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martes, 24 de junio de 2008

Ecuador: Ambientalistas obtusos


“Ecuador será un país libre de transgénicos”, dijo el presidente de la Asamblea Constituyente, Alberto Acosta. Sería saludable tener líderes que cuando tratan de intervenir en cuestiones de suma importancia para la salud de los individuos, hagan un balance de los beneficios y perjuicios.

En el 2001 la Unión Europea publicó un resumen de 81 estudios científicos—comisionados por ella—en el cual se establecía que todos los estudios concluían que los procesos tecnológicos detrás de los transgénicos “probablemente los hacen más seguros que los cultivos tradicionales de plantas”. En el 2005 la Organización Mundial de Salud concluyó que “es improbable que [los organismos genéticamente modificados] presenten más riesgos para la salud humana que sus contrapartes convencionales”.

Indur Goklany en su libro The Improving State of The World (2007) argumenta que los beneficios de los transgénicos exceden sus potenciales perjuicios. La prensa se ha enfocado mucho en el sensacionalismo de las posibles consecuencias negativas por lo que yo utilizaré este espacio para destacar lo que Goklany dice acerca de los beneficios.

Él señala que hoy en día la agricultura constituye el 38% del uso de la tierra y 85% del consumo de agua fresca. No es una exageración, por lo tanto, decir que la principal amenaza al medio ambiente es conversión de hábitats naturales hacia el uso agrícola.

Lo ideal, si uno está genuinamente preocupado por el medio ambiente y el hambre, sería producir más alimentos en menos tierra. ¿Cómo se hace eso sin la ayuda de los transgénicos? Expandiendo la cantidad de tierras bajo cultivo. Si no se utilizan transgénicos el área bajo cultivo a nivel mundial aumentará por lo menos en 182 millones de hectáreas (Mha). No obstante, si se permite la biotecnología la cantidad de tierras bajo cultivo podría más bien ser reducida en 193 Mha para 2050.

Si el hambre es un problema de urgencia y seguramente lo es para los 854 millones de individuos que actualmente tienen deficiencias calóricas, los transgénicos podrían ser la respuesta.

Un ejemplo de esto es el algodón Bt en la India. Este país es el tercer productor más importante de algodón en el mundo y el algodón es uno de los cultivos que más pesticidas requiere. En 1998, algunos agricultores se enteraron de que el rendimiento podría aumentar entre 14 y 38 por ciento sin necesidad de rociar los cultivos y desesperados por una tecnología más confiable y por su supervivencia, plantaron algodón Bt ilegalmente en alrededor de 10.000 hectáreas. El gobierno amenazó con confiscar y quemar la cosecha pero finalmente no lo hizo y para marzo de 2002 legalizó el cultivo de ese transgénico. Una encuesta realizada en 2003 había demostrado que el rendimiento por hectárea había aumentado en un 29%, reducido el uso de pesticidas en un 60% y aumentado las ganancias netas de los agricultores en un 78% en comparación a los agricultores que no utilizaron el algodón transgénico. El algodón Bt resultó ser bueno para el agricultor, el medio ambiente y el consumidor.

Si los ambientalistas obtusos—que en base a miedos no científicamente comprobados quieren cerrarse a los avances tecnológicos—tienen una mejor solución para el hambre y el retraso del agro en el mundo en vías de desarrollo, seguimos esperando que la propongan. Simplemente oponerse a algo sin presentar alternativas no es constructivo y seguramente no llenará los estómagos de los pobres del mundo ni los bolsillos de nuestros agricultores.


Gabriela Calderón

sábado, 1 de marzo de 2008

¿Lobo, lobo? Posturas encontradas ante el cambio climático


La protección del medio ambiente es hoy casi una religión y la comunidad de los verdes un remedo de iglesia, con su acompañamiento de evangelios, beatificaciones y excomuniones. En escuelas y colegios, la ecología es el nuevo dogma educativo. Políticos fracasados ven recompensadas sus prédicas con prestigiosos premios internacionales. Los partidos de izquierdas, huérfanos de doctrina desde que cayó el muro de Berlín, blanden la bandera del clima para renovar sus ataques contra la ciudadela del libre mercado. Muchedumbre de novelistas, cineastas, actores resucitan la historia de David y Goliat, en la que bellas periodistas consiguen derribar brutales corporaciones contaminadoras. Las empresas pulen su imagen con adhesiones al crecimiento sostenible. La opinión pública, siempre sensible a las buenas causas, acepta con creciente resignación la necesidad de cambiar de modo de vida para salvar el planeta Tierra. Tanto ruido parece poco acorde con la serenidad que exige el diagnóstico y solución de un problema que quizá no sea tan grave y urgente como se dice.

