaciones estatales, paradójicamente, a veces conocidas como el sistema de seguridad social. No se necesita ser un experto en matemática financiera para concluir que el sistema constituye un estafa gigantesca. Coactivamente se le descuenta a la gente parte del fruto de su trabajo para aportar a instituciones oficiales de seguridad social, cuando llega la edad jubilatoria, se le entrega al candidato sumas que resultan ser migajas en relación a sus aportes. El interés compuesto y la tasa de interés de mercado son conceptos ignorados y dejados de lado en estos ámbitos.

Uno de los espectáculos más vejatorios, humillantes y degradantes consiste en ver filas de gente de edad, expuestas muchas veces al rayo del sol, y también bajo la lluvia, esperando recibir su miserable chequecito de la jubilación. Todo esto en nombre de la justicia social, el Estado Benefactor y la Seguridad Social. Hipocresía mayúscula. Esto perjudica muy especialmente a los aportantes más débiles, puesto que los de mayores ingresos invierten en otros sitios. Los relativamente más pobres están entrampados en el sistema, no tienen salida. Se les roba sin misericordia ni contemplación alguna. Para colmo de males en algunos países, se han paralizado juicios de quienes reclamaban aquellos mendrugos que no fueron ni siquiera pagados en término.

Esto subleva, indigna y hace hervir la sangre. Y no se trata de reorganizar esos aparatos infernales del gobierno. Se trata de comprender que no es posible seguir manejando a la gente como si fueran animales. Se trata de que cada uno decida donde invertirá de acuerdo a lo que considere le reporta mayores beneficios, y que el gobierno se limite a hacer cumplir los arreglos contractuales con toda la fuerza que le es propia.

Alberto Benegas Lynch

lunes, 17 de agosto de 2009

Tema polémico: el fondo de pensiones


Para este Tema polémico queremos abordar una noticia que causó revuelo en los últimos días: dentro de 6 años, la CCSS comenzará a gastar las reservas del Fondo de Pensiones, pues de acuerdo con un informe de la firma mexicana Nathal, el fondo perderá su solidez a partir de 2015 hasta quedar en una situación comprometida en 2023.

En nuestro país, el fondo de pensiones funciona de forma tal que, con las "contribuciones forzosas" de todos los trabajadores van a dar a un fondo común, de donde salen los recursos con los que la población económicamente activa financia a los pensionados por invalidez, vejez o muerte (IVM). En ese contexto, los trabajadores de hoy día pagan la pensión de los retirados del sistema productivo y, a su vez, esperan recibir el pago de su pensión por parte de los futuros trabajadores.

Evidentemente, esta noticia causa alarma dentro de la población que cotiza a la CCSS para una pensión y pone en entredicho la administración estatal de estos recursos. Alarma porque basta con imaginar que el dinero de nuestro retiro se acabará en poco tiempo, lo que afecta sensiblemente tanto a los pensionados -que se quedarán sin dinero- como a los trabajadores -a quienes les quitarán, perdón, les solicitarán que aporten más recursos para mantener a los pensionados o, en su defecto, quienes verán en peligro su futuro-. Entredicho, en tanto no tarda en surgir una serie de preguntas como las siguientes: ¿por qué si constantemente nos saquean parte de nuestro salario para pagar seguros, pensiones y demás, ahora resulta que la plata se va a acabar? ¿dónde está nuestro dinero? ¿no era que el Estado benefactor nos iba a cuidar de la cuna a la tumba?

A pesar que este estudio, contratado por la Superintendencia de Pensiones, fue criticado en su metodología por los directivos de la CCSS y que esta institución solicitó a la OIT un nuevo estudio en la materia, esto no es óbice para que en ASOJOD denunciemos, una vez más, el serio defecto que tiene esa forma de organización político-económica, basada en el robo a unos para la manutención de otros.

