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jueves, 26 de julio de 2012

Jumanji empresarial: ¿por qué no soy conservador?

El conservadurismo político-cultural es un envase con contenidos de claras variantes. Qué se conserva en cada territorio o era, desde luego, es algo absolutamente distinto. Son conservadores un ayatollah iraní, un rabino ortodoxo judío, un stalinista (en la Rusia de los 1950’s), un Legionario de Cristo (en el México de los 1990’s), pero también lo son Thomas Sowell, Pat Buchanan y Sarah Palin. ¿Qué tienen en común estos personajes, al margen de las -ojalá- obvias diferencias? Probablemente todos queremos ciertas certezas en un mundo incierto pero eso no nos vuelve conservadores culturales y políticos.

¿Qué cosas sí tienen en común los conservadores? Estimados lectores, permítanme un intento de síntesis y crítica dentro de lo que este espacio permite.
 
1) La naturaleza humana
 
El conservador considera que el ser humano es básicamente defectuoso. No está a la altura del Paraíso o Era Dorada (que puede ser el Edén judeocristiano, el comunismo primitivo de Marx-Engels o cualquier otro tipo de mitología conveniente) por lo cual debe ser liderado con firmeza y vigilancia, por un pastor digno de su rebaño.
 
Pero no, el ser humano es el portentoso fruto de millones de años de evolución. Posee capacidades cognitivas y morales únicas por su grado de desarrollo. Nunca un gato pensó “qué paisaje tan hermoso” ni una ardilla“¿a dónde va mi vida?” ni un perro jamás pensó “¿qué significa ser leal a mi mejor amigo en este contexto particular?”. Pero al mismo tiempo hay rasgos parciales en otros animales avanzados de estos procesos de formación de una psiquis. ¿Qué significa esto? Que esas capacidades vienen de procesos paulatinos y completamente naturales.

Es más, el ser humano viene equipado con ciertos circuitos (hardwiring) al igual que otros primates, para la empatía. Es decir, venimos equipados para la cooperación. El gran descubrimiento del ser humano, y que ningún otro primate ni especie animal posee es el trueque. A diferencia del comercio entre los sexos que puede ser observado en los bonobos (comida o status a cambio de sexo), el ser humano descubre una división del trabajo usando bienes enajenables. Es decir: entregar algo que valoramos (y es escaso y mensurable) a cambio de algo que valoramos aún más.

A través del comercio -que cabe recordar, es diez veces más antiguo que la agricultura- es que los seres humanos entablan división del trabajo (¡cooperación!) con extraños. Esto es algo absolutamente único en la naturaleza. Las hormigas y abejas tienen sistemas de división del trabajo relativamente interesantes, pero dentro de su familia biológica. El comercio va reemplazando cada vez más a la agresión como forma de relacionarse con extraños, y nos recuerda Steven Pinker que este es el momento más pacífico en la historia de la humanidad.
 
Y es el comercio el mecanismo para liberar tiempo (invito al lector a estudiar el principio más esencial de la cooperación recurrente con extraños: la ley de ventajas comparativas) que permite ir construyendo civilizaciones mediante el encuentro de ideas, arte, lenguaje y otras instituciones mengerianas.
 
¿Qué tiene que ver este -aparente- desvío hacia la biología, la antropología y la economía con el conservadurismo?
 
Todo, en realidad. Si el ser humano es cooperativo por naturaleza y a la vez el fruto de al menos dos millones de años de evolución biológica y cultural, no podemos decir tan a la ligera que es “malo” o “degenerado” (fallido, defectuoso) ni tampoco, desde luego que es “bueno” en algún sentido soso. Si bien los contextos no necesariamente condicionan las decisiones individuales podemos poner como polos extremos el Stanford Prison Experiment -o Auschwitz/Treblinka- por un lado y por el otro los miles de gestos de generosidad, ternura y heroísmo anónimos que jamás llegan a aparecer en los noticieros. En el medio una inmensa franja marcada por la cooperación y la confianza en menor o mayor medida. Mientras más amplios los lazos de confianza -demuestran psicólogos sociales como Esteban Laso en una sociedad, mejor será su calidad de vida cultural y material. Los entornos asfixian, envician o potencian, pero ciertamente el individuo tiene la capacidad de tomar decisiones morales -esta palabra no tiene nada que ver con religión, por cierto- más que cualquier otra cosa basado en su autoimagen y sus prioridades vitales -conocidas también como valores, otra palabra que los conservadores han pretendido monopolizar).

2) Su actitud vital: puritanismo, oposición al cambio y sumisión.
 
