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martes, 14 de julio de 2009

La puerta giratoria de ministros de Economía

Esta semana, cuando Argentina nombró a su sexto ministro de economía en los últimos seis años, resultó difícil no concluir que debería haber un nuevo indicador económico destinado a medir la confiabilidad de los países: la duración de los ministros de Economía en sus cargos.
Se lo podría llamar el ''índice de rotación de ministros'', o ''la puerta giratoria'', y debería figurar en las tablas de datos económicos junto a los índices de crecimiento, inflación, exportaciones e importaciones que publican el Banco Mundial y otras instituciones internacionales. El índice que estamos proponiendo dejaría a varios países latinoamericanos bastante mal parados.

Consideremos:
• En Argentina, los seis ministros de Economía que han ocupado ese cargo desde que el ex presidente Néstor Kirchner --quien, según todo el mundo, sigue siendo el verdadero poder detrás del trono-- asumió su cargo en mayo del 2003 son: Roberto Lavagana, Felisa Miceli, Miguel Peirano, Martín Lousteau, Carlos Fernández y --desde el martes-- Amado Boudou. Tiempo promedio en el cargo: 12 meses.
• En Ecuador, desde la asunción del presidente Rafael Correa en enero del 2007, hubo cuatro ministros de Economía: Fausto Ortiz, Magdalena Barreiro, Vilma Salgado y Elsa Viteri. Tiempo promedio en el cargo: siete meses.
• En Venezuela se han producido nueve cambios en el Ministerio de Finanzas --el cargo clave para la política económica del país-- desde que el presidente Hugo Chávez asumió la presidencia en 1998. La primera ministra de Finanzas de Chávez fue Margarita Izaguirre, quien fue sucedida por José A. Rojas, el general Francisco Uson, Nelson Merentes, Tobías Nobrega, nuevamente Nelson Merentes, Rodrigo Cabezas, Rafael Isea Romero y Alí Rodríguez. Tiempo promedio en el cargo: 14 meses.
Claudio Loser un analista del instituto Diálogo Interamericano, con sede en Washington, D.C. y ex director del departamento del Hemisferio Occidental del Fondo Monetario Internacional, me dijo que le gusta la idea de crear un índice de rotación de ministros de Economía. Con demasiada frecuencia, cuando las cosas andan mal, los presidentes destituyen a sus ministros de Economía en vez de corregir las malas políticas económicas, afirmó.
''Es un reflejo de la poca importancia que tienen los ministros de Economía en muchos de estos países'', dice Loser. ``Los presidentes eligen ministros débiles en muchos casos porque no quieren un ministro que les diga que no pueden aumentar el gasto público. Y cuando les dicen eso, los despiden, como si fueran fusibles''.
El analista económico argentino Roberto Cachanosky dijo en un artículo publicado en el diario La Nación que ``el tema de fondo es que no hay economista que pueda resolver una crisis como la que atraviesa Argentina, embretada en inflación con recesión, si detrás de ese economista no hay un gobierno que genere confianza .... En la era Kirchner, no sólo no hay reformas estructurales sino que, además, la imprevisibilidad en las reglas de juego ha destrozado el sistema productivo''.
Quizás no sea coincidencia que un informe reciente de la Comision Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) de las Naciones Unidas pronosticó para este año una caída del 40 por ciento de las inversiones extranjeras en Latinoamérica. Esa disminución se debe, en gran parte, a la crisis económica global, pero podría ser mitigada en varios países si se les ofreciera a los inversores un mayor nivel de estabilidad, según afirman los economistas.
La buena noticia es que otros países latinoamericanos han tenido relativamente pocos de ministros de Economía en los últimos años.
En Chile, donde el ministro de Finanzas tiene a su cargo la principal responsabilidad en política económica, la presidenta Michelle Bachelet ha tenido sólo un funcionario en el cargo --Andrés Velasco-- desde que asumió el poder en marzo del 2006.
En Brasil, donde el Ministerio de Finanzas también está a cargo de las principales políticas económicas, sólo ha habido dos ministros de Finanzas --Antonio Palocci y Guido Mantega-- desde la asunción del presidente Luiz Inácio Lula da Silva en enero del 2003. Colombia ha tenido tres ministros de Finanzas --Roberto Junguito, Alberto Carrasquilla y Oscar I. Zuloaga-- desde agosto del 2002, cuando asumió el presidente Alvaro Uribe.
Mi opinión: No resulta sorprendente que el 80 por ciento de toda la inversión extranjera en Sudamérica el año pasado se concentró en apenas tres países: Chile, Brasil y Colombia, según la CEPAL.
Es cierto, posiblemente incidan otros factores, pero es muy significativo que la gran mayoría de las inversiones extranjeras en la región se concentren en los tres países en que los ministros de Economía o Finanzas no cambian constantemente. El ``índice de rotación de ministros'' está muy presente en la mente de los inversores, aunque no lo llamen por ese nombre.