Basado en el principio de "contribuciones forzosas" -por demás, una contradicción en términos- el Estado nos roba nuestro dinero para, supuestamente, asegurarnos una mejor vida. Pero lo cierto es que, como bien decía Friedman, "el resultado inevitable de tener un fondo enorme de dinero de los contribuyentes administrado por el Estado es que siempre los gobiernos se sentiran motivados a echarle mano. Puede estar seguro de que los burocratas encontraran buenas razones para justificar el gasto del dinero de otros". No sería extraño que nuestros políticos "solidarios" aprovecharan el dinero que nos sustraen para crear un gran fondo y jinetear lo para ganar intereses y vivir la buena vida a nuestras costillas. Y cuando hay problemas, la plata que desaparece es la nuestra, no la de ellos.

Ahora, una vez más, los fondos públicos están en peligro. Dineros que, como dijimos antes, nos roban por "nuestro propio bien" pero, cuando hay problemas, esos que se promocionaban como nuestros arcángeles, simplemente desaparecen, dejando que los platos rotos los paguemos los tax payers. En Estados Unidos se está presentando algo similar, solo que con los planes de salvataje a las empresas. Pero aún así, el principio es el mismo: unos obtienen beneficios a costa de otros.

Por eso, en ASOJOD repudiamos cualquier forma de Estado que pretenda cuidar otras cosas que no sean los derechos de propiedad. En ese sentido, rechazamos la patológica necesidad de procurar nuestra educación, salud, vivienda, alimentos y pensiones, pues todas esas cosas son responsabilidad exclusiva de cada individuo. Cuando este principio tan elemental y moral se respeta, problemas como la inestabilidad de los fondos, los salvatajes a empresas, la fiscalización del gasto públlico y otros, dejan de ser importantes.

En el caso concreto de las pensiones, la histeria colectiva que puede desatarse con una noticia como esta pasaría a la historia si cada individuo se procura su propio fondo de retiro y evita patrocinarle la vida a cientos de miles que viven de dinero robado.

lunes, 25 de mayo de 2009

Tema polémico: la Iglesia y su necedad respecto a la sexualidad


Este viernes 15 de mayo, La Nación informó que la Conferencia Episcopal de Costa Rica publicó unas guías de educación sexual donde prohíbe el uso de los métodos anticonceptivos. Resulta lamentable ver el grado de estupidez al que puede llegar la Iglesia, toda vez que se niega a aceptar la gran cantidad de jóvenes que está manteniendo relaciones sexuales sin ninguna orientación y la clase de problemas que esto genera. Por mencionar solo dos, de acuerdo con el Informe “Los indicadores básicos de Costa Rica 2008”, elaborado por el Ministerio de Salud y la Organización Panamericana de la Salud, el porcentaje de nacimientos en madres adolescentes alcanza el 19.9%, mientras que la tasa de incidencia de enfermedades de transmisión sexual como el sífilis y el sida es de 15.3% y 4.11% respectivamente. Como si fuera poco, la Asociación Demográfica Costarricense ha concluido, luego de un estudio, más del 40% de los embarazos en Costa Rica son no deseados.

Estos datos deberían encender las luces de alarma, toda vez que revelan los grandes problemas asociados a la falta de información y educación en torno al ejercicio de la sexualidad que afecta a nuestros jóvenes. Pero, en lugar de eso, la Iglesia Católica se despreocupa de la realidad afirmando que “los métodos artificiales son ilícitos para la Iglesia porque destruyen o imposibilitan intencionadamente la vida”.

¿Qué pretenden las autoridades eclesiásticas con todo esto? ¿Qué nazcan más niños en ambientes donde su desarrollo y cuidado es dudoso, pues sus madres -adolescentes solteras- no pueden mantenerlos? ¿Desea ver a más jóvenes abandonando el sistema de educación formal porque tienen que trabajar? ¿Le interesa que más personas adquieran enfermedades que pueden acarrearles la muerte? ¿Prefiere que los costarricenses tengamos que seguir cargando con el costo económico que todo lo anterior implica, pudiéndose evitar con el simple uso de métodos anticonceptivos y con la información necesaria para que las personas vivan su sexualidad?