De lo que he podido observar, el rasgo personal más importante del modo de ser conservador es un grado elevado de puritanismo. Como lo definía el magnífico periodista y libertario H.L. Mencken:
Puritanismo: el atormentante miedo de que alguien, en algún lugar, pudiese ser feliz.
 
Esa frase va al corazón del altruismo la doctrina de Comte, ampliamente confundida con generosidad, solidaridad o caridad y que a su vez son distintas entre sí- en el plano del disfrute de la vida. El mensaje parece ser “que nadie disfrute hasta que todos puedan disfrutar”. Es como esa falacia usada por alguien de la familia en la niñez, “tómate la sopa, hay niños en África que no tienen qué comer”. Sí, es cierto, pero tanto la sopa como el disfrute son intransferibles a cientos o miles de kilómetros. Y a veces a pocos metros. Y de hecho la sopa o los recursos para hacerla/comprarla pueden al menos ser donados. Pero la alegría no. Que suframos no eleva el estado de ánimo de otros. Que nos neguemos placer en la vida tampoco hace ipso facto del mundo un lugar mejor. El placer de abrazar a un hijo para supuestamente enseñarle templanza. El placer de hacer el amor con alguien que apreciamos profundamente. El placer de bailar sin medir cada gesto por el que dirán (las voces en nuestra mente, incluso estando a solas). El de compartir carcajadas sin cálculo ni estrategia.
 
Esto no implica ser mezquinos y poco compasivos. Al contrario. Se puede hacer voluntariado con alegría, se puede luchar por causas impostergables con gusto y se puede ser generosos sin creer que eso nos resta permiso para darnos gustos necesarios.
 
El conservador no concibe nada de esto: quiere impedir por medio de mandatos morales o legislación el consumo de sustancias y el ejercicio de actividades recreacionales entre adultos. Por eso considera virtuosos los sacrificios y valores propios de la guerra: tanto en la formación como en el combate se “tiempla” el carácter de una forma que la sociedad comercial no puede ofrecernos a su modo de ver. Para el conservador no sólo debemos ser parcos, abnegados y castos sino que deben serlo los demás también. De hecho muchos conservadores suelen promover estándares de -supuesta- perfección humana para la cual claramente nadie pueda “estar a la altura.” De esa forma pueden sembrar culpa y manipular a los demás para obtener su atención, su tiempo y su dinero.
 
Los conservadores en esencia son platónicos y no artistotélicos. Platón decía que este es el mundo -ilusorio, pasajero- de lo fenomenal mientras que lo eterno y real es noumenal. Las eras platónicas de Occidente han sido las más oscurantistas pues bajo esa idea el conocimiento, la justicia y la alegría eran asunto de ultratumba. Siguiendo a Aristóteles, rechazo esa noción enteramente. Yo creo que ésta es la vida que debe ser vivida. Si existen otras o no es quizá irrelevante. En esta vida podemos y debemos buscar la eudaimonia. Es decir, la plena expresión en todos los campos. Personalmente tengo gustos modestos en muchos temas -que no en todos- pero ciertamente defiendo el derecho al lujo, el exceso y a aprender de los propios errores para todos.
 
Tampoco quiere el conservador que las familias puedan tener arreglos afectivos ni legales distintos que el que consideran tradicional. En realidad esa tradición tiene bastante poco tiempo en la historia. No que ser antiguo o nuevo vuelva a algo bueno per se, pero apelar a “lo natural” cuando hay cientos de especies animales que tienen relaciones homosexuales o a lo “tradicional” cuando hay familias nucleares hace muy poco tiempo en la historia, es un argumento de lo más fantástico. Es fantasía pura.
 
3. Formas de matrimonio en el Antiguo Testamento de la biblia cristiana.
 
Otra actitud vital conservadora es la oposición al cambio drástico. En ese plano sólo diré que fueron conservadores quienes querían una respuesta sobre “¿quién cosechará los campos?” antes de liberar a los esclavos. Muchas instituciones han demostrado éxito y complejidad asombrosa por su evolución a lo largo de cientos o miles de años. En esto el conservador muestra cierta prudencia sabia que buena falta le hace a un revolucionario. Sin embargo esa prudencia sin una vara para evaluar las instituciones y costumbres termina asfixiando toda riqueza y volviendo a los países (y familias) meros museos de glorias pasadas. La razón, en el sentido humeano -limitado- y no cartesiano -ilimitado- nos puede ayudar a evaluar si una institución -legal o cultural- es a) justa o b) productiva. Es muy difícil reformar racionalmente, pero sí se debe abolir lo que sea que traiga injusticia o sufrimiento innecesario.
 
La esclavitud puede ser todo lo tradicional que se quiera -de hecho aún existe entre ciertos grupos negros en África- pero eso no la hace justa. Las tradiciones deben ser tratadas con prudencia pero evaluadas sin misericordia.
 