Andrés Oppenheimer

sábado, 21 de junio de 2008

Argentina: Los sistemas autocráticos no dialogan, imponen


El conflicto con el campo sacó a la luz la necesidad de discutir no sólo una determinada política económica sino, además, las bases republicanas del país.

Antes de la protesta del campo, ya se sabía que la economía estaba deslizándose rápidamente hacia una crisis. La inflación se había disparado mucho antes del paro agropecuario, mientras que los problemas energéticos, fiscales y ausencia de inversiones eran más que evidentes. Hoy, por lo tanto, no estamos asistiendo a una crisis política, social y económica inesperada ni gratuita, sino que vivimos el resultado inevitable de una acumulación de disparates que tenía que terminar de esta manera.

Es que el supuesto paradigma del nuevo modelo económico no era tal por más que algunos empresarios pretendían verlo como un descubrimiento de la ciencia económica, por el cual se podía emitir sin generar inflación, crecer sin tener inversiones y lograr que la economía funcionara con crecientes controles e intervencionismo.

Todo lo que estamos viviendo hoy es el resultado de un modelo intrínsecamente perverso que se basa en el autoritarismo económico y político.

Néstor Kirchner creyó que podía, sin costo alguno, emitir moneda en cantidades crecientes para sostener el eufemismo del tipo de cambio competitivo, hasta que un día se dio cuenta que había inflación. En vez de corregir el rumbo económico, lo mandó a Guillermo Moreno a controlar los precios y a apretar a los empresarios para disimular la inflación mientras el Banco Central de la República de Argentina (BCRA) seguía imprimiendo billetes. Como eso no le alcanzó, destruyó el INDEC (índice de inflación) para que dijera que los precios no subían en Argentina. Prohibió exportaciones, aumentó sistemáticamente los impuestos a las exportaciones, denunció y acusó a sectores productivos de avaros. Hoy el gobierno dice que aumentó las retenciones para que se produzca, entre otras cosas, más carne. Todavía me acuerdo de su discurso, vociferando desde la tribuna que el campo quería lucrar con el hambre del pueblo argentino. Hizo todo lo posible para destruir la ganadería, lo consiguió y ahora se queja que no se produce carne.

No conforme con todo esto, metió la economía en una maraña de subsidios para disimular la inflación, duplicando en un año los subsidios a la energía para que no se tocaran las tarifas. El resultado es que a las empresas le bajan la palanca cada vez más seguido porque si no tienen que dejar sin luz a la gente mientras el gasto público crece por la necesidad de mayores recursos para financiar estos subsidios.

Néstor Kirchner creyó que podía manejar indefinidamente a las trompadas la economía y hoy se encuentra con que la realidad le devuelve las trompadas a él. Desabastecimiento, inflación galopante, un país económicamente paralizado y una imagen del gobierno que cae en picada como nunca antes se había visto.

Pero frente a la cruda realidad que cualquier persona puede ver, el gobierno sigue empeñado en negarla. La presidente sigue diciendo que el país crece, que hay menos pobreza, que nunca antes en toda la historia de la Argentina habíamos crecido como lo hicimos en los últimos 5 años. Ella y sus funcionarios han llegado a formular declaraciones que ofenden la inteligencia de la gente. Alberto Fernández afirmó que las retenciones no son un impuesto sino que son una herramienta de política económica y, por lo tanto, no tienen que pedirle permiso al Congreso para aumentarlas.

Después de 90 días de conflicto Cristina Fernández de Kirchner quiere hacernos creer que cuando se anunciaron las retenciones móviles se olvidó de explicar que lo hacía para destinar más fondos a planes sociales. La verdad es que tratar de “vender” el impuestazo al campo como una necesidad de “solidaridad social” es casi una falta de respeto al coeficiente intelectual de los argentinos. ¿Cómo puede pararse frente a las cámaras de televisión y decir, sin que se le mueva un pelo, que los recursos van a ser destinados a construir más hospitales si los que hay se caen a pedazos? ¿En serio creen que con ese discurso van a convencer a la gente que ellos son buenos y el resto son avaros?