Cuando se reseña que “los obispos insisten en que las relaciones sexuales solo se deben dar en el matrimonio, promoviendo –enfáticamente– la castidad y la abstinencia entre los jóvenes solteros”, no queda más que pensar que la Conferencia Episcopal ha perdido la noción de realidad. No todos los jóvenes van a permanecer en castidad y esperar hasta el matrimonio, sino que van a mantener relaciones sexuales y nadie se los va a impedir. Por tal razón, lo único que se puede hacer es darles la libertad de acceder a la información y a los mecanismos necesarios para que el riesgo de aparición de consecuencias no deseadas se reduzca al mínimo posible y con esto se respeten tanto sus derechos como los de los demás individuos.

En ASOJOD defendemos la libertad de cada quien para decidir cuándo, con quién y cómo mantienen relaciones sexuales y que las responsabilidades por ello sean individuales. No queremos estar pagando partos, guarderías, pañales y baberos de niños que no tienen nada que ver con nosotros. Pero dado que la estructura del nefasto Estado de bienestar costarricense (que va desde la cuna hasta la tumba y un poco más) está tan arraigada y falta tiempo para que podamos vivir en una realidad así, lo mínimo que se puede hacer es permitirle a las personas accesar a información y educación para que ejerzan su sexualidad de forma algo más segura y responsable. Para eso es necesario que tanto la Iglesia como el Estado dejen de estorbar con sus absurdas prohibiciones a la difusión de esta información.

jueves, 26 de marzo de 2009

¡Que siga la piñata!


El día de hoy la Nación anuncia que el Ejecutivo impulsa un proyecto de ley que pretende condonar las deudas de 7000 agricultores por la módica suma de tres mil millones de colones. No puede ser que existan grupos privilegiados que puedan incurrir en actividades empresariales sin correr riesgo alguno. Los individuos deben hacerse responsables por las decisiones que toman, y no pretender que otros vengan a pagar sus facturas.

jueves, 12 de febrero de 2009

¿Cuándo aprenderemos?


El día de hoy La Nación publica una interesante noticia. Según la última encuesta del INEC seis de cada 100 becas que fueron otorgadas en el 2008 por Fonabe y el IMAS beneficiaron a alumnos de hogares de altos ingresos. Lo que significa que el 6% (7.400 beneficiarios) eran hijos de familias con un ingreso mensual que oscila entre los ¢546.000 y ¢1.272.000. ¡Que ironía las instituciones "progresivas" del Estado contribuyen a la desigualdad! ¿Quién se hubiera imaginado que algo así de perverso pudiera venir del siempre bien intencionado Ogro Filantrópico -Estado-?

En ASOJOD hemos insistido hasta el cansancio de los problemas éticos, de fiscalización y eficiencia de este tipo de programas, parece que algunos no quieren aprender nada de la realidad y prefieren seguir viviendo bajo la comodidad de los dogmas. Definitivamente no hay peor ciego que él que no quiere ver.

martes, 3 de febrero de 2009

¡Que bien se vive de la pobreza!


Una vez más la realidad muestra las falencias del estado benefactor. Ahora resulta que los costarricenses pagamos cuentas de restaurantes por ¢627.177. En ASOJOD ya hemos denunciado los males intrínsecos de este tipo de instituciones: dinero que queda en privilegios para los burócratas, clientelismo político, cultura del eterno infante, desresponsabilización de los individuos. Lo sucedido con Ennio Rodríguez. es sólo una muestra más de la ineficiencia y corrupción sistemática de dichas instituciones.

viernes, 31 de octubre de 2008

Viernes de recomendación


En este día queremos ofrecerles un ensayo de Mauricio Rojas titulado "Suecia después del modelo sueco: del Estado benefactor a la sociedad del bienestar", donde se desmitifica el caso de ese país como paraíso de la socialdemocracia. El autor deja claros dos puntos: 1) que para obtener altos niveles de vida, los ciudadanos suecos debieron sacrificar por muchos años su libertad y 2) que dicho modelo hace tiempo colapsó. Por ello, el autor explica la reformulación del modelo acaecida desde inicios de la década de 1990, donde el intervencionismo se ha reducido y se ha dado paso a importantes cuotas de libertad, aunque todavía persisten importantes retos que no se pueden pasar por alto.