Finalmente, su fijación con la autoridad y sumisión. Para la mentalidad conservadora, la autoridad debe ser respetada a como dé lugar. El conservador no reflexionó sobre la frase de Proudhon que dice “La libertad es la madre y no la hija, del orden”. Es en realidad a través de tratos libres (merecer y dar confianza) que las instituciones se plasman. No es el más fuerte el que impone las reglas en los grupos humanos exitosos. El uso de la fuerza tiene usos adecuados en sociedad, pero suplantar líderes con jefes no es uno de ellos. Si el “líder” obtiene su autoridad con engaños (¿la amenaza de un fuego eterno?) o amenazas (paredones, cárcel, expulsión del núcleo humano) entonces no es líder, es un jefe cualquiera.
 
Tampoco la sumisión a un texto sagrado, al padre, al marido, al hermano, al partido, al Estado, a la ley o a la mayoría es una virtud. Existen múltiples libros sagrados. Invito a los católicos a leer el Bhagavad Gita, a los musulmanes a leer el Zend Avesta y -ya que estamos en esas- a los ateos a leer “Lo que el Buda enseñó” de Walpola Rahula. El padre tiene cierto liderazgo evolutivo en los primates, pero la madre tiene otro en muchos planos así como superioridades en muchos planos. El marido es un compañero antes que nada (luego ya ambos verán sus roles dinámicos). El Estado tiene orígenes ilegítimos y funcionamientos truculentos inherentes, como nos enseñó el sociólogo Franz Oppenheimer. Y sobre la ley diré lo mismo que sobre la esclavitud: cada regla debe evaluarse contra una noción universalizable de derechos individuales. Si la ley viola los derechos innatos, la que debe violarse es la ley. La sumisión no es una virtud: sí el respetar los tratos y respetar a los demás. Cuando un trato (personal, social) nos exija someternos a lo que Ayn Rand llamó los Atilas del Cuerpo o los Atilas de la Mente, es hora de cambiar nuestro entorno.
 
Conclusiones
 
El conservadurismo es una actitud vital que mira hacia el pasado o a fuentes de autoridad supuestamente inapelables para hallar respuestas. No se trata de combatirlo con irreverencia ciega ni con escepticismo paralizante. Pero sí de entender sus aportes y limitaciones. Algo de conservadurismo es no sólo sano sino inevitable en cualquier grupo humano y frente a cualquier corriente nueva. Sin embargo no es es una filosofía para ser feliz ni dejar ser felices a los demás aquí y ahora. Parece propia de quien no cree en los demás y por eso pretende gobernar su mente y acciones. Yo creo que el ser humano tal y como es, es capaz de hacer un mundo mejor, por eso no soy conservador.

Juan Fernando Carpio

jueves, 13 de octubre de 2011

Jumanji empresarial: ¡lógica aplastante!


El análisis cognitivo es algo tan necesario para el ser humano como lo son la alimentación y la respiración. Sin esta facultad, el ser humano simplemente sucumbe ante el atropello de la naturaleza. El análisis lógico, así como el codificado y empírico (heurístico), juegan el papel de herramientas evolutivas disponibles para quien desée aplicarse un poco a su vida contemplativa. Ante esto, me permito generar una cierta disonancia cognitiva sobre la naturaleza del Estado, y lo hago a través de las siguientes cuestiones lógicas:

-Si la justificación para regular los mercados es que la mayoría de los ciudadanos somos unos ignorantes y carentes de ética, entonces, por lógica, los mismos reguladores también lo son, dado que estos no pueden dejar de ser un reflejo y extracto de la sociedad en general.

-Si la justificación para redistribuir riqueza por medio del Estado es que los individuos son egoístas y sociofóbicos por naturaleza, entonces, por lógica, los burócratas encargados de redistribuir la riqueza también padecerán del mismo mal y procurarán enriquecerse ellos mismos a costa de los individuos dispersos por el mundo.

-Si la justificación para un sistema educativo estatizado y estandarizado es que el mercado evolutivo resulta incapaz de proveer educación de calidad y de acreditar adecuadamente al capital humano necesario que requiere la evolución económica, entonces un Estado no evolutivo es, por lógica, aún mas incapaz de hacerlo.

-Si el ser humano ha probado ser tan productivo e innovador a lo largo de la historia, entonces ¿por qué dejamos que el miedo irracional, continuamente desatado por los irresponsables ambientalistas, detenga nuestro progreso y la búsqueda de bienestar a partir de la ciencia y la tecnología aplicada?