El gobierno y Moyano se cansaron de decir que por culpa del paro agropecuario la inflación se había disparado. Había inflación por culpa del campo. Pero resulta que el INDEC acaba de “informar” que la inflación en mayo fue de solamente el 0,6% y los alimentos subieron el 0,1%.

Es curioso, los Kirchner despotrican contra el libre mercado, pero se mueven políticamente recurriendo a las reglas del intercambio comercial.

Permanentemente buscan el precio de conseguir el apoyo de gobernadores, intendentes, legisladores, sindicalistas y sectores productivos. La caja por un lado y el apoyo por el otro. Obviamente, un esquema de este tipo nada tiene que ver con una democracia republicana. Por el contrario, el matrimonio parece ver el poder como un negocio personal. Si consigo el poder tengo el monopolio de la fuerza y con el monopolio de la fuerza puedo apropiarme del trabajo de la gente y con ese dinero construir más poder comprando voluntades. Para conseguir ese objetivo todo el sistema económico tiene que estar subordinado al mantenimiento del poder, por más inconsistentes que sean las políticas económicas que se apliquen. El costo de semejante esquema está a la vista.

El discurso de que las retenciones se ponen para que la gente tenga comida en sus mesas ya no convence a nadie, porque no solo los precios de los alimentos se han disparado fruto de la inflación que generó el gobierno sino que, además, han logrado uno de los desabastecimientos más grandes de la historia argentina.

De aquí en más sabemos que los Kirchner no van a dialogar porque no conciben el diálogo como un mecanismo de entendimiento. Los sistemas autocráticos no dialogan. Imponen. Ellos creen en la prepotencia, la descalificación, las amenazas y en infundir miedo utilizando el monopolio de la fuerza que los argentinos le delegamos para que defendiera nuestro derecho a la vida, la libertad y la propiedad.

Lo que hoy se está discutiendo en Argentina ya no es un tema de retenciones o de política económica. Estamos discutiendo la defensa de una democracia republicana contra un sistema autoritario basado en el abuso del poder delegado por los ciudadanos.

Roberto Cachanosky

sábado, 17 de mayo de 2008

Argentina está bien, pero va mal


Cuando la presidenta de Argentina Cristina Fernández de Kirchner ganó las elecciones de su país el año pasado, escribí que probablemente sería una mejor presidente que su predecesor y esposo, Néstor Kirchner. Me equivoqué.

Cinco meses después de asumir el cargo, Fernández de Kirchner no ha podido --o no ha querido-- aprovechar la mejor situación económica que ha gozado Argentina en toda la historia reciente para reinsertar a su país en la economía mundial. En cambio, ha continuado con el populismo de Kirchner, que está ahuyentando capitales y desalentando las inversiones.

En círculos políticos argentinos se comenta que Kirchner sigue gobernando el país. Los comentaristas políticos se refieren a Kirchner como ''copresidente'', o hablan de ''la pareja presidencial''. La esperanza de que Fernández se apartaría del estilo confrontacional de su marido, y ayudaría a mejorar las relaciones del país con Washington y Europa se está desvaneciendo.

La semana pasada, cuando Naciones Unidas hizo públicas las cifras anuales de inversión externa en Latinoamérica, resultó difícil no advertir el gradual retroceso de Argentina en la escena regional. A pesar de gozar de un índice de crecimiento de casi el 9 por ciento anual gracias al alza de los precios mundiales de la soja, la inversión extranjera en Argentina sólo creció un 14 por ciento el año pasado.

Comparativamente, la inversión extranjera aumentó casi un 600 por ciento en El Salvador, un 96 por ciento en Chile, un 84 por ciento en Brasil; un 54 por ciento en Perú; un 40 por ciento en Colombia -a pesar de su conflicto armado interno-- y un 21 por ciento en México.

