miércoles, 31 de diciembre de 2014

Desde la tribuna: entre sueldos y jefaturas

La información de los últimos días puede llegar a ser una gran contribución a la educación general. Quizás –digo con optimismo-, se trate de aquello de que contra los hechos no valen argumentos.

Ha sido puesto en conocimiento general no solo la exagerada escala de sueldos que hay en la UCR, sino también el hecho de que –a pesar del inmenso aumento de transferencias del presupuesto nacional a las universidades públicas- dicha universidad está en riesgo de colapso por razón de estos festines salariales.

No resisto la tentación de cruzar la información con el hecho de que ha sido revelado en España el descubrimiento de que uno de los asesores estrella de la nueva izquierda (Podemos), vive de discutibles contratos y asesorías en una universidad pública a la que ni siquiera va.  ¡Clarito!  Los presupuestos públicos desviados, utilizados en campaña ideológica política y, como siempre, los aprovechados viviendo de gollerías y privilegios.

También acaba de ser puesto en el tapete público la conformación de la planilla del Ministerio de Agricultura, con un lujoso equipo de cómo 117 jefes … pero sin subalterno.  Como decía el chiste, muchos jefes y pocos indios.

Es claro que en el sector público han vuelto el rótulo para adentro.  Es indudable de que aquel chiste que se hacía de la educación pública, señalándose que los fines de la educación pública eran el fin de año, el fin de mes y el fin de semana, ahora se ha proyectado a la función pública.  Ello por cuanto queda claro que el fin del dinero público no es el servicio público sino otro.

También queda claro que las “ideologías” están defendiendo estos intereses, estas situaciones, estos desequilibrios y estas gollerías.

¡Claro!  Saldrán a la palestra a defender la soberanía alimentaria, la autarquía, la autonomía universitaria, la libertad de cátedra y mil eufemismos, pretextos o engaños más, que no son sino una excusa para ordeñar los presupuestos públicos, para obtener rentas de los demás y para comerse a todos.  ¡Eso sí!, disfrazando la maniobra de “servicio público esencial”, del apostolado de la agricultura y la enseñanza (en los casos reseñados) y otros engaños parecidos.

Federico Malavassi Calvo

martes, 23 de diciembre de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: simplismo y consecuencias no previstas

Hay problemas en la vida para los cuales su solución parece ser muy directa. Por ejemplo, si se tiene sed, se resuelve hidratándose o, si hay falta sueño, pues con dormir se corrige o si hace frío, habrá que buscar abrigo. Alguien de inmediato me diría: “elemental, Corrales”, pero la verdad es que en esa misma vida hay problemas en los que, aparentemente, las soluciones son sencillas y concretas, pero que, a la hora observar sus resultados, ya no parecen más ser tan obvias, porque en muchas ocasiones esas soluciones tienen consecuencias no previstas que hacen que esos resultados positivos esperados no se den o resulten ser peores que la medicina.

Tratemos de definir o aclarar que es eso de “consecuencias no previstas”. Para entenderlo acudo a un pensador liberal que, entre otros, tuvo el enorme mérito de explicar temas aparentemente muy complejos, de una manera sencilla y perfectamente comprensible para el lector. Me refiero a Frederic Bastiat, quien, en su último panfleto escrito en 1850, titulado “Lo que podemos ver y lo que no podemos ver”, expuso que “Existe tan sólo una diferencia entre un mal economista y uno que es bueno: el mal economista se confina a sí mismo en el efecto visible; el buen economista toma en cuenta tanto al efecto que puede ser visto, como aquellos efectos que deben haber sido previstos”. Es una forma de expresión mediante la cual se puede considerar que, cuando se interviene en sistemas complejos, siempre se crean resultados no anticipados y a menudo indeseables.

Esto puede explicarnos por qué, por ejemplo, se nos enseña que tragar agua salada en un naufragio es inconveniente y hasta mortal. Antes de que eso se nos hiciera saber, uno no tenía por qué conocer que eso era dañino. Incluso no hay razón para pensar que aquel es un conocimiento intuitivo, en especial cuando uno sabe que tomar agua calma la sed. Pero la consecuencia de hacerlo en un naufragio en medio del mar es totalmente nefasta.

También esa misma idea nos permite entender algo que, en una primera impresión, no parece brindar la solución a un problema, pero después de que se entiende cómo es que ese algo funciona, nos damos cuenta de que es conveniente. Por ejemplo, cuando recibimos una vacuna por primera vez la asociamos con el pinchazo que nos causa dolor, pero después nos damos cuenta o aprendemos o se nos explica que, aunque haya dolor de por medio que se supone debemos evitarlo (no tomo en cuenta a los masoquistas), aquella nos cura. Esto es, que era la medida conveniente para resolver el problema. Por supuesto que una mejor situación sería si, en vez de una vacuna, se pudiera tomar un brebaje sin o con buen sabor. Eso sucedió, por ejemplo, cuando aquel gran milagro médico del doctor Jonas Salk nos evitó, con el dolor del pinchazo, el ruin mal del polio. Pero fue mejor después, cuando el doctor Albert Sabin sustituyó la inyección por una vacuna oral.

Este tipo de paradojas surge con frecuencia cuando se valoran sistemas económicos alternativos –en particular entre el sistema de mercado competitivo de decisión centralizada y el sistema económico basado en la decisión centralizada en el estado- en cuanto que nos permiten resolver adecuadamente el problema de la pobreza en una sociedad.

Por ejemplo, uno suele observar como los críticos del sistema de mercado competitivo casi que de inmediato aseveran que las ideas de competencia y de egoísmo son malas, pudiendo ser que, más bien, sirvan para resolver el problema de la pobreza. El capitalismo y la libertad pueden parecer a los ojos de ciertas personas como que no son la solución obvia -buena; que lo logra- para solventar la pobreza.

Esto último es muy interesante: uno puede entender bien que una mirada simplista y cortoplacista de cómo funciona un sistema económico ante una medida o circunstancia, en realidad oculta la posibilidad de darse cuenta si se logra el propósito de generar una solución al problema de pobreza, tanto por medio de un análisis más complejo, o mediando un mayor tiempo para que discurran los efectos de la medida -en el largo plazo.

Partamos de la idea de que la pobreza es el problema de la escasez; es decir, que hay infinidad de necesidades y deseos humanos insatisfechos dada la limitación natural de recursos en una economía.  Asumamos que se toma una medida que se considera deseable o conveniente en el corto plazo, como podría ser que el estado fije un precio máximo al cual puede venderse la leche a los consumidores, de un producto que de pronto escasea aún más -digamos porque disminuye su producción debido a erupciones volcánicas que dañan los pastos que alimentan al ganado. Entendiblemente es una medida que el estado toma con el fin de “ayudar” o “proteger” o “aliviar el problema de la escasez” de leche para las familias relativamente más pobres.

La gente interpreta -si no profundiza en un buen análisis económico que tome en cuenta las consecuencias no previstas- que con dicha medida efectivamente se ayudará a los más necesitados y que la idea de asistir a la gente más pobre en tales circunstancias es deseable o conveniente. Pero, con el paso del tiempo, aquello que sonaba como lógico en una primera instancia, da lugar a otros resultados diferentes e incluso totalmente opuestos a lo que se pretendió lograr inicialmente.