Desde el punto de vista científico y técnico, son tres las cuestiones que plantea el crecimiento de la población y su consumo cada vez más intenso de energías fósiles: si es cierto que la atmósfera terrestre viene recalentándose; si tal recalentamiento es catastrófico; y si hay remedio a nuestro alcance.

La medición del recalentamiento, si lo hay, no es sencilla, pues estamos hablando de fracciones de grado centígrado por término medio y a lo largo de muchos años. La predicción es aún más complicada, porque se base en extrapolaciones de modelos de la evolución histórica del clima terrestre. Los economistas sabemos lo poco fiable que es reducir miles y miles de datos pasados a ecuaciones que los sintetizan y luego suponer que las tendencias y relaciones causales se mantienen estables a lo largo del tiempo. Una agencia de la ONU, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, que en noviembre mantuvo una sonada reunión en Valencia, ha tenido que cambiar recientemente su cálculo del recalentamiento global porque un experto informático recalculó la estadística de temperatura mundial durante el siglo XX con más decimales: el resultado fue que las temperaturas más altas del siglo habían ocurrido en la década de 1930 y que las del s. XXI hasta el momento son menores que las de los años noventa. Hay muchas y muy diversas opiniones sobre qué vaya a pasar durante el resto del presente este siglo, pues en la historia de la humanidad ha habido alternancia de glaciaciones y recalentamientos no atribuibles a la casi imperceptible huella energética de la humanidad.

Sin embargo, somos cada vez más los habitantes de la Tierra, a pesar de que el aumento del número de los humanos pierde velocidad. La reducción de la pobreza y el crecimiento económico en China e India, e incluso en América Latina y África, ha dado lugar a un creciente consumo de energía. Parece lógico que ello dé lugar a crecientes emisiones de gases causantes de recalentamiento atmosférico. La cuestión es cuánto y a qué velocidad.

El número de septiembre de 2007 del “Journal of Economic Literature” trae dos artículos que definen con mucha claridad el dilema científico que plantea el posible recalentamiento de la atmósfera terrestre. El primero es de William Nordhaus, catedrático de Silvicultura y Estudios ambientales de la Universidad de Yale, y co-editor del manual de economía de Samuelson, a partir de la duodécima edición. Consiste el trabajo en una reseña del Informe encargado por el Gobierno británico a un equipo dirigido por el profesor Stern. La crítica fundamental de Nordaus se dirige a la base financiera de la propuesta del Informe Stern, cuya tesis era que el tomar inmediatas medidas para corregir la deriva hacia el recalentamiento sería mucho menos costoso que el aplazarlas hasta que su necesidad se hiciera del todo evidente. El Informe Stern evalúa el monto del daño causado a las generaciones futuras como si tuviese lugar hoy. Dicho en términos más técnicos, la tasa de descuento utilizada por Stern es próxima a cero. Ello equivale a decir que un daño causado dentro diez, veinte o cincuenta años es como si ocurriese en el momento presente. Es como considerar que dinero futuro vale igual que dinero presente. Pero la tasa de interés, como bien saben los españoles que pagan su hipoteca, no es nula: todos preferimos aplazar nuestras deudas para que la carga sea menor y la soportemos cuando tengamos mejores ingresos. Señala Nordhaus que, si exageramos el coste presente del recalentamiento atmosférico futuro, nos inclinaremos a realizar ahora inversiones mucho más cuantiosas de lo necesario en energías alternativas y con ello corremos el peligro de reducir nuestro crecimiento económico. Al fin y a la postre, si crecemos menos o nada, nuestra capacidad de enfrentarnos con las consecuencias del recalentamiento dentro de algunos decenios serán menores o nulas.

El segundo artículo de la mencionada revista se plantea la posibilidad de que el recalentamiento no sea de lento deterioro, sino rápido y acumulativo. Lo escribe Martin Weitzman, catedrático de economía de la John F. Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard. Weitzman defiende el punto de vista de que la toma de medidas onerosas en la actualidad para reducir el gasto de energías contaminantes debería verse como una prima de seguro contra la posibilidad, más que probabilidad de que el empeoramiento del clima adquiera caracteres catastróficos. ¿Sería posible una desertización repentina de la Tierra, como nos ha contado Jarred Diamond que pasó con la Isla de Pascua?