Si miramos las cifras en dólares, mientras Brasil recibió inversiones extranjeras por $34.5 mil millones en el 2007, México, $23.2 mil millones, Chile $14 mil millones y Colombia $9 mil millones, Argentina sólo recibió $5.7 mil millones, según las cifras de la Comisión Económica para América Latina (ECLAC) de la ONU. Los economistas dicen que es probable que Perú, que recibió $5.3 mil millones en inversión externa el año pasado, podría superar a Argentina en el 2008.

La confianza de los inversionistas argentinos en el país también está por el piso. Según una encuesta reciente realizada por el Foro Económico Mundial en 127 países del mundo, Argentina ocupa el lugar 124 --sólo ganándole a Chad, Venezuela y Zimbabwe-- en la confianza de su comunidad empresarial en que los derechos de propiedad están protegidos por la ley.

¿Qué está ocurriendo en Argentina? A juzgar por lo que vi durante una visita al país a principios de año, y por lo que escuché en diversas entrevistas esta semana, Fernández --al igual que su esposo antes-- se está peleando con casi con todo el mundo.

En el plano interno, Fernandez está atacando a los agricultores, que están bloquean-

do las rutas y reteniendo la producción desde que la nueva presidenta incrementó los impuestos a la exportación de soja del 35 por ciento al 44 por ciento. Fernández acusa a los productores agropecuarios de ser egoístas y no querer contribuir a la disminución de la pobreza. Los agricultores señalan que los nuevos impuestos están destruyendo la mayor industria exportadora de Argentina.

En los últimos días, con sus índices de popularidad en baja, Fernández se ha dedicado a fustigar al diario argentino Clarín y sus canales de televisión, que hasta hace poco trataban a los Kirchner con gran benevolencia. Los grupos de libertad de prensa argentinos protestan por lo que consideran una creciente intimidación hacia los medios.

En política exterior, Fernández reaccionó con sorprendente falta de juicio cuando un fiscal de Miami reveló hace pocos meses que una valija con $800,000 en efectivo que llevó a Argentina un empresario cercano al gobierno venezolano estaba destinada a su campaña presidencial.

En vez de ordenar una investigación sobre la acusación, que por ciento no indicaba que Fernández tuviera conocimiento del tema, la presidenta se unió al gobierno del presidente venezolano Hugo Chávez para atribuir todo el caso a una supuesta conspiración de Washington.

Mi opinión: para ser justos, Fernández no puede ser comparada con los delirios económicos y políticos de Chávez. No está nacionalizando industrias todo el tiempo, ni apoya a grupos terroristas en el extranjero, ni le ha cambiado el nombre al país.

Pero todavía no se ha dado cuenta de que en el mundo actual la diferencia entre los presidentes latinoamericanos ya no está entre los de derecha y los de izquierda, sino entre los que tratan de mantener relaciones amistosas con todo el mundo --como los de Brasil, México, Chile y Perú-- y los que se pelean con todos todo el tiempo, como Chávez.

Hasta ahora, Fernández ha dado la impresión de pertenecer al segundo grupo, lo que está impidiendo que Argentina reciba inversiones para lograr un crecimiento a largo plazo, y una mucho mayor reducción de la pobreza.

Andrés Oppenheimer

domingo, 13 de abril de 2008

El pánico de los Kirchner


La peor consecuencia del miedo es que, normalmente, provoca una reacción violenta. El fascismo es, precisamente, un egocentrismo (el del "líder") que no admite ser disminuido y entra en pánico en la medida en que es cuestionado y, consecuentemente, responde con represión.

Argentina está entrando en caída libre por peso de la propia política peronista, corporativista. Un eslogan medular del peronismo ha sido el del asistencialismo estatal, sin embargo, mientras que el Estado vía retenciones agropecuarias se queda con el equivalente a la alimentación para 120 millones de personas, nunca, en tiempos modernos, hubo tanta hambre. Más allá de que el país se recuperó, por simple rebote, de una caída abismal durante la trágica era del ex presidente Duhalde, en general, los argentinos viven hoy peor que en 2001. El increíble aumento del delito muestra que la pobreza y la marginalidad, como consecuencia de los bajos salarios y la desocupación, aumenta notoriamente creando un excelente caldo de cultivo para la delincuencia.

Con datos mucho más creíbles que los delGobierno, la Sociedad de Estudios Laborales reporta que en 2007 cayeron en la pobreza 1.3 millones de personas, subiendo el nivel de pobreza al 30.4% de la población (10.8 millones de personas). En promedio, el ingreso familiar per cápita habría tenido un aumento inter- anual del 22%, pero el valor de la canasta básica se elevó 37.5%, y no el 11.1% oficial.