-Si el papel de la oferta del conocimiento científico y tecnológico, en el proceso de innovación, es potenciar la relación entre el mercado y la generación de innovaciones, siendo el mercado un espacio evolutivo, entonces ¿por qué es necesario un ministerio de ciencia y tecnología que nunca será "evolutivo" desde el punto de vista del desenvolvimiento de los mercados tecnológicos?

-Si la cultura que nos envuelve no es más que una serie de patrones abstractos, surgidos de la interacción e intercambio recíproco entre los individuos en una comunidad; entonces ¿para qué necesitamos un ministerio de cultura no emergente, sino más bien impuesto con el fin de que nos dosifique lo que sus elites adjuntas piensan que es cultura?

-Si la esencia del sistema económico es que los individuos produzcan lo que consumen y consuman lo que necesitan, intercambiando de la manera más eficiente y eficaz, lo cual es, por lógica, de la manera más libre, entonces ¿para qué necesitamos un ministerio de economía que, entre sus funciones, incluye la rectoría regulatoria de la industria y el comercio, y no la búsqueda de un verdadero mercado disputable?

-Si las necesidades de los individuos son evolutivas, entonces ¿por qué nos desgastamos protegiendo instituciones "no evolutivas" estatales que no satisfacen las verdaderas necesidades de los ciudadanos? Movilidad laboral, capacidad de prueba y error, y destrucción creativa, son algunas de las características evolutivas necesarias que las instituciones estatales nunca tendrán.

-Si ya sabemos de antemano que las cosas nunca mejoran con más leyes o más impuestos sino que solo a través del carácter moral y emprendedor de cada individuo, actuando con espíritu de reciprocidad entre sus semejantes, logra satisfacer las necesidades individuales y colectivas, entonces ¿para qué insistimos en proponer más leyes y más impuestos que lo único que logran es perpetuar la inoperancia institucional?.

-Si el empresario es el que descubre, el que coordina en los mercados y el que transforma el capital financiero en capital físico, innovando en todo el proceso, entonces ¿por qué cada día tenemos más burócratas y menos empresarios?

Por último: si tanto el Estado como la organización política democrática son una ficción mental, entonces ¿por qué una persona inteligente como yo trata de preguntar y de preguntarse tantas cosas sobre la lógica de cosas ilógicas?

Andrés Pozuelo Arce

lunes, 22 de octubre de 2007

Sobre la naturaleza de un gobierno


Un gobierno es una institución que posee el poder exclusivo de forzar ciertas reglas de conducta social en un área geográfica.

¿Necesitan los hombres tal institución y por qué?

Ya que la mente del hombre es su herramienta básica para sobrevivir, su instrumento para obtener conocimientos y guiar sus acciones, la condición básica que necesita es la libertad de pensar y actuar de acuerdo con su juicio racional. Esto no quiere decir que el hombre debe vivir solo y que una isla desierta es el ambiente que mejor satisface sus necesidades. El hombre puede derivar beneficios enormes de la cooperación con otros. El ambiente social es el que más conduce para su supervivencia exitosa, pero solamente en ciertas condiciones.

"Los dos grandes valores que se pueden obtener de la existencia social son: conocimientos e intercambio. El hombre es la única especie que puede transmitir y expandir cúmulos de conocimientos de generación en generación; los conocimientos que potencialmente están al alcance del hombre son mucho mayores que lo que un solo hombre pudiese comenzar a adquirir en una vida; cada hombre obtiene beneficios incalculables de los conocimientos descubiertos por otros. El segundo gran beneficio es la división del trabajo: permite que un hombre dedique su esfuerzo a un campo particular de trabajo y que intercambie con otros, quienes se especializan en otros campos. Esta forma de cooperación permite a todos los hombres que participan en ella adquirir mayores conocimientos, destreza y beneficios productivos de su trabajo que lo que lograrían si cada uno tuviera que producir todo lo que necesita, ya en una isla desierta o en una unidad agrícola autosuficiente.

"Pero estos mismos beneficios indican, delimitan y definen qué clase de hombres pueden ser de valor uno para el otro, y en qué clase de sociedad: únicamente hombres racionales, productivos e independientes, en una sociedad racional, productiva y libre". (The Objectivist Effects).

Una sociedad que roba al individuo el producto de su esfuerzo, o lo esclaviza, o pretende limitar la libertad de su mente, o le obliga a actuar en contra de su juicio personal una sociedad que establece un conflicto entre sus leyes y los requerimientos de la naturaleza del hombre no es, hablando estrictamente, una sociedad, sino una chusma unida por leyes de pandilla institucionalizada.

Tal sociedad destruye todos los valores de la coexistencia humana, no tiene justificación posible y representa, no una fuente de beneficio, sino la amenaza más mortal incomparablemente a la supervivencia del hombre. La vida en una isla desierta, es más segura y preferible a la existencia en la Rusia soviética o en la Alemania nazi.