Mi conclusión es que el tamaño de la Tierra, los recursos naturales que nos quedan aún en abundancia, lo casi imperceptible del recalentamiento y la capacidad tecnológica de la Humanidad inclinan el argumento del lado de Nordhaus. Habrá que tomar medidas pero no tan drásticas como piden los que gritan ¡lobo, lobo! La exageración de los peligros puede llevar la opinión pública un escepticismo quizá más peligroso que una prudente corrección de rumbo.


Pedro Schwartz

lunes, 14 de enero de 2008

Bjorn Lømborg


Dejen de pelearse por el calentamiento global—aquí está la manera inteligente de atacarlo.

Todas las miradas están puestas sobre los glaciares que se derriten en Groenlandia. Este año, delegaciones de políticos estadounidenses y europeos han peregrinado a una de estas masas de hielo en Ilulissat, donde declaran estar viendo ocurrir el cambio climático delante de sus ojos.

Curiosamente, algo que rara vez es mencionado es que las temperaturas en Groenlandia eran más altas en 1941 que lo que son hoy. O que las tasas de derretimiento alrededor de Ilulissat eran más altas durante la primera parte del último siglo, de acuerdo a un nuevo estudio. Y mientras las delegaciones aterrizan primero en Kangerlussuaq, alrededor de 100 millas al sur, todos cambian de avión para ir directamente a Ilulissat—tal vez porque el glaciar de Kangerlussuaq está creciendo inconvenientemente rápido.

Indico esto no para cuestionar la realidad del calentamiento global o el hecho de que en gran parte es causado por los seres humanos, sino debido a que la discusión acerca del cambio climático se ha vuelto una pelea desagradable, con un bando argumentando que estamos dirigiéndonos hacia una catástrofe y el otro sosteniendo que todo es una gran mentira. Yo sostengo que ninguno de los dos bandos está en lo correcto. Está mal negar lo obvio: La Tierra se está calentando y nosotros lo estamos causando. Pero esa no es toda la historia y las predicciones de un desastre que se aproxima simplemente no cuadran con la evidencia.

Tenemos que redescubrir el punto medio en el que podamos tener una conversación sensible. No deberíamos ignorar el cambio climático o las medidas que lo podrían combatir. Pero deberíamos ser honestos acerca de los defectos y costos de esas medidas, como también acerca de los beneficios.

Los grupos ambientalistas dicen que la única manera de lidiar con los efectos del calentamiento global es reducir drásticamente las emisiones de dióxido de carbono—un proyecto que le costará al mundo billones (solamente el Protocolo de Kyoto costaría $180 mil millones al año). Las investigaciones que he realizado a lo largo de la última década, comenzando con mi primer libro El Ambientalista Escéptico, me han convencido de que esta actitud no tiene sentido; implica gastar una cantidad exorbitante de dinero para lograr muy poco. En cambio, deberíamos estar pensando creativamente y pragmáticamente sobre cómo podríamos combatir los numerosos y más importantes retos que enfrentan a nuestro planeta.

Nadie sabe con certeza cómo ocurrirá el calentamiento global. Pero deberíamos hablar acerca de los cálculos más ampliamente aceptados. De acuerdo al Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC, pos sus siglas en inglés), los niveles de los océanos aumentarán en este siglo entre 15 y 60 centímetros, con la mejor expectativa siendo alrededor de 30 centímetros, principalmente debido a que el agua se expande mientras más se calienta. Esto es similar a lo que el mundo experimentó en los últimos 150 años.

Algunos individuos y organizaciones ambientalistas se quejan de que el IPCC ha subestimado severamente el derretimiento de los glaciares, especialmente en Groenlandia. En realidad, el IPCC ha calculado el derretimiento probable de Groenlandia (contribuyendo un poco más de dos centímetros y medio al nivel del mar en este siglo) y en Antártica (la cual, porque el calentamiento global generalmente produce más precipitación, de hecho acumulará hielo en lugar de perderlo, haciendo que el nivel del mar sea de cinco centímetros menos para el 2100). En estos momentos, las personas están preocupadas por un aumento dramático en la tasa de derretimiento de Groenlandia. Esa tasa parece ser transitoria, pero si es sostenida podría añadir ocho centímetros, en lugar de dos y medio, al aumento en el nivel del mar para fines de este siglo.