En el ejemplo, la medida de fijar un precio máximo manda dos señales muy diáfanas a dos grupos de individuos, como son los consumidores, por un lado, y los productores, por el otro. Es lo que los economistas llaman la demanda y la oferta. Desde el punto de vista de los consumidores, el precio que el estado fijó por debajo del que regía en el mercado libre después la crisis de abastecimiento, estimula que, ante las nuevas condiciones, aumente la cantidad demandada de leche, pues es la ley de la demanda que, si se reduce el precio del bien o del servicio, la gente demandará más de ellos. Pero desde el punto de vista del productor, al ver que el precio menor que fijó el estado no le permite ahora recuperar los costos de producción y generar una ganancia adecuada, tenderá a disminuir la cantidad ofrecida del bien o servicio en el mercado. El resultado conjunto, tanto de la menor cantidad ofrecida como de una mayor cantidad demandada, se presenta tal vez no en el primer instante, sino algún tiempo después. No se da tanto en el corto plazo, como en un tiempo mayor o largo plazo, en especial por el papel que desempeñan los inventarios previamente existentes. El nuevo resultado es una mayor escasez; la leche se agota, escasea, rápidamente, la sociedad se empobrece. Es por ello como un entiende que, por ejemplo, en Venezuela hoy existe una enorme escasez de papel higiénico, así como de muchos otros productos, a pesar de la fijación de precios máximos por parte del estado. Pongámoslo así: ¿De qué vale la existencia de un precio máximo fijado por el estado, si los productos escasean, no se hayan, desaparecen del mercado?

En resumen, la gente se dará cuenta, no en un primer instante, sino con el paso del tiempo, cómo una medida que se tomó con la mejor de las intenciones tuvo un efecto no previsto y, como provoca algo nefasto para la sociedad, cual es aumentar la escasez; la pobreza. Las soluciones que inicialmente parecieron ser deseables, terminaron agravando el problema, una vez que tuvieron su lugar aquellas consecuencias no previstas y que no fueron detectadas de previo. La mirada simplista con que inicialmente se valoró la primera medida, es transformada posteriormente por los hechos -en la esperanza de que la persona analiza racionalmente lo sucedido- en una apreciación de que aquella acción social, que se tomó con el propósito de ayudar a los pobres, tuvo un resultado contrario al esperado.

Al mismo tiempo, plantea la posibilidad de que podría existir una solución que sea mejor precisamente para aquél grupo que se buscó inicialmente ayudar. En este caso, el precio más elevado al darse el problema, estimula a que los recursos productivos se dirijan hacia la producción de ese bien. Los empresarios se dedicarán a producir el bien en cuanto el precio que perciban sea suficiente para cubrir sus costos y obtener ganancias similares o mayores que las que tendrían en otras actividades. Con el paso del tiempo, al ingresar más productores (competencia) a la actividad y al restablecerse los niveles de producción, los precios volverán a su cauce. 

He puesto este ejemplo de como una simplificación de fenómenos complejos, de tomar en cuenta tan sólo aquellas consecuencias esperadas, resulta en algo muy diferente de la bondad que se esperó de las medidas iniciales. No incluir en el análisis consecuencias no previstas puede conducir a resultados inesperados, pero ante todo con efectos indeseables y contrarios a los que originalmente se creyeron.
La ignorancia y el error que hemos señalado en el ejemplo analizado nos pueden explicar, asimismo, la actitud usual de personas quienes consideran que el socialismo, como sistema económico, puede ser una buena medida para resolver el problema de la pobreza. La paradoja surge de la creencia en la bondad de un primer efecto, sin tomar en cuenta otros no previstos que luego revertirán al primero. Creen que el socialismo es una solución a la pobreza mucho más eficiente que un capitalismo que presumen es menos productivo. Así, se inclinan por apoyar o promover medidas propias de un sistema político-económico eminentemente socialista, caracterizado por una preminencia a veces casi total de la decisión económica concentrada en manos del estado, en vez de aquellas que usualmente caracterizan a un sistema de decisión económica descentralizada, básicamente sustentado en la competencia, como un orden que sea en el logro de disminuir la pobreza; o, lo que es lo mismo, que genere una mayor riqueza. En esencia, que por medio de la especialización y el intercambio voluntario entre las partes (el comercio), es como la sociedad progresa, se enriquece. 

Tal como se explicó, si bien la solución para la sed era hidratarse, en el caso de estar muerto de sed en medio de un océano, tomar agua de mar más bien ocasionaba daños incluso mortales, se hace necesario aprender del error (tomar agua de mar y sufrir sus consecuencias) o que alguien le explique el error de hacer eso, para darse cuenta de que la resolución del problema era mucho más compleja de que como inicialmente se creyó. 

Volviendo al caso de la preferencia por el socialismo, tal vez la información que puede corregir aquella creencia errada, es que no se conoce un progreso y crecimiento de la riqueza y por ende disminución de la pobreza, como la lograda bajo el capitalismo o sistema de mercado competitivo. Aunque a veces la ilusión obnubila la razón, como cuando se cree que, por ejemplo, el eminente historiador y economista, Angus Maddison, “inventó los datos” o algo semejante para su estudio magistral,  The World Economy, Development Centre of the Organisation for Economic Co-Operation and Development (OECD), 2006, obra que conjunta dos trabajos de referencia de Maddison, The World Economy: A Millenial Perspective, publicada en el 2001 y The World Economy: Historical Statistics, del 2003.  

En aquella señala lo siguiente: “La economía mundial creció mucho más que antes en el período 1950-1973. Fue una era dorada de prosperidad sin paralelo. El Producto Doméstico per cápita del mundo creció cerca de un 3 por ciento anual… El Producto doméstico bruto del mundo creció en cerca de un 5% al año y el comercio mundial cerca de un 8 por ciento anual. Este dinamismo se dio en todas las regiones. La aceleración fue mayor en Europa y Asia…” (p. 24) y, después de mencionar lo relevante del crecimiento de naciones europeas, así como de los Estados Unidos y de Asia (Japón), países con economías eminentemente de mercado, señala Maddison que (en lo que es relevante para este comentario) “En la Europa del Este y en la antigua Unión Soviética, el ingreso per cápita promedio en 1998 era de cerca de tres cuartas partes de aquél de 1973”. Esto es, que “las economías de este grupo heterogéneo de ‘economías tambaleantes’ (del cual forman parte Europa del Este y la antigua URSS) se han estado rezagando en vez de alcanzar a las otras.” (P. 25).

La prueba evidente del fracaso de las economías socialistas ha sido la revolución china impulsada por Deng Tsiao Ping, que básicamente consistió de cuatro grandes reformas en la economía, la agricultura, el desarrollo científico y tecnológico y la defensa, que básicamente descansaron en una apertura y liberalización de la economía china; esto es, en la puesta en práctica de una serie de instituciones económicas de índole capitalista de mercado. De hecho, pocas naciones (Cuba, Corea del Norte, mantienen en la actualidad economías socialistas de un corte rígido).

Para quienes consideran como economías exitosas en la actualidad por su socialismo, a las nórdicas, principalmente Suecia, tal vez vale la pena mencionar dos hechos: uno, según señala Duncan Currie en su ensayo del National Review Online del 30 de setiembre del 2010, que “Otro mito popular quiere hacernos creer que la riqueza de Suecia fue de alguna manera creada o facilitada por la democracia social. En realidad, ‘la prosperidad de Suecia es un resultado que funciona bien de instituciones capitalistas,’ dice (Andreas) Bergh, (economista de la Universidad de Lund) y autor del nuevo libro en idioma sueco titulado ‘El Estado Capitalista de Bienestar’. Un estudioso del Instituto Cato, Johan Norberg, explicó en un ensayo para la revista National Interest en el 2006, que el ‘éxito’ relativo del modelo social democrático del país ‘fue construido con base en el legado de un modelo anterior: el período de crecimiento y desarrollo económico que precedió a la adopción del sistema socialista.’”