De acuerdo con datos oficiales, el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) en 2007 fue de un 8.7%. Pero si se ajusta por el verdadero Índice de Precios al Consumidor (IPC) – "la inflación"–, y se descuenta la supuesta aportación del Estado, el crecimiento fue mucho menor y se explica por el aumento de los precios de la materias primas, exportaciones que el Gobierno está destruyendo.

Según Gustavo Lazzari, Argentina tiene una participación marginal en el comercio con el exterior: 0.4% (contra 2.8% en 1948) del total de las exportaciones mundiales. Las exportaciones argentinas crecen al 16% anual mientras que las mundiales lo hacen al 17%. Para remate, con un gobierno incapaz de recortar los recursos que dilapida, el superávit fiscal corre serio riesgo. Los ingresos fiscales en marzo bajaron en términos reales ya que solo aumentaron 26%, menos que el IPC.

El panorama empeora con rapidez. El reciente paro agropecuario (que en cualquier momento recomienza, con más fuerza) y el desabastecimiento que provocó contribuyeron al aumento del IPC de marzo que habría llegado al 2.5%, principalmente debido al fuerte aumento en la canasta básica en un 4%. La proyección anual superaría el 30%, el mayor "índice inflacionario" de la región, incluso superando a Chávez.

Al mejor estilo Gestapo, la Secretaría de Comercio Interior se dedica, además de emitir falsos índices inflacionarios, a amedrentar a los supermercados para que bajen los precios. Pero este no ha sido el único resultado del paro agropecuario. Los Kirchner se irritaron con la prensa. Y la presidenta Cristina lanzó el "Observatorio de Discriminación en los Medios", organismo estatal cuyo fin sería el de controlar que los periodistas no publiquen ideas discriminatorias.

La Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (Adepa) aseguró que el Gobierno pretende "enmascarar" el "control" sobre la prensa. "... parece haber elegido a los medios de prensa como enemigos... les hace ver conspiraciones por todas partes...". Para el periodista Nelson Castro, "son vueltas de tuerca para amedrentar a la prensa libre".

Alejandro A. Tagliavini

domingo, 6 de abril de 2008

La enfermedad argentina


Buenos Aires, 25 de marzo de 2008, la clase media de la ciudad se manifiesta cacerola en mano. Los productores agrícolas han decidido cortar los suministros de carne y de grano ante la decisión del gobierno de elevar las retenciones fiscales a la exportación hasta el 44 por 100. ¡Sorpresa…! La gente no protesta contra el campo sino contra el gobierno. La Administración de la Sra. Kirchner se enfrenta a la rebelión de una sociedad civil harta de las arbitrariedades del poder, de los excesos de un Estado “clectocrático” que vampiriza a los sectores productivos de la población para beneficiar a su clientela política y a una nomenclatura que usa el poder en beneficio propio. En la Argentina de 2008 no existe nada parecido a un gobierno que respete las reglas del juego, sino un aparato depredador populista, muy parecido en el fondo al creado por Hugo Chávez en Venezuela, atemperado por el alma porteña.

La guerra de los peronistas contra el campo es histórica. El sector más productivo, competitivo y abierto de la economía argentina ha sido ordeñado de manera sistemática por el peronismo para financiar sus sueños autárquicos y sus objetivos políticos. En los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, el general Perón esquilmó la industria agropecuaria para poner en marcha un programa de sustitución de importaciones y de redistribución de la renta que sentó las bases de la decadencia económica del país. El justicialismo, una ideología reaccionaria, de raíz fascista ha convertido a uno de los estados más ricos del mundo en las primeras décadas del siglo XX en una república bananera. Ha contaminado y pervertido de tal modo la Argentina que nadie ha logrado romper la dinámica decadente que asola el país desde hace medio siglo.

En estos momentos la situación de la República fundada por Sarmiento, Mitre y Alberdi es dramática. Se ha transformado en un sistema monopartidista en el cual las únicas alternativas posibles se plantean dentro del justicialismo. No existe una oposición al régimen peronista que, como el Movimiento Nacional o el PRI de los años gloriosos, lo engloba todo. En la práctica, el pluralismo político es puramente formal, no existe, y el social se ve asfixiado por una maquinaria de poder que, como en los regímenes totalitarios, no duda en utilizar la violencia para acallar a sus críticos. Hace una semana, la marcha pacífica de las cacerolas contra la arbitrariedad fiscal del gobierno fue liquidada por los piqueteros, por los matones a sueldo del poder ante la pasividad olímpica de las fuerzas policiales. El Estado no protege a todos los ciudadanos, sino sólo a quienes le rinden pleitesía.