Un aumento de dos centímetros y medio en el nivel del mar no es una catástrofe, aunque si representaría un problema, particularmente para las naciones que son islas pequeñas. Pero acordémonos que muy poca tierra se perdió cuando los niveles del mar aumentaron durante el siglo anterior. Cuesta relativamente poco proteger a la tierra de la marea que sube: Podríamos dragar los pantanos, construir diques y redirigir los cuerpos de agua. Mientras que las naciones se enriquecen y la tierra se vuelve un bien cada vez más escaso, este proceso cada vez tiene más sentido: Como nuestros padres y abuelos, nuestra generación se asegurará de que el agua no se lleve tierra que vale mucho.

El IPCC nos dice dos cosas: Si nos concentramos en el desarrollo económico e ignoramos el calentamiento global, es probable que experimentemos un aumento de 33 centímetros en el nivel del mar para el 2100. En cambio, si nos enfocamos en las preocupaciones ambientales y, por ejemplo, adoptamos las severas reducciones en emisiones de carbono que muchos grupos ambientalistas promueven, esto podría reducir el aumento en aproximadamente de trece centímetros. Pero reducir las emisiones tiene un costo: Todo el mundo sería más pobre en el 2100. Con menos dinero circulando para proteger a la tierra del mar, reducir las emisiones de carbón significaría que más tierra seca se perdería, especialmente en regiones vulnerables como Micronesia, Tuvalu, Vietnam, Bangladesh y las Maldivas.

Mientras que el nivel del mar aumenta, también lo harán las temperaturas. Parecería lógico esperar más olas de calor y por lo tanto más muertes. Pero aunque este dato recibe mucha menos atención, las temperaturas en aumento también reducirán el número de olas de frío. Esto es importante porque las investigaciones demuestran que el frío es mucho más mortal que el calor. De acuerdo a la primera encuesta revisada por expertos sobre los efectos del cambio climático en la salud, el calentamiento global de hecho salvará vidas. Se estima que para el 2050, el calentamiento global causará alrededor de 400.000 muertes más relacionadas al calor. Pero al mismo tiempo, 1,8 millones de personas menos morirán del frío.

El Protocolo de Kyoto, con sus reducciones drásticas de emisiones, no es una manera sensible de evitar que las personas mueran de olas de calor. A un costo mucho más bajo, los diseñadores urbanos y los políticos podrían reducir las temperaturas más efectivamente plantando árboles, añadiendo facilidades de agua y reduciendo la cantidad de asfalto en las ciudades que están en riesgo. Los cálculos muestran que esto podría reducir las temperaturas pico en las ciudades en más de 7 grados Celsius.

El calentamiento global cobrará vidas de otra manera: aumentando el número de personas en riesgo de contraer malaria en un 3 por ciento a lo largo de este siglo. De acuerdo a los modelos científicos, implementar el Protocolo de Kyoto durante el resto de este siglo reduciría el riesgo de contraer malaria en solo un 0,2 por ciento.

Por otro lado, podríamos gastar $3.000 millones anualmente—2 por ciento del costo del Protocolo—en redes para proteger de mosquitos y medicamentos para reducir la incidencia de malaria en casi la mitad dentro de una década. La tasa de muertes causadas por malaria está aumentando en África Sub-Sahariana, pero esto nada tiene que ver con el cambio climático y mucho que ver con la pobreza: a los gobiernos pobres y corruptos se les hace difícil implementar y financiar el rociamiento y la provisión de redes para mosquitos que ayudarían a erradicar la enfermedad. Aún así, por cada dólar que gastamos salvando una persona a través de medidas como el Protocolo de Kyoto, podríamos haber salvado 36.000 mediante una intervención directa.

Por supuesto, no solo nos importan los seres humanos. Los ambientalistas indican que criaturas magníficas como los osos polares se extinguirán por el calentamiento global conforme su helado hábitat se derrite. Kyoto salvaría solo un oso al año. Aún así, cada año los cazadores matan entre 300 y 500 osos polares, de acuerdo a la Unión de Conservación Mundial. Prohibir esta carnicería sería barato y fácil—y mucho más efectivo que un pacto global acerca de la reducción de emisiones de carbono.

Por donde sea que se lo mire, la inevitable conclusión es la misma: Reducir las emisiones de carbono no es la mejor manera de ayudar al mundo. No digo esto solamente por llevar la contraria. Debemos hacer algo acerca del calentamiento global a largo plazo. Pero me frustra nuestra obsesión con medidas que no lo lograrán.