Sin embargo, aún el Estado juega un papel considerable en el sistema sueco. A pesar de que en ASOJOD no estamos de acuerdo con ninguna forma de intervencionismo estatal guiada por el uso de la coacción para despojar a los individuos de su propiedad, somos concientes de que un país no cambia de la noche a la mañana, que para conseguir nuestro sistema ideal se necesita tiempo. Por eso, este "nuevo modelo sueco" es un interesante primer paso en aras de conseguir la libertad, razón por la cual queremos ofrecerles este artículo.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Así es muy difícil


"Las madres adolescentes protagonizan el 20% de los 73.000 nacimientos anuales que se registran en el país.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), en el 2007 nacieron 500 niños de madres menores de 15 años; y 13.981, de madres de entre 15 y 19 años.

Ese mismo año, nacieron 2.035 niños cuyo padre tenía entre 15 y 19 años. Además, se registraron 488 nacimientos de madres primerizas, menores de 15 años.

Esos nacimientos representaron el 1,6% del total registrado en el 2007."

En ASOJOD, somos unos claros defensores de la responsabilidad individual. Creemos que este tipo de hechos solamente comprometen el futuro de dichos "padres/niños", y de sus hijos. Pero a pesar de la situación, no existe razón por la cual la propiedad de algún ciudadano deba de ser extraída para subsidiar o financiar este tipo de bromas -que de graciosas no tienen nada-.

A menos de que queramos vivir en el estado que brillantemente describió Bastiat ("El Estado es la gran ficción en donde todo mundo trata de vivir a expensas del resto"), cada uno debe responder por sus actos sin pasarle la factura al resto de la sociedad.

viernes, 1 de agosto de 2008

Viernes de Recomendación


Este día les presentamos el ensayo de Friedrich Hayek: "El Atavismo de la Justicia Social." En el cual Hayek ataca la noción de "justicia social" calificándola de fórmula vacía, además rastrea sus orígenes a las formas de organización tribal de la vida humana.

domingo, 22 de junio de 2008

El Estado benefactor corrompe


Los mayores receptores de ayuda gubernamental no son las madres solteras ni la gente muy pobre, sino grandes empresas con buenos contactos políticos que reciben subsidios, protección de la competencia extranjera y las rescatan si hacen malos negocios. Todo eso es ilegítimo e injusto.

En 1970 publiqué “Justicia y el Estado benefactor”, un ensayo demostrando que el Estado benefactor destruye la necesaria conexión entre causa y efecto, promoviendo la injusticia. La gente que se gana la vida no se queda con el dinero que gana con su esfuerzo, mientras que aquellos que no lo hacen tienen al gobierno saqueando a los demás para beneficiarlos.

Claro que se puede ayudar a los demás sin injusticias, cuando otros contribuyen voluntariamente para ayudar a quienes lo necesitan, a menudo por poco tiempo. Esa generosidad, caridad y filantropía es frecuente y apropiada entre los seres humanos. Lo que no es eficiente ni apropiado es la extorsión de dinero por parte de políticos y burócratas para financiar empresas fracasadas y a gente que se acostumbra a vivir de la caridad gubernamental.

Otro resultado del Estado benefactor es que promueve la corrupción de la responsabilidad individual. A millones se les dice que pueden actuar irresponsablemente, no practicar la virtud ni la moral ni la prudencia porque otros pagarán por sus errores. Es humano dar ayuda temporal a quien se equivoca, pero eso no es lo mismo que fomentar que cientos de miles vivan indefinidamente del esfuerzo de quienes trabajan y son responsables.

Parte de la tragedia es que a millones de niños se les está inculcando que ellos no son responsables de su propio futuro y que los funcionarios y políticos estarán siempre a su lado para que cuenten con lo necesario.

Claro que el Estado benefactor nada tiene que ver con generosidad, compasión ni caridad porque se fundamenta en redistribuir lo que pertenece a otros. El Estado benefactor tiene más bien que ver con utilizar la fuerza para transferir la propiedad perteneciente a ciertos ciudadanos para ser redistribuida por quienes buscan conseguir apoyo político de determinados grupos en las próximas elecciones.