Si los hombres han de vivir juntos en una sociedad pacífica, productiva y racional, y tratar uno con el otro para beneficio mutuo, tienen que aceptar el principio básico social, sin el cual no es posible una sociedad moral o civilizada: el principio de los derechos individuales.

Reconocer los derechos individuales significa reconocer y aceptar las condiciones que requiere el hombre por su naturaleza para sobrevivir adecuadamente.

Los derechos del hombre pueden ser violados únicamente por la fuerza física. Es únicamente por medio de la fuerza física que un hombre puede quitarle a otro la vida o esclavizarlo o robarle, o impedir que otro persiga sus propias finalidades, u obligarlo a actuar contra su propio juicio racional.

La precondición de una sociedad civilizada es la prohibición de la fuerza física en las relaciones sociales, estableciendo así el principio que si el hombre desea tratar uno con el otro, puede hacerlo únicamente por medio de la razón: mediante discusión, persuasión y acuerdo voluntario sin coerción. La consecuencia necesaria del derecho del hombre a su vida, es su derecho a defenderse. En una sociedad civilizada la fuerza puede utilizarse únicamente en vía de represalia y únicamente contra aquellos que iniciaron su uso. Todas las razones que convierten la iniciación de fuerza física en un mal, convierten el uso de la fuerza física en vía de represalia, un imperativo moral.

Si una sociedad "pacifista" renunciara al uso de la fuerza en vía de represalia, ella quedaría inútilmente a la merced del primer rufián que decidiese actuar inmoralmente. Tal sociedad lograría lo opuesto a su propia intención: en vez de abolir el mal, lo fomentaría y gratificaría.

Si una sociedad no provee protección organizada contra la fuerza, obligaría a cada ciudadano a vivir armado, convertir su hogar en una fortaleza, y disparar a los extraños que se acercasen a su puerta, o a asociarse a una pandilla de ciudadanos para protegerse, quienes pelearían con otras pandillas, formadas para el mismo propósito, y así traería la degeneración de esa sociedad al caos: al dominio por pandilla, es decir, gobierno por fuerza bruta, hacia la guerrilla de tribu típica de salvajes prehistóricos.

El uso de la fuerza física aun en vía de represalia no puede dejarse a la discreción de los ciudadanos individuales. La coexistencia pacífica es imposible si el hombre tiene que vivir bajo la amenaza constante del uso de la fuerza bruta por parte de sus vecinos en cualquier momento. Ya sea que las intenciones de sus vecinos sean buenas o malas, que sus juicios sean racionales o irracionales, que estén motivados por un sentido de justicia o por ignorancia o prejuicio o malicia, el uso de la fuerza contra un hombre no puede dejarse a la decisión arbitraria de otro.

Visualice, por ejemplo, qué pasaría si un hombre perdiese su cartera, concluyese que se la han robado, y entrase en todas las casas del vecindario a buscarla, matando al primer hombre que le mirase en forma sospechosa, tomando tal mirada como prueba de culpabilidad.

El uso de la fuerza de represalia requiere reglas objetivas para establecer pruebas de que un crimen ha sido cometido y probar quién lo ha cometido, así como también reglas objetivas para definir castigos y procedimientos para implementarlos. Los hombres que pretenden perseguir crímenes sin tales reglas, constituyen una chusma furiosa. Si una sociedad dejase el uso de la fuerza represiva en las manos de ciudadanos individuales, degeneraría hacia la ley de la jungla y hacia una serie interminable de vendetas y guerras privadas.

Si la fuerza física va a ser excluida de las relaciones sociales, el hombre necesita una institución encargada de la tarea de proteger sus derechos y supeditada a un código objetivo de reglas.

Esta es la función de un Gobierno de un legítimo Gobierno, su función primordial, su única justificación moral y la razón por la cual los hombres sí necesitan un gobierno.

Un gobierno es el medio que coloca el uso de la fuerza física represiva bajo el control objetivo. Es decir, bajo leyes definidas objetivamente.

La diferencia fundamental entre una acción privada y una acción gubernamental, una diferencia completamente ignorada y evadida hoy día descansa en el hecho que el gobierno tiene el monopolio del uso legal de la fuerza física. Tiene que tener tal monopolio, ya que es el agente para restringir y combatir el uso de la fuerza y, por esa misma razón, sus acciones tienen que ser rígidamente definidas, delimitadas, y circunscritas; ni el más ligero capricho o antojo debe serle permitido en el cumplimiento de sus obligaciones; debe actuar como robot impersonal, con la ley como su única fuerza motivadora. Si una sociedad ha de ser libre, su gobierno tiene que estar controlado.