El otro hecho es que en la actualidad Suecia ha variado mucho del antiguo socialismo, adaptando su amplio programa de bienestar a las características propias de un mercado competitivo. La crisis de los noventas le brindó la oportunidad de hacer mejor las cosas y eso significa que la nación ha visto disminuir la pobreza al hacer un uso más eficiente de los recursos escasos.

Tal vez es el paso del tiempo lo que explica algo que me sucedió en mi sitio en Facebook en mi usual tema de las adivinanzas. En un caso puse palabras de alguien y después, para ayudar en la búsqueda de la respuesta, dije que su autor había sido socialista en su juventud y luego se convirtió en un defensor del orden económico de mercado. Alguien, con toda razón, ironizó que la ayuda servía de poco, porque muchos pensadores en su juventud fueron socialistas y que luego se convirtieron en defensores del sistema de mercado competitivo. Y estaba hablando de Karl Popper, pero fue igual el caso de Friedrich Hayek, entre muchos otros, a quienes los hechos y la educación les fueron mostrando las virtudes de los sistemas de mercado en contraste con los de decisión central.

Después de mucho esperar la promesa socialista de resolver el problema de la pobreza y de haber accedido al poder en distintos países a partir de principios del siglo 20, con el paso del tiempo los resultados no fueron los esperados y, se dio lo que lo que Ludwig von Mises había previsto en su libro El Socialismo en el cual escribió “En una comunidad socialista se carece de la posibilidad del cálculo económico: por lo tanto, es imposible determinar el costo y el resultado de una operación económica o para hacer que el resultado de la operación económica sea a prueba de la operación. Esto sería suficiente para hacer del socialismo algo impracticable…” (Ludwig von Mises, Socialism, Indianapolis: Liberty Classics, 1981, p. 186).

Aprender de la prueba y de error, observar los resultados inicialmente predichos con los que luego se presentaron, han hecho que las personas pueda ir más allá de la lógica del fenómeno simple hacia la de la complejidad de los fenómenos, así como que las consecuencias de las acciones de política económica no son la esperadas usualmente en el corto plazo, sino las que surgen después de cierto tiempo, cuando el sistema revela el impacto de las consecuencias no previstas, usualmente indeseables.

Tal vez ello me explica por qué Eduardo Galeano, el héroe juvenil de muchos socialistas latinoamericanos, autor de la celebrada obra de 1971 “Las Venas Abiertas de América Latina”, caracterizada por un análisis del saqueo histórico del imperialismo en el continente y en la actualidad de la potencia capitalista, los Estados Unidos, pudo luego señalar, en una visita a Brasil en donde participó en la Segunda Bienal del Libro en Brasilia, entre el 11 y el 21 de abril del 2014, que en aquella época en que escribió aquel libro, no tenía la formación suficiente para rematar aquella tarea, pues “intentó ser una obra de economía política, sólo que yo no tenía la formación necesaria… No me arrepiento de haberlo escrito, pero es una etapa que, para mí, está superada.” (Tomado de Cultura, El País, 5 de mayo del 2014.)

Jorge Corrales Quesada

viernes, 19 de diciembre de 2014

Viernes de recomendación

Para esta ocasión, queremos compartir con ustedes un interesante artículo del pensador italiano Bruno Leoni, titulado "El proceso electoral y el proceso de mercado", donde compara el rol del individuo y las circunstancias en que se ve envuelto cuando actúa como agente político y cuando lo hace como agente económico.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Desde la tribuna: déjennos algo

El repaso a de fin de año de lo acaecido en nuestro país nos deja complicados, tristes y con la idea de que somos vilmente despojados de nuestros derechos y libertades.

El año de ha sido pésimo para la economía costarricense. Ello repercute en consecuencias directas, pues implica menos puestos de trabajo, gran presión fiscal para quitarnos lo nuestro (ingresos, dinero, ahorro y posibilidades de usar lo que ha sido bien ganado), mayor peso y volumen de una maquinaria estatal  que ha demostrado fehacientemente ser muy inútil y descaradamente chambona, menos estímulos para que haya inversión y, por supuesto, futuro lleno de nubarrones.

Si consideramos algunas determinantes acciones públicas, entonces el panorama pinta peor.  Se enterró la posibilidad de más aprovechamiento de la geotermia como productora de energía, se hizo de lado el proyecto de ley de contingencia eléctrica,  se retiraron vetos consolidados y se han pospuesto vías urgentes y necesarias para mejorar la situación del país y, para colmo de males, se ha tramitado un presupuesto exageradamente deficitario y por las vías más impropias para su aprobación. Además, los regímenes de pensiones, todos y especialmente los privilegiados, se sumen en problemas y complicaciones, con más presión sobre las finanzas públicas. 

Ante tan desequilibrado horizonte, sería justo que nos dejaran algo, la posibilidad de no tener que depender de los odiosos monopolios y vías públicas que nos complican. La posibilidad de generar nuestra propia energía, tener nuestros propios seguros, usar nuestro dinero para hacer vías, no tener que comprarle a Recope y tener la posibilidad de tener nuestro dinero para educar a nuestros hijos.

Hay una parte de la sociedad que, vía inconstitucional, se ha apropiado de todo y a través de monopolios, privilegios, gollerías, pensiones privilegiadas y demás ventajas exorbitantes se ha arrecostado al resto de los costarricenses. No podemos avanzar con el fardo de un Estado malo, inútil y costoso que no solo no progresa en buena línea sino que quiere más impuestos, más trámites y más regulaciones. 

Nunca en la historia el Estado ha sido tan caro y tan malo a la vez. 

Déjennos algo de libertad, algo de oportunidad, posibilidades de pulsearlo o, como dice la gente, “pellejearla” a fin de salir adelante.

Federico Malavassi Calvo

martes, 16 de diciembre de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: pensando un poquito acerca de la tiranía

Casualmente releía una obra de mi amigo Karl Popper (lo digo con todo el respeto, pues ciertamente al leer algunas de sus publicaciones, las veo como una muestra de amistad hacia el ser humano), en la cual él, con mucha sabiduría no usual en verdad, analiza el significado de la libertad, al menos en lo referente a la elección de un gobierno. Casualmente en el libro mío de esa obra, la referencia principal la hace en un capítulo titulado “El principio de la conducción”, que no sé por qué me parece algo como que está relacionado con el tránsito. Creo que ese capítulo en otras partes fue mejor traducido o mencionado como “El Problema Fundamental de la Política”, pues lo que Popper menciona en dicho capítulo -llámese como se le llame- es un asunto que en su momento Platón trató de resolverlo, al tratar de responder a la siguiente pregunta: ¿Quiénes deben gobernar el estado?
 
En criterio de Popper, esa pregunta fue mal formulada, pues “aun aquellos que comparten este supuesto de Platón, admiten que los gobernantes políticos no siempre son lo bastante ‘buenos’ o ‘sabios’… y que no es nada fácil establecer un gobierno en cuya bondad y sabiduría pueda confiarse sin temor”. (Karl R. Popper, La Sociedad Abierta y sus Enemigos, Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, 1994, p. 124). 

Por tal razón Popper nos dice que la pregunta pertinente más bien es “¿En qué forma podemos organizar las instituciones políticas a fin de que los gobernantes malos o incapaces no puedan ocasionar demasiado daño?” (Ibídem, p. 125).