La Sra. Kirchner ha acusado a los huelguistas de representar los intereses de las clases favorecidas frente al hambre del pueblo con la finalidad de mantener unos beneficios extraordinarios. Esta tesis es falsa. De la totalidad del valor obtenido de la facturación agraria, el 58 por 100 se emplea en cubrir los gastos de producción, cosecha y transporte; el 39 por 100 se lo lleva el fisco y el 3 por 100 queda para los empresarios del sector. Cuando se vende una tonelada del oro verde, la soja, el Estado se lleva 235 dólares y el productor 20 dólares. Esto significa que el gobierno se apropia del grueso de la riqueza generada por la empresa privada que arriesga su dinero y emplea su esfuerzo para lograr un rendimiento mediocre. En consecuencia, si se mantiene el régimen actual, los productores carecerán de incentivos para desarrollar su actividad, el Estado ingresará menos y, por supuesto, los precios de los alimentos subirán al reducirse la oferta… elemental lógica económica.

La decisión gubernamental de exprimir a los agricultores no responde sólo a criterios ideológicos, sino también a una estrategia económica surrealista. El gobierno peronista está inmerso en un programa descomunal de gasto público improductivo, de subvenciones a una clientela que demanda dinero fresco y lo obtiene sangrando a quienes crean la riqueza; la energía ayer, hoy y mañana, el agro siempre…Como los malos cazadores, los peronistas disparan a todo lo que se mueve. Una economía que ha crecido a una media del 8 por 100 desde 2003 y ha obtenido unos ingresos fiscales extraordinarios debería tener un superávit fiscal, al menos, similar al chileno, del 8 por 100 del PIB. Por el contrario, el peronismo reinante se ha lanzado a orgía gastadora que es insostenible en un escenario económico normal, esto es, cuando se acabe y/o se desaceleren los precios mundiales de las materias primas. En el interim, el impulso fiscal del gabinete ha alimentado la inflación que según las cifras oficiales se sitúa en los contornos del 10 por 100 y, en términos reales, está alrededor del 20-25 por 100 según el grueso de los analistas independientes, públicos y privados.

Lo peor de la Argentina no es su situación coyuntural sino estructural. Los gabinetes del Sr. y de la Sra. Kirchner no han introducido medida alguna que permita sostener el crecimiento económico cuando la coyuntura internacional se deteriore o se modere. Esto implica que, antes o después, el país volverá a introducirse en una crisis profunda y dolorosa. Sin embargo, eso no garantiza una reacción contra la política que provocó ese resultado. Los argentinos parecen hipnotizados y/o drogados por un partido, movimiento o lo que sea que tiene una capacidad infinita para inyectarles la dosis letárgica necesaria para que nada cambie. Es increíble que una sociedad culta, sofisticada y, en muchos casos, moderna vote una opción tosca, vieja y con tintes totalitarios. Este comportamiento tendría una explicación que supera los límites de este artículo; dilucidar ese enigma, quizá pertenezca a otra disciplina, amada por los argentinos, el psicoanálisis.

Lorenzo Bernaldo de Quirós

martes, 30 de octubre de 2007

Los Kirchner y la maldición de entrar por la ventana


Ahora que se ha confirmado que no habrá segunda vuelta y que Cristina Fernández de Kirchner es la nueva presidenta electa de la Argentina, comienza el momento de tener que lidiar con la inflación, la crisis energética, las demandas salariales, la falta de inversiones, la inseguridad y demás problemas acumulados. Esperemos que sabiendo lo que falta, realmente sepa cómo hacerlo.