Bajo un sistema social adecuado, un individuo particular es legalmente libre para tomar cualquier acción que desea, siempre que no viole los derechos de otros, mientras que un funcionario gubernamental está limitado por ley en cada uno de sus actos oficiales. Una persona individual puede hacer todo aquello excepto lo que está legalmente prohibido; un funcionario gubernamental no puede hacer nada excepto aquello que está legalmente permitido.

Esta es la manera de subordinar la "fuerza" al "derecho". Éste es el concepto estadounidense de "un gobierno de leyes y no de hombres".

La naturaleza de las leyes propias a una sociedad libre y de la fuente de la autoridad gubernamental, se derivan de la naturaleza o propósito de un gobierno adecuado. El principio básico de ambas está indicado en la Declaración de Independencia: "para afianzar estos derechos (individuales), los hombres instituyen gobiernos derivando su justo poder del consentimiento de los gobernados...".

Ya que la protección de los derechos individuales es la única función propia de un gobierno, igualmente la es la única función impropia de la legislación: todas las leyes deben estar basadas en los derechos individuales y dirigidas hacia su protección. Todas las leyes deben ser objetivas (y objetivamente justificables): los hombres deben saber claramente y con anticipación a sus actos, lo que la ley les prohibe hacer (y por qué), qué constituye un delito y cuál es el castigo que sufrirán sí lo cometen.

La fuente de autoridad del gobierno es "el consentimiento de los gobernados". Esto quiere decir que el gobierno no es el mandante, sino el que sirve, el mandatario, o sea un agente de los ciudadanos; eso significa que el gobierno como tal no tiene más derechos excepto los derechos delegados en él por los ciudadanos para un objeto específico.

Existe únicamente un principio básico, al cual el individuo debe consentir si desea vivir en una sociedad libre y civilizada: el principio de renunciar al uso de la fuerza física y delegarle al gobierno su derecho de autodefensa, con objeto de que la implementación sea ordenada, objetiva y legalmente definida, O, poniéndolo de otra manera, debe aceptar la separación de la fuerza y el capricho (cualquier capricho, incluyendo los propios).

Pues bien, ¿qué sucede en caso de desacuerdo entre dos hombres referente a alguna actividad en la cual ambos están involucrados? En una sociedad libre, los hombres no están obligados a tratar unos con los otros. Ellos lo hacen únicamente por acuerdo voluntario y, cuando existe un elemento de tiempo, mediante contrato. Si un contrato es quebrantado por la decisión arbitraria de un hombre, puede causarle daños financieros desastrosos al otro, y la víctima no tendría otro recurso que arrebatarle al que lo ha ofendido su propiedad en vía de compensación. Pero nuevamente, el uso de la fuerza no puede dejarse sujeto a la decisión de individuos particulares. Y esto nos lleva a una de las funciones más importantes y más complejas de un gobierno: la función de árbitro que arregla disputas entre los hombres de acuerdo con leyes objetivas.

Los delincuentes son una pequeña minoría en cualquier sociedad semicivilizada. Pero la protección e implementación de contratos a través de cortes de ley civil, es la necesidad más crucial de una sociedad pacífica; pues, sin tal protección, ninguna civilización podría ser desarrollada o mantenida.

El hombre no puede sobrevivir, como lo hacen los animales, actuando bajo el impulso del momento inmediato. El hombre tiene que proyectar sus finalidades y alcanzarlas a través del tiempo; tiene que calcular sus actos y planificar su vida a largo plazo. Mientras mejor sea la mente del hombre y mientras mayor sus conocimientos, mayor el plazo de su planificación.

Mientras más elevada y compleja una civilización, mayor será el plazo de sus actividades y, por lo tanto, mayor será el plazo de los acuerdos contractuales entre los hombres, y más urgente será su necesidad de proteger la seguridad de tales acuerdos. Y aun una necesidad primitiva a base de trueque no podría funcionar si un hombre, después de haber acordado entregar un quintal de papas a cambio de una canasta de huevos, y después de haber recibido los huevos, rehusara entregar las papas. Visualice las consecuencias de este tipo de acción caprichosa en una sociedad industrializada, donde los hombres entregan millones de dólares de bienes al crédito, o contratan las construcciones de miles de millones, o firman contratos a noventa años.