No voy a desarrollar este tema Popperiano -tal vez lo haga en otra ocasión- pero lo he comentado porque nos sirve de apertura hacia una observación que él hace y que denomina como la “paradoja de la libertad”.  Nos explica a lo que con esto dio a entender Platón: “En su crítica de la democracia y en su explicación del surgimiento de la tiranía, Platón expone implícitamente la siguiente cuestión: ¿qué pasa si la voluntad del pueblo no es gobernarse a sí mismo sino cederle el mando a un tirano? El hombre libre -sugiere Platón- puede ejercer su absoluta libertad, desafiando primero, a las leyes, y, luego, a la propia libertad, auspiciando el advenimiento de un tirano.” (Ibídem, p. p. 126-127). 

Obviamente, tal hecho político no es extraño en la historia de la humanidad y creo haber visto casos en épocas recientes, que han hecho que el tema me llame de nuevo la atención. Ubiquémonos por un momento en la época en que Popper escribió su libro: a principios de 1938 decidió elaborarlo y lo redactó todo ese tiempo hasta 1943 (el libro lo publicó en 1945 y lo revisó en varias ocasiones). Aunque en su obra La Sociedad Abierta y sus Enemigos es poco lo que refiere a hechos concretos de la guerra mundial aún en proceso, lo debe de haber impactado el hecho de cómo fue que un tirano -Hitler- ascendió al poder con anterioridad a la Segunda Guerra Mundial, así como también el advenimiento del marxismo en la Unión Soviética a finales de la Primera.  Precisamente en un prefacio a una edición revisada, escribió que “El marxismo sólo constituye un episodio, uno de los tantos errores cometidos por la humanidad en su permanente y peligrosa lucha para construir un mundo mejor y más libre.” (Ibídem, “Prefacio a la Edición Revisada”, p. 11).

Por eso es importante tener presente en la actualidad la “paradoja de la libertad”, pues bien puede ser que una mayoría de votantes decida elegir a un tirano como gobernante y, de acuerdo con los demócratas que consideran que la soberanía reside en una mayoría, tal decisión debería de ser acatada. Por un lado, para los demócratas debe obedecerse la voluntad de la mayoría, al elegir a un tirano, pero, por el otro, han postulado por una forma de gobierno que no permite que las decisiones sean producto de la voluntad de una mayoría. 

Esta contradicción la resuelve Popper al señalar que "Aquel que acepte el principio de la democracia en este sentido no estará obligado, por consiguiente a considerar el resultado de una elección democrática como expresión autoritaria de lo que es justo. Aunque acepte la decisión de la mayoría, a fin de permitir el desenvolvimiento de las instituciones democráticas, tendrá plena libertad para combatirla, apelando a los recursos democráticos y bregar por su revisión. Y en caso de que llegara un día en que el voto de la mayoría destruyese las instituciones democráticas, entonces esta triste experiencia sólo serviría para demostrarle que no existe ningún método perfecto para evitar la tiranía. Pero esto no tendrá por qué debilitar su decisión de combatirla ni demostrará tampoco que su teoría es inconsistente." (Ibídem, p. 129).

Ello me ha obligado a pensar en el caso actual de Venezuela, en donde una tiranía -en mayor o menor grado- se ha señalado que, ciertamente, llegó al poder y se ha mantenido en él, como resultado de la elección democrática, entendida como una votación mayoritaria que así lo determinó. Aquí es importante tener presente lo que expuso Popper al respecto: “el principio de la política democrática consiste en la decisión de crear, desarrollar y proteger las instituciones políticas que hacen imposible el advenimiento de la tiranía.” (Ibídem, p. 128). Pero parece que, en el caso venezolano, no existía una institucionalidad tal, de forma que, con fortaleza, pudiera haber impedido el advenimiento de la dictadura. Lentamente la tiranía, o si no les gusta el término, llámelo el gobierno totalitario de Chávez, logró (y también con su heredero Maduro) ascender al poder por el voto democrático, pero luego el orden democrático se ha erosionado gradualmente en cuanto a la vigencia de salvaguardias institucionales que sirvan para evitar la tiranía, como es el caso de la división de poderes, de la sujeción al poder central de los llamados organismos de control, como por ejemplo, la contraloría, la corte constitucional, de la eliminación sistemática de la libertad de prensa y hasta de un ejército nacional, que ha quedado sujeto a la voluntad específica de un gobierno en concreto. El poder totalitario los ha venido absorbiendo gradualmente.

Por eso, debemos tener muy presente la sugerencia de Popper, cual es que “la teoría de la democracia no se basa en el principio de que debe gobernar la mayoría, sino más bien, en el que los diversos métodos igualitarios para el control democrático, tales como el sufragio universal y el gobierno representativo, han de ser considerados simplemente salvaguardias institucionales, de eficacia probada por la experiencia, contra la tiranía, repudiada generalmente como forma de gobierno, y estas instituciones deben ser siempre susceptibles de perfeccionamiento.” (Ibídem, p. 128).

Claro que no hay método que sea perfecto para evitar la tiranía, como tantas veces nos lo han evidenciado tiranos, quienes, gradual o con violenta rapidez, van anulando esas salvaguardias. Eso deja como único camino la insurrección, la rebelión de los ciudadanos a fin de rescatar su libertad. Por supuesto que lo que hará el tirano es reprimirla todo lo más que pueda, lo que no es mucho consuelo. Excepto que las tiranías suelen vivir menos tiempo que las democracias, a pesar del ejemplo de medio centenario de la Cuba propiedad de los Castro. Esa perspectiva podría darnos algún grado de optimismo, pero, si se escoge el camino de la violencia para eliminar al tirano, que lo sea teniendo en mente que el objetivo esencial es la restauración de la democracia. Popper, afortunadamente, señala el rumbo conveniente: “sólo se justifica el uso de la violencia bajo una tiranía que torna imposible toda reforma sin violencias, y ésa debe tener un solo fin: provocar un estado de cosas tal que haga posible la introducción de reformas sin violencia”. (Ibídem, p. 330)

Jorge Corrales Quesada

lunes, 15 de diciembre de 2014

Tema Polémico: ¡Con Costa Rica no se juega!

Todos recordamos el famoso lema de campaña del Presi. Durante la contienda electoral Solís se presentó como un académico serio, mesurado y conocedor de la realidad del país así como de las propuestas necesarias para desarrollarlo. Más de siete meses después cualquier observador cauto e imparcial, sabe que esta imagen no es más que un espejismo. El gran último gazapo del Presi ha sido el levantamiento del veto de la reforma laboral.

Vamos evitar en este artículo el tema de la legalidad en cuanto al levantamiento del veto o la conveniencia de la reforma, ambos temas nos resultan opinables de una forma u otra de forma intelectualmente honesta. En este sentido, lo que nos interesa el día de hoy es enfocarnos en el carácter moral del Presi en cuanto a la forma en que presentó ante la opinión pública la toma de decisión de dicha medida.

El primer aspecto que nos interesa resaltar, es el del famoso decreto que Solís anunció que firmaría para evitar que se den huelgas en los servicios públicos esenciales. Sin lugar a dudas, esta medida no es más que una vil burla al pueblo costarricense, tal vez el Presi al igual que el asesor de Obama Jonathan Gruber piense que todos somos estúpidos, y no sabemos que un decreto no puede contravenir una ley. En pocas palabras: puro atolillo con el dedo.