En 1992, las naciones ricas prometieron reducir las emisiones a los niveles de 1990 para el año 2000. Las emisiones crecieron en un 12 por ciento. En 1997 prometieron reducirlas en un 5 por ciento por debajo de los niveles de 1990 para el año 2010. Aún así es probable que los niveles sean 25 por ciento más altos de lo que se deseaba.

El Protocolo de Kyoto expirará en el 2012. Los miembros de la ONU estarán negociando su reemplazo en Copenhagen a finales del 2009. Los políticos insisten que el “próximo Kyoto” debería ser aún más duro. Pero luego de dos fracasos espectaculares, debemos preguntar si la actitud de “intentémoslo de nuevo, y esta vez apuntemos a unas reducciones aún mayores” es la correcta.

Aún si las promesas anteriores de los funcionarios se hubiesen cumplido, no habrían servido prácticamente de nada, y nos hubieran costado una fortuna. Los modelos climáticos muestran que Kyoto hubiera pospuesto los efectos del calentamiento global por siete días al final del siglo. Aún si EE.UU. y Australia hubiesen firmado el protocolo y todos los firmantes hubiesen obedecido los lineamientos de Kyoto por el resto del siglo, pospondríamos los efectos del calentamiento global por solamente cinco años.

Los que proponen pactos como Kyoto quieren que gastemos cantidades enormes de dinero que logran muy poco para el bien del planeta de aquí a cien años. Debemos encontrar una manera más inteligente de actuar. El primer paso es focalizar nuestros recursos en hacer que las reducciones de emisiones de carbono sean mucho más fáciles.

El costo típico de reducir una tonelada de dióxido de carbono es actualmente $20/tonelada. No obstante, de acuerdo a una abundante literatura científica, el daño de una tonelada de carbón en la atmósfera es de alrededor de $2. Gastar $20 para hacer $2 de bien no es un curso de acción inteligente. Podría hacer que usted se sienta bien, pero no detendrá al calentamiento global.

Necesitamos reducir el costo de reducir emisiones de $20/tonelada a, por ejemplo, $2. Esto implica que ayudar al medio ambiente no solamente sería algo que los ricos puedan hacer sino algo que todos podríamos hacer—incluyendo China e India, países que se espera que sean los principales emisores durante el siglo XXI pero que tienen problemas más importantes con las cuales lidiar antes que el cambio climático.

La manera de lograr esto es aumentando dramáticamente el gasto en investigaciones y desarrollo de energía de baja intensidad de carbono. Idealmente, cada nación podría comprometerse a gastar 0,5% de su producto interno bruto explorando tecnologías energéticas que no emitan carbono, ya sean el viento, las olas, o la energía solar, o capturando emisiones de dióxido de carbono de plantas de energía. Este gasto podría añadir alrededor de $25.000 millones al año pero todavía sería siete veces más barato que el Protocolo de Kyoto y aumentaría por un factor de 10 el gasto global en investigación y desarrollo. Todas las naciones estarían involucradas, aunque las más ricas pagarían las porción más grande.

Debemos aceptar que el cambio climático es real y que hemos ayudado a causarlo. Esto no es un chiste. Pero tampoco es un Apocalipsis cercano.

Para algunas personas, reducir las emisiones de carbono se ha vuelto la respuesta, sin importar la pregunta. Se dice que reducir las emisiones de carbono es nuestra “misión generacional”. Pero, ¿no queremos implementar medidas más eficientes antes de recurrir a eso?

Combatir los verdaderos retos climáticos que enfrentan el planeta—malaria, más muertes por el calor, poblaciones de osos polares en declive—muchas veces requiere de medidas más simples y menos glamorosas que reducciones en las emisiones de carbono. También necesitamos recordar que en el siglo XXI habrán muchos otros retos, para los cuales necesitamos soluciones de bajo costo y durables.

Yo conformé el Consenso de Copenhagen en el 2004 para que algunos de los principales economistas del mundo pudieran reunirse y preguntar no solo en dónde podemos hacer bien, sino a qué costo, y para priorizar las mejores cosas que el mundo debería hacer al respecto. Las principales prioridades que ellos han determinado son lidiar con las enfermedades contagiosas, la malnutrición, la investigación agrícola y el acceso del primer mundo a la agricultura del tercer mundo. Por menos de un quinto del precio de Kyoto, podríamos lograr todas esas cosas.

