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sábado, 31 de mayo de 2008

Menos que basura


Como nunca antes en la historia del mundo, el posmodernismo y el arte contemporáneo han abierto las puertas a las peores estafas estéticas. Los cánones de la belleza se han tornado tan laxos, que todo lo lo legitiman y celebran.

Dejemos de lado por una vez el famoso orinal de Duchamp, expuesto cual obra de arte egregia en el Louvre. Esta pieza, por insólita que parezca, tiene siquiera el mérito de forzar una revisión del concepto de obra de arte canónica y de su presencia en ese espacio acotado que llamamos “museo”. Vámonos a cosas mucho más aberrantes. A continuación, tres ejemplos cuyo juicio dejo a mis lectores.

Tres ejemplos. En la prestigiosa Bienal Centroamericana, un “artistazo” de esos que se pasan la vida “rompiendo esquemas” amarra a un perro a un poste y lo deja morir de hambre y de sed ante la mirada ora indignada, ora extática de los espectadores. La razón de este perverso proyecto estético consiste en asistir a la agonía y muerte del pobre animal. Supongo que la intención del insigne genio responsable de esta atrocidad no es otra que el de suscitar una reflexión trascendental sobre la decrepitud y muerte del ser humano. Lástima que, para mejor comunicar su mensaje, no se haya amarrado él mismo, dejádose morir entre convulsiones, para el arrobamiento estético de su público.

Otra reconocida exposición nos ofrece el espectáculo de un niño con síndrome de Down, de pie sobre una silla, mudo, inmóvil, expuesto a la mirada cosificadora y morbosa de los asistentes. La esencia de este experimento escapa, una vez más, a mi comprensión, pero está claro que convertir a un ser humano en objeto estético viola, en este caso, el espíritu mismo de los derechos humanos: respetar la integridad física y síquica del hombre, esto es, su dignidad fundamental. La relación entre seres humanos no radica en la dinámica sujeto-objeto, sino en un equipotencial y recíproco vínculo sujeto-sujeto.

La música no se queda atrás, con el “Concierto para burro y orquesta”, cuyo autor no identifico a fin de no contribuir a cimentar su “gloria”. El ejercicio consiste en hacer entrar a escena a un asno a guisa de solista, acompañado por una orquesta sinfónica con toda la dignidad que una institución de este jaez supone. A la indicación exacta del director, la bestia es azotada hasta hacerla relinchar, de manera que se establezca el diálogo solista-orquesta característico del género concertante.

“Todo es genuino”. Estos engendros representan la infantil contestación que la posmodernidad levanta contra todo canon estético alguna vez juzgado absoluto. Ahora toda forma de “arte” es genuina, todo mamarracho, digno del reconocimiento que concedemos al David de Miguel Ángel, o a la Novena Sinfonía , de Beethoven.

Tales abyecciones “artísticas” degradan al ser humano, atormentan a los animales hasta la muerte, e idiotizan a los espectadores. Son imputables desde el punto de vista de los derechos humanos, de la bioética, del principio de paz con la naturaleza, del más elemental sentido del respeto y la compasión.

A sociedad perversa, arte perverso. La corrupción de una nación comienza con la corrupción de su arte y de su palabra. Producir una honda conmoción humana es una condición necesaria, pero no una condición suficiente para la vivencia estética. No todo lo que nos conmociona (piedad, repugnancia, indignación, asco, rabia, estupor) tiene cartas credenciales en el dominio del arte.

¿Está agotado Occidente? ¿Será que no tenemos ya nada qué decir? La sucesión cada vez más rápida de las vanguardias, ¿nos habrá llevado a la esterilidad estética? No basta con decir que el arte refleja a la sociedad que lo crea –un lugar común más socorrido de la cuenta–. Yo creo que la verdad correlativa es, por lo menos, igualmente cierta: el arte crea a la sociedad, la forma o deforma, la enaltece o envilece, la ayuda a generar conciencia o la imbeciliza.

Responsabilidad. Y esto nos lleva al tema de la responsabilidad ética del artista. Todo gran creador ha sido un aliado de la humanidad. Un sanador, un educador, un profeta. Su ocasional aislamiento de la sociedad (Beethoven) no obedece a la misantropía, sino a la necesidad de reclusión, de introspección que el legado de una obra artística requiere. No se hace arte sin compromiso social. No hay artista que no ame al ser humano. El auténtico creador despierta conciencias, le revela al hombre mundos de belleza insospechados, lo inicia en una latitud del ser nunca habitada.

Pero también hay mercenarios que, por afán de reconocimiento o por mera venalidad, vomitan sobre el mundo y quieren ser aplaudidos por ello. El problema no son ellos, son, antes bien, aquellos que les brindan espacios para perpetrar sus crímenes de lesa humanidad: los organizadores de exposiciones plásticas, de festivales musicales, de certámenes artísticos, de revistas culturales. Un idiota hará idioteces siempre que se le permita hacerlo. Los verdaderos responsables son aquellos que les proporcionan tarimas para que exhiban sus abominaciones.

Al artista le ha sido concedido un don. Su gozosa obligación consiste en compartirlo con sus semejantes. Esto conlleva una gran responsabilidad: conferirle sentido a la vida –no siempre placentero, a veces doloroso– y hacer del ser humano una criatura más armónica, más lúcida, más noble.

Jacques Sagot