El segundo tema, es esta imagen que deseo presentar el Presi de si mismo como una especie de gran reformador social, que ha decidido seguir con esta decisión la línea política de los años 40, cuando  en realidad esto no es más que una movida política para complacer a su aliado más importante: el Frente Amplio. Cajita blanca para todos aquellos que piensen que el cálculo politiquero no tuvo impacto alguno en la toma de esta medida.

Con todas estas actitudes a nosotros al menos nos queda claro que el gobierno del cambio, no es más que una falsa promesa, y que la famosa casa de cristal cada día se encuentra más empañada.  Así las cosas, hoy más que nunca todos los ciudadanos debemos mostrarnos alertas y críticos ante cualquier nueva jugarreta con la cual pretendan burlarse de nosotros.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Viernes de Recomendación

Ante las circunstancias que vive Costa Rica, luego de que el presidente de la República, Luis Guillermo Solís, levantara el veto impuesto a la ley 15.990, creemos necesario que todos nuestros lectores estén informados sobre las graves implicaciones de esta decisión, que atenta contra las inversiones y la generación de empleo para nuestro país. 

Por esta razón hemos querido dedicar este Viernes de Recomendación a esta nota de El Financiero: "Lo que usted necesita saber sobre la Reforma Procesal Laboral.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Desde la tribuna: atracción de inversiones y generación de empleo

Ambas situaciones  son principalísimas en la promoción de la riqueza y en el desarrollo (social y personal). 

Es esencial que haya inversión (nacional o extranjera) para que se promueva el empleo.  Cuando la gente tiene trabajo, entonces hay oportunidad de desarrollarse, hay cómo conseguirse el sustento, hay dinero para satisfacer las necesidades, sostener a la familia y, dependiendo de la cantidad de ingresos, hay recursos para prosperar, estudiar, ahorrar o iniciar nuevas empresas.

Alguna inversión extranjera llega por las condiciones nacionales en general:  estabilidad, respeto a la inversión, racionalidad de los trámites, costo de la energía, infraestructura pública, seguridad, seguridad jurídica, racionalidad de la tributación, calidad de los trabajadores, calidad de las playas, aeropuertos, puertos y servicios públicos, racionalidad de los trámites.

Alguna inversión extranjera viene ligada a cuestiones importantes:  vías de exportación, experiencia en negocios, contrataciones importantes, tecnología en general, know-how, relaciones de negocios estratégicas.

Las sociedades en general (los Estados) compiten por atraer estas inversiones y por convencer a sus propios empresarios e inversionistas de hacer negocios e invertir en sus países.  Es importante para generar desarrollo y oportunidades.

En Costa Rica, con un predominio político de burócratas y empleados públicos, vividores de monopolios y de rentas públicas, llenos de gollerías y pensiones privilegiadas, parece haberse dado un gran movimiento contra la inversión y la generación de empleos:  cunden opiniones contra le empresa privada, crece la tramitopatía, no se da debida atención a las condiciones de los empleadores, se aumentan los privilegios y gollerías del sector público, no se presta atención a la necesidad de incorporar a los sectores productivos y privados a la generación de energía, hay indolencia con la infraestructura pública, se siguen aumentando las cuotas de la seguridad social, se produce una gran brecha entre lo público y lo privado en materia de sueldos, se amenaza con más impuestos, se aprueban vía irregular presupuestos inconstitucionales y con gran déficit y se desestimula la inversión privada.

Obviamente, se empiezan a perder puestos de trabajo, se cierran empresas y de nada sirve la existencia de promotoras de inversiones ni las giras simpáticas del presidente.  A final de cuentas no hay nada concreto que mostrar, no hay nada con qué atraer ni se puede engañar a quien sabe de negocios e inversiones.

Por otro lado, las señales sociales son desastrosas, pues se evidencia que un sector social está montado sobre el resto, dándose privilegios, gollerías e insostenibles ventajas de todo tipo.  Solo piensan en más impuestos e ingresos públicos para mantener los planes públicos de lucha contra la pobreza (sencilla repartición, clientelismo descarado que tiene en sus programas a muchos que no necesitan y que cada vez se llena más de burocracia).  Es obvio que así no promoverá la riqueza y el desarrollo, es evidente que no se atrae la inversión ni hay compromiso con la generación de empleos y oportunidades.  

Cuando la presidencia de la República pone como condición del desarrollo la aprobación de más impuestos, es indiscutible el que no quiere atraer inversión, que no se fomenta la formación de empresas y que se quiere todo dentro del Estado (como los fascistas, como todos los estatistas, como los que cercenan la libertad de las personas).  Así no hay esperanza …

Federico  Malavassi Calvo

martes, 9 de diciembre de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: ¡Sí se puede!

Hace poco leía lo siguiente en un libro de John Micklethwait y Adrian Woolridge, The Fourth Revolution: The Global Race to Reinvent the State (La Cuarta Revolución: La Carrera Global para Reinventar al Estado): “En algunos casos por haber perdido la esperanza, en otros más bien por tener esperanzas, los burócratas y los políticos están empezando a pensar diferente. La presunción de que el estado debería de hacerlo todo, el amor por la uniformidad, la urgencia de centralizar todo: Usted puede encontrar ejemplos en todas partes de mundo occidental en los cuales empiezan a derrumbarse esos viejos credos. Puede ser que individualmente no equivalgan a mucho, pero juntos significan algo muy grande. Pedacito por pedacito está emergiendo un nuevo modelo.” (Op. Cit., New York: The Penguin Press, 2014, p. 219).

Por ello mi enorme satisfacción al leer en La Nación del 28 de noviembre el artículo titulado “Consorcio abarató el costo de escalar el cerro Chirripó”. Simplemente porque, como lo señalan Micklethwait y Woolridge, las cosas se van haciendo diferente y sus resultados positivos empiezan a relucir. 

Vean ustedes: resulta que se creó una empresa privada llamada Aguas Eternas, la cual fue conformada por la Asociación de Desarrollo Integral de San Gerardo De Rivas, la Cámara de Turismo Rural Comunitario Chirripó y la Asociación de Guías, Arrieros, Porteadores y Cocineros del Chirripó. Ningún figurón, ¿verdad?; gente sencilla y con deseos de innovar y emprender una aventura empresarial inédita. Ellos participaron en una licitación para gestionar los servicios en el albergue Crestones, que se ubica en el parque del cerro del Chirripó. No fue nada fácil, dice la información periodística, en un proceso que tomo casi siete años (mentís a quienes creen que para que surja una empresa nada más se trata de decir “Ábrete sésamo”). Incluso “la unión de los participantes fue sacudida en dos ocasiones, cuando les rechazaron su oferta. Pero la tercera fue la vencida; entonces se probó que lo imposible al final sí era posible”. Casi que lo adivino: una burocracia aplicando con todo el rigor la ley de contrataciones con el estado a gente que tuvo que aprender a hacerlo bien. Me imagino la resistencia burocrática cuando unos campesinos pusieron todo su esfuerzo en llevar a cabo su proyecto de administración. Pero lo importante es que, ¡lo lograron! ¡Sí se pudo! Y ahora veamos ya algunos de los resultados esperados con esta empresa privada, en contraste con algo que, evidentemente, se hacía con mucha menor eficiencia a como lo harán los nuevos responsables. Es decir, esta nueva empresa desnuda la ineficiencia del estado en hacer cosas que los individuos privados pueden hacerlas mejor.