Obviamente también deberíamos trabajar en encontrar una solución a largo plazo para el calentamiento global. Resolverlo requerirá de casi un siglo y de voluntad política a través de distintos partidos políticos, continentes y generaciones. Si invertimos en investigaciones y desarrollo, estaremos haciendo un gran bien a largo plazo, en lugar de simplemente hacernos sentir mejor a nosotros mismos hoy.

Pero aceptar la mejor respuesta al calentamiento global es difícil entre tanta pelea amarga que deja afuera el diálogo sensible. Así que primero, en verdad necesitamos calmar el debate.

Bjorn Lømborg

martes, 8 de enero de 2008

Referéndum sobre UPOV

En días pasados, salió a la luz pública la noticia de que un grupo de ambientalistas comenzarían a recolectar firmas para llevar a referéndum el convenio de obtenciones vegetales que está dentro de la agenda de implementación del TLC. En ASOJOD rechazamos categóricamente ese planteamiento: la ciudadanía costarricense ya decidió la suerte del TLC; lo aprobó y, como indicó Alberto Trejos en su momento, es obvio que para que el TLC entre en vigencia se necesitan todas esas leyes de la Agenda. Hay cosas que se sobreentienden pero que, lamentablemente, algunos inescrupulosos y desvergonzados desean obviar.

Como lo habíamos señalado tiempo atrás en nuestro artículo Democracia en pañales, algunos insatisfechos por el resultado en las urnas, deciden realizar "segundas vueltas electorales" en todo momento. Se trata de gente que irrespeta la decisión del soberano tan sólo porque no se acomoda a sus expectativas: primero fue en las elecciones nacionales, ahora en el referéndum. En aquel artículo también pronosticamos que el mecanismo de referéndum sería utilizado muy luego por cualquier grupo como parte de una estrategia política. Y los ambientalistas nos están dando la razón.

El problema con esta cuasi-religión verde es que pretenden mantener incólume el medio ambiente. Se oponen a cualquier cosa que vaya más allá de pisar el césped, aún cuando esto sea necesario para el desarrollo. Y lo paradójico es que son de los primeros en reclamar sobre la pobreza en los países. Como apunta el dicho popular, "ni prestan el hacha ni pican leña", a lo que hay que agregar que se sientan encima del palo. Ya lo han demostrado los tipejos de Greenpeace, quienes se amarran a árboles en lugar de trabajar para producir riqueza.

Los grupos verdes en Costa Rica que hoy promueven la recolección de firmas tienen un dilema por resolver en cuanto a la jerarquía de sus fines. Es el gran debate planteado: ¿buscan proteger el medio ambiente o buscar aumentar su poder político como grupo de interés? Más específicamente, ¿les preocupa la posibilidad de patentar nuevas obtenciones vegetales o lo que quieren es, simple y llanamente, impedir que entre en vigencia el TLC?

Por medio de la abducción, en ASOJOD consideramos que la prioridad de los verdes es traerse abajo el TLC. ¿Qué es la abducción? Es un razonamiento inductivo donde se parte de una relación de implicación en donde, dado el consecuente, se parte de una regla de experiencia para determinar la causalidad. De ese modo, la conclusión no se deriva directamente de las premisas, como en la deducción, sino que se saca por la regla de la experiencia. En ese sentido, utilizando la experiencia de los movimientos revolucionarios del colectivismo y del misticismo, podemos concluir que en ellos siempre se ha dado un traslape de fines. Si persisten las dudas, invitamos a revisar lo ocurrido con los experimentos marxistas-leninistas, donde el fin último era la eliminación de clases y el resultado fue la sustitución de una clase opresora por otra. Basta con saber que la mayoría de los miembros del bloque verde en Costa Rica han coqueteado o siguen en un affair con el anarquismo, el marxismo, el trostkismo, el luxemburguismo, etc.; en fin, forman parte de la variada fauna colectivista, por lo que es de esperar que los vicios de unos se le contagien a los otros.

¿Cómo resolverán esta paradoja los ambientalistas? En ASOJOD proponemos un referéndum para que ellos definan su fin principal. Mientras, nos conformamos con denunciar este acto de terrorismo político-jurídico con el que ellos pretenden hacer un nuevo desplante al soberano que ha tomado ya una decisión sobre el TLC.