Comienzo a escribir esta nota a las 00:23 del lunes 29 y recién están contabilizadas el 38,54% de las mesas. Sin tener ni por casualidad estos escasos datos, Cristina Kirchner salió a declararse ganadora. Este solo dato muestra el grado de imprudencia con que se sigue manejando el oficialismo. Es más, en este momento la estratégica Provincia de Buenos Aires tiene cargados sólo el 11,17% de los datos y la Capital Federal muestra solamente el 26,31% de las mesas. Salvo que se tenga una certeza de los datos basada en actos no muy transparentes, a nadie se le hubiese ocurrido salir a decir que ya era el ganador. Pero bueno, si se truchan los datos de inflación, los números fiscales, de actividad económica y demás indicadores, ¿por qué no truchar una información que hace al manejo del poder? Dicho de otra manera, todavía se estaba votando y ya se habían declarado ganadores. Toda una curiosidad.

En lo formal, este fue el peor acto electoral desde 1983. Faltaban presidentes de mesas, se robaban las boletas de los partidos opositores, no se cargaban los datos en tiempo y hubo interminables colas para votar. En fin, algo propio de un país que se ríe de la democracia republicana y en el cual todo vale para mantener el poder.

¿Qué hicimos ayer los argentinos? Lejos de llevar a cabo un acto de democracia republicana, nos limitamos a emitir un voto, bajo un sistema trucho, para elegir a alguien que, dada la ausencia de límites al poder, va a manejarse de la misma forma que se manejaban las monarquías absolutistas.

Pero lo curioso de la Argentina es que la gente va y vota un día cada tanto para elegir autoridades, pero luego vota todos los días a través del mercado, ingresando o fugando capitales, huyendo de la moneda o reteniéndola dependiendo de las expectativas inflacionarias, invirtiendo o consumiendo su stock de capital. En definitiva, un día puede darle el voto a alguien y al día siguiente quitárselo en los hechos. En otros términos, ganar una elección no es el problema. El problema es mantenerse en el poder con políticas económicas inconsistentes. De esto pueden dar fe tanto Alfonsín como De la Rúa.

En lo que hace a los resultados, haber tenido un escaso 44% de los votos muestra una performance bastante pobre considerando que han aumentado el gasto público un 50% en el año sin ningún tipo de control, distorsionado los precios relativos hasta la locura y mantenido las tarifas de los servicios públicos en base a subsidios. En definitiva, han dispuesto de los fondos públicos a su antojo y no lograron superar el 50% de adhesiones de los votantes o si se prefiere, aún con todo este manejo económico, tuvieron en contra al 56 o 57 por ciento de la población.

Quiero suponer que más allá de la audacia para declararse ganadora antes de tener un mínimo de información, Cristina Kirchner debe haber tomado debida nota de la pobre elección que logró. Puede disfrazar el resultado marcando la diferencia con el segundo, pero en su fuero íntimo sabe que la mayoría de la población no la acompañó y que, en ese contexto de mayoría en contra, tendrá que lidiar con la herencia que le dejó su marido.

Mientras todo este simulacro de democracia ocurre, en muchas estaciones de servicio sube el precio de los combustibles y no se aceptan tarjetas de crédito para pagar la nafta. Las dos caras de la Argentina. Una la de la lucha por mantener el poder a toda costa. Otra, la realidad de todos los días que debe afrontar cada uno de nosotros.

El oficialismo utilizó todas las herramientas que tuvo a su disposición para obtener la primera minoría, zafar de la segunda vuelta y seguir en gobernando.

Viene ahora el momento de tener que lidiar con la inflación, la crisis energética, las demandas salariales, la falta de inversiones, la inseguridad y demás problemas.

A Isabel Perón la salvaron los militares en 1976. Esa posibilidad no existe para Cristina Kirchner. ¿Quién la salvará de la herencia que le dejó su marido?

Como dato a considerar, Cristina Kirchner ganó las elecciones con el menor porcentaje que obtuvieron todos sus antecesores desde 1983. Es decir, hasta ahora todos los presidentes electos, salvo su marido, sacaron porcentajes significativamente mayores que ella. Pareciera ser que para los Kirchner es imposible romper la maldición de tener que entrar por la ventana a la Casa Rosada, porque ni el 44% está confirmado. A medida que se van cargando más datos CFK sigue bajando hacia el 43% alejándose del 46% del boca de urna que le daban los medios a las 19:00 horas y sobre el cual todos los analistas hacían sus análisis para decir que con semejante porcentaje era imposible que hubiese habido fraude.

En síntesis: Se terminó el show, Cristina festejó y ahora llega el momento de tener que enfrentar la cruda realidad.

Por Roberto Cachanosky