Desde ya el impacto es notable. Se estimó que el costo de ir de excursión al parque nacional Chirripó durante dos días y dos noches, era de unos ₡250.000 por persona. Con la nueva administración, ese costo se estima que será de ₡95.000. Esto es, un ahorro por persona de ₡155.000. ¿Quieren mejor prueba de cómo es más eficiente una empresa privada en comparación a como lo hace el estado y que nosotros pagamos? Pero no sólo hay esta reducción en los costos por administrar el hospedaje, la alimentación, el alquiler de equipo y el acarreo de suministros para los visitantes. Los cuatro funcionarios de Aguas Eternas “se encargan de todo… si antes la comodidad del albergue obligaba a llevar una bolsa de dormir para los camarotes con espumas cubiertas en tela de vinil, ahora se ofrecen almohadas y tres gruesas y limpias cobijas esperando en cada lecho”. O sea, un mejor producto o servicio a un costo mucho menor que antes. ¿Qué más quieren?

Agrega la información: “También se volvió innecesario tener que llevar los alimentos o contratar quien los cargara y preparara, pues Aguas Eternas se encarga de ofrecer cada tiempo de comida en el sitio.” Es decir, el servicio se adaptó a las necesidades de los clientes, no como era antes, que estos tenían que adaptarse a lo que la burocracia podía ofrecer. Esto es verdaderamente “servicio al cliente” y no “cliente al servicio del negocio”. 

Pero hay más: ya los resultados positivos se empiezan a reflejar. “Otro cambio es que el tiempo para obtener espacio en el albergue pasó de seis a tres meses, ya que aumentó la capacidad de alojamiento de 40 a 52 personas.” Yo me acuerdo de la insatisfacción de amigos que deseaban escalar la montaña, porque no había campo en el albergue cuando lo deseaban y la espera para obtener un lugar era tediosa. Hábilmente, la empresa privada hace un mejor uso del capital físico y lo adapta a las condiciones de la demanda de la clientela. El servicio se dará todo el tiempo porque -y esto para quienes andan proponiendo trabajar menos, creando días feriados por cualquier razón- “Gracias al consorcio tampoco será necesario cerrar el Parque 45 días al año por mantenimiento. ‘Se reciben visitantes siempre, incluido todo feriado en el calendario’, enfatizó Omar Elizondo, presidente de Aguas Eternas”. ¿No notan -y no es casualidad- que en esta empresa privada se está hablando de que trabajarán todo el tiempo que sea necesario para satisfacer los deseos y necesidades de sus clientes? Contrasta, verdad, con las actitudes de los “Albinos”. Esfuerzo, dedicación, servicio, satisfacción de las necesidades de los clientes y no de aquellas de los burócratas. De eso se trata en una empresa privada.

Antes de que alguien me diga que “porecitos, ahora que van a hacer los guardas de los parques que ya no tendrán que atender el albergue”, les señalo lo que dijo el señor Bernal Valderramos, administrador del parque: “los guardaparques ahora pueden dedicar más tiempo a investigar, vigilar especies y mejorar los senderos, para que así nunca se interrumpa el hormiguero constante de caminantes en ruta hacia la meta soñada, la cresta del Chirripó.” Una consecuencia no prevista de la acción de la empresa privada. En busca de su propio beneficio, sirve a los ciudadanos: Adam Smith, una vez más, se hace presente, especialmente cuando cunde la insatisfacción por las cosas como las hace el estado, pudiendo obtenerse un mejor resultado si se llevara a cabo por manos privadas. Lo expuesto me llena de regocijo y esperanza: hay posibilidades de salir del atolladero en que estamos sumidos en estos momentos. ¡Sí se puede!

Jorge Corrales Quesada

lunes, 8 de diciembre de 2014

Tema polémico: el “diálogo” en Costa Rica está sobrevalorado.

La base de cualquier acción social se asienta en el diálogo como mecanismo para buscar consensos y tomar decisiones.  La democracia, como forma de organización social,  se origina precisamente en el diálogo que permite una salida a las diferencias entre los individuos, lejos de la violencia o la imposición unilateral de las soluciones.

En la política, el diálogo y la argumentación solo adquieren valor, cuando este proceso se orientada hacia objetivos claros y definidos, es decir, el diálogo por sí mismo carece de todo sentido, y por ende la democracia, cuando el  razonamiento y la argumentación se convierten en fines en sí mismos y no en medios orientados a la consecución de objetivos concretos, peor aún, cuando la discusión se utiliza como una herramienta de procrastinación.

Esta sencilla reflexión adquiere vigencia en Costa Rica, cuando observamos como el proceder de la actual Administración Solís Rivera, se ha basado en la creación de "comisiones de dialogo" para cada tema relevante en el que la ciudadanía exige acciones concretas.

El primer ejemplo que recibimos fue la creación de una comisión encargada de generar un diagnóstico de los problemas que enfrenta el país, en materia de generación de energía, con un margen de un año y medio para rendir el documento.

Pero no se trata solo del diálogo energético. En materia de competitividad, pasamos de tener un ministro sin cartera en la Administración Arias, a crear un Consejo Presidencial de Competitividad en la Administración Chinchilla, para luego tener tres consejos en la Administración Solís: el Consejo Presidencial de Competitividad e Innovación que se subdivide en el Consejo de Innovación y Talento Humano presidido por la vicepresidenta Ana Helena Chacón, y el Consejo de Competitividad, a cargo del vicepresidente Helio Fallas, a los cuales se suma la denominada “Mesa de Alianza por el Empleo y la Producción”, liderada por el ministro de Trabajo, Víctor Morales Mora. En  fin, pláticas de pláticas que se sobreponen entre sí. 

A todo esto se suman más consejos, como el Consejo Presidencial Social, la Comisión Marina Nacional y las “mesas de diálogo con los sectores productivos”, liderados por el ministro de la Presidencia, Melvin Jimenez.  Si revisamos un poco más, podría apostar que encontraremos más “comisiones”, “foros” y “mesas de diálogo” que solo reflejan una causa: ante la ausencia de planes estratégicos y objetivos claros, estos espacios de "diálogo" han sido creados para que sean otros quienes aporten las ideas y las soluciones.

Como consecuencia, pasaremos gran parte de este gobierno dialogando, probablemente sin resultados contundentes y decisivos, tal como ocurrió con la Comisión de Notables para formular recomendaciones para mejorar la gobernabilidad del país y el funcionamiento del sistema democrático, creado por la presidenta Chinchilla.

Pareciera que hemos malentendido a la democracia. Como se dijo anteriormente, los sistemas de organización social no tienen valor en sí mismos; solo adquieren relevancia en la medida que estos generan resultados claros y objetivos para los ciudadanos y permite superar los problemas capitales de nuestra sociedad. En ese sentido,  los “diálogos” en Costa Rica están claramente sobrevalorados. 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Desde la tribuna: el mito de los impuestos

Uno de los temas más controversiales es el tema de los impuestos.  Es indiscutible que si queremos un Estado con posibilidades de hacer cosas, hay que financiar su costo.  Con muy contadas excepciones, los Estados (gobiernos) no generan ingresos por sí mismos, no realizan actividades propias de su naturaleza que sean productivas o que les signifiquen ingresos propios.  En algunos casos, la ficción jurídica de que pertenecen al Estado algunas cosas (las riquezas del subsuelo y del mar, espectro radioeléctrico, las rutas de transportes, la fuerza de las aguas y hasta el viento y el calor del sol) logra convertirse en pingües ganancias para el Fisco  (no necesariamente para la sociedad). 