¿Por qué tanta gente se endeuda más de lo que va a poder pagar? ¿Por qué se inician empresas con insuficiente capital? En parte, quizás, porque la educación pública enseña que no hay que preocuparse mucho por el futuro, ya que siempre tendremos a un gobierno benefactor que nos protegerá.

Así, además de corruptor, el Estado benefactor promueve creencias falsas sobre lo que se requiere para alcanzar el éxito en el ámbito personal y familiar, en los negocios y como país.

Tibor Machan

jueves, 29 de mayo de 2008

El "modelo sueco": 1960-1990


Mauricio Rojas es un chileno ex-miembro del Movimiento Izquierda Revolucionario (MIR) que llegó a Suecia huyendo de un gobierno militar que buscaba extirpar todo indicio de la izquierda radical. Hoy, 34 años después, él es un diputado por el partido Liberal sueco y ha escrito un libro que revela la transformación que su pensamiento ha experimentado: Reinventar el Estado de Bienestar.

Rojas comienza el libro diciendo que para muchos Suecia “representa una sociedad modelo que está lo más cerca que se puede llegar del socialismo sin desbarrancarse en los abismos del totalitarismo”.

Sucede que aquellos que consideran a Suecia una especie de “utopía posible” ignoran que: (1) este país abandonó el modelo de amplia intervención estatal hace 15 años; (2) que el modelo del Estado de Bienestar que brindaba protección “desde la cuna hasta la tumba” era un fenómeno nuevo en Suecia (su construcción se puede decir que comenzó en 1960); y (3) que ese modelo resultó en un desempeño económico relativamente negativo en comparación a los otros países desarrollados de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

Hasta 1950, la carga tributaria como porcentaje del PIB en Suecia era más baja que aquella de Alemania, EE.UU., Reino Unido y Francia. Era de apenas un 22%. Es precisamente durante esas décadas de baja carga tributaria (1870-1950) que Suecia era el segundo país en Europa con la tasa más alta de crecimiento promedio del PIB.

En cambio, entre 1950 y 1973, periodo en que se instauró el “modelo sueco” de intervención estatal en la provisión de servicios públicos, el crecimiento de Suecia fue el más lento de Europa Occidental con la excepción del Reino Unido. Lo mismo sucedió para el periodo entre 1973 y 1998 pero esta vez solo Suiza demostraba un peor crecimiento.

Veamos: Suecia duplicó su carga tributaria entre 1960 y 1989 (del 28 al 56% del PIB). Durante 1960 y 1980, el gasto público pasó del 31 al 60% del PIB y el empleo público como porcentaje del total de la fuerza laboral se triplicó. La adjudicación de más y más responsabilidades exclusivas del Estado sueco (léase monopolios estatales) resultaron en que el país se convirtió en “el paraíso de la producción en masas, ya sea de automóviles, viviendas, educación o salud”.

Pero el modelo era insostenible y eso se volvió dolorosamente evidente entre 1991 y 1993, periodo durante el cual se perdieron medio millón de empleos y el PIB sufrió una pérdida acumulada de un 6%. El gasto público se disparó a un 72,4% del PIB.

Para 1960, antes de que se instaurase el Estado de Bienestar, Suecia ya era una potencia industrial con una población educada. Esa fue la base económica que le proveyó a la social democracia los recursos necesarios para la implementación del Estado benefactor. De manera que, dice Rojas, “quienes predican la adopción del ‘modelo sueco’…en países sin una base material comparable, no hacen sino proponer una quimera”.

En 1991 ganaron elecciones partidos no socialistas bajo la bandera de la “revolución para la libertad de elección”. Esa revolución que se ha dado en los últimos 15 años, ha sido virtualmente ignorada en la discusión del modelo sueco en Latinoamérica. Esa revolución, de la cual hablaré la próxima semana, tiene poco o nada que ver con la concentración de poder, la estatización y la pérdida de libertad para elegir de cada ciudadano.


Gabriela Calderón

jueves, 3 de abril de 2008

¡Contrastes!


La "malvada" transnacional HP, pretende crear 150 nuevos empleos para jóvenes costarricenses. Dicha empresa se instaló en nuestro país desde el año 2003 y hoy cuenta con una planilla de seis mil trabajadores.