El rompimiento unilateral de un contrato involucra el uso indirecto de la fuerza física: consiste, en esencia, en que un hombre recibe valores materiales, bienes o servicios de otro, y entonces rehusa pagar por ellos reteniéndolos por la fuerza (por la mera posesión física), y no por derecho, es decir, que los guarda sin el consentimiento de su dueño. El fraude involucra un uso similar indirecto de la fuerza: consiste en obtener valores materiales sin el consentimiento del dueño bajo premisas o pretensiones falsas. La extorsión es otra variante del uso indirecto de la fuerza: consiste en obtener valores materiales, no a cambio de valores, sino mediante la amenaza, fuerza, violencia o daño. Algunas de estas acciones evidentemente son criminales. Otras, como el rompimiento unilateral de un contrato, puede que no esté motivada criminalmente, pero puede ser causada por irresponsabilidad o irracionalidad. Otros podrán ser asuntos complejos con algo de justicia en ambos lados. Pero sea el caso que fuere, todas esas disputas tienen que sujetarse a leyes objetivamente definidas y tienen que ser resueltas por un árbitro imparcial, aplicando las leyes, en otras palabras, por un juez (y un jurado cuando corresponde). Obsérvese el principio básico que rige a la justicia en todos estos casos: es el principio que ningún hombre puede obtener valores de otros sin el consentimiento del dueño y, como corolario, que los derechos del hombre no pueden abandonarse a la suerte de la decisión unilateral, el juicio arbitrario, o el capricho y juicio irracional de otro hombre.

Tal en esencia, es el fin propio de un gobierno: hacer la existencia social posible a los hombres, mediante la protección de los beneficios y combatiendo los males que los hombres pueden causarse unos a otros.

La función propia de un gobierno cae dentro de tres amplias categorías, todas las cuales involucran el punto del uso de la fuerza y la protección de los derechos del hombre: la Policía, para proteger a los hombres de los criminales; las Fuerzas Armadas, para proteger a los hombres de invasores extranjeros; las Cortes, para decidir disputas de acuerdo con leyes objetivas.

De estas tres categorías se derivan muchas situaciones y corolarios, y su implementación en la práctica, en forma de legislación específica, es enormemente compleja. Pertenece a un campo especial de la ciencia: la filosofía de la ley. Muchos errores y muchos desacuerdos son posibles en el campo de la implementación, pero lo que es esencial aquí, es el principio que ha de implementarse: el principio que el objeto de la ley de un gobierno es la protección de derechos individuales.

Hoy, ese principio está olvidado, ignorado y evadido. El resultado es el presente estado del mundo, con la regresión de la humanidad hacia la tiranía absolutista sin ley, hacia el salvajismo primitivo de gobierno por la fuerza bruta.

En actitud de protesta insensata contra esta tendencia, algunas personas presentan la cuestión de que siendo tales gobiernos tan malos por naturaleza, si no será la anarquía el sistema social ideal. La anarquía, como concepto político, es una abstracción que flota ingenuamente: por todas las razones discutidas antes, una sociedad sin un gobierno organizado estaría a merced del primer criminal que llegase, el cual la precipitaría hacia el caos de las guerrillas pandilleras. Pero la posibilidad de inmoralidad humana no es la única objeción a la anarquía: aún en una sociedad donde cada uno de sus miembros fuese completamente racional y sin tacha moral, no podría funcionar en estado de anarquía, es la necesidad de leyes objetivas y de un árbitro para desacuerdos honrados dentro de los hombres que crea la necesidad de establecer un gobierno.

Una variante reciente de la teoría anarquista, que está confundiendo a algunos jóvenes que abogan por la libertad, es el espantoso absurdo llamado "gobiernos en competencia". Aceptando la premisa básica de los modernos estatistas que no ven la diferencia entre las funciones de un gobierno y la función de la industria, entre la fuerza y la producción, y que abogan por la propiedad estatal de los negocios, los proponentes de "gobiernos en competencia" toman el otro lado de la misma moneda y declaran que ya que la competencia es tan beneficiosa para los negocios, debería aplicarse también a los gobiernos. En vez de un solo gobierno monopolista, declaran, debiera existir un número de diferentes gobiernos en la misma área geográfica, compitiendo por la lealtad de los ciudadanos individuales, dejando a cada ciudadano libre de escoger y estar con el gobierno que escoge.

Recordemos que el control del hombre por la fuerza es el único servicio que un gobierno puede ofrecer. Pregúntese qué significaría la competencia en control forzoso.

No puede llamársele a esto una teoría contradictoria en terminología, ya que evidentemente carece de comprensión de los términos "competencias" y "gobierno". Tampoco puede llamársele una abstracción flotante, ya que es carente de cualquier contacto o referencia a la realidad y no puede concretarse, ni siquiera en forma aproximada. Una ilustración será suficiente: supongamos que el Sr. Smith, un cliente del gobierno "A", sospecha que su vecino, el Sr. Jones, quien es cliente del gobierno "E", le ha robado; un destacamento de la policía "A" llega a la casa del Sr. Jones y encuentran en la puerta un destacamento de la policía "B", que declara que no aceptan la validez de la acusación del Sr. Smith y que no reconocen la autoridad del gobierno "A". ¿Qué sucede entonces? Siga usted adelante con el ejemplo.