Curiosamente, la gestión estatal podría ser productiva e, incluso, generadora de grandes ganancias para la sociedad.  Un aparato público con una buena estructura de costos, eficaz en el cumplimiento de objetivos bien definidos y correctamente determinados puede aportar mucho para el adecuado desempeño social, instituciones públicas eficientes y un Ordenamiento Jurídico bien concebido y eficaz podrían traducirse en un buen funcionamiento social.

De por medio, por supuesto, están las grandes discusiones acerca del tamaño y la fortaleza del Estado y sus instituciones.  Es obvio que las controversias surgen en cada recoveco del análisis.  Es mejor un Estado pequeño y útil que uno grande y chambón, sin apelaciones.  Las dudas surgen en las posibilidades contrarias.

Sin lugar a dudas, la Teoría del Estado y su relación con las definiciones constitucionales aportan muchísimo en la conceptuación de los términos de referencia para cualesquiera controversias, discusiones y determinaciones.  Los primeros teóricos no pasaban de sumar tres elementos del Estado, centrados en el Pueblo (elemento sociológico, sinónimo de Nación, Población y Ciudadanía), el Poder (elemento organizacional, sinónimo de Gobierno, Organización, Autoridad y también Estado y Derecho) y Territorio (elemento geográfico, sinónimo de país y materialidad).   Como aglutinador (señalado por otros como resultante o característica) muchos señalan la Soberanía (sobre todo los constitucionalistas), aunque la mayoría rechaza que sea un elemento constitutivo.   En la actualidad, no obstante, abundan las concepciones que mencionan al menos un elemento más, generalmente denominado el Fin (elemento teleológico, generalmente sinónimo de colaboración, bien público temporal e, incluso, bien común). 

Al tratarse de las formas de Estado, la mayor parte de los autores se refiere a la relación recíproca de los elementos del Estado entre sí.  Es decir, cuál es preeminente o principal y cuáles son subordinados.  De tal modo, se ilustra, luego de las primeras formas políticas de la Humanidad (no necesariamente estatales) aparecieron el Estado patrimonial (súbditos y territorio son sinónimo de vidas y haciendas del soberano) y el Estado de policía (no confundir con la propuesta liberal de “Estado-gendarme”, diametralmente opuesta) caracterizado históricamente por Luis XIV  (la famosa expresión de “l’État c’est moi” y el instrumento de la “lettre de cachet”:  “el Estado soy yo” y las órdenes reales indiscutibles y ejecutivas), cuando la “razón de Estado” imperaba sobre todo y sobre cualquier Derecho.  En dichas formas, indiscutiblemente y bajo maneras distintas, campeaba el elemento Poder por sobre los demás.  En una de un modo brutal y directo, en la otra disfrazado de necesidad de mantener la unidad del Estado nacional y convertir las arbitrariedades en razones de Estado.

La aparición  (no accidental, sino más bien resultado de la Cultura Occidental Cristiana, lo que implica los valores Greco-Romanos y Judeocristianos) del Estado de Derecho implica un esencial desplazamiento del centro de importancia, determinándose como elemento fundamental del Estado el Pueblo, la Nación, la gente, las personas de carne y hueso.    En palabras populares se concibe el Estado como una República  (cosa pública, propiedad de todos, negocio del Pueblo) y en términos técnicos se perfeccionan el instrumento y la técnica constitucional.  La Constitución representa y contiene los valores y defensas del principal elemento del Estado:  la gente.  Por ello se habla de Derechos y Garantías individuales.  Para muchos autores, el punto indiscutible de una Constitución y su razón de ser, es la declaración de derechos fundamentales y sus garantías (verbigracia, León Duguit), requisito sine qua non del Estado de Derecho.

Al respecto  y por ejemplo, no es de extrañar que nuestra Constitución defina al Estado de Costa Rica como una “República”  (artículo primero) y preceptúe que la “la soberanía reside en la Nación”  (artículo segundo).  Son las líneas esenciales del sistema y concepción.

Ciertamente, a raíz de la concepción del Estado de Derecho, han aparecido los segundos apellidos del Estado  (Estado Social, Estado Solidario, Estado Ecológico y demás agregados, válidos pero secundarios, pues no podrían disolver el significado fundamental).  Darles más peso que el nombre principal implicaría mover el centro de gravedad y trasladar al Fin del Estado (elemento teleológico, un peso mayor que el que tiene el Pueblo).

Claro que, y así sucede en algunos casos, si se cree que la naturaleza es más importante que el ser humano, entonces se subordinará a la gente al conservacionismo y a la salud animal.  Igualmente, si para algunos la exportación de la revolución cobra más importancia que las personas, entonces no habrá problema para sacrificar al pueblo en pro de la revolución.  Y así sucesivamente con las distintas concepciones.

Paralelamente y de conformidad con todo ello, surgen las instituciones básicas que conceptúan el funcionamiento del aparato público.   Por ello se dice que, a la par de la declaración de Derechos básicos debe estar la división de poderes.  Ésta no obedece a la especialidad de funciones sino a la premisa elemental de que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”  (Lord Acton), a la que se suma la observación aristotélica de que la corrupción de los mejores es la peor.   Por ello ha sido definida por Montesquieu como un sistema de frenos y contrapesos.  No se trata de cancha libre para cada cual sino de un mecanismo para que ningún Poder tenga libertad. 

Esta es una de las razones por las cuales resulta tan importante la existencia de una Constitución, su rigidez (defensa de la gente, defensa del Pueblo) y su jerarquía (que no pueda ser regateada por leyes formales, las cuales siempre han de ser subordinadas).

Los estudiosos han encontrado que el origen del principio proclamado en la Independencia de los Estados Unidos de “no taxation without representation”  (no se pueden poner impuestos sin representación política” está en la propia Carta Magna (1215), en la cual se determinó que el rey no puede aumentar los impuestos sin la aprobación general del reino.

Por ello, indubitablemente, el tema del Presupuesto público (el plan estatal de ingresos y gastos) también es un asunto esencial en el Parlamento o Poder Legislativo, pues es la misma garantía de no poner impuestos o aumentar los ingresos sin la debida aprobación.

Muchos conciben la inflación como un impuesto.  La riqueza es robada por el Estado sin poner impuestos formales.  El déficit presupuestario implica drenar la riqueza de la sociedad a través de los vicios del gasto público, los cuales se traducirán en altas tasas de intereses, depreciación monetaria, mal desempeño económico de diversas formas y la disputa por los recursos económicos por parte del Fisco.  Igualmente, se convierte en una insostenible presión tributaria que termina por reventar todos los diques.

No es de extrañar que algunos visionarios plantearan el refuerzo constitucional de los Derechos y Libertades públicas con la aprobación de un capítulo de Garantías Económicas, que viniera a frenar los constantes derrames de la voracidad fiscal y los acostumbrados vicios de los demiurgos públicos.

Si la Constitución no tiene verdaderos vigilantes y custodios, si los propios garantes están interesados en aumentar el gasto público, si los llamados a garantizarla están más preocupados de los presupuestos estatales y de la gestión pública que de los principios constitucionales, entonces las concepciones constitucionales se degradan, se desvalorizan igual que la moneda y ceden ante las presiones del poder.

Los impuestos, en lo elemental, son el aporte social para que la maquinaria estatal tenga combustible.  Son los dineros que la sociedad sacrifica en aras de un supuesto bien general, que debería ser reproductivo (justicia, infraestructura, seguridad).