Pero mientras la empresa privada genera productividad y riqueza, la Asamble Legislativa produce todo lo contrario: injusticia, chabacanería y alcahuetería. Esto debido a que a partir de una iniciativa perversa del diputado Jorge Eduardo Sánchez, nuestros padres de la patria decidieron condonar una deuda por 20.000 millones de colones a un grupo de agricultores. Precisamente esto es lo que sucede cuando el Estado participa de la economía, situación que en ASOJOD hemos críticado hasta el cansancio. No es posible que al resto de las personas se les pase tan alegremente las facturas de otros, no es posible que el poder político favorezca a grupos de interés no nos importan si estos grupos son desde el más desalmado empresario hasta el más humilde campesino, no hay razón ética por la cual tengamos que cargar a nadie en nuestros hombros a raíz de la fuerza de la ley.

miércoles, 31 de octubre de 2007

Cleptocracia, burocracia y ¿democracia?


En las democracias se respeta la libertad y también los derechos de las personas. El papel del Estado, siempre represivo, es velar por dichos derechos, y no el de gastar el dinero que nos arrancan con impuestos para burradas, tipo ferrocarriles, programas sociales de mentira, burócratas amigos de los partidos, empresas ineficientes que deberían cerrar (lo que nunca ocurre), elevados sueldos de ministros, ejecutivos y parlamentarios ansiosos de "royalties" y sobres brujos llenos de billetes.

Nos informan que las empresas del Estado andan cada vez peor, algo que sólo sorprende a los socialistas de medio siglo atrás o más, y a nuestros gobernantes, que por allá se quedaron, sin comprender que la planificación, el estatismo y su ruina resultante ya murieron.

Debo haber escrito unos mil artículos denunciando los robos y abusos, la mala calidad y la ruina macro y microeconómica derivada de las empresas estatales. Nuestros socialistas, incluidos los de derecha y variados PhD, simplemente no logran entender que el progreso lo hace la gente actuando con libertad, en un marco de respeto por las instituciones y de correctos incentivos, como los que el mercado (es decir, toda la gente) viene aprendiendo y experimentando por miles de años. Cuesta mucho encontrar un programa, organismo o empresa estatal -más allá de los destinados a velar por el respeto de los derechos humanos y las reglas de convivencia- que aporte al progreso de la humanidad. El Estado benefactor, archifracasado también en Chile, se denuncia hasta en Europa por sus costos, burocracia, servicio malo y caro, generación de incentivos perversos, antitrabajo y antiemprendimiento.

En Chile tenemos una cleptocracia que privilegia a la burrocracia ociosa del régimen con pegas, contratos, becas, premios y crecientes privilegios, en desmedro del resto, que paga impuestos. Y con el cuento de "lo social" y de un gasto público que "tiene que aumentar más que el producto" se debilitan los empleos, el crecimiento y la igualdad de oportunidades. Más aún cuando a los cargos burocráticos y a los favores públicos acceden sólo los "progresistas".

El gasto público hay que congelarlo y racionalizarlo, cerrando todo lo inútil, algo nunca visto en Chile. ¿Me podrían señalar para qué ha servido el enorme gasto público desde 1990 hasta ahora? No hay más educación de calidad y la salud está cada vez peor. El innegable mejor nivel de vida de los pobres (con trabajo) es, simplemente, por el mayor crecimiento de la economía, algo normal en el mundo moderno, y que en Chile ya lleva como 30 años.

Hay que bajar a la mitad los sueldos de parlamentarios, ministros, consejeros, presidentes y altos burócratas y prohibir la reelección, además de poner un impuesto a los primeros cuando aprueben gastos vergonzosos, como los del Transanlagos, ferrocarriles y programas sociales que terminan en coimas, robos o financiamientos de campañas, es decir, casi todos. Y no más "tenidas oficiales" ni avioncitos (dos) para "turistear" a todo costo.

¿Se podrán gravar la burrocracia, el deschavetamiento chavista cleptócrata, o el navarroso neosocialismo siglo XXI?

Álvaro Bardón