La evolución del concepto del gobierno ha tenido una larga y difícil historia. Alguna idea de la función propia de un gobierno parece haber existido en toda sociedad organizada, manifestándose en un fenómeno tal como el reconocimiento implícito (aunque a veces no existente) de la diferencia entre un gobierno y una pandilla la aureola de respeto y de autoridad moral otorgada a un gobierno como el guardián de la "ley y el orden", el hecho que aun los gobiernos más malos reconocieron la necesidad de mantener alguna apariencia de orden y alguna pretensión de justicia, aunque fuese únicamente rutina y tradición, y de proclamar más de alguna justificación moral por su poder, ya de naturaleza mística o social. Así como los monarcas absolutos de Francia tuvieron que invocar "Los Derechos Divinos de Los Reyes", los dictadores modernos de la Rusia soviética tienen que gastar fortunas en propaganda para justificar su poder ante los ojos de los sujetos esclavizados.

En la historia del hombre, la comprensión de la propia función de un gobierno es de logro reciente. Únicamente tiene 200 años de edad y data de la revolución estadounidense. No solamente identificaron la naturaleza y la necesidad de una sociedad libre, sino encontraron la manera de traducirla a la práctica. Una sociedad libre como cualquier otro producto humano no puede obtenerse por casualidad, mediante el mero deseo ni sólo por la "buena voluntad" de sus líderes.

Un complejo sistema legal, basado en principios de validez objetivos, son requeridos para hacer una sociedad libre y mantenerla libre, un sistema que no depende de las motivaciones, del carácter moral o de las intenciones de algún funcionario público, un sistema que no ofrece oportunidad ni "salidas" para el desarrollo de la tiranía.

El sistema estadounidense de poderes balanceados y limitados consistió en tal hazaña. Y aunque ciertas contradicciones en la Constitución sí dejaron algunas salidas para el crecimiento del estatismo, la hazaña incomparable fue el concepto de una Constitución como medio para limitar y restringir el poder del gobierno.

Hoy día, cuando se está haciendo un gran esfuerzo conjunto para borrar este punto, no se puede repetir con demasiada frecuencia que la Constitución es una limitación al gobierno y no al individuo particular que no ordena la conducta del individuo particular, sino únicamente la conducta de un gobierno-, que no es una carta para poder estatal, sino una carta de protección ciudadana contra el gobierno.

Ahora considere la generalización del concepto moral y político invertido en el concepto prevaleciente de gobierno. En vez de ser un protector de los derechos del hombre, el gobierno se está convirtiendo en el violador más peligroso; en vez de guardar la libertad, los gobiernos están estableciendo esclavitud; en vez de proteger a los hombres de los iniciadores de la fuerza física, los gobiernos están iniciando la fuerza física y coerción en la forma y en los casos que le place. En vez de servir como el instrumento de objetividad en las relaciones humanas, los gobiernos están creando un mortal y subterráneo reinado de la inseguridad y miedo, mediante leyes no objetivas, cuya interpretación se deja a las decisiones arbitrarias de burócratas ocasionales; en vez de proteger a los hombres del daño por caprichos, los gobiernos se abrogan el poder del capricho ilimitado, en tal forma que rápidamente estamos llegando a la etapa de última inversión: la etapa cuando el gobierno es libre de hacer cualquier cosa que le plazca, mientras los ciudadanos actúan únicamente por permiso; que es la etapa de los períodos más oscuros de la historia humana, la etapa de gobierno por la fuerza bruta.

Muchas veces se ha mencionado que a pesar del progreso material, la humanidad no ha alcanzado un grado comparable de progreso moral. Tal expresión generalmente es seguida por alguna conclusión pesimista referente a la naturaleza humana. Es cierto que el estado moral de la humanidad es vergonzosamente bajo. Pero cuando uno considera las monstruosas inversiones morales de los gobiernos (hechas posibles por una moralidad altruista colectivista), bajo la cual la humanidad ha tenido que vivir a través de la mayor parte de su historia, uno principia a asombrarse cómo los hombres han logrado preservar aún un semblante de civilización, y cual vestigio indestructible de autoestimación, lo ha mantenido caminando sobre dos pies.

Uno también principia a ver más claro la naturaleza de los principios políticos que tienen que llegarse a aceptar y a advocar, como parte de la batalla, por el renacimiento intelectual del hombre.

Ayn Rand