Algunos opinan que el gasto público significa progreso y creen que a mayor gasto público (impuestos) habrá mayor desarrollo.  Aún recuerdo, cuando me opuse rotundamente al paquete de impuestos que la Administración Pacheco gestionaba en contradicción con su palabra durante la campaña, cómo me hostigaba un representante de la Comunidad Europea por mis expresiones y gestión legislativas, increpándome “¿porqué tiene miedo de que haya desarrollo?”.  Para él, obvio, mayor gasto público era desarrollo.  No quise darle el golpe bajo de señalarlo como vividor del Erario público, simplemente le daba porcentajes (el gasto público y el nivel de impuestos y cargas públicas de Costa Rica es muy alto) y le mostraba la ineficiencia estatal.  El tiempo luego me dio toda la razón, pues era obvio que Costa Rica no ha necesitado de paquetes tributarios por mucho tiempo y, paradójicamente, el país origen del citado personaje se ha hundido en una maraña de gasto público insostenible, aruinándose por completo y empobreciendo a sus habitantes.

El punto está en los mitos que se derivan del tema de los impuestos.  En primer lugar, la idea de que unos pongan impuestos a otros.  La cuestión central está en entender que si los impuestos no son generales y no los pagamos todos, entonces se violenta el principio de la representación necesaria para su aprobación. Muy cómodo y fácil poner impuestos a otros, pero no es conceptualmente correcto.

El principio de la representación consiste en que quien aprueba impuestos está de acuerdo con pagarlos, costearlos, asumirlos, hacer el sacrificio. No se trata en que esté de acuerdo con que otros los paguen, los asuman y tengan que soportar el costo. 

Sin embargo, con algunos de los impuestos llamados progresivos, con algunos de los impuestos denominados contra los ricos y algunas cargas sectoriales o determinadas para ciertos grupos o actividades, lo que ha sucedido es que una serie de legisladores que no aportan nada, que no están en la actividad, se ensañan con otros grupos.  Impuesto al banano, impuesto al café, impuesto a remesas al exterior, impuesto a las casas de alto valor:  todos estos conceptos rompen el principio de la representación.  De alguna manera es como un grupo aprovechándose contra minorías segregadas.

Supuestamente, por ejemplo, todos estamos sujetos al impuesto sobre bienes inmuebles,  un impuesto general.  Sin embargo, sobre esos mismos bienes inmuebles que ya pagan el precitado impuesto, surgió la ocurrencia de un impuesto a las casas de alto valor (supuestamente para financiar las casas de quienes no tienen).  El argumento se vendió sin mayor oposición (no sé si por miedo, falta de vocación o que), pero el caso es que sobre el mismo objeto (pero con un valor superior) y sin quitar el anterior impuesto se impuso un impuesto que, además, hacía caso omiso de que el incremento gravado había pagado impuestos de construcción, impuestos de ventas, cargas sociales y otros gravámenes y, en el caso de la mayoría, los recursos que habían dado lugar al incremento también habían sido objeto del impuesto sobre la renta.  Súmese a ello que empezaron a cundir exoneraciones y rebajas al impuesto original (impuesto sobre bienes inmuebles), diz que por agricultura, por pobreza y por ser de interés social.  El resultado es un impuesto especial contra algunos para beneficio de otros, con la intermediación de los políticos, quienes repartirán casas como si ellos las hubieran construido.  No me referiré a las señales que se envían con el asunto, pero sí a que además el análisis de los valores declarados a las casas y su publicidad ha sido origen de escarnios y exhibición de intimidades.  ¿Impuesto castigador, vindicativo, exhibidor?

El otro tema surge con el anuncio gubernamental de que el Poder Ejecutivo se propone acabar con la mitad de la pobreza, eso sí siempre y cuando perciba los ingresos proyectados.  ¡Qué simple y qué fácil!  Repartidera de lo ajeno.  La paradoja es que, en nuestro Estado, nunca han sido tan grandes los ingresos públicos, nunca han sido tan inmensos los presupuestos de gasto público y nunca ha crecido tanto la pobreza. Para el buen entendedor, pocas palabras. Pero algunos son muy cerrados de mollera y entendederas. La lucha contra la pobreza se estaría centrando en cobrar impuestos para repartir con otros.  Es evidente que el mal hábito no ha tenido éxito.  Lo que sí ha resultado es en una mayor burocracia, una más cara burocracia, un Estado más grande, un Estado más Gastón y un crecimiento de la pobreza.  La carga del Estado, el crecimiento de la recaudación fiscal, tributaria, parafiscal y gravámenes públicos (incluyendo inflación y costo de los monopolios, sobre todo en materia de energía) más bien espantan a los empresarios, hacen cerrar a las empresas y desestimulan la formación de empresas (salvo las gestiones subsidiadas:  repartidera), complicando el empleo y la posibilidad de que cada cual salga de la pobreza por sus propios medios, por su esfuerzo, por su inventiva o por su trabajo. 

Hace unos días, en España se ha hecho escándalo con el descubrimiento de que uno de los dirigentes de la nueva izquierda (Podemos) gozaba de cómodos contratos de “investigación” en una universidad pública que ni siquiera pisa. Tal denuncia pone en evidencia una situación particular, que entre presupuestos públicos y autonomías las universidades públicas están sirviendo para otras cosas.  No es de extrañar que en nuestro propio patio sea de allí de donde salen presidentes, diputados y ministros.  No es extrañar que algunos prefieran “optar” por un permiso con salario, que cobrar el sueldo ministerial y tener permiso sin salario universitario, que algunos prefieran seguir con la jubilación magisterial que someterse al régimen general, que los convenios y los recursos sustraídos a la sociedad dan para todo eso.

No debe sorprender qué se hace con tan enormes presupuestos y porqué, a final de cuentas, la inversión que hacemos en educación privada escolar y colegial redunda en grandes beneficios cuando nuestros hijos llegan a la universidad pública.  No debe sorprender el contenido de las convenciones colectivas logradas al cuerno de presupuestos públicos ni porqué benefician casi más a los administrativos que a la propia labor docente.  No debe extrañar porqué se han convertido en nidos ideológicos ni porqué de ahí parten las luchas contra lo que pueda beneficiar a otros sectores de la sociedad.  No debe sorprender lo que pasa ni porqué de las universidades públicas surgen los mitos acerca de los impuestos y su necesidad y en relación con el modo de cobrarlos. 
El mito principal es que siempre hay grande evasión  (el ministro actual subraya la elusión, como si fueran términos similares).   Como dice Rodríguez Braun  siempre quieren cobrar más y no toman en cuenta lo mucho que se paga.  La cita clara dice:  (para los marxistas españoles)   “ …los únicos impuestos malos son los que aún no se pagan. En efecto, el antiliberalismo predominante jamás presta atención a los impuestos que sí se pagan: esos gravámenes siempre están bien, y si acaso hay que aumentarlos.”    Se olvidan de los gobiernos corruptos, la burocracia enquistada, las universidades cosificadas, los contribuyentes arruinados, los políticos mentirosos, los estatistas que paralizan la sociedad, los programas fracasados y las promesas incumplidas, solo piensan en los impuestos que no se pagan.   Hablan de evasión e elusión, confunden los términos y consideran que es dinero público per se.

En el centro del problema mismo, el mito consiste en creer (como los antiguos gobernantes, que eran dueños de todo) que el impuesto es la recuperación de lo suyo, olvidando que se trata de algo ajeno, capturado por coacción o imperio de la ley, olvidando el sentido del gasto público, olvidando las garantías constitucionales, olvidando los límites racionales y viviendo impunemente a costas de los demás. 

Federico Malavassi Calvo